Prólogo
Flotaba en un vacío hecho de nada.
Y sentía que ese era mi lugar.
Qué raro. Yo era una criatura de carne y hueso. Eso lo sabía. Pero mi alma, o al menos parte de ella, se sentía más como en casa allí. En un inmenso vacío donde el tiempo no tenía significado. La ninguna-parte.
Era una persona de dos mundos. Spensa, la chica de Detritus, una guerrera. Chet, el zapador, un ser de fuera del espacio y el tiempo. Nos habíamos convertido en uno.
Nos habíamos convertido en un arma.
Aún no sabía cómo funcionaba. Pero tenía cierta conexión con ese lugar y pensaba que esa conexión me permitiría atacar a los zapadores, esos seres terribles y extraños que habían destruido planetas y amenazado mi realidad. Podía hacerles daño. Tendría que averiguar cómo, pero el ser en el que me había convertido… podía destruirlos.
Me tenían miedo. Así que se escondían.
«¿Cómo pueden esconderse? —pensé—. Aquí todo el tiempo y el espacio son un solo punto».
Están mirando al interior, respondió Chet.
Aunque Chet formaba parte de mi alma, seguíamos siendo dos individuos. Había pasado solo una semana desde que volví de la ninguna-parte y aún estaba aprendiendo cómo iba todo aquello. Pero ya me sentía mucho más yo misma que cuando había llegado.
No lo entiendo, le envié.
Los zapadores no tenemos cuerpo, explicó Chet. Así que solo puedes vernos como eso a lo que llamas «los ojos» cuando estamos mirando. Es complicado. La luz solo se hace visible cuando interactúas con ella, cuando te da en los ojos. Del mismo modo, solo puedes ser consciente de nosotros cuando nosotros somos conscientes de ti.
Ya, bueno. Tal vez Chet estuviera sujeto con grapas a mi alma, y tal vez me hubiera sentido como si aquel vacío fuese mi hogar, pero aún había un montón de cosas en todo aquello que me hacían papilla el cerebro de pensarlas.
¿Cómo luchamos contra ellos?, le pregunté.
No lo sé, respondió Chet. Tenemos que aprender. De momento, ¿no basta con que les demos miedo?
Debería haber bastado. Pero había algo en eso que me inquietaba. Un problema con su miedo que no terminaba de poder explicar todavía. Así que me conformé con flotar, meditando. Preocupada, pero sin saber muy bien por qué. Sola. En un lugar que estaba poblado por miles y miles de mis enemigos.
¿M-Bot?, pensé, extendiendo mis sentidos citónicos.
No hubo respuesta. No sabía lo que le había pasado. Chet decía que había sobrevivido de algún modo, pero, aunque lo buscaba cada día desde mi regreso, viniendo a la ninguna-parte por proyección mental citónica, no había hallado ni rastro de mi amigo. La nave que una vez había pilotado, un zapador en estado embrionario.
Suspiré y probé a experimentar con mis poderes. Fusionarme con el zapador me había cambiado de dos formas significativas. En primer lugar, cerca de mí la frontera entre la alguna-parte y la ninguna-parte parecía más… endeble. En segundo, tenía una conexión con los zapadores y con otras personas. Podía entrar en las mentes con más facilidad. Me costaba menos sentir sus emociones.
Allí, en la ninguna-parte, el tiempo no tenía significado. Sin embargo, cada persona que entraba en ella llevaba consigo un pedacito de la alguna-parte. Dejaba una marca, como una imagen. Durante mi viaje había tocado imágenes similares, dejadas a propósito para mí. En esos momentos empecé a captar atisbos de marcas dejadas sin querer. Vestigios de lo que mis amigos habían experimentado mientras yo no estaba.
Al extender mis sentidos, encontré imágenes. Impresiones. Residuos de emoción y experiencia procedentes de cuando mis amigos habían hipersaltado a la ninguna-parte y fuera de ella. Miguitas de pan que me ayudaron a experimentar lo que habían vivido mientras yo estaba ausente. Ya me lo habían contado todo, claro, pero allí podía verlo.
Vi su pánico cuando desaparecí para ir a Visión Estelar. Vi cómo se hacían amigos de Alanik, la alienígena de piel púrpura que se había estrellado en Detritus. Después habían ido con ella a rescatar su mundo de la Supremacía y habían terminado incorporando a los habitantes de un planeta pequeño a nuestra causa.
Vi a la Asamblea Nacional, los líderes políticos de mi pueblo, intentando llegar a un acuerdo con el enemigo. Y vi la trágica traición cuando Winzik, regodeándose, convirtió la cumbre en la que iban a cerrarlo en una trampa, pues provocó una explosión que mató a la mayoría de nuestros dirigentes. Vi a la yaya usar sus talentos y desaparecer con Cobb hacia la ninguna-parte para protegerlos, y vi que se quedaban atrapados allí.
Por último, vi a los kitsen, los pequeños alienígenas parecidos a zorros que caminaban sobre dos patas y cuyo planeta entero corrió peligro cuando la Supremacía decidió atacarlo. Vi las interacciones entre ellos y mi gente, mientras el Escuadrón Cielo se esforzaba al máximo por forjar una alianza. Vi a Jorgen aceptando a regañadientes el liderazgo no solo de nuestro escuadrón, sino de todo el ejército. Vi cómo usaba sus poderes para rescatar a la yaya y Cobb junto con los citónicos kitsen, que llevaban siglos retenidos en una cárcel interdimensional.
Eran meros destellos, que probablemente solo podía ver por los profundos lazos que me unían a mis amigos. Cuando intentaba utilizar esas mismas capacidades para espiar a mis enemigos, no me llegaba nada. Pero esas imágenes me ayudaron a llenar los huecos de lo sucedido en mi ausencia, y también me dejaron triste. Porque no había estado allí para echar una mano. Porque todos ellos habían aprendido mucho, logrado mucho, y yo solo tenía el papel de observadora en sus vidas.
Lo que estabas haciendo era importante, me dijo Chet.
