La historia de Rusia

Orlando Figes

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

Una mañana fría y gris de noviembre de 2016, en una plaza cubierta de nieve delante del Kremlin, en Moscú, se congregaba un pequeño grupo de personas. Estaban allí para asistir a la inauguración de un monumento en honor del gran príncipe Vladímir, que gobernó la Rus de Kiev —«el primer Estado ruso»— entre los años 980 y 1015. Según la leyenda, Vladímir de Kiev fue bautizado en el año 988 en Crimea, entonces parte del Imperio bizantino, y con ello inició la conversión de su pueblo a la Iglesia ortodoxa oriental. A la inauguración de su estatua asistieron los principales líderes religiosos de Rusia —el patriarca de Moscú y de todas las Rusias, el ordinariato católico, el gran muftí, el rabino mayor y el maestro principal de la sangha budista—, ataviados con sus coloridos ropajes.

La figura de bronce portaba una cruz y una espada y tenía una altura de más de veinte metros. El monumento era el último de una larga serie de santuarios de dimensiones colosales dedicados a Vladímir, erigidos todos ellos después de la caída del comunismo y en el mismo estilo nacional kitsch «ruso» que llegó a ser tan popular durante el siglo XIX. Otras ciudades rusas —Bélgorod, Vladímir, Astracán, Bataisk y Smolensk— habían erigido también sus monumentos al gran príncipe, valiéndose tanto de la financiación del Estado como de las suscripciones públicas. La estatua moscovita estaba financiada por el Ministerio de Cultura, una sociedad de historia militar y un club de motociclistas.[1]

Otro Vladímir se encargó de pronunciar el discurso de inauguración: el presidente Putin. Este consiguió transmitir la sensación de que se estaba aburriendo incluso mientras hablaba. Vladímir Vladímirovich parecía estar deseando que la ceremonia finalizara lo antes posible, y quizá esa fue la razón por la que empezó antes de lo previsto, cuando el director de cine Fiódor Bondarchuk —quien se había pronunciado abiertamente a favor de la reciente anexión de la Crimea ucraniana por parte de Rusia— le entregó el micrófono. Putin, leyendo el guion con voz monótona, señaló lo simbólico de la fecha de aquella inauguración, el 4 de noviembre, día de la Unidad Popular de Rusia. El gran príncipe, proclamó, había «unificado y defendido el territorio de Rusia» mediante la «fundación de un Estado fuerte, unido y centralizado, que aglutinaba a diversos pueblos, lenguas, culturas y religiones en una vasta familia». Los tres países actuales cuyos orígenes podrían rastrearse hasta la Rus de Kiev —Rusia, Bielorrusia y Ucrania—, prosiguió Putin, eran miembros de esta familia. Eran un solo pueblo, o nación, con unos mismos principios cristianos, una misma cultura y una misma lengua, lo que, indicaba Putin, formaba los cimientos eslavos tanto del Imperio ruso como de la Unión Soviética. En este mismo argumento insistió el patriarca Cirilo, que intervino a continuación. Si Vladímir hubiera seguido siendo pagano o si hubiera mantenido su conversión en secreto, «no existirían ni habrían existido Rusia, ni el gran Imperio ruso, ni la Rusia contemporánea».

Natalia Solzhenitsyn, la viuda del escritor, pronunció el tercer y último discurso. Fue breve y tuvo un tono distinto. La traumática historia de la Rusia del siglo XX, dijo, había dividido al país y «de entre todos nuestros desacuerdos, ninguno nos enfrenta tanto como nuestro pasado». Terminó haciendo una invocación al «respeto por nuestra historia», lo que significaba no limitarse, sin más, a enorgullecerse de ella, sino a «juzgar el mal con honestidad y valentía, sin justificarlo ni barrerlo debajo de la alfombra para esconderlo».[2] Putin parecía incómodo.

En Ucrania, la población estaba indignada. Allí ya contaban con su propia estatua del gran príncipe —Volodímir como allí lo llaman—, que había sido erigida en 1853, momento en el que Ucrania formaba parte del Imperio ruso. La efigie se encuentra en la cima de una colina en la margen derecha del río Dniéper, mirando a Kiev, la capital ucraniana. Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, la estatua se convirtió en un símbolo de la independencia del país con respecto a Rusia.

Minutos después de la clausura de la ceremonia celebrada en Moscú, desde la cuenta oficial de Ucrania en Twitter se publicó una foto del monumento de Kiev con una frase en inglés: «Don’t forget what [the] real Prince Volodymyr monument looks like» («Que nadie olvide cómo es [el] verdadero monumento al príncipe Volodímir»). El presidente ucraniano, Petró Poroshenko, elegido tras la Revolución del Maidán, en 2014, acusó al Kremlin de estar apropiándose de la historia de Ucrania y comparó su comportamiento «imperialista» con la anexión rusa de Crimea, parte de la Ucrania soberana, que había tenido lugar justo antes de su elección.[3]

La disputa entre Kiev y Moscú por Volodímir/Vladímir ya duraba años. El monumento de Moscú era un metro más alto que el de Kiev, como para reafirmar la primacía de las reivindicaciones rusas sobre el gran príncipe. Si Putin se había apropiado a Vladímir reclamándolo como fundador del Estado ruso moderno, en Ucrania se reivindicaba a Volodímir como una figura propia, el «creador del Estado medieval europeo de la Rus de Ucrania», tal como Poroshenko lo había designado en un decreto de 2015, en el milenario de la muerte del gran príncipe, ocurrida en 1015 (el hecho de que el término «Ucrania» no aparezca en las fuentes escritas hasta finales del siglo XII —y únicamente en el sentido de okraina, una antigua palabra eslava que significa «periferia» o «tierra fronteriza»— fue convenientemente pasado por alto). Algunos meses más tarde, Poroshenko añadiría que la decisión de Volodímir de bautizar a la población de la Rus de Kiev había sido «no solo una decisión cultural o política, sino además una elección europea», en virtud de la cual Kiev se había unido a la civilización cristiana de Bizancio.[4] El mensaje estaba claro: Ucrania deseaba ser parte de Europa, no una colonia rusa.

Los dos lados estaban apelando a la historia de la Rus de Kiev —una historia que ambos comparten— para rearmar unos relatos sobre la identidad nacional que pudieran emplear al servicio de sus propósitos nacionalistas. Claro está que, en términos históricos, tiene poco sentido hablar ni de «Rusia» ni de «Ucrania» como naciones o estados en el siglo X (ni, en realidad, de cualquier otro momento de la época medieval). Lo que nos encontramos en el conflicto en torno a Volodímir/Vladímir no es una disputa histórica genuina, sino dos mitos fundacionales incompatibles.

La versión que invocaba el Kremlin —que Rusia, Ucrania y Bielorrusia habrían sido en origen una sola nación— tenía el objetivo de validar la reivindicación de una esfera «natural» de interés (es decir, su derecho de injerencia) en Ucrania y Bielorrusia. Como muchos de los rusos de su generación, que crecieron con la visión soviética de la historia, Putin nunca reconoció realmente la independencia de Ucrania. En 2008, le dijo al presidente de Estados Unidos que Ucrania no era «un país de verdad», sino una parte histórica de la gran Rusia, la frontera que protegía de Occidente al corazón de Moscú. Según esta lógica imperial, Rusia tenía derecho a defenderse de toda intromisión occidental en Ucrania. De esta dudosa lectura de la historia del país derivó la anexión de Crimea por parte de Rusia, el principio de una larga guerra contra Ucrania. La invasión fue la respuesta rusa al «golpe de Estado» ocurrido en Kiev, como calificó el Kremlin a la Revolución del Maidán, una revuelta popular contra el Gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich que estalló cuando este suspendió las negociaciones con la Unión Europea para la firma de un acuerdo de asociación que prometía llevar a Ucrania hacia la esfera occidental. Poroshenko, por su parte, utilizó el mito de la «elección europea» de Ucrania para legitimar tanto la revolución que lo había llevado al poder como su posterior firma de ese acuerdo con la UE. El pueblo de Ucrania había hecho su «elección europea» con el levantamiento del Maidán.

«Quien controla el pasado […] controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado», escribió George Orwell en 1984.[5] Esta máxima es más cierta en el caso de Rusia que en el de ningún otro país del mundo. Durante la época soviética, periodo en el que el comunismo era el destino incuestionable del país y se hacían ajustes en su historia para que así lo reflejara, se contaba un chiste que quizá Orwell tuviera en mente: «El futuro de Rusia como país es indudable; lo que resulta impredecible es su pasado».

No hay otro país que haya reinventado su pasado con tanta frecuencia; ninguno tiene una historia tan sujeta a las vicisitudes de las ideologías dominantes. En Rusia, la historia es política. Extraer lecciones del pasado del país ha sido siempre el modo más eficaz de ganar una discusión sobre políticas y direcciones futuras. Todos los grandes debates sobre su carácter y su destino han estado enmarcados por cuestiones históricas. La controversia entre occidentalizantes y eslavófilos que, durante el siglo XIX, dominó la vida intelectual de Rusia, se reducía en último término a un conflicto histórico. Quienes buscaban inspiración en Occidente consideraban que Rusia se había visto fortalecida por las reformas occidentalizadoras implantadas por Pedro el Grande a principios del siglo XVIII, pero, para los eslavófilos, lo que había hecho la imposición por parte del zar de unas formas occidentales ajenas a los rusos era socavar tanto la cultura y las tradiciones propias de Rusia como su cohesión nacional.

Hoy, el papel que desempeña la historia en este tipo de debates tiene más importancia que nunca. En el sistema de Putin, donde no existe división entre partidos de izquierda y de derecha, ni ideologías en competencia que enmarquen el debate ni un acuerdo público sobre el significado de conceptos clave como «democracia» o «libertad», el discurso político se define por las ideas que se tengan sobre el pasado del país. Una vez que el régimen atribuye un significado a un episodio de la historia rusa, ese tema se politiza. Esto no es algo nuevo en absoluto. Los historiadores soviéticos se vieron aún mucho más a merced de los cambios de línea del Partido, en particular durante la época de Stalin, cuando se falseaba la historia para engrandecer la importancia de aquel y desacreditar a sus rivales. Algunos de estos historiadores se vieron obligados a «corregir» su trabajo, y, en otros casos, sus libros fueron retirados de las bibliotecas o se les prohibió volver a publicar.

Ya antes de 1917 se censuraba cuidadosamente la historia. No se trataba tan solo de evitar la publicación de ideas y hechos que pudieran resultar políticamente peligrosos (cualquier cosa que retratara a la autocracia bajo una luz desfavorecedora), sino de asegurarse de que el relato oficial sobre el pasado del país no fuera socavado de alguna forma que planteara un desafío para las políticas del momento. A los historiadores ucranianos se les vigilaba de un modo especial a causa de sus supuestas simpatías hacia los principios europeos. No se les permitía publicar en ucraniano, fomentar sentimientos nacionalistas en favor de Ucrania ni promover sentimientos de agravio contra Rusia.[6]

Además de estos relatos con voluntad de control, en Rusia la escritura de la historia ha estado siempre entretejida con ideales míticos, ya desde sus mismos orígenes en las crónicas medievales: los mitos de la «santa Rusia», el «santo zar», el «alma rusa», la idea de que Moscú es la «tercera Roma» y demás. Estos mitos han llegado a ser fundamentales para la forma en que los rusos comprenden su historia y su carácter nacional. A menudo, también han orientado —y enturbiado— las políticas y actitudes occidentales con respecto a Rusia. Para entender la Rusia contemporánea, debemos desglosar estos mitos, entender su desarrollo histórico y escrutar las maneras en que han dado forma a las acciones y la identidad de ese país.

El gran historiador cultural de los mitos rusos Michael Cherniavsky nos ofreció una sugerente explicación de su extraordinario poder y capacidad de resistencia a lo largo de los siglos:

 

Se ha observado a menudo que los mitos, en vez de aproximarse a la realidad, tienden a ubicarse en directa contradicción con ella. Y la realidad rusa era lo suficientemente «impía» como para llegar a producir los mitos «más sagrados» de todos. Cuanto mayor era el poder del Gobierno, más extremo era el mito necesario para justificarlo y excusar la sumisión a él; cuanto mayor era la miseria del pueblo ruso, más extremo era el salto escatológico que debía dar el mito para justificar y trascender aquella miseria.[7]

 

Numerosos escritores han observado la necesidad que tiene el pueblo ruso de contar con mitos trascendentes que prometan una versión mejor de Rusia. En las novelas de Dostoievski, en las que el sufrimiento y la salvación son temas frecuentes, esta necesidad aparece como una esencia del carácter ruso. La persistencia de dichos mitos explica muchos factores de la historia de Rusia: la perdurable solidez de las creencias ortodoxas; la búsqueda por parte del pueblo de un santo zar que encarne sus ideales y los libre de la injusticia; el sueño de construir el cielo en esta tierra —la utopía revolucionaria—, aunque aquel sueño resultara ser una pesadilla en la forma del régimen estalinista.

