Con ellos, sin ellos, por ellos, frente a ellos
Hasta el siglo XX la Historia la escribieron los hombres. Eso explica por qué las mujeres apenas aparecemos como sujetos de las historias de la Historia. Pero estábamos ahí y sin nosotras solo es una Historia a medias. No solo eso, algunas de las mejores páginas de la literatura universal han sido escritas por mujeres; otras tienen nombre de mujer porque se escaparon de las páginas de libros escritos por hombres, pero son de mujeres al fin y al cabo, arquetipos unas, reales otras.
La lista de mujeres que hicieron Historia es extensa, desde diosas hasta reinas, desde cortesanas hasta inventoras, desde actrices hasta santas, desde escritoras hasta políticas… Hemos estado en todas partes, aunque un manto de silencio se empeñara en cubrirnos o ignorarnos.
Eso sí, no podemos contar las historias de estas mujeres sin tenerlos también en cuenta a ellos, porque desde el principio de los tiempos las vidas de hombres y mujeres han estado entrelazadas y no se explican las unas sin los otros, es decir, con ellos, sin ellos, por ellos, frente a ellos o con la ignorancia de ellos.
Así que es no solo la historia de ellas, sino la historia de todos, pero contada no a través de la supremacía masculina sino desde un lugar común.
Me temo que en este siglo XXI también hay quienes quieren volver a hacernos poco menos que invisibles, ya que desde algunos sectores de la política han decidido hacer ingeniería social a costa de las mujeres negando que seamos diferentes a los hombres, lo que no presupone la desigualdad y mucho menos que tengamos que tener un derecho menos que ellos.
Así que estoy entre las muchas mujeres que se oponen a que nos califiquen de «seres gestantes». Quienes han adoptado esta decisión y la han llevado a las leyes son las mismas que luego juegan con las palabras para que terminen en femenino, cambian lo que hasta ahora son genéricos creyendo que eso es feminismo. Se les llena la boca diciendo «matria» en vez de «patria», pero a continuación nos niegan el calificativo de «madres». Supongo que están hechas un lío y no saben ni por dónde andan. Punto y aparte.
La Historia, como digo, está repleta de mujeres que han dejado su propia huella y que no por ser menos en número y escaso el conocimiento que de ellas tenemos es menor su importancia. Con algunas de estas mujeres me he ido encontrando a lo largo de mi vida, fundamentalmente a través de la lectura, pero también en viajes a los lugares donde vivieron y en los que aún se guarda el eco de su paso por este mundo.
Son mujeres reales, de carne y hueso unas, otras forman parte de la leyenda y acaso nunca existieron.
No pretendo hablar de todas las mujeres que han logrado trascender desde ese segundo plano al que estaban predestinadas, porque la lista es extensa y entonces esta historia sería otra historia.
Dejó dicho Ludwig Feuerbach, filósofo y antropólogo alemán, esta frase que seguro que han escuchado en muchas ocasiones: «Somos lo que comemos», y añado yo que también somos lo que leemos. Al menos, yo no me puedo explicar a mí misma si no es a través de los libros que he ido leyendo a lo largo de mi vida.
Por tanto, este es un relato personal, un viaje a través de mis inquietudes y mis lecturas, de mi encuentro con historias protagonizadas por mujeres, ya sean reales o criaturas literarias, sin olvidar, ya digo, el papel de los hombres que estuvieron cerca de ellas, para bien o para mal.
No se entiende a Cleopatra sin César y Marco Antonio, ni a Helena de Troya sin Paris, ni a Romeo sin Julieta, o a Don Juan sin Doña Inés, ni a Hamlet sin Ofelia, ni a Frida Kahlo sin Diego Rivera, ni a Simone de Beauvoir sin Jean-Paul Sartre o a Zelda sin Scott Fitzgerald, tampoco a Virginia Woolf sin Leonard Woolf…
De manera que no incurriré en el error en el que a lo largo de los siglos perseveraron tantos y tantos hombres, que fue ignorar o apenas dar relieve al papel desempeñado por las mujeres. La diferencia es que esta es una historia de mi encuentro con ellas sin excluirlos a ellos.
Mis primeras lecturas transcurrieron sentada junto a mi abuela Teresa. Ella me enseñó a leer. Tenía una gran paciencia, que yo no he heredado.
Para algunos, la Arcadia es nuestra infancia. Y la mía transcurrió en casa de mis abuelos maternos, Teresa y Jerónimo, junto a mi madre, Elia, mis cuatro tías, Elvira, Pilar, Carmen y Teresa, y tres tíos, Fabián, Santiago y Juan. Y mis primos, claro, junto a los que crecí y siento como mis únicos hermanos, Juan Manuel y Merche.
Y sí, en casa había libros, a mí me parecía que muchos, puesto que parecían trepar por las paredes de las estanterías. Los libros de mi abuelo, siempre al alcance de todos, sin ninguna restricción. Además, en casa se hablaba de libros, de las historias que guardaban entre sus páginas. Mi abuelo Jerónimo era un hombre prudente y poco dado a la discusión, pero se le iluminaba la mirada y la voz se le aclaraba cuando hablaba de algún libro.
Para mí, los libros son una parte imprescindible de mi vida, hasta tal punto que puedo decir que no hay nada que me guste tanto como leer.
Y ahora doy comienzo a esta historia. Una historia compartida.
Entre el mito y la realidad
No podríamos explicarnos a nosotros mismos sin el legado de los griegos y los romanos del Mundo Antiguo.
Hay muchas maneras de visitar un país, una ciudad. Yo aconsejo a los viajeros que cuando paseen por cualquier lugar de Grecia cierren los ojos durante unos segundos y dejen vagar la imaginación, porque puede que les lleguen los ecos de las voces del pasado. Voces de mujeres que vivieron en aquellos tiempos y también de las diosas que moraban en el Olimpo y gustaban de entrometerse en la vida de los hombres. Hera, la intrigante esposa de Zeus; Atenea, que durante la guerra de Troya tomó partido por los héroes griegos: Diomedes, Ulises, Aquiles, e incluso Menelao, al que le salvó de una flecha arrojada por Pándaro; y Afrodita, Deméter, Perséfone, Artemisa, Gea, Tetis… Hay otros nombres que conviene no olvidar, los de las mujeres de carne hueso cuya memoria guardamos hasta hoy. Helena, Hécuba, Casandra, Medea, Lisístrata, Ifigenia, Ariadna, Criseida, Electra, Penélope, Nausícaa, Leda, Hipodamía, Atalanta e Hipólita, reina de las Amazonas...
Mujeres en ocasiones víctimas de la ambición de los hombres que las consideraban objetos de su propiedad y cuyas vidas sabemos en función de la gloria de ellos.
