Camelot (Britannia. Libro 2)

Ana Alonso
Javier Pelegrín

Fragmento

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Capítulo 1

Arturo apretó las palmas de las manos contra sus ojos cerrados en busca de alivio. El agudo escozor que sentía le había hecho perder la concentración. Tantas horas de escritura seguidas no podían ser buenas para la vista… ni tampoco para la mente. Necesitaba despejarse para volver más tarde al scriptorium con fuerzas renovadas.

Casi nunca salía al jardín de Camelot. Por eso, cada vez que lo pisaba lo encontraba cambiado. Más frondoso, más rico en matices de verdes diferentes y en aromas de plantas traídas de muy lejos. Gwenn era la que había diseñado los senderos blancos entre bosquecillos de árboles milenarios; y los arcos de las rosaledas, sobre los que crecían innumerables variedades de rosales trepadores; las escaleras de piedra que descendían hacia el estanque; las estatuas de mármol de las fuentes, al estilo de las que podían verse en los antiguos mosaicos de las ruinas de Aquae Sulis… Todo había sido idea suya. Conocía los efectos del velo a la perfección, y sabía cómo utilizarlos para realzar aquí la fragancia de una nueva variedad de magnolia, allí el rojo intenso de las hojas de un arce o la impresión de frescor al aproximarse a un estanque. El resultado era espléndido, había que reconocerlo. Lástima que nunca dispusiesen de un momento para disfrutarlo juntos. Dirigir los destinos de Britannia exigía una dedicación a tiempo completo.

Arturo tomó uno de los senderos blancos que conducían a las terrazas de piedra donde Gwenn había hecho plantar diversas especies exóticas de frutales. La lluvia de la mañana había limpiado la atmósfera, avivando los tonos dorados y cobrizos del otoño. Quizá parte de aquella pureza de los colores se debiese al influjo del velo de Britannia… En cualquier caso, suponía una delicia para los sentidos y un descanso para el alma.

Dejándose llevar por un impulso, Arturo abandonó la gravilla del sendero para adentrarse en el bosquecillo de hayas. La tierra oscura y esponjosa amortiguaba el sonido de sus pasos. La sombra rápida de un pájaro cruzó por debajo del tapiz de hojas de oro que se recortaban contra el cielo gris. Arturo la siguió con la mirada hasta que se perdió entre las ramas de otros árboles más lejanos. Escuchó una secuencia de trinos leves que procedía de aquel mismo punto. ¿Qué especie de ave sería aquella? No se había fijado. Ya nunca se fijaba en esa clase de cosas. Toda su atención permanecía volcada hacia dentro, hasta tal punto que había perdido la capacidad de observar.

Pensó en la despreocupación de otros tiempos, cuando no era más que un viajero desconocido que recorría las regiones del sur y el este del Imperio. Entonces no tenía que dar cuenta a nadie de sus pasos, ni siquiera a sí mismo. Podía dejarse llevar por la inspiración de un instante para cambiar el rumbo de su viaje, podía ir adonde lo llevase el viento. Esos tiempos, por desgracia, no volverían. Ahora que sus sueños se habían cumplido, debía esforzarse día y noche para que su frágil estructura no se derrumbase. La Britannia que él le había devuelto a su pueblo, la que había conseguido reiniciar con el poder de Excalibur, era más poderosa que la anterior, pero también más vulnerable.

Eso era lo que le impedía dormir por las noches. Todo lo que había construido se podía venir abajo en cualquier momento.

Si hubiese sabido proteger mejor a Excalibur… Si no la hubiese perdido…

Un crujido de hojas secas a su espalda le hizo volver la cabeza, sobresaltado. Sus facciones se relajaron al reconocer a su mujer.

—Gwenn —dijo—. Qué susto me has dado… ¿Qué haces aquí?

—Te vi tomar este camino desde la ventana y decidí bajar para pasear un rato contigo. Es tan difícil encontrar un momento para que hablemos…

Arturo la enlazó por la cintura, y continuaron caminando juntos.

—Sabes cómo es esto de escribir en el lenguaje del velo —explicó Arturo—. Por algo los alquimistas lo llaman «código»… Traducir mis pensamientos a esa especie de idioma secreto me deja agotado. Exige una atención absoluta, no puedo distraerme. Y tengo que aprovechar cada minuto… Necesito aprender deprisa para estar preparado cuando Dyenu ataque.

