LOS DESASTRES NO SON NATURALES
En los últimos quince años, el terremoto que más muertes ha causado en el mundo ocurrió el 2010; pero no en Chile, sino en Haití. Las cifras hablan de un desastre mayúsculo: más de doscientos treinta mil muertos, 1.5 millones de personas sin casa y un daño tremendo a la infraestructura pública y privada que hoy —más de diez años después— aún trata de recuperarse.
En medio de un panorama mundial donde nos enfrentamos constantemente a los «desastres naturales», Haití parece casi sumido en el olvido. Lo cierto es que diez años es poco tiempo para rearmarse, y no solo desde un punto de vista ingenieril, sino también desde uno social: la vida de las personas cambió radicalmente en los menos de treinta segundos que duró la parte más fuerte del movimiento. Muchos cargarán con las heridas emocionales durante el resto de sus vidas. Familias enteras fueron borradas del planeta en menos de lo que nos demoramos en preparar un café.
Después de un terremoto, comienza un proceso de reflexión sobre la fragilidad de la vida, pero por sobre todo un llamado a hacernos cargo de varias preguntas. Entre ellas, ¿se podría haber hecho algo antes del evento?, ¿estaba la sociedad preparada para enfrentarlo?, ¿cómo se recupera un país de un shock de ese nivel?
Hablando en términos más científicos, el terremoto del 12 de enero de 2010 fue muy grande para el entorno geológico en el cual se produjo. Tuvo una magnitud 7 — que para nuestros estándares chilenos no es pequeño, pero tampoco grande— y es de los que consiguen asustar a turistas y al rey de España cuando nos visitan. Sin embargo, como su profundidad fue baja —alrededor de diez kilómetros— se sintió con una fuerza devastadora en Puerto Príncipe, ciudad ubicada justo encima de la zona de ruptura. Tan así que la intensidad del terremoto en esta ciudad fue IX en la escala de Mercalli.
Pero, en verdad, el desastre en Haití provino de estructuras que actuaron como armas de destrucción masiva: las construcciones. La forma en que estaban edificadas fue una pesadilla ingenieril y fue lo que convirtió a un terremoto en un desastre natural. Lo peor de todo es que los científicos venían conversando hacía un tiempo acerca de la posibilidad de tener un sismo así en la región, y veían que un país como Haití, con todos los problemas sociopolíticos que tenía, estaba en uno de los peores escenarios posibles.
Esto muestra que los desastres jamás son naturales, sino que surgen debido a la mala preparación social respecto a un fenómeno natural. Si el terremoto iba a ocurrir de todas formas, ¿por qué no se pudo preparar adecuadamente Haití? Las razones son múltiples, involucran muchas áreas del conocimiento, y todas tienen que ver con las tomas de decisiones de una sociedad.
Pero ¿qué pasa en Chile?
Por el lado positivo, somos un país reconocido por nuestra capacidad de levantarnos rápidamente. Hemos tenido tres terremotos de magnitud mayor o igual a 8 desde el año 2000, más de diez volcanes han entrado en erupción en esa misma ventana de tiempo, e imagino que nadie olvida los aluviones ni los gigantescos incendios forestales que hemos tenido en la zona centro-sur del país los últimos años.
Las personas que más han sufrido, por supuesto, han sido las que menos tienen: si bien los terremotos y las erupciones volcánicas no distinguen entre clases sociales, la capacidad para levantarse de los más privilegiados es muchísimo más grande (esto, desde luego, es algo que ocurre a nivel mundial: basta ver quiénes han sido los más damnificados por los huracanes en Estados Unidos).
¿Qué debe hacer un Estado responsable?
La respuesta es simple: hacerse cargo.
Para conseguir nuestro objetivo, que es más fácil plantearlo que alcanzarlo, necesitamos la ayuda de todos. Por un lado, los científicos deben aportar su conocimiento y ayudar a identificar cuáles son las zonas más propensas a sufrir graves consecuencias producto de algún fenómeno natural. Y en ese sentido, vamos bien: nuestros científicos han identificado muchas de estas regiones y siguen trabajando a diario. Sin ir más lejos, ya sabemos cuáles son los volcanes con mayor riesgo asociado y, además, las zonas más propensas a sufrir un gran terremoto: el extremo norte de Chile, la costa de Atacama, la región que se extiende desde Illapel hasta Pichilemu, y la zona sur ya están en condiciones de albergar terremotos con magnitud 7.5 o mayor.
