INTRODUCCIÓN
Tu zona óptima
Imagina cómo te sentirías si estuvieras en los zapatos de Ajla Tomljanović, en la cuarta ronda del Campeonato Abierto de Tenis de Estados Unidos 2022. Tomljanović fue la tenista que venció a Serena Williams en el que sería el último partido de esta jugadora. Williams era una leyenda, había ganado el campeonato de Grand Slam 23 veces y ese día estaba jugando con su máximo desempeño. Además, era la favorita de los veinticuatro mil admiradores hacinados en el estadio de tenis más grande del mundo.1
Casi todos los aficionados gritaban deseando que Serena Williams ganara, y en internet había millones más siguiendo el partido. Imagina “todo el ruido, el clamor por Williams, los indecorosos vítores cuando Tomljanović perdió un servicio, las celebridades en las gradas, los videos tributo a Williams”.
Sin embargo, Tomljanović tenía un arma secreta. Su padre, jugador profesional, campeón de balonmano y su primer entrenador, le había enseñado a calmar sus nervios enfocándose. “Le mostró cómo hacer lo que hacía, en medio de un juego perfecto, el pitcher de la película Por amor al juego interpretado por Kevin Costner. Centraba su atención en el guante del catcher e ignoraba todo lo demás en el estadio”. Tomljanović siguió los consejos de su padre y se mantuvo enfocada.
Después del partido, dijo: “Desde que entré a la cancha traté de no mirar mucho alrededor. Permanecí encerrada en mi propia burbuja”. Tomljanović mantuvo ese enfoque más de tres horas, logró jugar el mejor tenis de su carrera y terminó venciendo a Williams en tres sets.
Su extraordinaria manera de jugar tenis ejemplifica el flujo, es decir, ese estado de inmersión absoluta en que alguien puede tener su mejor desempeño. Este tipo de enfoque puede ayudar a cualquier persona a realizar su mejor esfuerzo, por eso lo exploraremos en detalle. Tu estado emocional también es muy importante, ya que los pensamientos perturbadores distraen e impiden la concentración absoluta. Esta es la razón por la que los atletas de clase mundial hablan tanto del “juego mental”: están compitiendo con otros atletas que han llegado a dominar su deporte a los niveles más elevados. Es por ello que sus estados internos y su enfoque se convierten en la clave para ganar.
Sin embargo, como muy a menudo el “flujo” se refiere a sucesos enrarecidos e incluso elusivos en nuestra vida, preferimos un objetivo más realista y alcanzable: sentirte satisfecho por haber tenido un buen día, productivo de acuerdo con los estándares que te funcionan. A eso nos referimos con “óptimo”.
A veces decimos que al destacar logros supremos como el de Tomljanović pasamos por alto las claves y las condiciones que, como su enfoque de halcón, nos permiten a todos ingresar a nuestro estado óptimo, aquel en el que logramos nuestro mejor desempeño.
Tenemos la sospecha de que aferrarnos a nuestro estándar más alto, cualquiera que sea nuestro equivalente del perfecto tenis de Tomljanović, nos hace propensos a un perfeccionismo que podría provocarnos fatiga y desgaste profesional muy pronto. Aunque es imposible estar en nuestro máximo nivel todo el tiempo, siempre podemos esforzarnos por dar lo mejor de nosotros. La implacable búsqueda de puntos de flujo nos dirige hacia los extremos, mientras que hacer nuestro mejor esfuerzo nos ofrece un objetivo más realista.
El modelo óptimo ofrece un equivalente de desempeño que coincide con la noción de que, en el marco de la crianza, no tenemos que ser la mamá o el papá perfecto todo el tiempo, sino esforzarnos lo más posible. Mientras que el flujo ideal nos obliga a apegarnos a un estándar demasiado alto, a la visión de “nuestro máximo esfuerzo” del perfeccionista en nuestro interior, el estándar óptimo nos permite relajarnos y disfrutar de lo que hacemos sin juzgarnos a nosotros mismos de manera constante. Solo acalla esa voz crítica dentro de ti y enfócate en la tarea que tienes por delante.
En la primera parte de este libro, esbozaremos el sentimiento de encontrarnos en el estado óptimo, y para ello nos basaremos en diarios de cientos de personas que describen la arquitectura interior de lo que les parece un buen día. Luego veremos cómo se ve ese edificio privado desde el exterior, lo miraremos a través del lente del desempeño extraordinario en el lugar de trabajo.
Como ambos somos psicólogos, buscamos resultados de otras investigaciones para guiar nuestro pensamiento. Seguir ese tipo de investigación nos permite distinguir un componente esencial del estado óptimo en el que somos inteligentes respecto a nuestras emociones, es decir, ejercer la inteligencia emocional.
Para nosotros fue una epifanía ver que las métricas del lugar de trabajo para la excelencia producen un mapa de lo que la gente reporta a partir de su experiencia en el interior, un mapa que nos indica por qué la inteligencia emocional ofrece una entrada a la excelencia personal. A pesar de que en la actualidad las habilidades de la inteligencia emocional tienen varios nombres, nosotros llegamos a la conclusión de que los ingredientes activos del desempeño óptimo dependen de la inteligencia emocional.