—¿Qué te hace pensar que va a atacar?

—Lo hará antes o después. Lo extraño es que no lo haya hecho ya. Ahora que es libre y que Excalibur ha vuelto a sus manos, lo tiene muy fácil. Le bastaría con destruir la espada para acabar con el velo.

Por un instante solo se oyeron sus pisadas sobre la alfombra de hojas secas.

—A lo mejor ha cambiado de opinión —sugirió Gwenn pensativa—. Quizá le guste lo que hemos hecho con Britannia. Bueno, lo que tú has hecho.

—No fui yo solo. Fue el círculo que se creó alrededor de Excalibur cuando combatí contra Dyenu, y tú también formabas parte.

Gwenn sonrió.

—Sí. Lo hicimos entre todos. A veces todavía me cuesta hacerme a la idea de que Britannia haya podido cambiar tanto. Es una utopía hecha realidad. El velo al alcance de todo el mundo, sin depender de las gemas. Si me llegan a decir que algo así era posible hace dos años, me habría reído.

Arturo notó que la sonrisa de Gwenn buscaba su complicidad, pero no fue capaz de ofrecerle la suya.

—Nosotros no lo hemos hecho, Gwenn. Esta nueva versión del velo… Fueron Uther y Merlín. Nosotros solo la activamos al reiniciar Britannia, pero ni siquiera sabemos cómo funciona. ¿Por qué ya no hacen falta las gemas para conectarse? ¿Por qué ahora el velo llega a todo el mundo, sin diferencia de clase o condición social? Todavía no lo entendemos; y, mientras no lo comprendamos, no sabremos protegerlo.

—¿Y qué te hace pensar que Dyenu sí lo entiende? Él no es un alquimista. Y además, se supone que odia el velo. No creo que sepa cómo funciona.

Arturo meneó la cabeza, poco convencido.

—Yo creo que algo sabe. Si ha renunciado a destruir Excalibur para acabar con Britannia, es porque tiene un plan alternativo. Y esa idea tuya de que puede gustarle la nueva versión del velo…, no sé, no me convence. Él odia el velo, lo dejó bien claro. Y es evidente que también nos odia a nosotros.

Los ojos de Gwenn se alzaron del suelo y se clavaron en algún punto distante entre los árboles. Tenía las cejas levemente fruncidas.

—Todavía no puedo creer que mi madre le ayudase a escapar —murmuró—. No tiene sentido.

Arturo no dijo nada. No quería inquietar a Gwenn compartiendo con ella lo que su padre le había contado sobre el origen de Dyenu, porque tampoco estaba seguro de que fuese cierto. Según sir Héctor, Dyenu era hijo legítimo de Uther y de Igraine. Eso explicaba que Igraine se hubiese arriesgado a robar Excalibur para él y a huir en su compañía.

Quizá su silencio se prolongó más de lo debido, porque Gwenn se detuvo en seco y se desprendió de su abrazo. Cuando se volvió a mirarla, se encontró con aquella expresión dolida que comenzaba a ser habitual en ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ni siquiera me escuchas cuando te hablo. Siempre estás ausente. Pero Britannia también es responsabilidad mía, no solo tuya. Y las decisiones que haya que tomar las tomaremos los dos.

—Nunca he decidido nada sin contar contigo —se defendió Arturo—. Pero no tiene sentido que te cuente los problemas que tengo con el código. No soy un alquimista experto. No soy Uther, ni Merlín. Y necesito aprender lo que ellos sabían si queremos conservar el reino. No sé cómo no entiendes lo difícil que es esto para mí.

—Yo podría ayudarte. También puedo aprender el lenguaje de Britannia, si hace falta.

Arturo comenzó a caminar de nuevo para que Gwenn no tuviese la oportunidad de escrutar su rostro. No quería que notase su irritación. Estaba harto de aquella conversación, que se había repetido infinidad de veces.

—Te necesito al frente de Camelot —replicó con acento cansado—. Esto no funcionará si los dos nos encerramos a estudiar el lenguaje del velo. Gwenn, lo que tú haces es tan importante como lo que hago yo.