Todo esto para explicar por qué este libro se titula La historia de Rusia. Lo que en él se cuenta tiene que ver tanto con las ideas, mitos e ideologías que han dado forma a la historia del país, con las interpretaciones que los rusos han hecho de su pasado, como con los sucesos, instituciones, grupos sociales, artistas, pensadores y líderes que construyeron esa historia.

El libro empieza en el primer milenio, con el poblamiento de las tierras rusas por los eslavos, y termina en el tercero, con Putin y con una explicación de los mitos de la historia rusa a los que este ha recurrido para reforzar su régimen autoritario. El argumento subyacente es sencillo: Rusia es un país que se mantiene unido por una serie de ideas que hunden sus raíces en un pasado lejano, unos relatos de la historia que se han visto continuamente reconfigurados y readaptados para ajustarlos a las necesidades del presente y para dar una imagen del futuro. El modo en que los rusos han llegado a contarse el relato sobre ellos mismos, y a ir reinventándoselo por el camino, es un aspecto fundamental de su historia. Y es el marco que la subyace.

El culto al gran príncipe Vladímir, «igual a los Apóstoles», como se le suele llamar, ilustra claramente esa forma de reinvención del pasado. De él no sabemos casi nada. No existen documentos que daten de su misma época, sino tan solo crónicas posteriores escritas por monjes, leyendas hagiográficas sobre su conversión, que sirvieron como mito sagrado para legitimar a sus descendientes, los gobernantes de la Rus de Kiev. Vladímir fue uno de los muchos príncipes santificados durante la época medieval. Pero su culto no llegó a alcanzar un estatus más importante hasta más tarde, a partir del siglo XVI, cuando Iván IV el Terrible lo alimentó para sustentar su falsa vindicación de ser, como zar en Moscú, el único sucesor legítimo de los gobernantes de Kiev y los emperadores de Bizancio. El mito fue utilizado en la disputa de Rusia con Polonia y Lituania, que poseían zonas de lo que en tiempos había sido la Rus de Kiev. Desde el reinado de Iván IV, Vladímir fue aclamado como «el primer zar ruso», el santo «unificador de las tierras rusas», en una narración legendaria que tenía el propósito de ubicar los orígenes del creciente imperio de Moscú en la Rus de Kiev y en Bizancio como cimientos sagrados.[8]

Este mito fundacional fue clave para los Románov, quienes carecían de descendencia alguna de los príncipes de Kiev en la que pudieran basar su frágil dinastía, fundada en 1613, después de años de guerra civil. Como símbolo del legado de Kiev, y para dar mayor solidez a las pretensiones que mantenía Moscú de gobernar Ucrania, el fundador de la dinastía, Mijaíl, hizo trasladar las reliquias del príncipe Vladímir (salvo su cabeza) de Kiev a Moscú, donde permanecieron en la catedral de la Dormición, en el Kremlin, hasta 1917. A medida que, durante el siglo XVIII, el Imperio ruso fue creciendo y engullendo la mayor parte de Ucrania, el culto a Vladímir se convirtió en el corazón del mito que lo justificaba. Se veneraba su vida como símbolo de los sagrados orígenes del Imperio y de la unidad de la «familia» o «nación» de los rusos: los pobladores de la Gran Rusia, la Rusia Menor (los ucranianos) y la Rusia Blanca (los bielorrusos), como se los designaba en este discurso imperial. Ese fue el sentido que quisieron dar los rusos al monumento de Vladímir en Kiev cuando se inauguró en 1853, aunque a finales del siglo XIX ese significado ya se estaba viendo cuestionado por los nacionalistas ucranianos, quienes, como Poroshenko, reclamaban la estatua como propia, en tanto que un símbolo de su condición de nación europea.[9]

Junto con los mitos que han dado forma al pasado de Rusia, en este libro aparecen muchos otros temas recurrentes. Tópicos que reflejan las constantes estructurales que marcan la historia rusa (factores geográficos, sistemas de creencias, modos de gobierno, ideas políticas y costumbres sociales), las cuales siguen siendo enormemente importantes para tener una comprensión bien informada de la Rusia actual. Demasiado a menudo se hacen análisis de la política contemporánea rusa sin tener conocimientos sobre el pasado del país. Pero, para entender realmente lo que Putin significa para este y para el mundo en general, debemos comprender cómo se relaciona su gobierno con los patrones a largo plazo que manifiesta la historia rusa y lo que para los rusos significa su apelación a esos «valores tradicionales».

Estas profundas constantes estructurales se harán evidentes en mi exposición, pero vale la pena detenerse un momento a clarificar desde el principio un par de ellas. La primera es la más obvia: el enorme tamaño de Rusia y su geografía. ¿Por qué ha crecido tanto el país? ¿Cómo pudo expandirse hasta ese extremo por Eurasia e incorporar tal número de nacionalidades distintas (el primer censo soviético, de 1926, reconocía 194)? ¿Cómo ha condicionado el tamaño de Rusia la evolución del Estado? En el siglo XVIII, la emperatriz Catalina la Grande sostenía que un país tan grande como Rusia exigía como forma de gobierno una autocracia: «Únicamente la celeridad en las decisiones respecto de asuntos que llegan de tierras distantes puede compensar la lentitud ocasionada por estas grandes distancias. Cualquier otro modo de gobernar no solo sería dañino para Rusia, sino además totalmente ruinoso».[10] Pero ¿tenía que ser así? ¿No existían otras formas de gobierno representativo o local que pudiesen haber ocupado el lugar del Estado autocrático?

Rusia se desarrolló sobre un territorio llano y abierto, carente de fronteras naturales. Su ubicación la hacía vulnerable a las invasiones extranjeras, pero también la mantenía abierta a la influencia de las potencias circundantes —jázaros, mongoles, bizantinos, europeos y otomanos—, con las que mantenía unas relaciones definidas por el comercio. A medida que el Estado ruso se fortaleció, proceso que debemos fechar en el siglo XVI, su preocupación principal pasó a ser la defensa de sus fronteras. Y dicha prioridad conllevaba unos determinados patrones de desarrollo que han marcado la historia del país.

