Auge y caída del antiguo Egipto

Toby Wilkinson

Fragmento

Contenido

Índice

Cubierta

Auge y caída del antiguo Egipto

Nota sobre los nombres propios

Nota sobre las fechas

Cronología

Prólogo

PRIMERA PARTE. DERECHO DIVINO (5000-2175 a.C.)

1. El principio

2. Dios encarnado

3. Poder absoluto

4. El cielo en la Tierra

5. La eternidad garantizada

SEGUNDA PARTE. EL FIN DE LA INOCENCIA (2175-1541 a.C.)

6. Guerra civil

7. El paraíso aplazado

8. El rostro de la tiranía

9. Amarga cosecha

TERCERA PARTE. EL PODER Y LA GLORIA (1541-1322 a.C.)

10. Se restablece el orden

11. Las fronteras se ensanchan

12. Rey y patria

13. La edad de oro

14. Revolución real

CUARTA PARTE. PODERÍO MILITAR (1322-1069 a.C.)

15. Ley marcial

16. Guerra y paz

17. Triunfo y tragedia

18. Una espada de doble filo

QUINTA PARTE. CAMBIO Y DECADENCIA (1069-30 a.C.)

19. Escisiones internas

20. Un trono deslucido

21. La voluble rueda de la fortuna

22. Invasión e introspección

23. El largo adiós

24. “Finis”

Epílogo

Notas

Notas complementarias

Bibliografía

Agradecimientos

Créditos

Notas

Dedication

A Ben y Ginny

Conocí a un viajero de una antigua tierra

que me dijo: «Dos enormes piernas de piedra se yerguen

sin su tronco en el desierto. Junto a ellas,

semihundido en la arena, yace un rostro destrozado;

su ceño fruncido, la mueca de sus labios y su desdén de frío dominio

revelan que su escultor comprendió bien esas pasiones

que todavía sobreviven, grabadas en la materia inerte,

a la mano que se mofó de ellas y al corazón que las alimentó.

Y en el pedestal se leen estas palabras:

“Mi nombre es Osimandias, rey de reyes:

¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!”.

No queda nada más. En torno a la decadencia

de aquellos colosales restos, infinitas y desnudas,

las solitarias y llanas arenas se extienden hasta el horizonte».

PERCY BYSSHE SHELLEY, «Osimandias»

Nota sobre los nombres propios

Nota sobre los nombres propios

Los nombres de los personajes y lugares del antiguo Egipto se transcriben, según el uso contemporáneo, en la forma que más se aproxima a la original (cuando se conoce), excepto en aquellos casos en que la forma clásica de un topónimo ha dado lugar a un adjetivo ampliamente utilizado: de ahí el uso de Menfis (y menfita) en lugar de la forma Mennefer o la más antigua Ineb-hedy; Tebas (tebano) en lugar de Uaset; Sais (saíta) en lugar de Sa, o Heracleópolis (heracleopolitano) en lugar de Nennesut. Para facilitar las referencias, tras la primera mención de un topónimo antiguo en el texto se incluye el equivalente actual entre paréntesis, y también se dan los equivalentes antiguos de los topónimos clásicos.

Por razones de accesibilidad, los nombres de los gobernantes persas y griegos de Egipto de los siglos VI a I a.C. se transcriben en su forma clásica y castellanizada; por ejemplo: Darío en lugar de Dariyahavush, Ptolomeo en lugar de Ptolemaios o Marco Antonio en lugar de Marcus Antonius.

Los numerales romanos (como, por ejemplo, Thutmose I-IV o Ptolomeo I-XV) son una convención moderna, utilizada para distinguir entre diferentes reyes en la secuencia de los que compartieron un mismo nombre propio. En realidad, a lo largo de casi toda la historia egipcia se hacía referencia a los reyes principalmente por sus nombres de trono; unos nombres formulistas, a menudo prolijos y en general poco familiares excepto para los egiptólogos.

Nota sobre las fechas

Nota sobre las fechas

A excepción del Prólogo y del Epílogo, y a menos que se indique otra cosa, todas las fechas son antes de Cristo. En el caso de las fechas anteriores a 664 a.C. existe cierto margen de error, que va de unos diez o veinte años para el Imperio Nuevo hasta unos cincuenta o cien para el Período Dinástico Temprano; las fechas que se dan en el texto se corresponden con el actual consenso generalizado entre los académicos. A partir de 664 a.C., las fuentes externas a Egipto hacen posible una cronología precisa.

Cronología

Cronología

Todas las fechas son antes de Cristo. El margen de error es aproximadamente de un siglo hacia 3000 a.C. y de unas dos décadas hacia 1300 a.C.; a partir de 664 a.C. las fechas son exactas.

El sistema de dinastías diseñado en el siglo III a.C. no está exento de problemas —por ejemplo, hoy se admite que la VII Dinastía resulta totalmente espuria, mientras que de varias otras se sabe que han gobernado al mismo tiempo en diferentes partes de Egipto—, pero aun así sigue siendo el método más cómodo para subdividir la historia del antiguo Egipto. Los períodos que las abarcan son convenciones académicas más modernas.

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Prólogo

Prólogo

El 26 de noviembre de 1922, dos horas antes del ocaso, el egiptólogo inglés Howard Carter penetraba, junto con otros tres compañeros, en un corredor tallado en la roca y excavado en el suelo del Valle de los Reyes. El insólito cuarteto estaba formado por tres hombres de mediana edad y una mujer mucho más joven. Carter era un hombre pulcro, algo estirado, que andaba cerca de cumplir los cincuenta años, con un bigote cuidadosamente recortado y el cabello alisado hacia atrás. En los círculos arqueológicos tenía fama de obstinado y de tener un temperamento irritable, pero también se le respetaba, aunque fuera algo a regañadientes, por su enfoque serio y académico de las excavaciones. Había hecho de la egiptología su carrera, pero al carecer de suficientes recursos privados dependía de otros para financiar su trabajo. Por fortuna, acababa de encontrar al hombre adecuado para pagar sus excavaciones en la orilla oeste del Nilo, en Luxor. De hecho, su patrocinador estaba por entonces con él, compartiendo la emoción del momento. George Herbert, quinto conde de Carnarvon, era un hombre muy distinto. De carácter bullicioso y jovial a pesar de sus cincuenta y seis años, había llevado la vida de un aristócrata diletante y de joven se había entregado a su pasión por los coches veloces. Pero en 1901 había sufrido un accidente de tráfico que había estado a punto de costarle la vida, y que le dejó debilitado y propenso a padecer dolores reumáticos. Para escapar del frío y húmedo aire de los inviernos ingleses, había decidido pasar varios meses al año en el clima, más cálido y seco, de Egipto, y de ese modo se había iniciado su interés en la arqueología como aficionado. Una reunión con Carter en 1907 inauguró la asociación que iba a hacer historia. Junto con los dos hombres, en aquel «día memorable» —como más tarde lo calificaría el propio Carter— estaban también la hija de Carnarvon, lady Evelyn Herbert, y un viejo amigo de Carter, Arthur «Pecky» Callender, un directivo de ferrocarriles retirado que solo hacía tres semanas que se había incorporado a la excavación. Aunque era un novato en arqueología, los conocimientos de Callender sobre arquitectura e ingeniería hacían de él un miembro útil en el equipo. Su minuciosidad y formalidad eran del agrado de Carter, y además estaba bastante acostumbrado a los frecuentes cambios de humor de este último.

Justo tres días después de que se iniciara la temporada de excavaciones (que había de ser la última, ya que ni siquiera la fortuna de Carnarvon era inagotable), los operarios habían descubierto un tramo de escalones que descendían por el lecho de roca. Una vez que se hubo limpiado a conciencia la escalera, se descubrió un muro de protección exterior cubierto de yeso que tenía grabada una impronta de sello. Aun sin haber descifrado la inscripción, Carter sabía lo que significaba: había encontrado una tumba intacta del período de la historia del antiguo Egipto conocido como Imperio Nuevo, una época de grandes faraones y hermosas reinas. ¿Era posible que detrás del muro de protección se hallara el trofeo por el que Carter había estado luchando desde hacía siete largos años, la última tumba todavía no descubierta del Valle de los Reyes? Siempre atento a la corrección en las formas, Carter había dado prioridad ante todo a las buenas maneras y había ordenado a sus operarios que volvieran a tapar el tramo de escalones hasta que llegara, procedente de Inglaterra, el hombre que financiaba la expedición, lord Carnarvon. Si existía la posibilidad de que se hiciera un gran descubrimiento, lo más correcto era que el mecenas y el arqueólogo lo compartieran. Así, el 6 de noviembre Carter le envió un telegrama a Carnarvon en estos términos: «Finalmente he hecho un maravilloso descubrimiento en el valle; una magnífica tumba con sellos intactos; recuperada igual a su llegada; enhorabuena».

Tras diecisiete días de viaje en barco y en tren, el conde y lady Evelyn llegaron a Luxor, donde les esperaba un impaciente y excitado Carter. A la mañana siguiente se empezó a trabajar intensamente para despejar las escaleras. El 26 de noviembre se derribó el muro de protección exterior, dejando al descubierto un corredor con el suelo repleto de trozos de piedra. Por el desorden que presentaba la capa de piedras del suelo, era evidente que alguien había estado allí antes; los ladrones debían de haber penetrado en la tumba en la Antigüedad. Pero las improntas de sello del muro de protección exterior revelaban que se había vuelto a sellar en el Imperio Nuevo. ¿Qué podía significar este hecho para el estado de la propia sepultura? Siempre existía la posibilidad de que al final acabara siendo una tumba privada, o un alijo de equipamiento funerario recogido de otras tumbas anteriores saqueadas en el Valle de los Reyes y vuelto a enterrar para ocultarlo. Tras otro día de trabajo agotador bajo el calor y el polvo del suelo del valle, se vació el corredor. Después de lo que debió de parecer una espera interminable, el camino quedó por fin despejado. Carter, Carnarvon, Callender y lady Evelyn se encontraron ante un nuevo muro protector, cuya superficie también aparecía cubierta de grandes improntas de sello de forma oval. Un parche de yeso algo más oscuro en la esquina superior izquierda del muro mostraba el lugar por donde habían penetrado los antiguos ladrones. ¿Qué aguardaba al nuevo grupo de visitantes, más de tres mil quinientos años después?

