Colapso

Jared Diamond

Fragmento

Agradecimientos

Agradecimientos

Reconozco con gratitud las grandes deudas que guardo con muchas personas por las aportaciones que han hecho a este libro. Con todos estos amigos y colegas compartí el placer y la emoción de explorar las ideas aquí expuestas.

Seis amigos que leyeron y criticaron el manuscrito completo obtuvieron una medalla especial al heroísmo: Julio Betancourt, Stewart Brand, mi esposa Marie Cohen, Paul Ehrlich, Alan Grinnell y Charles Redman. También merecen esa misma medalla al heroísmo, y mucho más, mis editores Wendy Wolf, de Penguin Group (Nueva York), y Stefan McGrath y Jon Turney, de Viking Penguin (Londres), y mis agentes John Brockman y Katinka Matson, que, además de leer el manuscrito entero, me ayudaron en miles de aspectos a dar forma a este libro desde que fue concebido inicialmente y a lo largo de todas las fases de su elaboración. Gretchen Daily, Larry Linden, Ivan Barkhorn y Bob Waterman leyeron y criticaron asimismo los últimos capítulos, dedicados al mundo actual.

Michelle Fisher-Casey transcribió todo el manuscrito muchas veces. Boratha Yeang localizó las referencias de los libros y artículos, Ruth Mandel consiguió las fotografías y Jeffrey Ward elaboró los mapas.

Presenté gran parte del material de este libro en dos cursos universitarios consecutivos en la Universidad de California en Los Ángeles, en la que imparto clases en el Departamento de Geografía. También impartí un curso básico en calidad de profesor visitante en un seminario de doctorado del Departamento de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Stanford. Cual voluntariosos conejillos de Indias, todos aquellos alumnos y colegas me brindaron nuevas y estimulantes perspectivas.

Han aparecido versiones iniciales de parte del material de siete capítulos en forma de artículos en la revista Discover, en el The New York Review of Books y en las revistas Harper’s y Nature. Concretamente, el capítulo 12 (dedicado a China) es una versión ampliada de un artículo que escribimos conjuntamente Jianguo (Jack) Liu y yo, el cual esbozó Jack y para el cual fue él quien recopiló la información.

También estoy agradecido a otros amigos y colegas en relación con cada uno de los capítulos. Ellos organizaron de muy diversas formas mis visitas a los países en los que vivían o desarrollaban sus investigaciones, me orientaron sobre el terreno, compartieron pacientemente conmigo su experiencia, me enviaron artículos y referencias, criticaron el borrador del capítulo o hicieron parte o todas estas cosas. Generosamente me dedicaron muchos días o semanas de su tiempo. Mi deuda con ellos es enorme. Son los siguientes para cada uno de los capítulos:

Capítulo 1. Allen Bjergo, Marshall, Tonia y Seth Bloom, Diane Boyd, John y Pat Cook, John Day, Gary Decker, John y Jill Eliel, Emil Erhardt, Stan Falkow, Bruce Farling, Roxa French, Hank Goetz, Pam Gouse, Roy Grant, Josette Hackett, Dick y Jack Hirschy, Tim y Trudy Huls, Bob Jirsa, Rick y Frankie Laible, Jack Losensky, Land Lindbergh, Joyce McDowell, Chris Miller, Chip Pigman, Harry Poett, Steve Powell, Jack Ward Thomas, Lucy Tompkins, Pat Vaughn, Marilyn Wildee y Vern y Maria Woolsey.

Capítulo 2. Jo Anne van Tilburg, Barry Rolett, Claudio Cristino, Sonia Haoa, Chris Stevenson, Edmundo Edwards, Catherine Orliac y Patricia Vargas.

Capítulo 3. Marshall Weisler.

Capítulo 4. Julio Betancourt, Jeff Dean, Eric Force, Gwinn Vivian y Steven LeBlanc.

Capítulo 5. David Webster, Michael Coe, Bill Turner, Mark Brenner, Richardson Gill y Richard Hansen.

Capítulo 6. Gunnar Karlsson, Orri Vésteinsson, Jesse Byock, Christian Keller, Thomas McGovern, Paul Buckland, Anthony Newton e Ian Simpson.

Capítulos 7 y 8. Christian Keller, Thomas McGovern, Jette Arneborg, Georg Nygaard y Richard Alley.

Capítulo 9. Simon Haberle, Patrick Kirch y Conrad Totman.

Capítulo 10. René Lemarchand, David Newbury, Jean-Philippe Platteau, James Robinson y Vincent Smith.

Capítulo 11. Andrés Ferrer Benzo, Walter Cordero, Richard Turits, Neici Zeller, Luis Arambilet, Mario Bonetti, Luis Carvajal, Roberto y Ángel Cassá, Carlos García, Raimondo Gonzalez, Roberto Rodríguez Mansfield, Eleuterio Martinez, Nestor Sanchez, padre, Nestor Sanchez, hijo, Ciprian Soler, Rafael Emilio Yunén, Steve Latta, James Robinson y John Terborgh.

Capítulo 12. Jianguo (Jack) Liu.

Capítulo 13. Tim Flannery, Alex Baynes, Patricia Feilman, Bill McIntosh, Pamela Parker, Harry Recher, Mike Young, Michael Archer, K. David Bishop, Graham Broughton, el senador Bob Brown, Judy Clark, Peter Copley, George Ganf, Peter Gell, Stefan Hajkowicz, Bob Hill, Nalini Klopf, David Paton, Marilyn Renfrew, Prue Tucker y Keith Walker.

Capítulo 14. Elinor Ostrom, Marco Janssen, Monique Borgerhoff Mulder, Jim Dewar y Michael Intrilligator.

Capítulo 15. Jim Kuipers, Bruce Farling, Scott Burns, Bruce Cabarle, Jason Clay, Ned Daly, Katherine Bostick, Ford Denison, Stephen D’Esposito, Francis Grant-Suttie, Toby Kiers, Katie Miller, Michael Ross y muchas personas pertenecientes al ámbito empresarial.

Capítulo 16. Rudy Drent, Kathryn Fuller, Terry Garcia, Francis Lanting, Richard Mott, Theunis Piersma, William Reilly y Russell Train.