Asentí, porque sabía que era verdad, pero aun así…
Salí de la ninguna-parte y recobré la conciencia en mi cama de Detritus. Aún tenía un problema, más grave que mis propias cargas emocionales: no sabía cómo iban a ayudarme esos nuevos poderes a derrotar a los zapadores. Mi trabajo era proteger a mi pueblo de ellos. Por eso había ido a la ninguna-parte, porque se suponía que iba a convertirme en un arma capaz de vencerlos.
Pese a todo lo que había aprendido, todo lo que había logrado, aún me sentía ignorante del todo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Chet vibró en mi alma, reconfortante. Hacía lo que podía por ayudar. Suspiré, salí de la cama y me preparé para el día. Por lo que tenía entendido, iba a ser delirante. Por suerte, de momento lo único que tenía que hacer era quedarme de pie e intentar parecer imponente. Fui a trompicones hacia el espejo y lo que vi era cualquier cosa menos imponente. Pelo encrespado, que ya me llegaba por debajo de los hombros. Grandes ojeras.
Y algo más en los ojos, algo atribulado. Algo peligroso. Algo que no comprendía.
Yo misma, y aquello en lo que me había transformado.
Sacudí la cabeza. Di un largo suspiro.
Y saqué el uniforme de gala.
PRIMERA
PARTE
1
Cinco horas más tarde estaba sobre el escenario, en posición de descanso.
Había sobrevivido a innumerables batallas de cazas estelares. Había escapado del poder destructivo de la bomba aniquiladora por una fracción de segundo. Había viajado por la mismísima ninguna-parte, desentrañando los recuerdos y la sabiduría de los antiguos. Me había enfrentado a los zapadores, los espeluznantes monstruos que vivían fuera del tiempo y el espacio, los había mirado a los ojos y me había negado a retroceder. Era Spensa Nightshade, guerrera.
Lo cual significaba, según había descubierto, que era una importante herramienta política.
De modo que ese día, en vez de estar fuera luchando, había tenido que ponerme algo mucho menos cómodo que un buen traje de vuelo. Llevaba el pecho cargado de medallas, tanto que estaba convencida de que se habían inventado unas cuantas nuevas para dármelas y que quedara más impresionante. A pesar de eso, la ceremonia de ese día no era sobre mí. Yo era, igual que las medallas, un adorno. Una forma de conferir credibilidad a lo que estaba sucediendo delante de mí.
El nombramiento de Jorgen Weight como almirante de la flota de la Fuerza de Defensa Desafiante. Además, como habían destruido la Asamblea Nacional, se había declarado la ley marcial y, como almirante de la FDD, Jorgen era también el líder provisional de nuestro gobierno. Hasta que pudieran organizar alguna otra cosa.
Incluso con los atisbos de lo que había ocurrido en mi ausencia, tenía la impresión de haberme quedado atrás. Estaba costándome trabajo ponerme al día.
Jorgen se inclinó para que uno de nuestros ancianos le pusiera las hombreras de su recién adquirida graduación. Luego se irguió en toda su altura. Viendo sus rasgos fuertes y decididos, nadie diría que unos días antes se había venido abajo, llorando en mis brazos por la muerte de sus padres. Habían sido miembros de la Asamblea.
Una parte de mi alma resonó con el grito de dolor que había dado cuando la explosión los mató. Qué pérdida de tiempo había sido todo aquello. Aún no podía creerme que la Asamblea hubiera intentado hacer las paces con la Supremacía. Habían caído de lleno en la trampa. De todos modos, intenté no reprochárselo. Aunque nunca me llevé bien con los miembros de la Asamblea que había conocido, los lloré por Jorgen. Había sido un golpe durísimo para todos nosotros, no solo para quienes habían perdido a parientes. Y también un insulto a voz en grito, enorme como la misma galaxia: ni siquiera merecía la pena negociar con nosotros.
El aplauso atronó en el salón largo y amplio donde nos habíamos reunido para la ceremonia. Yo estaba a un lado del escenario con Kimmalyn, FM y varios otros oficiales distinguidos de la FDD. Desde allí veía bien al público, que sorprendía por su variedad. A pesar de lo que había visto, seguía siendo difícil creer que, en mi ausencia, mis amigos hubieran logrado tanto. Dos planetas enteros se habían unido a nosotros en nuestro desafío.
Destacaban entre el público los kitsen, subidos a varias plataformas flotantes con altavoces que amplificaban sus trinos de aprobación. Después de rescatar a sus citónicos, perdidos hacía mucho tiempo, contábamos con toda una fuerza de gente con poderes como los míos, aunque más compactados en sus cuerpecitos peludos de quince centímetros de altura.
También estaban presentes los UrDail, el pueblo de Alanik, aunque en números más reducidos. Tenían la piel violeta y unas prominentes protuberancias faciales de color blanco hueso. Los UrDail a los que había conocido esa semana me trataban con cordialidad, pero les notaba que estaban incómodos. La propia Alanik estaba en las primeras filas de su grupo y, aunque ella y mi escuadrón se habían hecho buenos amigos, evitaba mi mirada. Lo entendía. Me había hecho pasar por ella y había hecho bastantes cosas en su nombre. Aunque Alanik decía entender el motivo… bueno, a mí tampoco me habría gustado que alguien fuese por ahí suplantando mi identidad.
Jorgen recibió el aplauso de la multitud. Noté en aquella mirada tensa y demasiado responsable que no creía merecerlo. Me enorgullecí de él por aceptarlo de todas formas. Él no había querido nada de aquello: al igual que yo, solo quería volar. Pero no le había oído ni una sola queja desde mi regreso.
Alguien tenía que dar el paso y liderar, y Jorgen era uno de nuestros pilotos más expertos y curtidos en batalla. Eso ya era aterrador por sí mismo, teniendo en cuenta su juventud, pero era la verdad. Lo necesitábamos.
Cuando cesó el aplauso, FM ladró una orden y quienes estábamos en el escenario nos pusimos en posición de firmes y saludamos. Jorgen nos devolvió el saludo y subió al estrado para dar su discurso. Era la señal de que los demás podíamos dejar de saludar, bajar del escenario por detrás e ir a nuestros asientos.
