Tres promesas

Lesslie Polinesia

Fragmento

Título
cap1

Cuando desperté todavía continuábamos volando. Creí que había dormido más, aunque el vuelo no era tan largo. Me interrumpió el sueño la misma pesadilla de siempre, que me hace abrir los ojos empapado de sudor y con una taquicardia que dura varios minutos.

En mi sueño tengo seis años y me encuentro en el asiento trasero del coche. Algo acaba de suceder, algo que mantiene el tráfico parado a media carretera. Mamá está asustada. Papá baja del coche y ofrece su ayuda. Me deslumbra una luz roja y blanca que proviene de una ambulancia que alcanzo a distinguir a lo lejos. Mamá está tan preocupada que no se da cuenta de que me acabo de escapar, aun cuando me prohibieron que bajara del auto. Camino a escondidas entre el resto de los automóviles que conforman una fila interminable. Entonces llego hasta un espacio abierto donde se encuentra un vehículo totalmente destrozado. La gente se forma alrededor, como si aquello fuera una función de circo. Hay restos de cristal por todos lados y el olor a gasolina es insoportable. En mi sueño me escabullo hasta acercarme a los restos del coche y es entonces cuando lo veo: el cuerpo de una mujer sin vida, cubierta de sangre, que tiene los ojos fijos en mí. Aterrorizado, me quedo paralizado y no recupero la movilidad hasta después de unos segundos. Tan pronto como puedo, escapo de allí y voy en busca de mis padres. Pero, en lugar de llegar a nuestro coche, me topo con la ambulancia que minutos antes me cegaba la vista. Me siento perdido y, por un segundo, considero la posibilidad de no poder volver a casa. Entonces mis ojos descubren el rostro más tierno y dulce que jamás han visto, a pesar de que su mirada se esconde detrás de la tristeza. De pronto, todo alrededor desaparece: los coches, la ambulancia, el bosque alrededor, la carretera, todo. Me encuentro en un espacio oscuro e infinito. Se apodera de mí una ansiedad que me roba un grito de desesperación, ni siquiera mi voz existe. ¿O será que en mi sueño soy mudo? Entonces un latido en la ceja derecha, que luego se convierte en dolor, me saca inmediatamente del sueño; es tan real que al despertar parece que aún lo siento.

Siempre he tenido claro que las imágenes de mis sueños son más que eso. En realidad, son recuerdos de una tragedia que sucedió hace muchos años y que mi subconsciente jamás ha podido olvidar. Ni aunque intentara recordarlo podría hacerlo con tanto detalle como sucede en mis sueños.

Respiré profundamente tres veces y sequé mi frente con la servilleta de los cacahuates. La señora del asiento a un lado me miró como si yo fuera portador de algún virus contagioso y todo el avión estuviera condenado.

Faltaba muy poco para descender, pero el tiempo se me hacía eterno, y más porque sabía que Ana estaría esperándome en el aeropuerto. Sin duda alguna, fue lo que más me costó dejar atrás durante los dos años en Londres. Le había hecho tres promesas, y en mí estaba poder cumplirlas.

La vi desde que estaba recogiendo mis maletas en el carrusel. Bella como siempre, con su rostro tan dulce y tierno, una chica que sin duda llamaría la atención de quien la viera en cualquier lugar: delgada, alta, la piel blanca como de porcelana y las pecas que le daban un encanto especial, además de los ojos verdes y el cabello pelirrojo. Esta vez lo llevaba recogido con una coleta que la hacía ver más elegante. Conozco a Ana desde que éramos niños. A partir de entonces hemos estado juntos.

Tanto tiempo separados me hizo trastabillar a la hora de inclinarme para darle un beso. Apunté a sus labios, pero terminé en su mejilla. Y su perfume... puedo jurar que no era el mismo al que yo estaba acostumbrado. O quizá sí, y lo que pasaba es que ya me había olvidado de su esencia.

—¿Tienes una idea de cuánto te extrañé? —me dijo con una sonrisa.

Hoy en día no sé cuánto se pueda extrañar a alguien, con la tecnología de ahora eso se vuelve prácticamente imposible: estamos conectados casi el cien por ciento del tiempo. Papá alguna vez me contó que, cuando él se fue a estudiar al extranjero, se comunicaba con mamá a través de cartas que tardaban a veces más de un par de semanas en llegar. Mamá dice que las celebraba casi como un cumpleaños.

—No me lo puedo imaginar —le dije.

—Imagínate la distancia que había entre nosotros, y multiplícalo por infinito. —Me miró a los ojos.

Yo sentí que me ruborizaba.

—Pero si nos veíamos todos los días.

—¿Y tú crees que a mí me basta con verte detrás de una pantalla? No hay nada como en vivo y en directo, poder abrazarte y estar contigo en cualquier momento.

Nos dimos un abrazo que duró unos minutos.

No me costó mucho lograr que Ana me confesara que mis padres me tenían preparada una cena sorpresa al llegar a casa. Son tan predecibles que lo sospechaba desde antes de salir del aeropuerto de Londres. Claro que me hizo prometerle que actuaría sorprendido, así que hice un gesto de asombro cuando la tía Gema, hermana de mamá, salió por detrás de la puerta principal.

Tuve una sensación extraña al llegar a casa.

Por un momento me sentí rodeado de extraños, aun cuando todos los allí presentes eran familiares o pertenecían a mi grupo de amigos. Por eso le pedí a Ana que no se separara de mí. Ser el centro de atención no es tan divertido, sobre todo cuando quieren que les cuentes en una hora lo que viviste durante casi dos años fuera.

Evité quedarme hasta tarde con la excusa de que estaba cansado por el viaje. A las diez de la noche me despedí de todos y me fui a mi habitación. Eso no fue motivo para que los invitados se marcharan y no continuaran con la fiesta, lo sé porque me quedé mirando desde mi ventana hasta que se fue el último coche, cerca de la una y media de la madrugada.

Como me temía, papá me invitó al club a desayunar al día siguiente, con el pretexto de que teníamos muchos pendientes que retomar ahora que yo estaba de regreso. El restaurante del club era nuestro lugar especial, donde habíamos desayunado o tomado una malteada después de pasar horas ahí, cuando me enseñaba a jugar golf o me acompañaba a prácticas de futbol siendo pequeño. Yo sabía que tarde o temprano este encuentro con él tenía que suceder. Soy hijo único y heredero de una fortuna que, según varias revistas financieras, nos coloca como parte de los empresarios más acaudalados en Europa. La riqueza de la familia viene desde mi bisabuelo paterno y ha crecido exponencialmente en cada generación. Hasta ahora, papá ha sido el que más ha hecho aumentar el valor de las acciones del corporativo, y estoy seguro de que sus expectativas sobre mí consisten en que yo supere sus hazañas. El problema es que no sólo no me siento capaz de dar el ancho, sino que nunca ha estado en mis p

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist