I
La niña de ojos oscuros
Cuando llueve en la cuenca del Río Rojo no es como en otros lugares. La lluvia cae tibia, como si el cielo sangrara: riega valles y colinas, dejando a su paso al mismo tiempo vida y devastación. La lluvia abate las hojas y se cuela entre las ramas de los árboles, inundando cada recoveco, arrancando flor y fruto. La lluvia golpea, inmisericorde, la tierra roja de las montañas y la hace descender en aludes hacia los valles. Las bestias y los pájaros callan, pues el canto de la lluvia omnipresente los aterra: los cazadores se acurrucan igual que las presas, hechos un ovillo en algún refugio demasiado frágil. Luego vendrá el sol y de la lluvia no quedará más que la humedad sofocante, como un hálito vivo que flota sobre la jungla. Pero mientras cae la lluvia, el mundo guarda silencio y muestra reverencia.
Las leyendas hablan de tierras lejanas y extrañas donde jamás llueve, donde el cielo se extiende como un manto liso desde el amanecer hasta el ocaso: se dice que en esos lugares no hay frutos que recoger, campos que cosechar ni bestias que cazar. Con razón los abuelos de los abuelos adoraban a la lluvia como una diosa, pues donde falta perece la vida misma. Pero la lluvia era la diosa de la vida y de la muerte. Ella cae todo el año, casi tan constante y fiel como el sol y la luna pero, en los largos meses del monzón, la lluvia cubre los árboles hasta la altura de un hombre y todo aquello que se arrastra por el suelo de la selva está condenado a morir. Los hijos de la lluvia, las criaturas temibles del río, acechan en aquellos meses incluso en los caminos de las tierras altas. La vida, en cambio, viene después: brota cuando la lluvia ha pasado, bebiendo de las pozas, como los buitres y los escarabajos multicolores que se reúnen para celebrar el festín de la carroña. A veces un viento alto empuja las nubes y un rayo de sol se cuela en la penumbra de la masacre, pero los astros son indiferentes y continúan su quehacer eterno sin molestarse por las cosas que sufren en el mundo.
En los meses del monzón, el silencio pesa sobre la selva. Las bestias esperan, igual que los hombres, como si pudieran esconderse. Contienen el aliento para ver si la diosa implacable les perdona la vida. A ver si el cocodrilo y la anaconda pasan de largo, cuando se deslizan silenciosos por el bosque inundado; a ver si el escondite resiste. Pero hasta los árboles más altos caen a veces cuando el agua desnuda sus hondas raíces o el rayo los fulmina desde lo alto. Cientos y miles de corazones, grandes y pequeños, laten con fuerza durante los meses del monzón, repitiendo una letanía inscrita en la naturaleza misma de la carne: «pasa, terrible madre lluvia. Pasa y perdóname la vida».
En los meses del monzón, solo los dioses duermen en paz, y en sus moradas la vida y la luz se cobijan seguras. Afuera la selva es gris en el día y negra en la noche: adentro, se refugian los colores y la música. La antigua diosa reina en el exterior, en la infinita espesura del follaje, en las colinas cubiertas de nubes; los nuevos dioses se reúnen junto al fuego en los salones, festejan y cantan. Los meses del monzón son los meses de la diosa antigua, cuyo nombre los nuevos dioses no recuerdan y cuyos altares no visitan: los nuevos dioses no merodean bajo las copas de los árboles en su estación. Pero solo ellos, entre todos los seres de carne y hueso, le niegan el tributo del silencio y el temor.
Esa noche, cerca del fin del monzón, Ataru no podía dormir. El cielo encapotado se aclaraba poco a poco: el amanecer no podía tardar mucho. Otro día estaba por empezar.
Un día menos. El plazo estaba por cumplirse.
El aceite de la lámpara se había consumido por completo y no podía verla, pero sentía el calor de su cuerpo cerca de sus pies. Podía escuchar su respiración plácida, tranquila. Se movió un poco, suavemente, para no molestarla, y sintió el peso de su cuerpo en la cama. Mancha se movió también, pero no despertó. Dormía serena, como si ignorase lo que estaba por venir. Ataru sintió unos deseos irrefrenables de verla, de mirar su rostro tan familiar: creía vislumbrar su contorno, más y más claro con el alba inminente, pero aún era una sombra cruzada a los pies de su lecho. Escucharla respirar y sentir su calor tendrían que bastar.
Habían pasado diez años juntos los dos. Diez de sus quince años. Apenas recordaba una vida antes de que ella estuviera a su lado: su sombra, su mascota, su compañera. Habían crecido juntos en los salones del palacio. Él y Mancha. La niña y el pequeño semidiós. Apenas rememoraba algo de su vida sin ella, pero recordaba exactamente el día en que Mancha había llegado. Había pensado en ello cientos de veces en el último tiempo y, a medida que la fecha señalada se acercaba, los recuerdos se volvían más y más vívidos.
Allí, en la oscuridad, ni siquiera tenía que cerrar los ojos para verlo todo con claridad: el prado delante del palacio, la hierba demasiado larga y el sol que iluminaba el mundo, sacando brillos de esmeralda al follaje de los árboles. El calor sofocante y húmedo de la temporada seca; las enormes mariposas azules. Las largas banderas rojas flameando en la brisa con el emblema sagrado de su Casa. Los pabellones escarlata a cuya sombra celebraban los dioses: la fruta dulce y jugosa, la música del arpa, las conversaciones sabias y alegres. Recordaba haber sorprendido la mirada seria de su padre que lo veía jugar con los demás niños: los ojos del Señor, dorados como el mediodía, fijos en él, evaluando sus movimientos y su fuerza.
Asur-Tharisag, Señor de la Casa de las Espinas, hacía honor a su nombre que, en la lengua de los Ancestros, significaba «el dios resplandeciente». Ataru deseaba impresionarlo, enorgullecerlo. No había visto a su hermano Razen, pero seguramente estaba cerca: vigilando, como siempre. Debía sorprenderlos a los dos. Decidido, había esperado que el pequeño primo con el que luchaba se distrajera y, tomándolo por detrás de la rodilla, lo había hecho girar en el aire y lo había derribado sobre la hierba. Pero no recordaba la reacción de su padre. Mientras presionaba a su primo, derrotado contra el suelo, la había visto a ella: una pequeña figura que corría alegre en la parte más lejana del prado, persiguiendo mariposas. ¿Quién era? Una esclava, claro está: una de las muchas bestias del servicio doméstico del Palacio, con su simple túnica blanca y su cabeza sin rasurar. El cabello negro le caía muy por debajo de los hombros, espeso y liso. Seguramente se había escapado de las cocinas. ¿Por qué se había fijado en ella? Eso no podía recordarlo: sencillamente lo había hecho. La niña corría, despreocupada, riendo a todo pulmón, gritando, hablando con las mariposas en su lengua primitiva.
Entonces, Ataru lo había notado: cerca de la niña, un movimiento en la hierba que no tenía nada que ver con la brisa. Algo se acercaba… No se detuvo a pensarlo un instante: saltó y corrió hacia ella, atravesando en cosa de segundos el prado. Al verlo, la niña gritó sorprendida y tropezó. Ataru se plantó delante de ella, dándole la espalda y encarando el peligro desconocido. Una sombra se levantó de entre la hierba: una enorme serpiente de color plateado se irguió delante de ellos, amenazante. Mancha chilló de espanto al ver el negro intenso de sus fauces abiertas. No cabía duda: era una mamba, una de las sierpes más venenosas y agresivas de la jungla. La criatura los miraba a ambos con sus ojos redondos e inexpresivos, siseando inquieta. Erguida, la criatura sobrepasaba por mucho la altura de Ataru, pero el pequeño semidiós no se había intimidado. De improviso, la serpiente lanzó su ataque, moviéndose como un látigo para dar la mordida letal: pero Ataru era más veloz. La esquivó haciéndose a un lado, dejando que los colmillos hendieran el aire vacío. Su mano derecha, sin vacilar, aferró la cabeza de la serpiente y apretó con fuerza. El largo cuerpo del monstruo se retorció, buscando librarse del agarre, pero era muy tarde. Los huesos del cráneo cedieron con un chasquido y la sangre corrió entre los dedos de Ataru. El cuerpo de la mamba se sacudió entre la hierba, arrastrando tras de sí la cabeza destrozada y finalmente se quedó inmóvil. El monstruo había muerto. Ataru sintió que alguien lo abrazaba: era la niña esclava, el animal doméstico que había salvado sin saber por qué, sollozando con el rostro escondido en su pecho. Él intentó calmarla, aunque sabía que ella no entendía sus palabras: «Tranquila», le había dicho, «no ha pasado nada. La serpiente no te hará daño». Entonces vio su rostro por primera vez: los grandes ojos oscuros… y la mancha redonda en la mejilla izquierda.