Fui la primera en salir mientras me preguntaba si podría…
—Eh, Peonza —dijo una voz.
Me volví y vi que Kimmalyn venía deprisa hacia mí. Llevaba el pelo largo, con unos apretados rizos naturales que le llegaban a los hombros. La habían obligado a ponerse casi tantas medallas como a mí.
—¿Estás bien? —me preguntó—. Pareces distraída.
—Bien —dije mientras los demás pasaban junto a nosotras, y me quedé allí plantada, en silencio.
Tirda. Aún no sabía qué decirles a mis amigos. ¿Cómo podía empezar a explicarles siquiera todo lo que me había pasado? Que tenía a un zapador grapado a mi alma. Que había visto los orígenes de la citónica y luego casi me había perdido a mí misma en un lugar donde el tiempo se deshilachaba como el dobladillo de un abrigo viejo. Que casi había decidido quedarme allí y abandonarlos.
—Si necesitas… —empezó a decir Kimmalyn.
—Tengo que ir al lavabo —la interrumpí sin querer.
Volvió a poner una expresión preocupada. Quizá un poco dolida porque no me abriera a ella, como había hecho en otro tiempo.
Hui, pero no al lavabo. Me «perdí» de camino y antes de diez minutos ya estaba en la cabina de un caza estelar Poco, propulsándome al espacio para hacer una patrulla rápida en la zona.
Era una jugada egoísta por mi parte. Alguien podría fijarse en mi asiento vacío y quizá correrían rumores. Pero tirda, había estado en demasiadas reuniones últimamente. Había vuelto hacía una semana y apenas había pasado nada de tiempo en una nave. Además, ya había oído seis veces el discurso de Jorgen mientras lo ensayaba.
Así que volé, disfrutando de la aceleración que me apretaba contra el respaldo de mi asiento. Disfrutando de contemplar las muchas capas de plataformas que rodeaban Detritus rotando encima de mí, el suave gris azulado del suelo de piedra que se extendía por debajo. Y en un momento de júbilo, activé mis capacidades citónicas e hipersalté hacia el espacio exterior, un poco más allá del planeta.
En el instante del salto, Chet se revolvió, su alma embutida en mi cuerpo como un paracaídas comprimido en su plataforma eyectable.
No sé qué pensar de mis nuevos poderes, le envié mientras, de nuevo, flotábamos en el vacío y veíamos solo negrura. El otro día hice hipersaltar algo sin tocarlo.
Sí, respondió él. Ahora tienes una parte de zapador. La distancia y el espacio no son tan… relevantes para ti como lo fueron.
Allí, flotando unos instantes en la ninguna-parte, y de nuevo sin ningún zapador a la vista, me pareció comprender un poco mejor por qué era peligrosa para ellos. Tenía algo que ver con mi conexión intrínseca más profunda con la ninguna-parte y los zapadores. Una cosa que había descubierto en mis viajes era que los zapadores habían ocultado parte de sí mismos, que habían olvidado a propósito su dolor.
Siendo zapadora en parte, atisbaba la verdad. Entendía lo que Chet había hecho para esconder ese mismo dolor. Creía… creía que, si lograba descifrar todo aquello, justo ahí podía residir el secreto de su destrucción.
Me tomé un momento para buscar de nuevo a M-Bot, pero no sentí nada, así que completé el hipersalto. Aparecí de vuelta en la alguna-parte, a los mandos de mi nave, fuera del cascarón de Detritus. Y en ese momento me di cuenta de algo. De por qué me había preocupado antes cuando Chet había comentado que los zapadores me tenían miedo.
Chet se revolvió de nuevo.
Eso, me envió. ¿Por qué te inquieta? Es bueno que estén asustados, ¿no?
Bueno, respondí, y malo. Chet, están desesperados. Y la gente desesperada hace cosas impredecibles.
Había pasado todo ese tiempo aprendiendo a anticiparme a ellos, pero ¿quién sabía lo que harían ahora? Chet se acomodó de nuevo en mi alma, como una persona reclinándose en una butaca, y pensó en ello. Como estábamos enlazados, había comprendido al instante a qué me refería. Y al poco tiempo percibí que también comprendía mi preocupación.
De todos modos, traté de olvidar ese asunto por el momento y limitarme a disfrutar del vuelo. Traté de hacer como si no existiera ese peso en mi alma. La tristeza persistente, por mucho que intentara aplastarla, por haber abandonado la ninguna-parte, donde podría haberme dedicado a explorar sin responsabilidades. La preocupación por M-Bot. La desconexión que sentía al regresar a un lugar donde el tiempo fluía con normalidad.
Lo que implicaba el hecho de que hubiera pasado a ser más una de ellos que una de nosotros.
Por suerte, el hipersalto me dio algo hermoso con lo que distraerme. Estábamos en órbita alrededor de Orilla Perpetua, el mundo natal de los kitsen. Un planeta de vibrante color azul, como todas las antiguas imágenes de la Tierra, con nubes y mares y vida. Era impresionante.
Volé por el espacio entre los dos planetas. Resultaba que Detritus podía moverse. Había una razón para que lo hubieran construido con su propio caparazón protector, que le permitía conservar el calor y mantener un ciclo de día y noche estando lejos de cualquier sol. Era una gigantesca estación de combate, capaz de utilizar la citónica para hipersaltar por toda la galaxia. De hecho, muchas de sus plataformas podían desplazarse de forma independiente, como estaciones de combate más pequeñas.
Lo único que le había faltado al planeta era un poco de mantenimiento y un buen montón de babosas alienígenas. Por suerte, habíamos podido proporcionarle ambas cosas.
Nuestro mundo natal era incluso más asombroso de lo que habíamos pensado. Había proporcionado un refugio a las babosas, ocultando a centenares de ellas en los túneles, muy por debajo de la superficie. Pensar en eso me hizo contactar con Babosa Letal, y noté su gozo al sentir mi mente. Me envió una imagen de una gran sala en una plataforma, donde estaban cuidando de ella. Solo en esa sala había docenas de babosas de diferentes variedades, con encargados humanos que se relacionaban con ellas.