Es difícil elegir qué historias contar porque todas son tan apasionantes como trágicas, como si los dioses se hubieran complacido en castigarlas. Pero entre todas ellas tengo especial simpatía por Lisístrata. Y es que esta ateniense utilizó un arma poderosa para hacer valer su voz ante los hombres, un arma tan vieja como el mundo, un arma para sobrevivir en un mundo de hombres: la llave del sexo. Quizá la suya es la única de las historias que acaba bien.
Pero empecemos con Aristófanes, que es quien nos puso en la pista de Lisístrata convirtiéndola en un mito. De paso, Aristófanes demostró ser un hombre poco común para su tiempo; yo diría que en él podemos estudiar los antecedentes del hombre moderno, el hombre que mira a las mujeres como iguales, que reconoce su valía. Es la suya una mirada diferente a la que nos tienen acostumbrados sus coetáneos. Su Lisístrata parece una comedia, pero en realidad es mucho más.
Sitúense en el siglo IV a. C. Sí, ya sé que es difícil, pero hay que intentarlo. Vivió en tiempos de la Guerra del Peloponeso en la que se enfrentaron Esparta, gobernada por una oligarquía, y Atenas, que tenía un gobierno democrático para los cánones de la época.
Aristófanes nos cuenta la historia de Lisístrata, una mujer ateniense, harta del exclusivo papel desempeñado por las mujeres como esposas y madres que aceptaban en silencio ver a sus maridos e hijos partir a la guerra y aguardar meses, años, hasta que regresaban o tenían noticia de su muerte. Así que Lisístrata, con la complicidad de otras mujeres, Cleonice, Mirrina y Conciliación, declaró una huelga: ninguna mujer recibiría en el lecho a su marido, es decir, no tendría relaciones sexuales con él, mientras siguiera empeñado en guerrear. Y como Atenas combatía contra Esparta, las mujeres de esta otra ciudad hicieron suya la actitud de Lisístrata y también se declararon en huelga, con el consabido escándalo de la época.
Lisístrata y las otras mujeres plantaron batalla con la única arma de la que disponían: el sexo.
Y ya puestas, subieron a la Acrópolis y se instalaron allí, en el lugar donde la ciudad guardaba el oro que los hombres utilizaban para hacer sus guerras. La Bulé, el Consejo de Ancianos, las acusó de estar mancillando el sagrado hogar donde tenía su templo la diosa Atenea. Pero ellas se mantuvieron en sus trece, aunque al parecer, de cuando en cuando, alguna se escapaba para encontrarse con su esposo de manera furtiva. Fuera por miedo o sencillamente porque la carne es débil, el caso es que alguna hizo de esquirol.
Seguramente, es la primera huelga de la Historia o, por lo menos, la primera huelga convocada y protagonizada por mujeres.
La determinación, la inteligencia y, desde luego, la imaginación de Lisístrata para doblegar a los hombres dicen mucho de cómo el sexo ha pesado en el pasado y, para qué engañarnos, continúa pesando en el presente, puesto que como tal poder sigue estando a nuestro alcance.
Imagino el escándalo que la obra provocó en el siglo IV, una obra en pro de las mujeres que sin embargo ninguna de ellas pudo ver en vivo y en directo porque entonces estaba prohibida la presencia femenina en los teatros, donde además los actores hacían los papeles de mujer.
Desde aquí reivindico a Lisístrata. Y si Lisístrata representa la razón, Medea representa la locura por amor. ¿Cuántas mujeres han perdido la cabeza por quien no se lo merecía? Estoy segura de que la que más y la que menos ha tenido algún tropiezo en la vida, a poco que haya vivido, con algún tipo del estilo de Jasón. Guapo, brillante, embaucador, ambicioso... Vamos, uno de esos hombres que te dejan hecha polvo. De manera que no debemos reducir a Medea a una bruja loca y vengativa, que sin duda lo era, pero no solo eso.
Los padres de Medea eran la ninfa Idía y el rey Aetes de Cólquida (hoy Georgia), y su tía, nada menos que Circe, la hechicera que convertía a los hombres en animales y que, enamorada como estaba de Ulises, le retuvo en el viaje de regreso a Ítaca. Pero de eso hablaré más adelante.
El caso es que a Esón, padre de Jasón, le robó el trono su hermanastro Pelias. La madre de Jasón, viendo cómo se las gastaba su cuñado, decidió confiar su hijo al centauro Quirón que le enseñó de todo, desde a pelear hasta a pensar. E hizo bien, porque su tío Pelias estaba obsesionado con el oráculo, que aseguraba que perdería el trono a manos de un joven que solo calzaba una sandalia. Y Pelias se llevó un buen susto el día que apareció un forastero que andaba medio descalzo porque había perdido una de sus sandalias ayudando a una anciana a cruzar un río. Para más señas, era la diosa Hera disfrazada. Así que cuando, casualidades de la vida, el sobrino se topó con su tío, este empezó a hacer lo imposible por quitárselo de encima para no tenerlo como rival que le pudiera disputar el trono. Entre las faenas que le hizo se le ocurrió una que aparentaba ser inalcanzable: viajar desde Yolco, la capital del reino que estaba en Tesalia, en el norte de Grecia, hasta la Cólquida, un lugar remoto situado en el mar Negro y al que se llegaba navegando a través del peligroso estrecho de los Dardanelos. El objetivo del viaje no era otro que encontrar el Vellocino de Oro, un objeto mágico con forma de carnero alado y esmaltado en color dorado, que daba poder a quien fuera su dueño. Tipo magia potagia.
Jasón organizó una expedición que era misión imposible, justo lo que pretendía su tío. Por cierto, Apolonio de Rodas da buena cuenta de la aventura en su obra LasArgonáuticas, como también tenemos noticias de aquella mítica aventura a través de Eurípides, Sófocles, Esquilo o el poeta Píndaro.
La nave que ha pasado a la leyenda de Jasón y los argonautas tenía por nombre Argos, y al parecer era un pentecóntero, un barco con dos filas de veinticinco hombres a cada lado. Jasón escogió como compañeros de viaje a jóvenes de esos que salen en las películas de comandos. Entre otros, Hércules, Cástor, Orfeo, Tifis, Teseo, Anfiarao… y Atalanta, la única mujer igual de valiente y decidida que cualquier hombre y de la que ya les contaré más adelante. Según la leyenda, les pasó de todo. Pero claro, ¿qué interés y grandeza puede tener un viaje sin que pase nada? Así que después de unas cuantas peripecias, Jasón tocó tierra y ahí es donde entra como un torrente Medea.
La Cólquida era una tierra primitiva con costumbres primitivas, encerrada en sí misma por su situación geográfica. Sus costumbres, ritos y creencias eran considerados de «bárbaros» por los refinados griegos.
