Españoles en el holocausto (Ed. actualizada)

David W. Pike

Fragmento

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Una multitud entusiasta recibe al Führer. (COLECCIÓN DAVID W. PIKE.)

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Vista de Mauthausen sobre el Danubio en una postal de la época. (COLECCIÓN DAVID W. PIKE.

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El enviado extraordinario de Franco y ministro de Exteriores, Ramón Serrano Suñer, se entrevista con Hitler y con su ministro de Exteriores, Ribbentrop, Berlín, 25 de septiembre de 1940. (ARCHIVO PLAZA & JANÉS.)

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El ministro secretario del Movimiento, José Luis de Arrese (en el centro, quinto por la izquierda), junto con un nutrido grupo de falangistas, realiza una visita oficial a Berlín como huésped del partido nazi, enero de 1943. (COLECCIÓN DAVID W. PIKE.)

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El Lagerführer Ziereis, comandante del campo de Mauthausen, posa fuera de sus oficinas.
FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (NARA, NATIONAL ARCHIVES AND RECORDS ADMINISTRATION, MARYLAND, EE. UU.).

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De izquierda a derecha: Strobel, Ziereis y Streitwieser. FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (NARA).

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De arriba abajo y de izquierda a derecha: Bachmayer y Streitwieser, Zutter, Altfuldisch, Strauss. FOTOGRAFÍAS DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA).

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Siete Blockführer. FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA).

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La cantera. FOTOGRAFÍA DE FRIEDRICH KORNACZ O DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA).

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Paul Ricken. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (NARA).

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Juan Termens. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (COLECCIÓN DE MIGUEL CHOZAS).

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Hans Bonarewitz va camino de la horca sobre una carreta precedido por la banda de música del campo. El director de la orquesta, Georg Streitwolf, tira con su brazo derecho de la carreta.

FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE RAMÓN MILÁ).

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Tarjetas postales recibidas en Mauthausen por Ramón Milá. (CORTESÍA DE RAMÓN MILÁ.)

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Visita a Mauthausen de Himmler, Reichsführer de la SS, abril de 1941. FOTOGRAFÍAS DE FRIEDRICH KORNACZ O DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA Y DE RAMÓN MILÁ).

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Visita de Himmler a Mauthausen en abril de 1941. En la foto superior, de izquierda a derecha: Eigruber, Ziereis y Himmler. En la foto inferior Himmler asciende por la escalera de 186 escalones de la cantera, lugar donde murieron muchos prisioneros. FOTOGRAFÍA DE FRIEDRICH KORNACZ O DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCíA Y DE RAMÓN MILÁ).

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Salvoconducto (Fremdenpass) expedido a los jóvenes del comando Poschacher en octubre de 1944, en este caso a Ramón Milá. (CORTESÍA DE RAMÓN MILÁ.)

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Liberación de Mauthausen el 6 de mayo de 1945. El primer blindado estadounidense entra en Mauthausen bajo la pancarta de bienvenida de los españoles. FOTO SUPERIOR: FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE PREMYSL DOBIAS). FOTO INFERIOR: FOTOGRAFÍA DE HENRI BOUSSEL (NARA).

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Mauthausen, 6 de mayo de 1945. De izquierda a derecha: Juan Gil, prisionero no identificado, soldado norteamericano no identificado, doctor Pedro Freixa, Salvador Ginesta. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE JEAN-MARIE GINESTA).

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La liberación de Ebensee, 6 de mayo de 1945. FOTOGRAFÍA DE UN SOLDADO NORTEAMERICANO DESCONOCIDO (COLECCIÓN DAVID W. PIKE).

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Los jóvenes del comando Poschacher (Poschacherjugend) el 13 de mayo de 1945. Arrodillado en el extremo izquierdo se encuentra Francesc Boix. De pie, detrás de Boix, Lázaro Nates. En el centro, con una gorra: Ramón Milá. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE RAMÓN-MILÁ).

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Posando ante el Danubio tras la liberación. En el extremo izquierdo, Ramón Milá, y en el derecho, Jesús Grau. (CORTESÍA DE RAMÓN-MILÁ).

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Baldomero Chozas posando en la Academia Militar de la República en 1938. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE MIGUEL CHOZAS).

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Reunión de la FEDIP en París. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Juan Gil, Casimir Climent y José Ester Borrás (presidente). FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE CLAIRE GIL-GRIFÉ).

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Grupo de supervivientes españoles ante el monumento a los republicanos españoles muertos en Mauthausen. En el centro, de pie, Antonio García. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE CLAUDE GARCÍA).

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Cena celebrada en París por la FEDIP. De izquierda a derecha: Claire Gil-Grifé, Juan Puig Elías, Manuela Ruiz de Riquelme, Juan Gil Balana, Ramiro Santisteban Castillo, Pilar Bailina, Emile Valley (presidente de la Amicale de Mauthausen), Josep Bailina Sibele, Montserrat Climent, Casimir Climent Sarrión. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE CLAIRE GIL-GRIFÉ).

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Juan de Diego, Julian Gorkin y el autor, París 1984. FOTOGRAFÍA DEL ENCARGADO DE PRENSA DE SEDES (COLECCIÓN DAVID W. PIKE).

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Leopoldine Drexler mostrando a Leander Hens y al autor el lugar en el muro lindante con su casa donde su madre, Anna Pointner, escondió las fotografías salvadas por los españoles. Mauthausen, mayo de 1995. FOTOGRAFÍA DE EDWARD BERGH (COLECCIÓN DAVID W. PIKE).

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Mauthausen, mayo de 2000. Supervivientes españoles marchan por la Appellplatz. FOTOGRAFÍA DE DAVID W. PIKE.

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A Ángela Córdoba Osuna,

que me enseñó su idioma, algo de su fe,

y mucho de su compasión por los que sufren

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cap-1

 

Prólogo a la primera edición

La historia de Mauthausen cubre poco más de siete años, desde el Anschluss [anexión de Austria por Alemania] en 1938 hasta la última semana de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Durante este tiempo, por Mauthausen pasaron varios cientos de miles de prisioneros, de los cuales murieron 200.000. Aunque Mauthausen es un pueblo del Danubio, además de la fortaleza de granito de la colina colindante, este nombre sirvió para referirse no solo al campo principal sino también a los campos subsidiarios, grandes y pequeños, dispersos por toda Austria excepto el Tirol, que eran administrados por el Lagerführer del Hauptlager. Técnicamente, Mauthausen no era un campo de exterminio (Vernichtungslager) ni tampoco estaba destinado a los judíos, pero exterminó sistemáticamente y hubo judíos entre sus víctimas. También hubo decenas de miles de prisioneros de guerra que, según la Convención de Ginebra, tenían derecho a ser internados en un Stalag o un Oflag. En su mayoría eran soviéticos, pero los pocos militares holandeses, estadounidenses y británicos (numéricamente en este orden) internados allí estuvieron entre los que recibieron peor trato. Olvidemos el mito de que la mentalidad de las SS estuviera dominada por la idea de la raza. Era el gusto por el poder, la arrogancia suprema y el frenesí por humillar lo que impulsaba los actos de los SS, como se demostró con diáfana claridad en el trato que dieron a los arios neerlandeses, que eran más arios que ellos. Pero si bien los dos mayores contingentes de prisioneros de guerra fueron el soviético y el polaco, el tercero en número correspondió a los españoles, que terminaron en Mauthausen por dos razones: la primera, porque ningún gobierno (ni el de Franco, ni el de Pétain ni el de Hitler) se preocupó de si estaban vivos o muertos; la segunda, porque el campo al que fueron enviados había sido concebido como el peor de la Alemania nazi.

