Ever After High. El libro del destino (Serie Ever After High 1)

Shannon Hale

Fragmento

<style type="text/css"> @font-face { font-family : "LovePotionBold"; font-style : normal; font-weight : bold; src : url("../Fonts/LovePotionBold.otf"); } p.c1 {font-size:30px;margin:0; padding: 0;text-indent:0pt;text-align:center;font-family:"LovePotionBold";} </style> <meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1, maximum-scale=1"> <body> <style> html * {padding:0px;font:1em/1.4em Georgia, "Times New Roman", Times, serif;padding:0 0.6em 1.2em 0.6em;color:#000"} img {max-width:100%;height:auto;display:block;margin:0 auto;} </style> <p><img alt="Indice.jpg" src="https://fragmentos.megustaleer.com/MES-065575/Images/Indice_opt.jpeg" width="100%"/></p> <p> Portadilla </p> <p> Índice </p> <p> Dedicatoria </p> <p> Prólogo </p> <p> Capítulo 1 </p> <p> Capítulo 2 </p> <p> Capítulo 3 </p> <p> Capítulo 4 </p> <p> Capítulo 5 </p> <p> Capítulo 6 </p> <p> Capítulo 7 </p> <p> Capítulo 8 </p> <p> Capítulo 9 </p> <p> Capítulo 10 </p> <p> Capítulo 11 </p> <p> Capítulo 12 </p> <p> Capítulo 13 </p> <p> Capítulo 14 </p> <p> Capítulo 15 </p> <p> Capítulo 16 </p> <p> Capítulo 17 </p> <p> Capítulo 18 </p> <p> Capítulo 19 </p> <p> Capítulo 20 </p> <p> Capítulo 21 </p> <p> Capítulo 22 </p> <p> Capítulo 23 </p> <p> Capítulo 24 </p> <p> Capítulo 25 </p> <p> Capítulo 26 </p> <p> Capítulo 27 </p> <p> Capítulo 28 </p> <p> Capítulo 29 </p> <p> Misterioso Epílogo </p> <p> Agradecimientos </p> <p>Cierra los cuentos que siempre has leído... </p> <p> Sobre la autora </p> <p> Créditos </p> <p> Grupo Santillana </p> <?xml version="1.0" encoding="UTF-8" standalone="no" ?> <!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.1//EN" "http://www.w3.org/TR/xhtml11/DTD/xhtml11.dtd"> <html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> <head> <title>EvenAfter-2.xhtml

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EL GRAN VESTÍBULO DE EVER AFTER HIGH olía a cera para suelos y a piedra antigua mezclada con el aroma almizcleño de la magia. El fuego de la chimenea ardía con llamas azules. Junto al arco de medio punto de la puerta, una rana encantada repetía: «Bienvenidos a la ceremonia del Día del Destino. Por favor, tengan cuidado con el escalón. Croooac». Los estudiantes de segundo pasaban junto a la rana (algunos se tropezaban con el escalón) y salían solemnemente del instituto. En la explanada del castillo, el público aguardaba sentado en sillas doradas. Más allá de la garganta de un río, el Bosque Encantado titilaba con los brillantes rastros del polvo de las hadas. Pero los estudiantes no se habían reunido en la explanada para admirar las vistas. Todos los ojos estaban posados en el director Grimm, de pie en la tribuna. Se alisó el pelo gris, que ya empezaba a encanecer, y sonrió a la audiencia.

Levantó El Gran Libro de los Cuentos para que todos pudieran verlo. La magia rezumaba de sus tapas engastadas en oro como un remolino de purpurina.

—Hoy es el día más importante de Ever After High. De hecho, es el día más importante del País de Siempre Jamás —la audiencia vitoreó—. Este año, el Día del Destino es vuestro día —dijo el director a los estudiantes de segundo, que estaban colocados en fila frente a las escaleras por las que se accedía a la tribuna. Iban vestidos con sus atuendos oficiales para el Día D.: hermosos vestidos de baile, elegantes trajes principescos o vestidos con cuerpo de sirena de los que goteaban pequeños charcos salados—. Hoy es el día en que daréis el primer paso para aceptar vuestro glorioso destino de cuento de hadas. En cuanto firméis El Gran Libro de los Cuentos, quedaréis unidos por un vínculo mágico al cuento de vuestros padres y lo reviviréis. Así, vuestra leyenda, vuestro destino, e incluso vuestra propia vida, perdurarán para siempre —el director colocó con cuidado el libro en la tribuna y dio un paso atrás.