Sin dudarlo más, Carter cogió su paleta e hizo un pequeño agujero en la protección de yeso, lo bastante grande como para poder echar un vistazo a través de él. Primero, como precaución de seguridad, cogió una vela encendida y la introdujo por el agujero para comprobar si había gases venenosos. Luego, apretando el rostro contra el muro de cemento, trató de atisbar en la oscuridad. El aire caliente que escapaba de la cámara sellada hizo titilar la llama de la vela, y Carter necesitó un momento para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Pero luego empezaron a revelarse los detalles de la sala que había al otro lado. Carter se quedó mudo de asombro. Al cabo de unos minutos Carnarvon ya no pudo soportar más la espera.

—¿Puede ver algo? —preguntó.

—Sí, sí —respondió Carter—, cosas maravillosas.

Al día siguiente, Carter escribía emocionado a su amigo, y egiptólogo como él, Alan Gardiner: «Imagino que es el mayor hallazgo jamás realizado».

Carter y Carnarvon habían descubierto una tumba real intacta de la edad de oro del antiguo Egipto. Estaba abarrotada, en palabras del propio Carter, de «material suficiente como para llenar todo el piso superior de la sección egipcia del M[useo] B[ritánico]». Solo la antecámara —la primera de las cuatro salas en las que entraron Carter y sus compañeros— contenía tesoros de una opulencia inimaginable: tres colosales lechos ceremoniales dorados que adoptaban la forma de fabulosas criaturas; altares dorados con imágenes de dioses y diosas; joyeros pintados y cofres taraceados; carros dorados y finos pertrechos de tiro con arco; un magnífico trono de oro con incrustaciones de plata y piedras preciosas; jarrones de hermoso alabastro traslúcido y, custodiando la pared que quedaba a la derecha, dos figuras de tamaño natural del rey muerto, de piel negra y avíos de oro. El real nombre que figuraba en muchos de los objetos no dejaba lugar a dudas en cuanto a la identidad del dueño de la tumba: los jeroglíficos mencionaban claramente a Tut-anj-Amón.

Por una curiosa coincidencia, el gran avance que había permitido descifrar por primera vez la escritura del antiguo Egipto, iniciando el estudio de la civilización faraónica a través de sus numerosas inscripciones, se había producido exactamente un siglo antes. En 1822, el erudito francés Jean-François Champollion publicaba su célebre Carta a M. Dacier, donde describía correctamente el funcionamiento del sistema de escritura jeroglífico e identificaba los valores fonéticos de muchos signos importantes. Este punto de inflexión en la historia de la egiptología era a su vez el resultado de un largo período de estudio. El interés de Champollion por la escritura del antiguo Egipto había surgido cuando de niño había oído hablar por primera vez de la piedra de Rosetta. La piedra, que contenía una proclama real grabada en tres escrituras distintas (griega, demótica y jeroglífica), había sido descubierta por las tropas napoleónicas en Rashid (Rosetta) durante la invasión francesa de 1798 —cuando Champollion tenía solo ocho años de edad—, y había de proporcionar una de las principales claves para el desciframiento. El precoz genio que demostró Champollion para las lenguas le permitió llegar a tener un gran dominio del griego y —algo crucial— del copto, la lengua litúrgica de la Iglesia ortodoxa egipcia y descendiente directa del antiguo Egipto. Armado de tales conocimientos, y de una transcripción de la piedra de Rosetta, Champollion tradujo correctamente la versión jeroglífica del texto, iniciando así el proceso que habría de revelar los secretos de la historia del antiguo Egipto. Su gramática y su diccionario de la lengua del antiguo Egipto, publicados póstumamente, permitieron por primera vez a los estudiosos leer las palabras de los propios faraones tras un intervalo de más de dos mil años.

Al mismo tiempo que Champollion trabajaba en los misterios de la lengua del antiguo Egipto, un inglés llamado John Gardner Wilkinson realizaba una contribución no menos importante al estudio de la civilización faraónica. Wilkinson, que había nacido un año antes de la invasión napoleónica, viajó a Egipto a la edad de veinticuatro años y pasó allí los doce siguientes, visitando prácticamente todos los yacimientos conocidos, copiando innumerables escenas e inscripciones de tumbas, y llevando a cabo el estudio más exhaustivo de los monumentos faraónicos emprendido hasta entonces (durante un año, en 1828-1829, Wilkinson y Champollion coincidieron en Egipto, viajando y tomando notas, pero se ignora si llegaron a encontrarse). A su regreso a Inglaterra en 1833, Wilkinson empezó a recopilar los resultados de su trabajo, que publicaría cuatro años después: la obra en tres volúmenes Vida y costumbres de los antiguos egipcios, junto con otra en dos volúmenes titulada El Egipto moderno y Tebas (1843), representó —y sigue representando— el mayor estudio jamás escrito de la antigua civilización egipcia.

Wilkinson se convirtió en el egiptólogo más famoso y reputado de su época, y de hecho se le considera, junto con Champollion, uno de los fundadores de la egiptología. Justo un año antes de su muerte nació Howard Carter, el hombre que habría de impulsar la egiptología —y la fascinación de la opinión pública por el antiguo Egipto— hacia nuevas cotas. A diferencia de sus dos grandes precursores, Carter se tropezó con la egiptología casi por accidente. Fue su habilidad como dibujante y pintor, antes que una profunda fascinación por el antiguo Egipto, lo que le permitió conseguir su primer puesto de trabajo en la plantilla de la Prospección Arqueológica del gobierno británico en este país a los diecisiete años de edad. Ello supuso para Carter la oportunidad de formarse bajo la dirección de algunos de los más grandes arqueólogos del momento, como Flinders Petrie, el «padre de la arqueología egipcia», con quien excavó en Amarna, capital del faraón herético Ajenatón y probable lugar de nacimiento de Tutankamón. Copiando escenas de tumbas y templos de varias expediciones, Carter llegó a adquirir un íntimo conocimiento del arte del antiguo Egipto. Y, seguramente, su conocimiento de primera mano de muchos de los principales yacimientos arqueológicos se vería complementado por la lectura de las obras de Wilkinson. El caso es que en 1899 Carter fue nombrado inspector general de monumentos del Alto Egipto, y cuatro años más tarde lo sería también del Bajo Egipto. Pero su mal genio y su obstinación pusieron un abrupto final a su prometedora carrera cuando se negó a pedir disculpas tras un altercado con unos turistas franceses y fue inmediatamente despedido del Servicio de Antigüedades (a la sazón bajo control francés). Volviendo a sus raíces, durante los cuatro años siguientes Carter se ganó la vida como acuarelista itinerante, hasta que en 1907 unió sus fuerzas con lord Carnarvon para empezar a excavar, una vez más, en Tebas.

Después de quince largos, calurosos y no demasiado fructíferos años, Carter y su mecenas lograrían finalmente hacer el mayor descubrimiento de la historia de la egiptología.

Tras la puesta de sol de aquel día de noviembre de 1922, el atónito grupo emprendió el regreso a casa de Carter para entregarse a un irregular sueño nocturno. Resultaba imposible asimilar todo lo ocurrido. Habían hecho el mayor descubrimiento arqueológico que el mundo había visto hasta entonces. Nada volvería a ser igual que antes. Pero una última pregunta acosaba a Carter: había encontrado la tumba de Tutankamón y los ramos de flores que habían quedado del regio funeral; pero ¿seguía aún yaciendo inmóvil el propio rey en su cámara mortuoria?

El amanecer del nuevo día trajo consigo una actividad febril, mientras Carter empezaba a ser consciente de la inmensidad de la tarea que le aguardaba. Se dio cuenta de que necesitaría reunir —y pronto— a un equipo de expertos que ayudaran a fotografiar, catalogar y conservar el vasto número de objetos de la tumba. Empezó poniéndose en contacto con amigos y colegas, e informó del espectacular descubrimiento a las autoridades responsables de las antigüedades egipcias. Se acordó la fecha del 29 de noviembre para la apertura pública oficial de la tumba. El acontecimiento —el mayor descubrimiento arqueológico de la era mediática— contaría con la asistencia de la prensa de todo el mundo; a partir de ese momento, a Carter le resultaría imposible recuperar el control de la situación. Si pretendía resolver tranquilamente y a su propio ritmo el misterio del lugar del último reposo del rey, debía anticiparse a la apertura oficial y actuar a espaldas de los funcionarios de antigüedades.

La noche del 28 de noviembre, tan solo unas horas antes del momento en que estaba prevista la llegada de la prensa, Carter y sus tres fieles compañeros se apartaron discretamente de la multitud y entraron una vez más en la tumba. Su instinto le decía que las figuras de piel negra que custodiaban la pared de la derecha de la antecámara debían de indicar la situación de la cámara mortuoria. El muro de yeso detrás de ellas vino a confirmarlo. De nuevo, Carter abrió un pequeño agujero en el yeso al nivel del suelo, justo del tamaño suficiente para colarse a través de él, y armado esta vez con una linterna eléctrica en lugar de una vela, pasó reptando por la abertura. Carnarvon y lady Evelyn le siguieron; Callender, que era un poco más corpulento, se quedó atrás. Se encontraron entonces ante un enorme sepulcro dorado que llenaba la sala. Al abrir sus puertas, reveló un segundo sepulcro en su interior… y luego un tercero y un cuarto, que a su vez albergaba un sarcófago de piedra. Ahora Carter estaba seguro: en el interior yacía el cuerpo del rey, que permanecía allí inmóvil desde hacía treinta y tres siglos. Tras regresar a la antecámara, Carter se apresuró a disimular torpemente su incursión no autorizada tapando el agujero con una cesta y un montón de cañas. Nadie más volvería a ver lo que habían visto Carter, Carnarvon y lady Evelyn hasta tres meses después.