Los dioses se acercaron entonces. Uno de ellos, furioso, tomó a la niña por el cabello y de un tirón la separó de Ataru. Ella chilló de dolor y miedo. «¡Cómo se atreve esta basura a tocar a un semidiós!», bramó. «Le romperé los dedos a ver si así aprende.» Ataru recordaba muy bien cómo se le había oprimido el corazón y la urgencia que había sentido de rescatarla nuevamente, tal como la había rescatado de la mamba. «Mátala de una vez: una conducta así no se corrige con el tiempo», había dicho otro de ellos. «¡No!», gritó Ataru y todas las miradas se cernieron, extrañadas, sobre él. «Por favor», musitó, al borde de las lágrimas. Entonces su madre se acercó, sonriente y tranquila: recordaba la paz que sus ojos azules le habían traído. Ella lo arreglaría todo. Se arrodilló frente a Ataru y acarició su rostro. «¿Te gusta la niña, Ataru?» había preguntado. «Sí», respondió él con un hilillo de voz. «¿Te la quieres quedar?», la voz de su madre era dulce y fresca, y bajaba hasta él como una bendición. «¡Sí!». Estaba dicho. Soltaron a la niña y ella corrió hasta él otra vez. Mientras se abrazaban, su madre le preguntó: «¿Cómo la llamarás?». «¡Mancha!», había respondido.
Mancha…
¡Ese día había sentido tanta gratitud por su madre! La Dama Ebimu se había inclinado, resplandeciente como una visión celestial en su vestido dorado y también ella había tenido compasión de la niña. Creía que la Dama se había enternecido por el gesto de piedad de su hijo; creía que los había rescatado a ambos. Pero no era así: aquellas no eran las virtudes de los dioses.
Poco a poco, mientras los años pasaban y el pequeño semidiós crecía, la horrible verdad se había revelado: él estaba destinado a convertirse en un dios, como sus ancestros, como su hermano y su padre. Todo había empezado con Asur-Gabankir, el padre de los dioses, el primero en abandonar la humanidad para abrazar la condición divina. Cientos de veces Ataru escuchó a su preceptor recitar el Cantar del Leopardo, el poema sagrado que relataba la historia. Asur-Gabankir, el ancestro de toda la estirpe divina, había sido una vez un simple hombre —como Mancha, como todas las bestias domésticas de la casa de Ataru—. La idea de la muerte lo torturaba cada noche: no podía dejar de pensar en ella. El dolor y la ruina eran la herencia del hombre en la tierra y, al final de sus días, no lo esperaban más que la muerte y el vacío. Un recorrido de sufrimiento y pérdida: un destino de aniquilación. Hasta que un día, aquel que se convertiría en el ancestro de los dioses lo comprendió: había que dejar de ser humanos, había que matar la muerte y la fragilidad que se anidan en la carne humana. Pero ¿cómo hacerlo? Entonces vio un leopardo que devoraba los restos de un ciervo en las ramas de un árbol cercano. Pensó que el leopardo y el ciervo eran diferentes y por eso el leopardo podía cazarlo y consumir su carne. La diferencia entre las dos estirpes no estaba en sus capacidades o su fisionomía, sino en el hecho de que uno era el cazador y el otro, la presa. El ancestro tomó entonces un cuchillo, buscó a su hermano menor y le dio muerte en las orillas del Río Rojo, abriéndole el cuello. La leyenda dice que no derramó ni una lágrima, no dudó ni un instante, pues un espíritu nuevo empezaba a desperezarse dentro de él. Bebió la sangre y comió la carne de su hermano, como el leopardo comía la carne del ciervo, como la fiera devora a la bestia mansa. Su humanidad murió. Su divinidad nació. Sus ojos, que antes eran oscuros como los de Mancha, se volvieron rojos como la sangre. Aquel día, él se convirtió en algo diferente: Asur-Gabankir, «el dios ensangrentado», primero de la estirpe divina. Y desde entonces, generación tras generación, sus descendientes habían recibido y honrado su magnífica herencia. Él, hijo de Asur-Tharisag, era un semidiós como todos los niños de la estirpe divina y estaba destinado a recibir también la herencia del ancestro. Ataru sería un dios el día que consumiera la carne y la sangre de un humano. Y Mancha era aquel humano. Su madre la había elegido para él. Había cumplido quince años: cuando el monzón pasara por completo, el plazo se cumpliría y la ceremonia se llevaría a cabo.