El primer estudiante en subir las escaleras lo hizo montado a lomos de un ratón que rodeó la tribuna por un lateral. El diminuto muchachito desmontó del ratón y aceptó que su destino sería ser el próximo Pulgarcito. En el libro, su firma era un minúsculo manchurrón del tamaño de una hormiga.

La hija de un hada madrina se subió las gafas y firmó su promesa de convertirse en la futura ayudante de Cenicienta.

Una futura bruja, vestida con el sombrero puntiagudo y el vestido negro de su madre (bajo cuyo borde hecho jirones se adivinaban unas sandalias color lavanda) firmó con el ceño fruncido mientras se secaba una lágrima furtiva de la mejilla.

Mientras todo el mundo contemplaba la escena con interés, había dos personas en la audiencia que apenas respiraban. Ni siquiera parpadeaban. Una se echó hacia delante, ansiosa de que llegara su turno de firmar. La otra se retrajo, como si acercarse demasiado la pusiera nerviosa. Ambas tendrían oportunidad de estar frente al libro el año siguiente. Y la elección de una de ellas cambiaría el País de Siempre Jamás por siempre... jamás.

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ERASE UN NUEVO AÑO ESCOLAR EN EL QUE Raven Queen estaba haciendo las maletas. Estaba escuchando el último disco de Tailorucita Swift en su espejo-pod, y bailaba mientras iba sacando cosas de su armario y las metía en un baúl. En el montón de ropa solo había prendas moradas y negras, así que eligió un par de sandalias plateadas para añadirle una nota de color.

Raven abrió la ventana. El sol se estaba poniendo sobre el mar color cobrizo. El verano estaba a punto de pasar su última página.

—¡Eh, Ooglot! —gritó mientras introducía el baúl por el hueco de la ventana de su dormitorio, en un cuarto piso, y lo dejaba caer. En el patio que había debajo, el ogro de la familia lo atrapó con una mano azul y la saludó con la otra. Ella le devolvió el saludo.

El verano había estado bien. Nada de deberes; solo horas y horas de escuchar música y leer novelas de aventuras. Un par de días a la semana había cuidado a los gemelos de Cocinera —Calabaza y Pastel— a cambio de un buen montón de dulces. Y su padre la había llevado a navegar por la costa en su velero para pasar una semana con Pinocho y su hija, Cedar Wood. Raven se lo había pasado de fábula tomando el té con el Hada del Pelo Azul, jugando a las cartas junto a la chimenea y quedándose despierta hasta tarde con Cedar, cantando con el karaoke y ahogando la risa con las almohadas.

Había sido feliz como una lombriz, pero Raven estaba ansiosa por volver a ver a sus amigos de Ever After High en su segundo año en el internado.

Estaba haciendo un gran esfuerzo para no pensar en que apenas faltaban unas semanas para su Día del Destino. Desde que fue testigo del Día D durante su primer año, había hecho todo lo posible por borrarlo de su mente. Aquel día, el futuro le había parecido muy lejano. Una sirena aulló para llamarla a cenar. Raven se puso un jersey mientras salía de la habitación.

En el Castillo de la Madrastra hacía siempre frío. Había demasiadas habitaciones vacías como para encender fuegos en todas las chimeneas. Cuando su madre fue soberana, el castillo estaba lleno de sirvientes, soldados y criaturas de las sombras. Y todos ellos habían vigilado a la joven Raven, preparados para delatarla a su madre si la descubrían haciendo alguna bondad.

—Raven —le decía su madre—, Yop el trasgo dice que te ha visto disculparte con una rata por pisarle la cola. ¡Ese comportamiento se tiene que terminar!

—¡Pero si le he pisado la cola sin querer! —replicaba ella.

—¡Eso no! ¡Las disculpas! ¡Una Madrastra de Blancanieves nunca se disculpa por nada! ¡Debes aprender eso cuanto antes!

A Raven le gustaba más el castillo vacío.

Atravesó el gigantesco Gran Vestíbulo del castillo, sintiéndose como si se la hubiera tragado una ballena. Le sacó la lengua a las sombras y se deslizó por la barandilla de la escalinata, igual que solía hacer cuando era una niña.