—Pues dediquémonos los dos a ambas cosas. Tú asumes una parte de los deberes de la monarquía y yo dedico unas horas del día a estudiar. Es lo justo. Y además, así los dos sabremos de todo, y podremos coordinarnos mejor.

—No —zanjó Arturo con impaciencia—. Tú tendrías que empezar desde cero, no sabes nada del código del velo. Sería una pérdida de tiempo que no nos podemos permitir.

Gwenn le dedicó una sonrisa extraña, amarga.

—La eficacia es lo único que importa, ¿no? —preguntó.

Una ironía casi agresiva empapaba su voz, habitualmente tan dulce.

—Estamos en vísperas de una guerra. La eficacia es importante, sí.

—Hemos firmado la paz con los sajones. Aellas y los suyos están encantados con el pacto que les hemos ofrecido. Disfrutan de la protección del velo como los britanos, y conservan sus propias leyes… ¿De qué guerra me estás hablando, Arturo?

—Te estoy hablando de Dyenu. De lo que puede hacer con Excalibur.

—Estás obsesionado con él —dijo Gwenn—. Dyenu es un hombre solo. No puede causar tanto daño.

—No sabemos si está solo o no. En cualquier momento podría encontrar aliados, armar un ejército contra nosotros. Tiene experiencia y habilidad más que suficiente para eso.

La mirada escéptica de Gwenn se volvió más distante aún al oír sus palabras. Arturo no soportaba aquella lejanía entre los dos. ¿Por qué le costaba tanto que ella entendiese?

Le cogió las manos y la atrajo hacia sí. Ella no se resistió, pero la notó rígida entre sus brazos, incómoda.

—Esta situación pasará, Gwenn. Hay que intentar encontrar el equilibrio. Necesitamos ser más fuertes, ahora que no tenemos a Excalibur. Y se me ha ocurrido una idea para conseguirlo.

—¿Qué idea? —preguntó ella, esperanzada.

Arturo le acarició con suavidad el cabello. Ella se relajó un poco entre sus brazos.

—Perceval —dijo Arturo en un susurro.

Gwenn lo miró con curiosidad.

—No es la primera vez que te oigo pronunciar ese nombre. ¿Quién es, un alquimista?

—No sé quién es, pero necesito averiguarlo. He convocado a todos nuestros consejeros para buscar la manera de dar con ese joven. Vamos a encontrarlo y vamos a traerlo a Camelot… Algo me dice que seremos más fuertes con él.

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Capítulo 2

Arturo entró en la sala del Consejo cuando los demás habían ocupado ya sus sitiales. Únicamente su trono de madera adornado con incrustaciones de marfil permanecía vacío junto al de Gwenn.

Después de saludar a los presentes con un vago gesto de la mano, se apresuró a ocupar su sitio. Gwenn, que llevaba un imponente vestido blanco bordado con hilo de seda rojo, ni siquiera le dirigió una mirada. Se la veía tensa y ansiosa por comenzar la reunión. En cuanto a los demás, respondieron a su saludo con sonrisas e inclinaciones de cabeza. Estaban todos: Gawain, Lance, Yvain y Laudine. Estos últimos se habían sentado juntos y mantenían una conversación privada a media voz, ajenos en apariencia a cuanto ocurría a su alrededor. Arturo los observó con una punzada de envidia. Estaban tan enamorados que no se daban cuenta de que cada uno de sus gestos dejaba traslucir lo que sentían el uno por el otro. Creía recordar que también se había sentido así con Gwenn, al principio… Aunque ellos nunca se habían podido permitir el lujo de ignorar lo que sucedía en torno suyo.

El rumor de las conversaciones se fue apagando poco a poco, hasta que todos los ojos quedaron fijos en él. Incluso Gwenn se giró imperceptiblemente en su trono y le clavó una mirada interrogante. Él había convocado al Consejo, y esperaban que tomase la palabra.

—Amigos —comenzó—. Os he reunido hoy porque tenemos decisiones urgentes que tomar. Hace casi diez meses que Gwenn y yo ocupamos el trono, y desde entonces muchas cosas han cambiado en Britannia. Pero para consolidar estas transformaciones, debemos afianzar nuestro poder. Y esto no lo conseguiremos si seguimos viviendo bajo la amenaza constante de un ataque de Dyenu.