Suponía la subordinación de la sociedad al Estado y a las necesidades militares de este. Se crearon y se definieron jurídicamente unas clases sociales cuya función era beneficiar a la maquinaria estatal como servidores en el ejército o contribuyentes fiscales. También supuso una política de engrandecimiento territorial con el objetivo de aumentar la seguridad de las fronteras rusas. Desde el surgimiento de Moscovia, o Moscú, el núcleo fundacional del Estado ruso, hasta las guerras de Putin en Ucrania, la historia nos muestra que Rusia tiende a fortalecer su seguridad a base de debilitar a los países vecinos y librar guerras más allá de sus fronteras para mantener a las potencias hostiles a una distancia segura. ¿Significa esto que el carácter de Rusia es en sí mismo expansionista, como han afirmado muchos de sus críticos en la era moderna? ¿O debería verse esta tendencia a expandirse y colonizar los territorios a su alrededor más bien como una reacción defensiva, derivada de la necesidad percibida de contar con estados que le hagan de colchón y la protejan en la estepa abierta?

La naturaleza del poder del Estado es la otra cuestión que merece la pena mencionar aquí. Catalina la Grande solía comparar a Rusia con otros estados absolutistas europeos. Pero el Estado ruso no era como ellos. Había evolucionado como una autocracia patrimonial o personal, en la que el concepto de «Estado» (gosudarstvo) se encarnaba en la persona del zar (gosudar) en tanto que señor soberano o dueño de las tierras rusas. En la Europa medieval, la separación jurídica de los «dos cuerpos del rey» —su persona mortal y el oficio sagrado de la monarquía— permitió el desarrollo de una concepción abstracta e impersonal del Estado.[11] Pero eso no llegó a ocurrir en Rusia. Desde el reinado de Iván IV, zar y Estado se consideraban una misma cosa, unificada en el cuerpo de un único ser que, como hombre y gobernante, era un instrumento de Dios.

La sacralización de la autoridad del zar, legado de Bizancio, fue tanto una fortaleza como un punto débil para el Estado ruso. El mito que lo identificaba como un agente sagrado fue, por un lado, esencial en el culto al santo zar que sustentó a la monarquía hasta el siglo XX, momento en que el mito se vio finalmente resquebrajado por las medidas represivas que tomó Nicolás II contra las protestas populares. Por otra parte, los líderes rebeldes podían usar también el mismo mito para subvertir su poder, y así lo hicieron en las revueltas de los siglos XVII y XVIII, encabezadas por los cosacos. En el imaginario popular, el santo zar era fuente de verdad y justicia social (pravda) para el pueblo. Pero, si lo que el zar llevaba era la injusticia, entonces no podía tratarse del «verdadero zar» y quizá fuera, más bien, el anticristo enviado por Satanás para destruir la obra de Dios en la «santa tierra rusa». Como tal, había que hacerle frente. Al defender que su lucha tenía el objetivo de restaurar en el trono al verdadero zar, los líderes rebeldes cosacos pudieron atraerse a una masa de seguidores y organizar unos movimientos de protesta que sacudieron al Estado en algunos momentos de crisis a lo largo de su historia moderna.

Ideas similares sobre la justicia y la verdad iban a sustentar la Revolución rusa de 1917. El mito del santo zar daría también paso al culto de líderes como Lenin o Stalin, de cuyas estatuas quedarían sembradas las plazas. El régimen de Putin bebe de este mismo arquetipo monárquico de gobernanza, que da apariencia de estabilidad apoyándose en las «tradiciones rusas».

El culto a Putin no ha sido grabado en piedra. Aún no se ven estatuas suyas en las plazas públicas. Pero hubo quienes, en la inauguración del monumento de Moscú al príncipe Vladímir, comentaron con ingenio que pronto aparecería una estatua de su tocayo, el presidente ruso, junto a la muralla del Kremlin.

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1

LOS ORÍGENES

 

 

 

 

Todos los países tienen un relato sobre su origen. En algunos se invocan mitologías clásicas o de origen divino, narraciones que los vinculan con algún acto sagrado de creación o con una civilización antigua, si bien, al menos en Europa, la mayoría de los mitos fundacionales se inventaron durante el siglo XVIII o a principios del XIX. En aquella época, historiadores, filólogos y arqueólogos nacionalistas quisieron rastrear el origen de sus naciones hasta la existencia de una etnia primigenia y homogénea, inmutable y portadora ya de todas las semillas del carácter nacional, cuya presencia veían en cualquier tipo de rastro que pudieran encontrar de los pueblos primitivos de su territorio. Los celtas, los francos, los galos, los godos, los hunos y los serbios han servido todos ellos como pueblo originario para alguna nación moderna, aunque en realidad constituían grupos sociales complejos, que se formaron a lo largo de siglos por medio de grandes migraciones que tuvieron lugar por todo del continente europeo.[12]

Buen ejemplo de ello son los orígenes de Rusia. No hay otro país que haya mostrado mayores divisiones en lo relativo a sus propios comienzos. No hay otro que haya cambiado su historia tan a menudo. El sujeto es inseparable del mito. El único documento escrito con el que contamos, el Relato de los años pasados, conocido como la Primera crónica eslava o Crónica de Néstor, fue compilado en Kiev por un monje llamado Néstor y algunos otros durante la década de 1110. La crónica cuenta que, en el año 862, las tribus eslavas del noroeste de Rusia, perpetuamente en guerra, tomaron la decisión conjunta de pedir a los rus’, una rama de los vikingos, que los gobernaran: «Nuestra tierra es grande y fecunda, pero no hay orden en ella. Venid a reinar y a gobernarnos».[13] Llegaron tres príncipes hermanos, los Rus, con toda su parentela, y fueron aceptados por los eslavos. Dos de ellos murieron, pero el tercero, Riúrik, siguió gobernando Nóvgorod, la más importante de las ciudades comerciales del norte, hasta su muerte en el 879, cuando lo sucedió su hijo Oleg. Según la crónica, este capturaría Kiev tres años después, momento en que se estableció la Rus de Kiev, el primer Estado «ruso».

