«Ahora que estoy muerta lo sé todo», esperaba poder decir, pero como tantos otros de mis deseos ése no se hizo realidad. Sólo sé unas cuantas patrañas que antes no sabía. Huelga decir que la muerte es un precio demasiado alto para satisfacer la curiosidad.
Desde que estoy muerta —desde que alcancé este estado en que no existen huesos, labios, pechos...— me he enterado de algunas cosas que preferiría no saber, como ocurre cuando escuchas pegado a una ventana o abres una carta dirigida a otra persona. ¿Creéis que os gustaría poder leer el pensamiento? Pensadlo dos veces.
Aquí abajo todo el mundo llega con un odre como los que se usan para guardar los vientos, pero cada uno de esos odres está lleno de palabras: palabras que has pronunciado, palabras que has oído, palabras que se han dicho sobre ti. Algunos odres son muy pequeños y otros más grandes; el mío es de tamaño mediano, aunque muchas de las palabras que contiene se refieren a mi ilustre esposo. Dicen que me vio la cara de tonta. Ésa era una de sus especialidades: engañar a la gente. Siempre se salía con la suya. Otra de sus especialidades era escabullirse.
Era sumamente convincente. Muchos dan por auténtica su versión de los hechos, salvo quizá por algún asesinato, alguna beldad seductora, algún monstruo de un solo ojo. Hasta yo le creía, a veces. Sabía que mi esposo era astuto y mentiroso, pero no esperaba que me hiciera jugarretas ni me contara mentiras. ¿Acaso yo no había sido fiel? ¿No había esperado y esperado pese a la tentación —casi la inclinación— de hacer lo contrario? ¿Y en qué me convertí cuando ganó terreno la versión oficial? En una leyenda edificante: un palo con el que pegar a otras mujeres. ¿Por qué no podían ellas ser tan consideradas, tan dignas de confianza, tan sacrificadas como yo? Ésa fue la interpretación que eligieron los rapsodas, los contadores de historias. «¡No sigáis mi ejemplo!», me gustaría gritaros al oído. ¡Sí, a vosotras! Pero cuando intento gritar parezco una lechuza.
Desde luego, tenía sospechas: de su sagacidad, de su astucia, de su zorrería, de su... ¿cómo explicarlo?, de su falta de escrúpulos. Pero hacía la vista gorda. Mantenía la boca cerrada y si la abría era para elogiarlo. No lo contradecía, no le planteaba preguntas incómodas, no le exigía detalles. En aquella época me interesaban los finales felices y éstos se obtienen manteniendo cerradas determinadas puertas y echándose a dormir cuando las cosas se salen de madre.
Sin embargo, cuando los principales acontecimientos habían quedado atrás y las cosas habían perdido su aire de leyenda, me di cuenta de que mucha gente se reía a mis espaldas. Se burlaban de mí y hacían chistes de todo tipo, inocentes y groseros; si contaban una historia, o varias, sobre mí, no lo hacían de la manera en que me hubiera gustado escucharla. ¿Qué puede hacer una mujer cuando se difunden por el mundo chismes escandalosos sobre ella? Si se defiende, parece que reconozca su culpabilidad, así que decidí esperar un poco más.
Ahora que todos los demás se han quedado ya sin aliento, me toca a mí contar lo ocurrido. Me lo debo a mí misma. No ha sido fácil decidirme: la narración de historias es un arte de muy baja estofa. Tan sólo les gusta a las ancianas, los vagabundos, los cantores ciegos, las sirvientas, los niños: gente a la que le sobra el tiempo. En otra época se habrían reído ante mis pretensiones de aedo, pues no hay nada más ridículo que un aristócrata metido a artista. Pero, a estas alturas, ¿a quién le importa la opinión de la gente? ¿Qué valor podría tener lo que opinan los que están aquí abajo: la opinión de las sombras, de los ecos? Así que tejeré mi propia trama.
El inconveniente es que no tengo boca para hablar. No puedo hacerme entender en vuestro mundo, el mundo de los cuerpos, las lenguas y los dedos; y la mayor parte del tiempo no hay nadie que me escuche en vuestra orilla del río. Si alguno de vosotros alcanza a oír algún susurro, algún chillido, quizá confunda mis palabras con el ruido de los juncos secos agitados por la brisa, con el de los murciélagos al anochecer, con una pesadilla.