Arturo se detuvo para observar las reacciones de sus compañeros. Lance había asentido levemente al oírle pronunciar el nombre del hijo de Uther. Los dedos de Gawain tamborileaban sobre el brazo de madera de roble de su sitial, como si estuviese ansioso por oír lo que vendría a continuación. Yvain miró de reojo a Laudine, que sonreía con cierto escepticismo.

En cuanto a Gwenn… No consiguió que sus ojos se encontrasen con los de ella. Estaban clavados en el suelo, lo que acentuaba la expresión ausente de su semblante.

—Todos sabéis que llevo meses dándole vueltas a lo que ocurrió con Dyenu durante el duelo del anillo de piedra. Allí logré vencerle y hacerme con el control de Excalibur, pero no lo hice solo. Todos vosotros me ayudasteis. Entre todos formamos un círculo que, de un modo que aún no he conseguido comprender, conectó con el lenguaje interno de Excalibur y logró despertar una nueva versión de Britannia.

—Nunca olvidaré ese momento —murmuró Laudine con expresión soñadora—. Algo dentro de mí oyó la voz del velo. Y tu voz, Arturo. Lo hicimos entre todos.

—Sí, así fue —contestó Arturo—. Y ahora necesito que volvamos a unirnos como lo hicimos entonces para enfrentarnos a la amenaza de Dyenu. Aunque juntos logramos arrebatársela, la espada estaba destinada a obedecerle. Él es el hijo de Uther.

—Quizá ese destino cambió en el momento en que formamos el círculo para quitársela —reflexionó Gawain—. Quizá entre todos reprogramamos la espada. Es posible que ya no le obedezca.

—Incluso aunque no la controle ya, sigue teniendo el poder de destruirla —recordó Lance en tono apagado—. La amenaza es real.

—Lo es —coincidió Arturo—. Por eso estoy dedicando mis días y buena parte de mis noches a aprender el lenguaje de los alquimistas, para poder entender el corazón de Britannia y los motivos por los que ha cambiado. Pero eso no será suficiente cuando llegue el momento. El día en que vencimos juntos a Dyenu, nos ayudó otro caballero; su nombre era Perceval, es todo cuanto sé de él. El círculo no estará completo mientras él no se una a nosotros. Debemos encontrarlo.

—Perceval —repitió Gawain, pensativo—. ¿Es un caballero de Britannia? No me suena su nombre.

—Yo tampoco recuerdo haberlo oído nunca en la corte —dijo Gwenn—. Quizá sea extranjero.

—Perceval —murmuró Yvain, pensativo—. Yo he oído hablar de un Perceval; un hijo del primer matrimonio de Pelinor. Su madre enloqueció de dolor cuando perdió a sus dos hijos mayores en las guerras de Vortigern y se retiró a un valle del norte. El chico se fue con ella… Dicen que se ha criado como un campesino.

—Entonces no puede ser él —razonó Gawain—. ¿Cómo, siendo un campesino, podría haber ayudado a Arturo en el duelo de Dyenu? Es absurdo.

Gwenn lo miró.

—¿Por qué no puede un campesino tener las cualidades necesarias para derrotar al hijo de un rey? No fue solo un duelo de destreza con la espada, Gawain. Cada uno de nosotros aportamos todo lo que sabíamos, lo que éramos. Yo, por ejemplo, nunca he manejado un arma, pero también, al final, formé parte del círculo.

Arturo observó a su esposa de reojo. En alguna ocasión, Gwenn le había expresado sus dudas acerca de si realmente había llegado a formar parte del círculo que derrotó a Dyenu. Para él, en cambio, no existía la menor duda. Gwenn había cerrado el círculo. Y lo había hecho con su compasión, que en el último momento le había impedido matar al hijo de Uther.

—Podría ser ese Perceval —reflexionó Lance—. Solo lo sabremos si damos con él.

—Yo puedo intentarlo —se ofreció Yvain—. Creo que una hermana de mi padre trató a la madre de Perceval cuando aún vivía en Aquae Sulis. Quizá ella sepa cómo encontrarla.