Mauthausen acogió además, en un momento u otro, a unos 15.000 SS que, en una proporción sorprendentemente alta, eran austríacos. No debe olvidarse que, en proporción a la población, el número de austríacos miembros del partido nazi y voluntarios de las SS era mayor que el de alemanes, desde Kaltenbrunner y Eichmann para abajo. No eran solo los habitantes de Mauthausen los que estaban al corriente del «secreto», sino todas las comunidades que vivían cerca de los campos subsidiarios, desde Linz a Wiener Neustadt y hasta la frontera yugoslava.

El archipiélago de Mauthausen merece un trabajo que ocuparía numerosos volúmenes, pero también se presta al estudio de un grupo nacional a modo de microcosmos de la experiencia común. A este respecto, la comunidad española resulta ideal. Solamente tres grupos nacionales llegaron a Mauthausen antes que ella (austríacos, checos y polacos) y, a diferencia de los franceses, belgas y luxemburgueses, los españoles no fueron evacuados por la Cruz Roja Internacional antes de la liberación. Pero las razones principales que justifican la elección de los españoles como tema de estudio son dos: primero, ninguna comunidad nacional surgió de Mauthausen con la autoestima tan alta como ellos, y, además, ningún otro grupo nacional consiguió colocar a tantos de sus miembros en puestos esenciales como escribientes o ayudantes (la clave de su supervivencia personal) en la administración de las SS.

Así, aunque este libro se centra en la experiencia de la comunidad española en Mauthausen, no se conforma con describir simplemente lo que hicieron, sino también lo que presenciaron y anotaron. En algunos casos, las pruebas conservadas, en particular las fotografías, se deben totalmente a españoles. Por este motivo, acaso una parte importante del material aquí suministrado corresponde a experiencias de prisioneros de otras nacionalidades, pero en muchos casos únicamente los españoles vivieron para contarlo.

El área de investigación es tan extensa que es inevitable que se hayan omitido algunas cuestiones. Las experiencias de los españoles como prisioneros en las islas del Canal, la batalla de Austria que se produjo confusamente en el momento de la liberación, los vínculos entre soviéticos y estadounidenses o la fuga de dirigentes nazis a Sudamérica, junto con gran material de notas de los 50 campos, un material que ya se ha incluido en anteriores trabajos, han debido excluirse de la presente obra por cuestiones de espacio. De hecho, este libro es el tercero que he dedicado a Mauthausen, sin mencionar mis ensayos preliminares de 1993 o la obra que estoy ahora preparando sobre los juicios de los asesinos de Mauthausen, tanto SS como kapos. Perseguir a estos criminales, sin ceder al desaliento, es honrar el juramento pronunciado por los supervivientes de Buchenwald: «Juramos ante el mundo entero, en esta plaza de revista, este lugar de crueldad fascista, que nunca abandonaremos la lucha hasta que el último de los culpables comparezca ante los jueces del pueblo». Pero debe decirse que esta continua persecución no goza, en el siglo XXI, del favor universal. Tal vez solo en los años 1945-1947 hubo un deseo general de llevar a estos criminales ante la justicia. Países como Argentina,1 Brasil, Chile, Paraguay, Bolivia e incluso Canadá2 ofrecieron asilo hasta al peor de ellos. En el Reino Unido, se produjo en el Parlamento en 1991 un ruidoso debate sobre si debía continuarse o no la búsqueda.3 En una cena en París en 2001, le pregunté al doctor David Owen, dirigente liberal y miembro de la Cámara de los Lores, sobre lo que había votado. Respondió con énfasis que si solo tuviera un voto para el resto de su vida, lo usaría para poner término a la persecución. Cuando le dije a lord Owen que había dedicado mis últimos veinte años principalmente a esa persecución, dijo que eso era propio de un «totalitario jurídico». Lord Owen tenía sus razones. Si bien la resolución de «llevar a todos los criminales de guerra pronto ante la justicia» se repitió en todos y cada uno de los días de la Conferencia de Yalta, dicha resolución, podría decirse, presuponía que la justicia tenía que ser rápida. Pero el verdadero valor de estos procesos no es castigar al criminal, sino revelar el crimen.

El estudio de la historia contemporánea consiste en parte en subsanar los errores de aquellos testigos supervivientes que, a veces intencionadamente y otras por cansancio o depresión, distorsionan, exageran e inventan las experiencias que reclaman como propias. En una famosa carta escrita por un lector español a un escritor de su país, el lector indicaba: «Muchas veces, al leer las crónicas de nuestro cautiverio, y en especial las de Mauthausen, la gran mayoría de los antiguos prisioneros se plantean si no se está hablando de otro campo, tan extrañas y ajenas nos resultan las declaraciones que se incluyen».4 Juan de Diego escribió al mismo cronista Mariano Constante: «Parece que quien infla más las cifras tiene más razón». La queja no causó ninguna impresión. La entrevista en la televisión española de Constante el 17 de enero de 1976 y la información que presentó en un diario de Barcelona5 provocaron una agria respuesta de su compatriota Casimir Climent. Este, que había trabajado en la Politische Abteilung (oficina de la Gestapo) desde el día de su llegada (25 de noviembre de 1940), describió a Constante, que había estado empleado en el pelotón de desinfección, como un novelista que «relata hechos de guerra inexistentes» y como un implicado que «se da títulos, cargos y grados que nunca ha tenido». En cuanto a sus cada vez más exageradas cifras, añadía Climent, «salen de su cerebro egocentrista».6

