Prólogo
Para quienes cruzábamos la adolescencia a comienzos de la década de los setenta, el golpe de Estado de 1973 remeció nuestras vidas para siempre —como la de todos—, quizás de un modo particular. El país estaba tan polarizado que, mientras para algunos el orden autoritario que emergió significó que se alejaran sus temores, para otros marcó el inicio de sus pesadillas. Pocos fueron indiferentes a los acontecimientos de ese año y los diecisiete que le seguirían.
Como una prueba más de la polarización de la época, la Escuela de Economía de la Universidad de Chile se había dividido durante el gobierno de la Unidad Popular en dos Facultades. En una se continuó enseñando la ciencia económica en su forma tradicional, con un cierto acento hacia la formación neoclásica, mientras en la otra se enseñaba solo economía política marxista. Dos mundos difíciles de conciliar.
Seducido por el sueño de justicia social que caracterizaba a esos tiempos, opté por esa segunda Facultad, la que fue cerrada con el golpe militar. Tras un período de suspensión, algunos pudimos retomar nuestros estudios en una única nueva Facultad de orientación neoclásica. Otros fueron expulsados, muchos partieron exiliados y algunos perdieron la vida. La dictadura marcó así nuestra adolescencia, transformando lo que debía ser una etapa de cuestionamientos, sueños y esperanzas en un intento contra naturam del gobierno autoritario por imponer verdades reveladas.
Quienes nos oponíamos al régimen militar soñábamos con que este tendría un pronto fin y añorábamos la vuelta de la libertad. Pero esta no llegaba. No obstante nuestros anhelos, esfuerzos y acciones, la dictadura parecía no tener fin.
Los años pasaban y continuaba nuestra formación, por lo que debíamos tomar decisiones sobre nuestro futuro laboral. Algunos decidimos profundizar nuestros conocimientos y realizar posgrados en el extranjero, lo que también nos permitiría ampliar nuestra perspectiva y respirar un poco de aire puro. Eso también nos marcó a muchos.
A comienzos de los ochenta el país entró en una gravísima crisis económica, fruto, en importante medida, de la sobreideologización del régimen, así como de su necesidad de legitimación política en una coyuntura internacional que invitaba al endeudamiento y que se detuvo bruscamente. La ciudadanía comenzó a levantarse con decisión contra el régimen militar.
Ante aquel escenario, la recuperación de la libertad volvió a estar en el horizonte corto. Quienes teníamos vocación por las políticas públicas nos sentimos convocados nuevamente a soñar. Múltiples grupos se formaron para trabajar y reflexionar sobre qué debía hacerse cuando la democracia volviera a ser realidad, lo que finalmente ocurriría al concluir la década.
La crisis económica de los ochenta copaba el escenario, por lo que gran parte de nuestra reflexión se concentraba en las medidas de naturaleza macroeconómica que el país debía tomar para salir adelante. Si bien la oposición al dictador había realizado, muchas veces en el exilio, una profunda reflexión sobre la importancia y centralidad de la democracia —que había sido en ocasiones desvalorizada por algunos sectores de la izquierda—, la crisis económica postergó por algún tiempo nuestro debate sobre un eventual nuevo modelo de desarrollo.
Así, recuperada la democracia, la política económica se orientó preferentemente a profundizar el crecimiento, que fue muy elevado, mientras lentamente se rehacía la política social y el control regulatorio que la dictadura había restringido y dejado en casi total laissez faire, respectivamente. En general, predominaba una aproximación más bien pragmática, en importante medida por el temor a que un eventual desorden significara una regresión autoritaria, pero también porque la dictadura se había encargado de dejar muy poco margen de libertad a la política pública para redirigir el rumbo del país.
Pero, y quizás lo más importante, sucedía también que el mundo había cambiado de forma considerable en esos largos años. Nuestra mirada se había hecho crítica respecto de las orientaciones económicas previas al golpe militar y nuestras viejas certezas habían entrado en una profunda crisis. La Unión Soviética estaba colapsando y, en los ochenta, América Latina, no solo Chile, en medio de la crisis de la deuda, había comenzado a replantear radicalmente la estrategia de sustitución de importaciones que la había caracterizado por más de medio siglo.