La Crónica de Néstor se lee más como un cuento de hadas que como un libro de historia. Es un mito fundacional típico, escrito para establecer la legitimidad política de la dinastía Ruríkida, que gobernaba en Kiev como la elegida por Dios para cristianizar todo el territorio de la Rus. Gran parte de la crónica es pura ficción, una mezcla de canciones épicas y poemas narrativos de transmisión oral (conocidos en ruso como byliny), sagas nórdicas, folclore eslavo, antiguos anales bizantinos y textos religiosos. Nada de lo que figura en ella puede tomarse como un hecho. No podemos afirmar con certeza si Riúrik existió o no. Puede que se tratara de Rörik, el sobrino, hijo o posiblemente hermano del monarca danés contemporáneo Harald Klak. Pero no hay prueba alguna que lo vincule con Kiev, por lo que el fundador de la dinastía pudo haber sido también otro guerrero vikingo, o quizá se trate de una figura alegórica.[14] A los monjes de Kiev les preocupaba menos lo precisa que fuera aquella crónica que su simbolismo y su significado religioso. La escala temporal de la crónica es bíblica. Traza la historia de los rus’ a partir de Noé, en el libro del Génesis, y afirma que son los descendientes de su hijo Jafet, por lo que debe entenderse que la Rus de Kiev había sido creada como parte del plan divino.[15]

La Crónica de Néstor estuvo en el centro de un debate sobre los orígenes de Rusia que se remonta a la primera mitad del siglo XVIII, cuando la escritura de la historia se encontraba, en Rusia, en sus inicios. La nueva disciplina académica estaba entonces dominada por los alemanes, y entre ellos se encontraba Gerhard Friedrich Müller (1705-1783), que a la edad de veinte años se había unido al personal docente de la recién fundada Academia de las Ciencias de San Petersburgo. Müller fue el editor que fundó la primera serie de documentos y artículos sobre la historia de Rusia, el Sammlung Russischer Geschichte (1732-1765), que se publicaba en alemán y estaba orientado a un público lector europeo que no sabía casi nada ni sobre Rusia ni sobre su historia. El apogeo de su carrera lo alcanzó en 1749, cuando recibió el encargo de pronunciar un discurso en honor de la emperatriz Isabel el día de su onomástica. La conferencia se tituló «Sobre los orígenes del pueblo ruso y de su nombre».

En él, Müller resumió los hallazgos de otros eruditos alemanes, quienes, a partir de su lectura de la Crónica de Néstor, habían concluido que Rusia debía sus orígenes a los vikingos. Los rus’, dijo, eran escandinavos, cuyo nombre tribal derivaba de ruotsi, término empleado por los fineses para describir a los suecos de Roslagen. Pero aquel no era el momento idóneo para sugerir que Rusia había sido creada por los suecos ni por ningún otro pueblo extranjero. La victoria de Rusia en la reciente guerra contra Suecia (1741-1743) había fortalecido un sentimiento patriótico que se extendía también al pasado del país. La conferencia de Müller recibió duras críticas en la Academia y se designó un comité de investigación que debía dilucidar si era apta o no para impartirse —tanto en la onomástica de la emperatriz, el 5 de septiembre, como en el séptimo aniversario de su coronación el 25 de noviembre—, sin que resultara en el desprestigio de Rusia. Mijaíl Lomonósov, el primer polímata de Rusia, lideró el ataque contra el alemán, acusándolo de denigrar a los eslavos al presentarlos como unos salvajes incapaces de organizarse como un Estado. Los rus’, defendía, no eran suecos, sino eslavos bálticos, y descendían de la tribu irania de los roxolanos, cuya historia puede rastrearse hasta las guerras de Troya. Las críticas de Lomonósov estaban animadas por un sentimiento de orgullo nacional tanto como por su aversión personal hacia el alemán. Afirmó falsamente que Müller no era capaz de leer documentos en ruso, que como consecuencia de ello había cometido graves errores y que, como todo extranjero, no podía conocer realmente la historia del país por el hecho de no ser ruso.

A esto le siguieron seis meses de disputas académicas. El 8 de marzo de 1750, el comité de investigación prohibió la conferencia de Müller y confiscó todas las copias que se hubieran impreso tanto en ruso como en latín. Lomonósov participó en aquel asalto. El alemán fue degradado a un puesto subalterno y se le prohibió trabajar en el archivo estatal, supuestamente para proteger al Imperio ruso de los intentos de «mancillar» su historia por parte de Müller. Aunque la carrera académica de este nunca llegó a recuperarse por completo, publicaría muchos libros, entre ellos Origines gentis et nominis Russorum (1761), en los que se desarrollaban los planteamientos de su conferencia. Origines gentis et nominis Russorum se publicó inicialmente en Alemania y no apareció en ruso hasta 1773, una década después de la Historia de la antigua Rusia de Lomonósov, libro escrito como refutación de las afirmaciones de Müller.[16]

El debate sobre los orígenes de Rusia ha seguido vivo hasta el día de hoy. Conocido como la «controversia normanista» (porque los vikingos eran normandos), encierra una altísima carga política e ideológica. La cuestión central es si Rusia fue creada por los rusos o por extranjeros.

Durante las últimas décadas del siglo XVIII, la «teoría normanda» de Müller fue ganando aceptación en la Academia de San Petersburgo, en la que predominaban los historiadores nacidos en Alemania, quienes difundieron la teoría de que Riúrik había pertenecido a una tribu germánica de Escandinavia y de que, por tanto, Rusia, como Estado y como cultura, había sido fundada por germanos. Catalina la Grande (nacida también en Alemania) apoyaba aquella hipótesis, porque proponía que los rusos tenían un origen europeo, planteamiento que ella misma defendió en sus muchas obras. En manos alemanas, la posición normanista conllevó en ocasiones una actitud racista hacia los eslavos. Típico de ello es este pasaje de un estudio de la Crónica de Néstor realizado por August Ludwig von Schlözer en 1802:

 

Evidentemente allí [en Rusia] había pueblos, sabe Dios desde hacía cuánto tiempo y llegados de dónde, pero se trataba de grupos sin ningún tipo de liderazgo, vivían en sus vastos bosques igual que las bestias salvajes y las aves […]. Ningún europeo ilustrado había puesto su atención en ellos ni escrito sobre ellos. En todo el norte no había un solo lugar al que pudiera darse realmente el nombre de «ciudad» […]. Los eslavos, salvajes, groseros y aislados, comenzaron a ser socialmente aceptables tan solo gracias a los germanos, cuya misión, decretada por el destino, fue la de sembrar entre ellos las primeras semillas de la civilización.[17]

 

La teoría normanda, con su suposición de que aquellas tribus eslavas en guerra eran incapaces de gobernarse a sí mismas, resultaba atractiva para los defensores de la autocracia. El más destacado de ellos fue Nikolái Karamzín, el primer gran escritor e historiador de Rusia, que para elaborar su Historia del Estado ruso (publicada en doce volúmenes entre 1818 y 1829) se basó en gran medida en la obra de Schlözer. Con anterioridad al establecimiento del gobierno de los príncipes extranjeros, afirmaba Karamzín, Rusia no había sido más que un «espacio vacío» con «salvajes tribus guerreras, que vivían al nivel de las bestias y las aves».[18]