Es triste que Mariano Constante, que podría haber hecho una útil contribución a la historia de Mauthausen, optara por la distorsión y la falsedad, invistiéndose con el papel de otros, con el resultado de que muchos de sus compatriotas, que sabían muy bien que la historia de Mauthausen exige un relato plano, sin adornos, miraran sus escritos con desprecio. Pero la charada no había terminado ni siquiera en 1999, pues en octubre de ese año, en su casa de Montpellier, la Fondation pour la Mémoire de la Déportation accedió a algo que difícilmente se podía permitir. Los recursos de la Fondation son limitados, y los supervivientes a los que concede una entrevista en vídeo son pocos, pero la Fondation pensaba que el testimonio de Constante merecía cuatro horas de grabación. En distintas partes del libro se ofrecen los resultados de esa grabación. De todas las invenciones de Constante, tal vez la más descarada fue la pretensión, que este autor había dado por buena anteriormente, de que su disputa con el oficial de las SS conocido como la Niña le había dejado una deformidad permanente en la mano. En el Hôtel Ibis del aeropuerto de Orly, el 1 de abril de 1997, este autor tentó a Constante para que apretara los dos puños. Lo hizo sin dificultad; tenía las manos en perfecto estado. Entonces el autor le preguntó: «Si tuviera que volver a escribir todo lo que ha escrito, ¿qué quitaría?». «Nada», contestó Constante, sin reflexionar ni un momento. Enfrentado a sus compañeros supervivientes por haber falseado los hechos, Constante replicó: «Tengo que ganarme la vida». El resultado es que Constante ha echado por tierra su credibilidad y que cuando una de sus afirmaciones no está corroborada por una segunda fuente, su testimonio no se ha considerado fiable y ha sido excluido de la presente obra.

Lo que han conseguido Constante y otros de su mismo jaez es dar alas a los revisionistas en sus intentos por arrojar dudas sobre el horror de los campos de concentración. La amenaza de los revisionistas es real. Ello explica por qué nada de lo escrito hasta el presente sobre Mauthausen haya siquiera mencionado la existencia de una «cantina» para los prisioneros. Aunque el término cantina se empleaba en Mauthausen para referirse a algo que era poco más que una taquilla sin comida, la sola palabra suena a música celestial a oídos de los revisionistas en su versión mejorada de la vida en el KZ: «Cantina, fútbol los domingos por la tarde, el teatro del campo y los conciertos, el lago de Ebensee, la agradable aunque rigurosa y disciplinada vida de un campo; ciertamente no un campo de reposo, pero un reto y una oportunidad estimulante…». No ha de suponerse que las comunidades austríacas más próximas a los campos SS se hayan convertido en las más sensibles al recuerdo de la barbarie de las SS. La población de Wels no es una comunidad remota, sino equidistante de Linz, Vöcklabruck y Steyr, lugares todos ellos que fueron asiento de campos subsidiarios. En su inmediata cercanía Wels tenía el suyo propio, en Gunskirchen, donde los cuerpos de 4.000 judíos húngaros, enterrados en una fosa común, no fueron descubiertos hasta 1985. Wels es también la tierra del productor cinematográfico austríaco Andreas Gruber, que durante tres años fue miembro electo del moderado Partido Conservador. Después de que Gruber se opusiera a que se levantara un monumento en Wels a las Waffen-SS, reclamara que en su lugar se erigiera uno dedicado a las víctimas del nazismo y propusiera que el 8 de noviembre (Kristallnacht) fuera conmemorado en toda Austria, su teléfono no dejaba de sonar: fue llamado Nestbeschmutzer (el que ensucia su propio nido) y amenazado de muerte si persistía. Hubo que abandonar las propuestas. Entretanto, los veteranos de las SS seguían celebrando sus reuniones sin que nadie los molestara, con Sylvester Stadler, antes del Das Reich, particularmente activo en Carintia. La asociación de veteranos de las SS ha tomado el nombre de Kameradschaft IV, donde el uso del IV es un intento de convencer al mundo de que era el cuarto brazo de la Wehrmacht (después de la Heereswehr, la Kriegsmarine y la Luftwaffe). Todos ellos honorables soldados.

No es probable que las generaciones futuras comprendan por qué el estudio de Mauthausen y otros campos se inició tan tarde. Fue hace décadas cuando el superviviente de Mauthausen y decano de la Facultad de Humanidades en la Université de Caën lanzó una advertencia general: «El estudio definitivo del sistema del KZ será realizado por nuestra generación o nunca se hará». La advertencia fue sustancialmente desoída y se perdió casi por completo una generación de investigadores. Aunque habría sido muy fácil si los supervivientes de Mauthausen, o de cualquier otro campo, en la década posterior a 1945 hubieran registrado de forma clara y concisa sus experiencias individuales, y solo las escenas que habían presenciado personalmente. Pero eso sería demasiado sencillo. De la historia de los españoles de Mauthausen se apropiaron principalmente los comunistas, ¿y cómo podría haberse presentado ningún español como héroe si así mermaba el aura de la divina Dolores? Es una pérdida irremediable para la historia que algunos supervivientes no hayan dejado nada tras de sí. Durante años, el autor intentó convencer a Gaspar Omedes, residente en Alès, para que le hablara de lo que sabía de la cámara de gas, dada su experiencia en su construcción. Murió en 2002 sin haber dicho una palabra sobre el asunto, ni siquiera a sus amigos. En la Politische Abteilung, entre los prisioneros escribientes que sobrevivieron estaba Josep Bailina, siempre dispuesto a leer cuantos libros sobre Mauthausen aparecían en español o en francés, para mostrarse en desacuerdo con todos; pero no escribió nada, y pocas semanas antes de su muerte en 1984 quemó sus notas.7 Otro trabajador de esa oficina, el checo Johan Rozehnal, estaba asimismo bien informado y ofreció esa información a investigadores estadounidenses. Estos le preguntaron si era judío. Cuando contestó que no, los investigadores perdieron el interés. Murió no mucho más tarde, en Brno.8 Otro checo, Kuneš Pany, elegido primer Lagerschreiber, era el prisionero responsable de todo en la Schreibstube (oficina de administración). Después de la liberación cayó víctima de las demenciales represalias de Stalin y murió sin dejarnos ningún legado.

En estas circunstancias, la historia puede agradecer la supervivencia de los dos prisioneros que ayudaron a Pany en la Schreibstube: el austríaco Hans Maršálek y el español Juan de Diego. Maršálek ha dedicado su vida al estudio sistemático de Mauthausen y publicado sus trabajos en tres obras, con sus correspondientes revisiones. Juan de Diego no ha publicado nada, pero sigue siendo la siguiente fuente más importante de información sobre los distintos aspectos del campo; su espléndida memoria, que no le ha abandonado en toda su vida, le ha merecido el apodo de «Noranta-nou» [«Noventa y nueve» en catalán], debido al porcentaje de veces que su memoria se ha demostrado exacta.9

Juan de Diego fue uno de los cuatro españoles elegidos por el destino para ocupar puestos destacados en tres centros neurálgicos del Lager: la Schreibstube, la Politische Abteilung (oficina de la Gestapo) y el Erkennungsdienst (servicio de identificación fotográfica). Fue un golpe de suerte que las SS, que pusieron tanto esmero en liquidar a los prisioneros que habían trabajado en el crematorio y la cámara de gas, no adoptaran una acción similar contra estos hombres, en cuyo poder estaban las claves del conocimiento de algo que resultaría todavía más valioso. Casimir Climent moriría loco, pero será siempre recordado por la secreta colección que sacó intacta del campo; y su papelito que identificó a los SS que le rodeaban terminó en mi poder.10 En la tercera oficina, el Erkennungsdienst, los dos catalanes Antonio García y Francesc Boix guardaron el tesoro más importante de todos, y hay que lamentar profundamente que su mala relación haya sido origen de una animadversión duradera.