En la parte ingenieril, tampoco estamos mal: nuestra norma de construcción es una de las mejores del mundo en términos sísmicos. Pero uno de los lugares donde fallamos es en la planificación urbana. Mucha gente vive en zonas donde el riesgo de sufrir por la crecida de un río, un aluvión, una erupción volcánica o un terremoto es muy grande. Por desgracia, la voz de los organismos técnicos y de los expertos no llega a las grandes masas ni menos a las personas que toman decisiones. Esto es algo que debemos cambiar. Solo así podremos prepararnos de buena manera frente a los eventos que inevitablemente van a ocurrir, pese a que no sepamos cuándo.
Este libro busca ser un avance en esta última dirección, ya que les iré contando historias, basadas en el conocimiento científico actual, sobre nuestros volcanes y terremotos. La idea es que al final conozcamos otra faceta de Chile, lo podamos ver con otros ojos, y nos demos cuenta de que el evitar los desastres del futuro está en nuestras manos.
Parte 1
Historias de volcanes
La personalidad de nuestros volcanes
Chile es un país de volcanes. Hay más de dos mil de ellos en nuestro territorio y alrededor de cien se consideran geológicamente activos. Pero si nos vamos a una escala de tiempo más breve —donde tenemos registros históricos de erupciones—, el número se reduce mucho más: treinta y siete, según la base de datos del Global Volcanism Program. Pero no dejen que este número los engañe: nuestros volcanes suelen hacer muchas erupciones. De hecho, lo extraño es que en Chile no haya un volcán haciendo erupción, pese a que estos eventos, a veces, no tienen la mejor cobertura. Fíjense que incluso han ocurrido erupciones tan poco explosivas que quienes viven cerca del volcán las han pasado por alto. El mejor ejemplo de esto ocurrió el 2008 en el complejo volcánico Nevados de Chillán: este volcán estuvo liberando un río de lava muy viscosa durante un tiempo sin que nadie lo notara. Literalmente, nadie, tal como suena. De hecho, no fue sino hasta que se estudió la zona con satélites que se encontró el resultado de esta erupción. ¿Por qué tanta diferencia? Quizás la respuesta está en entender lo fundamental de cómo un volcán llega a hacer erupción. Spoiler alert: no tiene que ver con extraterrestres, ni con armas raras, ni con el tirón gravitatorio del ficticio planeta Nibiru.
Un volcán existe porque la Tierra tiene la necesidad de liberar parte de su presión interna. Debajo de nuestros pies tenemos la corteza terrestre, que es como la cáscara de nuestro planeta. Debajo de esa corteza tenemos el manto —el lugar donde nace el magma—, que siempre quiere subir y es crucial en nuestra historia. Este magma es fundamentalmente roca fundida, y también contiene cristales y gases. A veces mucho gas.
En Chile continental, donde nos encontramos en una subducción entre dos placas (Sudamericana y Nazca hasta la altura de Aysén; Sudamericana con la Antártica hacia el sur), el magma se genera bastante profundo. El fondo marino, que se va metiendo debajo de la placa continental, soporta cada vez más presión, de modo que la roca que lo compone comienza a fundirse parcialmente. Y luego esto sube a través de la corteza. En el camino, eso sí, puede ir cambiando, mutando a veces de forma tan drástica como el pelo de Arturo Vidal. Este cambio tiene consecuencias muy importantes en qué va a hacer el volcán cuando llegue el momento de la erupción, ya que afecta, entre otras cosas, la viscosidad del magma.
Piensen por un momento en agua fluyendo. ¿Listo? OK, ahora piensen en manjar fluyendo. Va más lento, ¿no? Ya, por último imaginen miel fluyendo. ¡Más lento todavía! La diferencia entre los tres fluidos está en su composición química, pero se ve reflejado en esa capacidad que tienen para oponerse a fluir libremente. Y allí está la viscosidad. Dentro de la corteza terrestre tenemos magmas con distintas viscosidades alimentando nuestros volcanes, lo que puede resultar muy estresante para el gas que tienen dentro. Porque, claro, si el magma es muy poco viscoso y llega a la superficie, el gas escapa de él y la erupción suele tener sobre todo ríos de lava y una que otra explosión chica, pero nada más.
Los volcanes de Hawai suelen ser de estos. Se van en pura lava, no más. Pero si el magma que llega a la superficie es muy viscoso y tiene harto gas dentro de él, suele mantenerlo atrapado. Muy atrapado y, también, a muy alta presión. Este gas ya va bastante estresado por la vida y, al querer salir a la superficie, se termina dando cuenta de que afuera la presión es harto menos que la que él está soportando. Así que —cual barrabrava ante un gol de su equipo— sale disparado hacia donde quiere ir. No le importa nada y rompe el magma en muchos, muchos tamaños. Y cuando esta roca fundida —ya rota— se enfría (fenómeno que ocurre rápido), se forman los piroclastos. El gas, entonces, puede fácilmente «moler roca». Cuando los piroclastos son muy grandes, se llaman bombas volcánicas; si no son tan grandes se llaman lapilli; y si son muy finos se llaman ceniza. Así que la ceniza no tiene nada de lo que uno piensa: es roca molida muy fina, con vidrio volcánico inclusive. Les encargo lo que es aspirar eso.