Durante el siglo XIX, estas posiciones fueron cuestionadas por filólogos y arqueólogos. Motivados en gran parte por un sentimiento de orgullo nacional por la antigua cultura eslava de Rusia, buscaron pruebas que demostraran lo avanzado de la vida social de los eslavos durante el primer milenio. Los antinormanistas, como se los denominaba, sostenían que los rus’ no procedían de Escandinavia (no aparecían mencionados en las antiguas fuentes ni sagas nórdicas), sino que eran eslavos. Su nombre, defendían, aparece en algunas fuentes griegas del siglo II y en fuentes árabes del V. La tierra natal de los rus’, según ellos, se encontraría en Ucrania, como indicaban los nombres eslavos de los ríos (Ros, Rosava, Rusna, Rostavtsya, etcétera). Las excavaciones arqueológicas realizadas en sus asentamientos revelaron que estos tenían la forma de un círculo defensivo, en claro contraste con la configuración de los vikingos, más abiertos, y que, mucho antes de la llegada de estos, la cultura material de los rus’ ya había alcanzado un nivel de desarrollo muy elevado, gracias sus contactos con las civilizaciones helénica, bizantina y asiática.

La fortuna de los antinormanistas fue creciendo en la misma medida en que lo hizo la influencia del nacionalismo en el Estado ruso y llegó a su punto álgido durante la época de Stalin, en particular a partir de 1945, cuando el chovinismo de la Gran Rusia, alimentado por la victoria sobre la Alemania nazi, vino a ocupar el corazón de la ideología soviética. La investigación etnoarqueológica de los primeros asentamientos eslavos sufrió entonces una intensa politización. Se realizaron enormes inversiones estatales en la excavación de yacimientos, con el objetivo de demostrar la existencia de una «patria eslava» que se extendía desde el río Volga, al este, hasta el río Elba, al oeste, y desde el Báltico, al norte, hasta los mares Egeo y Negro; en otras palabras, la zona que Stalin reclamaba como «esfera de influencia» soviética durante la Guerra Fría. La idea de que Rusia debiese sus orígenes a cualquier clase de potencia extranjera, y mucho menos a los «germánicos» vikingos, se volvió inadmisible. Los académicos que habían osado sugerir cosas como aquella fueron obligados por el Partido a revisar su trabajo.[19]

La visión soviética de los orígenes de Rusia quedó así hilvanada en un concepto de etnicidad, en el que se contemplaba la ethnos como el núcleo ancestral de la identidad nacional, el cual había persistido a lo largo de la historia, a pesar de las transformaciones que había ido sufriendo la sociedad. En una época en la que los académicos occidentales estaban llegando a la conclusión de que los grupos étnicos eran construcciones intelectuales modernas, categorías inventadas que se imponen sobre grupos sociales complejos, sus homólogos soviéticos los estaban analizando como entidades primordiales definidas por la biología. Mediante el estudio de la etnogénesis, llegaron a rastrear el origen de la Rusia moderna hasta un único pueblo de la Edad del Hierro, y a afirmar que los rusos eran descendientes de los antiguos eslavos.

Este enfoque resurgió con mayor fuerza aún tras el derrumbe de la Unión Soviética, cuando los nacionalistas rusos, ucranianos y bielorrusos empezaron a competir por la reclamación de sus orígenes étnicos en el legado kievita. Este era el propósito que perseguía Putin con aquel discurso de inauguración del monumento al príncipe Vladímir en Moscú. Al afirmar la herencia kievita de Rusia, estaba invocando el viejo mito imperial de que rusos, ucranianos y bielorrusos habían sido históricamente un solo pueblo, tres subgrupos étnicos de una misma nación, y con ello establecía una esfera de influencia «natural» de la Rusia contemporánea sobre su «territorio ancestral» original. La historia, claro está, es más compleja, aunque también se trate de un relato.

 

 

Rusia se expandió por las estepas y tierras boscosas que se extienden entre Europa y Asia. No existen fronteras naturales, mares ni cordilleras que definan su territorio, el cual, a lo largo de su historia, ha sido colonizado por pueblos de ambos continentes. Los montes Urales, que suelen señalarse como la frontera que divide la «Rusia europea» de Siberia, no ofrecían protección alguna a los colonos rusos frente a las tribus nómadas de la estepa asiática. Se trata de una serie de elevadas cadenas montañosas divididas por anchos pasos y, en muchos lugares, forman más bien colinas. Resulta significativo que, en ruso, «colina» y «montaña» se digan igual (gora). Se trata de un país que ocupa una llanura homogénea.

El terreno es igual a ambos lados de los Urales: una vasta estepa que se extiende a través de once husos horarios y que abarca desde las fronteras occidentales de Rusia hasta el océano Pacífico, al este. Este continuo territorial está compuesto por cuatro franjas o zonas que discurren, más o menos en paralelo, de un extremo al otro. La primera de ellas, que ocupa en torno a una quinta parte de la masa terrestre de Rusia, se traza sobre el círculo polar ártico, donde una tundra sin árboles permanece cubierta por la nieve y el hielo durante ocho meses al año. Hasta el siglo XX, los únicos habitantes de aquellas regiones eran pastores nómadas de renos y cazadores de morsas y pieles, pero el descubrimiento de carbón, oro, platino y diamantes en el permafrost llevó a la colonización de la zona ártica por el Gulag. Hoy viven allí dos millones de rusos, la mayoría de ellos descendientes de los prisioneros de los campos de trabajo.

Hacia el sur, encontramos la zona forestal de la taiga, el mayor bosque de coníferas del mundo, que se extiende desde el Báltico hasta el Pacífico. Está formado por pinos, píceas y alerces, intercalados con marismas, lagos y ríos de curso lento que, hasta el siglo XIX, constituyeron el medio de transporte más rápido de la zona.

Los bosques de coníferas dan paso a una zona de floresta mixta y estepas arboladas aunque más abiertas al sur de Moscú, en la que, en algunas áreas, la rica tierra negra alcanza varios metros de profundidad. Esta tercera franja del territorio de Rusia, conocida como la zona agrícola central, se ensancha en su extremo occidental, donde se funde con la llanura húngara, pero se estrecha hacia el este, hacia Siberia, donde la invade la taiga. La zona fértil fue asegurada por los rusos a partir del siglo XVI.