Las siguientes personas e instituciones ofrecieron generosamente su apoyo para llevar a cabo estos estudios: Fundación W. Alton Jones, Jon Kannegaard, Michael Korney, Eve and Harvey Masonek and Samuel F. Heyman y Eve Gruber Heyman 1981 Trust Undergraduate Research Scholars Fund, Sandra McPeak, Fundación Alfred P. Sloan, Fundación Summit, Fundación Weeden y Fundación Winslow.

Prólogo. Historia de dos granjas

Prólogo

Historia de dos granjas

Dos granjas · Colapsos, pasado y presente · ¿Paraísos desaparecidos? · Un marco de cinco elementos · Las empresas y el medio ambiente · El método comparativo · Plan de la obra

Hace unos cuantos veranos visité dos granjas productoras de leche, la granja de los Huls y la granja de Gardar, que, pese a distar miles de kilómetros entre sí, se parecían asombrosamente en lo que las hacía fuertes y en sus puntos más vulnerables. Ambas eran con diferencia las granjas más grandes, prósperas y tecnológicamente avanzadas de sus zonas respectivas. En concreto, ambas giraban en torno a un establo de última generación para guarecer y ordeñar las vacas. Aquellas grandes estructuras, claramente divididas en dos hileras de pesebres enfrentados, eclipsaban a todos los demás establos de la zona. Ambas explotaciones dejaban que las vacas pastaran libremente durante el verano en exuberantes prados, cultivaban su propio heno para cosecharlo a finales del verano con el fin de alimentar a las vacas durante el invierno, e incrementaban su producción de pienso para el verano y de heno para el invierno regando sus campos de cultivo. Las dos granjas eran similares en extensión (unos pocos kilómetros cuadrados) y en cuanto al tamaño de los establos; aunque la de los Huls tenía algunas vacas más que la de Gardar (200 frente a 165). A los propietarios de ambas granjas se les consideraba personas destacadas en sus respectivas sociedades. Ambos eran profundamente religiosos. Las granjas estaban situadas en escenarios maravillosos que atraían a turistas desde muy lejos, con el trasfondo de altas montañas coronadas de nieve que desaguaban en arroyos repletos de peces y que descendían hacia un conocido río (en el caso de la granja de los Huls) o fiordo (en el caso de la granja de Gardar).

Estos eran los puntos fuertes de las dos granjas. En lo que se refería a los puntos débiles que compartían, ambas estaban situadas en zonas económicamente poco rentables para la producción de leche, debido a que la alta latitud norte en que se encontraban suponía que la estación veraniega en la que crecían el heno y los prados para pastar era corta. Así pues, dado que incluso en los años buenos el clima dejaba bastante que desear en comparación con el de las granjas lecheras situadas en latitudes más bajas, las granjas eran susceptibles de verse perjudicadas por las variaciones climáticas, y eran la sequía o el frío, respectivamente, las principales preocupaciones de las regiones en que se encontraban la granja de los Huls o la de Gardar. Ambas zonas estaban lejos de centros de población en los que pudieran comercializar sus productos, de modo que los costes y riesgos del transporte las situaban en desventaja comparativa con respecto a zonas situadas en una ubicación más central. Las economías de ambas granjas dependían de factores que escapaban al control de sus propietarios, como la desigual prosperidad y gusto de sus clientes y vecinos. A una escala mayor, la economía de los países en que se encontraban ambas granjas crecía o decrecía conforme aumentaban o desaparecían las amenazas de lejanas sociedades enemigas.

La mayor diferencia entre la granja de los Huls y la de Gardar reside en su condición actual. La granja de los Huls, una empresa familiar propiedad de cinco hermanos y sus cónyuges del valle de Bitterroot del estado de Montana, en el oeste de Estados Unidos, está prosperando, al tiempo que el condado de Ravalli, en el que se encuentra la granja de los Huls, alardea de contar con una de las tasas de crecimiento de población más altas de todos los condados estadounidenses. Tim, Trudy y Dan Huls, que son algunos de los propietarios de la granja, me guiaron personalmente en una visita a su nuevo establo de alta tecnología y me explicaron pacientemente los atractivos y las vicisitudes de la producción de leche en Montana. Resulta inconcebible que Estados Unidos en general y la granja de los Huls en particular se vengan abajo en un futuro previsible. Pero la granja de Gardar, antigua hacienda del obispo noruego del sudoeste de Groenlandia, fue abandonada hace aproximadamente quinientos años. La sociedad de la Groenlandia noruega[1] se vino abajo por completo: sus miles de habitantes murieron de hambre, en disturbios sociales o en guerras contra un enemigo, o emigraron hasta que no quedó nadie vivo. Aunque los sólidos muros de piedra del establo de Gardar y de la cercana catedral de Gardar se mantienen todavía en pie, hasta el punto de que pude contar uno a uno los pesebres, a fecha de hoy no queda ningún propietario que pueda explicarme los antiguos atractivos y vicisitudes de Gardar. Sin embargo, cuando la granja de Gardar y la Groenlandia noruega estaban en su momento cumbre, su declive parecía tan inconcebible como lo parece hoy día el declive de la granja de los Huls y de Estados Unidos.

Me explicaré: al esbozar estos paralelismos entre las dos granjas no estoy afirmando que la granja de los Huls y la sociedad estadounidense estén destinadas a desaparecer. En la actualidad, lo cierto es más bien lo contrario: la granja de los Huls se encuentra en proceso de expansión, las granjas vecinas están estudiando sus avanzadas innovaciones tecnológicas para adoptarlas y Estados Unidos es hoy día el país más poderoso del mundo. Tampoco estoy diciendo que las granjas o las sociedades en su conjunto propendan a desaparecer: mientras que algunas como Gardar ciertamente han desaparecido, otras han sobrevivido de forma ininterrumpida durante miles de años. Más bien, mis viajes a las granjas de los Huls y de Gardar, distantes entre sí miles de kilómetros pero visitadas en un mismo verano, me hicieron caer vivamente en la cuenta de que hasta las sociedades más ricas y tecnológicamente avanzadas se enfrentan hoy día a problemas medioambientales y económicos que no deberían subestimarse. Muchos de nuestros problemas son a grandes rasgos parecidos a los que acechaban a la granja de Gardar y la Groenlandia noruega, y son problemas que también se esforzaron por resolver muchas otras sociedades del pasado. Algunas de estas sociedades fracasaron (como la Groenlandia noruega) y otras triunfaron (como la japonesa y la de Tikopia). El pasado nos ofrece una rica base de datos de la que podemos aprender con el fin de que continuemos teniendo éxito.