—Yvain, si consigues traer a Perceval a Camelot te lo agradeceré siempre —dijo Arturo—. Te ruego que prepares el viaje para ir en su búsqueda y que partas tan pronto como sea posible. Si pudiera ser esta misma semana…

—No —le interrumpió Laudine con aspereza.

Todos se volvieron a mirar a la dama.

—Antes debe venir conmigo —explicó ella—. La fuente de Barenton nos necesita. Sea lo que sea lo que hemos hecho entre todos al activar una nueva versión de Britannia, es algo que ha alterado profundamente sus aguas. La fuente es memoria de la sabiduría antigua, en ella duermen secretos de aquel mundo perdido que en ningún otro lugar se conservan. Y ahora su fuerza parece haberse descontrolado; los alquimistas de Caleva me enviaron un mensaje alertándome de que por dos veces se han desatado violentas tormentas en Broceliande que han arrasado hectáreas enteras de árboles centenarios. Debo volver allí. E Yvain ha jurado acompañarme y ayudarme a proteger la fuente.

Laudine miró al joven caballero como si estuviese desafiándole a desmentir sus palabras. El indomable Yvain enrojeció.

—Es cierto que lo he jurado —admitió de inmediato—. Y cumpliré mi juramento. Pero esto también es importante, mi señora. Yo os prometo concluir esta misión en el menor tiempo posible y reunirme con vos en Broceliande tan pronto como pueda.

Laudine arqueó las cejas, incrédula.

—¿En un mes?

Yvain sostuvo la mirada de Arturo.

—Es muy poco tiempo —contestó—. Si pudieseis concederme algo más…

Se interrumpió para coger al vuelo, en un acto reflejo, el anillo que Laudine acababa de arrojarle.

—Un mes —repitió la dama, inflexible—. Es todo lo que os concedo, y os entrego este anillo ante todos los presentes como prenda de este compromiso. Si os excedéis un día del plazo que os he marcado habréis perdido mi confianza, y yo sabré que nunca he contado con vuestra lealtad.

Yvain intentó cogerle la mano, pero ella lo rechazó.

—Pero mi señora —se quejó él—, eso es injusto…

—No es un capricho —dijo Laudine, paseando la mirada sobre todos los presentes con expresión retadora—. Conozco a la fuente, he sacrificado los mejores años de mi vida intentando leer en ella. No puedo abandonarla ahora. Y necesito a alguien que se haga cargo de la vigilancia del bosque mientras yo trato de comprender lo que le pasa.

—Hagamos una cosa —decidió Arturo—. Que Lance y Gawain acompañen a Yvain en esta misión. Yvain, en cuanto tengas la información que necesitamos sobre el paradero de Perceval, podrás ir a reunirte con Laudine en Broceliande. Gawain y Lance completarán la búsqueda.

—Yo no iré —dijo Lance sin levantar la voz.

Sus ojos se alzaron, pero no para buscar los de Arturo, sino los de Gwenn. Solo se miraron un instante.

—Encontrar a Perceval puede ser importante, no digo que no —prosiguió Lance rápidamente—. Pero también lo es localizar a Dyenu, y creo que yo puedo intentarlo. Se rumorea que se ha refugiado en la corte de Aellas, en Witancester. Si me dais un salvoconducto para ir a negociar con el rey sajón en vuestro nombre, puedo encontrar la manera de que me lo entregue.

—Eso es muy peligroso —dijo Gwenn—. Los sajones siguen siendo nuestros enemigos, aunque de momento estén respetando la paz que firmaron. No podemos fiarnos de ellos. Aellas sabe que eres uno de los caballeros de nuestra confianza; podría retenerte como rehén, y eso debilitaría nuestra posición.

—Que lo intente si quiere —replicó Lance sonriendo—. Conozco bien a los sajones, sé cómo tratar con ellos. Dejadme probar, al menos. No tenemos nada que perder.

Arturo asintió. Era una buena idea, a pesar de las objeciones de Gwenn… y del malestar que le había producido la actitud de Lance al negarse a acompañar a Yvain.

—Está bien —concedió—. Tendrás tu salvoconducto. Es decir, si la reina está de acuerdo…

Miró a Gwenn, que mantenía los ojos fijos en Lance.