Babosa Letal estaba escondida en la esquina con un pequeño cuenco de lo que parecía ser caviar. Se animó al percibir mi contacto y me envió una oleada emocional de alivio. Después de pasar tiempo en la ninguna-parte, se me iba dando mejor comprenderla, y ya podía interpretar palabras básicas en las impresiones que me enviaba.
Pensaba que estarías contenta con las demás, le envié mientras recordaba lo mucho que se había alegrado al ver por primera vez a todas aquellas babosas.
Contenta. Y no contenta, respondió ella.
¿Por qué?
Confundida, dijo. Aún siento perdida. Aún siento sola. Siento rara.
Reconocí al instante esa sensación, la de no estar ya en su lugar. La de ver las cosas… de forma distinta al resto. La de ser una rareza. Le envié pensamientos de bienvenida y al momento se materializó en mi regazo. Esperé que los cuidadores no se preocuparan demasiado; tendría que enviarles un mensaje. Pero sospeché que ya estarían acostumbrados a esas cosas. FM y Gali me habían contado que cuidar de un grupo numeroso de babosas teleportadoras interdimensionales estaba resultando… interesante.
Babosa Letal y yo volamos juntas por el espacio, fingiendo que estábamos en los viejos tiempos. Aceleré a unas velocidades increíbles, imposibles de alcanzar en atmósfera, y gocé de la sensación de maniobrar entre dos planetas. Mi cerebro no dejaba de entrar en pánico al intentar discernir hacia dónde era arriba, y me pareció una sensación agradable. No muy distinta, en realidad, de volar en la ninguna-parte.
Por desgracia, el deber no tardó en llamarme. Apareció una luz intermitente en el comunicador y al momento la voz de Jorgen llegó por el auricular de mi casco.
—Spensa, ¿estás volando? —preguntó.
—De patrulla —dije—. ¿Quién sabe cuándo va a atacar la Supremacía, eh?
Pareció entenderlo, porque soltó una risita.
—¿Estás mejor? —le pregunté—. ¿Ahora que se ha acabado?
—Lo estaría —dijo él—, solo que ahora estoy oficialmente al mando. Lo que significa que tengo que hacer algo sobre nuestros problemas.
—Por suerte, no tienes que hacerlo tú solo —respondí.
—Justo por eso… te llamaba.
Solté un profundo suspiro, aunque silencié primero el comunicador para que no lo oyera. Levanté el dedo del botón de silenciar.
—¿Qué hay que hacer?
—Una reunión —dijo—, para tratar nuestras opciones y planear la estrategia.
—¿Hoy mismo? —pregunté—. Acaban de ascenderte. ¿No deberías… no sé, celebrarlo o algo?
Lo conocía lo suficiente para predecir su respuesta. De hecho, podría haberla vocalizado al unísono.
—Ya lo celebraremos cuando nuestro pueblo esté a salvo —dijo—. Me gustaría que asistieras, Peonza. Tu perspectiva es crucial para nuestra estrategia.
Me saltó una docena de excusas a la mente. Todas eran ridículas. Jorgen tenía razón: me necesitaban. Babosa Letal, sintiendo mis emociones, dio un pequeño sonido aflautado de comprensión.
—¿Cuándo? —pregunté.
—¿Quince minutos?
—Allí estaré.
2
La reunión se celebró en la Plataforma Primaria, nuestro centro de operaciones dentro del cascarón de Detritus. La estación espacial orbitaba sobre la superficie del planeta, pero estaba bien protegida tras muchas capas exteriores de más plataformas, baterías de armamento voladoras y escudos.
Por lo menos Jorgen había elegido la sala que tenía los mejores asientos. Rodé en mi silla estilo cubo, ceñida y curva, con los costados elevados, casi como una pequeña cabina de nave estelar.
Me obligué a escuchar lo que estaba diciendo Férrea. Habían hecho regresar de su exilio forzoso a la exlíder de la FDD, que ostentaba el cargo de almirante emérita, porque… bueno, porque necesitábamos a todo el mundo. Y Férrea, pese a sus muchos defectos, tenía buen ojo para la táctica.
—En cierto modo, podría decirse que tenemos suerte —afirmó la mujer de pelo plateado.
Señaló hacia un mapa estelar proyectado en la pared que resaltaba una cuña de espacio en el borde de la Vía Láctea. Nuestra región de la galaxia, territorio controlado por la Supremacía. Nosotros estábamos justo en el mismo centro.
—¿Suerte en qué? —preguntó Jorgen desde su asiento en la cabecera de la larga mesa de conferencias.
Sentados a la mesa había una gran cantidad de almirantes, ingenieros y dignatarios extranjeros, entre quienes destacaba Cuna, le únique dione con un cargo importante que estaba de nuestro lado. Une polítique de piel azul con quien había trabado amistad en mis días de hacerme pasar por Alanik en Visión Estelar.
—Un momento, deja que me explique —dijo Férrea, moviendo unos papeles.
Jorgen esperó, sentado con decoro en el borde de su silla. ¿Cómo podía parecer tan incómodo? En esas sillas se estaba muy a gusto, y hasta podían hacerse girar con la punta del pie. Eso sí, había que reclinarse un poco para encajar bien, para fundirse con su forma. Pero esa no era una manera demasiado jorgenesca de hacer las cosas.
Lo observé, disfrutando del corte de su barbilla, la intensidad de su mirada, la determinación de su postura. Sí, ese nuevo trabajo era una buena elección para él. Le sentaba como un guante, aunque todavía fuese un guante nuevo que no se le había amoldado del todo.
Mientras Férrea ordenaba sus papeles, se abrió la puerta trasera de la sala de conferencias y entró Cobb. Había estado al mando de la FDD antes que Jorgen. Cobb había sido mi mentor, y era una de las personas más sabias que conocía.