Esa era la tierra de Medea, sacerdotisa, hechicera, princesa y, a partir de conocer a Jasón, mujer enamorada que pierde la razón y está dispuesta a todo por amor. Porque Jasón lo que quiere es el Vellocino de Oro, la joya del reino de la Cólquida, y ayudarle a conseguirlo es tanto como traicionar a su familia y a ella misma. Su elección no es fácil: el que hasta ese momento había sido su mundo o dejarse llevar por el amor a un desconocido que se convierte en obsesión. Y sí, decide ayudarle. Sacrifica todo por lo que quiere, a Jasón, él es su única ambición.
Medea le ayuda dándole por todo el cuerpo un ungüento mágico, preparado por ella, para impedir que se abrase con el fuego que escupe el dragón que guarda el camino que conduce al lugar en el que se yergue el árbol del que cuelga el Vellocino de Oro.
La decisión de Medea trasluce un comportamiento masculino. Son los hombres los que acostumbran a marcharse, dejando a sus mujeres, a sus hijos, mientras que las mujeres, felices o no, aguardan en el hogar a que regresen o a que el paso del tiempo amortigüe el dolor de la ausencia. Pero Medea sabe que su mejor baza para conquistar a Jasón es entregarse sin reservas, y para ello utiliza toda su sabiduría ancestral, magia y hechizos al servicio del héroe que se hace con el Vellocino de Oro, lo que obliga a Jasón y a los argonautas a huir, y a Medea, que los acompaña, a escapar de su casa, de su tierra, de su país. Y cuando huye, sabiendo de la ira de su padre, toma una decisión terrible que la convierte en una asesina: se lleva consigo a su hermano pequeño, Apsirto, al que mata para retrasar a los hombres enviados por su padre que persiguen a los ladrones del Vellocino.
Medea no duda, ejecuta a su hermano sin piedad, tal es su locura de amor por Jasón. A partir de ese momento se ha perdido para siempre.
Sí, Medea comete un crimen, pero ¿y Jasón? ¿Por qué no la detiene? ¿Por qué consiente el asesinato de un inocente? Medea está loca de amor, pero Jasón lo está de ambición. Él es su cómplice. Sin embargo, la posteridad no ha juzgado a Jasón.
Y así, cuando llegan a Yolcos, Medea vuelve a perpetrar otro asesinato a través de un hechizo ejecutando su venganza contra el tío de Jasón, el rey Pelias, que es quien le ha enviado a por el Vellocino con la esperanza de que muriera en el empeño. Quizá Pelias pretendía no mancharse las manos con la sangre del hijo de su hermano. A lo largo de la Historia ha habido otros muchos hombres que, como Pelias, creen haber conservado la inocencia por no asesinar con sus propias manos, ya que siempre hay esbirros dispuestos a dar el golpe mortal.
Medea cuenta a las hijas de Pelias que posee un ungüento con el que es posible devolver la juventud, y para demostrarlo, coloca a un cordero en un caldero con agua hirviendo al que antes le ha aplicado el ungüento elaborado por ella. Las hijas de Pelias, obnubiladas por la magia de Medea, creen ver salir del caldero a un borreguito, de manera que convencen a su padre para que se sumerja en un caldero porque saldrá más joven y repleto de salud. Ingenuas o rematadamente tontas, descubren con horror que ellas mismas lo han asesinado. Esa es la venganza de Medea contra Pelias, lo que conlleva el destierro para ella y Jasón.
Una vez más vemos a una mujer obnubilada, sin escrúpulos, y a Jasón beneficiándose de los crímenes que ella perpetra.
Jasón y Medea se instalan en Corinto con sus dos hijos. Son suyos, sangre de su sangre. Viven en aparente paz hasta que a Jasón se le presenta la oportunidad de convertirse en rey. Ya saben, hay ofertas difíciles de rechazar, o eso debe de pensar Jasón cuando el rey Creonte le ofrece el trono si se casa con su hija Creúsa (o Glauca, se la conoce por uno u otro nombre).
Jasón es feliz con Medea, pero un trono es un trono, e intenta explicarle que las circunstancias mandan, que no la va a repudiar, que se trata de que acepte convertirse en la segunda esposa.
Puedo imaginar la ira de Medea: ella, una princesa, con sangre de reyes y de dioses, convertida en «la otra», pasando a depender de la magnanimidad de Creúsa. Y rechaza la oferta.
Jasón intenta convencerla, se trata de conseguir un reino, hay intereses que están por encima de los sentimientos. Un argumento inútil para una mujer que traicionó por amor a su padre, a su pueblo y a ella misma, que asesinó a su hermano y que renunció a ser una princesa sacerdotisa emparentada con los dioses para convertirse en la esposa fiel de aquel aventurero. No, no puede aceptar la propuesta de Jasón. Y usted, ¿la habría aceptado?
Se siente engañada y, aún peor, menospreciada por el hombre por el que ha sacrificado cuanto era. Y entonces pergeña la venganza. Asesina a Creúsa y a su padre, el rey Creonte. El método elegido fue enviar a sus dos hijos a visitar a Creúsa con una túnica, amén de unas cuantas joyas como signo de amistad. Creúsa debía de ser una ingenua o una tonta o una fatua convencida de que Jasón no podía rechazarla, puesto que era hija de un rey. Aceptó la vestimenta, se la puso y de repente la tela comenzó a arder. Su padre, Creonte, la intenta ayudar a escapar del fuego y arde con ella. Pero para Medea esta venganza no es suficiente. Necesita herir a Jasón y procurarle el mismo dolor que siente ella y, por tanto, decide arrebatarle lo que sabe que más quiere: sus dos hijos, los hijos que ella ha parido para él.
Una decisión que ejecuta como catarsis personal, a sangre fría. Los asesina en el templo de Hera. No tiene dudas. Al matar a sus hijos rompe todo vínculo con Jasón, sabe que su acción no permite ningún retorno. Lo condena a él y se condena a sí misma, pero sin cargo de conciencia. Los textos clásicos aseguran que logró huir en un carro tirado por caballos alados. Vaya usted a saber, quizá fuera así, puesto que era una maga. Una maga asesina. Una asesina cuyo ejemplo a través de los siglos han seguido mujeres y hombres que matan a sus hijos para hacer daño a su pareja. Desatan su frustración y su rabia ejecutando a los más inocentes, a aquellos que fueron fruto del amor. En la actualidad leemos noticias terribles de hombres que para dañar a sus mujeres no han dudado en asesinar a sus hijos. ¿Cómo pueden hacerlo? ¿Es posible que no les tiemblen ni la mano ni el corazón? Son los descendientes de Medea.
