Sherlock Holmes 2 - El signo de los cuatro

Sir Arthur Conan Doyle

Fragmento

 Sherlock Holmes. El signo de los cuatro. Capítulo 1

Capítulo 1

La ciencia del razonamiento deductivo

Sherlock Holmes se encontraba apoyado en la repisa de la chimenea con la mirada perdida. Su rostro mostraba una actitud de indiferencia y menosprecio hacia todo lo que le rodeaba.

Los últimos meses habían sido especialmente difíciles en Baker Street. No se debía a que Holmes y yo hubiéramos discutido o a que entre nosotros se hubiera producido alguna enemistad, ni muchísimo menos. Lo que sucedía es que llevaba muchos meses notando que a mi compañero le dominaba una gran apatía, y mi carácter no lo soportaba. Conforme transcurría el tiempo, me inquietaba más, y verle así me producía una gran impotencia. Día tras día me hacía el firme propósito de hablar con él y preguntarle qué pensaba sobre su actitud, pero siempre me faltaba el valor para hacerlo.

Su carácter y sus maneras dominantes me producían cierta inseguridad, y eso me impedía reunir el valor necesario para sacudir su ánimo y sacarle de su letargo.

Debo precisar que mi paciencia había llegado al límite aquella tarde, y tenía la sensación de que ya no podía aguantarme más tiempo, le pregunté:

—Dígame, Holmes, ¿hasta cuándo piensa mantener esta actitud?

—¿A qué se refiere, Watson?

—¡Reflexione y reaccione, amigo mío! ¿Sabe cuánto tiempo lleva así?

—¿Así, cómo? ¿Qué quiere decir, Watson?

—¡Francamente, Holmes, su pregunta me exaspera! ¿Es que me toma, acaso, por ignorante o por necio?

Sherlock Holmes me miró sin dar muestras de sentirse ofendido. Juntó las yemas de los dedos de ambas manos y, aproximándolos a los labios, se dispuso a aclarar mis preocupaciones:

—Me aburro, Watson; me siento tremendamente aburrido. Mi cerebro y mi espíritu se rebelan contra el estancamiento. Necesito estar ocupado en algún asunto, que alguien nos traiga un caso para resolver. Sabe mejor que nadie cómo me gusta la profesión a la que me dedico, detective privado, y también sabe que soy el único en el mundo que la ejerce.

—¿Está seguro, Holmes? —le pregunté con sarcasmo.

—Efectivamente, soy el único detective privado que tiene abierta una consulta a la que acuden inspectores famosos, como Gregson o Lestrade, cuando se sienten bloqueados. Examino los datos que me exponen, les doy mi opinión y hasta resuelvo sus casos. Ni busco ni reclamo gloria porque, para mí, la mayor satisfacción es ejercitar mi mente a partir de sus hipótesis. Usted mismo lo ha visto, sin ir más lejos, en el caso de Jefferson Hope.

—Desde luego —comenté cordialmente—. Nada me había impresionado tanto como el asunto de ese individuo que acaba de citar, y en el que usted pasó absolutamente desapercibido. Recuerde, Holmes —añadí con orgullo— que a ese caso le he dado formato literario en un pequeño folleto que lleva el nombre, un tanto absurdo, de Estudio en escarlata.

Holmes me miró directamente, revelándome su opinión con cierta tristeza:

—Lo sé, Watson. Por cierto, le he echado un vistazo a su folleto y si tengo que serle sincero, no puedo felicitarle. Ha dado al caso un estilo novelesco con el que no estoy de acuerdo. Ya sabe que para mí la investigación es una ciencia exacta y que debe tratarse de manera fría y objetiva.

—Es que, para mí, aquel caso tenía un estilo novelesco y no podía cambiar los hechos —protesté un poco ofendido.

—Watson, debería haber enfocado su folleto dando más importancia al razonamiento analítico que me permitió desenredar y resolver el caso, que a la historia de amor que narra.

Me dolió escuchar aquellas palabras en las que Holmes criticaba mi obra. Llevaba ya algún tiempo viviendo con él en Baker Street y me había dado cuenta de que, tras las formas educadas y correctas de mi amigo, se escondía cierta dosis de vanidad. Pero fui prudente, me mantuve en silencio y continué sentado escuchándole.

—Mis actividades y mis logros se han extendido más allá de Inglaterra, llegando incluso hasta Francia. Sin ir más lejos, la semana pasada, la persona que está al frente del Servicio Francés de Investigación Criminal me consultó sobre un tema relacionado con un testamento. Le sugerí que revisara un par de casos que tenían cierta similitud con lo que me estaba explicando y aquí tiene la respuesta que he recibido esta mañana.

Alargué el brazo, alcancé la hoja arrugada que me tendía y vi la gran cantidad de alabanzas y signos de exclamación que contenía.

—Observe, Watson, de qué modo este gran profesional del crimen, que posee reconocidas capacidades para ejercitar su profesión, valora mi trabajo. Además, no sé si se lo había comentado pero, actualmente, mis obras se están traduciendo al francés.

—¿Sus obras? —pregunté asombrado.

—Me sorprende que no esté al corriente —me dijo echándose a reír—. Todas ellas tratan de asuntos técnicos; en una de ellas concretamente se explica la diferencia entre las pisadas según las distintas clases de calzado.

Y, sin previo aviso, comenzó a darme todo tipo de información sobre las diferentes huellas de calzado que existían, sobre las diferencias entre el calzado masculino y el femenino e, incluso, me mostró las ilustraciones y las láminas del libro en las que se presentaban las suelas dibujadas. Me contó también que, en ocasiones, las huellas halladas en el lugar donde se ha cometido un delito resultan cruciales para descubrir quién lo ha cometido.

—Francamente, Holmes, posee un talento asombroso para los temas tan originales como el que me acaba de explicar —aseguré.

—Lo sé, Watson, y valoro muchísimo cómo lo aprecia —me respondió entregándome un libro—. Si lo abre podrá ver que, además de este tema, también he tratado la relación que existe entre la forma de las manos de una persona y el oficio que desempeña.

Le escuchaba con atención mientras ojeaba el libro. De repente, Holmes dejó de hablar y yo, sorprendido por su silencio, levanté la vista para mirarle.

—¿Le estoy aburriendo, querido amigo? —preguntó.

—En absoluto —le respondí—. Me parece muy interesante, y más aún, después de observar cómo lleva a la práctica sus teorías.

Me miró satisfecho. Sin lugar a dudas, a mi compañero de apartamento los halagos le satisfacían enormemente.

—En alguna ocasión hemos hablado sobre la observación y la deducción. ¿No opina usted, Holmes, que lo uno implica lo otro? —le cuestioné.

—En absoluto —me respondió, recostado en su sillón.

Ante mi cara de sorpresa, añadió:

—La observación me permite saber, por ejemplo, que esta ma

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