I
La Ciudad Alta
El viento en la Ciudad Alta no se parece al viento de otros lugares. En todas partes el viento sopla y la vida sigue: la gente continúa trabajando, comiendo, conversando, blasfemando o peleando. En la Ciudad Alta, en cambio, el viento es una presencia, inexorable y terrible, que transforma todo a su paso. Es fuerte; tan fuerte que podría derribar sin esfuerzo un gran roble, arrancarlo de raíz y lanzarlo por los aires. Es frío; tan frío que las lágrimas se congelan y las puntas de los dedos se vuelven azules e insensibles. Es un viento aterrador, no solo para los extranjeros. Durante las largas horas en que sopla, las personas guardan silencio y se impone la voz fantasmagórica de las ráfagas que recorren los abismos.
El viento arrastra la nieve y el granizo, que puede destrozarle la cara a un hombre si lo encuentra desprotegido. El viento helado nubla la visión de los pobres viajeros a los que sorprende en los caminos misteriosos. El viento extravía a los amigos, separa a los compañeros y lleva a los hombres solitarios a una muerte fría en el fondo de un desfiladero, cubiertos de un sudario blanco de nieve, olvidados en alguna ladera. El viento arruina los árboles frutales y atrofia el trigo y la cebada; el viento mata de frío a los rebaños de ovejas y cabras, y deja con vida solamente a la agreste fauna de las montañas.
El viento erosiona el corazón de los hombres de la misma forma en que por siglos ha erosionado las murallas de piedra de la Ciudad Alta, borrando sus rasgos más sutiles y acogedores, acabando con las grietas donde podría anidar un sentimiento de dulzura o de sencilla frivolidad. El viento deja los corazones lisos y helados, estériles e inexpugnables. El viento hiela, encoge, destroza. Derriba los sueños y deja a su paso la claridad terrible del amanecer, del presente fragilísimo que hace doler los ojos y correr las lágrimas.
La Ciudad Alta es un lugar famoso en el mundo entero; desde el Mar de las Tormentas hasta los puertos fluviales del norte no hay niño que no sueñe con visitar la más elevada de las construcciones de los hombres, la cima del mundo, donde casi se pueden tocar las estrellas. Pero esos niños no han nacido en la ciudad ni han crecido entre sus muros. No han tenido que huir del viento cada noche ni conciliar el sueño entre sus aullidos demoníacos y el salvaje sacudir de los postigos. No han pasado toda la vida comiendo carne de yak —que, aun preparada en mil guisos diferentes, sabe siempre igual— y extrañas papas de color blanco, totalmente insípidas. Esos niños no han esperado ansiosos, año tras año, los deshielos que les permitirán reabastecer las despensas de la ciudad con comida de las llanuras, y sobre todo con madera seca para las chimeneas, de las que depende la vida de todos. Esos niños nunca han sentido el miedo inefable a un invierno largo.
Pensaba en esto cuando la vela se apagó de golpe.
—Chico, enciende otra vela —se escuchó la voz áspera de Doenal en la repentina oscuridad de la habitación.
Tahmuz se movió mecánicamente, como había hecho muchas veces antes, para buscar una vela de cera en el pequeño cofre que había junto al escritorio. Sus manos encontraron también el pedernal y una chispa se levantó; la llama tímida iluminó otra vez la habitación y el rostro de los dos hombres. Doenal estaba muy cerca de la vela, la pipa larga en su mano derecha. Cuando la luz cayó sobre el libro que tenía abierto frente a sí, continuó su lectura en silencio, sin agradecer al muchacho. Tahmuz tampoco esperaba un gesto así.
—¿Cuántas velas quedan? —preguntó Doenal.
—Suficientes —respondió él, lacónico, mientras regresaba a su lecho.
—Eso no es un número. Pregunté cuántas —insistió el hombre, sin despegar la vista de la hoja amarillenta.
—Unas veinte…
—Serán suficientes si el invierno no se alarga.
Luego se hizo otra vez el silencio, o ese rumor parecido al silencio que reinaba sobre la ciudad en las horas de viento. Tahmuz apretó los dientes en la penumbra y empuñó la mano derecha. Era uno de esos momentos en que estaba seguro de que odiaba a Doenal. No recordaba cuándo había empezado a sentirse así. Si bien no era un sentimiento constante, era cada vez más frecuente.
—¿Qué estás leyendo? —le preguntó, sin saber por qué.
—Un libro —respondió Doenal, lanzando una bocanada de humo—. Guarda silencio.
Llevaba años guardando silencio, encendiendo velas, sacudiendo mesas y estanterías, preparando desayunos y almuerzos, avivando el fuego de chimeneas y limpiándolas, lavando ropa y sábanas. A sus quince años, tenía las manos endurecidas por el trabajo doméstico. Doenal se había preocupado de su alimentación, de su salud y de su educación —la gran biblioteca de Doenal había estado siempre a su disposición y el hombre lo había obligado a aprender a leer a edad tan temprana que no recordaba una época en que los libros no fueran su mejor compañía—. Tahmuz sabía que Doenal no era su padre; ni siquiera su pariente. Sabía también que él no era un esclavo y que Doenal no era su amo. Aquel hombre lo había acogido en su casa y había cubierto sus necesidades. Debía estar agradecido. Pero no lo estaba. Solo sentía una gran amargura, una rabia imposible de controlar.