Nadie ha cuestionado jamás la importancia de las fotografías que fueron salvadas en Mauthausen. El conjunto total de instantáneas tomadas en los demás centros del universo del KZ (de los campos realmente operativos) no resiste la comparación, y de los seis campos de exterminio de Polonia (en los que murieron la mayoría de los once millones de personas, casi la mitad judíos) apenas existe registro fotográfico. Por tanto, es poco menos que un milagro que estos dos españoles, que no colaboraron entre sí pero que actuaron con un mismo propósito, salvaran un paquete de los negativos y copias que manejaban (según se dice) por miles. Boix murió antes de que pudiera ser cuestionado por ningún investigador, mientras que García vivió hasta el año 2000. Tuve el privilegio de frecuentar a García regularmente durante varios años, pero coincido ahora con el historiador español Benito Bermejo en que concedí a Antonio, al que llegué a considerar un amigo cercano, el beneficio de demasiadas dudas. La tabla que aparece en el anexo V de este libro me fue entregada, en forma de fotografía, por García como su último regalo, en un momento en que estaba perdiendo la cabeza y decía que ya no tenía ninguna foto. Su mujer, Odette Janvier, me aseguró que no sabía lo que decía, pero al final resultó ser verdad. En mi siguiente visita a su casa, me dijeron que todas las fotos habían desaparecido y que nadie sabía a quién se las había dado.

La tabla del anexo V proporciona información que, efectivamente, resta crédito a una parte importante del testimonio de Antonio García. Revela la presencia en el Erkennungsdienst de un compañero español, José Cereceda, a quien Antonio nunca había mencionado. Ofrece pruebas de los estipendios (teóricos) concedidos a los prisioneros del laboratorio fotográfico y muestra que Boix era, en efecto, su kapo, que ganaba 1 reichsmark semanal más que García. La insistencia de García en que Boix nunca había trabajado en el cuarto oscuro es probable en lo que respecta al período transcurrido hasta febrero de 1945, pero no después de esa fecha. Igualmente inaceptable resulta la afirmación de García de que Boix no sabía nada de fotografía. Existen pruebas muy evidentes de que Boix tomó (sin duda con la Leica de Ricken) las numerosas fotografías de Mauthausen del momento de la liberación, fotografías que Antonio nunca reclamó haber hecho él. La conclusión ineludible es que Antonio García se llevó hasta la tumba su rencor contra Boix por el robo de las copias, un rencor tan amargo que no concedía a Boix ningún mérito por el trabajo que se había tomado por conservar el registro fotográfico. En todos esos años, Antonio me habló solo de las copias que había perdido por causa de Boix, nunca de los negativos que este hurtó masivamente de los archivos del Erkennungsdienst. Nada de ello atenúa la traición y el egoísmo de Boix que, en la fama y el éxito que alcanzó en la posguerra, podría haber dado a Antonio la oportunidad de otorgarse algún mérito por su contribución.

Dado que Boix pudo controlar, durante tanto tiempo, la historia de las fotografías, también alteró el foco con el que se contempló al SS responsable del laboratorio fotográfico; lo desplazó de Ricken a Schinlauer. Después de la guerra, Ricken fue detenido y procesado; Schinlauer actuó como testigo en otro juicio. Ricken fue sentenciado a cadena perpetua; Schinlauer escapó al juicio, y en 2001 vivía en un suburbio del norte de Berlín cuando fue entrevistado por Benito Bermejo. Ricken se merecía la sentencia (que le fue conmutada en apelación), pero por los crímenes que había cometido en Aflenz, no por lo que hizo en el Erkennungsdienst, donde los fiscales estadounidenses le incluyeron simplemente en el cargo de «designio común».11 Ello abre la cuestión sobre el verdadero carácter de Ricken. Antonio dijo repetidamente: «Le debemos la vida». ¿Es este otro caso del síndrome de Estocolmo? ¿O fue Ricken, tal como insistía Antonio, esa auténtica rareza, «un SS decente»? Aquí puede haber una trampa. El doctor Mengele también era «decente». Eso le dijo a Ovitz Piroska, una de los enanos con los que estuvo experimentando en Auschwitz. «¿Crees que disfruto con esto? Tengo mujer y una familia.»12 Era cierto, siete hijos. En Dachau, destacó el testimonio de un superviviente que recordaba al SS-Oberscharführer Otto Haug. «Por la bondad de su corazón y con riesgo para sí mismo, salvó la vida de un preso.» Se menciona todo esto para explicar lo difícil que puede llegar a ser en ocasiones emitir un juicio. Tal vez el fotógrafo de quien dijo Antonio García «Le debemos la vida» era la encarnación del hombre contra el cual Antonio un día advirtió a Boix: «Nunca des confianza a un SS, ni siquiera al mejor de ellos». Puede ser que el hombre a quien tanto admiraba Antonio en Mauthausen se convirtiera en un animal distinto una vez que le dieron el comando de Aflenz. Tal vez representaba, más que algún otro SS, la delgada línea que separa a un ser humano de un monstruo. Quizá en el caso de Ricken, como en el de Fausto, dos ángeles rivales luchaban por su alma.

La polémica acerca de Antonio García y Francesc Boix me ha llevado a investigar más detenidamente la historia de estos dos prisioneros y fotógrafos y de Paul Ricken. Mi estudio fue distribuido en un congreso en los Archivos Nacionales, en París, el 18 de septiembre de 2005, pero nunca ha sido publicado. Se puede pedir gratuitamente escribiendo a dwp@aup.fr

No fue nunca mi propósito, al escribir este libro, buscar en una banda de monstruos vestigios de humanidad. Ese propósito fue, y es, hacer un tributo a una comunidad nacional en Mauthausen, distinta de otras por razones que explico, y que en las peores condiciones de vida demostraron una solidaridad tal que fue un ejemplo para todas.