Hemos utilizado información de décadas de descubrimientos científicos sobre la inteligencia emocional, con implicaciones directas para ese estado óptimo y lo que nos mantiene alejados de él. Tener un día satisfactorio, en lugar de solo una experiencia extraordinaria en alguna cumbre durante el flujo, nos ofrece la clave para el desempeño y la realización, sin mencionar que, además, evita el desgaste profesional.
Hay muchas maneras en que la inteligencia emocional nos ofrece las fuentes internas para tener un acceso más inmediato al estado óptimo. En este libro encontrarás métodos prácticos para llegar a ese estado fácilmente, en vez de tener que esperar a que lleguen aquellos elementos elusivos que te lanzarán a un momento de flujo.
¿Por qué ahora?
Para Dan, este libro representa la culminación y la confirmación de una corazonada que tuvimos hace casi tres décadas: la inteligencia emocional ofrece un mapa para ser la mejor versión de nosotros mismos. Este libro, su quinto sobre el tema, contiene una abundante cosecha de investigaciones con la que se confirma aquella corazonada original.
Cary y Dan fundaron el Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations (Consorcio para la Investigación de la Inteligencia Emocional en Organizaciones) algunos años después de que se publicara el primer artículo académico sobre este tema, en 1990, y compartieron la presidencia de dicho Consorcio los primeros 25 años. La misión era alentar a una investigación profunda que conjugara los estándares de la metodología académica y las necesidades prácticas de las organizaciones en operación.2
El objetivo del Consorcio fue reunir a profesionales que estuvieran poniendo a prueba aplicaciones de la inteligencia emocional en organizaciones como negocios y escuelas, con investigadores académicos que pudieran aplicar sus habilidades metodológicas a dichos estudios.
Ahora, más de un cuarto de siglo después, se realizan montones de estos estudios. Aunque en los primeros años del concepto varios críticos se quejaron, de manera justificada, de que había poca evidencia para sustentar la importancia de la inteligencia emocional para, digamos, el desempeño en el trabajo o el liderazgo, hoy en día se puede defender de manera sustancial su relevancia para la eficacia de todo tipo, en especial, como suele suceder con frecuencia, para las tareas donde se requiere de empatía, habilidades sociales o resiliencia ante el estrés.
Nosotros nos reunimos para recolectar esta abundante cosecha de investigación. En la primera parte del libro ahondaremos en los ingredientes de lo que sucede cuando brillamos y cómo la inteligencia emocional nos puede ayudar a llegar a ese punto.
En la segunda parte pondremos al día nuestro entendimiento de las habilidades que traducen la inteligencia emocional en acciones eficaces. Desglosaremos los ingredientes básicos de la inteligencia emocional en la conciencia de nosotros mismos, la forma en que nos autodirigimos, cómo sintonizarnos con otras personas y cómo juntar todo esto para propiciar relaciones eficaces.
En la tercera parte exploraremos un aspecto muy importante de nuestra vida: cómo trabajar de la mejor manera. Analizaremos formas en que la inteligencia emocional nos ayuda a tener un desempeño óptimo, ya sea como individuos, líderes o miembros de un equipo. En todos estos casos, la inteligencia emocional estimula la eficacia con una notable similitud entre el estado óptimo y las maneras en que las investigaciones muestran que la inteligencia emocional promueve nuestro desempeño individual en el lugar de trabajo. Ofreceremos sugerencias detalladas para ayudar a cualquier persona interesada en fortalecer estas habilidades. También analizaremos lo que significa tener una organización inteligente en el aspecto emocional, un lugar donde esta característica se haya incrustado en el ADN de la cultura organizacional.
Por último, en la cuarta parte exploraremos el futuro de la inteligencia emocional y sugeriremos la manera en que estas habilidades, combinadas con otras capacidades emocionales y mentales, pueden prepararnos para el incierto mañana que todos enfrentamos.
Es urgente que llevemos a cabo esta exploración. Parecería que en los últimos años la rudeza se hubiese extendido como virus, así como lo atestiguan los reportes sobre pasajeros aéreos rebeldes que son arrestados cuando los vuelos aterrizan. En las redes sociales se ha vuelto muy difícil ignorar las voces de odio. Las escuelas muestran un incremento en los índices de riñas, acoso y depresión, así como niveles elevados de ansiedad entre niños y adolescentes.3 Y, como veremos en la tercera parte, la serie de habilidades de la inteligencia emocional ofrece una ventaja esencial en el desafiante y duro clima de negocios de nuestra época. La necesidad de inteligencia emocional, no solo en nuestra vida, sino también en la sociedad, es más grande que nunca.
PRIMERA PARTE
El camino de la inteligencia emocional
hacia el desempeño óptimo
1
El tú óptimo
Piensa en la mejor versión de ti mismo. ¿Cómo te sientes por dentro cuando alcanzas el nivel más alto de eficacia? Hablo del lugar donde tus talentos, cualesquiera que sean, se manifiestan en su máxima expresión.