La Groenlandia noruega es solo una de las muchas sociedades del pasado que se vinieron abajo o desaparecieron dejando tras de sí ruinas monumentales como las que Shelley imaginó en su poema «Ozymandias». Por colapso me refiero a un drástico descenso del tamaño de la población humana y/o la complejidad política, económica y social a lo largo de un territorio considerable y durante un período de tiempo prolongado. El fenómeno del colapso es por tanto una forma extrema de los diversos tipos de declive más leves, y acaba siendo arbitrario establecer cuán drástico debe ser el declive de una sociedad hasta reunir las características adecuadas que nos permitan calificarlo de «colapso». Algunos de estos tipos de declive más leves son los auges y decadencias secundarios corrientes o las reestructuraciones políticas, económicas y sociales menores de una sociedad determinada; la conquista de una sociedad por parte de otra sociedad vecina, o su declive vinculado al auge del vecino, sin que se altere el tamaño total de la población o la complejidad de la región en su conjunto; y la sustitución o derrocamiento de una elite gobernante por parte de otra. Bajo estos criterios, la mayor parte de la gente consideraría que las siguientes sociedades del pasado fueron famosas víctimas de declives absolutos más que de decadencias menores: los anasazi y los cahokia dentro de las fronteras del actual Estados Unidos, las ciudades mayas de América Central, las culturas moche (o mochica) y tiahuanaco de América del Sur, la Grecia micénica y la Creta minoica en Europa, el Gran Zimbabwe y Meroe en África, Angkor Vat y las ciudades harappa del valle del Indo en Asia y la isla de Pascua en el océano Pacífico (véase el mapa «El mundo. Sociedades prehistóricas, del pasado y del presente»).

Las ruinas monumentales abandonadas por esas sociedades del pasado ejercen sobre todos nosotros una fascinación romántica. Quedamos maravillados cuando de niños sabemos de ellas por primera vez a través de imágenes. Cuando crecemos, muchos de nosotros planeamos unas vacaciones que nos permitan contemplarlas de primera mano como turistas. Nos sentimos atraídos por su inquietante y a menudo espectacular belleza, así como también por los misterios que representan. La escala de las ruinas atestigua la antigua riqueza y poder de sus constructores; la jactancia de ese «considerad mis Obras; rabiad ¡oh Poderosos!», en palabras de Shelley. Sin embargo sus artífices desaparecieron, abandonaron las enormes estructuras que con tanto esfuerzo habían erigido. ¿Cómo una sociedad que en otro tiempo fue tan poderosa pudo acabar derrumbándose? ¿Cuál fue el destino de sus habitantes? ¿Se mudaron, y (en ese caso) por qué, o perecieron de algún modo desagradable? Tras este romántico misterio se esconde una idea acuciante: ¿podría un destino semejante cernirse finalmente sobre nuestra sociedad opulenta? ¿Contemplarán algún día los turistas perplejos los herrumbrosos restos de los rascacielos de Nueva York como contemplamos nosotros en la actualidad las ruinas de las ciudades mayas cubiertas por la jungla?

Durante mucho tiempo se ha sospechado que un gran número de estos misteriosos abandonos estuvieron al menos en parte provocados por problemas ecológicos: la gente destruyó inadvertidamente los recursos naturales de los que dependían sus sociedades. Esta sospecha de suicidio ecológico impremeditado —ecocidio— se ha visto confirmada por los descubrimientos que en décadas recientes han realizado arqueólogos, climatólogos, historiadores, paleontólogos y palinólogos (científicos que estudian el polen). Los procesos a través de los cuales las sociedades del pasado se han debilitado a sí mismas porque han deteriorado su medio ambiente se clasifican en ocho categorías, cuya importancia relativa difiere de un caso a otro: deforestación y destrucción del hábitat, problemas del suelo (erosión, salinización y pérdida de la fertilidad del suelo), problemas de gestión del agua, abuso de la caza, pesca excesiva, consecuencias de la introducción de nuevas especies sobre las especies autóctonas, crecimiento de la población humana y aumento del impacto per cápita de las personas.

Aquellos desmoronamientos del pasado tenían tendencia a seguir cursos en cierto modo similares que constituían variaciones sobre un mismo tema. El aumento de población obligaba a las personas a adoptar medios de producción agrícola intensivos (como el regadío, la duplicación de cosechas o el cultivo en terrazas) y a extender la agricultura de las tierras óptimas escogidas en primer lugar hacia tierras menos rentables con el fin de alimentar al creciente número de bocas hambrientas. Las prácticas no sostenibles desembocaban en el deterioro medioambiental de uno o más de los ocho tipos que acabamos de enumerar, lo cual significaba que había que abandonar de nuevo las tierras poco rentables. Entre las consecuencias para la sociedad se encontraban la escasez de alimentos, el hambre, las guerras entre demasiadas personas que luchaban por recursos demasiado escasos y los derrocamientos de las elites gobernantes por parte de masas desilusionadas. Al final, la población decrecía por el hambre, la guerra o la enfermedad, y la sociedad perdía parte de la complejidad política, económica y cultural que había alcanzado en su momento cumbre. Algunos autores se sienten tentados a establecer analogías entre la trayectoria de las sociedades humanas y la de las propias personas —hablar del nacimiento, crecimiento, madurez, senectud y muerte de una sociedad—, y suponen que el largo período de senectud por el que la mayoría de nosotros atravesamos entre la etapa de madurez y la muerte también puede interpretarse así en el caso de las sociedades. Pero esa metáfora se revela errónea para muchas sociedades del pasado (y para la moderna Unión Soviética): decayeron rápidamente tras alcanzar unas cifras y un poderío cumbres, y esa decadencia súbita debió de constituir una sorpresa y un duro golpe para sus ciudadanos. En los peores casos de colapso absoluto todos los habitantes de la sociedad emigraron o murieron. Es obvio, sin embargo, que esta trayectoria nefasta no es la que han seguido invariablemente todas las sociedades del pasado hasta desaparecer: diferentes sociedades se desmoronaron en diferentes grados y de formas en cierto modo distintas, mientras que muchas sociedades no desaparecieron en absoluto.

