El ritmo de la guerra (El archivo de las tormentas 4)

Brandon Sanderson

Fragmento

El ritmo de la guerra

Prólogo: Fingir


Siete años antes



Por supuesto que los parshendi querían tocar sus tambores.

Por supuesto que Gavilar les había dicho que podían.

Y por supuesto que ni se le había ocurrido avisar a Navani.

—¿Has visto lo grandes que son esos instrumentos? —preguntó Maratham, pasándose las manos por el cabello negro—. ¿Dónde vamos a colocarlos? Lo tenemos todo más que lleno desde que tu marido invitó a los dignatarios extranjeros. No podemos...

—Organizaremos un banquete más exclusivo en el salón de baile de arriba —dijo Navani manteniendo una actitud tranquila—, y pondremos allí los tambores, junto a la mesa del rey.

En las cocinas estaba todo el mundo al borde del pánico: los pinches corrían de un lado para otro, las cacerolas entrechocaban y los expectaspren emergían del suelo como gallardetes. Gavilar no solo había invitado a los altos príncipes, sino también a sus parientes. Y a todos los altos señores de la ciudad. Y además, quería dar un banquete para mendigos con el doble de los cubiertos habituales. Y para colmo, ¿aquellos tambores?

—¡Ya hemos puesto a todo el mundo a trabajar en el comedor de abajo! —gritó Maratham—. No tengo suficiente personal para...

—Esta noche hay el doble de soldados que de costumbre merodeando por el palacio —dijo Navani—. Que ellos te ayuden a organizarlo.

¿Apostar guardias adicionales, hacer una demostración de poderío? Se podía contar con Gavilar para que hiciera esas cosas.

Para todo lo demás, tenía a Navani.

—Podría funcionar, sí —respondió Maratham—. Mejor poner a esos patanes a trabajar que tenerlos por ahí molestando. ¿Daremos dos banquetes principales, entonces? Muy bien. Más vale que respire hondo.

La menuda organizadora de palacio se escabulló correteando y esquivó por los pelos a un pinche de cocina que cargaba con un enorme cuenco de crustáceos humeantes.

Navani se apartó para dejar pasar al pinche. El hombre inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Ya hacía tiempo que el personal de cocina había dejado de ponerse nervioso cuando entraba ella. Navani les había dejado bien claro que hacer su trabajo con eficacia era reconocimiento suficiente.

A pesar de la tensión subyacente, parecían tenerlo ya todo bajo control, aunque poco antes se habían sobresaltado al descubrir que había tres toneles de grano con gusanos. Por suerte, el brillante señor Amaram había llevado provisiones para sus hombres y Navani había logrado arrancárselas de entre las zarpas. De momento, con los cocineros que habían tomado prestados del monasterio, quizá hasta llegaran a poder alimentar a toda la gente que había invitado Gavilar.

«Tendré que organizar a quién sentamos en qué comedor —pensó Navani mientras salía de la cocina a los jardines de palacio—. Y dejar algo de espacio libre en ambos. ¿Quién sabe cuánta gente más podría presentarse con una invitación?».

Cruzó los jardines cuesta arriba en dirección a las puertas laterales del palacio. Yendo por allí, molestaría menos y no tendría que ir esquivando a sirvientes. Mientras caminaba, comprobó que todas las lámparas estuvieran en su sitio. Aunque el sol aún no se había puesto, quería que el palacio de Kholinar refulgiera esa noche.

Un momento. ¿Esa que estaba de pie cerca de las fuentes era Aesudan, su nuera, la esposa de Elhokar? Se suponía que debía estar dentro, recibiendo a los invitados. La delgada mujer llevaba el largo pelo recogido en un moño iluminado por una gema de cada tonalidad. Tantos colores juntos quedaban chillones, y Navani prefería llevar unas pocas gemas sencillas a juego en torno a un solo color, pero lo cierto era que las suyas hacían destacar a Aesudan mientras charlaba con dos ancianos fervorosos.