Esta gama de excelencia va desde más allá de los confines de los rarísimos momentos parecidos al “flujo” hasta una experiencia más general de haber tenido un día satisfactorio en el que sentimos que nos fue bien en lo que nos importa, que estuvimos en un estado de ánimo que facilitó lo que teníamos que hacer y nos sentimos listos para enfrentar cualquier desafío que venga. En pocas palabras, un día en el que estuvimos en nuestro estado óptimo.1
Hay varias maneras de saber si estás en ese estado óptimo. La gente que entra en esta zona es más creativa y es capaz de generar soluciones nuevas y útiles.2 Su productividad y su capacidad de producir trabajo de gran calidad permanecen en un nivel alto. Estas personas se sienten comprometidas con su labor a pesar de las dificultades, sin importar cuáles sean. Asimismo, su estado interior se revela en la manera en que tratan a la gente que las rodea: son personas positivas y divertidas que apoyan a los demás.
Podemos pensar que este estado es uno de los “máximos niveles de eficiencia cognitiva” porque, en él, tu mente opera con todos los cilindros del motor. A su vez, esta situación personal cognitiva idónea en nuestra vida mental depende de nuestro estado emocional. Las áreas del cerebro que nos permiten usar nuestros talentos en su máxima expresión solo prosperan cuando somos capaces de controlar las emociones perturbadoras y nos mantenemos involucrados a un nivel considerable.
Nuestras fortalezas cognitivas operan a su máximo nivel cuando los sistemas de alarma del cerebro permanecen tranquilos y los circuitos motivacionales y positivos se encuentran activos. Entre más nos apaciguamos, más se agudiza y aclara nuestro pensamiento, y solo entonces podemos mostrar nuestros talentos en su mejor expresión.
Estar de buen humor enfatiza las señales del alto desempeño y mejora tanto la atención como la intención. Por ejemplo, aumenta nuestra capacidad para ver el panorama general en lugar de dejar que los detalles nos atrapen y nos hace sentir vigorizados para enfrentar una gama más amplia de proyectos y tareas.3
En una encuesta realizada por consultores de McKinsey entre cinco mil gerentes y ejecutivos, algunos dijeron encontrarse en su mejor momento mental hasta el 50 por ciento del tiempo, en tanto que otros dieron una cifra de solo el 10 por ciento.4 Un dato aún más revelador de esta encuesta de McKinsey es que los ejecutivos y gerentes reportaron que, cuando se hallaban en este estado superior, su productividad era cinco veces mayor que cuando estaban en un estado “promedio” o neutro. Aunque estos datos son hasta cierto punto blandos y no pueden ser tomados como una prueba científica, indican el alto nivel de eficiencia que sentimos cuando estamos en nuestro estado óptimo.5
Un día en verdad estupendo
Cuando algunos investigadores de la Harvard Business School les pidieron a varios cientos de hombres y mujeres que llevaran una bitácora de los sucesos en su día laboral, sus sentimientos durante dichos eventos y sus logros, surgieron muchos ingredientes específicos a partir de la experiencia personal que tuvieron los participantes mientras se lo pasaban en verdad estupendo.6
Todos esos logros eran señales de eficacia cognitiva, es decir, desafíos mentales como resolver un problema intricado de programación informática, inventar artefactos nuevos y útiles para la cocina, o gestionar la manufactura y distribución de herramientas.
Al final de su día de trabajo, cada participante respondió una encuesta en la que hacía un análisis de los sucesos recién vividos: un total de casi doce mil cuentas de vida interior. Este tesoro de información generó los ingredientes de esos días altamente satisfactorios.
En todos los casos, estar en su mejor estado tuvo una recompensa: un impacto positivo en la manera en que la gente se desempeñó en el trabajo.7 Naturalmente, no hay una sola manera de calcular la productividad, por lo que cada persona tiene que encontrar sus propias referencias dependiendo de los resultados que más le importen. Por ejemplo, es necesario tomar en cuenta las “pequeñas victorias” que nos ayudan a avanzar hacia una meta más relevante. Para un programador de software esto podría implicar la búsqueda de una forma de clonar algún código antiguo que permita acortar en muchas horas el tiempo necesario para terminar un proyecto grupal de programación.8 Shannon Watts, fundadora de una organización sin fines de lucro, nos habla de las pequeñas victorias que son esenciales para ella.
“Todos los días quiero tener un logro —explica—, pero podría ser distinto cada vez y, desde la perspectiva de otros, podría incluso ser mínimo. Podría ser escribir una buena editorial”, por ejemplo, o tener una conversación productiva.9 “Un logro podría no siempre parecer un gran triunfo, lo que cuenta es que en verdad trabajes con toda tu energía para alcanzarlo”.