El riesgo de sufrir actualmente este tipo de derrumbe preocupa cada vez más; de hecho, eso ya se ha materializado para Somalia, Ruanda y algunos otros países del Tercer Mundo. Muchas personas sospechan incluso que la amenaza del ecocidio para la civilización mundial ha llegado a eclipsar a la de la guerra nuclear y las nuevas enfermedades emergentes. Entre los problemas medioambientales a que nos enfrentamos hoy día se encuentran esos mismos ocho problemas que socavaron a las sociedades del pasado, más otros cuatro nuevos: el cambio climático producido por el ser humano, la concentración de productos químicos tóxicos en el medio ambiente, la escasez de fuentes de energía y el agotamiento de la capacidad fotosintética de la tierra por parte del ser humano. La mayoría de estas doce amenazas, se afirma, se convertirá en un factor determinante al cabo de unos pocos decenios: o resolvemos estos problemas para entonces o los problemas no solo debilitarán a Somalia, sino también a las sociedades del Primer Mundo. Mucho más probable que un escenario catastrófico en el que se produjera la extinción de la humanidad o un colapso apocalíptico de la civilización industrial sería «simplemente» un futuro con niveles de vida significativamente más bajos, con riesgos crónicos más altos y con la destrucción de lo que hoy día consideramos algunos de nuestros valores esenciales. Semejante colapso podría adoptar formas diversas, como la propagación de enfermedades a escala mundial o las guerras desencadenadas en última instancia por la escasez de recursos ambientales. Si este razonamiento es correcto, entonces nuestro esfuerzo en la actualidad determinará el estado del mundo en el que la actual generación de niños y jóvenes vivan su madurez y sus últimos años.

Pero se está discutiendo con vehemencia la gravedad de los problemas medioambientales actuales. ¿Se están exagerando de forma desproporcionada los riesgos o, por el contrario, se están subestimando? ¿Se ajusta a la razón que la actual población humana de casi siete mil millones de personas con su poderosa tecnología moderna esté causando que nuestro entorno se desmorone a escala global a un ritmo mucho más rápido de lo que unos pocos millones de personas con utensilios de piedra y madera ya hicieron que se desmoronara a escala local en el pasado? ¿Solucionará nuestros problemas la tecnología moderna o está creando nuevos problemas más rápidamente de lo que resuelve los antiguos? Cuando agotamos un recurso (por ejemplo, la madera, el petróleo o la pesca), ¿podemos confiar en ser capaces de sustituirlo con algún recurso nuevo (por ejemplo el plástico, la energía eólica y solar o la piscicultura)? ¿Acaso la tasa de crecimiento de la población humana no está declinando, de forma que ya estamos en vías de que la población mundial se estabilice en un número razonable de personas?

Todas estas preguntas ilustran por qué aquellos famosos derrumbamientos de civilizaciones del pasado han adquirido más importancia que la de ser un mero misterio romántico. Quizá podamos sacar más enseñanzas prácticas de todos aquellos colapsos del pasado. Sabemos que algunas sociedades del pasado desaparecieron mientras que otras no lo hicieron; ¿qué favoreció que determinadas sociedades fueran particularmente vulnerables? ¿Cuáles fueron en concreto los procesos mediante los cuales las sociedades del pasado cometieron ecocidio? ¿Por qué algunas sociedades del pasado no consiguieron percibir los desórdenes en que estaban incurriendo y que (diríamos retrospectivamente) debieron de haber sido evidentes? ¿Cuáles fueron las soluciones que tuvieron éxito en el pasado? Si pudiéramos responder a estas preguntas seríamos capaces de identificar qué sociedades corren ahora un riesgo mayor y cuáles serían las mejores medidas para ayudarlas sin esperar a más derrumbamientos como el de Somalia.

Pero también hay diferencias entre el mundo moderno y sus problemas y aquellas sociedades del pasado y los suyos. No deberíamos ser tan ingenuos como para pensar que el estudio del pasado arrojará soluciones sencillas que puedan trasladarse directamente a nuestras sociedades actuales. Nos diferenciamos de las sociedades del pasado en algunos aspectos que nos sitúan en una posición menos arriesgada que la suya; algunos de estos aspectos que a menudo se mencionan son nuestra poderosa tecnología (es decir, sus efectos beneficiosos), la globalización, la medicina moderna y un mayor conocimiento de las sociedades del pasado y de las sociedades modernas remotas. También nos diferenciamos de las sociedades del pasado en algunos aspectos que nos sitúan en una posición más arriesgada que la suya: a ese respecto se menciona de nuevo nuestra potente tecnología (es decir, sus imprevisibles consecuencias destructivas), la globalización (hasta el punto de que hoy día un colapso incluso en la remota Somalia afecta a Estados Unidos y Europa), la dependencia que millones de nosotros (y pronto miles de millones) tenemos de la medicina moderna para sobrevivir, y nuestra mucho mayor población humana. Quizá todavía podamos aprender del pasado, pero solo si reflexionamos con detenimiento sobre las lecciones que nos brinda.

Los esfuerzos por tratar de comprender los colapsos del pasado han tenido que enfrentarse a una controversia principal y a cuatro pequeñas complicaciones. La controversia tiene que ver con la resistencia a la idea de que los pueblos del pasado (algunos de ellos conocidos por ser antecesores de pueblos que en la actualidad perviven y se hacen oír) hicieron cosas que contribuyeron a su propio declive. En la actualidad somos mucho más conscientes del deterioro medioambiental de lo que lo éramos hace unos pocos decenios. Hasta en las habitaciones de hotel vemos hoy día avisos que invocan el amor al medio ambiente para hacernos sentir culpables si solicitamos toallas nuevas o dejamos correr el agua. Provocar el deterioro del medio ambiente se considera en la actualidad moralmente punible.

No es de extrañar que a los indígenas hawaianos y maoríes no les guste que los paleontólogos les digan que sus antecesores exterminaron a la mitad de las especies de aves que habían evolucionado en Hawái y Nueva Zelanda, como tampoco les gusta a los indígenas norteamericanos que los arqueólogos les digan que los anasazi deforestaron parte del sudoeste de Estados Unidos. Esos supuestos descubrimientos de los paleontólogos y arqueólogos suenan a oídos de algunos como un pretexto racista más que esgrimen los blancos para desposeer a los pueblos indígenas. Es como si los científicos estuvieran diciendo: «Sus antepasados fueron malos administradores de sus tierras, de modo que merecieron ser desposeídos». Algunos estadounidenses y australianos blancos, dolidos por el hecho de que el gobierno haya pagado indemnizaciones y devuelto tierras a los indígenas norteamericanos y aborígenes australianos, se aferran ciertamente a esos descubrimientos para fomentar hoy día ese argumento. No solo los pueblos indígenas, sino también algunos antropólogos y arqueólogos que los estudian y se identifican con ellos, consideran que los supuestos descubrimientos recientes son mentiras racistas.