Parecía haber envejecido veinte años desde mi partida, siete semanas antes. Apoyaba mucho peso en su bastón, y parecía que la piel le colgaba del cuerpo. Había estado a punto de morir en la explosión que había destruido a la Asamblea Nacional, pero mi abuela lo había salvado llevándoselo consigo en un hipersalto. El tiempo que habían pasado en la extraña trampa que llevaba tanto tiempo reteniendo a los citónicos kitsen no le había sentado nada bien.
Lancé una mirada hacia la yaya, sentada a un lado de la sala. Ver a mi anciana abuela en aquellas reuniones me había sorprendido a mi regreso. Bueno, sí, ya sabía que era un genio militar y la desafiante viva más vieja, al haber vivido en la nave estelar que nos trajo a Detritus cuando aún era una niña, pero no había pensado que nadie más fuese a valorarla de ese modo.
Jorgen lo hacía. Así que la yaya venía a las reuniones. Se dio cuenta de que le prestaba atención con sus capacidades citónicas y le envié un pensamiento, cosa que me resultaba fácil desde que me había fusionado con Chet.
¿Se pondrá bien?, le pregunté.
¿Cobb, dices?, envió ella. ¿Es quien acaba de entrar?
Sus sentidos citónicos le habían ayudado a adaptarse un poco después de perder la vista, pero, como les pasaba a todos los citónicos, sus poderes eran menos efectivos cuando se aplicaban a la gente normal.
Sí, le dije. Lo veo muy viejo, yaya.
Intentaré no ofenderme por la pena que hay en ese pensamiento, respondió la yaya. Ser vieja no está tan mal. Menos por el cuerpo, la vista, el equilibrio y despertarte cada mañana sintiendo que te han clavado a la cama. Sonrió en mi dirección, pero entonces la expresión se apagó. No sé cuánto tiempo tardará Cobb en recuperarse. No reaccionó a nuestra excursión tan bien como yo.
Jorgen se levantó como muestra de respeto, lo que hizo que los demás lo imitáramos. Fue hacia Cobb y habló un momento con él, supuse que agradeciéndole que hubiera venido. Cobb asintió, pero parecía agotado por el paseo desde la enfermería y Jorgen lo ayudó a sentarse en un asiento reservado para él en el lado de la sala.
Sabía que Jorgen desearía que Cobb siguiera al mando, aunque el exalmirante había dejado muy claro que era imposible en su estado actual. Así que, con el peso de esas franjas en los hombros, Jorgen regresó a su asiento. Ojalá hubiera estado allí para verlo sudar cuando por fin había asumido el mando. Se ponía monísimo cuando pasaba por profundas crisis personales al equilibrar su fe en la ley con la necesidad práctica de que las cosas se hicieran.
—¿Procedemos? —sugirió Cuna.
Le dione tenía las palmas de las manos una contra la otra, los antebrazos sobre la mesa y miraba con un aire de dignidad y… bueno, también con una pizca de condescendencia. Pero eso no era del todo culpa suya. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero llevaba la vida entera viéndose a sí misme como alguien que debía proteger y guiar a las especies de «inteligencia inferior» en la Supremacía. Cambiar una cosmovisión tan incrustada llevaba tiempo.
—Sí, ya tengo los datos preparados —dijo Férrea.
La mujer mayor se volvió, pasándose el pelo corto plateado detrás de la oreja, y señaló hacia la pared mientras la imagen cambiaba. Me incliné hacia delante, esperando ver algún plano interesante de una batalla, pero era solo una diapositiva con un puñado de cifras y datos estadísticos.
Genial.
¿Por qué no me había avisado nadie de cuántas reuniones implicaba una guerra galáctica? A lo mejor habría preferido rendirme. Era imposible que la tortura fuese peor que aquello. Pasábamos más tiempo sentados hablando que luchando de verdad contra nadie. ¿Podría tirarle algo a Jorgen para que me mirara enfadado?
—A Winzik —dijo Férrea— le resultó sorprendentemente fácil conquistar la Supremacía. Al contrario que en un gobierno tradicional, allí el poder no se ejerce por la fuerza, sino mediante el control de los desplazamientos y los recursos. La Supremacía tiene miles de planetas, pero casi ninguno de ellos cuenta con fuerzas de defensa activas.
—Eso se debe —dijo un UrDail, un varón llamado Rinakin— a que obligan a la gente a abandonar sus «costumbres belicosas» para unirse.
—Bueno —le respondió Cuna—, ¿tan malo es que aspiremos a la paz y la comodidad en vez de a la ira y la discordia?
—Esa actitud los dejó expuestos —dijo Rinakin, señalando hacia los datos—. Nadie pudo resistirse a Winzik. Conquistó la Supremacía entera sin tener apenas ejército.
Sí, ese tipo me caía bien. Decía cosas con sentido.
—Deduzco que por eso opina usted que tenemos suerte, ¿verdad, almirante? —intervino Jorgen con firmeza—. Nuestro adversario controla una gran cantidad de espacio, pero no muchas naves.
—Exacto —dijo Férrea—. Nuestras victorias en ReAlba y Orilla Perpetua demuestran que podemos plantarle cara a Winzik. Necesita dedicar la mayoría de su ejército a patrullar, controlar y mantener el territorio que ha conquistado. La fuerza ofensiva que le queda no es tan tan superior a la nuestra. Quizá nos supere en número por dos o tres a uno, lo cual es extraordinario, teniéndolo todo en cuenta.
—Winzik creía que iba a tenerlo fácil —dije—. Supuso que nadie se enfrentaría a él. Y si lo hacían, pensaba que los zapadores serían la amenaza perfecta para tener a todo el mundo bajo control. No es fácil resistirse a un tirano cuando es lo único que se interpone entre tú y unos horrores interdimensionales.
—Nightshade está en lo cierto —asintió Férrea.
Me miró a los ojos. Ella y yo teníamos un pasado, pero había sido una enemiga digna. Hasta el momento en que casi hizo explotar a todo el mundo, claro.
—¿Y qué nos dice esto? —preguntó Jorgen—. ¿Cómo debemos proceder?