Entonces, como verán, erupciones con gas a más alta presión son más explosivas y, la mayoría de ellas, se da en magmas que ayudan a retener el gas acumulando presión. En Chile, obviamente, tenemos de casi todos los tipos de magma que puedan existir, aunque la mayoría de nuestros volcanes suele elegir el andesítico, que es bien viscoso, pero nunca tanto. Por esto, las erupciones suelen ser explosivas... pero nunca tanto. Hay una cierta ambivalencia de nuestros volcanes allí, pero es la misma que tienen otros en el mundo. Sin embargo, ellos no nos hacen las cosas tan sencillas y no todos funcionan igual. Tenemos algunos que han hecho erupciones con magmas menos viscosos (basálticos, como el Villarrica y el Llaima) y con otros más viscosos (dacíticos, como el Nevados de Chillán, o riolíticos, como el Chaitén). Muchas veces, un volcán erupciona magmas distintos en el tiempo, ¡e incluso a veces dentro de la misma erupción!
Así que, para diferenciar las erupciones grandes de las pequeñas, los científicos usamos el llamado Índice de Explosividad Volcánica (IEV). La idea detrás de este indicador es sencilla: una erupción más grande es más explosiva, y tiene que liberar una mayor cantidad de tefra (o ceniza volcánica) durante su erupción. El número va de 0 a 8, donde 8 es un cataclismo, y 0 vendría siendo una erupción sin ceniza, que sería una erupción con ríos de lava y nada más, por ejemplo.
Dentro de los últimos ciento veinte años hemos tenido muchas erupciones y muy explosivas en el norte y en el sur. El top lo forman el Quizapu con una de las cinco erupciones más grandes en todo el mundo durante el siglo xx, seguido por el Hudson (1991), Chaitén (2008), Cordón Caulle (2011) y, un poco más atrás, los volcanes Láscar (1993), Carrán-Los Venados (1955) y Calbuco (2015). Sin embargo, la gran mayoría de las erupciones en Chile no son demasiado explosivas: suelen tener un IEV entre 2 y 3.
Solo para tener una idea, acá les muestro el tamaño de la columna eruptiva de cuatro erupciones: Planchón-Peteroa, con un IEV 1 (2 a lo sumo); Llaima (2008), con un IEV 3; Chaitén (2008), con un IEV 4-5; y el Quizapu (1932), con un IEV 5 (que también ha sido estimado en 6). ¡La columna eruptiva del último tuvo una altura de más de treinta y cinco kilómetros! Una locura. No solo vean la altura de las columnas, sino que también su grosor. ¡Qué pequeño se ve el Planchón-Peteroa!

Fuente: Cristian Farías.
Ahora bien, ¿cuántas erupciones hay realmente en Chile?
Lo primero que debemos considerar es que muchos registros de erupciones se basan en reportes históricos, que involucran a personas narrando lo que vieron. Por lo mismo, hay muchos volcanes que no muestran erupciones entre los siglos XV y XIX, pero no es que no hayan hecho nada, sino que seguramente no hubo nadie cerca para contarlo. Eso se refleja en que el catálogo de erupciones muestra solo erupciones del Villarrica entre 1503 y 1543, sin registro de más volcanes en erupción. Es por ello que la siguiente pregunta es tan relevante: ¿a partir de qué año se puede considerar que un catálogo está completo? ¡Y esa no es una pregunta que tenga una respuesta fácil! Hasta hoy, hay zonas de Chile de muy difícil acceso, donde no es tan sencillo ver la actividad de un volcán a simple vista. Sin embargo, a partir de fines del siglo XIX, podemos decir que el catálogo de erupciones está bastante completo. Así que, contando la cantidad de volcanes que estuvieron en una erupción por año desde 1900 hasta 2020, el resultado es el siguiente:

Fuente: Elaboración propia, basado en datos del Global Volcanism Program, Smithsonian Museum, EE.UU.
Como pueden ver, hay en efecto años en los que hemos tenido más volcanes en erupción que otros. Sin embargo, la estadística nos sugiere que la base es tener dos volcanes en erupción por año. Y eso ya es tremendo: ¿cuántas veces han interiorizado que lo normal es tener dos volcanes haciendo erupción en Chile anualmente? Quizás no tantas, y en parte porque tenemos la tendencia a darle una connotación completamente negativa a una erupción volcánica, cuando e