Doenal lanzó otra bocanada. La curva de sus labios delgados se entreveía apenas a la luz de la vela. Débiles hilos de humo salían de esa boca que pocas veces había sonreído y subían entre sus bigotes. Las escasas palabras que Doenal decía nunca eran cariñosas. Es cierto que no lo golpeaba; creía recordar incluso que había sido delicado con él cuando era niño, tomándolo con cuidado entre sus brazos, pero esos gestos están muy lejos de la ternura. De todas formas, ya no importaba. El dolor de darse cuenta de que no tenía un padre, como los demás niños, había pasado o había quedado enterrado hacía mucho. La rabia de esa noche de invierno no tenía que ver con eso. Era una rabia diferente.
¿Qué esperaba de él? ¿Qué quería? ¿Que guardara silencio toda la vida? ¿Que no preguntara nada? «Las respuestas están en los libros», decía Doenal cada vez que Tahmuz le hacía una pregunta. Sacaba de la estantería el tomo correcto, lo abría en la página justa y lo dejaba sobre el escritorio para que Tahmuz lo leyera, sin decir una palabra más. Pero las respuestas que Tahmuz necesitaba no estaban en los libros. A los quince años un chico necesita saber quién es. No le basta el vigor de su cuerpo, no le bastan el cielo infinito ni el horizonte repleto de cumbres nevadas; no le bastan los libros, por más llenos que estén de historias fascinantes y terribles. No le bastan las conversaciones casuales con los amigos ni compartir con ellos un suero de mantequilla. No. Un chico de quince años necesita saber de dónde viene. Y Doenal, que nunca dejó que le faltara comida ni abrigo, que nunca le prohibió lectura o compañía alguna, que en su silencio indiferente era tan generoso como el sol del verano; Doenal, sobre esto, no decía absolutamente nada. Ni una palabra. Y por lo mismo Tahmuz lo odiaba cada día más.
«Esta es la noche», decidió de pronto, y un escalofrío subió por su espalda.
—No —dijo secamente.
El hombre levantó la mirada y clavó sus ojos en los de Tahmuz. Eran celestes, como el cielo despejado, aunque no demasiado grandes. Su pupila estaba muy dilatada, como la de un gato, y a Tahmuz le parecía enorme en la penumbra. Ese pequeño punto negro se tragaba la débil luz de la habitación, con sus colores borrosos y conocidos. Era una mirada pesada y agobiante, que cualquier otro día lo habría obligado a mirar hacia otro lado, cambiar de opinión y guardar silencio, como le había ordenado. Pero esa noche era diferente. Tenía que ser diferente. Sostuvo la mirada y repitió lo que había dicho.
—No guardaré silencio.
Doenal se levantó de su silla. Se puso el libro bajo el brazo, tomó la palmatoria y se dirigió a las escaleras.
—Pues yo necesito silencio para leer —dijo con su voz ronca y tranquila. Una voz triste—. Buenas noches.
Era intolerable. Tahmuz había esperado que su protector se enfureciera ante ese primer acto de rebeldía, después de una vida de ciega obediencia; pero, en cambio, se había puesto de pie y se estaba retirando. Tenía que detenerlo: había quebrado el silencio para hacer espacio a esas preguntas que hasta ahora había albergado adentro suyo y que ahora quería pronunciar.
—¿Quién soy? —Había pensado mucho cómo sacar el tema, pero al final salió todo como una avalancha—. ¿Quién soy? —Doenal se detuvo en seco, sin darse la vuelta—. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Quiénes son mis padres? ¿Por qué vivo aquí contigo?
No estaba gritando, aunque sabía que sus palabras habían tomado un tono muy violento. Pero el silencio de Doenal lo era más. Después de unos segundos, que parecieron muy largos, su voz triste resonó en la habitación.
—Anda a dormir, Tahmuz. Buenas noches.
En un abrir y cerrar de ojos, casi sin pensarlo, Tahmuz atravesó la habitación y trató de tomar a Doenal por el hombro para que no se fuera. Pero justo en ese instante, con una rapidez sorprendente, Doenal giró, escapándose de su agarre y quedando frente a frente con el muchacho. De pronto Tahmuz salió disparado por los aires, arrojado sobre la mesa y las sillas por una fuerza prodigiosa y terrible. Al principio no se dio cuenta de lo que había pasado, pero luego entendió que Doenal le había dado un fuerte puñetazo o un empujón en medio del pecho, que lo había hecho aterrizar justo sobre su jergón de paja. No sentía dolor: solo un terrible asombro y algo de miedo. El hombre lo miraba fijamente, con el rostro iluminado por la vela, que ni siquiera había soltado. Luego volteó y dijo:
—Buenas noches.
—¡Responde, Doenal! ¡Responde, perro! —La rabia se apoderó de él, despejando el miedo y el estupor de una vez, mientras el hombre subía los escalones de madera—. ¡Responde, hijo de perra! ¿Quién soy yo y por qué tengo que vivir aquí contigo? ¿Quiénes son mis padres? —Conforme las palabras iban saliendo, crecía la amargura. Pero Doenal no se detenía ni hablaba—. Si no respondes enseguida, me iré de aquí.