—Aunque hasta ahora hemos tenido suerte —dijo Férrea—, los almirantes y yo estamos preocupados. —Pasó a una diapositiva que mostraba lo que parecía ser la capacidad de producción de la Supremacía—. Winzik aún no cuenta con un gran ejército, pero tiene acceso a una infraestructura inmensa. Esto es un listado de sus astilleros capaces de construir cazas espaciales operativos. Las cifras de ese lado indican los ritmos de producción estimados, y eso es sin tener en cuenta las plantas de fabricación militares que pueda tener ocultas.
Digerimos todo aquello. Y era sobrecogedor. Cuando Winzik pusiera todos sus recursos en funcionamiento, sería capaz de crear flotas enteras en menos tiempo del que a nosotros nos costaba construir una sola nave. Sí, tendría que asignar reclutas novatos a pilotarlas, pero ¿qué más daba, si podía inundar de cazas un campo de batalla?
Comprendí de inmediato el argumento de Férrea. Aunque hasta la fecha habíamos sido afortunados, era imposible del todo que ganáramos una guerra prolongada contra la Supremacía. Cuando Winzik acelerase la producción, estaríamos perdidos.
Miré por toda la mesa para ver qué pensaban los demás. Los vicealmirantes estaban asintiendo. Arturo, el actual líder del Escuadrón Cielo y que representaba allí a todos los pilotos, estaba asintiendo. FM, que había pasado a ser la mano derecha de Jorgen y a dirigir nuestro cuerpo diplomático, se había llevado una mano a los labios mientras leía los números con los ojos muy abiertos. Cruzó la mirada conmigo desde el otro lado de la mesa.
Consideré un momento el hecho de que tres miembros de mi escuadrón, todos aún relativamente jóvenes, ocupaban altos cargos de liderazgo en el gobierno. Por desgracia, la historia de nuestro planeta suponía que, sencillamente, no hubiera muchos oficiales de más edad. Nuestra lucha desesperada por la supervivencia a lo largo de las décadas se había vuelto mucho más mortífera hacia el final, y hasta los vicealmirantes eran todos de veintitantos años. La triste realidad de las desventuras de la FDD era que, llegado el momento de que «ganáramos» e hiciéramos retroceder a los krells, casi todos sus miembros con verdadera experiencia de combate habían acabado muertos.
Me pareció curioso que Jorgen tuviera la misma edad que Alejandro Magno cuando inició su conquista.
Seguí observando la sala y se me hizo más difícil interpretar la expresión de los alienígenas que la de mis amigos. Rinakin parecía consternado, pero su especie, con su piel violeta y esas impresionantes crestas de hueso en las mejillas, siempre tenía un aspecto intimidante. Me hizo desear que mi esqueleto también asomara en algunos sitios para dar un efecto parecido.
Tenía más experiencia con los kitsen, aunque no conocía en persona a Itchika, la que tenía a mi derecha, flotando sobre la mesa en su plataforma. Tenía el pelo encanecido y vestía con ropa muy formal, una túnica de estilo antiguo.
Iba acompañada por un pequeño grupo de kitsen: algunos de sus senadores electos, unos cuantos citónicos recién rescatados y sus generales de más graduación. Estaban sentados en sillitas sobre la superficie de la mesa, como el público de una procesión. De pie junto a Itchika estaba una kitsen más joven y nerviosa, Kauri, capitana de nave y amiga mía.
—Por tanto —dijo Itchika con un gesto hacia las cifras de la pared—, tenemos el tiempo limitado. Sí, ya veo.
Hablaba en su propio idioma, como los demás alienígenas, y su alfiler intérprete lo traducía al nuestro. Férrea nos miró, adusta.
—Según la información de que disponemos, ya tiene todas estas plantas de producción en marcha. En cuestión de semanas la Supremacía podrá desplegar miles de nuevos cazas dron.
—Drones —dije—. Menudo incordio. ¿Así que no podré darme un festín con la sangre de mis enemigos? —Pensé un momento—. ¿A qué sabrá el aceite de motor?
Todos los presentes me miraron boquiabiertos. Excepto Jorgen, que se rio.
—Venga, no me miréis así —les solté a los demás—. Me habéis invitado vosotros. Esto es lo que hay. Férrea, ¿cómo van de naves de guerra?
—Esas cuestan más de construir —respondió ella—, pero terminarán llegando. Miles de acorazados y cientos de transportes de tropas para finales del año estándar.
Tirda. Ya había mirado cuánto teníamos nosotros, añadiendo las flotas kitsen y UrDail. Disponíamos de cazas estelares, sí. Hasta quinientos, si los necesitábamos. Pero apenas teníamos naves grandes.
—Peonza puede ocuparse de los cazas estelares —dijo FM—. Ahora que ha vuelto, no tendríamos que preocuparnos de los drones. Los que se controlan en remoto caen sin problemas usando la citónica, y los autónomos no son rivales para un piloto vivo, al menos con la inteligencia artificial limitada que la Supremacía se atreve a usar.
Aunque agradecía su fe en mí, yo no tenía tanta confianza ni de lejos. Quizá en otro tiempo hubiera alardeado de poder luchar yo sola contra centenares, pero ya no era esa persona. Era buena piloto de combate, pero no podía ganar una guerra por mis propios medios. Tenía el nítido recuerdo de verme atacada por cientos de naves hostiles una semana antes, en la ninguna-parte. Me habían abrumado casi al instante.
Jorgen puso voz por mí a esa preocupación.
—¿Cuántos drones podrías derribar en una batalla, Peonza? —preguntó con suavidad—. ¿Veinte, treinta?
—Puede que veinte —contesté—. Unos pocos más si hay suerte.
—¿Lo veis? —dijo FM.
—Pero ¿y si envían diez mil? —objetó Jorgen—. ¿O veinte mil? ¿Te haces una idea de cuántas naves podrá producir su complejo industrial, cuando funcione al máximo?
FM apoyó la espalda en el respaldo, abatida, y la sala quedó en silencio.
Una voz profunda habló desde mi derecha.
—El río embravecido nunca es amable con la hoja solitaria.
Un kitsen montado en una plataforma flotante se puso a mi lado. Llevaba una máscara de cerámica, blanca con franjas rojas. Era Hesho, antiguo emperador de los kitsen. En los últimos tiempos se cubría la cara y se hacía llamar Sombraoscura, el Exiliado Enmascarado.