Por último, en el extremo sur, llegamos a la estepa póntica, conformada por las praderas y sabanas semiáridas que se extienden desde la costa norte del mar Negro, al oeste, hasta el mar Caspio y Kazajistán, al este. Los rusos solo llegaron a conquistar este territorio a las tribus nómadas túrquicas a partir del siglo XVIII. Conforma la línea divisoria religiosa entre Rusia y el mundo musulmán.

Los primeros pobladores de los que tenemos noticia en el territorio que llegaría a conocerse como la Rus de Kiev fueron los eslavos, aunque las zonas boscosas del norte estuvieron habitadas desde mediados del primer milenio por tribus ugrofinesas como los estonios. Según el relato que hacen la mayor parte de los historiadores, los eslavos se vieron obligados a desplazarse a aquellos bosques norteños a causa de las tribus túrquicas, las cuales, gracias a su poderío militar, se hicieron con el control de las verdes praderas situadas más al sur. Los eslavos se dispersaron entonces en pequeños grupos por los grandes bosques primigenios. Allí talaban y quemaban la madera, para sembrar después distintos cultivos en el suelo fertilizado por la ceniza (un método conocido como «de roza y quema»). La agricultura en la zona forestal del norte era una labor ardua, y para sobrevivir fue necesario mantener un sólido colectivismo. Había que organizar equipos de trabajo para la tala y la siembra, así como para recoger toda la cosecha, todo ello durante la corta temporada de cultivo, que iba desde los deshielos y las inundaciones primaverales de abril hasta el comienzo de las heladas invernales en octubre. El suelo de la zona es pobre, arenoso, y lo forma tan solo una delgada capa que cubre un estrato de roca. De todos los cereales, solo se daba el centeno, y el rendimiento de las cosechas era bajo. Aparte de esto, los bosques proporcionaban a los campesinos otros medios de subsistencia, como pieles, miel, cera, pescado y madera.

Los asentamientos en los que vivían los eslavos estaban rodeados por una muralla de madera. De carácter democrático, su forma de gobierno se organizaba en unas asambleas integradas por los varones adultos (los bizantinos consideraban que esta democracia equivalía a «desorden y anarquía»).[20] Eran maestros en el manejo del hacha y expertos en convertir los árboles en edificios, barcos y canoas, lo que les permitió añadir a sus medios de subsistencia la pesca y el intercambio comercial a lo largo de los ríos. Su población fue creciendo y, con ello, obligando a las tribus ugrofinesas a retirarse a las zonas más profundas de los bosques. Para finales del primer milenio, los eslavos habían desarrollado una cultura campesina estable, con una enorme capacidad de adaptación, basada en el colectivismo y en un espíritu de resistencia que ha caracterizado a los rusos durante gran parte de su historia.

Cuando los vikingos llegaron a Rusia, su intención no era dedicarse al pillaje, como sí hicieron en Inglaterra (Rusia era demasiado pobre), sino la de emplear sus numerosas vías fluviales para desarrollar una actividad comercial de larga distancia entre Europa y Asia. El nombre de los rus’ derivó probablemente de la palabra del nórdico antiguo róa, que significa «remar», lo que sugiere que los rus’ eran conocidos como navegantes y que muy probablemente fueran bastante diversos en términos étnicos. No se trataba de una tribu unida por un origen étnico común, sino de un ejército fundamentado en una empresa comercial común. Con sus barcos navegaban desde la costa este de Suecia hasta la desembocadura del río Neva, donde se encuentra hoy San Petersburgo. Y, desde allí, remaban por dicho río hasta el lago Ládoga, un importante puesto comercial, donde obtenían esclavos y ricas pieles de manos de los eslavos y otros pueblos del norte (en el léxico vikingo, las palabras «eslavo» y «esclavo» se convirtieron en sinónimos). Ese cargamento se transportaba después hacia el sur, surcando los ríos Dniéper, Don y Volga y cruzando los mares Negro y Caspio, hasta llegar a los mercados de Bizancio y del califato árabe, donde tanto los esclavos como las pieles eran muy apreciados. Los rus’ regresaban con un cargamento de monedas de plata, cuentas de vidrio, joyas y adornos de metal, artefactos que los arqueólogos han podido recuperar de los sepulcros de Stáraya Ládoga (Ládoga la Vieja), que se considera el asentamiento vikingo más antiguo, datado en el siglo VIII. Estas tumbas contenían también zapatos de cuero, peines hechos de hueso y asta, amuletos rúnicos y un tipo de palos de madera cuya presencia se ha registrado también en Escandinavia.[21]

Los rus’ se establecieron y se asimilaron a la población eslava con mucha rapidez. Los asentamientos como Stáraya Ládoga conformaban comunidades poliétnicas, con una élite guerrera de origen vikingo y un grupo de agricultores y artesanos eslavos y fineses. Adoptaron la lengua, los nombres, las costumbres y los rituales religiosos de los eslavos, proceso de asimilación que se aceleró con su conversión simultánea al cristianismo durante el siglo X. Por esta razón, hay pocos rastros escandinavos en la lengua o la toponimia rusas, lo que supone un contraste notable con la gran influencia vikinga que muestran tanto la lengua como la toponimia de Inglaterra y Alemania.[22]

Los rus’ causaron una fuerte impresión en los árabes con los que se relacionaron. Ibn Fadlān se encontró con un grupo de comerciantes en Itil, en el Volga, cerca del mar Caspio, en el 921:

 

Me encontré con los rus’ cuando, en el transcurso de sus viajes comerciales, acamparon en la zona de Itil. Jamás he visto especímenes físicos más perfectos, altos como palmeras, rubios y rojizos; no visten túnicas ni caftanes, pero los hombres usan una prenda que cubre un lado del cuerpo y les deja una mano libre. Todos ellos llevan un hacha, una espada y un cuchillo que en todo momento mantienen al alcance de la mano. Todas las mujeres llevan sobre cada uno de sus pechos una caja de hierro, plata, cobre u oro; el valor de esta indica la riqueza del marido. Cada uno de estos objetos tiene un anillo del que cuelga un cuchillo. Además, estas mujeres visten collares de oro y plata. Los ornamentos más preciados de estas gentes son las cuentas de cristal verde, que ensartan para confeccionar collares para sus mujeres.[23]

 

Itil era la capital del Estado o kanato jázaro, un imperio comercial y multiconfesional, encabezado por una élite de guerreros turcos, que se extendía desde el mar de Aral hasta los Cárpatos y desde el Cáucaso hasta las tierras boscosas del Alto Volga. Tenía un gobierno ordenado, medios eficaces de recaudación de impuestos y el poder militar necesario para proteger las rutas comerciales fluviales contra las tribus nómadas, de las que los más peligrosos eran los polovtsianos (también conocidos como kipchaks o cumanos). Kiev, fundada a mediados del primer milenio en la forma de una serie de asentamientos dispersos, se había convertido en un bastión jázaro desde el que se controlaba el río Dniéper, en la ruta comercial entre el Báltico y Bizancio.