También algunos pueblos indígenas y los antropólogos que se identifican con ellos se sitúan en el extremo opuesto. Insisten en que los pueblos indígenas del pasado eran (y que los actuales todavía son) administradores moderados y ecológicamente prudentes de sus respectivos entornos, conocían y respetaban profundamente la naturaleza, vivían con inocencia en un virtual paraíso y nunca pudieron haber cometido semejantes atrocidades. Como me dijo en una ocasión un cazador de Nueva Guinea: «Si un día consigo matar un pichón grande al salir de nuestra aldea en una determinada dirección, dejo pasar una semana antes de volver a cazar pichones, y cuando lo hago salgo de la aldea en dirección contraria». Solo esos malvados habitantes del moderno Primer Mundo desconocen la naturaleza, no respetan el medio ambiente y lo destruyen.

En realidad, ambas posiciones extremas de esta controversia —la de los racistas y la de los creyentes en los paraísos del pasado— cometen el error de considerar que los pueblos indígenas del pasado eran esencialmente diferentes de los pueblos del moderno Primer Mundo, ya sea por su inferioridad o su superioridad. Gestionar de forma sostenible recursos ambientales ha sido siempre difícil, desde los tiempos en que el Homo sapiens desarrolló el ingenio, la eficiencia y las destrezas de caza modernas hace aproximadamente cincuenta mil años. Desde que hace 46.000 años se produjera la primera colonización humana, la del continente australiano, con la subsiguiente extinción acelerada de la mayor parte de los antiguos marsupiales gigantes y otros grandes animales de Australia, toda colonización humana de una masa de tierra en la que anteriormente no había seres humanos —ya fuera en Australia, América del Norte, América del Sur, Madagascar, las islas del Mediterráneo o Hawái y Nueva Zelanda y docenas de otras islas del Pacífico— vino seguida de una oleada de extinciones de grandes animales. Estos grandes animales habían evolucionado sin temor a los seres humanos y, o bien eran fáciles de matar, o bien sucumbían ante los cambios del hábitat asociados a los seres humanos, las especies pestíferas introducidas o las enfermedades. Cualquier pueblo puede caer en la trampa de sobreexplotar los recursos medioambientales debido a los omnipresentes problemas que analizaremos más adelante en este libro: que los recursos parecen ser en principio inagotablemente abundantes; que los indicios de su incipiente agotamiento aparecen enmascarados durante años o decenios bajo las fluctuaciones habituales de los niveles de recursos; que es difícil conseguir que las personas lleguen a un acuerdo para imponer limitaciones a la recolección de un determinado recurso compartido (la denominada «tragedia de lo común», que expondremos en capítulos posteriores); y que la complejidad de los ecosistemas a menudo provoca que las consecuencias de algunas perturbaciones causadas por los seres humanos sean prácticamente imposibles de predecir incluso para un ecólogo profesional. Los problemas medioambientales que son hoy día difíciles de abordar fueron sin duda aún más difíciles de abordar en el pasado. Especialmente para aquellos pueblos del pasado que no disponían de escritura y no podían leer estudios detallados sobre la desaparición de sociedades, el deterioro ecológico constituyó una consecuencia trágica, imprevista e impremeditada de su tesón, en lugar de una ceguera moralmente culpable o un egoísmo consciente. Las sociedades que acabaron desapareciendo se encontraban (como la maya) entre las más creativas y (durante algún tiempo) avanzadas y triunfantes de sus épocas, en lugar de ser estúpidas y primitivas.

Los pueblos del pasado no eran ni malos gestores ignorantes que merecieran ser exterminados o desposeídos, ni concienzudos ecologistas bien informados que resolvieran problemas que no sabemos resolver en la actualidad. Eran gentes como nosotros, que se enfrentaban a problemas en líneas generales similares a los que nos enfrentamos nosotros hoy día. Tuvieron tendencia a triunfar o a fracasar en función de circunstancias similares a las que nos hacen triunfar o fracasar a nosotros en la actualidad. Sí, hay diferencias entre la situación a que nos enfrentamos hoy día y la que afrontaron los pueblos del pasado; pero, no obstante, sigue habiendo las suficientes semejanzas como para que podamos aprender del pasado.

Por encima de todo, me parece desatinado y peligroso apelar a suposiciones históricas sobre las prácticas medioambientales de pueblos indígenas para avalar que hay que tratarlos con justicia. En muchos o la mayoría de los casos los historiadores y arqueólogos han puesto sobre la mesa abrumadoras evidencias de que esta suposición (la del ecologismo paradisíaco) es errónea. Al invocar esta suposición para propugnar que se trate con justicia a los pueblos indígenas insinuamos que sería correcto maltratarlos si esta suposición quedara refutada. En realidad, las razones en contra de maltratarlos no se basan en ninguna suposición histórica sobre sus prácticas medioambientales; se basan en un principio moral, a saber: que es moralmente incorrecto que un pueblo desposea, subyugue o extermine a otro pueblo.