—Firmaré el salvoconducto —afirmó ella con sequedad.

Un silencio incómodo acogió sus palabras. Quizá todos habían notado la tensión entre el rey y la reina. Pero Arturo estaba decidido a impedir que sus problemas conyugales interfiriesen en la reunión. Después de todo, sería la última que celebraría con sus consejeros en una larga temporada, y aún tenía algo importante que comunicarles.

—En cuanto a mí, he decidido trasladarme a Corinium para progresar más rápidamente en mi estudio del velo. Allí están los mejores alquimistas, ellos me ayudarán. La reina se quedará en Camelot para garantizar la estabilidad y el bienestar de Britannia. Esto es lo que hoy quería comunicaros…

—La reina no se quedará en Camelot —le contradijo Gwenn en tono sereno—. Irá con el rey a Corinium. Yo también quiero comprender los entresijos de Britannia, y no estoy dispuesta a quedarme al margen mientras todos actuáis.

—Pero ¿y Camelot? ¿Y la corte? —preguntó Gawain.

—La corte está donde están los reyes, y dondequiera que estemos seguiremos pendientes del bienestar de nuestro pueblo —repuso Gwenn, inflexible—. No me miréis así; soy Gwenn de Gorlois, reina de Britannia por derecho propio…, y nadie de los presentes en esta sala tiene derecho a imponerme sus decisiones; ni siquiera el rey.

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Capítulo 3

En ninguno de sus viajes a lo largo y ancho del Imperio se había encontrado Arturo con una ciudad comparable a Corinium. Su red de canales, que se ramificaba entre las manzanas de casas como lo hacen las arterias dentro del organismo humano, se diferenciaba de las de otras ciudades por el color dorado de sus aguas, teñidas con los residuos de las minas de gemas. Estas minas eran, en realidad, fábricas subterráneas en las que los alquimistas ocultaban sus laboratorios y cadenas de montaje, pero con la llegada de la nueva versión de Britannia, en la que las gemas se habían vuelto inútiles, algunos propietarios habían abierto sus minas al público con la esperanza de ingresar algún dinero por esa vía.

Gwenn no había visitado nunca antes la ciudad, y Arturo no perdía ocasión de espiar sus reacciones ante la belleza decadente de sus calles y plazas. Gwenn era demasiado entusiasta como para guardarse su asombro ante la infinita variedad de edificios, estatuas y monumentos públicos. No se cansaba, por ejemplo, de alabar la sencillez de los palacios que alzaban sus envejecidas fachadas de mármoles verdes y blancos sobre los canales, reflejando en sus cúpulas doradas el sol mortecino del otoño. O el exotismo de los frisos de palmeras pintadas sobre atardeceres rosados en la parte superior de algunas casas… En algunos momentos, parecía olvidar que era la reina y volvía a comportarse como la chiquilla curiosa y sin experiencia que Arturo había conocido en Aquae Sulis.

Sin embargo, en cuanto Arturo intentaba compartir aquel entusiasmo con ella, Gwenn se instalaba en la misma rigidez hosca que había adoptado desde su salida de Camelot. Contestaba con gélida cortesía, asentía a sus explicaciones evitando que sus miradas se encontrasen, y parecía ansiosa por dar fin a la conversación.

El esfuerzo constante de Gwenn por mantener las distancias entre los dos acabó por agotar la paciencia de Arturo. Quizá él había tomado demasiadas decisiones sin consultarla, tal vez se había enfrascado tanto en sus estudios alquímicos que había descuidado su relación con ella; pero, aun así, la reacción de Gwenn le parecía desproporcionada e infantil. No se estaba comportando como una reina; el peligro que se cernía sobre Britannia le importaba menos que la supuesta falta de atención de su esposo. Arturo nunca se había imaginado que Gwenn pudiera exhibir tanta despreocupación por los asuntos de Estado. Se sentía decepcionado: se había casado con ella creyendo que se convertiría en su compañera de proyectos y de fatigas…, no en un obstáculo para atender sus obligaciones.