París, 4 de junio de 2003

cap-2

 

Agradecimientos y prólogo a esta edición

Mi primer agradecimiento va dirigido a las asociaciones de supervivientes y a sus miembros, que me han estado prestando su ayuda en los últimos veinte años, después de mi primera entrevista con el ex ministro comunista checo Artur London en 1979. En París, las asociaciones son la Amicale de Mauthausen y la Fédération Espagnole de Déportés et Internés Politiques, responsables, respectivamente, de las publicaciones Mauthausen: Bulletin e Hispania. Entre los miembros de la Amicale, quiero mostrar mi gratitud a su presidente, el general Pierre Saint-Macary, y a su vicepresidente, Jean Gavard, por haberme invitado a una visita especial a Mauthausen en abril de 1997 cuando entre los guías se contaban Marie-Jo Chombart de Lauwe, Pierre-Serge Choumoff, Mariano Constante y Jean Laffitte. En cuanto a la FEDIP española, he podido ver cómo sus miembros van disminuyendo, pero he de expresar mi agradecimiento a su actual presidente, Ramiro Santisteban, y al último editor de Hispania, Lázaro Nates, que eran apenas unos muchachos cuando se convirtieron en prisioneros de Mauthausen. Entre otras asociaciones de supervivientes, a cuyas reuniones asisto siempre que puedo, me gustaría dar las gracias especialmente a la Association Française Buchenwald-Dora y a su secretaria general, Suzanne Barrès. Mi gratitud también para la Fondation pour la Mémoire de la Déportation, recientemente instalada en sus oficinas de París, por el acceso que me ha permitido a sus colecciones de vídeo y audio.

En Francia, quiero dar las gracias al fallecido padre Riquet por haberme hablado, con gran claridad aun estando al final de su vida, de sus recuerdos y del impacto que tuvo Mauthausen en su fe; a Pierre Daix, en tiempos en el polo ideológico opuesto a Riquet pero unido a él en Mauthausen por el vínculo común de la humanidad; al fallecido David Rousset, el más enconado enemigo de Daix (y de Stalin) cuando la guerra fría destruyó el vínculo; al profesor Léon Schwarzenberg, oncólogo y antiguo ministro de Salud que no fue, como sus dos hermanos, prisionero de Mauthausen pero que me ha servido de fuente importante para conocer su destino; a Émile Témime, profesor de historia en la Université d’Aix-Marseille, tan interesado en Mauthausen como yo mismo y con el que he intercambiado numerosa información; al físico nuclear profesor Georges Waysand, cuyo interés personal en Mauthausen (ya publicado) le impulsó también a intercambiar pruebas, y al ingeniero eléctrico Pierre-Serge Choumoff, por la misma razón.

Entre otros que me han brindado su ayuda en Francia quiero mencionar especialmente a la doctora Denise Mallé-Dupuis, de la remota población de Digne, que me invitó amablemente a estudiar durante algunos días las voluminosas memorias inéditas de su difunto esposo, Miguel Malle; a madame Christiane Borrás, viuda de José Borrás Lluch, que me envió un solo documento, pero de insuperable importancia: el original de la lista, compilada en una hoja pequeña a lápiz por Casimir Climent, de los miembros de las SS que trabajaron en la Politische Abteilung (oficina de la Gestapo) en Mauthausen cuando el propio Climent actuaba de escribiente en el peor de los lugares; a Ramón Bargueño, que declinó reunirse conmigo durante dos años hasta que, al fin, nuestros caminos se cruzaron a través de un interés común en la novelista y presentadora de televisión Christine Bravo, después de lo cual me suministró información vital sobre el trabajo en la prisión interna de Mauthausen; a Baldomero Chozas, que me proporcionó importante información sobre el Nebenlager de Schlier, y a Marcelino López, por lo mismo acerca de Gusen; a Jean Courcier, por su información sobre Hinterbrühl y por ponerme en contacto con dos pilotos alemanes que volaron en los aviones suicidas; a Rafael Álvarez, que escribió una serie de artículos sobre la fuga de Bretstein que me sirvieron como fuente sobre el asunto general de las fugas y sus consecuencias; a Jacinto Cortés, que me recibió en su casa de Perpiñán y que pudo haberme sido de gran ayuda en la historia de cómo se salvaron las fotografías, pero que prefirió hablar de otras cosas; y a Jorge Semprún, el ex ministro de Cultura español, que se reunió conmigo varias veces para hablarme de Buchenwald. Finalmente, también en Francia he de mencionar a madame Odette Ester, viuda de José Ester Borrás, anarquista y presidente fundador de la FEDIP, cuya colección de materiales sobre los españoles de Mauthausen está hoy depositada en el Internationaal Instituut voor Sociale Geschiedenis en Amsterdam.

En Austria, he de mostrar mi gratitud a numerosas personas de la región de Linz, y especialmente de los pueblos de Mauthausen y Gusen. Manuel García Barrado, antiguo vigilante del Museo de Mauthausen, vive en este pueblo. Él es uno de la docena o más de españoles supervivientes de Mauthausen que optaron por quedarse a vivir en Austria después de 1945. Estos supervivientes han fundado una asociación, Gedenkverein der Republikanischen Spanier in Österreich, cuya coordinadora, Silvia Dinhof-Cueto, de Neusiedl am See, me proporcionó información en mi búsqueda de otros supervivientes, entre ellos Francesc Comellas en Linz. En Mauthausen, el Bürgermeister [alcalde] Josef Jahn me puso en contacto con Leopoldine Drexler, una de las hijas de Anna Pointner, que salvó las fotografías. Con la ayuda del productor cinematográfico austríaco Andreas Gruber, que me prestó una asistencia muy valiosa, pude obtener el testimonio de Erich Neumüller, del pueblo de Mauthausen, y de Valentine Weigl-Hallerberg, de St. Valentin. Martina Schröck, mientras escribía una tesis en la Universität Passau sobre el tema, mantuvo conmigo una extensa correspondencia que investigaba numerosos asuntos, en especial el de Jacinto Cortés, que ella me descubrió y que sirvió de cierre a mi edición de 2000. En St. Georgen, Martha Gammer y Rudolf Haunschmied me remitieron abundante material sobre las fábricas subterráneas y sobre la situación en la zona en el tenso período que antecedió a la llegada de las primeras unidades estadounidenses. Y en el mismo pueblo, Rudolf Pötsch, en la antítesis ideológica, nos invitó al sargento Lee Hens y a mí a comer en su elegante residencia y, a través de su amistad personal con Franz e Ida Ziereis, me transmitió una nueva visión de la vida en Gusen en los años de la guerra.

Sin la información que me proporcionaron los veteranos de la 11.ª División Blindada («Thunderbolt») de Estados Unidos, principalmente Lee Hens, no podría haber compilado la crónica de la llegada de los estadounidenses a Gusen y a Mauthausen. En cuanto a Buchenwald, el primer campo SS en Alemania que fue liberado, William I. Nichols me informó sobre algunas de las reacciones de los corresponsales estadounidenses. Y en los subsiguientes juicios contra los SS Alice E. Kennington y Robert G. Waite, de la Oficina de Investigaciones Especiales, División Criminal, del Departamento de Justicia de Estados Unidos, me suministraron importantes opiniones.

