La dama blanca

María Inés Falconi

Fragmento

Capítulo 1

—¡Llevame! ¡Llevame! ¡Llevame!

Pablo encerró a Ema contra la pared del patio, en el rincón de los baños. En ese lugar siempre había feo olor, así que nadie se detenía por mucho tiempo y se podía hablar sin ser escuchado.

—Ya te dije que no te puedo llevar. No rompas, Paul.

—¿Por qué no me podés llevar? —Pablo ensayó cara de pucherito, con el labio inferior torcido hacia afuera y los párpados batientes.

Ema no pudo evitar reírse. Esa cara la mataba. Las caras de Pablo la mataban. Tenía una para cada ocasión.

Los dos se callaron cuando Loreta pasó para ir al baño. Por detrás de Pablo le hizo “ojito” a Ema, suponiendo que Pablo tenía otras intenciones, bastante distintas a las reales.

Nadie tomaba en serio a Pablo en la escuela. Sí, para las bromas; sí, para reírse; sí, para imitar a los profesores; pero a ninguna de las chicas se le hubiera ocurrido fijarse en él y a los chicos, menos.

Ema revoleó los ojos para que Loreta creyera, como creyó, que Pablo era un pesado que la estaba persiguiendo, con bastantes malos resultados.

Loreta desapareció adentro del baño.

—¿Se fue? —preguntó Pablo.

—Sí, se fue. Y yo también me voy. Dale, Paul, no molestes.

—Ok. No te molesto más, pero dame una explicación. Satisfactoria —agregó.

—¡Ya te dije! No te puedo llevar porque Maggie no te invitó. No voy a ir a su fiesta del brazo de un colado.

—Por empezar… —Pablo nunca se daba por vencido— yo no pienso ir del brazo, ni con vos ni con nadie.

—Muy sensato.

—Y por seguir, si soy tu “invitado” —hizo comillas con las manos—, no soy un colado. ¡Ya está! Podés decir que soy tu novio y todo legal.

—¡Justo! ¿Qué tomaste, nene? ¿Te pensás que voy a decir que vos sos mi novio para que nadie me dé bola en toda la noche? ¿Qué digo en toda la noche? ¡En toda la vida!

—Eso es cierto. Nadie va a querer competir conmigo, pero pensá que es solo para entrar, nada más. Después te perdés. O yo me pierdo, da lo mismo.

Loreta salió del baño. Volvió a hacer caras y siguió su camino.

—Se fue —anunció Ema sin que Pablo llegara a preguntárselo— y además está por tocar el timbre.

Pablo apoyó su mano contra la pared para impedirle la huida, pero Ema pasó por abajo y arreglándose el mechón de pelo que le caía sobre la cara se fue para el aula.

No era un fracaso para Pablo. Solo un nuevo desafío.

La clase de Historia resultó ser bastante más interesante de lo esperado. El profe se detuvo a hablar de la epidemia de fiebre amarilla durante la presidencia de Sarmiento para poder establecer semejanzas y diferencias entre la ciencia actual y la del siglo XIX. Tétrico, pero interesante.

En medio de la clase, Ema recibió una hoja de cuaderno doblada en cuatro. Sin abrirla, la metió adentro de la carpeta, con la clara intención de molestar al que se la había enviado: Pablo, era obvio.

Lo miró con una sonrisita. Pablo le devolvió una cara de odio que le dio risa.

—¿A usted le parece gracioso este tema? —preguntó el profesor que, nadie sabía por qué, nunca los tuteaba.

—No, profe, disculpe. Es que me acordé de algo.

—Espero que también se acuerde de lo que estoy diciendo —aclaró el profesor, amenazador.

—Sí, seguro, claro.

En cuanto el profesor siguió con su relato, Ema volvió a mirar a Pablo y se pasó la mano abierta por el cuello en claro signo de “te voy a acogotar”. Él le hizo un corazón con las manos y sonrió. Irresistible.

El asalto se repitió a la salida.

Antes de que pudiera darse cuenta, Ema tenía a Pablo caminando a su lado.

—¿Qué hacés acá? Vos vas para otro lado —le preguntó sosteniendo su falso enojo.

—Es tu culpa. Si hubieras mirado el mensaje que te mandé yo no estaría acá.

—Lo miré.

—¿Ah, sí? ¿Qué decía?

—No decía nada. Era un dibujo tonto y mal hecho.

Los dos sabían que el dibujo podía ser tonto, pero nunca podría estar mal hecho porque Pablo dibujaba como los dioses. Le había mandado el dibujo de una pareja pasando debajo de una gran puerta. Él, de frac; ella, de vestido largo, y había un cartel que decía “Bienvenidos”.

—Bueno, ¿qué decís? —insistió Pablo.

—¡Que no! ¡Cortala! ¿Por qué querés ir a la fiesta esa? Ni siquiera creo que vaya a estar buena. ¿No tenés nada mejor que hacer?

—De hecho, no, pero no es eso: quiero ir porque va ella.

Eso la detuvo. Eso era una confesión. ¿Ella? ¿Qué ella? Hasta donde Ema sabía, no había ninguna ella que a su amigo le gustara especialmente.

—¿Qué ella, Pablo? Me estás mintiendo.

Lo miró con los ojos entrecerrados como para sopesar la información.

—No, te juro que no. Si te digo quién es, ¿me prometés que me llevás?

La curiosidad que sentía Ema era muy grande y como se sabe, la curiosidad mata al gato. ¿Le estaría mintiendo? No se podía resistir. Estaba segura de que, a menos que aceptara llevarlo, él no se lo iba a contar.

—Está bien. Prometido. ¿Quién es?

—Antonia.

—¡¿Antonia?! —eso sí que era una sorpresa—. ¿Te gusta Antonia? ¿A vos te gusta Antonia?

—¡Shhh! —trató de callarla Pablo—. Sí, me gusta Antonia, ¿qué tiene? ¿No me puede gustar? ¿Hay que pedirle permiso?

—No, no pasa nada. Es raro nada más.

—¿Por?

—¡Qué sé yo! No te imagino con Antonia. Es…

—¿Demasiado?

—¡No, tarado! ¿Quién dijo eso?

—No lo dijiste, pero lo pensaste. Confesá.

—¡No lo pensé! No seas perseguido. Además, ¿a mí qué me importa?

—Bueno… sos mi amiga. Te podría importar.

—Bueno, sí, me importa. Quiero decir que por mí podés hacer lo que quieras. Que sí, me importa lo que te pase, pero no me importa cómo te pase, salvo que te pase y te sientas mal, y entonces me importa…

—¿Entonces me llevás? —la interrumpió.

—Sí, te llevo. Y espero no arrepentirme.

Chocaron palmas y cada uno se fue para su lado.

Ema enseguida supo que se había equivocado.

Capítulo 2

La modista la ayudó a sacarse

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