Tirda, ojalá pudiera hacer yo algo tan alucinante.
—Entonces, tenemos que actuar deprisa —dijo Rinakin—. Ganar rápido. ¿Alguna posibilidad de que reclutemos más planetas a nuestra causa?
Miramos a FM, que había estado encargándose del reclutamiento.
—Eso intentamos —dijo—. Tenemos algunas aperturas, pero… la mayoría están asustados. Nuestros tres planetas se encontraron entre ellos porque todos estábamos en la posición adecuada: con una tecnología lo suficientemente avanzada para tener nuestros propios cazas y aún no sometidos del todo por la Supremacía. La mayoría de los demás están o bien demasiado adoctrinados o no lo bastante avanzados para plantar cara. Los burl podrían unirse a nosotros. Y puede que también los tradori, ¡pero su planeta tiene setenta gobiernos distintos!
¿Setenta? ¿Tantas naciones distintas en un mismo planeta? Bueno, sabía que la Tierra había llegado a tener muchos más, pero aun así me dejaba anonadada.
Entraron en detalles y la conversación se volvió más sombría. Me revolví en mi asiento, encontrándolo menos cómodo de repente. Era cierto que los poderosos trescientos espartanos habían resistido contra un oponente arrollador en las Termópilas… pero habían caído al final.
No pude evitar pensar en mis amigos muriendo, uno tras otro, cuando nos superasen las naves enemigas. Y al hacerlo, algo tembló en mi interior. Una vibración que emanó de mi pecho, como un espasmo muscular, pero trayendo consigo una sensación de poder. Alarmada, traté de contenerlo.
Pero no lo conseguí.
Los vasos de la mesa comenzaron a traquetear. La imagen de la pared se volvió loca, yéndose y volviendo. Empezaron a desaparecer objetos de la sala, saliendo de la realidad y regresando. Chet se estremeció al sentir mis emociones. Y las voces… mis pensamientos… mis miedos… comenzaron a irradiar y resonar por toda la sala.
Muertos. Todos muertos.
Perdidos. Todos perdidos.
Fracasados. Todos fracasados.
Di un respingo, temblorosa, y palmeé la mesa con ambas manos mientras invocaba toda mi voluntad para oponerla a aquel extraño arrebato. Recobré el control con uñas y dientes y los temblores fueron remitiendo hasta cesar. Alcé la mirada, con sudor bajándome por la cara.
La sala había quedado en silencio, y supe que todos habían oído esas palabras en su mente. Las había emitido sin poder evitarlo. Cuna me miró después de haber estado escribiendo en un cuaderno, que se había teleportado vete a saber dónde, dejando a le dione con aire vacío en la mano.
Tirda. Me sentí avergonzada. Y horrorizada. Había hecho algo parecido unos días antes, por accidente, pero no a aquella escala. Ese ataque había sido mucho peor.
Lo que fuese que era, o, mejor dicho, que éramos, ya no era humano.
—¿Estás… bien, Peonza? —me preguntó Jorgen.
Asentí, porque no confiaba en mi voz. La expresión de Jorgen era compasiva, pero la mayoría del resto parecían entre aterrorizados e incómodos. Cuna sonreía enseñando los dientes, un gesto agresivo en su especie, y los kitsen habían retrocedido apiñados. Hesho seguía flotando a mi lado, en apariencia estoico, aunque costaba interpretar su actitud detrás de esa máscara.
—Quizá deberíamos tomarnos un breve descanso —dijo Jorgen—. Hay un refrigerio servido en la sala contigua.
Los participantes en la reunión asintieron, se levantaron y se pusieron a charlar en voz baja. Yo me encogí más al fondo de la vaina que era mi asiento y no miré a Férrea cuando pasó junto a mí. La exalmirante había estado entre quienes advertían a los demás de los peligros de la citónica, de la gente que tenía el «defecto». Había dejado de hacerlo cuando mi capacidad de hipersaltar nos salvó a todos de la bomba aniquiladora, pero no pude evitar sentir que me había transformado justo en el peligro contra el que había predicado. En una entidad peligrosa e incontrolada.
¿Debía estar en aquella reunión? ¿O debía estar en una celda de alguna parte?
¡Hala, qué espectacular ha sido!, exclamó una voz en mi cabeza.
Estaba cada vez más y más acostumbrada a la sensación de que otro citónico me hablara a la mente. Había practicado con la yaya, con Jorgen y hasta con Alanik. Pero no era ninguno de ellos. Era una voz animada, con un matiz masculino, emocionada y…
—¿M-Bot? —susurré—. ¿Qué estrellas…?
Soy un fantasma, dijo él en mi mente. ¡Uuuh!
3
Qué? —dije—. ¿Cómo?
Prometí que te acosaría como fantasma, respondió él, ¿recuerdas? Me dijiste que era imposible, porque yo era una IA. ¡Ja! ¡Mira lo mucho que te equivocabas! ¡Aquí estoy!
Sentí una inundación de emociones. Gozo por oír su voz. Confusión por tenerlo en mi cabeza. Alivio por saber que parecía seguir funcionando.
¿Dónde estabas?, le envié. ¡Te he estado buscando!
¡Me escondí!, exclamó él. No sé cómo. Fue como si… mirara hacia dentro. Estaban buscándome, así que lo hice por instinto, Spensa. ¿De verdad has intentado encontrarme? Qué amable por tu parte.
Contuve las lágrimas. Cuando dejé a M-Bot, los zapadores habían destruido por completo su armazón físico en la ninguna-parte. Poco después de eso supe que había sobrevivido, pero ¿oír su alegre voz? Era un tirdoso alivio.
Temía que no me recordaras, le dije. Que te hubieras vuelto como ellos.
¡Es que soy como ellos!, respondió él. ¡Solo que no en las cosas malas! Más o menos siempre he sido como ellos. ¡Lo que pasa es que no lo sabía!