También recibí la ayuda de otros supervivientes o investigadores. Entre los austríacos y los checos estuvieron los ex prisioneros Simon Wiesenthal, doctor Drahomir Barta, doctor Premysl Dobiáš, Josef Klat y Bohumil Bardon. El coronel Bardon me envió un ejemplar de sus memorias, y quiero agradecer a Claudia Rajlich, licenciada de la American University de París, su traducción de las mismas. También mi reconocimiento a los historiadores doctor Florian Freund, del Dokumentationsarchiv der Österreichischen Widerstandes de Viena; doctor Manfred Rauchensteiner, del Heeresgeschichtliches Museum de Viena, y a sus colegas de investigación Andreas Ruppert y Dorothee von Keitz de Paderborn. Entre los británicos expreso mi gratitud al superviviente sir Robert Sheppard, al investigador de Nuremberg Peter Calvocoressi y al investigador privado Gordon Adams, que murió en 1998 y que permanece como un perfecto ejemplo de cómo un aficionado ajeno al asunto puede dedicar una parte importante de su vida a perseguir una meta limitada pero importante: en este caso, la identificación de los 47 agentes especiales aliados martirizados en Mauthausen en septiembre de 1944. En esta tarea recibí gran ayuda del teniente coronel C. G. Stallard, de la Embajada Británica en Viena, y particularmente de Henny Dominicus, del Stichting Vriedenkring «Mauthausen» de Amsterdam. También en Amsterdam, agradezco a Mirjam Ohringer haberme invitado a hablar sobre Mauthausen en un simposio allí celebrado el 21 de octubre de 1998 para recordar el 60.º aniversario de la apertura del campo. En la conexión italiana, debo mucho al Commendatore Gino Valenzano de Turín, tanto por su testimonio sobre el valor de los españoles que llegó a conocer en su cautiverio común como por su conocimiento singular, como miembro de la familia Badoglio, del destino del hijo del general. Y finalmente, mi reconocimiento a Luigi Paselli, de Bolonia, propietario de una magnífica biblioteca sobre la España contemporánea, que me puso en contacto con la Associazione Nazionale Ex Deportati (ANED), en Milán.

Los dos hombres que más han contribuido al material de este libro siguen siendo los españoles Juan de Diego y Antonio García, y los dos merecen más agradecimientos de lo que se pueda expresar en estas líneas. La terminación de esta obra coincide con la muerte de Juan de Diego. Durante los quince años en los que nos reunimos —en París, Limoges, Perpiñán, Mauthausen y, por última vez, en Amélie-les-Bains en compañía de José Cereceda— De Diego siempre me sorprendió por su capacidad de proporcionar nueva información, siempre precisa y siempre dentro de su propia experiencia personal. Al igual que a Antonio García, muerto hace ya dos años, le debo ocho años de gran hospitalidad y cuantiosa información. En cuanto a las fotografías de las SS presentadas en el libro, nunca sabremos cuáles fueron salvadas por él y cuáles por Francesc Boix, pero agradezco a Benito Bermejo que me haya demostrado que los honores corresponden a los dos. Únicamente es discutible la proporción. Y en cuanto a las ilustraciones, quisiera agradecer nuevamente a Premysl Dobiáš y a los veteranos de la «Thunderbolt» antes mencionados que me enviaran elementos inéditos de sus colecciones; a Jean-Marie Ginestà, por las fotografías de su padre en el momento de la liberación; al artista Ramón Milá, por las fotos y los bocetos que sacó de la vida en Mauthausen, y a madame Pilar Bailina y madame Claire Gil-Grifé, por imágenes poco conocidas de sus esposos y de Casimir Climent.

Finalmente, expreso mi gratitud a los archiveros, particularmente del Bundesarchiv de Berlín, por haber relajado un poco las normas, y a Amy Schmidt, de los Archivos Nacionales de Estados Unidos en Maryland, por la ayuda que me prestó. Fue allí donde conocí a Lisa Yavnai, colaboradora en mi próximo libro sobre los juicios después de la guerra contra los asesinos de Mauthausen (Called to Account: The Killers of Mauthausen on Trial), y le declaro mi agradecimiento por haber fotocopiado la mayoría de los documentos de la NARA que aquí se utilizan. Y gracias a mis cuatro ayudantes técnicos, David Bornstein, Elisabeth Hoskinson, Leila Qashu y Zlatina Samsarova, todos de la American University de París, que en diversos momentos en un período de cinco años me proporcionaron una excelente ayuda.

La cuarta edición incluye los trabajos más recientes. Ha de notarse que se revisó por primera vez la segunda edición, pero no así la tercera, que salió tan rápido para la imprenta que no hubo tiempo para hacer cambios. Entre las correcciones que no pudieron ser incluidas entonces, hay una que he lamentado profundamente. Se refiere a Manolo Santisteban Castillo, y aquí presento mis disculpas a su familia. El error por fin se ha corregido.

Hay varias personas a las que estoy muy agradecido por haberme ayudado con esta cuarta edición. En esa lista de agradecimientos se encuentran mis asistentes, Irina Massovets, Christina Böhrer, Bradan Bill y Hélène de Larosière, cuya serenidad marcial bajo el fuego es digna de mención. Y un agradecimiento especial a mi correctora en California, la doctora Silvia Ribelles de la Vega, quien, además, es la autora de un gran trabajo sobre un gran personaje en la historia del exilio republicano español. Al igual que el autor del presente trabajo, recibió la noticia de que el libro iba a ser reeditado prácticamente sin advertencia previa, pero reaccionó con total diligencia y máximo talento.

París, 10 de diciembre de 2014

cap-3

 

Abreviaturas, acrónimos y referencias

AG

Aktiengesellschaft

AMI

Appareil Militaire International (Mauthausen)

BV

Befristete Vorbeugungshäftling (prisionero KZ alemán de triángulo rojo en detención preventiva por tiempo limitado)

CIC

Counter-Intelligence Corps (EE.UU.)

CGT

Confédération Générale du Travail (comunista)

CICR

Comité International de la Cruz Roja

CIPETA

Comisión Interministerial Permanente para el Envío de Trabajadores a Alemania

CNR

Conseil National de la Résistance

CNT

Confederación Nacional del Trabajo (anarquista)

CTE

Compagnies de Travailleurs Étrangers

ERR

Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg

FEDIP

Fédération Espagnole de Déportés et Internés Politiques

FTP

Franc-tireurs et partisans

GE

Guerrilleros españoles

Gestapo

Geheime Staatspolizei (Heinrich Müller)

GTE

Groupes de Travailleurs Étrangers

HJ

Hitlerjugend

KIM

Kommunisticheskiy International Molodyozhi (Juventudes Comunistas Internacionales)

KL o KZ

Konzentrationslager

Komsomol

Kommunisticheskaya Molodyozh (Juventudes Comunistas)

KPD

Kommunistische Partei Deutschlands

Lkw

Lastkraftwagen (camión)

Lw

Luftwaffe

NARA

National Archives and Records Administration (EE.UU.)

NN

Nacht und Nebel

ODESSA

Organisation der Ehemaligen SS-Angerhörigen

OKW

Oberkommando Wehrmacht (Hitler, Keitel)

OSS

Office of Strategic Services (EE.UU.)