Esa es la controversia acerca de las catástrofes ecológicas del pasado. En lo que se refiere a las complicaciones, claro está que no es cierto que todas las sociedades estén destinadas a desaparecer a causa del deterioro ecológico: en el pasado algunas sociedades sí lo hicieron, mientras que otras no; la verdadera cuestión es por qué solo algunas sociedades se revelaron frágiles y qué diferenciaba a las que desaparecieron de aquellas otras que no lo hicieron. Algunas de las sociedades que analizaré más adelante, como la de los islandeses o los habitantes de Tikopia, consiguieron resolver problemas medioambientales extremadamente difíciles, con lo cual consiguieron sobrevivir durante mucho tiempo y todavía en la actualidad se mantienen firmes. Por ejemplo, cuando los colonos noruegos de Islandia vieron por primera vez un entorno aparentemente similar al de Noruega pero que en realidad era muy diferente, destruyeron inadvertidamente gran parte de la capa superior del suelo y la mayor parte de sus bosques. Durante mucho tiempo Islandia fue el país de Europa más pobre y más devastado desde el punto de vista ecológico. Sin embargo, los islandeses aprendieron finalmente de la experiencia, adoptaron medidas rigurosas de protección medioambiental y hoy día gozan de una de las rentas per cápita más altas del mundo. Los isleños de Tikopia habitan una diminuta isla tan distante de cualquier vecino que se vieron obligados a volverse autosuficientes para casi todo, pero gestionaron sus recursos a pequeña escala con tal minuciosidad y regularon el tamaño de su población de una forma tan cuidadosa que la isla es todavía productiva después de tres mil años de ocupación humana. Por tanto, este libro no constituye una serie ininterrumpida de deprimentes historias de fracasos, sino que también contiene historias de éxito que nos invitan a ser optimistas y a imitarlas.

Además, no conozco ningún caso en el que el ocaso de una sociedad pueda atribuirse exclusivamente al deterioro medioambiental: siempre intervienen otros factores. Cuando empecé a pensar en este libro no valoré esas complicaciones, y pensaba ingenuamente que la obra trataría simplemente del deterioro medioambiental. Finalmente, construí un marco de posibles factores implicados compuesto por cinco elementos a los que recurriré para tratar de comprender todo tipo de fracaso medioambiental putativo. Cuatro de estos conjuntos de factores —el deterioro medioambiental, el cambio climático, los vecinos hostiles y los socios comerciales amistosos— pueden o no ser relevantes para una determinada sociedad. El quinto conjunto de factores —las respuestas de la sociedad a sus problemas medioambientales— siempre demuestra ser relevante. Veamos estos cinco conjuntos de factores uno a uno, en una secuencia en la que el orden no presupone primacía causal alguna sino únicamente conveniencia en la presentación.

Como ya hemos visto, un primer conjunto de factores está relacionado con el daño que las personas infligen inadvertidamente a su entorno. El grado y la reversibilidad de esos daños dependen en parte de las condiciones que imponen las personas (por ejemplo, cuántos árboles por hectárea cortan al año) y en parte de las condiciones del entorno (por ejemplo, los rasgos que determinan cuántos árboles germinan por hectárea y año y a qué ritmo anual crecen). Estas condiciones medioambientales se denominan «fragilidad» (propensión al deterioro) o «capacidad de recuperación» (potencial para restablecerse tras el deterioro), y se puede hablar independientemente de la fragilidad y la capacidad de recuperación de los bosques, los suelos, la población piscícola, etcétera, de un territorio. Así pues, las razones por las que solo determinadas sociedades sufrieron colapsos ecológicos podrían tener que ver en principio con una excepcional imprudencia de su pueblo, con la excepcional fragilidad de algunos rasgos de su entorno o con ambas a la vez.

El siguiente aspecto de mi marco de cinco elementos es el cambio climático, un término que en la actualidad solemos asociar con el calentamiento global del planeta causado por los seres humanos. En realidad, el clima puede volverse más cálido o más frío, más húmedo o más seco, o más o menos variable en unos u otros meses o años debido a cambios en las fuerzas naturales que determinan el clima y que no tienen nada que ver con los seres humanos. Algunos ejemplos de este tipo de fuerzas son las variaciones del calor generado por el Sol, las erupciones volcánicas que vierten ceniza en la atmósfera, los cambios de orientación del eje de la Tierra con respecto a su órbita y los cambios en la distribución de los mares y la tierra sobre la superficie terrestre. Entre los casos de cambio climático natural analizados con frecuencia se encuentran el avance y retroceso de placas de hielo durante los períodos de glaciaciones hace más de dos millones de años, la que se conoce como Pequeña Glaciación, comprendida aproximadamente entre los años 1400 y 1800, o el enfriamiento global del planeta tras la descomunal erupción del volcán Tambora en Indonesia el 5 de abril de 1815. Aquella erupción inyectó tanta ceniza en la capa superior de la atmósfera que la cantidad de luz solar que alcanzaba la Tierra decreció hasta que la ceniza se asentó, lo cual originó hambrunas generalizadas, incluso en América del Norte y Europa, debido a las bajas temperaturas y a la reducción del rendimiento de las cosechas en el verano de 1816 («el año sin verano»).

Para las sociedades del pasado en las que la longevidad humana era escasa y que carecían de escritura, el cambio climático supuso un problema aún mayor de lo que lo es hoy para nosotros, ya que en muchas partes del mundo el clima tiende a variar no solo de un año a otro, sino también en una secuencia temporal de varios decenios; por ejemplo, varios decenios húmedos seguidos de medio siglo seco. En muchas sociedades prehistóricas el promedio de tiempo de generación humana —la media del número de años transcurridos entre el nacimiento de los padres y los hijos de una persona— era de muy pocos decenios. Por tanto, hacia el final de una secuencia de decenios húmedos la mayor parte de las personas vivas podían no disponer de ningún recuerdo de primera mano del anterior período de clima seco. Incluso hoy día hay una tendencia humana a incrementar la producción y la población durante las décadas de bonanza, olvidando (o, en el pasado, sin llegar a saber nunca) que es poco probable que esos decenios perduren eternamente. Cada vez que acababan los decenios de bonanza, la sociedad descubría que albergaba más población que la que podía soportar o que había adoptado como inveterados hábitos inadecuados para las nuevas condiciones climáticas. (Basta pensar hoy día en el árido oeste estadounidense y sus políticas tanto urbanas como rurales de derroche de agua, impulsadas normalmente en décadas húmedas bajo la suposición tácita de que eran lo habitual.) Para agravar estos problemas de cambio climático, muchas sociedades del pasado no contaban con mecanismos de «alivio del desastre» que permitieran importar a las zonas que estaban sufriendo escasez de alimentos excedentes alimentarios procedentes de otras zonas con un clima distinto. Todas estas consideraciones exponían a las sociedades del pasado a un mayor riesgo ante el cambio climático.