Abrió las gigantescas puertas del comedor y anunció: «¡Estoy aquí!». Hacía años, su madre solía recibir cientos de invitados en aquella mesa. Aquella noche, como de costumbre, los únicos comensales eran Raven, su padre, Cocinera y sus hijos de cuatro años.

—¡Raven! —gritaron Calabaza y Pastel al unísono. Tenían el pelo naranja en honor al nombre de Calabaza y el rostro redondo en honor a Pastel.

—Hola, cocineritos —dijo.

—Te he hecho esto —dijo Pastel , empujando un trozo de papel por la mesa. Raven descubrió un retrato suyo hecho con pintura de dedos en tonos morados y negros.

—¡Hadalucinante! ¡Gracias! —respondió ella.

El padre de Raven, el Rey Bondadoso, la besó en la frente cuando se sentó. Su barba, perfectamente cuidada, estaba empezando a tornarse canosa, y tenía la coronilla completamente calva, como si su pelo hubiera decidido hacerle sitio a la corona dorada que raras veces se dignaba a llevar. Tenía los ojos azul claro, y cuando sonreía, lo que sucedía a menudo, se aclaraban aún más.

—¿Ya has hecho el equipaje? —preguntó—. No te olvides de llevar un buen abrigo. Ni las botas de lluvia. Ni el paraguas mágico.

—Ya los he metido —dijo Raven—. Y tú no te quedes aquí todo el año encerrado mientras yo no estoy. Cocinera, vigila que salga, que vaya a navegar y a pescar.

—Por supuesto. Ahora, a cenar. He hecho pato asado —dijo Cocinera emocionada, levantando la campana que ocultaba el pato.

—Yo solo quiero un sándwich de mantequilla de guisante de princesa —pidió Raven, mientras jugaba a esconderse detrás de la servilleta con Calabaza.

Cocinera puso los ojos en blanco y le tendió a Raven su cena de siempre.

—Gracias —respondió y, automáticamente, puso una mueca. Pero su madre no estaba allí para reprenderla por ser amable.

Su padre debió de darse cuenta de la mueca, porque le apoyó una mano consoladora en el hombro y sonrió.

—Mi carne está fría —dijo Calabaza.

—Yo puedo calentártela —dijo Raven, moviendo los dedos para lanzar un hechizo.

—¡No! —gritaron Cocinera y el rey al mismo tiempo, poniéndose de pie.

Raven se rio.

—¡Ay, cielos, por un momento me lo he creído! —el rey se llevó la mano al corazón y volvió a sentarse. Hacía un par de años, Raven había intentado recalentar la comida de su padre y había terminado prendiendo fuego a la mesa entera. No volvería a cometer el mismo error: magia negra + buenas intenciones = catástrofe.

Después del pudin de ciruelas, el Rey Bondadoso dijo:

—Cocinera, muchas gracias por una cena tan deliciosa. Raven, ¿serías tan amable de...? —señaló con la cabeza hacia la puerta.

A Raven le dio un vuelco el estómago, pero aun así lo siguió.

Cuando estuvieron solos en el vestíbulo, el rey susurró:

—Ya es hora, Raven. Si no lo haces...

—De acuerdo, iré a hablar con ella.

—Voy contigo —dijo él.

Raven sacudió la cabeza. Ya tenía quince años, edad suficiente para enfrentarse a su madre sola. Raven echó los hombros hacia atrás y se dirigió hacia el Ala de la Reina, al Otro Lado del Castillo, por primera vez en un año. Los colores se fueron apagando: paredes de madera oscura, alfombras de color negro y escarlata. Los retratos la contemplaban: su madre sonriendo, su madre seria, su madre de perfil. Un primer plano de la nariz de su madre. En uno, su madre estaba guiñando un ojo. En todos estaba muy hermosa.

Estatuas monstruosas parecían vigilar a Raven a su paso. Las cortinas se agitaban sin que hubiera brisa. Raven tenía la frente perlada de sudor frío.

Frente al antiguo dormitorio de su madre había apostados dos guardias de brillante armadura, empuñando lanzas puntiagudas y palos mágicos. Asintieron en dirección a ella cuando abrió la puerta.

—Recuerda —dijo uno—: nunca toques el espejo.

—Lo recuerdo —respondió ella.