Así pues, cuando desembarcaron frente al palacio en el que iban a alojarse durante su estancia en la ciudad, Arturo estaba dispuesto a despedirse de su esposa con la misma frialdad que ella había desplegado a lo largo del viaje. Sin embargo, el incidente que se produjo en el muelle a su llegada le hizo cambiar de idea.

Gwenn acababa de descender de la barca alargada que los había transportado, y él estaba a punto de hacerlo cuando media docena de mercaderes ataviados con túnicas de abigarrados colores rodearon a la reina.

—Señora, esperamos que hayáis venido para poner fin a nuestra desgracia —dijo uno de ellos en tono desafiante.

—Desde que subisteis al trono, nuestro negocio ha caído en picado —prosiguió otro—. Estáis regalando a vuestros súbditos algo que no os pertenece. La protección del velo tiene un precio… y nosotros somos los encargados de cobrarlo.

—La protección de Britannia ha dejado de tener un precio —replicó Gwenn sin dejarse amedrentar—. Entiendo el perjuicio que ha supuesto para vosotros, pero debéis comprender que este no es un cambio transitorio, sino definitivo. El velo ahora ya no se vende; se regala.

Mientras Gwenn se defendía con aquellas palabras del acoso de los comerciantes, Arturo saltó al muelle.

—Creía haber dado órdenes para que se nos recibiera como nuestro rango exige —exclamó en un tono tan firme y autoritario que a él mismo le sorprendió.

Uno de los comerciantes, tocado con un birrete de terciopelo azul oscuro, se adelantó para ejecutar ante él una profunda reverencia.

—Señor…, Majestad…, todo está dispuesto tal y como vos ordenasteis. Encontraréis vuestras habitaciones preparadas, los fuegos encendidos y la comida dispuesta. Os aseguro que no tendréis queja del trato recibido en Corinium.

—¿Sois vos Hader Ellwey, el decano del Concilio de la ciudad? Veo que recibisteis mis cartas.

—Las recibimos, Majestad. Y, como os decía, no vais a tener queja de nosotros.

—¿Os atrevéis a decirme eso mientras vuestras gentes rodean a la reina y la asaltan con exigencias inaceptables?

Los comerciantes, mientras tanto, habían ido apartándose de Gwenn para prestar atención a lo que sucedía entre Arturo y el decano del Concilio.

—Perdonad nuestra osadía —se disculpó este inclinándose, a su vez, ante la reina—. Es la esperanza con la que os acogemos lo que nos ha hecho comportarnos de un modo, quizá, no excesivamente civilizado. Hemos sufrido mucho en estos meses de cambios y revoluciones. Esperábamos con verdadera ansiedad vuestra visita, porque necesitamos soluciones urgentes a nuestros problemas. El negocio de las gemas se ha hundido, como sabéis. Comprendemos que es una consecuencia de los nuevos tiempos. Pero la Corona debe entender también que aguardamos una compensación justa por nuestras pérdidas.

—Tendréis vuestra compensación… cuando os deis cuenta de que podéis vender algo mucho más valioso aún que las gemas —dijo Arturo, mirando con expresión risueña a Hader.

El decano del Concilio frunció el ceño.

—¿Qué podemos tener nosotros que valga más que las gemas? No poseemos tierras de cultivo, ni rebaños, ni barcos, ni oro, ni otros metales preciosos. Y sin las gemas…

—Las gemas han perdido su valor, pero el conocimiento para fabricarlas no. Sois los mejores alquimistas de Britannia. ¿Creéis que no se os pagará por vuestro saber?

Los comerciantes se miraron unos a otros, desconcertados.

—Ese saber… Nunca hemos pensado hacerlo público —dijo uno de ellos, vestido con una elegante túnica roja—. Es nuestra propiedad más preciada, lo que los nobles de Corinium dejan en herencia a sus hijos… ¿Por qué íbamos a compartirlo?

—Porque los tiempos han cambiado —contestó Gwenn, adelantándose a Arturo—. Ahora Britannia pertenece a todos, y no tiene sentido ocultar el lenguaje en el que está escrita. Mucha gente querrá pagaros por vuestro saber.

—Sí. Y yo seré el primero —añadió Arturo, agradeciendo con una mirada el apoyo de su esposa—. Quiero que se presente ante mí el mejor de vuestros alquimistas, y que sea lo antes posible. Para eso hemos venido a Corinium: para aprender.