Y, por supuesto, tus victorias no necesariamente tienen que estar encaminadas a un logro mayor, también pueden solo coincidir con lo que más te importa. Si tienes cinco hijos y eres su cuidadora o cuidador principal, tu victoria podría consistir en doblar la ropa, coser un disfraz para uno de los niños que participará en una obra de teatro, o en cerciorarte de que todos hagan la tarea. Si eres gerente o ejecutivo, lo que tal vez te provea esa sensación de logro podría ser terminar la siguiente tarea en tu lista, como superar un indicador clave de desempeño o KPI, o dar un pequeño paso hacia un objetivo de tu organización.
En sus días buenos, la gente se sintió más positiva respecto a quienes la rodeaban, a su organización y a la naturaleza de su trabajo, pero, además, también se sintió más comprometida con este. Fueron días en los que, por ejemplo, se percibieron más creativos al resolver los problemas que se presentaron en la jornada. No importa si se trata de un programador de software que por fin se deshace de un virus o de una madre o un padre que atiende su casa y logra la participación de un grupo de padres para compartir los vehículos y transportar a sus niños de forma colectiva —el llamado carpooling—: la agudeza cognitiva aumenta la probabilidad de tener este tipo de pequeños logros, es decir, sentir una victoria al realizar una tarea que parecería trivial.
Los participantes a menudo recordaron haberse sentido animados por estos logros; las pequeñas victorias los pusieron de buen humor. Los reportes de lo que muchos consideraban “un buen día” mostraron pequeñas victorias en tres cuartas partes del tiempo, y los contratiempos rara vez aparecieron en esos “días buenos”. Además, sentirse animado puede hacer que sea más sencillo enfrentar un obstáculo o contratiempo. En particular, los participantes se sintieron bien respecto a su día si otras personas, o los sucesos mismos, los apoyaron, o sea, se sintieron animados y respetados por quienes los rodeaban.
Cada vez que logramos resolver con facilidad los problemas y desafíos que se nos presentan, de manera natural nos ponemos de mejor humor. Nuestras percepciones se tornan positivas, lo cual nos permite ver los “problemas” como desafíos vigorizantes; y la gente que nos rodea nos parece más amistosa, del mismo modo que nosotros a ella.
En cambio, los días difíciles, cuando todo parece más complicado, la gente reporta sentirse frustrada y ansiosa, incluso triste. Asimismo, las personas con las que cuentan para realizar sus tareas parecen apoyarla menos y los recursos a su alcance resultan insuficientes. Los estudios neurocientíficos nos indican que los niveles de los neuroquímicos que se secretan estando bajo estrés pueden destruir nuestras habilidades cognitivas. El estrés incontrolable, por ejemplo, altera la atención y nuestra capacidad para suprimir las respuestas inadecuadas.10
Por supuesto, estamos en presencia de un bucle de retroalimentación. Mientras que los sentimientos positivos aumentan la probabilidad de tener un buen día, resolver problemas y realizar actividades similares pueden, a su vez, hacernos sentir genial. Además de la satisfacción, la sensación de logro puede hacernos sentir jubilosos.
De la misma manera, mientras que el mal humor nos dificulta la resolución de problemas, no ser capaces de resolverlos nos conduce a la frustración, la autocompasión y la repulsión. La gente dijo que, en sus peores días, la falta de apoyo emocional por parte de otros o el simple hecho de que se presentaran acontecimientos desalentadores la hicieron sentirse frustrada. Ambas situaciones tuvieron efectos tóxicos en su estado de ánimo. Si la alegría se te acaba por completo, lo más probable es que ese día se te haya presentado un obstáculo importante. Los obstáculos e imprevistos nos hacen inclinarnos hacia la tristeza, el miedo o la simple frustración.
Una nueva reflexión sobre el flujo
Piensa en todos los días buenos que has tenido y elige uno en el que hayas experimentado una espectacular sensación de logro. ¿Cuál sería tu equivalente de aquel fabuloso encuentro de tenis en el que Ajla Tomljanović venció a Serena Williams?
Un neurocirujano, por ejemplo, nos contó sobre una operación tan compleja que al principio incluso se sentía inseguro respecto a su desempeño, pero tuvo éxito a pesar de sus dudas iniciales. Una vez que terminó la operación, notó que en un rincón del quirófano había escombros.
—¿Qué sucedió? —le preguntó a la enfermera.
—El techo se debilitó y una placa de yeso se cayó mientras usted operaba, pero estaba tan concentrado que ni siquiera lo notó.
Esta anécdota es solo un ejemplo entre las miles que recolectó un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago, quienes fueron los primeros en capturar ese acontecimiento fugaz, el estado de flujo en el que nos encontramos en nuestra mejor forma posible.11 Un momento de flujo puede hacer destacar nuestro mejor desempeño en cualquier ámbito: la cirugía, el baloncesto, el ballet… lo que se te ocurra.
Durante el estudio original sobre el flujo, los investigadores le preguntaron a una amplísima serie de personas respecto a los momentos en que se habían superado a sí mismas, esos instantes en que incluso a ellas les sorprendió lo bien que les fue. Los ámbitos donde se desempeñaban estos individuos variaban en gran medida, entre ellos había hombres y mujeres que eran campeones de ajedrez, cirujanos, jugadores de baloncesto y bailarines de ballet, entre otros.