Sin las seguridades doctrinarias que antes nos había dado la utopía del socialismo de Estado y cuestionada la industrialización sustitutiva, la orientación económica buscó —más bien de manera intuitiva que fruto de una visión de largo plazo— fortalecer el orden macroeconómico, atender parcialmente la deuda social y fomentar las exportaciones, cuyo escaso dinamismo había estado en la base del estrangulamiento externo que nos había impedido crecer en las últimas décadas republicanas.
La verdad es que estábamos bastante lejos de contar con esa visión de largo plazo sobre cómo superar la desigualdad y la falta de desarrollo.
En el plano productivo, por ejemplo, se debatía sobre cuánto y cómo debía involucrarse el Estado en la selección de nuevos sectores potencialmente dinámicos,lo que se conoce como «política industrial». En el plano social, en tanto, se discutía cómo reconfigurar el Estado de bienestar, que había sido intervenido por la dictadura, confinándolo a solo algunos programas de apoyo a la extrema pobreza, mientras la previsión y parte de la educación y la salud eran privatizadas. Pero tampoco el modelo de seguridad social previo parecía ofrecer una respuesta alentadora. Porque, si bien desde los años veinte se había construido un cierto sistema de bienestar, sus bases diferían de los modelos europeos de la posguerra al padecer severas carencias en términos de universalidad y presentar una elevada segmentación y captura. Esta era la consecuencia de una seguridad social que había sido más bien reactiva a las demandas de lo que se llamara la «cuestión social», con diferencias ostensibles en función de la capacidad de presión de distintos grupos, careciendo de una mirada ciudadana y de inversión social.
No obstante no haber resuelto estas disyuntivas, el crecimiento en los primeros años de la nueva democracia era dinámico, el gasto social crecía y la pobreza se reducía de manera muy significativa. En cualquier caso, el manejo macroeconómico —el tema al cual me dediqué en los años noventa desde el Banco Central— continuaba copando gran parte de la atención, pues, a pesar de los enormes avances, las turbulencias externas seguían teniendo efectos de primer orden en el acontecer económico, como ocurriera hacia fines de los noventa con la crisis asiática.
Al comenzar el nuevo siglo, Ricardo Lagos Escobar, un socialista, fue elegido Presidente de la República, casi tres décadas después de la muerte del también socialista Salvador Allende Gossens. Tuve el honor de ser convocado a integrar su equipo económico. Debíamos con urgencia reactivar la economía tras la secuela de la crisis asiática, pero subía ya entonces la demanda por plantear mayores cambios en el plano productivo y social.
En ese último empeño, durante los primeros años de gobierno visitamos Dinamarca, así como otros países medianos y pequeños que habían logrado su desarrollo basados en sus recursos naturales. Íbamos en busca de inspiración, con el propósito de entender cómo lo habían logrado.Queríamos conocer sus modelos sociales, educacionales y científicos y tecnológicos.
En la ocasión se organizó en dicho país un interesante encuentro con la sociedad civil y académica en una destacada universidad. Y a la hora del diálogo, un joven estudiante danés me preguntó por qué Chile, no obstante su progreso macroeconómico seguía siendo un país tan injusto, con la riqueza tan concentrada y tan dependiente de unas pocas exportaciones. A pesar de que la pregunta no era del todo inesperada, tras intentar una respuesta sentí con fuerza la carencia de una buena explicación a ese cuestionamiento. Me pareció inaceptable y algo vergonzante.
Desde entonces no he podido dejar de pensar en eso. Ya no podía satisfacerme la teoría de la explotación del hombre por el hombre derivada de la propiedad del capital o la ausencia de una vibrante industria manufacturera interna, como, de manera sobre simplificada, habría podido contestar antes apoyándome en el marxismo o el estructuralismo de los sesenta. Pero los contrastes entre nuestra estructura económica y social, así como nuestro modo de inserción en la economía internacional, con el país que visitábamos y otros similares eran demasiado evidentes como para desatenderlos.
