Crónica de la eternidad

Christian Duverger

Fragmento

Título

PREFACIO

A principios del año 2013, este libro salió en México y España bajo el título de Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España? Fue publicado simultáneamente en francés y, tiempo después en Brasil, bajo otro título: Cortés y su doble. Encuesta sobre una mistificación.

Esa obra constituía en realidad el segundo tomo de la biografía que deseaba consagrar a Hernán Cortés. Después de la espada, ¡la pluma! Los últimos años de la vida del fundador de Nueva España nunca llamaron la atención de los historiadores y los ensayistas: una suerte de agujero negro permanecía al final de la vida del conquistador. Siempre me intrigó la aceptación unánime de esa terra incognita. Era imposible que el hombre cuya energía le había permitido tomar el poder en una nebulosa de veinticinco millones de habitantes pudiera, de un día para otro, fundirse en el más opaco de los anonimatos. Algo había ahí que no cuadraba. Así que decidí llevar a cabo la investigación que nadie hasta entonces había emprendido.

Siguiendo los pasos de Hernán Cortés, descubrí que los últimos siete años de su vida, en España, nada tenían que ver con lo que se suponía que habían sido. Se decía que había perdido prestigio, pero nada de eso. Su gloria era de hecho simétrica al descrédito en que había caído el emperador Carlos V. El monarca, humillado por su derrota frente a la bahía de Argel, no pudo mantenerse en el poder y debió abandonar España en mayo de 1543. Cortés, en ese momento, gozaba de una poderosa fama, ya que era reconocido como aquel que había abierto las tierras mexicanas a la cristianización, multiplicando por dos el número de cristianos en el mundo. Frente a la capitulación de la Corona ante el islam y el surgimiento del cisma protestante en las mismas tierras imperiales de Alemania, era para España una gran satisfacción haberse convertido, gracias a Cortés, en la primera potencia cristiana.

Después, contrariamente a la idea de que Cortés no había dejado huella del final de su vida, encontré documentos que permiten situarlo en Valladolid a partir de la partida del rey. Fincó sus aposentos a pocos pasos de la Corte del Regente, en una casa palaciega que le permitió dar alojamiento a una cuarentena de personas. El Marqués del Valle se mantiene en su rango. Pero la razón por la que los historiadores le perdieron la pista se encuentra en su cambio de vida. Cortés aparece ahí donde no se le esperaba. Se sumergió en un nuevo ambiente, intelectual y literario. Funda en su casa una academia que más tarde servirá de modelo para la Academia Francesa y, una vez por semana, reúne a los integrantes de su salón. De vez en cuando se da tiempo para salir de cacería con sus huéspedes; otras veces prefiere salir solo, montando su mejor caballo para ir a respirar el aire puro del campo. Pero lo esencial de su vida tiene lugar, a partir de ahora, ante un escritorio, entre cajas de archivos y pilas de papel. Cortés se volvió escritor. Tal es la metamorfosis que este libro describe.

Su publicación suscitó cierta incredulidad. En este replanteamiento, las viejas certidumbres se vieron doblemente maltratadas. Por un lado, el buen Bernal Díaz del Castillo, al que ya nos habíamos acostumbrado, perdía su autoría, pero, por otro, Cortés cambiaba de naturaleza: había que asociar ahora a la figura del conquistador y su séquito de sangre un talento literario excepcional. Hernán Cortés ya no solamente era el fundador de un país nacido del dolor de la irrupción española; era al mismo tiempo —a decir de Carlos Fuentes— el fundador de la novela latinoamericana. La Conquista de México no sólo había engendrado un nuevo país mestizo, también le había dado vida a una obra maestra de la literatura mundial, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Y el demiurgo de esas dos creaciones era una sola persona: Hernán Cortés, el hijo de Extremadura que se volvió mexicano, el conquistador que se enamoró de los vencidos.

Tras el impacto psicológico de esa redistribución de las cartas permanece un hecho: Bernal Díaz del Castillo no puede ser el autor de la famosa Historia verdadera y todos los indicios apuntan al Marqués del Valle como el verdadero autor de la obra. Cinco años después de la primera edición de este segundo volumen de mi biografía cortesiana, ¿cómo ha evolucionado el posicionamiento de los especialistas? Una vez pasada la sorpresa, la mayoría procedió a las verificaciones usuales. Y aquellos que llevaron a cabo dicha tarea se aliaron de buena fe a mi interpretación, validando mi investigación y mis conclusiones. Ése es el caso de todos los estudiosos franceses y de un gran número de españoles y de mexicanos. Algunas investigaciones estimuladas por la presente obra confirmaron el contenido de los datos presentados. Hubo un única novedad: apareció una nueva copia de la petición presentada en 1539 por Bernal Díaz del Castillo ante las autoridades de Nueva España para que se le atribuyese una encomienda.1 Hasta ahora sólo conocíamos un copia tardía de este documento fechada en 1613 (cf. infra p. 45). El texto es idéntico.

En cambio, Carmen Bernand, especialista en el mundo andino, exhumó un texto muy interesante del Inca Garcilaso de la Vega.2 Conocido por sus Comentarios reales de los Incas, publicados en Lisboa en 1609, y cuya segunda parte se conoce bajo el nombre de Historia general del Perú (1617), dicho cronista mestizo es el hijo del capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y de Chimpu Palla Ocllo, una princesa inca originaria de Cuzco, nieta del Inca Tupac Yupanqui. Sebastián Garcilaso es un extremeño, originario de Badajoz, que marchó con las tropas de Cortés en Guatemala para luego trasladarse a Perú en 1534 con Pedro de Alvarado para enrolarse con los hermanos Pizarro, primos del Marqués del Valle. Era conocido por sus liberalidades y sus sucesivas fidelidades. Nacido en Cuzco en 1539, el futuro cronista de Perú recibió una educación perfectamente bilingüe y bicultural. Tras la muerte de su padre en 1559, partió a España, donde escribió una excelsa crónica muy bien informada sobre la organización sociopolítica y las costumbres del imperio inca. Ahora bien, el Inca Garcilaso escribe en sus Comentarios reales lo siguiente:

Yo soy testigo de haber oído vez y veces a mi padre y a sus contemporáneos, cotejando las dos repúblicas, México y Perú, hablando en este particular de los sacrificios de hombres y del comer carne humana, que loaban tanto a los Incas del Perú porque no los tuvieron ni consintieron cuánto abominaban a los de México porque lo uno y lo otro se hizo dentro y fuera de aquella ciudad tan diabólicamente como lo cuenta la historia de su conquista, la cual es fama cierta, aunque secreta, que la escribió el mismo que la conquistó y ganó dos veces, lo cual yo creo para mí, porque en mi tierra y en España lo he oído a caballeros fidedignos que lo han habl

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