OT

Organización Todt

PCE

Partido Comunista de España

PCF

Parti Communiste Français

PCI

Partito Comunista Italiano

PSUC

Partit Socialista Unificat de Catalunya (comunista)

Pz. K.

Panzerkorps

RSHA

Reichssicherheitshauptamt (Heydrich, luego Kaltenbrunner)

RU

Rückkehr unerwünscht (prisionero que va a ser ejecutado)

SA

Sturmabteilung (Röhm, luego Lutze)

Sch

Schutzhäftling (prisionero alemán de KZ con triángulo rojo)

SD

Sicherheitsdienst

SDG

Sanitätsdienstgehilfe

Sipo

Sicherheitspolizei

SOE

Special Operations Executive (británico)

SS

Schutzstaffel (Himmler)

Stalag

Stammlager

STO

Service du Travail Obligatoire

UNRRA

United Nations Relief and Rehabilitation Administration

V1, V2

Vergeltungswaffe

WVHA

Wirtschafts Verwaltungshauptamt

cap-4

 

Glosario de términos

Appellplatz

plaza para pasar revista

Arbeitsdienst

kommando de trabajo

Arrest

prisión dentro del Bunker

Badeaktion

código para ejecución por ahogamiento

Baukommando

escuadrón de obras

Bunker

barracón de ejecución

Drillich

vestimenta a rayas de los prisioneros

Effektenkammer

sección para guardar las pertenencias de los prisioneros

Erkennungsdienst

laboratorio fotográfico

Friseur

prisionero barbero

Gaskammer

cámara de gas

Genickschluss

ejecución con un tiro en la nuca

Häftling

prisionero

Hauptlager

campo principal

Himbeerpflücken

recogida de frambuesas: ejecución en el perímetro

Kazettler

prisionero de un campo de concentración

Klagemauer

muro de las lamentaciones de Mauthausen

Klosettreiniger

prisionero asignado para limpiar las dependencias de los SS

Kohlenfahrer

trabajador del crematorio

Kommandantur

Comandancia

Krankenlager

hospital de prisioneros

Lagerschreibstube

oficina general de administración

Lagerschreiber

prisionero administrativo en la oficina general de administración

Muselmann

prisionero irrecuperable, demasiado débil para trabajar

Mutterlager

campo principal

Oberschachtführer

SS a cargo de un trabajo concreto, por ejemplo la cocina

Pfahlbinden

tortura que consiste en colgar al prisionero

Politische Abteilung

oficina de la Gestapo

Politruk

comisario político

Prominenter

prisionero elegido para un puesto especializado

Puff

jerga para referirse al prostíbulo al servicio de los prisioneros

Rapportführer

oficial SS responsable de reunir a los prisioneros

Revier

dispensario; término habitual para referirse al hospital de prisioneros

Russenlager

hospital de prisioneros

Sanitätslager

nombre formal de las SS para el hospital de prisioneros

Scheissekompanie

escuadrón asignado a la limpieza de las letrina

Schutzhaftlagerführer

oficial SS responsable de la seguridad

Siedlungsbau

construcción de alojamientos

Sonderbau

prostíbulo, pero también el Arrest

Standortartz

oficial médico en jefe

Steinträger

adminículo para transportar piedras

Strafkompanie

escuadrón de castigo

Stubendiener

prisionero responsable de limpiar las dependencias de los presos

Todesmeldung

registro de defunciones

Unterführerheim

sala de suboficiales

Vernichtungslager

campo de exterminio

Weckruf

diana

cap-5

imagen

cap-6

1

Deportados a los Stalags

Los refugiados españoles en Francia fueron de los primeros en sufrir las consecuencias del desastre de junio de 1940. Más de 10.000 españoles fueron hechos prisioneros por los alemanes y el gobierno de Vichy no hizo intento alguno de protegerlos según los acuerdos internacionales sobre prisioneros de guerra. Muchos de ellos se encontraron así otra vez en el punto del que partieron, en los campos de concentración del sudoeste. El 27 de septiembre de 1940, René Belin, ministro de Trabajo y Producción Industrial de Vichy, introdujo una ley por la cual todos los extranjeros varones de entre 19 y 54 años de edad que fueran una carga para la economía francesa y a los que no fuera posible devolver a sus países de origen podrían ser reclutados para los Groupes de Travailleurs Étrangers; no recibirían salario alguno, pero sus familias tenían derecho a una ayuda según las tarifas fijadas por el gobierno. Tal vez hasta 15.000 españoles reclutados por esta vía terminaron por trabajar para la Organización Todt (OT) en la construcción del Muro Atlántico. Otros grupos de españoles, estimados en unos 4.000, fueron enviados a las islas del canal de la Mancha ocupadas por los alemanes.

Sin tener en cuenta los trabajadores españoles que se sumaron más tarde de forma voluntaria, más de 30.000 refugiados de esta nacionalidad fueron deportados desde Francia a Alemania, y de ellos acaso unos 15.000 ingresaron en campos nazis. En su gran mayoría habían servido en las unidades de trabajadores extranjeros. Si, como hemos visto, muchos de ellos fueron primero devueltos a campos franceses o a grupos de trabajos forzados de Vichy, en su mayoría compartieron la experiencia inicial descrita por Amadeo Sinca Vendrell y Juan de Diego Herranz, los dos internados primero en el campo de concentración francés de Septfonds (Tarn-et-Garonne) y luego voluntarios en la 103.ª Compagnie de Travailleurs Étrangers. Esta compañía, bajo el mando del teniente francés Simon, estaba formada por unos 250 españoles, y Sinca Vendrell, un capitán del ejército republicano, recibió el cargo de segundo. La unidad había sido asignada a la prolongación de la Línea Maginot hacia el oeste y se acantonó en Saint-Hilaire, cerca de Cambrai. Simon era un oficial valeroso, pero también un veterano de la Primera Guerra Mundial que no sabía nada del concepto de blitzkrieg de Guderian. Las peticiones de Sinca de que se permitiera la retirada de la unidad fueron rechazadas y el 20 de mayo de 1940, en el bosque de Amiens, Simon vio cómo toda su compañía caía prisionera. La naturaleza de sus captores se puso pronto en evidencia. Los prisioneros hubieron de caminar 40 kilómetros al día en el calor del verano casi sin comida ni agua, con cuatro o cinco horas para descansar. Varias mujeres francesas intentaron darles agua, manzanas o huevos, pero fueron rechazadas por los alemanes a punta de bayoneta. Los españoles fueron también testigos de la forma en que la Wehrmacht trató a sus prisioneros de guerra británicos. Tal vez porque los británicos, a diferencia de los franceses, no se dejaron vencer ni perdieron la moral —«no dejaban de silbar»— recibieron un trato, según informó el capitán Sinca, todavía peor que los demás. Cuando la expedición encontraba alemanes muertos en las cunetas, solo los prisioneros británicos eran forzados a cavar las sepulturas y enterrar los cadáveres, a la vez que perdían el derecho a las raciones que pudieran darles los alemanes.