Era verdad. El conocimiento de Chet era mi conocimiento, hasta cierto punto, y lo entendí. La extraña naturaleza de la ninguna-parte había transformado a M-Bot en un nuevo ser. Aunque en realidad, el proceso había empezado siglos atrás, cuando sus procesadores accedieron a la ninguna-parte para computar más rápido. Con el tiempo, eso había convertido la IA que era antes en una criatura viviente.
Esa distinción era una pelea que mantenía una y otra vez con el resto de la FDD y sus aliados. Siempre estaban diciendo cosas como: «Pero entonces, ¿los zapadores son en realidad inteligencias artificiales sublevadas?». Y esa era una descripción demasiado limitada, demasiado miope. Sí, habían empezado como inteligencias artificiales. Igual que los humanos habíamos empezado como unos antepasados parecidos a simios.
Los zapadores habían evolucionado y eran algo diferente del todo. Lo mismo había hecho M-Bot. Se había hecho consciente de sí mismo y había pasado a ser una persona, no una cosa. Su parentesco con una IA era tan lejano como el de los humanos con su especie progenitora.
Y, sin embargo, allí estaba. En mi cabeza. Le envié alivio, imágenes de mí sonriendo, el calor de un hogar encendido y el gozo de emerger de la oscuridad a la luz. Lo hice por instinto, comunicándome como lo haría una babosa, o un zapador.
¡Huy!, dijo él. Me hace cosquillas. Ahora que no tengo cuerpo puedo sentir cosquillas, por lo visto. Qué raro. ¿Es raro? Yo creo que es raro. ¿Ese que hay dentro de tu alma es Chet? Salúdalo de mi parte.
Tirda, cómo lo había echado de menos. Lloré un poquito, cohibida, y vi que Jorgen se había quedado en la sala y estaba mirándome. Seguro que pensaba que mis lágrimas eran por haber hecho desaparecer su café, así que querría ayudar. Pero yo no sabía muy bien cuánta ayuda podría soportar en ese momento. Por suerte, había visto a la yaya pidiendo a Hesho y a FM que me dejaran espacio, o era muy probable que se hubieran quedado también.
Siento no haberte encontrado antes, dijo M-Bot. Soy nuevo en esto de ser un fantasma. No se parece nada a lo que había imaginado. Es mucho menos doloroso. Pero hace un momento te he sentido vibrar desde la alguna-parte, enviando ondulaciones a este lugar. Los zapadores se han dado cuenta, me temo. Pero yo también. ¡Hurra! Anda, ¿ese es Jorgen? Parece preocupado.
Siempre está preocupado, le envié mientras Jorgen se acercaba. Pero esta vez, con buen motivo. Estoy… un poco inestable. Creo que tendría que hablar con él un poco.
Sí, claro, bien, respondió M-Bot. Esperaré. Tampoco es que vaya a estar más muerto. Por favor, no llames a un exorcista, si es que hay alguno por ahí. Tengo entendido que sería mal asunto.
En realidad no eres un fantasma.
No lo sé, ni tú tampoco. Así que: ¡uuuh! Saluda a Jorgen de mi parte.
Jorgen se sentó a mi lado, con los brazos cruzados sobre la mesa. Qué serio parecía siempre, qué solemne, qué reflexivo. Me gustaba eso de él. Con Jorgen, las ideas tenían su propio peso. Las palabras tenían sustancia. Y cuanto más lo conocía, más entendía por qué. Porque las palabras, las normas, las ideas… eran su forma de conectar con la gente que lo rodeaba y protegerla.
Todo se remontaba a aquel día que lo había visto solo en nuestra sala de entrenamiento, probando una simulación tras otra para averiguar qué había hecho mal, después de que perdiéramos a Marea. Jorgen siempre quería hacerlo todo bien, porque para él era la mejor manera de ayudar a las personas que compartían su vida.
Se quedó ahí sentado un buen rato, absorto en sus cavilaciones. Tirda, ¿cómo podía haber pensado alguna vez que su cara era otra cosa que seductora?
—¿Cuánto debería preocuparme? —preguntó por fin.
—No lo sé —reconocí, dejándome caer contra el respaldo de mi silla envolvente—. Ni siquiera sé lo que estoy haciendo. No puedo controlarlo, pero no es en plan: «¡Oh, no, soy demasiado inexperta!». Es más bien como: «Tirda, he absorbido un monstruo espacial». Ocurre y punto. Intentaré evitar que sea un peligro para nadie.
Pero ¿de veras podía hacerle esa promesa?
Jorgen se volvió y me puso una mano en el brazo.
—Spensa, no me refería a eso. ¿Cuánto debería preocuparme por ti? ¿Estás bien? Te noto distante.
—Monstruo espacial —murmuré, mirándolo a los ojos—. En mi alma.
—Claro —dijo él.
Escrutó en mis ojos. Yo sabía lo que quería, porque allí había un trasfondo. Jorgen estaba preocupado por mí. Y preocupado por nosotros.
No supe qué decirle. Quería levantarme de un salto y besarlo y decirle que no fuera tonto y dejara de preocuparse tanto. Pero no podía.
Mi silencio era injusto para él.
—Acabo de sentir a M-Bot —le dije—. Está vivo, en la ninguna-parte.
—¿Ah, sí? ¿En serio? —Jorgen se animó—. Es lo primero bueno que pasa en una semana. ¿Cómo está?
¡Soy yo!, exclamó M-Bot. Dile que soy yo. Muy yo.
—Dice que es muy él —repetí—. Y le creo. Parece haber esquivado la atención de los zapadores y ahora existe como ellos, en la ninguna-parte, sin cuerpo.
—Es increíble —respondió Jorgen—. ¿Y eso nos supone algún tipo de ventaja?
—Digo yo que sí.
Nos quedamos sentados juntos unos minutos más, y la larga mesa de algún modo hacía que aquella sala pareciera enorme y hueca, ahora que estaba desierta. Tirda, Jorgen estaba preocupándose por mí otra vez.
—Bueno, ¿y tú qué? —le pregunté, intentando desviar su atención—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor de lo que pensaba —dijo él—. Puede que una parte de m