El 30 de noviembre de 1922, el anuncio del descubrimiento de la tumba de Tutankamón ocupó los titulares de prensa de todo el mundo, captando la imaginación de la opinión pública y generando una oleada de interés popular por los tesoros de los faraones. Pero no acabó ahí la cosa. A la apertura oficial de la cámara mortuoria, el 16 de febrero de 1923, le seguiría, un año después, el alzamiento de la tapa, de una tonelada y cuarto de peso, del inmenso sarcófago de piedra del rey; una hazaña realizada con gran pericia por Callender gracias a sus conocimientos de ingeniería. En el interior del sarcófago aparecieron nuevas capas protectoras del cuerpo del faraón: tres ataúdes, metidos uno dentro del otro, venían a complementar a los cuatro sepulcros dorados. Los dos ataúdes más externos eran de madera dorada, pero el tercero, el interior, era de oro macizo. Dentro de cada ataúd había amuletos y objetos rituales, todos los cuales tuvieron que ser rigurosamente documentados y retirados antes de poder examinar la siguiente capa. El proceso completo, desde el alzamiento de la tapa del sarcófago hasta la apertura del tercer ataúd, requirió más de dieciocho meses. Por último, el 28 de octubre de 1925, casi tres años después del descubrimiento de la tumba y cuando habían transcurrido dos desde la prematura muerte de Carnarvon (no por la maldición del faraón, sino de septicemia), llegó el momento de descubrir los restos momificados del joven rey. Utilizando un complejo sistema de poleas, se levantó la tapa del ataúd interior por sus propias asas originales. Dentro yacía la real momia, recubierta por ungüentos de embalsamar que se habían ennegrecido con los años. De entre aquel amasijo alquitranado destacaba, cubriendo el rostro del rey, una magnífica máscara funeraria de oro batido que reproducía la imagen del joven monarca. En su frente aparecían representadas las diosas buitre y cobra, y alrededor del cuello llevaba un ancho collar de vidrio con incrustaciones y piedras semipreciosas. Carter y Tutankamón por fin se encontraban cara a cara.

La máscara de Tutankamón es quizá el objeto más magnífico jamás recuperado de una civilización antigua. Hoy nos sigue deslumbrando como deslumbró a quienes fueron los primeros en contemplarlo en tiempos modernos, hace ya casi un siglo. Durante las décadas de 1960 y 1970 fue la joya de una exposición itinerante sobre Tutankamón que atrajo a millones de personas en todo el mundo, desde Vancouver hasta Tokio. Aunque yo era demasiado joven para tener ocasión de verla cuando recaló en Londres, el libro que se publicó para complementarla representaría mi primera introducción al exótico mundo del antiguo Egipto. Me recuerdo leyéndolo en el descansillo, a los seis años de edad, maravillado ante las joyas, el oro y los extraños nombres de los reyes y dioses. Los tesoros de Tutankamón sembraron en mi mente una semilla que en los años posteriores habría de germinar y florecer. Pero el terreno ya estaba preparado de antemano. Un año antes, cuando tenía cinco, mientras hojeaba las páginas de mi primera enciclopedia infantil, me había llamado la atención una entrada que ilustraba diferentes sistemas de escritura. Y no fueron precisamente las escrituras griega, árabe, india o china las que cautivaron mi imaginación, sino los jeroglíficos egipcios. El libro mostraba solo unos cuantos signos, pero bastaron para permitirme averiguar cómo escribir mi propio nombre. Los jeroglíficos y Tutankamón me pusieron en el camino que me llevaría a convertirme en egiptólogo.

De hecho, la escritura y la realeza eran las dos piedras angulares gemelas de la civilización faraónica, las características definitorias que la diferenciaban de otras culturas antiguas. Pese a los esfuerzos de los arqueólogos por descubrir los vertederos y talleres que revelan la vida cotidiana de los ciudadanos normales y corrientes, son el abundante material escrito y las imponentes construcciones que dejaron los faraones los que siguen dominando nuestra visión de la historia del antiguo Egipto. Frente a tan poderosos testimonios, quizá no resulta sorprendente que nos sintamos inclinados a quedarnos con la primera impresión que nos transmiten dichos textos y monumentos. Y, sin embargo, los deslumbrantes tesoros de los faraones no deberían impedirnos ver una verdad más compleja: pese a sus espectaculares monumentos, sus magníficas obras de arte y sus duraderos logros culturales, el antiguo Egipto tenía un lado oscuro.

Los primeros faraones supieron comprender el extraordinario poder de la ideología —y de su equivalente visual, la iconografía— a la hora de agrupar a personas dispares y unirlas en su lealtad al Estado. Los más antiguos reyes de Egipto formularon y explotaron las herramientas de liderazgo que hoy nos siguen acompañando: un elaborado boato ceremonial y unas apariciones públicas minuciosamente coreografiadas para diferenciar al soberano de la plebe; la pompa y el espectáculo de las grandes ocasiones de Estado para reforzar los vínculos de lealtad; el fervor patriótico expresado oral y visualmente, etcétera. Pero los faraones y sus consejeros también sabían perfectamente que su control del poder podía mantenerse con la misma eficacia por otros medios, menos benignos: la propaganda política, una ideología basada en la xenofobia, una estrecha vigilancia de la población y una brutal represión de la disidencia.

Estudiando el antiguo Egipto durante más de veinte años, he llegado a sentirme cada vez más incómodo con el objeto de mi investigación. Eruditos y entusiastas se sienten igualmente inclinados a contemplar la cultura faraónica con emocionada reverencia. Nos maravillamos ante las pirámides, sin pararnos a pensar demasiado en el sistema político que las hizo posibles. Nos deleitamos indirectamente en las victorias militares de los faraones —Thutmose III en la batalla de Megido, o Ramsés II en la de Qadesh—, sin detenernos apenas a reflexionar sobre la brutalidad de la guerra en el mundo antiguo. Nos emocionamos ante la heterodoxia del rey herético Ajenatón y todas sus obras, pero no nos preguntamos cómo debe de ser la vida bajo un soberano déspota y fanático (a pesar de los paralelismos modernos que, como en el caso de Corea del Norte, invaden las pantallas de nuestros televisores). No faltan las evidencias sobre el lado oscuro de la civilización faraónica. Desde los sacrificios humanos en la I Dinastía hasta la revuelta campesina bajo los Ptolomeos, el antiguo Egipto era una sociedad en la que la relación entre el rey y sus súbditos se basaba en la coacción y el temor, y no en el aprecio y la admiración; donde el poder de la realeza era absoluto y la vida carecía de valor. El propósito de este libro es proporcionar un panorama de la civilización del antiguo Egipto más completo y equilibrado que el que suele encontrarse en las páginas de los libros académicos o populares. Me propongo revelar tanto las luces como las sombras, los éxitos y los fracasos, la audacia y la brutalidad que caracterizaron la vida bajo los faraones.

La historia del valle del Nilo pone al desnudo la relación entre gobernantes y gobernados, una relación que ha demostrado ser obstinadamente inmutable. Los antiguos egipcios inventaron el concepto de Estadonación que todavía domina nuestro planeta cinco mil años después. Esta creación egipcia fue notable no solo por su impacto, sino también por su longevidad: el Estado faraónico, tal como se concibió originariamente, duró tres milenios (en comparación, Roma apenas aguantó uno, mientras que la cultura occidental todavía no ha sobrevivido dos). Una razón clave de esta extraordinaria supervivencia es el hecho de que el marco filosófico y político inicialmente desarrollado en el nacimiento del antiguo Egipto se hallaba tan en consonancia con la psique nacional, que siguió constituyendo el patrón arquetípico de gobierno durante las cien generaciones siguientes. Pese a los prolongados períodos de fragmentación política, descentralización y malestar, el gobierno faraónico siguió representando un poderoso ideal. Un credo político que se reconvierte en mito nacional puede llegar a incardinarse muy profundamente en la conciencia humana.

Resulta extremadamente difícil conectar con una cultura tan distante de la nuestra en el espacio y en el tiempo. La del antiguo Egipto era una sociedad tribal escasamente poblada. Su religión politeísta, su economía premonetaria, su reducida tasa de alfabetización y el predominio ideológico de una realeza divina constituyen, todas ellas, características definitorias que resultan completamente ajenas a los observadores occidentales contemporáneos, incluido yo mismo. Así pues, además de familiarizarse con dos siglos de labor académica, el estudio del antiguo Egipto requiere un enorme salto de la imaginación. Pese a ello, nuestra común humanidad nos ofrece una vía de acceso. En las trayectorias vitales de los soberanos del antiguo Egipto podemos ver los motivos que impulsan a los hombres y mujeres ambiciosos reflejados por vez primera en las páginas de la historia. Asimismo, el estudio de la civilización del antiguo Egipto revela los mecanismos mediante los que se ha organizado, engatusado, dominado y subyugado a las personas hasta el día de hoy. Y, gracias a la perspectiva que nos brinda la retrospección, podemos ver en la autoconfianza de la cultura faraónica la semilla de su propia destrucción.

La grandeza y la decadencia del antiguo Egipto encierran lecciones que todos podemos aprender.

Primera parte. Derecho divino (5000-2175 a.C.)

Primera parte

Derecho divino
 (5000-2175 a.C.)

Las pirámides de Giza representan el símbolo definitorio del antiguo Egipto. En términos históricos, señalan el primer gran florecimiento de la civilización faraónica, el Imperio Antiguo. Pero las pirámides y la sofisticada cultura que representan no surgieron de repente, plenamente formadas, sin un largo período de gestación. Los orígenes y el desarrollo inicial de la civilización de Egipto se remontan al menos a dos mil años antes de las pirámides, al remoto pasado prehistórico del país.