El cielo nublado se veía ahora claramente, aunque gris oscuro, sobre las montañas. La noche estaba por terminar. La lluvia resonaba en la terraza de piedra; la selva estaba en silencio. La luz pálida que entraba ahora a la habitación le permitió verla. Se acercó a ella y le descubrió el rostro cuidadosamente. Al hacerlo, sintió el roce tibio de su respiración, el hálito de su vida. Pronto despertaría y él escucharía una vez más su voz. La voz más conocida. La voz más amada. Para él, Mancha era hermosa. No tenía la perfección celestial de su madre, claro, pero a él, a veces, le parecía más bella. Sus ojos grandes, sus brazos morenos, su nariz un poco ancha, y su sonrisa…
Cada noche, desde que tenía memoria, él y Mancha se habían quedado dormidos en la misma cama: él con la cabeza en las almohadas, ella cruzada a los pies del lecho, cubierta con una manta liviana, con su mano en la mano de Ataru. Conversaban hasta que el sueño los vencía y se dormían mirándose a los ojos. Él lo sabía todo sobre Mancha y Mancha lo sabía todo sobre él. Ataru había crecido viendo a los otros humanos, las bestias del servicio de su casa, ir y venir con la cabeza gacha, sin mirarlo a los ojos ni a él ni a su familia. Le parecía natural. Los hombres debían servir a los dioses, pero Mancha era diferente: ella podía mirarlo a los ojos. Ella era especial. Sus padres y sus preceptores siempre se lo habían consentido: después de todo, cada niño de la estirpe divina tenía un compañero humano, como él tenía a Mancha. Eran esclavos personales que atendían a sus pequeños semidioses: les traían comida y los abanicaban, los ayudaban a vestirse y lavarse. A veces incluso participaban en sus juegos, cuando se los requería. Y un día, cuando sus pequeños señores cumplieran quince años, se convertirían en la primera presa humana, en el primer bocado de carne y el primer sorbo de sangre que beberían para elevarlos a la altura de los dioses. Pero Ataru no podía imaginar eso. No podía imaginar su vida sin Mancha.
«Asur-Gabankir tomó la vida de su hermano, hijo mío», le había dicho su madre, la Dama Ebimu, la noche en que Ataru, llorando, había entendido que un día tendría que cazarla y darle muerte. «¿Crees que fue fácil para él? La primera presa no debe ser un extraño. No puede resultar fácil. Es necesario que sea doloroso. Solo así puede morir en ti lo que es como ella. Tú quieres mucho a tu pequeña Mancha. La amas en verdad. Cuando tomes su vida, tu sacrificio será perfecto. Te convertirás en un dios magnífico, mi hermoso Ataru.» Ebimu se lo había dicho con una sonrisa en los labios. «El dolor pasará, hijo mío, para siempre: quedarán solamente el poder y la gloria, y la fuerza para abatir el mundo entero».
De pronto, la mano de Mancha se cerró sobre la suya. La niña no abría los ojos, pero estaba despierta. Ataru sonrió y acarició su pelo.
—Buenos días, Mancha —dijo Ataru.
—Buenos días. Otra vez pasaste la noche en vela, ¿verdad?
—Sí —dijo él. No podía mentirle.
Mancha abrió los ojos y guardó silencio. Se llevó la mano de Ataru a los labios y la besó.
—Tienes que dejar de pensar en eso, amo —musitó, sin mirar a Ataru.
Mancha sabía lo que iba a ocurrir, Ataru se lo había contado todo poco tiempo después de descubrirlo él mismo. Él tenía diez años y ella ocho. Lo recordaba bien. Se habían escondido en un remoto rincón del jardín, donde nadie los vería. Ataru lloraba desconsolado, abrazando sus rodillas, mojando con el llanto su toga de seda roja. Mancha guardaba silencio. Ataru pensaba que rompería también ella a llorar, que lo odiaría, que huiría despavorida hacia la selva. En cambio, se había acurrucado bajo su brazo. «Está bien, amo. No llores. Está bien.»