Un pintor o pintora absortos en su trabajo, un experto en el ajedrez, un cirujano durante una operación, un jugador de baloncesto realizando un tiro muy complicado o una bailarina girando sin parar, sin importar los aspectos específicos de su destacada actuación, para todos ellos la experiencia interior fue la misma. Ese estado interior fue al que los investigadores nombraron “flujo”.
En la lengua popular, la palabra flujo, o flow en inglés, se ha vuelto sinónimo de los momentos en que nos encontramos en nuestro máximo punto. A las empresas se les exhorta a que propicien estados de flujo en sus empleados y trabajadores.12 Sin embargo, el flujo tiene un problema: estar en nuestro punto de máximo desempeño es un suceso raro.
Las experiencias de flujo son maravillosas, incluso casi milagrosas, pero no es posible dar por sentado que se presentarán; parecen surgir de la nada, como lo que le sucedió al neurocirujano que pudo concentrarse a un nivel inusitado. Se tiene noción de que hace falta que se alineen ciertos elementos cruciales. Es por eso por lo que nosotros privilegiamos la noción de un estado óptimo que sea resultado de nuestro propio esfuerzo y esté presente con más frecuencia que los sucesos de pico de flujo.
Ampliar el objetivo nos ayuda a tener expectativas más realistas. No es necesario estar en nuestro punto máximo todos los días. En lugar de reprendernos a nosotros mismos por no tener la experiencia máxima —experiencia que de todas formas no podremos mantener y, mucho menos, propiciar por voluntad propia—, tal vez sea mejor que nos sintamos bien porque nuestra mejoría es constante y conducente a un objetivo mayor. Tener un día bueno significa que hemos hecho lo suficiente para felicitarnos de manera discreta. A diferencia de los momentos de flujo, un día bueno podría ser algo de lo que no queramos presumir, pero que quizá resulte muy satisfactorio.
Flujo contra óptimo
La gran cantidad de investigaciones que se han realizado señalan que hay varias dimensiones esenciales de nosotros mismos cuando estamos en nuestro mejor punto. No obstante, tener la lente enfocada en el flujo implica que solo se capturarán los sucesos de alto nivel a pesar de que, por supuesto, hay investigaciones en las que el flujo parece transformarse y pasar a lo que conocemos como estado óptimo. La distinción clave que hacemos entre flujo y desempeño óptimo es: los ingredientes del desempeño óptimo no los vemos como un solo suceso, sino como puntos en el contexto de un espectro más amplio, el cual, a su vez, ofrece los elementos de una receta para tener un día en que podamos sentir una bien merecida sensación de logro y satisfacción.
La investigación sobre el flujo nos presenta estos elementos específicos:
- Equilibrio entre el desafío y nuestras habilidades
- Ausencia de la conciencia de uno mismo
- Un colapso temporal, el tiempo se alarga o se reduce en nuestra experiencia
- Sensación de gran satisfacción
- Sensación de que todo se realiza sin esfuerzo
Consideremos, sin embargo, el hecho de que estos elementos no deberán limitarse al raro suceso de “flujo”, sino que cada uno señala una dimensión que puede ser parte de nuestros tiempos óptimos más prevalentes.
Piensa, por ejemplo, en la ausencia de autoconciencia respecto a lo bien que nos estamos desempeñando, casi sin dudar ni pensar en la manera en que otros podrían vernos. Esta falta de autoconciencia indica un abandono del enfoque que, de manera usual, tenemos en nosotros mismos: yo, mi, mío. Esta ausencia de juicios de preocupación respecto a cómo nos desempeñamos es indicio de la disminución de la noción del yo que solemos proteger, inflar y defender con toda nuestra energía.
La constante preocupación por nosotros mismos se disuelve cuando nos encontramos absortos en nuestras acciones. La absorción en la actividad que realizamos en el presente nos deja descartar nuestro equipaje emocional, es decir, la concentración absoluta exige que dejemos esa carga en la puerta. En estos momentos de profundo enfoque, nuestro flujo ordinario de pensamiento se convierte en una distracción. Necesitamos hacer a un lado los pensamientos sobre el futuro, así como las preocupaciones respecto a lo que sucederá, pero también los recuerdos y, en particular, el arrepentimiento, para luego traer a nuestra mente esa tarea que estamos realizando en el presente.
Un escalador en roca, por ejemplo, nos comentó que una de las razones por las que adoraba escalar era que esta actividad lo forzaba a prestar atención absoluta a cada uno de sus movimientos, y eso le permitía olvidarse de sus preocupaciones. Esto significa que nuestra atención se libera para enfocarse en la tarea presente solo en la medida en que logramos olvidarnos de nosotros mismos: de nuestras listas de pendientes, los problemas del día y las esperanzas y miedos personales.