¿Eran la concentración patrimonial, la aberrante desigualdad, la elevada dependencia de las exportaciones de un puñado de productos, la falta de oportunidades para la mayoría, el mediocre e inestable crecimiento histórico y la permanente tensión social todos parte de un mismo síndrome? ¿Era realmente solo cuestión de tiempo superarlos? ¿Por qué entonces otros países capitalistas no presentaban este síndrome desde hace mucho, contándose entre ellos, además, tanto países manufactureros como otros, en contraste, más bien ligados a las exportaciones basadas en recursos naturales? ¿Por qué entre los que habían hecho esfuerzos infructuosos por desarrollarse en distintas partes del mundo había también algunos que presentaban un significativo despliegue manufacturero, sin que eso los hubiera llevado a la prosperidad del conjunto? ¿Y por qué los países de Sudamérica parecían solo decaer, en especial Argentina y Venezuela, mientras que algunos países antes rezagados en Europa, así como en Asia, Japón y Corea del Sur, seguidos después por Malasia y ahora nada menos que China e India, iban en dirección contraria? ¿No era todo esto una alerta de que ya no seguiríamos naturalmente en una ruta ascendente y de que más temprano que tarde nuestras desigualdades e inserción primaria en el comercio mundial nos volverían a estancar? Demasiadas preguntas sin una clara respuesta.
Me ha tomado años intentar hilar algunas ideas al respecto. Ese es el intento de este libro.
Concluido el gobierno de Lagos hice el primer esfuerzo por ordenar estos conceptos; es por ello que agradezco el apoyo que tuve por algún tiempo de parte de José Luis Machinea, entonces secretario ejecutivo de Cepal. No llegué demasiado lejos pues, por propia decisión, abandoné la Cepal al aceptar el nombramiento por parte de la Presidenta Michelle Bachelet Jeria de la presidencia del Consejo Nacional de Innovación, organismo que junto a Edgardo Boeninger, entre otros, configuramos hacia el final del período de Lagos motivados por estas preguntas. En este consejo continué mis reflexiones, que están reflejadas de alguna manera en los informes sobre una Estrategia Nacional para la Competitividad que entregamos a la Presidenta en los años 2007 y 2008, cuya consulta está disponible.
Pero llegó la Gran Recesión y a mediados de 2008 fui invitado a dirigir el Departamento para el Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional. Nuevamente la macroeconomía, esta vez a escala global y en medio de una crisis, se interponía en mi reflexión.
El resto es historia. En 2013 la Presidenta Michelle Bachelet fue elegida nuevamente y colaboré con ella en los ministerios de Educación, Secretaría General de la Presidencia —cuya labor, de marcado carácter interministerial incluye, entre otras funciones, la de empujar la agenda del gobierno en el Congreso Nacional— y nuevamente Hacienda. Cada una de estas tareas le daban nuevas perspectivas a mi reflexión, si bien me impedían disponer del tiempo para sistematizarlas.
Con todo, esta segunda experiencia de gobierno fue marcadamente diferente a la primera. La economía ya no avanzaba al ritmo de antes, la tensión social se agudizaba y el sistema político trababa un programa de gobierno que se orientaba a transformaciones sociales que alteraran los equilibrios de poder y la desigualdad de oportunidades. A pesar de que la derecha ganó las elecciones siguientes, se podía sentir la tensión económica y social en aumento y la creciente disfuncionalidad del sistema político.
Concluido el gobierno de la presidenta en 2018, me he dedicado a preparar y escribir este ensayo. Los años de reflexión que aquí se condensan me llevaron a concluir que son los entramados institucionales que los países se dan los que finalmente subyacen a la prosperidad y la oferta de oportunidades para que, como diría Amartya Sen, cada cual pueda llevar adelante su proyecto de vida sin que la condición patrimonial de su familia u otras diferencias de raza, credo o género se interpongan en su camino. O, por el contrario, son esas instituciones las que preservan la injusticia social, la desigualdad, la falta de oportunidades y el estancamiento.
Hablamos de instituciones en el sentido desarrollado por Douglas North (1990), como las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana y estructuran incentivos en el intercambio, sea este político, social o económico. Así, las instituciones definen y limitan el conjunto de elecciones de los individuos a objeto de crear orden y reducir la incertidumbre del intercambio. Una parte esencial del funcionamiento de las instituciones es lo costoso que resulta conocer las violaciones a dichas limitaciones y aplicar el castigo. Estas, decía North, «evolucionan de manera incremental, estableciendo una conexión entre el presente y el futuro; en consecuencia, la historia es principalmente un relato de la evolución institucional donde la conducta histórica de las economías solo puede ser comprendida como parte de un relato en secuencia. Las instituciones facilitan la estructura de incentivos de una economía; a medida que la estructura va cambiando, dan forma a la dirección de cambio económico hacia el crecimiento, el estancamiento, o el declive».