Después de aquel día, Mancha había seguido siendo la misma con él, como si nada hubiera cambiado, y Ataru también se había acostumbrado a ignorar lo que vendría. Después de todo, tenía diez años, y el día de la ceremonia aún estaba tan lejano que parecía incierto. Cuando estaba con ella, solo con ella, se sentía feliz y seguro, y olvidaba que aquello no sería para siempre. Aunque a veces, cuando venía el silencio y la miraba al jugar, Ataru recordaba las palabras de su madre: «Cuando tomes su vida, tu sacrificio será perfecto. Te convertirás en un dios magnífico, mi hermoso Ataru». Pero ahora era ya muy tarde. El plazo estaba por cumplirse y no podía mirar a Mancha sin pensar en lo que estaba por venir. La vida que latía bajo su piel oscura, el brillo de sus ojos, se apagarían pronto… y él sería quien diera el golpe mortal. Bebería su sangre, comería su carne. Cada instante que pasaba con ella era como un sueño, cada vez más breve: luego, despertaba y ahí estaba la gran pesadilla esperándolo. Su «magnífico destino», su «herencia sagrada», la «gloria» que compraría con la muerte de la niña.
—Es tu destino, amo —dijo ella. Su voz lo sacó del trance de sus propios y oscuros pensamientos.
—Es nuestro destino. ¿Qué dices, Mancha? —preguntó, sorprendido.
—He crecido en este palacio viendo cómo viven los que son como yo. —Mancha se incorporó en la cama y miró a Ataru a los ojos—. Junto a ti he estado siempre a salvo, siempre he sido feliz. Tal como me salvaste de la serpiente cuando era pequeña, me has salvado mil veces. Jamás he pasado hambre o sed. Jamás me has golpeado: lo has compartido todo conmigo. Me has tratado bien y me has cuidado siempre. Yo sé cómo podría haber sido mi vida sin ti. Yo estoy agradecida, amo. Me has dado una vida mucho mejor de que la que yo merecía.
—Mancha… —Ataru no sabía qué decir. Tenía un nudo en la garganta.
—No tienes que decir nada, amo —dijo ella, sonriendo.
—¿No tienes miedo? —preguntó él, sintiendo las lágrimas subir hasta sus ojos.
—Claro que tengo miedo. Todas las criaturas tienen miedo de morir. Pero sé que me darás una buena muerte. No te preocupes por mí, amo, será un honor morir en tus manos. Tú cumplirás tu destino y yo cumpliré el mío y, en él, estaremos siempre juntos. Por mi sangre serás un dios. No te preocupes por mí.
Ataru sentía su propio corazón latir con fuerza en el pecho. ¿Era posible que Mancha estuviera dispuesta a sacrificarse así por él? La niña le quitaba de los hombros el peso de la culpa: lejos de recriminarle nada, le estaba agradecida. Y ahora, ¿qué quedaba? Debía asumir su destino, tal como Mancha había asumido el suyo. ¿Por qué, entonces, se sentía peor que antes? ¿Por qué la resignación de la niña esclava, de su hermosa Mancha, lo fulminaba como un rayo? Sentía la mente confusa y el estómago revuelto, como si estuviera enfermo. La habitación en penumbras daba vueltas alrededor suyo. Algo estaba mal.
—¿Estás bien, amo? —preguntó Mancha, preocupada.
—Sí. Necesito algo de aire…
—Afuera llueve, amo.
—No importa. —Se puso de pie y salió de la habitación.
En realidad, la lluvia caía sin fuerza, perezosa al final de la temporada del monzón. La antigua diosa sin nombre estaba exhausta después de derramar sobre la tierra su sangre copiosa por largos meses: pronto volvería a esconderse en su refugio misterioso y lejano, y el sol brillaría sobre la selva. Vendría la temporada de la caza y la guerra, el tiempo de los nuevos dioses. Ataru dejó que la lluvia cayera sobre su cuerpo, tibia y gentil, bañando su cara y su pecho. El olor de la greda mojada llegaba hasta él desde la selva, donde miles de espíritus se acurrucaban en sus escondrijos. Abrió los ojos y miró el horizonte.