Tal vez la señal más reveladora de este estado sea: sentirnos increíble. Los investigadores utilizaron el término técnico “Autotelic” para referirse a este tipo de placer.13 Nuestro humor es tan positivo que amamos el simple hecho de hacer lo que hacemos, e incluso la paga deviene menos relevante como motivación en esos momentos.
Luego hay que pensar en la sensación de estar haciendo la tarea sin esfuerzo. Para las personas que se encontraban en el flujo, lo que desde afuera parecía un esfuerzo colosal en realidad no les costaba trabajo. Sospechamos que este aspecto de nuestro estado óptimo es un indicador de que estamos aplicando una habilidad bien aprendida.14 Uno de los hallazgos que nos intrigan respecto al cerebro de alguien que domina una habilidad es que, sin importar si se trata de un campeón de ajedrez o de un jugador de baloncesto, al realizar la secuencia su cerebro gasta menos energía en la actividad que el cerebro de alguien que, por ejemplo, apenas está aprendiendo la jugada “gambito de dama” en ajedrez o lanzando canastas desde la línea de penalti por primera vez. Las acciones sin esfuerzo de los grandes maestros de cualquier ámbito son en realidad la manifestación de que su cerebro ha generado una secuencia habitual y que la están siguiendo.
La ciencia sobre la formación de hábitos nos dice que esta carencia de esfuerzo marca el cambio neuronal que tiene lugar cuando la secuencia de acciones involucradas se convierte en un hábito, es decir, en algo que sucede de forma automática e inconsciente. Estas secuencias habituales se activan en los ganglios basales, un área que se encuentra en la base del cerebro y es de las más primitivas. Una vez que los ganglios basales se encargan de una secuencia aprendida, podemos realizar ese nuevo hábito sin esfuerzo, sin pensar en ello. Suena al flujo, ¿no? No obstante, lo que indica en realidad es que existe una habilidad bien afinada.
Luego tenemos la concentración total. Es cuando nos encontramos absortos en la tarea y nada puede distraernos, cuando estamos tan involucrados en lo que hacemos, que perdemos la noción del tiempo, el cual se extiende o desacelera. Prácticamente, nada puede sacarnos de este tipo de absorción. Como ya lo explicaremos a detalle más adelante, en lugar de verlo como un efecto colateral, como lo propone la teoría original del flujo, este momento específico lo consideramos el camino a la zona óptima.
Más allá del flujo
Al mapear el panorama interior de nuestra zona óptima, cuestionamos la necesidad de incluir todas las dimensiones que el grupo de Chicago identificó como elementos de flujo. Asimismo, nosotros no consideramos que la receta de “óptimo” solo tenga dos vertientes: haces esto o haces aquello, lo tienes o no lo tienes. Más bien, creemos que es un espectro que se va transformando en esa región más amplia de nuestros estados interiores. Por todo esto, en nuestros días buenos experimentamos cosas como, digamos, la sensación de estar bien, la agilidad para resolver dilemas cuando estos se presentan y una atención absoluta en lo que estamos haciendo. Esto no significa que nos hallemos en el elogioso estado de “flujo”, sino que todo está yendo bien. A diferencia del flujo, el estado óptimo puede surgir en una zona más amplia de nuestra vida.
Por otra parte, también tenemos dudas respecto a algunas de las premisas básicas del paradigma del flujo. De acuerdo con lo que postularon los investigadores, la clave para entrar en él era que una persona se viera desafiada en el momento más exacerbado de su habilidad y, por lo tanto, tuviera que recurrir al más alto nivel de su serie de habilidades, cualesquiera que estas fueran en ese desafío en particular. Los investigadores dijeron que, sin importar que las exigencias cambiaran de un momento a otro, la persona en flujo también mostró agilidad para enfrentar el desafío. En una escuela o en el ámbito de los negocios, esto podría implicar asignarle a una persona una tarea que la obligue a extender mucho sus habilidades, pero no demasiado.
Nosotros, sin embargo, vemos las cosas de manera distinta. Mientras que otros han argumentado que la probabilidad de entrar en el flujo es mayor cuando las exigencias de un desafío nos obligan a recurrir a nuestras habilidades más desarrolladas, creemos que esta coincidencia entre desafío y habilidad no es suficiente para entrar al estado óptimo. Desde nuestra perspectiva, mostrar los mejores talentos de uno no solo depende de si la situación los solicita y si los has afinado, sino también de tu estado interior. Si te encuentras en el estado interior mental equivocado, es decir, sin interés en el desafío o demasiado estresado, será difícil que te desempeñes de la mejor manera, independientemente de tu potencial.
Por ejemplo, cuando los estudiantes de una escuela de arquitectura llevaron un diario de su estado de ánimo y desempeño día por día, estar de buen humor y sentirse libres de elegir cómo realizar su trabajo les permitió entrar en el estado de absorción más que cualquier coincidencia específica entre sus habilidades y el desafío en cuestión.15 En otro análisis de estudio sobre el flujo se descubrió que este tenía menos que ver con la proporción entre las habilidades y el desafío que con la noción del individuo respecto a cuán relevante resultaba la tarea para sus propios objetivos.16 Desde nuestra perspectiva, la concentración total, que bien podría verse estimulada por el significado de lo que uno hace y por la sensación de que se tiene cierto control sobre la manera en que se lleva a cabo, resulta más esencial para nuestro estado óptimo que tratar de hacer coincidir nuestras habilidades con un desafío específico.