Refulgentes y vivas tormentas, ese de ahí era nada menos que Rushur Kris, el artista y maestro artifabriano. ¿Cuándo había llegado? ¿Quién lo había invitado? Tenía en la mano una cajita con una flor pintada. ¿Era posible que fuese... algún fabrial nuevo creado por él?

Navani se descubrió atraída hacia el grupo y olvidando todo lo demás. ¿Cómo había creado Kris el fabrial calentador de forma que pudiera modularse la temperatura? Navani había visto ilustraciones, pero poder hablar con el maestro artesano en persona sería...

Aesudan vio a Navani y sonrió de oreja a oreja. Su deleite parecía auténtico, lo cual era poco frecuente, al menos cuando iba dirigido a Navani. Ella procuraba no tomarse como una afrenta personal la acritud general de Aesudan hacia ella, porque toda mujer estaba en su derecho de sentirse amenazada por su suegra. Sobre todo, teniendo en cuenta la evidente carencia de talentos de aquella chica.

Navani le devolvió la sonrisa e intentó sumarse a la conversación para poder ver más de cerca la caja. Pero Aesudan la cogió del brazo.

—¡Madre! Había olvidado por completo que teníamos que hablar. Qué voluble puedo ser a veces. Lo lamento muchísimo, fervoroso Kris, pero debo marcharme con premura.

Aesudan tiró de Navani, imponiéndose, de vuelta por los jardines hacia la cocina.

—Gracias a Kelek que has aparecido, madre. No sabes lo aburrido que es ese hombre.

—¿Aburrido? —replicó Navani, retorciéndose para echar una mirada hacia atrás—. ¿Estaba hablando de...?

—Gemas. Y más gemas. Y spren, y cajas de spren, y... ¡tormentas! Ese hombre debería haberse dado cuenta. Tengo que hablar con personas importantes. Las esposas de los altos príncipes y de los mejores generales del país, que han venido todos para maravillarse con los parshmenios salvajes. ¿Y a mí me toca quedarme en los jardines dando conversación a fervorosos? Ha sido tu hijo quien me ha abandonado ahí atrás, quiero que lo sepas. Cuando lo encuentre...

Navani se zafó de la presa de Aesudan.

—Alguien debería entretener a esos fervorosos. ¿Por qué han venido?

—Yo qué sé —respondió Aesudan—. Gavilar quería que estuvieran aquí para algo, pero ha enviado a Elhokar a hacerles compañía. ¡Qué mala educación, de verdad!

¿Gavilar había invitado a Kholinar a uno de los artifabrianos más destacados del mundo entero y ni se había molestado en decírselo a Navani? En lo más profundo de su interior se revolvió la emoción, una ira que mantenía cuidadosamente enjaulada bajo llave. ¡Ese hombre! ¡Ese tormentoso hombre! ¿Cómo... cómo había podido...?

A sus pies empezaron a acumularse furiaspren, como charcos de sangre hirviendo. «Tranquila, Navani —dijo la parte racional de su mente—. Quizá pretenda presentarte al fervoroso más tarde, como regalo.» Sofocó el enfado con esfuerzo.

—¡Brillante! —llamó una voz desde la cocina—. ¡Brillante Navani! ¡Ay, por favor! Tenemos un problema.

—Aesudan —dijo Navani, sin apartar la mirada del fervoroso, que había echado a caminar despacio hacia el monasterio—. ¿Te importaría ayudar en la cocina con lo que sea que necesitan? Yo querría...

Pero Aesudan ya había echado a andar con prisa hacia otro grupo en los jardines, que incluía a varios altos señores generales muy poderosos. Navani respiró hondo y contuvo otra punzada de frustración. Aesudan afirmaba preocuparse del decoro y la educación, pero era capaz de inmiscuirse en una conversación masculina sin llevar siquiera a su marido con ella como excusa.

—¡Brillante! —volvió a llam

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