Los mercaderes se miraron unos a otros.

—Mallory sería el más indicado —dijo un anciano mirando a Hader—. Nadie fabricaba gemas como las suyas. Trabajó para mí durante un tiempo. Es un hombre malhumorado y sin modales, pero sabe lo que hace.

—Enviad a buscarlo, y que nos avisen en cuanto llegue.

Hader entró con ellos en el vestíbulo del palacio que les habían asignado como residencia oficial durante su estancia en la ciudad. Una vez dentro, se despidió con una reverencia más, dejándolos a solas ante un ejército de criados que esperaba órdenes.

Fue Gwenn quien se encargó de encomendar a cada uno la tarea que debía realizar. A algunos los envió a mullir las almohadas y los colchones, a otros a avivar el fuego de cada chimenea, y otros recibieron el encargo de disponer la mesa para el almuerzo de mediodía.

Por último, preguntó a la que parecía su nueva doncella personal si había algún jardín o patio en el edificio.

—Hay un jardín en las terrazas superiores, mirando al canal —respondió ella tímidamente—. Si lo deseáis, puedo acompañaros, aunque supongo que preferiréis cambiaros antes…

—No, necesito un poco de aire fresco —contestó la reina, y con una mirada invitó a Arturo a acompañarla.

Subieron juntos la empinada escalera de caracol que conducía a aquel jardín colgado sobre la fachada de la ciudad. Cuando la doncella los dejó a solas, Arturo tomó de la mano a Gwenn.

—Son duros de pelar, ¿eh? —dijo, sonriendo.

Gwenn se encogió de hombros.

—Les hemos quitado su modo de vida. Es lógico que estén descontentos.

Por fin alzó los ojos hacia Arturo. Y él vio en aquellos iris claros moteados de luz la misma compasión que, justo después del combate con Dyenu, le había estremecido por dentro y le había llevado a perdonarle la vida.

—Me gusta cómo eres —dijo en voz baja.

Por primera vez en varios días, ella le sonrió casi con timidez.

—Y a mí me gusta cuando dejas de ser el rey y eres solo Arturo. Mi Arturo.

—Siempre soy tuyo —contestó él con absoluta seriedad.

Gwenn se echó a reír.

—No, Arturo. ¿Mío? Nunca has sido mío. A lo mejor es eso lo que me hace seguir esforzándome por llegar hasta ti, por entenderte.

—Tú puedes llegar a mí siempre, Gwenn. Si no pones barreras, si no te encierras en tu torre de marfil…

—Solo me encierro cuando necesito protegerme.

Arturo le pasó los brazos alrededor de los hombros y la acercó a él. Ella apoyó la cabeza en su pecho, y durante unos instantes permanecieron ambos en aquella posición, sin atreverse a hablar.

—No necesitas protegerte de mí —dijo por fin Arturo con voz ronca—. Yo estoy contigo. Estamos juntos en esto.

Gwenn separó la cabeza de su pecho para mirarle a los ojos.

—Lo sé —murmuró—. Perdóname si a veces lo olvido.

Apartándose de él, avanzó unos pasos por el camino de baldosas de mármol bordeado de altas matas de brezo. Él la siguió hasta un mirador que permitía contemplar los tejados rojos de la ciudad, apretados unos contra otros entre los canales dorados.

Estuvieron observando un buen rato el cielo y las calles de Corinium, hasta que Gwenn se volvió para mirarlo a la cara.

—He estado pensando en tus palabras del otro día, y creo que tienes razón —dijo—. No tiene sentido que yo empiece a estudiar el lenguaje del velo ahora, no hay tiempo para eso. Pero hay otra cosa que puedo hacer. Tú necesitas un profesor de alquimia, y yo puedo proporcionarte al mejor. Al menos, quiero intentarlo.

Arturo sonrió, intrigado.

—¿El mejor profesor de alquimia? ¿De quién me estás hablando?

—De Merlín —respondió Gwenn desplegando a su vez una sonrisa triunfal—. Nadie sabe más que él sobre el lenguaje del velo. Si alguien puede enseñarte lo que necesitas, es

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