Aunque durante la investigación original sobre el flujo se notó que este tipo de absorción tenía un efecto de flujo, nosotros vemos la concentración, es decir, no distraerse, como un boleto hacia nuestro estado óptimo. Dicho de otra manera, la concentración propicia un buen día de trabajo, no al revés. Los otros elementos, como la falta de autoconciencia, son efectos colaterales de dicha absorción total en la tarea que se realiza. Esta reestructuración del flujo como algo accesible a través de nuestro poder de concentración revela una entrada a nuestra zona óptima que no depende de la casualidad ni de uno de esos momentos irrepetibles en la vida.
A continuación, colocamos una lista de elementos subjetivos que pueden presentarse al encontrarse en un estado óptimo, es decir, teniendo un buen día:
- Se es más creativo y los obstáculos son vistos como desafíos
- Se es más productivo y el trabajo es de alta calidad
- Se siente uno bien, de muy buen humor
- Se experimenta agudeza mental, los pequeños logros se enfocan en un objetivo mayor
- Se tiene una visión positiva, se mantiene uno comprometido con su esfuerzo
- Uno ofrece y recibe apoyo en sus relaciones
Estos ingredientes de nuestra experiencia subjetiva del estado óptimo revelan la visión desde el interior, pero como ya lo veremos en el siguiente capítulo, ver desde afuera cómo operamos estando en este estado, de manera muy sorprendente, nos sirve para mapear los beneficios de la inteligencia emocional.
2
La inteligencia emocional
y el balance de la empresa
¿Qué tanto la inteligencia emocional le ayuda a alguien a prosperar en el trabajo? Hace más de veinticinco años, cuando apareció el primer libro de Dan sobre inteligencia emocional (o IE, abreviatura que usaremos en este libro), nos era imposible contestar esta pregunta. En ese entonces había muy poca investigación sobre la relación directa entre la IE y los resultados significativos, como el desempeño laboral y el involucramiento. Asimismo, había una cantidad considerable de escepticismo entre los líderes de negocios y los investigadores académicos. No obstante, tanto en la ciencia como en los negocios, el escepticismo puede ser útil porque nos estimula a realizar la complicada y ardua tarea de demostrar que lo que pensamos es correcto, o a renunciar a nuestras creencias frente a la claridad que pueden aportar los datos duros.1
Hay muchos temas populares respecto a cómo tener éxito en los negocios que los imparciales investigadores nunca escudriñan porque son solo modas, el “sabor del mes”, y pronto desaparecerán para dar paso a otras tendencias. Por suerte, esto no fue lo que sucedió con la IE. Gracias a los esfuerzos del Consorcio para la Investigación de la Inteligencia Emocional en las Organizaciones (Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations [CREIO]), y a muchas iniciativas en universidades y en el mundo corporativo, desde mediados de la década de los noventa ha habido un flujo constante de investigaciones. Esto también muestra que la IE puede significar una gran diferencia para el desempeño de la gente en todos los niveles de una organización.
Uno de los estudios más interesantes fue realizado con un numeroso grupo de estudiantes de una universidad del Medio Oeste de Estados Unidos.2 Los estudiantes fueron sometidos a una prueba de inteligencia emocional antes de graduarse y, luego, entre diez y doce años después, contestaron una encuesta. En el estudio se descubrió que, por encima de factores como el cociente intelectual, la personalidad, las calificaciones y el género, lo que en realidad predijo los salarios que dijeron percibir durante el seguimiento fueron sus calificaciones en la prueba de IE cuando estaban en la universidad.
En el ámbito de la educación superior, por ejemplo, la influencia de un académico se mide de acuerdo con la cantidad de colegas que citan sus artículos revisados por otros académicos. Aquí, la sesudez tiene gran importancia. Como en este ámbito es necesario contar con maestría o doctorado, uno estudia para llegar a ser profesor. Primero se encuentra el tema en que quiere uno enfocarse, luego se realiza un trabajo independiente sobre dicha temática y, al final, eso es lo que se recompensa.
Los fundamentos de la academia difieren bastante de los fundamentos de los negocios. Si te unes a una empresa, necesitas enfocarte en lo que a sus líderes les parece esencial para la estrategia y tienes que trabajar como parte del equipo, no de manera independiente. A diferencia del ejercicio profesional en el entorno académico, asegurarse un lugar en el mundo empresarial depende por completo de tu desempeño y de la salud fiscal de tu grupo de trabajo. En la actualidad, hay toda una industria que se dedica a reestructurar los doctorados para que coincidan más con la realidad corporativa.