En los cruces de caminos cerca de la frontera alemana, el contingente británico fue separado del español, y ambos prosiguieron en direcciones distintas, con los españoles hacia Tréveris. En el camino, la expedición se cruzó con dos vacas en un prado. Los oficiales de la Wehrmacht vieron en ello la oportunidad de divertirse un poco. Tras matar a las vacas con sus pistolas, dejaron los animales para los hambrientos españoles, mirando con regocijo cómo los prisioneros despedazaban las vacas como caníbales. Al llegar a Tréveris, fueron reunidos en el Stalag XII-D, donde aprendieron algo más del carácter de sus captores nazis. Aún llevaban el uniforme francés, y eran prisioneros de guerra con todos los derechos que les correspondían, pero al parecer los alemanes habían oído hablar del orgullo español y, por ese motivo, les ordenaron que se bajaran los pantalones, defecaran en la mano y luego, sosteniendo las heces, caminaran por el campo de concentración durante dos horas. «Para mí y para todos nosotros —certificaba Juan de Diego— fue la humillación más abominable. Su recuerdo me perseguirá siempre.»1 Después de una breve estancia en el Stalag XII-D, los españoles pasaron al Stalag XIII-A, en Nuremberg. Allí, en la ciudad santa del nacionalsocialismo, marcharon por las calles mientras el populacho alemán les escupía y les hacía señas con el dedo índice rebanándose la garganta, para decir que estarían mejor muertos. Desde Nuremberg fueron transportados en vagones para ganado al Stalag VII-A, en Moosburg, al nordeste de Munich, donde para su sorpresa fueron interrogados por la Gestapo. Un grupo de 392, todos ellos españoles, fue reunido entonces para su destino final. Llevando aún consigo sus escasas pertenencias, como mucho una pequeña maleta, fueron embarcados de nuevo en vagones de ganado, pero al dejar Munich pudieron al menos llevarse un recuerdo agradable: los obreros de los ferrocarriles alemanes, consternados por el estado en que se encontraban los españoles, les mostraron su compasión, algunos de ellos saludándoles incluso con el puño cerrado, un raro y arriesgado tributo. Lo peor del viaje estaba por llegar. Les habían dado comida y agua antes de salir de Nuremberg, pero no recibieron nada más en las dieciocho horas que pasaron en el tren. Azotaba el calor de agosto, algunos de los hombres estaban enfermos de disentería, todas las funciones fisiológicas se hacían en el vagón y el aire hedía. A las ocho de la mañana del 6 de agosto de 1940, el contingente español llegó a Mauthausen; fue uno de los primeros grupos de no alemanes en hacerlo, y sus integrantes descubrieron el verdadero significado del universo de los campos de concentración nazis.

cap-7

2

Los españoles y el universo KZ

La mayoría de los españoles que entraron en los campos de concentración nazis pasaron primero por un Stalag, aunque no necesariamente el Stalag VII-A de Moosburg. El alto mando alemán tomó la decisión de negar a los españoles la condición de prisioneros de guerra, aun cuando hubieran sido capturados con uniforme francés. La convicción, dominante en los círculos republicanos españoles durante los últimos cincuenta años, de que la decisión alemana fue el resultado de una petición de Serrano Súñer a Himmler carece de todo soporte documental y la evidencia en la que se sustenta es una ficción demostrable. La determinación se tomó sin duda sobre la base cruel, pero legal, de que Alemania no estaba en guerra con España, aquellos españoles no tenían pasaporte y su situación era la de apátridas. Sin embargo, el propósito alemán al enviarlos a campos de concentración iba más allá: los españoles eran unos antifascistas convencidos que habían luchado contra los alemanes y los italianos en España, y como enemigos inveterados de la Alemania nazi merecían lo peor que esa Alemania podía reservarles. August Eigruber, el Gauleiter de Oberdonau, en Austria, ofrece una pista sobre cómo se tomó aquella decisión. En una circular a oficiales nazis de Ebensee el 27 de junio de 1941, Eigruber declaraba: «Cuando el año pasado ocupamos Francia, herr Pétain nos entregó a seis mil rojos españoles diciendo: “No los necesito y no los quiero”. Ofrecimos a esos seis mil rojos al jefe de Estado fascista Franco, el caudillo español. Los rechazó, diciendo que nunca repatriaría a quienes habían combatido por una España soviética. Entonces se los ofrecimos a Stalin, proponiéndole transportarlos. Herr Stalin y su Comintern se negaron a aceptarlos. Así que los rojos españoles terminaron sus días en Mauthausen».

En su viaje a los campos de las SS, algunos españoles pasaron por el campo de castigo de Neue Bremm, cerca de Saarbrücken, donde se llevaba a los prisioneros solo para un mes pero sometidos a un régimen que doblegaba hasta al más recio: ejercicios físicos hora tras hora y vueltas alrededor de un estanque en la «postura de la rana», con las rodillas dobladas y las manos detrás de la cabeza. A continuación, el final lógico era Mauthausen. Aunque a los españoles se los envió también a otros campos, probablemente nueve de cada diez terminaron en Mauthausen y en sus distintos Nebenlager de toda Ostmark, la tierra que en un tiempo se llamó Austria.1

Solo en el caso de Mauthausen y en algunos de sus Nebenlager pueden presentarse estadísticas precisas. El hecho de que puedan proporcionarse estas estadísticas es absolutamente notable y más adelante podremos analizar la fortuna que se encerraba incluso en tal adversidad. El monumento de Mauthausen a los españoles muertos da la cifra de 6.503. En la tabla siguiente se presentan las estimaciones más autorizadas del número de españoles que ingresaron en los campos de concentración y murieron en ellos. Debe darse preferencia a las cifras de Casimir Climent Sarrión, que no solo estaba en el puesto más privilegiado, como veremos, sino que también era un hombre de paciencia y atención esmeradas. Razola, por otra parte, no explica sus fuentes y con seguridad sus cifras provienen de numerosas estimaciones personales e infundadas, basadas en la memoria. En lo que se refiere a Borrás, sus números se basan en una amalgama de fuentes, entre las que las de Climent siguen siendo las más fiables.

1. Mauthausen, incluidos Nebenlager y Schloss Hartheim

Climent

Razola

Borrás

Ingresados

7.186

9.067

7.189

Exterminados

4.765

6.784

4.761

Trasladados a otros campos

o devueltos a España

238

Liberados

2.183

2.283

2.428

2. Otros campos

Auschwitz

Buchenwald y Dora-Mittelbau

Liberados

200

Dachau

Ingresados, agosto de 1940

500

Liberados

267

Flossenbürg

Exterminados

14

Liberados

86

Gross-Rosen

Neuengamme

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