Ahora bien, aunque esa noción de carácter general pudiera atraer a muchos, las diferencias escalan cuando nos preguntamos qué determina la formación de estos entramados institucionales y, de forma correspondiente, qué podemos hacer para mejorarlos. Allí reside buena parte de los desacuerdos entre distintas escuelas de pensamiento. ¿Es la cultura, el clima, la geografía o las relaciones de poder entre distintos grupos el factor determinante? Y aún si fuere este último, ¿por qué se configura el poder de una determinada manera? En este último punto tomaremos distancia tanto de la conceptualización neoclásica —que intenta abstraer el tema del poder— como de la escuela marxista, argumentando que, si bien efectivamente determinados grupos se pueden hacer del poder y sojuzgar a otros, como ha sido el caso abrumadoramente mayoritario a través de la historia, el acceso a dicho poder y su mantención admite formas más variadas y complejas que la clásica división capital-trabajo.
Para decantar nuestro punto de vista sobre este complejo tema se nos hizo necesario un largo recorrido histórico, a objeto de ir visualizando cómo se fueron formando las instituciones, por qué difirieron unas de otras en distintos lugares y qué consecuencias tuvo aquello sobre su desarrollo económico. Es en este contexto que insertamos el desarrollo de América Latina y de Chile en particular. Así, finalmente, intentamos una explicación de cuáles serían las causas que subyacen a lo que somos y qué áreas debieran concentrar nuestros esfuerzos para lograr el desarrollo, quimera que por tanto tiempo nos ha resultado esquiva.
En este último sentido, aparece con claridad la contradicción entre nuestras aspiraciones de llegar a ser un país desarrollado y nuestra actual estructura institucional, contenida en lo esencial en la Constitución Política de la República. La carta fundamental refleja una concepción oligárquica de la sociedad y congela nuestro ordenamiento institucional en el estado en que quedó cuando la élite socioeconómica lo pudo imponer por la fuerza —a pesar de las modificaciones que se le han hecho en las décadas democráticas recientes—. Se plantea que es, por lo mismo, imprescindible rehacer el orden institucional para poder seguir progresando. La crisis de gran envergadura que se ha desatado en el país justo al momento en que este libro iba a imprenta es, creemos, una manifestación de esta tensión.
Poner el foco en lo institucional no implica desatender la importancia de la calidad de las políticas públicas. El punto es, sin embargo, que las políticas, adecuadas o inadecuadas, no son libremente formuladas y menos sostenidas, esto es, no surgen de la cabeza de técnicos más o menos documentados que solo busquen el bien común, sino que emanan del poder, de los pesos y contrapesos que fraguan las instituciones. Malas políticas públicas pueden mantenerse por largo tiempo, mientras otras, de gran necesidad y que procuran el bien común, no llegan a formularse o se abandonan prematuramente.
El esfuerzo ha sido intenso, más allá de sus resultados, y lo he combinado casi exclusivamente con la docencia. Es por ello que agradezco a Jaime Ruiz-Tagle, director del Departamento de Economía de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, donde enseño, por haberme facilitado una oficina para trabajar allí, así como el uso de la biblioteca.
Hugo Arias, sobresaliente periodista y amigo, me ha ayudado durante toda esta investigación, desde la discusión del esquema del libro, pasando por el enfoque a algunos temas desarrollados en este y, finalmente, realizando una rigurosa labor de preedición. Mi especial gratitud para él. Agradezco asimismo a Aldo Perán, de Penguin Random House, quien me acompañó, discutió, alentó, apuró y criticó en el proceso, además de llevar a cabo la edición final del libro. Javier Meneses, de Cepal, me ayudó generosa y voluntariamente con el tratamiento de algunos datos de comercio internacional, y a William García,quien estuvo siempre disponible para ayudarme con aspectos constitucionales. Mis agradecimientos también van para ellos.