Los cambios climáticos naturales pueden mejorar o empeorar las condiciones en que vive una sociedad humana determinada, y pueden beneficiar a una sociedad al mismo tiempo que perjudican a otra. (Por ejemplo, veremos que la Pequeña Glaciación fue mala para la Groenlandia noruega pero buena para la Groenlandia de los inuit.) Ha habido muchos momentos de la historia en que una sociedad que estaba agotando sus recursos medioambientales pudo compensar las pérdidas mientras el clima fue benigno, pero luego fue conducida al borde del desastre cuando el clima se volvió más seco, más frío, más cálido, más húmedo o más variable. ¿Deberíamos decir entonces que su desaparición estuvo causada por el impacto medioambiental humano o por el cambio climático? Ninguna de estas simples alternativas es correcta. Más bien, si la sociedad no hubiera agotado ya parcialmente sus recursos ambientales podría haber sobrevivido al agotamiento de recursos producido por el cambio climático. O a la inversa, consiguió sobrevivir al agotamiento de recursos autoinfligido hasta que el cambio climático produjo una disminución aún mayor de los recursos. De modo que lo que se reveló fatal no fue uno de los factores tomados de forma aislada, sino la combinación de impacto ambiental y cambio climático.

Una tercera consideración hace referencia a la presencia de vecinos hostiles. Casi todas las sociedades de la historia han estado suficientemente próximas desde el punto de vista geográfico a otras sociedades como para haber tenido al menos algún contacto con ellas. Las relaciones entre sociedades vecinas pueden ser hostiles de forma intermitente o crónica. Una sociedad puede ser capaz de resistir a sus enemigos mientras es fuerte para sucumbir únicamente cuando se ve debilitada por alguna razón, entre las cuales se encuentra el deterioro medioambiental. La causa próxima de la desaparición será entonces la conquista militar, pero la causa última —el factor cuyo cambio desembocó en el ocaso— habrá sido el factor que originó el debilitamiento. Así pues, las desapariciones por razones ecológicas o de otro tipo a menudo se disfrazan de derrotas militares.

La discusión más famosa sobre este posible enmascaramiento se refiere a la caída del Imperio romano de Occidente. Roma se vio cada vez más acuciada por las invasiones bárbaras, pero de forma convencional y un tanto arbitraria se ha adoptado como fecha de la caída del imperio la de 476, el año en que fue depuesto el último emperador de Occidente. Sin embargo, incluso antes del surgimiento del Imperio romano había habido tribus «bárbaras» que vivían en el norte de Europa y Asia Central al otro lado de las fronteras de la Europa mediterránea «civilizada», y que periódicamente atacaban a la Europa civilizada (así como a la China y la India civilizadas). Durante más de mil años Roma consiguió resistir con éxito a los bárbaros, como, por ejemplo, cuando en el año 101 a. C. aniquiló en la batalla de Campi Raudii un enorme contingente invasor de cimbrios y teutones concentrado en la conquista del norte de Italia.

Pero al final fueron los bárbaros en lugar de los romanos quienes ganaban las batallas. ¿Cuál fue la razón fundamental de ese cambio de fortuna? ¿Se debió a transformaciones de los propios bárbaros, como, por ejemplo, que aumentara su número o estuvieran mejor organizados, que dispusieran de mejores armas o más caballos, o que se beneficiaran del cambio climático favorable en las estepas de Asia Central? En ese caso diríamos que los bárbaros podrían considerarse la causa fundamental de la caída de Roma. ¿O fue, por el contrario, que esos mismos antiguos e inalterados bárbaros estaban siempre esperando en las fronteras del Imperio romano y que no consiguieron imponerse hasta que Roma se vio debilitada por una combinación de problemas económicos, políticos, medioambientales y de otro tipo? En ese caso achacaríamos la caída de Roma a sus propios problemas, y los bárbaros asestarían solamente el golpe de gracia. Esta cuestión continúa debatiéndose. En esencia, esta misma cuestión se ha discutido respecto a la caída del Imperio jemer con centro en Angkor Vat en relación con las invasiones de los vecinos tailandeses; respecto al declive de la civilización de Harappa del valle del Indo en relación con las invasiones indoarias; y respecto a la caída de la Grecia micénica y otras sociedades mediterráneas de la Edad del Bronce en relación con las invasiones de los denominados «pueblos del mar».

El cuarto conjunto de factores es el inverso del tercero: decremento del apoyo de vecinos amistosos en contraposición al aumento de ataques por parte de vecinos hostiles. Casi todas las sociedades de la historia han contado en sus alrededores tanto con socios comerciales amistosos como con enemigos. A menudo el socio y el enemigo eran el mismo vecino, cuya conducta oscilaba entre lo amistoso y lo hostil. La mayor parte de las sociedades dependen hasta cierto punto de sus vecinos amistosos, ya sea para importar bienes comerciales esenciales (como en la actualidad las importaciones estadounidenses de petróleo o las importaciones japonesas de petróleo, madera y marisco) o para mantener además lazos culturales que proporcionen cohesión a la sociedad (como la identidad cultural de Australia importada hasta hace poco de Gran Bretaña). Surge, por consiguiente, el riesgo de que si tu socio comercial se ve debilitado por cualquier razón (incluido el deterioro medioambiental) y no puede seguir abasteciéndote de esa importación o ese lazo cultural esencial, tu propia sociedad se vea debilitada como consecuencia de ello. Este es un problema bien conocido en la actualidad debido a la dependencia que el Primer Mundo tiene del petróleo de países ecológicamente frágiles y políticamente agitados del Tercer Mundo que impusieron un embargo de petróleo en 1973. En el pasado surgieron problemas similares para la Groenlandia noruega, los isleños de Pitcairn y otras sociedades.

El último conjunto de factores de este marco de cinco elementos se refiere a la omnipresente cuestión de las respuestas que da la sociedad a sus problemas, tanto si los problemas son medioambientales como si son de otra índole. Sociedades diferentes responden de forma distinta a problemas similares. Por ejemplo, muchas sociedades del pasado sufrieron problemas de deforestación, entre las cuales las tierras altas de Nueva Guinea, Japón, Tikopia y Tonga desarrollaron una gestión forestal acertada y continuaron prosperando, mientras que la isla de Pascua, Mangareva y la Groenlandia noruega no consiguieron desarrollar una gestión forestal adecuada y desaparecieron como consecuencia de ello. ¿Cómo podemos comprender resultados tan dispares? Las respuestas de una sociedad dependen de sus instituciones políticas, económicas y sociales y de sus valores culturales. Esas instituciones y valores influyen en si la sociedad resuelve (o siquiera trata de resolver) sus problemas. En este libro analizaremos el marco de cinco elementos para cada una de las sociedades del pasado cuya desaparición o persistencia se estudia.