Mancha…
Mancha se entregaba a él voluntariamente, como ofreciéndole su cuello, como enseñándole el costado para que clavara el puñal. Resignada. Agradecida. Fiel y generosa como siempre. Recibía la muerte como había recibido siempre todo. La última barrera había caído. ¿Por qué sentía su pecho arder de rabia e impotencia, entonces? ¿Por qué sentía ganas de gritar tan fuerte que el palacio de su familia se viniera abajo, tan fuerte que todas las bestias escondidas salieran huyendo? Dejó que sus lágrimas cayeran mezcladas con la lluvia y ahogó sus sollozos bajo el murmullo del agua. No importaba. Nadie estaba mirándolo. Mancha, obediente, se había quedado en la habitación. No lo seguiría. Allá en lo alto, su padre y su madre dormían. Los ojos dorados de Tharisag no estaban sobre él para juzgar su debilidad. Apoyó los antebrazos en la baranda y entonces vio a alguien allá abajo. Ataru sonrió, se secó las lágrimas y bajó de la terraza.
El jardín en penumbras vibraba bajo la lluvia. Las flores se abrirían pronto, cuando el monzón pasara. En medio del prado había clavada una lanza y sobre ella había un hombre, perfectamente inmóvil. Era su hermano Razen. El joven dios aferraba firmemente el asta del arma en su mano derecha y mantenía su cuerpo en posición invertida, perfectamente vertical, con sus piernas elevadas hacia el cielo. La mano izquierda estaba inmóvil frente a sus labios, formando con los dedos un símbolo ritual: «Árbol». Ataru se acercó en silencio, para no interrumpir la meditación.
Su postura era impecable: una tensión serena y cómoda, una inmovilidad completamente natural. En la brisa, el asta flexible de la lanza se mecía suavemente y Razen en lo alto se mecía también, imperturbable como los árboles gigantes de la selva. La lluvia escurría por su rostro, por sus brazos y su espalda, pero él no se inmutaba. De pronto, Razen abrió los ojos y con el brazo que aferraba el asta, se impulsó hacia lo alto, giró en el aire, arrancó del piso la lanza y la blandió. La punta de metal se movía como un remolino en todas direcciones, girando sin pausa en las manos de Razen. Mientras el arma iba ganando velocidad, Ataru se dio cuenta de lo que ocurría: Razen luchaba contra la lluvia misma. Cada golpe de la lanza impactaba una gota, una tras otra, impidiéndole llegar al suelo. El joven dios giraba más velozmente que el viento mismo: pronto alrededor suyo ninguna gota alcanzaría la hierba del jardín. El agua parecía caer lentamente del cielo, perezosa, resignada, mientras Razen golpeaba cada una con precisión fabulosa: no era un torbellino caótico, sino una operación exacta donde ningún movimiento resultaba vano. Ataru había leído acerca de aquella técnica en la biblioteca del palacio, pero sabía muy bien que ningún dios de su época la había dominado. Contuvo el aliento. Un trueno sonó en la distancia y, por primera vez en muchos meses, la lluvia se detuvo. Razen abatió la última gota con la punta de su lanza y luego volvió a clavarla en la hierba húmeda.
—Buenos días, hermano —dijo, sin mirarlo—. Acércate.
Razen tenía diecisiete años y todos decían que Ataru se le parecía mucho. Después de todo, entre los muchos hijos del Señor de la Casa, solo ellos habían nacido de su verdadera esposa, «su sacerdotisa», la Dama Ebimu. Pero Ataru veía claramente la diferencia entre ambos: Razen era más alto, más fuerte y tenía los ojos azules de su madre, mientras que los suyos eran dorados como los de Asur-Tharisag. Razen llevaba la cabeza rasurada como todos los miembros de la estirpe divina, pero en sus brazos ya exhibía las primeras cicatrices rituales que lo marcaban como dios guerrero: dos tallos espinosos que subían por sus antebrazos hasta más arriba del codo. Las había ganado en combate, contra los dioses de la Casa del Huracán, antes de la temporada del monzón. Un día cubrirían también su pecho, su espalda y sus piernas. La altura de las cicatrices daba testimonio de su extraordinaria habilidad. Razen era el orgullo de su linaje: admirado, envidiado y temido, el vástago más perfecto de la Casa de las Espinas. Convertido en un dios, Razen había tomado un nuevo nombre: Asur-Tayak, «el dios implacable», y todos decían que el nombre venía muy bien a su temperamento severo y frío.
—Buenos días, hermano —dijo Ataru, acercándose a él—. Te veía entrenar.
—Lo sé. ¿Has estado entrenando tú también