También podemos leer en la historia de los mitos que, después de asesinar a sus hijos, Medea viajó hasta Atenas y se casó con el rey Egeo, y ya puesta, trató de matar a Teseo, hijo del rey. Y cuentan que la desterraron y que decidió regresar a la Cólquida llevando consigo a Medo, el hijo que había concebido con Egeo. Al llegar a la tierra de sus ancestros tuvo que afrontar que su padre, el rey Aetes, había sido destronado por Perses. Medea le asesinó y su padre volvió a reinar. Y a ella, ¿qué futuro le aguardaba? La leyenda dice que habita en los Campos Elíseos, un paraíso exclusivo para que los dioses y los semidioses disfruten de la eternidad. Vaya usted a saber. En realidad, Medea merece vagar por el Hades enfrentándose a las almas que arrebató. No hay asesina más cruel que ella y quienes la han imitado a lo largo de los siglos.
Pero vuelvo a preguntar: ¿y Jasón? Carece de escrúpulos, nada le importa salvo su propio destino si este roza la gloria. Utiliza a Medea, la deja hacer, no tiembla ante los crímenes que ella comete en su nombre. Pero los muertos son de ambos, él no es más inocente que ella; si me apuran, es peor. No alberga ningún sentimiento de piedad hacia los que se interponen en su camino. Medea es su brazo ejecutor. ¿La quiso alguna vez? No, yo no lo creo.
La historia de Medea se continúa representando en los teatros de todo el mundo. Ponerse en su piel, interpretar su locura asesina solo está al alcance de grandes actrices.
Y sí, aún hoy en día se habla del síndrome de Medea: madres o padres que arrebatan la vida de sus hijos para vengarse y hacer daño al cónyuge. Pensarlo produce un estremecimiento.
Debo reconocer mi debilidad por el mundo griego antiguo, así que me van a permitir detenerme en otras historias. Pero antes les explicaré el porqué de esta «debilidad»: siempre he sido feliz en Grecia. Siempre. Viajando con mi familia, con Fermín, mi marido, escuchándole contar las historias de los héroes y los dioses, historias que él trasladó a sus libros Zeus y familia, Viaje a las puertas del infierno o El libro de Michael. También perdiéndonos por carreteras remotas en busca de los restos de algún templo o simplemente para ver el paisaje donde habitó algún héroe. En realidad, casi todo lo que sé sobre el pasado de la Grecia clásica lo aprendí no solo leyendo, sino también sobre el terreno, escuchando, hablando, descubriendo. Veranos en los que viajábamos solos o acompañados por mi madre y nuestros hijos, Cristina, África y Álex, para quienes Poseidón, Aquiles, Telémaco y demás eran como de la familia.
Cristina, África y Álex conservan intactos los recuerdos y el amor por Grecia. No solo porque son parte de su infancia, sino porque a través de los mitos también aprendieron a pensar.
Veranos demasiado cortos en los que era tal nuestro entusiasmo que afrontábamos las altas temperaturas sin pestañear, mientras hacíamos algún alto en el camino para entrar en cualquier café o taberna a reponernos con un trozo de pan, aceitunas y feta, el queso griego.
Sí, amo Grecia porque siempre he sido feliz en esa tierra. Pero vuelvo a detenerme en otras historias. Por ejemplo, la de Hipólita, hija del dios Ares y de la reina de las amazonas, Otrera, ¡menudo nombre! El dios le entregó a Hipólita su cinturón mágico, pero eso no la salvó de morir a manos de Hércules y todo a causa del capricho de otra mujer, Admete, hija del rey Euristeo, empeñada en poseer el cinturón mágico.
Bien es verdad que Euristeo estaba fastidiado, porque cada «trabajo» que encargaba a Hércules, «trabajo» que este llevaba a cabo sin despeinarse.
Y qué decir de Ariadna, la hija del rey Minos y Pasifae que reinaban en Creta, que se enamoró de Teseo y le ayudó a sortear el Laberinto, donde dio muerte al Minotauro al que el rey Minos alimentaba con los siete muchachos y siete doncellas que, cada nueve años, Atenas tenía que ofrecer como tributo. A eso fue Teseo a Creta, a negociar con Minos y a matar al Minotauro.
Cuando Teseo iba a entrar en el Laberinto, Ariadna le entregó un ovillo de lana que le permitió regresar por donde había entrado.
El rey Minos, claro está, montó en cólera y Teseo tuvo que escapar, y lo hizo con Ariadna, de la que se aprovechó sin miramiento alguno. Hay autores que aseguran que la abandonó en una playa de la isla de Naxos, donde fue acogida por Dioniso, según Fermín, un dios de lo más peculiar. Los viajeros que lleguen a Cnosos tendrán que dejar volar la imaginación para reencontrarse con la gloria de la ciudad que fue excavada por Arthur Evans y que, al decir de algunos arqueólogos, la reconstrucción que hizo de ella no fue demasiado ortodoxa.
A mí me cae especialmente bien Atalanta. Mujer fuerte, independiente, valiente, capaz de sobrevivir en un mundo de dioses y de hombres y ponerlos en su sitio. No está claro quiénes fueron sus padres, o por lo menos los estudiosos no se ponen de acuerdo: que si es hija de Atamante y Temisto, o acaso de Ménalo, otros la suponen hija de Yaso… Fuera quien fuese su padre, parece que él solo quería hijos varones y, cuando Atalanta nació, ordenó que la abandonaran en el monte Partenio. La niña sobrevivió gracias a que una osa la amamantó y posteriormente unos cazadores la encontraron.
Cuando creció, tomó una decisión: se consagraría a la diosa Artemisa y permanecería virgen. Pero, siempre hay un pero, parece ser que un oráculo le advirtió que si un día se enamoraba y tenía relación con algún hombre, se convertiría en animal. ¡Menuda faena! Pero Atalanta no solo se mantuvo firme en preservar su virginidad, sino que cualquiera que intentara sobrepasarse con ella lo pagaba con la vida. Y ya se sabe cómo son algunos tipos, en este caso dos centauros —mitad hombre, mitad caballo—, de nombres Reco e Hileo, que intentaron violarla, pero afortunadamente no lo consiguieron y recibieron su merecido: Atalanta se defendió y acabó con ellos a flechazos.
Debió de ser una mujer realmente valiente y singular porque Apolodoro asegura que acompañó a los argonautas en busca del Vellocino de Oro. La única mujer enrolada en una tripulación compuesta por hombres. Me pregunto qué pensaría ella de Medea.
En fin, que era una mujer de armas tomar, independiente y rebelde, que no se arredraba ante nada ni ante nadie, además de una corredora extraordinaria que podía medirse con cualquier hombre, y que, según la leyenda, compitió en una carrera con Peleo, padre de Aquiles. En realidad, les ganaba a todos. Quizá por eso, en un exceso de confianza o arrogancia, se echó el farol de decir que nunca se casaría salvo con el hombre que consiguiera vencerla en una carrera.