El alcance de la influencia jázara en el desarrollo de la Rus de Kiev es objeto de controversia. Algunos académicos piensan que los jázaros desempeñaron un papel más importante que los vikingos o los eslavos.[24] Los escritores bizantinos y árabes hablaban de los rus’ como vasallos del kanato, unidos a él por vínculos matrimoniales. Los primeros gobernantes de la Rus se daban el nombre de jaghan, lo que sugiere que hacían derivar su autoridad de los jázaros. Está claro que mantenían con estos mejores relaciones de lo que sugieren las crónicas medievales, las cuales dibujan un paisaje de violencia e incursiones incesantes por parte de las tribus jázaras de lengua túrquica contra los pacíficos colonos rusos. Los historiadores de Rusia del siglo XIX se basaron por completo en estas crónicas. Relataron la historia de los orígenes de la nación como la épica lucha de los agricultores de las tierras boscosas del norte contra los jinetes de la estepa asiática. Este mito nacional se convirtió en un elemento tan fundamental para la identidad europea de los rusos que sugerir, ni tan siquiera, que sus antepasados habían tenido alguna influencia de las culturas asiáticas de la estepa, era granjearse una acusación de traición. En realidad, las incursiones de las tribus esteparias fueron poco frecuentes, y hubo largos periodos de coexistencia pacífica, relaciones comerciales, cooperación, mezcolanza social e incluso matrimonios mixtos entre los eslavos y sus vecinos nómadas de la estepa. La influencia de las tribus esteparias la atestigua la adopción por parte de las élites de los rus’ de su vestimenta y símbolos de estatus, como los cinturones tachonados con piezas de metal pesado y bridas con una elaborada ornamentación.[25] Tenemos que pensar en los primeros Rus no por mediación de un relato de confrontación hostil entre los colonos del bosque y los nómadas de la estepa, sino de uno que nos habla de la interacción mayormente pacífica entre todos los pueblos de Eurasia. Quizá deberíamos concebirlo no tanto en términos de grupos étnicos, y sí más bien como una asociación comercial de grupos diversos: eslavos, fineses, vikingos y jázaros.[26]

La Rus de Kiev emergió con el declive del Estado jázaro. El creciente poder militar de los rus’ les permitió dejar de pagar impuestos al kanato y ocupar su lugar como protectores de la frontera norte de Bizancio, papel que les reportó ricas recompensas en forma de concesiones comerciales en Constantinopla, la capital bizantina. A medida que aumentaba su poder, los guerreros rus’ fueron atacando los territorios entre el Volga y el Dniéper, donde se pagaban tributos a los jázaros, hasta capturar Kiev, que se convirtió en la capital de la Rus de Kiev, en el año 882.

Bajo el mandato de los primeros príncipes rus’, Kiev se convirtió en un importante centro comercial entre los mares Negro y Báltico. En el barrio de Podil de la ciudad, los arqueólogos han encontrado grandes cantidades de monedas, ánforas y pesas de balanzas de origen bizantino, así como restos de un tipo de viviendas construidas con troncos mediante una técnica (sin clavos) asociada al norte de Rusia. Para acrecentar tanto la población como la base contributiva del nuevo Estado, el gran príncipe Vladímir impuso el traslado forzoso de comunidades eslavas enteras desde los bosques del norte a las regiones del entorno de Kiev. Este fue el inicio de una larga tradición de desplazamientos masivos de población impuestos por el Estado ruso.[27]

El establecimiento del centro del poder en Kiev conllevó dos cambios de importancia para los rus’. En primer lugar, su actividad principal, anteriormente el comercio a larga distancia, pasó a centrarse en la recaudación de tributos, ocupación en la que habían visto prosperar a los jázaros. Los territorios que antes controlaba el kanato pasaron a estar sometidos a tributación por parte de Kiev, que construyó fortificaciones y ciudades para asegurar su dominio sobre la estepa occidental. En segundo lugar, el flujo principal del comercio se desplazó desde el Volga y el mundo musulmán hacia el Dniéper y Bizancio. Este giro hacia el sur quedó consolidado por una serie de tratados comerciales entre la Rus de Kiev y el Imperio bizantino, cada uno de ellos precedido de un ataque de los rus’ a Constantinopla con el objetivo de obligar a los bizantinos a abrir sus mercados y mejorar los términos del intercambio. En el primero de estos tratados, del año 911, se hacían generosas concesiones a los comerciantes rus’.

A través del comercio y la diplomacia los paganos rus’ fueron siendo atraídos hacia la civilización cristiana del Imperio bizantino. El camino lo inició la princesa Olga, que reinó como regente de la Rus de Kiev entre el 945 y el 960. Se hizo bautizar en Constantinopla, donde cimentó una alianza militar con el emperador mediante la adopción del mismo nombre que la emperatriz reinante, Helena (Yelena en ruso). Su hijo Sviatoslav siguió siendo pagano, pero su nieto, el gran príncipe Vladímir, no solo se unió a la Iglesia ortodoxa oriental en el 988, sino que convirtió asimismo a todo el reino.

Según la Crónica de Néstor, la conversión de Vladímir fue resultado de una búsqueda de la fe verdadera. Cuenta la historia que lo visitaron distintos representantes de los estados vecinos, cada uno de ellos con el deseo de convertirlo a su religión. En primer lugar, se presentó el enviado islámico de los búlgaros del Volga, que intentó seducir a Vladímir prometiéndole la satisfacción carnal en el más allá (según la leyenda, aquel hombre tenía ochocientas esposas), pero lo desanimó por completo con la prohibición musulmana de beber alcohol («Beber es la alegría de los rus’; no podemos vivir sin ello», declaró el príncipe). Después comparecieron los «germanos», emisarios papales, y, seguidamente, una delegación jázara de rabinos (los líderes jázaros habían abrazado el

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