Durante un período de muchos siglos, las comunidades que vivían en el fértil valle del Nilo y en las secas praderas que se extendían al este y al oeste desarrollaron las principales piedras angulares de la cultura egipcia, su cosmovisión característica, configurada por su peculiar entorno natural. Cuando los diversos territorios rivales pasaron, mediante el comercio y la conquista, a forjar el primer Estado-nación del mundo, el ritmo del desarrollo social se aceleró, y con el advenimiento de la primera dinastía de reyes egipcios se completó la lista de los principales elementos del cuadro.

Los ochos siglos siguientes presenciaron el surgimiento de una gran civilización y de su más plena expresión en los monumentos más representativos de la meseta de Giza. Sin embargo, y como los propios egipcios sabían muy bien, el orden y el caos van constantemente de la mano. Tan rápidamente como había florecido, aquel Estado, sometido a una tensión excesiva, se marchitó bajo las presiones internas y externas, llevando el Imperio Antiguo a un final ignominioso.

En esta primera parte se examina esa grandeza y decadencia inicial del antiguo Egipto, desde su extraordinario nacimiento hasta su cenit cultural en el apogeo de la Era de las Pirámides y su posterior decadencia; el primero de muchos ciclos similares en la larga historia de los faraones. Si hay un rasgo definitorio de este período, es la ideología de la realeza divina. La promulgación de la creencia en un monarca con autoridad divina representó el logro más significativo de los primeros gobernantes de Egipto. Esta se incardinó tan profundamente en la conciencia egipcia que seguiría siendo la única forma de gobierno aceptable durante los tres mil años siguientes. Aunque solo sea por su longevidad, pues, puede considerarse el más grande de todos los sistemas políticos y religiosos que ha conocido el mundo. Y se expresó a través del arte, la escritura, los ceremoniales y, sobre todo, la arquitectura, proporcionando tanto la inspiración como la justificación de las enormes tumbas reales.

Los funcionarios que sirvieron al rey y cuyo genio administrativo construyó las pirámides dejaron también sus propios monumentos, sus sepulcros suntuosamente decorados, como testimonio de la sofisticación y los recursos de la corte. Pero el gobierno de la realeza tenía también un lado oscuro. La apropiación de tierras, el trabajo forzado o el escaso aprecio por la vida humana fueron características de la Era de las Pirámides tanto como su grandiosa arquitectura. La explotación implacable de los recursos naturales y humanos de Egipto fue un requisito previo para poder lograr las grandes ambiciones del Estado, y preparó asimismo el terreno para los siguientes siglos de gobierno faraónico. Mientras los reyes gobernaban por derecho divino, los derechos de sus súbditos les interesaban bien poco. Y ese sería un tema constante en la historia del antiguo Egipto.

1. El principio

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El principio

EL PRIMER REY DE EGIPTO

En una alta vitrina situada en el vestíbulo del Museo Egipcio de El Cairo se exhibe una antigua placa de pizarra de color negro verdoso, de aproximadamente medio metro de altura y no más de dos centímetros y medio de grosor. Tiene forma de escudo y las dos caras grabadas con bajorrelieves. Las escenas que en ella se representan, aunque todavía nítidas, resultan difíciles de distinguir a la luz vaga y difusa que se filtra a través de la polvorienta cúpula acristalada del techo del museo. La mayoría de los visitantes apenas se detienen a mirar ese extraño objeto cuando se dirigen directamente a contemplar las doradas riquezas de Tutankamón en el piso de arriba. Y, sin embargo, esta modesta placa de piedra constituye uno de los documentos más importantes que se han conservado del antiguo Egipto. El lugar destacado que ocupa en la entrada del Museo Egipcio, el mayor acervo de cultura faraónica del mundo, da testimonio de su trascendencia: es el objeto que señala propiamente el principio de la historia del antiguo Egipto.

La paleta de Narmer, como se la conoce entre los egiptólogos, se ha convertido en un símbolo del Egipto más ancestral, pero las circunstancias de su descubrimiento están rodeadas de incertidumbre. En el invierno de 1897-1898, los arqueólogos británicos James Quibell y Frederick Green estaban excavando en el antiguo yacimiento de Nejen (la actual Kom el-Ahmar), la «ciudad del halcón» o la Hieracómpolis clásica, en el extremo sur de Egipto. El siglo XIX todavía era la época de la búsqueda de tesoros, y Quibell y Green, pese a guiarse por un planteamiento más científico que muchos de sus contemporáneos, no eran inmunes a la presión por descubrir objetos valiosos que satisficieran a sus mecenas ingleses. Así, tras haber escogido excavar en Nejen, un yacimiento erosionado por innumerables siglos y desprovisto en gran medida de grandes monumentos destacables, decidieron centrar su atención en las ruinas del templo local. Aunque pequeño y poco impresionante en comparación con los grandes santuarios de Tebas, no se trataba tampoco de un templo provincial común y corriente: desde los albores de la historia se había consagrado a la celebración de la realeza de Egipto, y el dios halcón de Nejen, Horus, era la divinidad protectora de la monarquía egipcia. ¿Era posible, entonces, que el templo pudiera ocultar algún tesoro real?

Aunque los dos hombres trabajaban con ahínco, sus primeros resultados fueron decepcionantes: trozos de muro de adobe, los restos de un montículo recubierto de piedra, unas cuantas estatuas desgastadas y rotas… Nada espectacular, pues. La siguiente zona que investigar se hallaba delante del montículo, pero allí los arqueólogos tan solo encontraron una gruesa capa de arcilla que se resistía a una excavación sistemática. La ciudad del halcón parecía decidida a guardar sus secretos. Pero entonces, cuando Quibell y Green empezaron a excavar en la capa de arcilla, se encontraron con una serie de objetos rituales de desecho dispersos, una abigarrada colección de parafernalia sagrada que había sido agrupada y enterrada por los sacerdotes del templo en algún momento del pasado remoto. No había oro, pero el «Depósito Principal» —como lo denominaron con optimismo— sí contenía algunos hallazgos tan interesantes como inusuales. Entre ellos destacaba una placa de piedra tallada.

No había ninguna duda acerca de la clase de objeto que habían encontrado: una depresión circular poco profunda en medio de una de las caras revelaba que se trataba de una paleta, un soporte para moler y mezclar pigmentos. Pero no se trataba de una herramienta cotidiana empleada para preparar cosméticos; las elaboradas y detalladas escenas que decoraban sus dos caras mostraban que su elaboración había sido encargada para un fin mucho más noble: celebrar las hazañas de un glorioso rey. Bajo la mirada benigna de dos diosas vaca, una imagen del propio monarca —representado en la secular postura de un soberano egipcio, golpeando a su enemigo con una maza— dominaba una de las caras de la paleta. Los arqueólogos se preguntaron quién era y cuándo había reinado. Dos jeroglíficos, encerrados en un marco rectangular en el extremo superior de la paleta, parecían proporcionar la respuesta, deletreando su nombre: un siluro (nar) y un cincel (mer), Narmer. Se trataba de un rey hasta entonces desconocido por la historia; además, el estilo de los grabados de la paleta apuntaba a una época muy antigua.

Diversas investigaciones posteriores revelaron que Narmer no era solo un rey antiguo más, sino que era de hecho el primer gobernante del Egipto unificado. Accedió al trono alrededor de 2950, y era el primer rey de la I Dinastía. En el barro de Nejen, Quibell y Green se habían tropezado con el monumento fundacional del antiguo Egipto.

Pero, por más que Narmer pueda ser el primer rey histórico, no representa en absoluto el comienzo de la historia de Egipto. La decoración de su famosa paleta muestra el arte de la corte real egipcia y la iconografía de la realeza ya en sus formas clásicas. Sin embargo, algunos de sus motivos más extraños, como los animales entrelazados con largos cuellos serpentinos y el toro pisoteando los muros de una fortaleza enemiga, evocan un pasado más remoto, un pasado prehistórico. En su gran paleta conmemorativa, Narmer reconocía explícitamente que las primeras piedras de la civilización egipcia habían sido colocadas mucho antes de su propia época.

EL DESIERTO FLORECE

Como revela la paleta de Narmer a pequeña escala y en fecha muy temprana, los egipcios lograron un dominio del tallado de la piedra que no se vería superado ni en el mundo antiguo ni en el moderno. La diversa y abundante materia prima presente dentro de las fronteras de Egipto, combinada con grandes logros técnicos, proporcionó a los egipcios un medio extremadamente peculiar de afirmar su identidad cultural. Además, la piedra tenía la ventaja de la permanencia, y los monumentos egipcios fueron conscientemente diseñados con aspiraciones de eternidad. El origen de esta obsesión por la monumentalidad se inició en el Desierto Occidental, cerca de la actual frontera entre Egipto y Sudán, en un lugar remoto conocido entre los arqueólogos como Nabta Playa. Hoy, una carretera principal asfaltada atraviesa el desierto a solo dos o tres kilómetros de allí, soportando todo el tráfico originado por la construcción en Egipto del proyecto denominado Nuevo Valle. Pero hasta hace muy poco Nabta Playa no podía estar más alejada de la civilización. Su principal función era servir de parada intermedia en la ruta terrestre entre el oasis de Bir Kiseiba y las orillas del lago Nasser. El lecho llano de un antiguo lago seco —o playa—, junto con una cercana cresta arenosa, sin duda hacen de Nabta Playa un lugar ideal para acampar de noche. Pero el lugar tiene mucho más interés de lo que podría parecer a primera vista. Por todo el paisaje aparecen dispersas grandes piedras: no cantos rodados producidos de forma natural, sino megalitos que han sido arrastrados hasta allí desde cierta distancia y colocados en puntos clave en torno a los límites de la «playa». Algunos se alzan en espléndido aislamiento, como centinelas en el horizonte, y otros forman alineamientos. Y lo que resulta aún más notable: en una ligera elevación aparecen colocadas una serie de piedras formando un círculo, agrupadas por parejas en posición vertical y encaradas. Dos parejas aparecen alineadas en dirección norte-sur, mientras que otras dos apuntan hacia el lugar por donde se pone el sol en el solsticio de verano.

