La mentira noble

Carlos Peña

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Uno de los registros más antiguos que tenemos del lugar que cabe al mérito en las sociedades humanas se encuentra en la parábola de los talentos, relatada en el Nuevo Testamento por Mateo (25: 14-30) y, en un sentido análogo, por Lucas (19: 11-27). El contenido de la parábola es ampliamente conocido: un hombre que sale de viaje confía su patrimonio al cuidado de sus siervos. El señor, según el relato de Mateo, no distribuyó los talentos en porciones iguales si no en proporción a la capacidad de los siervos: al más capaz le dio cinco; al que seguía en capacidad solo dos y al que menos capacidad tenía, apenas un talento. A la vuelta del viaje evaluó lo que sus siervos habían hecho con sus talentos: premió a quien los había multiplicado y reprendió a quien los había guardado para conservarlos.

La parábola puede ser leída como un elogio o una exaltación del esfuerzo y el cuidado personal. Cada persona sería como un siervo y los bienes que encuentra en la cuna serían el puñado de talentos que se mencionan en el evangelio. Quienes no hagan esfuerzos, los que no se esmeren en cultivar lo que les tocó en suerte, serán «echados a las tinieblas» del fracaso. En cambio, quienes hagan esfuerzos, los que cultiven lo que encontraron al nacer, «entrarán en el gozo» del éxito.

La parábola sería, pues, una invitación a emplear bien aquellos recursos de los que cada uno dispone porque, finalmente, el lugar de cada uno en la escala invisible del prestigio y del poder dependerá del esfuerzo que haya hecho, de la conducta que haya tenido. La vida individual acabaría siempre en una especie de balance, y el fracaso o el éxito serían el debe y el haber de la existencia —en el relato de Mateo, a vuelta de su viaje, el señor se reunió con los siervos y «se puso a ajustar cuentas con ellos»—.

Pero hay otra lectura que ve en la parábola no una exaltación del esfuerzo personal sino, por el contrario, una muestra de su futilidad.

En el relato de Mateo —y que se repite en el evangelio de Lucas— cada siervo recibe los talentos no en proporción a su esfuerzo sino atendiendo a su capacidad. Y como la capacidad es una característica constitutiva que no depende del sujeto que la porta, debido a que él simplemente la recibe, resulta que el señor de la parábola en realidad no atiende al mérito a la hora de premiar o reprochar. El siervo de menor capacidad estaba condenado a recibir menos y a hacer menos con lo que recibió, y el más capaz estaba destinado a recibir más dada su capacidad a lograr, también, más. Los siervos no reciben lo mismo ni en el punto de inicio —cuando el señor distribuye los talentos— ni en el punto de llegada —puesto que a su regreso el señor premia a uno y reprende a otro—. De hecho, el siervo con más capacidad recibió la mayor porción de talentos y fue merecedor del mayor premio. Y si la capacidad de cada siervo no depende de él, entonces, ¿cómo podría hacérseles responsables? Como dice uno de los siervos en la versión de Lucas, es como si el señor esperara «tomar lo que no puso y cosechar lo que no sembró».

Así, la parábola aparenta premiar el mérito y el esfuerzo pero, en realidad, consiente en atar a los siervos a una suerte predestinada.

En la literatura se conoce como «efecto Mateo» a un fenómeno que se observa en casi todas las sociedades: a quienes les va mejor en la vida han recibido en la cuna una dotación inicial mayor. La denominación pertenece a Robert Merton quien, en un artículo hoy día famoso, observó que en el ámbito de la ciencia ocurría algo parecido. Los científicos más reputados recibían más reconocimiento que los científicos menos conocidos a la hora de comunicar un descubrimiento conjunto, sin importar que estos últimos hubieran hecho el aporte más significativo. Llamó así al fenómeno debido a la frase con que concluye la parábola: «a todo el que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene». El efecto Mateo se aplica no sólo a la comunidad de científicos, sino que suele citarse en la distribución de cualquier tipo de recursos.

Esas dos lecturas de la parábola de los talentos —una como exaltación del esfuerzo personal, la otra como confesión del destino al que la sociedad nos ataría— resumen una amplia disputa que tanto en la filosofía política moderna como en las ciencias sociales existe en torno a lo que debe ser considerada una sociedad justa y, por tanto, al lugar que le cabría al mérito en ella.

En efecto, hay quienes piensan que la estructura social es un remedo, por decirlo así, del efecto Mateo: que en ella todo, o casi todo, está dispuesto para reproducir la herencia social o natural. Este punto de vista tiene, desde luego, un muy amplio respaldo en la literatura sociológica que, desde inicios del siglo xx, muestra que las sociedades son una verdadera máquina de producción de diferencias y desigualdades, una máquina que cuenta con ocultos mecanismos para transmitirlas de generación en generación. Como en la parábola de los talentos, cada individuo al llegar a este mundo encontraría junto a su cuna una cantidad distinta de recursos —habría siervos que reciben cinco y otros apenas uno— y al final del camino la proporción que cada uno recibió al nacer en el promedio no se modificaría. Al final de su trayectoria, el que tenía cinco acumuló diez y el otro apenas logró retener aquello que originalmente recibió.

Esta constatación que la sociología verifica —la sociedad empeñada en mantener las diferencias y las desigualdades— funda la crítica a la meritocracia. La meritocracia, se dice, es en realidad un ideal legitimador de la desigualdad. Al presentar el éxito como resultado del esfuerzo olvida —o hace olvidar— que los seres humanos llegamos al mundo provistos de muy diversas dotaciones naturales y sociales. Esas diversas dotaciones serían moralmente arbitrarias y, se sostiene, debieran ser corregidas en base a algún criterio de justicia.

Ese principio es, desde luego, correcto, pero exige que seamos capaces de distinguir qué parte de nuestra trayectoria se debe a factores que no controlamos —los talentos que cada uno recibió— y qué parte, en cambio, al esfuerzo personal. Sólo si somos capaces de distinguir en la trayectoria vital aquello que cada uno recibió de manera involuntaria, lo que fue fruto de la suerte, y aquello que obtuvo como consecuencia de su esfuerzo y decisión, la justicia sería compatible con el valor de la individualidad. De modo que la justicia corregiría la herencia natural o social y, al mismo tiempo, dejaría que cada uno asumiera aquello que se debe a sus decisiones voluntarias. En la parábola de Mateo el señor tuvo en cuenta el desempeño de los siervos, sólo que los talentos de los que los dotó eran desiguales. Si hubiera dado lo mismo a cada uno o si hubiera dado más a los menos capaces al inicio, el resultado diferente entre ellos no sonaría disonante: después de todo cada siervo tendría lo que decidió tener.

Buena parte del debate contemporáneo acerca de la justicia y del mérito se resume en esas dos

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