INTRODUCCIÓN
Mientras espero una puesta de sol, recuerdo el gran interés que despertó en personas de todas las edades a lo largo del país el eclipse solar total que tuvo lugar el 2 de julio de 2019, visible desde el norte de Chile. Este tipo de eventos es, en efecto, espectacular y poco frecuente; sin embargo, no dejó de sorprenderme la gran emoción que sintieron incluso aquellos que no tuvieron la suerte de estar en la zona donde la Luna tapó por completo el disco solar.
Cuando el Sol termina de desaparecer bajo el horizonte, pienso que ya hace ocho minutos que ha ocurrido, pese a que la noticia nos acaba de llegar. Esto es así porque la luz que emana del Sol, que está a 150 millones de kilómetros de distancia de la Tierra, se demora ocho minutos en cubrir esa distancia. Entonces me pregunto: ¿cuántos estarán al tanto de detalles como este sobre nuestra estrella, el Sol?
En la cultura actual hemos postergado a nuestra estrella, ya que la hemos reemplazado, en nuestro quehacer cotidiano, por luz y calor artificiales. Sin embargo, en la Antigüedad, distintas culturas —como la egipcia, las indoeuropeas y las mesoamericanas— llegaron a desarrollar religiones centradas en el Sol. Le rindieron homenaje elevándolo a la calidad de dios que reinaba en forma absoluta tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos. El Sol era considerado merecedor de agradecimiento, pero también era temido y algunas civilizaciones —como los aztecas en México y los incas en Perú— le hacían ofrendas, muchas veces sanguinarias, con el objeto de asegurar su simpatía; aunque, en la mayoría de las culturas se le atribuía sabiduría y sentido de justicia, además de la capacidad de verlo todo: nada escapaba a su mirada. Los soberanos que reinaron como descendientes del dios Sol o como su reencarnación tuvieron reinados de paz y justicia.
No es extraño, entonces, que en la Antigüedad los eclipses totales de Sol produjeran terror en las personas y que sintieran pánico de que este desapareciera para siempre. Hay variados registros históricos que muestran que aquellos que podían predecir con proximidad la fecha de los eclipses usaban este conocimiento para cambiar el rumbo de los acontecimientos a su favor. Hasta hace muy poco, incluso hasta hoy mismo, los eclipses han continuado causando temor en muchas personas. Tal vez esa sorprendente emoción por el eclipse del 2 de julio no haya sido más que el reflejo del gran alivio que se experimenta al poder despojarse de ese miedo ancestral gracias al conocimiento científico que explica el fenómeno en términos de la física, del movimiento orbital de la Tierra en torno al Sol y de la Luna en torno a la Tierra.
El Sol es la estrella más cercana a nuestro planeta y por ello, la única que podemos aspirar a conocer en profundidad en este momento, si bien los detalles de su vida actual, como los mecanismos que en ella tienen lugar, que la mantienen brillando y entregándonos la energía que hace posible la vida en la Tierra, son de alta complejidad. A pesar de que en las últimas décadas un creciente número de misiones espaciales equipadas con una gran variedad de instrumentos han estado observando este cuerpo celeste, aún persisten muchos misterios por resolver.
La necesidad de entender el comportamiento del Sol no surge solo de la pura y sana curiosidad científica, sino también de la necesidad de proteger nuestra cultura y sobrevivencia en la Tierra, que dependen cada día más de la tecnología para desarrollarse y prosperar. Las distintas manifestaciones de la actividad solar (tormentas solares y otras que describiré más adelante) no nos afectan demasiado a los humanos, pero son letales para la electrónica, en especial para satélites y aviones, para la tecnología espacial en general y para las personas que se aventuren más allá de nuestro planeta. La actividad solar ha demostrado ser un peligro también para las instalaciones eléctricas en la superficie terrestre. Para protegernos de sus posibles consecuencias, tenemos que entender dicha actividad, lo cual nos obliga a partir de su origen.
EL ORIGEN DE TODO
Hace ya casi un siglo que sabemos que nuestro universo tuvo un comienzo, aunque son pocas las certezas respecto a los detalles de cómo fue ese inicio. Debido a que carecemos de herramientas adecuadas, como el marco teórico, persisten aún muchas incógnitas para entender lo que sucedió.
Desde su formulación en el siglo pasado, las dos teorías paradigmáticas de la física han sido la mecánica cuántica y la relatividad general, ambas exitosas en sus respectivos ámbitos. La mecánica cuántica, en el universo micro de las partículas y átomos, es capaz de predecir resultados con una extraordinaria precisión. Por su parte, la teoría de la relatividad ha hecho predicciones sobre los efectos de la materia al alterar la forma del espacio y el desplazamiento de la luz por este. Hasta aquí, todas las predicciones han sido confirmadas.
Pero —y este es un gran pero— ambas teorías, la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad, ¡no son compatibles! La dificultad está en que, para entender los comienzos del universo, necesitaríamos ambas teorías, y no funcionan juntas. Einstein dedicó las últimas décadas de su vida a tratar de formular una teoría unificada que no tuviera ese problema, pero no lo logró y hasta la fecha nadie lo ha conseguido. Reemplazar las dos teorías que son los pilares de la ciencia actual por una nueva teoría unificada podría llegar a cambiar la interpretación de lo que observamos en el universo, de su significado.
Al igual que mi historia, la suya, la de todos y todo, la historia del Sol comienza con un evento que llamamos Big Bang, acaecido hace 13760 millones de años, en el cual se creó el espacio y marcó el origen del tiempo. Es decir, no sería válido preguntarse qué había antes, ya que no existía el tiempo, ni tampoco qué hay más allá del universo, puesto que este ha ocupado siempre todo el espacio.
Cuando se explica el Big Bang como una gran explosión estamos incurriendo en un mal ejemplo, un error de seguro inducido por la expresión Big Bang, que se puede traducir como «gran explosión». Una explosión ocurre en un espacio preexistente, lo que no es el caso aquí. La imagen más usada para ilustrar la expansión del universo (bastante gráfica, claro, para los conocedores del arte culinario) es la masa de un pastel al que se le agregan pasas. Mientras la masa está cruda, las pasas se encuentran bastante juntas; al cocinarse, el pastel se expande, se hace más grande y las pasas quedan más separadas unas de otras. Si las pasas fueran galaxias, desde cualquiera de ellas veríamos que todas las otras se alejan, sin que existiera un centro donde se originase la expansión.
Como se puede apreciar, el origen del tiempo y la creación del espacio son conceptos muy difíciles de asimilar, ya que no son intuitivos, escapan de nuestra experiencia cotidiana.
El modelo teórico más aceptado sobre cómo habría sido el comienzo del universo plantea que después del Big Bang, en una pequeña fracción de segundo, aparecieron las cuatro fuerzas fundamentales: la fuerza nuclear fuerte, que mantiene los núcleos atómicos unidos; la fuerza nuclear débil, responsable de la radioactividad; la fuerza electromagnética, que tiene que ver con la electricidad y el magnetismo, y la fuerza de gravedad, que hace que la materia atraiga a la materia. Estas cuatro fuerzas fundamentales dan forma al universo y fijan el curso de su historia.
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