Pero siempre hay alguien dispuesto a correr riesgos, y apareció un joven que, prendado de ella, la retó a competir y, como sabía cómo se las gastaba, se presentó a la carrera con unas cuantas manzanas de oro que iba dejando caer y que Atalanta, llevada por la curiosidad, se paraba a recoger atraída por la belleza de aquellos frutos que, según la leyenda, procedían del Jardín de las Hespérides. Con tanto pararse, el joven le ganó la carrera y Atalanta cumplió su promesa. El caso es que un día la pareja feliz entró en un santuario dedicado a Zeus, el padre de los dioses, e hicieron lo que hacen todas las parejas enamoradas: retozar. Claro que a quién se le ocurría tener un ataque de pasión sin caer en la cuenta del lugar en el que se encontraban, nada menos que en un santuario dedicado al señor del Olimpo. Así que Zeus, iracundo, los castigó transformándolos en dos leones.
Los mitos y las leyendas que nos ha legado Grecia son relatos simbólicos que reflejan la relación de los seres humanos con las fuerzas de la Naturaleza y, también, un compendio sobre la condición humana.
Pero como este libro no trata de contar todas las historias sino unas cuantas historias, me voy a permitir elegir las de algunas mujeres que ya desde el pasado han formado parte del futuro. Empezaré con ella, con Helena.
HELENA DE TROYA
Debía de tener siete u ocho años la primera vez que me encontré con Helena de Troya y fue en un cuento infantil. Aparecía en la portada una joven muy guapa, de cabello rubio y con una túnica blanca de lo más estilosa. Leí con tanto entusiasmo como interés aquel relato que remitía a la Ilíada y le dije a mi abuelo que iba a pedirles a los Reyes Magos aquel libro para saber más cosas de Helena. Unos años después, los Reyes me dejaron junto a los zapatos dos versiones infantiles de la Ilíada y la Odisea.
En el cuento además aparecían las tres diosas que, en realidad, fueron las responsables de aquella guerra. Hera, Afrodita y Atenea. Guapísimas las tres y todas de armas tomar. Puestos a buscar culpas, la guerra de Troya fue más responsabilidad de ellas que de Helena. Eso lo tuve clarísimo con siete años leyendo la historia de Helena. Vamos, que me puse de su parte y así sigo.
Y todo porque una resentida, la diosa Hera, enfadada porque no la habían invitado a la boda del héroe Peleo y la ninfa Tetis (que tendrían un hijo al que llamaron Aquiles), decidió fastidiar a los asistentes presentándose con una manzana de oro que llevaba grabada la frase: «Para la más bella». Y eligió al príncipe Paris de Troya para que decidiera quién era la más bella de entre las invitadas.
Hay ocasiones en que las mujeres, por muy diosas que sean, se enzarzan en peleas absurdas. En este caso entre Hera, la poderosísima esposa de Zeus; Atenea, diosa de la sabiduría, y Afrodita, la del amor.
A Paris, hijo del rey Príamo, no le impresionó demasiado que Hera le ofreciera poder; en cuanto a adquirir sabiduría, que es lo que le prometió Atenea, pues tampoco le hizo el peso. De manera que fue Afrodita la que le lio bien liado prometiéndole el amor de la mujer más bella, que no era otra que Helena.
Insisto: fueron estas tres diosas, llevadas por la vanidad y un ataque de frivolidad, las causantes de la guerra de Troya y no Helena. Y ya digo que todo empezó en la boda de los padres de Aquiles.
Desde que leí aquel libro infantil no he dudado de la existencia de Helena; ni más tarde, leyendo la Ilíada y la Odisea, de que la narración de Homero sea verdad. Como mucho, hago mía la frase italiana «Se non è vero, è ben trovato». Así que no me extraña nada que el nombre de aquella Helena, esposa de Menelao, el rey de Esparta, y raptada por el príncipe Paris, haya llegado hasta nuestros días.
Los más escépticos sonreirán y puede que tengan la tentación de corregirme diciendo que quién sabe si aquella guerra fue real, e incluso pueden llegar a poner en duda la existencia misma de Homero, el poeta ciego. Allá ellos.
En Troya hoy reina el silencio salvo cuando algún grupo de turistas se aventura a deambular entre sus ruinas.
Hago caso omiso de las sonrisas suficientes porque navegando por las aguas que bañan la costa de Gitión, el puerto de Esparta, y llegando hasta la antigua Troya no me cuesta nada imaginar la escapada de Helena junto a Paris que dio lugar a aquella aventura trágica y extraordinaria.
¡Ay, la geopolítica! Aún hoy en nuestros días los países que bordean el mar Negro, al igual que los que se asoman antes de cruzar el paso de los Dardanelos, mantienen disputas continuas. Solo hay que mirar el mapa para entender que quien domina ese estrecho domina el mar Negro.
Turquía hoy es la dueña y señora de esa puerta marítima al mar que baña las costas de Ucrania, Bulgaria, Rumanía, Georgia y Rusia. País este cuya única salida al Mediterráneo es a través del mar Negro.
Tengo un amigo que asegura que Rusia tiene claustrofobia desde los tiempos en que fue imperio y que por tanto necesita tener una salida a través del mar Negro. Puede que tenga razón, la prueba es que en la cruenta guerra que Vladímir Putin ha provocado contra Ucrania, uno de sus objetivos ha sido asegurarse la salida al mar Negro.
Así que, por hacer una concesión a los racionalistas, puede que la causa de la guerra de Troya fuera menos romántica que el rapto de la bella Helena y que, en definitiva, se tratara de que los griegos querían un paso hacia el mar Negro sin tener que pagar impuestos al rey Príamo de Troya.
La lectura de Odiseicas de la profesora Carmen Estrada pone en la pista de por qué para los griegos aquella guerra fue algo más que dirimir el honor del rey Menelao.
Carmen Estrada recupera una frase del rey Néstor de Pilos, uno de los que combatieron contra Troya. Néstor, que pasaba por ser un rey prudente, le dice a Telémaco cuando este llega a visitarle en busca de noticias de su padre, Ulises: «Cuando en las naves sobre el brumoso mar navegábamos en busca de botín…». O sea que el rey Néstor de Pilos deja claro que la expedición de los griegos tenía al menos otro objetivo que no era solo el rescate de Helena, sino hacerse con el botín que aguarda a los vencedores cuando ganan una guerra.