—Vete. —La voz resonó clara, sin una nota de duda o vacilación—. Nunca has sido mi prisionero.
Debía esperar hasta el alba. No por la oscuridad, sino por el viento. La oscuridad no lo asustaba. Era un chico valiente. Tampoco temía vagar por las montañas. El invierno estaba próximo a su fin y sabía que en el camino que subía desde la Ciudad de los Sabios hasta la Ciudad Alta encontraría aldeas de montañeses, con posadas esperando a los primeros viajeros de la temporada.
Hizo su equipaje con calma, llenando una bolsa de cuero con todo lo que consideraba suyo; es decir, únicamente algo de ropa. Todo lo demás era de Doenal y él no deseaba robarle nada al hombre, por más que lo odiara. No quería causarle daño: solo alejarse de él lo más rápido posible.
No había pensado aún dónde ir, pero recordaba muy bien los mapas del mundo que Doenal le había hecho estudiar de memoria. Una vez en la Ciudad de los Sabios tomaría sus decisiones. No comprendía muy bien el sentimiento que tenía mientras doblaba sus cosas. Deseaba irse, con un ímpetu que lo habría hecho salir corriendo por la puerta en ese mismo instante si la prudencia no exigiera esperar hasta el amanecer, y al mismo tiempo tenía miedo. Pero su decisión era firme: partiría con las primeras luces. Desde el segundo piso no venía ni un murmullo, ni un sonido. Doenal era sumamente silencioso y no hizo ningún gesto para disuadir al muchacho. En algún punto, eso sorprendió a Tahmuz y también lo entristeció un poco. Realmente esperaba que su amenaza hubiera sido suficiente para ablandar a su protector; esperaba que el cariño, o por lo menos la fuerza de la costumbre, hubiera podido hacer que intentara evitar su partida. Pero nada. En fin. Eso hacía más fáciles las cosas. Muchas veces había pensado en irse y ahora sus proyectos empezaban a volverse realidad. Debía ser fuerte, luchar contra el miedo a romper con su pasado y contra el miedo al viento de las montañas.
Cuando terminó de armar sus cosas se recostó vestido, muy abrigado, sobre las mantas de su jergón e intentó dormir las pocas horas que le quedaban a la noche. El amanecer lo encontró despierto. Tahmuz se mojó la cara, abrió la puerta y echó a caminar con su bolsa al hombro por las calles desiertas y cubiertas de nieve, en dirección al Portón Bajo.
El paisaje pasaba raudo frente a sus ojos mientras bajaba con pasos largos, casi corriendo, por los callejones de la ciudad. Las casas de piedra se asomaban detrás de altos montículos de nieve: la mayor parte de las puertas y ventanas estaban bloqueadas con madera. Después de todo, la mayoría de aquellas viejas casas de dos y tres pisos estaban completamente vacías. Cada año, más jóvenes se iban, más viejos morían y más casas iban quedando desiertas. Con todo, era una ciudad hermosa y bien construida, que daba fiel testimonio de una época en que se la consideró importantísima, imprescindible, al punto de convocar la atención del mismísimo Príncipe y el trabajo de sus mejores ingenieros. La historia de su construcción, llevada a cabo durante sesenta veranos, era una de las más conocidas en todo el mundo, según Doenal: un verdadero himno a las capacidades del hombre, su imaginación, su valor y su ingenio. Esa mañana, además, se veía particularmente bella, bañada por un tímido sol invernal que brillaba en lo alto del cielo del oriente, lejano y solitario. El aire estaba muy frío y Tahmuz lo sentía en su nariz entrando como un torrente de agua helada, aunque no se fijaba demasiado en ello. Abrigado como estaba, envuelto en su capa de viaje forrada en piel de cabra montesa, iba pensando en muchas otras cosas.
A medida que se acercaba al Portón, su futuro iba exigiéndole más y más claridad. ¿Qué haría? Había abandonado a Doenal por su deseo de descubrir quién era, instigado por la imperiosa necesidad de conocer su propio pasado, así que parecía razonable dedicarse en primer lugar a buscar sus respuestas. Sin embargo, no ignoraba que la vida allá abajo, lejos de la protección del silencioso Doenal, no iba a ser fácil. No solamente estaba el serio problema del dinero —no tenía ni un céntimo de cobre— y, por consiguiente, el del trabajo —en todo caso, podía emplearse fácilmente: sabía leer y escribir, y su protector siempre le había dicho que esas eran habilidades valiosas y extrañas—. Estaba también el problema del transporte.