La habitación estaba tan cubierta de telarañas que parecía que la hubieran decorado para una fantastifiesta de esqueletos. Raven se abrió camino a través de las telarañas hacia la pared más alejada de la puerta y le dio un tirón al paño de terciopelo que cubría el espejo. Vio su propio reflejo devolviéndole la mirada: la melena larga y negra con reflejos morados, las cejas oscuras, la nariz y la barbilla afiladas. Le resultaba extraño ver su propia cara. Normalmente evitaba mirarse en los espejos: esa había sido la gran afición de su madre.

—Espejito, espejito mágico —dijo—, ehhh... muéstrame a mi madre.

No hacía falta hablar en rima para que el espejo funcionara. Lo de las rimas estaba completamente pasado de cuento. El espejo soltó chispas cuando la electricidad se deslizó por su superficie plateada. Lentamente, apareció su madre. Llevaba un mono a rayas y tenía el pelo recogido en lo alto de la cabeza con la forma de una corona.

—Raven, ¿eres tú? ¡Eres tan... hermosa! —la Madrastra de Blancanieves rio—. Vas a tener que darle a esa niñata paliducha de labios rojos una buena lección.

Raven se entresacó el pelo de detrás de la oreja y se lo echó sobre la cara para cubrírsela.

—Hola, mamá —dijo—. ¿Qué tal... bueno, ya sabes, la prisión del espejo?

—Así, así —dijo la Madrastra de Blancanieves encogiéndose de hombros—. Cuéntame todos los cotilleos. ¿Qué se cuece en el País de Siempre Jamás? ¿Ya han descubierto cómo deshacer el hechizo de chifladura que lancé sobre el País de las Maravillas? ¿Ha intentado alguien más apoderarse de todos los cuentos? ¿Tu padre sigue siendo el mismo papanatas de siempre?

Raven cerró los puños. «¡No te burles de mi padre!», tuvo ganas de gritar. Pero le sostuvo la mirada a los ojos oscuros del espejo, respiró hondo y miró al suelo. Aunque estuviera presa en un lugar muy lejano, no se atrevía a discutir con su madre.

—Todo está igual que el año pasado. Igual que el antepasado.

—¡Ja! ¿Ves lo que pasa cuando no estoy? ¡Nada! Yo hago que la vida sea interesante. Espero que aprendas de esto, cariño. Tienes que salir ahí fuera y obligar al mundo a que sea como tú quieres que sea, igual que hice yo.

—Ya —dijo Raven. Sin duda, su madre había hecho que su infancia fuera interesante. En aquella época, el castillo estaba siempre lleno de soldados con armaduras llenas de pinchos y criaturas que se escabullían entre las sombras y le siseaban cosas. Pasar tiempo con su madre consistía en sentarse en su regazo mientras la reina se reunía con sus generales y urdía planes para asesinar, conquistar y gobernar, o pasar horas enteras en su laboratorio, en las catacumbas, tosiendo a causa del humo y ayudándola a preparar pociones tóxicas y conjuros malvados.

—Entonces, ¿estás preparada para el Año del Destino? —preguntó la reina—. ¿Lista para firmar El Gran Libro de los Cuentos y comprometerte a seguir mis pasos?

Raven se encogió de hombros.

—Deberías estar entusiasmada de convertirte en la próxima Madrastra de Blancanieves. Porque tu destino implica poder, control y dominio. Piénsalo, podías haber nacido para ser una de esas patéticas princesas que tienen que sentarse en su torre y esperar a que las rescaten. O peor, vivir condenada a comerte una manzana envenenada.

La reina cacareó con elegancia. Si había un cacareo en el mundo capaz de hacer saltar las lágrimas, era el de la Madrastra de Blancanieves.

—Supongo que... yo...

—¿Qué? ¡No balbucees! ¡Deja de encorvarte y habla como una verdadera reina! Bueno, ¿qué estabas diciendo?

Raven se puso derecha.

—Nada. Da igual.

—No seas tan tímida, Raven. Esta es tu oportunidad para demostrarles a esos buenazos idiotas de qué pasta estás hecha.

—De acuerdo, lo intentaré —y, para demostrar su esfuerzo, esbozó una sonrisilla.

—¡Estoy tan orgullosa! Ay, voy a echar de menos a mi preciosa pequeña —su madre levantó una mano y la presionó contra el espejo como si estuviera al otro lado de una ventana—. Déjame tocarte, aunque sea solo a través del cristal.

La mano de Raven se elevó como con voluntad propia. Su madre la quería de verdad, solo que a su manera. La

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