Búlgaros, el ejército entrenado para matar a Pinochet

Mauricio Leandro Osorio

Fragmento

I. 1988

I

1988

—Pasaporte —requirió con rostro de fastidio el funcionario de extranjería al sujeto parado frente a él en la cabina.

—Aquí tiene —expresó el viajero, cediendo con desconfianza el documento.

El agente migratorio, que primero reparó en su baja estatura y en que usaba muletas, lo comparó con la imagen del pasaporte, donde se veía en idéntica actitud, luciendo el mismo terno plomizo de la foto, unos lentes holgados y un bigote espeso que le cubría por completo la boca.

—Está listo, caballero, buen viaje —dijo el funcionario, mirándolo a los ojos y estampando con desgano el timbre que legalizaba su salida del país.

Sin manifestar el más mínimo gesto, el hombre de bigote tomó los papeles y apoyado en las muletas volvió al autobús que lo conducía a su imperioso escape. Ese día de abril de 1988 abandonaba el país por el paso fronterizo Los Libertadores en la cordillera de Los Andes, intentando evadir encuentros con agentes de seguridad.

Sentado en el vehículo inspeccionó discretamente a las personas que entraban y salían del trámite migratorio. Desde su ventana enumeró a los pasajeros que les faltaba pasar por extranjería, esperando con ansias que se subieran todos de una vez y el bus echara a andar.

En pocos minutos los asientos se llenaron, el conductor cerró la puerta e inició la marcha. En ese instante, el hombre de bigote suspiró aliviado. Solo faltaba un último eslabón para su total libertad: la cabina de inmigración trasandina. Del otro lado de la cordillera el problema sería menor, eludida la parte chilena, el resto parecía ser menos riesgoso.

Mientras el autobús avanzaba, el pequeño hombre de lentes holgados transpiraba en pleno frío cordillerano. Se aflojó el nudo de la corbata, desabotonó su camisa, acomodó las muletas cerca de él, reclinó el asiento y cerró los ojos.

Sin recobrar totalmente la tranquilidad, el vehículo se sacudió con violencia, frenando en seco a pocos minutos de iniciado el trayecto. Miró por la ventana y descubrió que una patrulla de Carabineros había detenido la marcha. En la entrada del autobús exclamaron el nombre falso que aparecía en su pasaporte, exigiéndole que descendiera de inmediato.

En ese instante, gotas de sudor frío bajaron por su frente.

—Tú no tienes pinta de delincuente —juzgó el obeso detective que de reojo inspeccionó al pequeño hombre con muletas y bigote, apresado junto a otras tres personas en un cuartel de la Policía de Investigaciones—. Ya, cuéntame la firme. ¿Qué haces aquí?

—¿Por qué tendría que tener pinta de delincuente si soy comerciante? —respondió airoso el detenido—. Vendo productos de cuero y por eso estaba viajando a Argentina.

—Pucha, qué mala suerte, amigo mío —exclamó el policía, moviendo la cabeza de un lado para otro; y mientras revisaba unas carpetas, apuntó con una mano al teléfono y le preguntó—. ¿Quieres llamar a alguien?

—Sí, por favor —accedió de inmediato el hombre de bigote para no levantar sospechas, creyendo que eso de «llamar a alguien» era un viejo truco para saber con quién se comunicaba.

Telefoneó a su hermana. Sabía que le reconocería la voz y le seguiría el juego. En media hora su familia se presentó en el cuartel exigiendo que lo pusieran en libertad. Aunque insistieron en llevárselo esa misma noche, el funcionario a cargo de su detención se negó una y otra vez, alegando que el cautivo ya estaba registrado y que no se lo podían llevar, porque en un par de horas agentes de la Central Nacional de Informaciones, la temida CNI, pasarían a corroborar su identidad.

Antes que los echaran, la familia le dejó quince mil pesos para que tuviera algo de dinero.

—Hagamos tira esa plata ahora mismo —propuso con una risa estridente el detective que lo custodiaba—. ¿Quieres comer algo?

—Bueno, sí, tengo hambre ¿Un pancito con algo? —expresó dudoso el cautivo.

—¿Y para tomar no quieres nada?

—¿Una bebida?

—Puta el huevón maricón, pídete unos copetes mejor —incitó el policía y, arrebatándole el dinero de las manos, llamó a un subalterno—. Mira, ándate acá al frente, cómprate un par de sanguchitos y una botella de pisco.

Insólitamente, el detenido se puso a beber en el cuartel junto al funcionario que lo apresaba, creyendo que todo era un teatro y que ya sabían su verdadera identidad.

En medio de los tragos aparecieron los agentes de la CNI. En ese instante el prisionero notó que el detective que lo custodiaba tomó su pasaporte y lo escondió.

—A ver, aquí hay uno, dos, tres pasaportes —enumeró uno de los agentes de la policía política—. Falta uno, nos dijeron que eran cuatro personas a las que hay que corroborar la identidad.

—Ustedes siempre con el hueveo —dijo jocoso el detective, sirviendo un vaso de pisco—. Ya, mejor tómense un copete.

—¡Anda a hueviar a otro lado! —contestó furibundo el agente de la CNI—. ¿Dónde está el pasaporte que falta?

—No te lo voy a pasar. El pasaporte que falta es de ese huevón que está ahí con muletas, que no es subversivo, ni delincuente, es un amigo mío comerciante que lo detuvieron por equivocación —respondió el funcionario de Investigaciones, pero el prisionero seguía pensando que el diálogo entre el agente y el detective era un montaje.

A medida que la discusión se hacía más fuerte, el hombre de tupido bigote tomó consciencia del error que cometió a principios de ese año. Quizás se había metido en aquel embrollo por su terca idea de que en las acciones clandestinas todos los integrantes de la organización deben involucrarse, incluso él, uno de los más importantes jefes operativos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el FPMR.

Dos meses antes de terminar detenido en el cuartel de Investigaciones, quiso darle un ejemplo a sus compañeros participando en una de las más catastróficas operaciones del Frente, fallida acción de la cual sobrevivió de milagro.

El pequeño y misterioso hombre que se movía utilizando muletas y decía ser comerciante era en realidad Carlitos, un oficial de la elite clandestina, formado militarmente en Europa del Este durante el exilio, quien apresado en el cuartel de Investigaciones pensaba que solo le quedaban horas de vida y que en cualquier instante el detective lo dejaría en manos de la CNI, justamente cuando se había convertido en el hombre más buscado de Chile.

El domingo 31 de enero fue uno de los días más calurosos de 1988. Bajo el sol agonizante que comenzaba a despedirse de Santiago, Carlitos se encontraba fumando a la salida de la estación del metro Pila de Ganso, lugar donde debía encontrarse con el estudiante de Filosofía Nelson Garrido, jefe de un grupo de tareas del Frente en Estación Central.

Cuando Garrido llegó acompañado de una persona desconocida —que además portaba un bolso—, el oficial tiró el cigarro al s

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