Nabta Playa, anteriormente desconocida y del todo inesperada, ha surgido de las tinieblas como el «Stonehenge del antiguo Egipto», un paisaje sagrado salpicado de estructuras líticas cuidadosamente colocadas. La datación científica de los sedimentos asociados ha revelado que esos extraordinarios monumentos pertenecen a una época asombrosamente antigua: comienzos del quinto milenio a.C. Por entonces, como en períodos aún más antiguos, el Sahara debía de presentar un aspecto muy distinto de su actual estado de aridez. Todos los años, las lluvias estivales debían de reverdecer el desierto, llenando el lago —de carácter estacional— y convirtiendo sus orillas en exuberantes pastos y tierras cultivables. Las gentes que emigraron a Nabta Playa para aprovecharse de aquella abundancia temporal eran pastores de vacuno seminómadas, que deambulaban con sus rebaños a través de una extensa área del Sahara oriental. En el yacimiento se han descubierto grandes cantidades de huesos de ganado, y pueden verse indicios de actividad humana dispersos por toda la zona: fragmentos de cáscaras de huevo de avestruz (utilizados como cantimploras y, cuando se rompían, para fabricar joyas), puntas de flecha de sílex, hachas de piedra y piedras para moler los cereales que se cultivaban en las orillas del lago. Con su fertilidad estacional, Nabta ofrecía a los pueblos seminómadas un lugar fijo de gran trascendencia simbólica, y a lo largo de generaciones estos emprendieron su transformación en un centro ritual. La disposición de los alineamientos líticos debió de requerir un elevado grado de participación comunitaria. Como sus equivalentes de Stonehenge, los monumentos de Nabta revelan que la población prehistórica local había desarrollado una sociedad sumamente organizada. Sin duda, la forma de vida pastoral requería que las decisiones se tomaran sabiamente, partiendo de un detallado conocimiento del entorno, una estrecha familiaridad con las estaciones y un sentido preciso del tiempo. Las cabezas de ganado son animales que necesitan beber mucho y que requieren un suministro diario de agua potable al final de cada recorrido, de manera que decidir cuándo convenía llegar a un lugar como Nabta y cuándo convenía marcharse de nuevo podía ser cuestión de vida o muerte para toda la comunidad.

Parece que la finalidad de las piedras verticales y del «calendario circular» era predecir la llegada de las importantísimas lluvias, que se producían poco después del solsticio de verano. Cuando llegaban las lluvias, la comunidad lo celebraba sacrificando algunas de sus preciosas cabezas de ganado en señal de agradecimiento, y enterrando luego a los animales en tumbas marcadas en la superficie con grandes piedras planas. Bajo uno de tales montículos, los arqueólogos encontraron no ganado enterrado, sino un enorme monolito de arenisca que había sido cuidadosamente tallado y enjaezado para que se asemejara a una vaca. Datado, como el calendario circular, a principios del quinto milenio a.C., constituye la escultura monumental más antigua conocida de Egipto. Es aquí, pues, donde hay que buscar los orígenes de la tradición faraónica del tallado de la piedra: en el Desierto Occidental prehistórico, entre errantes pastores de vacuno, más de un milenio antes del comienzo de la I Dinastía. Así, los arqueólogos se han visto forzados a replantearse sus teorías sobre los orígenes de Egipto.

En el otro extremo del territorio egipcio, en el Desierto Oriental, se han hecho descubrimientos no menos notables, que vienen a confirmar la impresión de que las áridas tierras que bordean el valle del Nilo fueron el crisol de la antigua civilización egipcia. Miles de pinturas rupestres, repartidas por los riscos de arenisca, salpican los valles secos (conocidos como uadis) que cruzan de un lado a otro el accidentado terreno que separa el Nilo de las colinas del mar Rojo. En algunos lugares, normalmente asociados a abrigos naturales, salientes rocosos o cuevas, existen grandes concentraciones de pinturas. Una de ellas, situada junto al lecho seco de una poza en el Uadi Umm Salam, se ha comparado con la Capilla Sixtina. Sus imágenes representan una de las formas de arte sacro más antiguas de Egipto, prefigurando la imaginería clásica de la religión faraónica nada menos que mil años antes. Como sus homólogos amantes de la escultura de Nabta Playa, parece que los artistas prehistóricos del Desierto Oriental también eran pastores de ganado vacuno, y en sus composiciones aparecen con gran frecuencia imágenes de su ganado, así como de los animales salvajes a los que daban caza en la sabana. Pero en lugar de utilizar megalitos para denotar sus creencias más profundas, ellos aprovecharon las lisas laderas de los riscos que les ofrecía su propio entorno, convirtiéndolas en lienzos donde plasmar su expresión religiosa. Es en el arte rupestre del Desierto Oriental donde se dan por primera vez algunos de los temas clave de la iconografía faraónica, como los dioses viajando en barcos sagrados o las cacerías rituales de animales salvajes. Hoy, el carácter inaccesible e inhóspito de la región oculta su papel crucial en el auge del antiguo Egipto.

EL PROCESO SE ACELERA

La actual prospección y excavación de diversos yacimientos en los desiertos Occidental y Oriental está revelando una pauta de estrecha interacción entre las poblaciones del desierto y del valle en la prehistoria. De forma bastante inesperada, los pastores de ganado vacuno seminómadas que deambulaban por la sabana prehistórica parecen haberse hallado en un estadio más avanzado que aquellos de sus contemporáneos que habitaban en el valle. Sin embargo, en lo que representa una lección para nuestra época, su vibrante forma de vida se extinguió debido a un cambio medioambiental. Más o menos a partir del año 5000, el clima del nordeste de África empezó a experimentar una acusada transformación. Las antaño predecibles lluvias estivales, que durante milenios habían proporcionado pastos estacionales a los pastores de ganado vacuno, empezaron a volverse cada vez menos regulares. A lo largo de un período de varios siglos, la zona de lluvias se fue desplazando progresivamente hacia el sur (en la actualidad las lluvias, cuando caen, lo hacen sobre las tierras altas de Etiopía). Las sabanas situadas al este y al oeste del Nilo empezaron a secarse y convertirse en desierto. Después de solo unas cuantas generaciones, las tierras desecadas ya no pudieron sustentar a los sedientos rebaños de ganado. Para los pastores, la alternativa a morir de hambre fue emigrar a la única fuente de agua permanente de la región: el valle del Nilo.

Allí, en los límites de la llanura aluvial (o llanura de inundación) del río, se establecieron las primeras comunidades sedentarias a principios del quinto milenio a.C., más o menos en la época de los constructores de megalitos de Nabta Playa. Como los pastores de ganado vacuno, los habitantes del valle también practicaban la agricultura, pero, a diferencia de lo que permitía el carácter estacional de las lluvias en las regiones áridas, el régimen del Nilo posibilitaba los cultivos a lo largo de todo el año. Esto habría proporcionado a los moradores del valle el incentivo y los recursos necesarios para ocupar sus aldeas de forma permanente. La forma de vida que desarrollaron se conoce entre los egiptólogos como «cultura badariense», que toma su nombre del yacimiento de El-Badari, donde fue inicialmente documentada. La zona vecina resultaba propicia para ser habitada, dadas la yuxtaposición de diferentes ecosistemas —llanura aluvial y sabana— y las excelentes vías de comunicación con su entorno más amplio: hacia el oeste, las rutas del desierto llevaban a los oasis, mientras que hacia el este se extendía un importante uadi que llegaba hasta la costa del mar Rojo. A través de estos contactos, la forma de vida badariense se vio fuertemente influida por las primeras culturas del desierto.

Un elemento de dicha influencia, el interés en el ornamento personal, acompañaría a los antiguos egipcios a lo largo de toda su historia. Otro sería la gradual estratificación de la sociedad en líderes y seguidores, una pequeña clase gobernante y un grupo de súbditos mayor; un elemento que debería mucho al difícil estilo de vida que afrontaron los pastores seminómadas. Tanto estos estímulos externos como su propia dinámica interna empezaron a transformar a la sociedad badariense. A lo largo de muchos siglos, los cambios graduales arraigaron y empezaron a acelerarse. Los ricos se enriquecieron aún más, y empezaron a actuar como patronos de una nueva clase de artesanos especializados. Estos, a su vez, desarrollaron nuevas tecnologías y nuevos productos para satisfacer los gustos cada vez más sofisticados de sus patronos. La introducción de un acceso restringido a los bienes y materiales de prestigio vino a reforzar todavía más el poder y el estatus de los más ricos de la sociedad.

Una vez iniciado, el proceso de transformación social ya no se podía detener. Cultural, económica y políticamente, la sociedad prehistórica se fue volviendo cada vez más compleja, y Egipto inició el camino que lo llevaría a convertirse en un Estado. La desecación definitiva de los desiertos, hacia el año 3600, debió de dar un nuevo impulso a este proceso. Es posible que una repentina explosión demográfica se tradujera en una mayor competencia por los recursos escasos, incentivando la construcción de ciudades amuralladas. El mayor número de bocas que alimentar también debió de haber estimulado una agricultura más productiva. La urbanización y la intensificación de los cultivos fueron respuestas al cambio social, pero a su vez representaron un estímulo para nuevos cambios.

En tales condiciones, las comunidades del Alto Egipto empezaron a unirse en torno a tres grupos regionales, cada uno de ellos probablemente gobernado por un monarca hereditario. Diversos factores estratégicos ayudan a explicar el temprano predominio de aquellos tres reinos prehistóricos. Uno de ellos tenía su centro en la población de Cheni (o Tinis, cerca de la actual Girga), un lugar donde la llanura aluvial se estrechaba, permitiendo el control del tráfico fluvial, y donde las rutas comerciales procedentes de Nubia y de los oasis del Sahara llegaban al valle del Nilo. Un segundo territorio tenía su capital en Nubt («la dorada», la actual Naqada), que controlaba el acceso a las minas de oro del Desierto Oriental a través del Uadi Hammamat, en la orilla opuesta del río. El tercer reino había surgido en torno al asentamiento de Nejen, que, como Cheni, era el punto de partida de una ruta que cruzaba el desierto hasta los oasis (y, por ende, hasta Sudán), y asimismo, como Nubt, controlaba el acceso a importantes reservas de oro del Desierto Occidental, en este caso a unos depósitos situados más al sur y a los que se llegaba por un uadi situado directamente enfrente de la población.