Tahmuz sabía que allá abajo, más allá de la Ciudad de los Sabios, hacía siglos que no era posible recorrer en paz los antiguos caminos, porque los bárbaros habían caído desde el norte, atravesando las lejanas Montañas Muertas. Hombres de piel oscura y talla corta, con brazos y piernas robustas y cabello tan negro como el plumaje del cuervo, habían huido a través de las montañas —presionados por la invasión de los Condenados—, cayendo como una marea sobre las tierras fértiles y tranquilas de lo que entonces era la gran República de los Cuatro Vientos. Antes de su llegada, en torno a las antiguas ciudades, grandes campos de trigo, cebada y arroz se mecían con la brisa sin que nada ni nadie los amenazara. Había arboledas de frutales y huertos generosos, y más aún, había bosques grandes como selvas y pacíficos como jardines. Dicen que los hombres y las mujeres de antaño podían recorrer el Sur de un extremo al otro, desde las Montañas Muertas hasta la Ciudad de las Tormentas, desde las costas soleadas del oeste hasta los manglares del este, sin temor a ser molestados por nadie. Dicen que era común ver en los días de verano grupos enormes de personas provenientes de las ciudades internarse en el campo y en el bosque, en las praderas y en las colinas, para celebrar alegres fiestas, con danzas y fuegos. En esos días, tanta gente vivía fuera de las ciudades como dentro de ellas, y las puertas permanecían abiertas también durante la noche. Era un tiempo en que la luz de la luna y las estrellas eran suficiente vigilancia. Todos los libros coinciden en recordar aquel lejano tiempo, donde no hubo guerras ni guerreros, como una época dorada: la memoria de los príncipes antiguos permanecía nimbada de quietud y bendición, y sus imágenes venerables y hermosas ilustraban los libros nostálgicamente. Pero todo ello había terminado. Lenta e inexorablemente los bárbaros habían atravesado las Montañas Muertas, provenientes de un lugar que no figuraba en los antiguos mapas. No eran ejércitos ni hordas, sino naciones completas que se desplazaban con la vehemencia de quien se encuentra absolutamente necesitado de hacerlo.
Las informaciones más antiguas dicen que venían mal cubiertos con pieles sanguinolentas, pues no sabían curtir el cuero ni preparar las pieles como es debido, y habían tenido que improvisar abrigos para atravesar las gélidas montañas. Los rostros reducidos y oscuros, extraños, manchados con la sangre de las pieles, hacían una imagen horrorosa. Los Arcontes de las ciudades septentrionales los miraron enseguida con desconfianza y enviaron emisarios a ordenarles que volvieran por donde habían venido, diciéndoles que su estirpe sucia y extraña no era bienvenida en el Sur. Fue inútil al principio, pues los bárbaros no hablaban el mismo idioma que los emisarios. Pero cuando por fin pudieron entenderse, por primera vez se escuchó en el Sur el nombre terrible de los araoikan, que traducido de la lengua de los bárbaros quiere decir «los Condenados». Aquellos pueblos habían sido arrojados de su tierra, expulsados con violencia y terror por unos invasores que provocaban en ellos un horror indescriptible. Sin embargo, los Arcontes se negaron a escuchar razones y amenazaron con expulsarlos por la fuerza si no acataban sus órdenes. Aquello fue un error. La noticia se expandió como un reguero de pólvora entre los bárbaros, entre los cientos de naciones que habían atravesado las montañas y entre los miles que aún se afanaban en el cruce. Desde entonces consideraron enemigos a los hombres blancos, soberbios y egoístas, que no escucharon sus razones y no los recibieron en su necesidad. Las pacíficas naciones de exiliados se convirtieron en hordas rabiosas que se abatieron sobre las tierras del Sur, destruyendo y devorando todo a su paso. Ardieron como hierba seca los campos de trigo y cebada, los arrozales se convirtieron en barriales; los bosques se poblaron de bandas asesinas y los caminos quedaron desiertos. Las ciudades cerraron sus puertas y la marea de los bárbaros estalló contra sus muros y fue contenida: nada podían hacer sus lanzas, mazas, arcos y flechas contra los altos muros de piedra. Sin embargo, en diez años los bárbaros destruyeron lo que generaciones completas habían construido: de la República no quedaba más que el recuerdo y un grupo de ciudades que emergía, como islas, del mar de la barbarie.
La hierba y la maleza crecieron sobre las antiguas carreteras y el Sur se volvió lúgubre y sombrío. Ese era el mundo que esperaba al chico que bajaba de las montañas.
Cuando levantó la vista, alejándose por un minuto de sus propios pensamientos, se dio cuenta de que había llegado al Portón Bajo. Ahí, los guardias se sorprendieron mucho de verlo. Lo conocían desde niño, y cuando les contó su propósito de huir trataron de disuadirlo.
—Todavía falta mucho para que el invierno termine, Tahmuz —le dijo uno, el más anciano de los dos. En realidad, ambos eran muy viejos—. El camino todavía es peligroso, y si la noche te encuentra al descubierto, el viento te matará…
—Lo que cuentan los viejos es cierto: el granizo te separará la carne de los huesos —le dijo el otro, más sombrío— y los zorros blancos se pelearán tus restos. Vuelve a tu casa, chico, y pídele perdón a Doenal por lo que sea que hayas hecho. O por lo menos espera hasta la primavera.
Tahmuz sonrió, sintiendo una extraña alegría al ver la preocupación de ambos por él. Hubiera querido percibir algo de esa misma preocupación en su protector. Pero no tenía caso volver sobre ello.
—¡Exageran, viejos! —les dijo, cariñosamente—. Miden el mundo y sus peligros según sus capacidades. Quizá sea imposible para ustedes, pero ya verán que yo podré. Después de todo, he vivido toda mi vida aquí y conozco estas montañas como la palma de mi mano.