Hoy, si navegas por el mar radiante acercándote al paso de los Dardanelos para desde el barco intentar distinguir Troya, alejada ahora de la costa porque con el paso de los siglos el mar se ha ido retirando, imaginas al rey Príamo oteando el horizonte desde las altas murallas a la espera de la llegada de su hijo Paris en misión diplomática ante Menelao, rey de Esparta, hermano del poderoso Agamenón.
Seguramente lo que no esperaba Príamo era que su hijo llegara en compañía de Helena, la bellísima esposa de Menelao.
Lo que sí parece documentado es que en algún momento de su vida Helena vivió en Egipto. ¿Por qué? Hay versiones para todos los gustos. Helena y Paris pararon en Alejandría camino de Troya y allí se quedaron un tiempo. Segunda versión: Helena y Menelao, una vez que este la rescata después de la guerra, en su regreso a Esparta se desvían a Egipto, vaya usted a saber si es otra leyenda sobre la leyenda.
Lo cierto es que yo me quedo con la versión de Homero, que es con la que descubrí a Helena.
En uno de nuestros primeros viajes a Grecia recuerdo el empeño en llegar hasta Gitión, el puerto desde donde salió el barco del príncipe Paris llevando con él a Helena.
Gitión era el puerto donde atracaban los barcos de Esparta y está situado en el Peloponeso, en la península de Mani. Y si nos remitimos a Pausanias, que la visitó, alrededor del puerto se arremolinaba una pequeña población con estatuas de Apolo y de Heracles, sus fundadores, y de Dioniso. Incluso relata la existencia de una fuente. Y frente a Gitión está la isla de Cranae, donde Paris y Helena, al parecer, pasaron la primera noche antes de poner rumbo a Troya.
Hoy, Gitión es una pequeña población con casas blancas, abigarradas, que se enroscan escalonadas en el paisaje y en cuyo puerto están atracadas barcas de pescadores, quienes llevan su carga hasta los restaurantes en los que los turistas, entre plato y plato, se afanan en recordar la historia de Helena y Paris. También nosotros, mi familia, lo hemos hecho en unas cuantas ocasiones.
En la primera línea del puerto los viajeros encontrarán tiendas donde comprar todo tipo de souvenirs, seguramente made in China, además de tabernas donde comer mirando al mar.
Pasear por Gitión tiene ese punto de emoción, te permite dejar volar la imaginación y trasladarte al momento en que el bello príncipe y la aún más bellísima Helena, envuelta en un manto que cubría sus cabellos rubios, iniciaron la fuga. Por cierto, que era rubia; además de Homero, que nos la describe como «Helena de cabello precioso y blancos brazos», lo confirmó Hesíodo en Los trabajos y los días.
Vaya usted a saber si fue Paris quien embaucó a Helena o fue Helena la que enamoró a Paris. O puede que el príncipe se la llevara por la fuerza, algo muy habitual en la Antigüedad.
A mí me gusta pensar que aquella joven, descontenta con su matrimonio, decidió rescatarse a sí misma abandonando al marido para vivir una aventura con el guapo príncipe, que seguramente le prometió que la trataría como a una reina y que disfrutarían de las mieles del amor, aunque estas tengan fecha de caducidad. O quizá la bellísima Helena estaba harta del rubio Menelao y Paris le sirvió de excusa para marcharse.
Tanto en la Ilíada como en la Odisea hay personajes que justifican la huida de Helena como irremediable por ser decisión de los dioses. Incluso el anciano rey Príamo no la responsabiliza de la guerra que llevará su reino a la destrucción precisamente por creer que, en realidad, han sido los dioses los que han determinado que el conflicto estalle.
La profesora Estrada también nos recuerda en Odiseicas que Penélope, esposa de Ulises y prima de Helena, la exculpa de toda responsabilidad achacándosela a que un dios obnubiló su raciocinio.
¿Y qué puede hacer un mortal ante el deseo de los dioses?
El propio Ulises lo comprenderá cuando, durante su interminable periplo de regreso a Ítaca, desesperado ante la bravura del mar levanta su voz hacia Poseidón preguntándole: «Poseidón, ¿qué quieres de mí?». Y él, señor de los mares, le responde: «Que comprendas que los hombres sin los dioses no son nada». No está de más recordarlo en estos momentos en que el hombre moderno casi no cree en nada.
De manera que deberíamos considerar que la guerra de Troya a lo mejor no fue culpa de Helena sino de tres diosas: Hera, Afrodita y Atenea, pero que, al mismo tiempo, la fuga de Helena fue una apuesta para disponer del sueño de su libertad.
Los más rancios dirán que la suya no pasó de ser la historia de un adulterio, pero que digan lo que quieran. Helena demostró ser una mujer que no ignoraba las consecuencias: Menelao no podía dejar sin vengar el agravio, porque no se afrenta impunemente a un rey que además es tu marido.
En otras palabras, Helena sabía que Menelao iría a buscarla y que si regresaba con él caería sobre ella la venganza, porque los hombres son iguales a sí mismos desde el principio de los tiempos y los muy fatuos sitúan su honorabilidad entre las piernas de sus mujeres.
¿Cómo era Helena? Pintores y artistas nos la muestran con cabello rubio, mirada azulada, delgada pero con formas moldeadas. Una belleza entonces y seguramente ahora.
Tampoco podemos perder de vista que las mujeres en el pasado apenas tenían voz propia. Eran los hombres los que decidían por ellas, aunque creo que en muchas ocasiones ellos han pensado y deseado lo que nosotras hemos querido que pensaran y desearan. Pero qué duda cabe de que en la Antigüedad, en tantas y tantas ocasiones, los hombres se hacían con las mujeres por la fuerza.
Los artistas le deben mucho a nuestra Helena. Muchas de las mejores obras de arte están inspiradas en ella. No hay museo donde no cuelgue algún cuadro pintado por alguno de los grandes maestros que no la tenga como protagonista.
En cuanto a Esparta y Troya… qué quieren, Troya en el año 1194 a. C. era una gran ciudad nacida de las entrañas de otras ciudades antes que ella. Rica por su situación estratégica, envidiada por sus vecinos y odiada por sus enemigos griegos, hartos de pagar impuestos a su rey para que les permitiera traspasar los Dardanelos.
Hoy Troya es una parada turística en la que han construido un caballo de madera que recuerda al que ideó Ulises para esconderse en su interior, engañar a los troyanos y entrar en la ciudad.
Los viajeros se encontrarán las excavaciones que aún perduran, pues no hay una sola Troya sino varias porque, como sucede con las ciudades de la Antigüedad, se fueron superponiendo unas a otras.
Y sí, es verdad que sin el empeño y tozudez de Heinrich Schliemann, el sueño de Troya no se habría hecho realidad, pero hay que ser justos y reconocer que el primero en excavar en el lugar fue Frank Calvert, un funcionario británico que además era un apasionado de la arqueología. De manera que la primera excavación de Calvert en la colina de Hisarlik, al sur de la actual Turquía, despejó el camino que más tarde emprendería el famoso arqueólogo alemán, que es quien alcanzó la gloria desenterrando las ruinas de Troya.