Los gobernantes de estos tres territorios hicieron lo que hacen todos los aspirantes a líderes: tratar de demostrar y reforzar su autoridad por medios políticos, ideológicos y económicos. Su insaciable sed de objetos raros y valiosos, ya fueran oro y piedras preciosas de los desiertos de Egipto o importaciones exóticas de tierras remotas (como aceite de oliva de Oriente Próximo y lapislázuli de Afganistán), estimuló el comercio interior y exterior. Su autoridad para retirar permanentemente tales artículos de la circulación constituía una afirmación particularmente potente de riqueza y privilegio, de manera que los enterramientos de la élite se fueron volviendo cada vez más elaborados y ricamente abastecidos, basándose en una tradición de objetos funerarios que se remontaba a la época badariense. La aparición en los tres territorios de cementerios especiales, exclusivos para la clase dominante local, constituye un indicio claro de que se trataba de sociedades fuertemente jerárquicas. Pero, con tres reinos compitiendo por la hegemonía, el inevitable choque no podía tardar mucho en llegar.

La secuencia exacta de los acontecimientos resulta difusa, puesto que esta era todavía una época anterior a los textos escritos. Sin embargo, comparando el tamaño y la magnificencia de las tumbas en los tres emplazamientos podemos obtener algunas pistas acerca de quién ganó la batalla por la supremacía. Sin duda, los enterramientos de Nejen y Abedyu (la Abidos clásica, necrópolis de Cheni) superan a sus equivalentes de Nubt. La posterior reverencia hacia Nejen y Abedyu que mostrarían Narmer y sus sucesores —en contraste con su relativa falta de interés hacia Nubt— apunta en la misma dirección.

Es posible que un intrigante descubrimiento realizado recientemente, de nuevo en el Desierto Occidental, registre incluso el momento en el que Cheni eclipsó a su vecina del sur. El desierto que separa Abedyu de Nubt está atravesado de un lado a otro por una serie de pistas, muchas de las cuales se han utilizado durante miles de años. De manera poco habitual, estas vías terrestres ofrecían una ruta más rápida y directa que el río debido a la amplia curva que el Nilo describe en ese punto de su curso. Junto a la ruta principal que une Abedyu y Nubt, una representación tallada en la roca parece registrar una victoria del gobernante prehistórico de Cheni, quizá contra su rival. Obtener el control de las rutas del desierto habría proporcionado sin duda a Cheni una ventaja estratégica decisiva, permitiéndole superar a su vecina e impidiéndole acceder al comercio con las zonas situadas más al sur.

No puede ser casualidad que, exactamente en el mismo período, un gobernante de Cheni construyera, en el cementerio de Abedyu destinado a la élite, la mayor tumba de su época en todo Egipto. Se diseñó para que pareciera un palacio en miniatura, y su tamaño y contenido sin parangón —que incluía un cetro de marfil y una bodega del mejor vino importado— la señalan como un auténtico enterramiento regio. Además, su dueño era claramente un gobernante cuya influencia económica se extendía mucho más allá de su territorio en el valle del Nilo. Entre los hallazgos más notables de la tumba se cuentan centenares de pequeñas etiquetas de hueso, cada una de ellas con varios signos jeroglíficos inscritos. Cada una de estas etiquetas estuvo antaño atada con cuerda a una caja o jarra de productos para la tumba real. Las inscripciones registran la cantidad, naturaleza, procedencia o propiedad del contenido, demostrando —desde los mismos albores de la escritura— la predilección de los antiguos egipcios por llevar registros de todo. Dichas etiquetas no solo constituyen la forma de escritura egipcia más antigua hasta ahora descubierta, sino que, además, los lugares que mencionan como puntos de origen de las mercancías incluyen el templo de Uadyet (en la actual Tell el-Farain) y la ciudad de Bast (la actual Tell Basta) en el delta del Nilo, a cientos de kilómetros al norte de Abedyu. El gobernante de Cheni que construyó este impresionante sepulcro, sin duda estaba en camino de convertirse en el rey de todo Egipto.

Un monarca que gobernaba desde Cheni y controlaba el delta, y otro establecido en Nejen y con acceso al comercio subsahariano: estas eran las dos piezas que ahora quedaban en el tablero. Por desgracia, no tenemos prácticamente ninguna evidencia sobre la última fase de la lucha, pero la preponderancia de los motivos marciales en los objetos ceremoniales decorados del período, y la construcción, en Nubt y Nejen, de enormes murallas de protección, sugieren con fuerza que hubo un conflicto militar; una idea que se ve confirmada también por la elevada incidencia de heridas craneales entre la población de Nejen en la última fase de la época predinástica.

El resultado final fue, sin duda, bastante claro: cuando se disipó la polvareda, fueron los reyes de Cheni quienes cantaron victoria. Su control de las dos terceras partes del territorio, junto con el acceso a los puertos de mar y al lucrativo comercio con Oriente Próximo (las actuales Siria, Líbano, Israel y Palestina), resultaron decisivos. Hacia el año 2950, después de casi dos siglos de competencia y conflicto, un soberano de Cheni asumió el reinado de un Egipto ahora unificado: el hombre que hoy conocemos como Narmer. Para simbolizar su conquista del delta —quizá la batalla final en la guerra de unificación—, encargó una magnífica paleta ceremonial, decorada con escenas de triunfo. En un gesto de homenaje a sus antiguos rivales (o tal vez para echar sal en sus heridas), consagró el objeto en el templo de Nejen… donde permanecería hasta ser recuperado de entre el lodo 4.850 años después.

EL DON DEL NILO

Dado el esfuerzo arqueológico y académico invertido en el redescubrimiento de Narmer, resulta humillante tener que reconocer que su identificación como primer rey del antiguo Egipto no hace sino confirmar la versión del historiador griego Herodoto, que escribió hace veinticuatro siglos. Para «el padre de la historia» no cabía duda de que «Menes» (otro de los nombres de Narmer) había sido el fundador del Estado egipcio. Ello nos enseña la saludable lección de que los antiguos solían tener mucha más inteligencia que la que les atribuimos. Herodoto también hizo otra observación fundamental sobre Egipto, que aún hoy capta la verdad esencial sobre el país y su civilización: «Egipto es el don del Nilo». Fluyendo a través del Sahara, el Nilo hace posible la vida en lugares donde de otro modo no existiría. El valle del Nilo es un «oasis lineal», una estrecha franja fértil flanqueada a ambos lados por un vasto y árido desierto, inmensurable y desnudo. La grandeza del antiguo Egipto hay que buscarla en el río y en su naturaleza tanto como en la arqueología de sus tumbas, pinturas rupestres y megalitos.

El entorno natural del valle del Nilo ha ejercido siempre un profundo efecto en sus habitantes. El río moldea no solo el paisaje físico, sino también el modo en que los egipcios se conciben a sí mismos y el lugar que ocupan en el mundo. El paisaje ha influido en sus hábitos y costumbres, y desde tiempos muy remotos ha dejado su impronta en la psique colectiva, configurando a lo largo de generaciones sus creencias filosóficas y religiosas fundamentales. La fuerza simbólica del Nilo es un hilo conductor que recorre toda la civilización faraónica, empezando por el propio mito de los egipcios sobre sus orígenes.

Según el relato más antiguo acerca de cómo se formó el universo, en el principio no había nada más que un caos acuático, personificado en el dios Nun: «El gran dios que se crea a sí mismo; él es agua, él es Nun, padre de los dioses».1 Una versión posterior describe las aguas primigenias como negativas y aterradoras, como la encarnación de lo ilimitado, lo oculto, lo oscuro y lo informe. Sin embargo, aunque carentes de vida, las aguas de Nun albergaban el potencial de la vida; aunque caóticas, contenían en su seno la posibilidad de crear orden. Esta creencia en la coexistencia de los opuestos era característica de la mentalidad del antiguo Egipto y se hallaba profundamente arraigada en su peculiar entorno geográfico. Se reflejaba en el contraste entre la aridez del desierto y la fertilidad de la llanura aluvial, así como en el propio río, puesto que el Nilo podía crear la vida y también destruirla; una paradoja inherente a su peculiar régimen fluvial.

Hasta la construcción de la presa de Asuán, a comienzos del siglo XX de nuestra era, y de su hermana mayor, la Presa Alta, en la década de 1960, el Nilo obraba un milagro anual. Las lluvias estivales que caían sobre las tierras altas de Etiopía acrecentaban el caudal del Nilo Azul —uno de los dos grandes afluentes que se unen para formar el Nilo egipcio—, enviando un torrente de agua río abajo. A primeros de agosto, el avance de la crecida resultaba ya claramente discernible en el extremo sur de Egipto, tanto por el turbulento ruido de las aguas como por el apreciable incremento del nivel del río. Unos días más tarde se producía la inundación propiamente dicha. Con una fuerza incontenible, el Nilo se desbordaba y sus aguas se extendían por toda la llanura. El mero volumen de la crecida bastaba para que el fenómeno se repitiese por toda la extensión del valle del Nilo. Durante varias semanas, todas las tierras cultivables quedaban sumergidas. Pero la inundación no solo traía consigo destrucción, sino también el potencial de nueva vida, tanto en las propias aguas como en la capa de fértil limo depositada en los campos por la crecida. Cuando las aguas retrocedían, el suelo emergía de nuevo, fertilizado e irrigado, listo para la siembra. Precisamente, gracias a este fenómeno anual Egipto disfrutaba de una agricultura tan productiva; eso sí, siempre que la crecida del Nilo fuera suficiente pero no excesiva. Las desviaciones de la norma, ya fueran los «Nilos bajos» o los «Nilos altos», podían resultar igualmente catastróficas, dejando que los cultivos se secaran por falta de agua o ahogándolos en campos anegados. Por fortuna, casi todos los años la inundación era moderada y la cosecha, abundante, proporcionando un superávit por encima de las necesidades inmediatas de subsistencia de la población y permitiendo el desarrollo de una civilización compleja.