Debería añadir, por supuesto, que del mismo modo que el cambio climático, los vecinos hostiles y los socios comerciales pueden o no contribuir al colapso de una determinada sociedad, también el deterioro medioambiental puede o no contribuir a ello. Sería absurdo afirmar que el deterioro medioambiental ha de ser un factor preponderante en todos los colapsos: el derrumbamiento de la Unión Soviética es un contraejemplo moderno, y la destrucción de Cartago a manos de Roma en el año 146 a. C. es uno antiguo. Obviamente, es cierto que los factores militares o económicos pueden bastar. Por tanto, el título completo de este libro podría ser «El colapso de las sociedades originado por algún factor medioambiental, y en algunos casos también por la influencia del cambio climático, los vecinos hostiles y los socios comerciales, además de otros aspectos relacionados con las respuestas ofrecidas por esas sociedades». Esta restricción todavía nos deja abundante material antiguo y moderno que analizar.

Hoy día las cuestiones relacionadas con el impacto ambiental humano suelen ser polémicas, y las opiniones vertidas sobre ellas suelen distribuirse en un espectro que viene delimitado por dos bandos enfrentados. Uno de ellos, habitualmente denominado «ecologista» o «ecológico», sostiene que nuestros actuales problemas medioambientales son graves, que es necesario abordarlos con urgencia y que no se pueden mantener las tasas actuales de crecimiento económico y demográfico. El otro bando sostiene que las preocupaciones de los ecologistas son exageradas, que no tienen justificación, y que el crecimiento económico y demográfico sostenido es al mismo tiempo posible y deseable. Este último bando no tiene asociada una etiqueta comúnmente aceptada, de modo que me referiré a él simplemente como el bando «no ecologista». Sus partidarios proceden sobre todo del mundo de los grandes negocios y la economía, pero la ecuación «no ecologista» = «pro empresarial» es imperfecta; existen muchas personas del ámbito de los negocios que se consideran ecologistas y muchas personas escépticas respecto de las afirmaciones de los ecologistas que no pertenecen al mundo de los grandes negocios. ¿Dónde me sitúo yo con respecto a estos dos bandos para escribir este libro?

Por una parte, soy aficionado a observar las aves desde que tenía siete años. Me formé profesionalmente como biólogo, y durante los últimos cuarenta años he realizado investigaciones sobre las aves de los bosques tropicales de Nueva Guinea. Me encantan las aves, disfruto observándolas y disfruto estando en un bosque tropical. También me gustan otras plantas, animales y hábitats y los valoro en sí mismos. He desarrollado un papel activo en muchas labores de conservación de especies y entornos naturales de Nueva Guinea y de otros lugares. Durante la última docena de años he sido director de la sucursal estadounidense de World Wildlife Fund, una de las organizaciones ecologistas internacionales más grandes y la única con intereses más cosmopolitas. Todo ello me ha supuesto críticas de los no ecologistas, que profieren expresiones como «Diamond siembra el temor», «preconiza el pesimismo», «exagera los riesgos» o «da más importancia a la boca de dragón morada en peligro de extinción que a las necesidades de las personas». Pero aunque amo las aves de Nueva Guinea, amo mucho más a mis hijos, mi esposa, mis amigos, los habitantes de Nueva Guinea y otras personas. Estoy más interesado en cuestiones medioambientales por sus consecuencias visibles para las personas que por sus consecuencias para las aves.

Por otra parte, tengo mucha experiencia, interés e implicación activa en grandes empresas y otras fuerzas de nuestra sociedad que explotan recursos medioambientales y a menudo están consideradas antiecologistas. Cuando era adolescente trabajé en grandes ranchos de ganado de Montana a los que, ya adulto y siendo padre, llevo ahora regularmente a mi esposa y mis hijos para pasar las vacaciones de verano. Durante un verano estuve empleado con un equipo de mineros del cobre de Montana. Adoro Montana y a mis amigos rancheros; comprendo, admiro y simpatizo con su estilo de vida y sus negocios agrícolas, y les he dedicado a ellos este libro. En los últimos años también he tenido muchas oportunidades de contemplar y familiarizarme con otras grandes empresas extractivas del sector de la minería, la madera, la pesca, el petróleo y el gas natural. Durante los últimos siete años he estado haciendo el seguimiento del impacto ambiental del yacimiento productor de petróleo y gas natural más grande de Nueva Guinea, en el que las empresas petroleras han encargado a World Wildlife Fund que brinde asesoramiento sobre cuestiones medioambientales desde una posición independiente. A menudo he sido invitado por las empresas extractivas a sus instalaciones, he hablado mucho con sus directivos y empleados y he llegado a comprender sus puntos de vista y sus problemas.

Aunque estas relaciones con las grandes empresas me han reportado perspectivas detalladas del devastador deterioro medioambiental que con frecuencia originan, también he contemplado de cerca situaciones en las que a las grandes empresas les interesaba adoptar garantías medioambientales más draconianas y efectivas que las que he visto aplicar incluso en los bosques nacionales de Estados Unidos. Estoy interesado en lo que motiva estas diferentes políticas medioambientales de las distintas empresas. Mi colaboración con grandes compañías petroleras concretas me ha supuesto la condena de algunos ecologistas, que profieren frases como «Diamond se ha vendido a las grandes empresas», «se baja los pantalones ante las grandes empresas» o «se prostituye con las compañías petroleras».

En realidad, las grandes empresas no me han contratado y describo francamente lo que veo que sucede en sus instalaciones, aun cuando las visito como invitado suyo. En algunas instalaciones he visto compañías petroleras y empresas madereras que están siendo destructivas, y lo he dicho; en otras las he visto ser cuidadosas, y eso fue lo que dije. Mi punto de vista es que mientras los ecologistas no estén dispuestos a involucrarse con las grandes empresas, que son algunas de las fuerzas más poderosas del mundo moderno, no se podrán resolver los problemas medioambientales del mundo. Por tanto, escribo este libro desde una perspectiva moderada, con experiencia tanto de los problemas medioambientales como de las realidades empresariales.

¿Cómo se puede estudiar «científicamente» la desaparición de sociedades? Con frecuencia se caracter

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