Frank Calvert es sin duda un personaje singular que responde al patrón del funcionario británico apasionado por la arqueología. Al parecer, uno de sus hermanos había comprado una finca en Anatolia en la que se encontraba la colina de Hisarlik, que años antes un periodista y geólogo escocés de nombre Charles Maclaren había señalado como el lugar donde podía haber estado situada la Troya del rey Príamo.
Maclaren, todo un personaje, fue además el editor de la sexta edición de la Enciclopedia Británica. Pero Frank Calvert no tuvo suerte ni siquiera con las indicaciones de Maclaren, y no fue capaz de encontrar la Troya que buscaba; aun así, cuando conoció a Schliemann, le sugirió que excavara en la parte de la colina donde él creía que podía estar Troya.
El caso es que Heinrich Schliemann tuvo éxito donde fracasó Calvert y supo encontrar la ciudad que se ha convertido en inmortal, y donde si uno cierra los ojos puede revivir las batallas entre griegos y troyanos evocando a Héctor, Eneas, Agamenón, Aquiles, Menelao, el gigante Áyax, Ulises… e imaginar a Helena recorriendo las murallas temblando por el resultado de esas batallas.
¿Se arrepintió Helena de haber escapado de Menelao? ¿Llegó a sentirse culpable de la guerra desatada o era sabedora de que, en realidad, la contienda era inevitable porque los griegos necesitaban paso franco hacia el Ponto Euxino, que es como denominaban al mar Negro?
Puede que Helena incluso se cansara de Paris y que le pesaran las miradas cargadas de reproches de su suegra, Hécuba, y sus cuñadas, que al fin y al cabo la hacían responsable de la guerra.
Las suegras tienen mala fama, a veces se la ganan a pulso y en otras ocasiones son víctimas de las artimañas de las nueras que, celosas de la influencia de las madres sobre los hijos, hacen lo imposible por sembrar la discordia.
Pero en este caso, imagino que a Hécuba no le haría ninguna gracia que el capricho de su hijo Paris hubiera puesto en peligro el reino. En la Ilíada, Homero nos cuenta el afecto de Príamo por Helena y el desafecto de Hécuba.
La reina Hécuba, que era la segunda esposa de Príamo, le dio a este una buena colección de hijos: Héctor, Héleno, Troilo, Deífobo, Polidoro… e hijas: Ilíona, Laódice, Políxena y Casandra.
En definitiva, gracias a Helena descubrí la Ilíada y la Odisea, que me llevaron a conocer a algunos personajes femeninos sin parangón: Casandra, Briseida, Circe y Penélope, mujeres que me causaron una profunda impresión de niña y de mayor. Ninguna de ellas es una heroína, sino que son víctimas de los dioses y de los hombres. ¡Ay, otra vez ellos!
OTRAS PROTAGONISTAS DE LAILÍADA
Siento debilidad por algunas otras protagonistas de la Ilíada como Casandra, Briseida y Criseida. Junto a ellos: Ulises, Patroclo, Héctor...
La verdad es que la historia de Casandra es una tragedia de principio a fin. De todos los hijos de Príamo y Hécuba, ella y su hermano Héctor, amén de Paris, son los que sin duda han atravesado los siglos alcanzando la inmortalidad.
CASANDRA
Parece que Casandra era inteligente y rara desde pequeña, pero vaya usted a saber qué entendían por «rara» en aquel entonces.
Sobre Casandra nos llegan versiones contradictorias. Al parecer, se había consagrado como sacerdotisa al dios Apolo y este, que era el dios más guapo entre los dioses, se enamoró de ella, pero como no fue correspondido decidió vengarse y le escupió en la boca con maldición incluida: tendría el don de adivinar el futuro, pero nadie la creería.
La otra versión es que Casandra fue la que sedujo a Apolo y consiguió que él le «regalara» ese don de profetizar el futuro, pero… a la hora de consumar la seducción ella le dejó plantado, lo que enfadó muchísimo al guapo Apolo, y como no podía retirarle el don de adivinar el futuro, añadió como castigo que nadie creyera sus profecías. No sé, no es por colocarme del lado de Casandra, que también, pero esta segunda versión me parece más creíble. Ya se sabe que si los humanos somos capaces de cometer los mayores desatinos por amor, qué no harían los dioses.
La princesa-sacerdotisa Casandra se llevaba fatal con Helena. En realidad, ella advirtió a su padre que no debía mandar a Paris a Esparta para tratar con el rey Menelao porque eso llevaría la destrucción a Troya. Pero ni caso. No le hicieron ni caso. Cuando Paris regresó con Helena, Casandra alzó la voz para señalarla diciendo que la reina de Esparta sería la causa de todas las desdichas. Pero su padre no escuchó tales advertencias. Al parecer, solo había una persona en Troya que se tomaba en serio las predicciones de Casandra: su hermano Héleno. Quizá por eso intentó marcharse en cuanto comenzó la guerra, con tan mala suerte que las tropas de la coalición griega le descubrieron y allí acabó su fuga.
Helena y Casandra se llevaron mal desde el primer momento. Pero si nos ponemos en la piel de Casandra podemos comprender su desesperación. Ella sabía que Troya sería destruida y le profetizó a Eneas que sería el único de los jefes del ejército troyano que lograría sobrevivir a la caída de la ciudad. Por eso, cuando apareció ante las murallas de Troya el caballo de madera ideado por Ulises, instó a hacerlo pedazos, pero los suyos no se lo permitieron.
Cuando los griegos se hicieron con la ciudad, Áyax, el gigante Áyax, no tuvo reparo en violarla pese a que Casandra se había refugiado en el templo de Atenea. A la diosa le sentó fatal que utilizaran su templo para esos menesteres y, aunque hasta aquel momento había ayudado a los griegos, decidió darles una lección y se conchabó con Poseidón para dificultarles el regreso por mar a sus reinos. Y vaya si lo consiguió.
¿Y Casandra? ¿Hizo Atenea algo por Casandra? Pues no. La diosa permitió que se cumpliera el destino del que Casandra sabía que no podía escapar: era parte del botín de guerra y como tal se convirtió en esclava. Como era una mujer bella, le tocó formar parte del lote de cautivos que le correspondía al poderoso rey de Micenas, Agamenón. Pero ella sabía que convertirse en favorita de Agamenón no era ninguna bicoca porque, al poco de que llegaran a Micenas, sería asesinada por la esposa de este, la reina Clitemnestra. ¿Tenía Clitemnestra un motivo especial para odiar a la hija de Príamo? Sin duda fue parte de su venganza contra Agamenón, que no había vacilado en acudir a la guerra de Troya tras entregar como sacrificio a su propia hija para que los dioses les fueran propicios a los griegos y el viento permitiera a sus naves llegar hasta la costa troyana. Si Agamenón se había encaprichado de Casandra, ella también debía sufrir para apaciguar el dolor de la propia Clitemnestra. No, Casandra no podía vivir porque Clitemnestra necesitaba borrar la memoria de Agamenón.