De hecho, Egipto se veía doblemente favorecido por su geografía: el río no solo obraba el milagro anual de la inundación, sino que la configuración topográfica que había dado al valle también resultaba enormemente beneficiosa para la agricultura. Visto en sección transversal, el valle del Nilo resulta ligeramente convexo, con las tierras más altas inmediatamente adyacentes al río —restos de antiguos diques— y las zonas más bajas localizadas en los límites de la llanura aluvial. Este hecho hacía al valle especialmente propicio para el regadío, tanto el causado por las crecidas naturales como el debido a medios artificiales, dado que el agua tendía a dirigirse, y permanecer durante más tiempo, en los campos más alejados de las orillas, es decir, en las zonas potencialmente más propensas a la sequía. Además, la llanura aluvial, alargada y estrecha, se divide naturalmente en una serie de cuencas fluviales separadas, cada una de ellas lo bastante compacta como para ser gestionada y cultivada con relativa facilidad por parte de la población local. Este fue un factor importante en la consolidación de los primeros reinos, como los establecidos en torno a Cheni, Nubt y Nejen.

El hecho de que Egipto se unificara bajo el reinado de Narmer, en lugar de seguir estando integrado por una serie de centros de poder rivales o ciudades-Estado beligerantes —la situación de muchos territorios vecinos—, puede atribuirse asimismo al Nilo. El río ha representado siempre una importante arteria para el transporte y la comunicación, que ha beneficiado a todo el país. En Egipto toda la vida depende en última instancia de las vivificantes aguas del Nilo, de modo que en tiempos antiguos ninguna comunidad permanente del valle podía sobrevivir a una distancia mayor de unas pocas horas de marcha del río: esta proximidad de la población al Nilo permitiría a la autoridad dominante ejercer con relativa facilidad el control económico y político a escala nacional.

Como rasgo geográfico definitorio del país, el Nilo representaba también una potente metáfora para todos los egipcios. Por esta razón, los gobernantes de Egipto otorgaron al río y a su inundación anual un papel clave en la ideología estatal que desarrollaron para que respaldara su autoridad a los ojos del conjunto de la población. El valor político de la doctrina religiosa puede verse de forma especialmente llamativa si observamos uno de los primeros mitos de la creación, desarrollado en Iunu (la Heliópolis clásica/actual). Según este relato, las aguas de Nun retrocedieron para revelar un montículo de tierra del mismo modo en que aparecía la tierra seca al retirarse las aguas tras la crecida, lo que venía a subrayar el potencial siempre presente de la creación en medio del caos. Aquel «montículo primigenio» se convertía además en el escenario del propio acto de creación, puesto que el dios creador emergía al mismo tiempo que el montículo, sentado en él. Su nombre era Atum, un término que, de manera característica, significa tanto «totalidad» como «inexistencia». En el arte egipcio, habitualmente se representaba a Atum llevando la doble corona de la realeza, lo que lo identificaba como el creador no solo del universo, sino también del sistema político del antiguo Egipto. El mensaje resultaba claro e inequívoco: si Atum fue el primer rey además del primer ser vivo, entonces el orden creado y el orden político eran interdependientes e inextricables. Oponerse al rey o a su régimen equivalía al nihilismo.

Una versión ligeramente distinta del mito de la creación explicaba que en el montículo recién surgido crecía un junco, y el dios celestial, en la forma de un halcón, descendía sobre él, convirtiéndolo en su morada terrenal y llevando la bendición divina a la tierra. En el transcurso de la larga historia faraónica, todos los templos de Egipto aspiraron a recordar este momento de la creación, colocando su santuario sobre una réplica del montículo primigenio a fin de recrear de nuevo el universo. El resto del mito relata los orígenes de los componentes esenciales de la existencia: los principios masculino y femenino; los elementos fundamentales del aire y la humedad; la tierra y el cielo, y, por último, la primera familia de dioses, los cuales, como las aguas de Nun de las que habían surgido, abarcaban la tendencia tanto al orden como al caos. En total, Atum y sus descendientes inmediatos sumaban nueve divinidades; es decir, tres veces tres, lo que expresaba el concepto de completitud del antiguo Egipto.

El interés esencial de este relato, aparte de su sofisticación filosófica y de su sutil legitimación del gobierno de la realeza, reside en el hecho de que demuestra la fuerza con que el peculiar entorno natural de los egipcios —esa combinación de regularidad y dureza, de fiabilidad y peligro, junto con la promesa anual de renacimiento y renovación— dejó su impronta en la conciencia colectiva de las gentes y determinó la pauta de su civilización.

LAS DOS TIERRAS

El Nilo no solo fue la causa e inspiración de la cultura del antiguo Egipto; fue también el hilo conductor que unificaría toda la historia egipcia, presenciando los progresos de la realeza, el transporte de los obeliscos, las procesiones de los dioses, el avance de los ejércitos, etcétera. El valle y el delta del Nilo —las «Dos Tierras», en la terminología de los propios egipcios— constituyen el telón de fondo de la grandeza y decadencia del antiguo Egipto, y su peculiar geografía resulta clave para entender la larga y compleja historia de este país.

No se conservan mapas de Egipto de las épocas más remotas, pero, de haberlos, sin duda nos llamaría la atención una diferencia asombrosa. Los antiguos egipcios orientaban su vida hacia el sur, puesto que era allí, en el sur, donde nacía el Nilo, y era del sur de donde llegaba la inundación anual. En la concepción del antiguo Egipto, el sur ocupaba la parte «superior» de su mapa mental, mientras que el norte quedaba «debajo». Los egiptólogos han perpetuado esta visión heterodoxa del mundo al llamar «Alto Egipto» a la parte sur del país y «Bajo Egipto» a la parte norte. De acuerdo con esta orientación, el oeste queda a la derecha (en el antiguo Egipto ambos términos eran sinónimos) y el este, a la izquierda. Los propios egipcios denominaban coloquialmente a su país «Las Dos Orillas», lo que venía a subrayar el hecho de que lo consideraban equivalente al valle del Nilo. Otra denominación alternativa, más familiar, era la de Kemet, «la tierra negra», una expresión que aludía al oscuro suelo aluvial que daba al país su fertilidad, y que a menudo se comparaba con Desheret, «la tierra roja» de los desiertos. En cuanto al propio Nilo, los egipcios no tenían necesidad de darle ningún nombre especial: era simplemente Iteru, «el río»; en su mundo no había otro.

Pese a su influencia unificadora, el Nilo está lejos de poseer un carácter uniforme. En su curso desde el África subsahariana hasta el Mediterráneo, moldea el terreno por el que fluye configurando una gran variedad de paisajes distintos, y los antiguos egipcios aprendieron a explotar cada uno de ellos. En su cosmovisión, el río iniciaba su curso en lo que se conoce como la «primera catarata», un conjunto de espectaculares rápidos cerca de la moderna ciudad de Asuán causados por la intrusión de granito duro y resistente a través del estrecho valle del Nilo. El estruendo provocado por las aguas en la época de la crecida al pasar entre los angostos canales y por encima de las rocas salientes, llevó a los antiguos egipcios a creer que la propia crecida se iniciaba en una profunda caverna subterránea situada bajo la catarata. En la isla de Abu (la Elefantina clásica/actual), sembrada de cantos rodados y situada en mitad del cauce del Nilo, rindieron culto a aquella fuerza de la naturaleza bajo la forma del dios carnero Jnum, mientras que la construcción de un nilómetro también en dicha isla, destinado a medir la altura de la crecida, proporcionaba un primer indicio de la fuerza de la inundación cada año. Con sus peligrosos rápidos y sus rocas sumergidas, la región de la catarata resulta peligrosa para la navegación; pero los antiguos egipcios explotaron este hecho en beneficio propio. Abu (o «elefante», así llamada por su importancia en el comercio de marfil) se convirtió en el puesto fronterizo meridional de Egipto, un emplazamiento fácilmente defendible que dominaba y controlaba la llegada por el río de barcos procedentes de más al sur. También representaba el punto de arranque natural de las caravanas que partían por tierra, a través de los oasis de Kurkur, Dunqul y Salima, para incorporarse al Darb el-Arbain («camino de los cuarenta días»), la principal ruta comercial transahariana en dirección norte-sur, que va desde Al-Fashir, en la región sudanesa de Darfur, hasta la ciudad egipcia de Asiut. Las diversas prospecciones arqueológicas actualmente en curso están revelando constantemente la importancia que tuvieron en la Antigüedad las vías de comunicación que atravesaban el desierto, y resulta evidente que el control de aquellas transitadas rutas comerciales resultaba estratégicamente tan importante como el control del tráfico fluvial. La prominencia de Abu y de otros centros comerciales incipientes es un reflejo de su emplazamiento favorable para ambos tipos de viajes. A lo largo de toda la historia del antiguo Egipto, Abu y la región de la primera catarata señalaron el principio del Egipto propiamente dicho. Cuando los barcos que navegaban hacia el norte desde los territorios conquistados superaban la isla de Biga, en la cabecera de la catarata, sus tripulaciones debían de alegrarse, puesto que sabían que por fin estaban ya en casa.