Finalmente quisiera agradecer el apoyo y los comentarios al borrador de mis colegas y amigo(a)s Jorge Marshall R., Patricio Meller, Bernardita Piedrabuena, Osvaldo Rosales y Rodrigo Valdés. Asimismo a mi círculo de amigos (no economistas) que me animaron y revisaron el borrador.1 Naturalmente los errores son de mi exclusiva responsabilidad (y terquedad).
Nicolás Eyzaguirre G.
Octubre de 2019
Introducción
En su informe de 2018 sobre perspectivas económicas para Latinoamérica y el Caribe, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) realizó un crudo análisis sobre el desarrollo de la región. El documento ahondó en el rol de las instituciones e hizo foco en la creciente brecha que se ha interpuesto entre estas y la ciudadanía, con el consiguiente incremento de la desconfianza y pérdida de legitimidad. Ante este escenario, se propuso una reforma integral del entramado institucional, que se consideró clave para materializar un crecimiento sostenido capaz de llevar a los países del continente a superar «la trampa del ingreso medio», que parece haberlos atrapado, impidiendo el definitivo «salto al desarrollo».
Esta trampa —maldición han dicho algunos— ha operado de forma tal que, al menos desde que tenemos datos —esto es, desde el siglo XIX—, el ingreso por habitante de Latinoamérica y el Caribe no ha logrado separarse de la media mundial. Con pequeños altos y bajos que pronto se revierten, Latinoamérica retorna una y otra vez a la medianía de la tabla de posiciones del desarrollo mundial y no despega, como sí lo han hecho países como Irlanda y un conjunto de economías en el Báltico y en Europa del Este, así como Japón, Corea del Sur y otros estados más pequeños de Asia.
Quizá de forma sorprendente, la OCDE también afirmó que tres países de la región estarían saliendo de este escenario: Chile, Trinidad y Tobago y Uruguay. Dado el pequeño tamaño de las economías de estos dos últimos —que respectivamente representan la undécima y sexta parte del Producto Interno Bruto (PIB) de Chile—, el nuestro sería «el único caso» entre las economías regionales, de mayor tamaño relativo, que finalmente saldría de esta trampa.

La noticia fue recibida en Chile con escepticismo e incredulidad. No es la primera vez que el país parece emparejar su nivel económico con el de las naciones más desarrolladas del mundo aunque, en ocasiones anteriores, los intentos se frustraron.
El acento del análisis de la OCDE y nuestra propia experiencia histórica de frustraciones y porfiada desigualdad nos llevan a preguntarnos si acaso iniciaremos, finalmente, un ascenso definitivo al desarrollo o si, más bien, tendremos que añadir un nuevo capítulo a Chile. Un caso de desarrollo frustrado, el influyente libro que el economista Aníbal Pinto Santa Cruz publicó hace sesenta años. Supone también que una seria evaluación de esta situación —si acaso estamos o no escapando de «la trampa del ingreso medio»— necesite de una pormenorizada y profunda revisión.A esto último intenta dar respuesta este libro.
En efecto, para obtener alguna respuesta que, al menos, disminuya la natural ansiedad que genera esta interrogante, tendremos que emprender un largo viaje. Sucede que el tejido institucional de una nación no se construye en un día y tampoco se modifica «a la carta»: es el reflejo de un conjunto de relaciones diversas y complejas que a su vez evolucionan a lo largo del tiempo. ¿Cómo llegamos a ser lo que somos? ¿Somos realmente un caso relativamente único o no tenemos nada de originales y seguimos patrones que describen también la evolución de otras sociedades que en muchos casos, en diferentes tiempos y lugares, terminaron siendo casos de desarrollo frustrado? Así, para responder ambas preguntas se requiere de este largo recorrido, que comienza en el primer capítulo con la descripción y comparación de nuestra evolución económica con respecto a los países de Latinoamérica y del resto del mundo. Para ello revisaremos la historia del desarrollo global, con el objeto de contextualizar los avatares que han caracterizado la vida nacional. Al final de este capítulo argumentaremos por qué resulta necesario un enfoque de largo alcance, destacando que las distintas concepciones sobre la evolución de la prosperidad económica de cada nación descansan en última instancia no solo en la comprensión de una situación en particular, sino en la visión que se tenga sobre cuáles son los factores centrales que explican nada menos que el progreso material de la humanidad.