Por supuesto, el salario es más un reflejo del éxito en el ascenso por el escalafón corporativo que del desempeño. Las personas con salarios elevados no siempre son las más eficientes para realizar su trabajo. ¡Estoy seguro de que se te ocurrirán varios ejemplos notables! Hoy en día, sin embargo, una gran cantidad de investigaciones se enfoca de manera directa en la IE y el desempeño.
Los profesionales de ventas son, en particular, un grupo propicio para ser estudiado, no solo porque la información de su actividad ofrece datos duros de su desempeño, sino porque vender exige habilidades de la IE. En una importante empresa de bienes raíces con operación nacional, los agentes que tuvieron calificaciones elevadas en inteligencia emocional generaron más ingresos por ventas que los que tuvieron calificaciones bajas.3 Lo mismo sucedió con los agentes de seguros: una mayor IE significó mayores ingresos por ventas y mayor retención de clientes.
De acuerdo con los comentarios de los investigadores, la IE puede ayudar de distintas maneras en el área de ventas. Por ejemplo, les sirvió a los vendedores para mantener la compostura al interactuar con clientes ansiosos o frustrados. También les sirvió para comprender por qué los clientes se sentían así, y eso les permitió enfocarse en sus mensajes de ventas de la manera adecuada, así como en atender los sentimientos subyacentes que podrían obstaculizar la interacción. Lo que marcó la diferencia fueron dos habilidades de la IE: mantener el equilibrio emocional y ser capaz de mostrar empatía.
Las implicaciones de esta investigación van más allá de los bienes raíces y la venta de seguros, hay muchas ocupaciones en donde uno tiene que “vender” algo. Pensemos, por ejemplo, en Martha, jefa de un programa para gente que ha perdido a un ser querido. En su papel como directora ejecutiva, sus “ventas” más importantes tienen lugar cuando se reúne con posibles donadores. Al principio de su carrera, durante una de esas reuniones, narró una historia personal sobre el momento en que perdió a su padre a los ocho años debido al cáncer.
Mientras relataba su historia, Martha notó que la atmósfera en el lugar cambió, los asistentes pusieron más atención, y una o dos personas empezaron a llorar. También se percató de que ella misma había comenzado a hablar del programa de una forma más apasionada. Se dio cuenta de que contar su propia historia fue una manera muy conmovedora de establecer una conexión con posibles donadores. La IE de Martha, su capacidad para percibir, comprender y manejar emociones, tanto las propias como las ajenas, reforzó su eficiencia para conseguir donadores para su programa.
La inteligencia emocional en las profesiones STEM
No resulta difícil notar que la inteligencia emocional propicia un desempeño óptimo en el tipo de trabajo que implica ventas de alguna especie, pero ¿qué hay de los muchos otros ámbitos que no implican vender, como lo es el área de ingeniería, por ejemplo? Richard Boyatzis y varios de sus alumnos de la Escuela de Negocios Weatherhead, perteneciente a la Universidad Case Western Reserve, estudiaron a ingenieros que trabajaban en la división de investigación de una gran empresa automotriz.4 Los participantes se calificaron entre sí en relación con su nivel de eficiencia como ingenieros. ¿El resultado? El indicador más importante de la eficiencia de los ingenieros no fue su cociente intelectual medido como capacidad mental general, ni sus rasgos personales, sino su inteligencia emocional.
En los últimos años, la inteligencia emocional ha cobrado mayor importancia para los ingenieros y para otros profesionales de las áreas conocidas en conjunto como ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés). Esto se debe a que los ingenieros trabajan cada vez más con equipos y su desempeño depende en gran medida de cuán bien manejan sus relaciones con la gente. Trabajar en equipo puede ser un desafío porque la personalidad, el contexto cultural y el área de especialización de las personas son diferentes en todos los casos, y porque la gente debe de trabajar de manera conjunta a pesar de tener ideas distintas sobre cómo hacer las cosas. Las habilidades blandas y sociales, como el equilibrio emocional, la adaptabilidad, la empatía y el trabajo en equipo, pueden ayudar a lidiar con las dificultades de tal manera que se vuelve más fácil encontrar soluciones innovadoras para resolver grandes desafíos.
La inteligencia cognitiva sigue siendo esencial. Tan solo para ser contratada para un puesto de ingeniería, una persona necesita tener un nivel hasta cierto punto elevado de inteligencia, sin embargo, una vez que alguien tiene asegurado el empleo, las diferencias en el cociente intelectual dejan de tener un impacto importante en el desempeño. La capacidad cognitiva es necesaria, pero no suficiente, en tanto que la IE cobra una importancia particular.
Pensemos, por ejemplo, en otra de las profesiones del conjunto STEM: Tecnología de la Información o IT, por sus siglas en inglés. Casi todas las empresas medianas o grandes tienen, por lo menos, un empleado de IT cuya única responsabilidad consiste en mantener funcionando las computadoras, los teléfonos y otros sistemas electrónicos. Entonces, ¿por qué la IE es importante para estos profesionales?
Hace muchos años,