Pero siempre he sido una mujer decidida. Paciente, decían. Me gusta ver las cosas acabadas.
somos las criadas
que tú mataste
que tú traicionaste
quedamos agitando
colgados en el aire
nuestros desnudos pies
tú te desahogabas
con diosas y reinas
con que te cruzabas
nosotras ¿qué hicimos?
menos que tú
fuiste muy injusto
tenías la lanza
tenías la palabra
tenías el poder
tuvimos que limpiar
de mesas y escaleras
de puertas y sillas
de suelos la sangre
de nuestros amantes
mojadas las rodillas
tú contemplabas
con harto placer
nuestros desnudos pies
gozabas nuestro miedo
alzaste la mano
nos viste caer
colgando los pies
colgando traicionadas
colgando asesinadas
¿Por dónde empezar? Sólo hay dos opciones: hacerlo por el principio o no hacerlo por el principio. El verdadero principio sería el principio del mundo, después de lo cual una cosa ha llevado a la otra, pero como sobre eso hay diversidad de opiniones empezaré por mi nacimiento.
Mi padre era el rey Icario de Esparta; mi madre, una náyade. En aquella época, hijas de náyades las había a montones: uno se las encontraba por todas partes. Sin embargo, nunca va mal tener orígenes semidivinos, al menos en teoría.
Siendo yo todavía muy pequeña, mi padre ordenó que me arrojaran al mar. Mientras viví, nunca supe por qué lo había hecho, pero ahora sospecho que un oráculo debió de predecirle que yo tejería su sudario. Seguramente pensó que si me mataba él a mí primero, ese sudario nunca llegaría a tejerse y, por tanto, él viviría eternamente. Ya imagino cuáles debieron de ser sus razonamientos. Si fue el caso, su deseo de ahogarme habría surgido de un comprensible afán de protegerse. Pero debió de oírlo mal, o quizá fuera el oráculo el que oyó mal —los dioses suelen hablar entre dientes—, porque no se trataba del sudario de mi padre, sino del de mi suegro. Si ésa fue la profecía era cierta y, desde luego, tejer ese otro sudario me vino muy bien más adelante.
Tengo entendido que ahora ya no está de moda enseñar oficios a las niñas, pero por fortuna no ocurría lo mismo en mi época: siempre resulta útil tener las manos ocupadas. De ese modo, si alguien hace un comentario inapropiado puedes fingir que no lo has oído y así no tienes que contestar.
Pero quizá esta idea mía de la profecía del sudario pronunciada por el oráculo carezca de fundamento. Quizá simplemente la inventé para sentirme mejor. Se oyen tantos murmullos en las oscuras cavernas y los prados que a veces cuesta discernir si proceden del exterior o suenan dentro de tu propia cabeza. Digo «cabeza» en sentido figurado: aquí abajo nadie tiene cabeza.
El caso es que me arrojaron al mar. ¿Que si me acuerdo de las olas cerrándose sobre mí, de cómo mis pulmones se quedaban sin aire y del sonido de campanas que al parecer oyen los ahogados? No, no me acuerdo de nada, pero me lo contaron: siempre hay alguna sirvienta, alguna esclava, alguna anciana nodriza o alguna entrometida dispuesta a obsequiar a un niño con el relato de las cosas espantosas que le hicieron sus padres cuando era demasiado pequeño para recordarlo. Oír esta desalentadora anécdota no mejoró mi relación con mi padre. Es a ese episodio —o, mejor dicho, al conocimiento de ese episodio— que atribuyo mi prudencia, así como mi desconfianza respecto a las intenciones de la gente.
Sin embargo, Icario cometió una estupidez al intentar ahogar a la hija de una náyade: por derecho de nacimiento, el agua es nuestro elemento. Aunque no somos tan buenas nadadoras como nuestras madres, flotamos con facilidad y tenemos buenos contactos entre los peces y las aves marinas. Una bandada de patos salvajes vino a rescatarme y me llevó hasta la orilla. Tras un presagio así, ¿qué podía hacer mi padre? Me acogió de nuevo y me cambió el nombre: pasé a llamarme Patita. Sin duda se sentía culpable por lo que había estado a punto de hacerme, pues se volvió sumamente cari