—Las conoces en primavera, Tahmuz —replicó el más viejo—. No en invierno. El invierno no es la primavera. No son las mismas montañas.
Un brillo sombrío y ominoso apareció en la mirada del guardia. El miedo, que Tahmuz se esforzaba por esconder, lo obligó a tragar saliva. No. No podía echarse atrás.
—De todas maneras, me voy ahora —dijo secamente—. Abran el Portón. ¿O soy prisionero aquí?
—No, no lo eres —respondió con un dejo de tristeza el segundo guardia, y entre los dos quitaron la gran traba de madera que cerraba el Portón Bajo.
Los goznes estaban congelados y se requirió toda la fuerza de los fornidos ancianos para abatir las pesadas alas de madera y metal. Luego los tres empujaron con brío para mover la nieve que se había acumulado del otro lado y abrir una pequeña rendija, por donde el chico pudo pasar. Se despidió de los dos ancianos y la puerta volvió a cerrarse detrás de él. Frente a sí se extendía un paisaje absolutamente blanco; aterrador. La nieve lo cubría todo y la palidez del cielo apenas dibujaba los contornos de las cumbres. La nieve recién caída era suave como el polvo y la más ligera brisa la levantaba en pequeños remolinos. Por suerte, Tahmuz recordaba por dónde seguía el sinuoso camino y, confiado en su memoria, se puso a caminar. Debía llevar un buen tranco para que la noche —y la muerte— no fuera a encontrarlo lejos de la primera posada.
Quizás lo más terrible de todo era el silencio. Solo escuchaba su propia respiración y el sonido de sus pasos, pesados y torpes, que se hundían profundamente en la nieve. No había en el mundo entero nada que produjera sonido alguno sino él. Y a su alrededor, el blanco: solo el blanco y la bóveda mortecina del cielo lejano. Pero no podía recular. Sabía que ahí, bajo sus pies, muy profundo, corría el viejo camino de piedra que conectaba la Ciudad Alta con la Ciudad de los Sabios. Sabía que debía vencer el miedo: seguramente pasaría después de unas horas. Se acostumbraría a la soledad, al silencio, al frío que le entumecía la cara y las orejas.
Se echó la capucha sobre la cabeza, se inclinó hacia adelante y siguió la marcha.
Para entretenerse, proyectó sus pensamientos hacia el futuro. El transporte sería un problema si deseaba dejar la región de las Montañas Sagradas… Curioso nombre. ¿Por qué se llamaban así? Hizo memoria y por fin lo recordó: estaba en alguno de los libros de Doenal. Aquellas eran las más altas del mundo conocido. Y entre todas sus cumbres se alzaba el Monte de la Ascensión. La leyenda contaba que aquel que subía hasta la cima dejaba atrás pacíficamente su cuerpo mortal y se convertía en un espíritu puro, ascendiendo como una estrella para decorar eternamente el firmamento incorruptible, con los héroes y los Sabios del pasado, a salvo para siempre del dolor y la muerte, de la duda y del miedo.
Pero lo importante para Tahmuz era lo que se encontraba en las faldas de las Montañas Sagradas. La Ciudad de los Sabios era la capital de la región; bullía de vida y trabajo como ninguna otra. Ahí, los Sabios habían aprendido a extraer carbón de la tierra y utilizaban la energía del calor para mover máquinas maravillosas; carros que se desplazaban sin bueyes ni caballos, capaces de abrir túneles en las montañas con una rapidez inimaginable. Tahmuz no podía expresar la emoción que sentía de solo imaginar esas enormes embarcaciones capaces de navegar entre los vientos y surcar los espacios vacíos del cielo. Nunca había visto una, salvo en las ilustraciones de los libros de Doenal, pero deseaba con toda su alma poder conocerlas. Además, era la mejor posibilidad que tenía de abandonar las Montañas Sagradas. Tendría que hablar con algún capitán en la ciudad y…
Sin darse cuenta cómo, Tahmuz sintió que caía. Su pie derecho había atravesado una capa de nieve endurecida; tropezó y el peso de su cuerpo quebró la débil superficie. Antes de percatarse de lo que estaba sucediendo, Tahmuz se encontraba completamente enterrado en la nieve. Un dolor punzante, más agudo y fuerte que ninguno que hubiera experimentado antes, subía desde su tobillo. Había sentido cómo se torcía al hundirse en la nieve: seguramente estaba dislocado, pensó. Los ojos se le llenaron de lágrimas de rabia y dolor, y lanzó un puñetazo contra la nieve que lo rodeaba, haciendo que aún más nieve cayera sobre él. Arriba, muy arriba, la apertura por la que había caído dejaba ver el cielo pálido, sin una nube, sin un solo pájaro surcándolo. Tahmuz trató de subir, pero la nieve era demasiado blanda, y cada vez que se movía, más nieve caía sobre él, inmovilizándolo y nublándole la vista. Además, apoyar el tobillo herido le causaba un dolor imposible de soportar. Cuando la rabia fue pasando, empezó a darse cuenta de su situación: iba a morir. Estaba enterrado en la nieve; no podía salir de ese agujero frío y suave. No tenía dónde ni cómo apoyarse. No podía pedir ayuda a gritos; ya se encontraba demasiado lejos de la Ciudad Alta como para que alguien lo escuchara. Además, los que crecen en las montañas saben que un sonido demasiado fuerte puede provocar en instantes el horror de una avalancha… Iba a morir. Entonces lloró, sintiendo con angustia y frustración que sus lágrimas se congelaban en su rostro. Ahogó sus sollozos mordiéndose una manga, gimiendo de desesperación. Pero por más que intentaba escapar no lograba desenterrarse. Su angustia crecía.