En alguna ocasión he pensado cómo sería, qué sensación experimentaría en caso de conocer el futuro sabiendo que nadie puede zafarse del destino. ¿Maldición o ventaja? La verdad es que creo que Apolo fue realmente cruel condenando a Casandra a saber lo que iba a pasar el resto de su vida, pero sin tener la más mínima oportunidad de cambiar ni una coma de lo previsto por los dioses.
A los seres humanos corrientes nos cabe la esperanza o al menos la ilusión de pensar que tenemos las riendas de nuestra vida, y que los aciertos y los errores son consecuencia de decisiones que hemos adoptado libremente. En realidad, creo no tener dudas de que somos responsables de cuanto hacemos, porque lo contrario sería negar la libertad del hombre.
Pero en otras ocasiones pienso que a lo mejor la maldición que Apolo lanzó a Casandra se ha extendido a todos los humanos y que nuestro destino está escrito sin que apenas podamos cambiarlo.
Intento no ser pesimista, pero ¿y si fuera así?
Me produce tal desazón pensarlo que quizá por eso siento especial debilidad por Casandra, una mujer que sabía que no tenía la menor oportunidad de cambiar su historia, pero tampoco la de los seres que amaba, puesto que al don de la clarividencia se le unía el saber que todas las vidas están predestinadas y que son vanos los sueños y las esperanzas.
BRISEIDA O LA OTRA GUERRA POR UNA MUJER
Si Helena fue el detonante de la guerra entre los griegos y los troyanos, Briseida estuvo a punto de que los griegos perdieran la guerra por el enfrentamiento entre Aquiles, héroe entre los héroes, y Agamenón, rey entre los reyes. Un auténtico duelo de egos.
La Ilíada se detiene en el rapto de Helena, pero sobre todo en las hazañas de los héroes, y entre todos ellos reluce Aquiles, el hombre cuyo liderazgo y valor era admirado por cuantos combatieron frente a las murallas de Troya.
En realidad, Aquiles era un semidiós, puesto que, como recordaba en unas líneas anteriores, su padre, Peleo, rey de Tesalia, era mortal, pero su madre, Tetis, era una diosa.
Como las madres sabemos cómo son nuestros hijos, Tetis sabía que Aquiles sería un ser impulsivo y colérico, y como diosa que era y podía ver el futuro, intentó preservarle de una muerte temprana y por eso le bañó en la laguna Estigia, cuyas aguas tenían el poder de convertir en inmortal a quienes en ellas se sumergían. El problema fue que sujetó al recién nacido por el talón, y ese talón sería el único punto mortal en el cuerpo de su hijo.
Aquiles tuvo como tutor al centauro Quirón, un sabio maestro de héroes. Estaba llamado a ser «el de los pies ligeros», según la descripción de Homero, pero su madre, que, como todas las madres, intentaba proteger a su hijo hasta de él mismo y procuraba alejarle de cualquier peligro, le envió una temporada a la isla de Esciros. Allí tuvo una aventura con Deidamía, hija del rey Licomedes, y el resultado fue un niño, al que pusieron por nombre Neoptólemo, que era rubio como su padre.
En realidad, Aquiles vivió para la gloria. Homero se encargó de que así fuera:
Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles;
la cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos
y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes.
Y sí, fue Briseida la causa de la cólera de Aquiles, la mujer que Agamenón le disputaba, y aquella disputa estuvo a punto de provocar que el viento de la suerte cambiara de rumbo para favorecer a los troyanos en el campo de batalla.
Pero ¿quién era Briseida? ¿Qué tenía aquella mujer para provocar un enfrentamiento feroz entre Agamenón, el más rey de todos los reyes, y Aquiles, el más valiente de todos los héroes?
¿Acaso poseía la belleza de Helena? ¿Era hija de algún dios?
Cuando ya de mayor leí la Ilíada, la figura de Briseida me despertó una profunda curiosidad. No dejaba de preguntarme qué tenía de especial aquella mujer convertida en esclava. Y sin dudar de sus cualidades, llegué a la conclusión de que no era por ella por quien competían Aquiles y Agamenón, sino que ser su dueño indicaba ni más ni menos quién tenía más poder. Así que Briseida era sobre todo un símbolo, y las mujeres sabemos lo mucho que significa para los hombres la simbología del poder. Aún hoy hay hombres que eligen que sus compañeras tengan determinados atributos para evidenciar su poder.
Sabemos que Briseida era hija de un sacerdote de nombre Briseo y que nunca tuvo las riendas de su vida. Siendo una niña la casaron con el rey Mines de Lirneso y, para colmo, Maires, su suegra, no le tenía un ápice de simpatía.
Por si fuera poco, se convertiría en esclava de Aquiles, como parte del botín cuando este y sus hombres derribaron las murallas de Lirneso. Ese día Briseida perdió a sus hermanos luchando contra los mirmidones que obedecían ciegamente a Aquiles.
Y fue testigo de cómo su esposo, el rey Mines, luchó con valor defendiendo su ciudad contra el asalto de Aquiles, y de cómo los aqueos saqueaban la ciudad cargando con cuanto encontraban a su paso. Y entonces le llegó su turno junto al resto de las mujeres, esclavas y señoras. Los hombres las llevaron sin miramientos hasta los barcos como una mercancía más, eran solo parte del botín. Las reglas de la guerra, de cualquier guerra, siempre son iguales: para el vencedor, el botín y la gloria; para quien la pierde, solo un deseo: sobrevivir preguntándose si uno se puede olvidar de quién ha sido.
Qué menos que la mejor parte del botín se la llevara Aquiles y, por tanto, que de entre todas las mujeres le entregaran a Briseida, pues, al fin y al cabo, había sido reina de Lirneso.
Hay un libro de Pat Barker en el que novela la historia de Briseida. Sinceramente, desconozco hasta dónde limita la realidad con la imaginación de la autora, pero sin duda El silencio de las mujeres —que así se titula— resulta conmovedor.
El caso es que otra mujer, la joven Criseida, otra víctima de aquella guerra y de los héroes, fue la causa indirecta de que Agamenón y Aquiles se enfrentaran a causa de Briseida.
Agamenón despreciaba a Clitemnestra, su esposa, y ella le correspondía de igual modo porque su marido había matado a