En el segundo capítulo optaremos por examinar las principales visiones que se han ofrecido sobre el desarrollo global, encontrándonos con una variada combinación de los más diversos factores que van desde la geografía a la política, pasando por la religión y la cultura. Tras discutir los enfoques más promisorios, y abandonar aquellos que no creemos que se ajustan a la evidencia histórica, en el tercero nos concentraremos en analizar, con esa estructura conceptual, la dinámica económica de América a partir de la conquista europea, así como en algunos rasgos que marcan importantes diferencias en su interior. Allí afirmaremos que es el origen de las instituciones que regulan la acción colectiva, así como las fuerzas que las forjaron y acompañaron en su evolución, aquello que subyace e hila el desarrollo de sus circunstancias materiales.
Por último, en el capítulo cuatro, centraremos la atención en Chile, tras haber abordado de manera detallada el contexto en que se sitúa y el marco analítico que pareciera darle forma. Con ello pretendemos identificar cuáles fueron los patrones institucionales que se impusieron hacia el principio de nuestra vida independiente, para luego seguir su evolución a lo largo estos dos siglos de historia y para preguntarnos qué relación —si acaso hubo alguna— tuvo esta progresión con nuestros patrones institucionales originales. Este recorrido histórico y económico será dividido, como ha sido costumbre, en etapas que siguen los distintos modelos económicos adoptados: el desarrollo «hacia afuera» que nos caracterizó hasta las primeras décadas del siglo XX; el posterior desarrollo «hacia adentro» —conocido también como «estrategia de industrialización»—; el quiebre de la democracia, la dictadura militar y finalmente las tres últimas décadas, de una democracia incompleta que ha traído progreso material pero también nuevas frustraciones.
¿Podremos salir de la trampa de los ingresos medios? ¿Será nuestra estructura institucional lo suficientemente plástica para enfrentar los múltiples problemas que aún tenemos pendientes? ¿Podremos sobrellevar los desafíos derivados de los cambios de envergadura que ya se insinúa experimentará el país y el mundo en las décadas por venir?
Antes de comenzar creemos conveniente hacer tres aclaraciones.
La primera es que la sola medida de disponibilidad promedio de bienes y servicios por habitante, que será muchas veces el indicador que nos guiará, es una aproximación bastante incompleta al concepto de desarrollo. Más allá del debate que continúa sobre los bordes de dicho concepto, nadie aceptaría reducirlo solo al ingreso per cápita. ¿Dónde caben factores claves como la discriminación (o ausencia de ella) de sexo, género, raza o pueblo de origen? ¿O la preservación del medio ambiente? ¿O el problema crítico de la distribución de las oportunidades y los ingresos, a saber, la desigualdad? ¿O la protección a la niñez y la vejez, la seguridad y el respeto a los derechos de las personas? Pues bien, sostendremos a lo largo de este libro que todos estos elementos han de perseguirse de manera conjunta en un modelo de desarrollo inclusivo, y que la prosperidad económica no solo será incompleta, sino que se frustrará totalmente si estas otras dimensiones están ausentes o se rezagan en exceso. Por ello, al hablar de prosperidad nos referiremos, en cierto modo, a todo esto a la vez, decisión que permite soslayar la definición de nuestra particular visión de lo que es el desarrollo, pues consideramos que ni siquiera el ingreso por habitante podrá crecer sostenidamente en ausencia de un progreso armónico en las otras variables mencionadas, más allá de la ponderación que cada cual le dé a cada una de ellas. Al mismo tiempo, reconocemos que con este ejercicio se está invirtiendo el orden habitual, porque a menudo se argumenta que no hay desarrollo posible sin crecimiento. Siendo eso cierto, lo contrario también lo es: no habrá crecimiento económico sostenido en ausencia de un desarrollo inclusivo que lo posibilite. En suma, este marco conceptual nos permite hablar casi indistintamente tanto de la «trampa de ingreso medio» como de la superación de la desigualdad, y por tanto, de toda discriminación y segregación. Ninguna podrá darse sin la otra.