Las horas pasaban, el cielo se oscurecía. Sentía sueño. Era un alivio. Sabía que uno, cuando muere de frío, se duerme primero y el alma abandona el cuerpo en paz. Era mejor que morir destrozado por el granizo… Tenía sueño… Doenal.
Quizás no tendría que haberse ido… Doenal…
A Arkharon el Cazador de Lobos:
Escribiéndote esta carta, viejo amigo, rompo la promesa que te hice hace diecisiete años, y créeme que lo lamento. No tengo tiempo para demorarme en cosas que ya sabes: tú me conoces y me entenderás. Sigo siendo el mismo de entonces, aunque tal vez ahora no me reconocerías.
Mi padre agoniza sin remedio: los médicos me han indicado que debemos perder toda esperanza respecto de su recuperación. Sé que no lo lamentas. Con él termina una era que para ti y para muchos ha sido dolorosa. Y antes de la luna nueva, queriéndolo o no, me sentaré en el trono de la Primera Ciudad y uniré mi nombre al de los antiguos Príncipes de los Cuatro Vientos. Sabes lo que esto quiere decir. El Verdugo no dejará que lo ocupe por demasiado tiempo. Pero no escribo para despedirme: hay cosas más importantes. Ya nos veremos tú y yo un día, en las Moradas Eternas.
El portador de la carta es Tarian, mi único hijo. Te lo confío. Protégelo. No dejes que el Verdugo lo encuentre. Guarda el secreto de su identidad como has guardado todos estos años, celoso, tus propios secretos. Y sobre todo, amigo, enséñale lo que hace tiempo tú y yo aprendimos. Enséñale el Camino. Que sea grande, como esperabas que yo fuera. Que sea fuerte y verdadero.
Pongo en tus manos aquello que amo por sobre todo lo que existe en el mundo, y que es —después de toda la desesperación— la única esperanza de ver resucitar la antigua libertad.
Más allá de todo, fiel.
K.
II
El extraño
Imágenes curiosas pasaban frente a los ojos de Tahmuz; una mezcla del blanco infinito y asfixiante de la nieve y el color del cielo, primero celeste, luego gris y finalmente negro, inimaginablemente negro. El frío era casi una imagen también que, junto con la muerte que presentía cerca, lo acechaba en una especie de letargo febril. Repetía muchas veces en su mente la caída y las escenas de su breve y terca aventura que lo había llevado a la perdición. No sabía bien si estaba vivo o si estaba muerto cuando una luz entró a raudales al agujero y otro universo, infinitamente más concreto, apareció ante sus ojos, con colores cobrizos y dorados, tonos deliciosos de rojo y marrón, y la dulce combinación de luces y sombras en una penumbra acogedora y suave. Sintió el tacto tierno de algo tibio y seco sobre su piel, algo que pesaba agradablemente sobre su cuerpo, acompañado de perfumes entrañables: madera quemándose, tabaco y algo más. Un sonido extraño, todavía impreciso, sutil como el rumor de una pequeña catarata, se oía a lo lejos. Luego se hizo otra vez la oscuridad, pero el hielo y la nieve, el miedo y el dolor, se habían ido. No supo nada más.
Cuando la luz volvió se dio cuenta de que eran sus ojos que se habían abierto. Sintió el movimiento de sus párpados y sus manos rozaron una piel gruesa y muy suave que lo cubría. No era piel de cabra montesa ni de yak. No. Era extremadamente sedosa y muy pesada. Los colores que había visto estaban ahí, pero ahora percibía con claridad las formas: veía el cielo de una habitación conocida, pintado de rojo oscuro, y las gruesas vigas de roble talladas con hojas verdes y frutos dorados. Había ollas de cobre colgando del techo, que reflejaban el resplandor tibio del fuego… El fuego. Ese era el sonido que le había hecho pensar en una catarata: un fuego ahora rugiente, enorme, desproporcionado, que ardía en el hogar. Giró la cabeza y, recortada contra el brillo de las llamas, sentada junto a su lecho —pues estaba acostado en su propio jergón de paja—, había una figura que sostenía un libro sobre el regazo. Era Doenal, que en ese momento lanzó una bocanada de humo de su pipa.
—Doenal —musitó Tahmuz con un hilillo de voz.
—Descansa, Tahmuz —respondió él, con su voz triste—. Yo estoy aquí.
Era la voz de siempre, la voz más familiar en la vida de Tahmuz. Tan triste y seria. Pero había un acento nuevo, una extraña densidad que era absolutamente diferente ahora. «Estoy aquí.» Una tibieza llenó el corazón de Tahmuz, que giró suavemente para acomodarse, tan contento como jamás se había sentido, con la alegría única de quien ha experimentado la salvación.