Al norte de Abu, el valle del Nilo alcanza su zona más angosta, donde discurre entre precipicios de dura arenisca nubia. Aquí, la franja de tierra cultivable a ambos lados del río se vuelve considerablemente estrecha —llega a tan solo unos doscientos metros en algunos lugares—, y, como resultado de ello, esta parte del Alto Egipto meridional nunca ha albergado una población demasiado grande. Sin embargo, cuenta con otras ventajas naturales que los antiguos egipcios se apresuraron a explotar; en particular, los uadis que desde las dos orillas del Nilo se adentraban profundamente en los desiertos circundantes, dando acceso a diversas rutas comerciales y a los lugares de origen de valiosas materias primas como piedras preciosas, cobre y oro. Estos factores compensarían la relativa escasez de tierras cultivables y harían del sur del valle del Nilo un importante centro de desarrollo económico —y, por ende, político— a lo largo de toda la historia egipcia, desde Nejen en la época prehistórica hasta la cercana Apolinópolis Magna (la actual Edfú) en el período romano.

En Gebel el-Silsila, a unos sesenta kilómetros al norte de Abu, se produce una importante transición en la geología del valle del Nilo, ya que allí la arenisca nubia da paso a la caliza egipcia, más blanda. Los elevados riscos de arenisca que en este punto se extienden hasta el mismo borde del agua, representaban un evidente punto de referencia tanto para los barcos que navegaban río arriba como para los que lo hacían río abajo. Y, asimismo, constituían una cantera fácilmente accesible que proporcionaba grandes bloques de arenisca, abasteciendo a los importantes proyectos de construcción que se emprendieron en la última fase de la civilización faraónica.

A partir de Gebel el-Silsila, el paisaje se vuelve menos abrupto, los riscos que flanquean el valle devienen más bajos y erosionados, y la llanura aluvial se ensancha. Con su mayor potencial agrario, la región es capaz de sustentar a una población superior a la de las áreas situadas más al sur. Este fue un factor clave en el auge y el constante crecimiento de Tebas, la mayor ciudad del Alto Egipto durante la mayor parte de la antigua historia egipcia. Los principales centros habitados se situaron siempre en la orilla oriental del Nilo, donde la llanura aluvial alcanza mayor anchura, mientras que los espectaculares riscos de la orilla occidental y la amplitud del desierto bajo que se extiende a sus pies ofrecían lugares ideales para enterramientos, lo bastante cerca de la ciudad como para resultar cómodos, pero también lo bastante lejos como para mantener una mínima separación. Así pues, Tebas se hallaba dividida, tanto geográfica como ideológicamente, entre una ciudad de los vivos (por donde salía el sol) y una ciudad de los muertos (por donde el sol se ponía). Asimismo, se beneficiaba de la extensa red de pistas que atravesaban el desierto al otro lado de las colinas de la orilla occidental. El control de aquellas vías de comunicación terrestres, intensamente disputado, confería una importante ventaja estratégica, y desempeñaría un papel decisivo en muchos momentos importantes de la historia egipcia. Además, permitían a Tebas regular el acceso a Nubia por el norte.

Cuando el Nilo entra en la gran «curva de Qina» sus aguas fluyen en dirección este, situándose en la posición más cercana al mar Rojo de todo su curso. La orilla oriental era, pues, el punto de partida evidente para las expediciones a las colinas del mar Rojo —con sus minas de oro y canteras de piedra—, y, más allá, hasta las costas del propio mar. A lo largo de toda la época faraónica, los egipcios enviaron expediciones comerciales a la distante y legendaria tierra de Punt (actual costa de Sudán y Eritrea), que zarparon desde los puertos del mar Rojo. En los períodos ptolemaico y romano, el mar Rojo ofrecía la ruta marítima más rápida hacia la India, mientras que los desiertos del oeste de la curva de Qina eran un hervidero de actividad comercial y militar.

Siguiendo hacia el norte, una vez pasada la curva de Qina, el valle del Nilo cambia de nuevo de carácter y se vuelve mucho más ancho, y solo en la lejanía se aprecian los riscos erosionados durante años. Irónicamente, aunque esta es una de las partes del país más productivas desde el punto de vista agrario, en general el norte del Alto Egipto siempre estuvo algo atrasado, debido a su relativo aislamiento de los principales centros del poder político. Una notable excepción fue la prominencia de Cheni durante el período prehistórico y las primeras dinastías, probablemente fruto de su control de la ruta más corta desde el Nilo hasta los oasis. En períodos posteriores, la gran antigüedad de Abedyu como cementerio real le otorgó una gran importancia religiosa, convirtiéndolo en el principal lugar de peregrinación de todo Egipto, un estatus que conservaría a lo largo de toda la época faraónica. En la guerra civil que siguió al colapso del Estado del Imperio Antiguo, Abedyu fue una pieza clave, y la región circundante sería disputada muchas veces en los conflictos periódicos que estallaron entre los centros de poder rivales en el norte y el sur de Egipto.

Siguiendo río abajo, el valle del Nilo experimenta un marcado estrechamiento a la altura de la moderna ciudad de Asiut. La denominación de Asiut deriva del antiguo nombre egipcio del lugar, Sauty, que significa «guardián»; el apodo resulta de lo más acertado, puesto que Asiut custodia tanto el acceso desde el norte a las riquezas del Alto Egipto como, en sentido opuesto, el acceso desde el sur a la capital y a los puertos mediterráneos. En consecuencia, Asiut representó siempre un elemento decisivo natural en la integridad territorial de Egipto; cuando el país se dividió en una mitad norte y una mitad sur, como ocurrió en varios períodos de su historia, normalmente la frontera de separación se estableció en Asiut. La ciudad custodia asimismo el extremo egipcio del Darb el-Arbain, lo que la convierte en un lugar de enorme importancia estratégica.

Al norte de Asiut, los exuberantes y extensos campos aparecen de nuevo, otorgando una belleza serena e intemporal a esta parte del valle, denominada a veces Egipto Medio. Una vez más, las rutas que atraviesan el desierto desde la orilla occidental proporcionan un fácil acceso a los oasis saharianos y, por ende, a Sudán. No obstante, el rasgo más notable allí no es el propio valle, sino la extensa y fértil depresión del Fayum, alimentada por un brazo del Nilo, el Bahr Yussef («canal de José»), que nace del curso principal del río en Asiut. El Birket Qarun, el inmenso lago de agua dulce situado en el corazón del Fayum, da vida al Sahara circundante. En tiempos antiguos debió de estar rebosante de fauna, y sus orillas sustentan una vegetación abundante y una agricultura productiva. Desde los mismos comienzos de la historia faraónica, el Fayum fue un popular lugar de descanso para la realeza, que construía allí sus palacios de verano. En el Imperio Medio y el período ptolemaico en particular, fue el foco de importantes actividades de regadío y recuperación de tierras, creando de hecho «otro Egipto» en el Desierto Occidental.

Desde un punto de vista estratégico, el emplazamiento más importante de todo Egipto es el punto donde el valle del Nilo se ensancha y el río se divide en numerosos brazos que vierten sus aguas al mar Mediterráneo. Esta región, que forma la intersección entre el Alto y el Bajo Egipto, fue denominada por los antiguos egipcios «La Balanza de las Dos Tierras»; tras la unificación, resultó ser el emplazamiento obvio para la capital, dado que controlaba las dos partes del país. Sede de la antigua Menfis y de la actual El Cairo, esta zona donde arranca el delta ha sido el centro administrativo de Egipto durante más de cinco milenios. Su importancia en tiempos faraónicos resulta patente por las pirámides que flanquean los límites de la escarpadura del desierto al oeste de Menfis, a lo largo de unos treinta kilómetros.

En términos ideológicos y políticos, los antiguos egipcios no dieron al Bajo Egipto una importancia inferior a la del Alto Egipto; sin embargo, nuestros conocimientos actuales sobre el delta siguen estando muy por debajo de lo que sabemos sobre el valle del Nilo. Las principales razones de ello son la constante acumulación de limo durante siglos —ha sepultado muchos de los restos antiguos— y lo difícil e inhóspito del terreno. El contraste con el valle, estrecho y bien delimitado, no podría ser mayor. El delta incluye grandes superficies de tierras bajas y llanas, cuya extensión se pierde en el horizonte y que solo se ven interrumpidas por ocasionales palmeras que se alzan aquí y allá. Las peligrosas marismas y una multitud de brazos y pequeños canales del río hacen especialmente difícil cualquier recorrido terrestre. El delta ofrece una fértil tierra de pastos y una abundante agricultura, pero se trata de terrenos poco rentables dado el perenne riesgo de inundación por el río o por el mar (los antiguos egipcios lo sabían muy bien; de ahí que denominaran al Bajo Egipto Ta-Mehu, «tierra inundada»). Asimismo, el delta representaba el flanco septentrional más expuesto de Egipto; la parte occidental era propensa a sufrir incursiones de los libios, mientras que el este solía padecer migraciones y ataques de los pueblos de Palestina y de más allá. Rendidas a la dominación extranjera en los períodos de debilidad, las lindes del delta fueron fortificadas en las épocas de fuerte gobierno central como una zona de amortiguación frente a posibles ataques y una base para las campañas militares destinadas a defender y ampliar las fronteras de Egipto. Al final de la historia faraónica, el delta adoptó un papel prominente gracias a sus vínculos y a su proximidad a los otros centros de poder del mundo antiguo, especialmente Grecia y Roma.

Cuando el Nilo entra en el tramo final de su curso, las marismas del Bajo Egipto dan paso a una serie de lagunas salobres que bordean la costa y a las arenosas orillas del Mediterráneo. Es este un paisaje cambiante, a caballo entre la tierra seca y el mar, y para los antiguos egipcios constituía un recordatorio más del precario equilibrio de su existencia. Todo su entorno natural parecía subrayar el hecho de que el mantenimiento del orden creado se basaba en el equilibrio de los opuestos: la fértil tierra negra y la árida tierra roja; el este como reino de los vivos y el oeste como reino de los muertos; el estrecho valle del Nilo y su amplio delta, y la lucha anual entre la caótica crecida y la tierra seca.

Si la geografía de Egipto moldeó la psique de sus habitantes, el particular genio de los primeros gobernantes del país consistió en hacer del rey el único eje central capaz de mantener las mencionadas fuerzas en equilibrio.

2. Dios encarnado

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Dios encarnado

LARGA VIDA AL REY

La unificación de Egipto en

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