La segunda aclaración es que cuando se evalúe críticamente, en el capítulo cuarto, las distintas estrategias económicas emprendidas en Chile a través de su historia, lo haremos con los ojos de hoy. La evidencia y creencias que rodearon las distintas decisiones en su momento eran claramente diferentes a las que podemos tener hoy día, por lo que la evaluación actual no debe tomarse como un juicio crítico, descontextualizado, a quienes, en su tiempo, tomaron esas decisiones.
La tercera y última es que cuestionar las influencias y objetivos que han perseguido distintos grupos sociales, también en distintos momentos del tiempo, no equivale a calificar éticamente a los individuos que los componen. Cada ser humano vive, piensa y siente conforme las creencias que le fueron heredadas por su entorno social. Aunque todos tenemos cierto margen de libertad para decidir por nosotros mismos, no es infrecuente encontrar personas con gran empatía al sufrimiento de otros que suscriben ideas que algunos podemos considerar conservadoras, excluyentes o incluso clasistas, posiblemente porque visualizan de una cierta manera el funcionamiento de la sociedad. Asimismo, es común encontrar, entre quienes defienden ideas en pro de la justicia social, personas más bien individualistas que no destacan por su lealtad y solidaridad.
Capítulo 1 Desarrollos frustrados. Los últimos no fueron los primeros
1.1 UN ESLABÓN SE PIERDE EN EL CONO SUR
La región latinoamericana ha permanecido virtualmente estancada en un nivel de prosperidad equivalente al promedio mundial (como mostramos en el cuadro I.1). Sin embargo, el caso de las naciones del Cono Sur ha sido diferente. Tras un crecimiento dinámico a lo largo del siglo XIX, prosperaron hasta alcanzar niveles cercanos a los que tenían diversas naciones desarrolladas de la época; pero durante la segunda década del siglo XX, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, su suerte comenzó a cambiar radicalmente y para mal.
A comienzos del siglo XIX tres naciones del Cono Sur habían logrado su independencia política. Argentina y Uruguay eran naciones ya bastante prósperas gracias al temprano desarrollo de su agricultura y ganadería durante el periodo colonial, actividades favorecidas por sus climas templados. Chile, por su parte, y a pesar de las bondades de su clima —también templado en el centro y sur del país—, era todavía una nación pobre que había sido organizada por los colonizadores españoles como una capitanía general, dependiente del Virreinato del Perú. Según los datos del monumental proyecto Maddison,1 los países rioplatenses habían logrado ingresos por habitante (medidos a paridad de poder de compra, ppc) cercanos al del también templado Estados Unidos de Norteamérica. Este último, a su vez, se acercaba ya a los niveles de vida que exhibía Inglaterra, el país más desarrollado del mundo en esa época. Al incluir a Chile, el Cono Sur en su conjunto tenía niveles de ingreso por habitante del orden de los dos tercios de los prevalecientes en Estados Unidos.
Durante el medio siglo siguiente, las economías en cuestión lograron una expansión bastante dinámica, similar a la de Estados Unidos, que, a su vez, ya comenzaba a sobrepasar a Inglaterra, conquistando el liderazgo que mantiene hasta hoy. Chile, por su parte, creció vigorosamente para los estándares de la época y, de tener un ingreso por habitante muy por debajo del promedio del Cono Sur, se acercaba en 1870 a los otros países de la zona. El Cono Sur, por su parte, se distanciaba ostensiblemente del resto de América Latina.
A partir de 1870, en el contexto de una economía global crecientemente abierta y de un auge del transporte interoceánico, y con el impulso de la demanda por materias primas que venía desde Europa, el Cono Sur siguió en alza hasta los inicios de la segunda década del nuevo siglo.2 Para entonces la región mantenía su posición relativa respecto del dinámico Estados Unidos y los ingresos promedio —aunque claramente no su desigual distribución, aspecto que comentaremos extensamente más adelante— se podían homologar a los que exhibían varios países de Europa Occidental (cuadro 1.1.1). Chile se acercaba aún más a sus dos vecinos del este.
Pero la situación cambió radicalmente con las dos guerras mundiales y la gran crisis económica global de 1929. Hacia 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial, el Cono Sur había sufrido, sin estar involucrado en el conflicto, una complicada evolución similar a la de