Se hizo un largo silencio.
—Tu madre era una mujer bellísima… Vivía en la Ciudad de las Tormentas. Nunca en mi vida vi ojos más puros, más sinceros. Eran del color de las avellanas: muy cálidos. Tus ojos son como los suyos. Recuerdo muy bien el día que te fui a buscar. Ella no quería dejarte, no quería soltarte por nada del mundo. Te sostenía, te acariciaba y te aferraba fuerte contra el pecho. No dejaba de besarte. Pero sabía que debía hacerlo, que debía entregarte, por ti, por tu bien, para que pudieras sobrevivir. Y te amaba, Tahmuz, como no te puedes imaginar… Como lamentablemente no puedes imaginarte. Pero créelo. Se veía bella incluso con sus ojos llenos de lágrimas y sus mejillas ruborizadas por la emoción… Ella murió hace años. No debió ser así. Eres el hijo de una mujer magnífica, Tahmuz, y debes sentirte orgulloso de ello. Cada noche, en mis oraciones, digo su nombre. Se llamaba Sheela.
Lágrimas tibias cubrían el rostro de Tahmuz mientras escuchaba. No veía la cara de Doenal a contraluz. Pero la vibración extraña en la voz de su protector y aquellas palabras que había estado esperando desde hacía tanto tiempo rompieron, de una vez por todas, el odio que sentía contra él. Solo quedó una profunda gratitud, que bañaba como un amanecer dorado toda la historia de su vida en esa casa, y la sensación de compartir con él algo nuevo e infinito: la memoria de aquella mujer que nunca había conocido. Sheela. Ahora también tenía él ese nombre entre los labios. Sheela. Su madre. Doenal ya no estaba fumando ni leyendo. Tenía el perfil en alto, como si mirara el cielo a través de las vigas del techo, como si rezara.
—¿Y mi padre? —preguntó Tahmuz, después de mucho rato de silencio. Tenía mucho cansancio, mucho sueño, apenas estaba consciente cuando lo dijo. Un instante antes de caer de nuevo en un sueño cálido y reparador, escuchó que Doenal respondía.
—Se llamaba Lyam. Un día te hablaré de él.
Tahmuz tuvo que guardar cama durante muchos días. Se sentía perfectamente, pero Doenal aseguraba que aún no debía levantarse. Como el jergón de Tahmuz se encontraba en el primer piso de la casa, el chico permanecía totalmente integrado a la vida del hogar a pesar de su postración. Doenal despertaba muy temprano, antes del amanecer: el resplandor de una vela iluminaba lo alto de la escalera y se escuchaban apenas sus pasos en el silencio absoluto de la madrugada. El invierno casi había terminado y el viento soplaba con menos furia. Con las primeras luces del alba, su protector bajaba y empezaba a ocuparse de las tareas de la casa. Entonces Tahmuz se dio cuenta, por primera vez, de que Doenal no lo necesitaba. El hombre se movía con gran destreza: barría, sacudía los muebles, limpiaba los platos de madera y greda cocida, preparaba el desayuno con rapidez y muchísimo talento. Además, cuando había luz suficiente, tomaba un libro y discurría entre sus labores leyendo, como si el tiempo apremiara.
Doenal seguía siendo el mismo. No era lo que se dice un gran conversador. Cada vez que Tahmuz le hablaba, él respondía, cierto; pero no daba mucho pie al diálogo. Sin embargo, algo había cambiado, o al menos eso pensaba Tahmuz. Había algo diferente en su protector. Tal vez fuera solo su imaginación o el hecho de que lo atendía en su convalecencia. Pero, con todo, Tahmuz lo veía diferente.
Después del desayuno, tocaban a la puerta los primeros clientes. Doenal los hacía pasar y sentarse a la mesa, donde tenía preparados pergamino, pluma y tinta. En silencio, tomaba dictado de las cartas que los vecinos necesitaban enviar; luego levantaba el pergamino, soplaba la tinta para que se secase y lo entregaba a sus dueños. Cada persona le daba un par de céntimos de cobre y se retiraba. La víspera de la primavera era una de las épocas más atareadas del año, cuando Doenal ayudaba a las personas a preparar su correspondencia. En otoño, leería para ellos en voz alta las respuestas venidas de más allá de las Montañas Sagradas.
El resto del día lo dedicaba a Tahmuz. Se sentaba a su lado a leer en silencio e incluso a veces, sin previo aviso, se ponía a leerle en voz alta. Empezaba en cualquier lugar, sin preocuparse de darle al chico contexto alguno. No era necesario. Tahmuz conocía todos los libros de la biblioteca tan bien como Doenal.
—«El mar se agita como el abismo, y yo te espero. El mar es oscuro como el abismo, y yo te espero. Las olas se levantan como argumentos funestos, y yo te espero. El viento ruge salado y mortal, y yo te espero. El cielo está cubierto de nubes tristes, y yo te espero. Hace frío en el fin del mundo, y yo te espero sin embargo. Hace frío en mi corazón, y yo te espero. Mis amigos me han abandonado, y yo te espero todavía, mi amigo. La Muerte anda cerca, y yo te espero. Soy una gaviota. Soy el acantilado. Soy fiel. No puedo evitarlo. El horizonte es ancho, mis ojos se pierden. Pero yo, amigo, sigo esperando» —leía con su voz triste Doenal, exhalando lenta y suavemente el humo gris de la pipa. El sol, cada vez más fuerte, entraba por la ventana en un haz poderoso y grato, iluminando las motas de polvo. Hacía frío: el hogar estaba apagado. Tahmuz, sin embargo, estaba bien abrigado bajo la piel negra y suave. Ya casi se había repuesto por completo.
—Conozco ese poema —dijo Tahmuz cuando Doenal se calló.
—También yo lo conozco —respondió Doenal. Su voz no cambiaba, pero Tahmuz sabía que en ese tipo de respuestas suyas había algo de ironía—. Es la tercera Vigilia…
—De Arpanios el Navegante. Lo compuso hace dos siglos, en la Ciudad de las Tormentas. Lo sé.
Luego vino un silencio.
—¿No te cansas de leer siempre los mismos libros?
—No —repuso Doenal—. No me canso de ellos, porque dicen la verdad.
—¿No quisieras leer otros libros?
—Claro que sí. Pero no puedo tenerlos. Son demasiado costosos, y nadie trae libros hasta aquí.
Tahmuz sabía que no hablaban solamente sobre libros.
—¿No te molesta perderte tantas cosas por estar siempre en esta ciudad?
Doenal demoró un poco en responder. Echó una bocanada de humo.
—La tierra es enorme —dijo por fin—. El mar lo es mucho más. Ningún navegante o viajero ha podido trazar un mapa que abarque hasta los límites de lo que hay. Los Sabios dicen que el cielo es infinito. ¿Alcanzaría la vida de un hombre para conocerlo todo, aunque fuera muy rico y pudiera comprar un barco maravilloso o una máquina voladora? ¿Aunque fuera muy joven y tuviera muchos años por delante? ¿Aunque tuviera una salud vigorosa y no debiera temer a ningún mal?
—No, seguramente no.
—Seguramente no alcanzaría a ver sino una pequeñísima parte de todo lo que hay por conocer. Mi biblioteca es una pequeñísima parte de todo lo que hay por conocer. Hay que conocer todo lo que recibimos, todo lo que nos toca. Hay que ver todo lo que podemos, todo lo que está a nuestro alcance. Incluso hay que buscar todo lo que es posible, para nosotros, buscar. Pero debemos saber muy bien que nunca, con nuestra poca fuerza y nuestra breve vida, veremos o conoceremos más que una pequeñísima porción. Comparados con el Infinito, los sabios y los ignorantes son muy parecidos. Y mi biblioteca no es tanto más pequeña que la Gran Biblioteca de la Ciudad de las Fuentes, por ejemplo.
En ese instante, unos golpes resonaron en la puerta. Era demasiado tarde para que fuera otro cliente. Doenal se levantó muy rápido. ¿Era preocupación lo que se veía en su rostro? ¿Alerta, quizás? Los golpes volvieron a escucharse.
—¿Quién crees que sea a esta hora? —preguntó Tahmuz.
—Guarda silencio, chico.
Doenal se acercó a la puerta y preguntó con voz fuerte:
—¿Quién es?
—Busco al que llaman Doenal.
—He preguntado quién es —repuso él, firme.
—Busco al que llaman Doenal el Cazador de Lobos.
Doenal abrió de golpe la puerta, tan rápido que Tahmuz se sobresaltó. Agarró a quien estaba del otro lado, lo arrastró al interior, volvió a cerrar la puerta de golpe y empujó al extraño contra la pared, apretándolo muy fuerte por el cuello. Él, sorprendido, jadeaba y trataba de liberarse, sin poder articular palabra. Tenía la cabeza cubierta por una capucha color rojo oscuro que, en las sombras de la habitación, le ocultaba también el rostro.
—Ahora —dijo Doenal— tú vas a decirme quién eres y por qué buscas al Cazador de Lobos.
Soltó el cuello del extraño, aferró su brazo derecho y lo torció con fuerza, poniéndolo detrás de su espalda en una posición dolorosa. Así, inmovilizado, lo apretó contra el muro. Tahmuz, atónito, seguía la situación sin entender. Entonces recordó la noche de su discusión con Doenal y aquella fuerza prodigiosa con que lo había empujado.
—Traigo una carta —musitó el hombre encapuchado, con una voz que intentaba mantenerse digna a pesar de todo—. Está…
Doenal sacó la carta de un bolsillo interior de la capa del extraño y la desplegó frente a sus ojos. Sus pupilas corrieron rápidas sobre las líneas de tinta negra. Y a medida que se acercaban al final, Tahmuz vio cómo la fuerza con que sostenía el brazo del mensajero iba disminuyendo. Entonces, de pronto, dejando caer la carta, le quitó de un golpe la capucha al hombre, lo giró hacia él como si no fuera más que un niño y lo miró fijamente. Era un joven de la edad de Tahmuz, quizás un poco mayor; tenía el pelo negro ensortijado, la piel más oscura que Doenal o Tahmuz, los ojos verdes. Sostenía la mirada de su atacante con expresión
