Blues de NW London
La última vez que estuve en Willesden Green llevé a mi hija a visitar a mi madre. Hacía sol, así que salimos las tres a pasear por Brondesbury Park en dirección a la avenida. Era el día del «mercado francés», un mercadillo bastante insólito que vende productos franceses en un espacio que va desde las preciosas torrecillas que aún quedan en pie de la Biblioteca de Willesden (1894) hasta ese emblema local conocido como Centro Cultural de Willesden Green (1989), brutal como un enorme barco de ladrillo encallado, que acoge casi medio millón de visitas al año. Así pues, recorrimos bajo el sol la calle, decididamente urbana, en dirección al mercadillo. No era como pasear por un sombreado camino rural para ir a la plaza de una villa del siglo XVIII perfectamente conservada, ni siquiera como ir a uno de esos mercados de hortelanos y granjeros que han surgido por todo Londres allí donde la prosperidad confluye con un gran interés por los quesos artesanales.
Aun así fue bastante agradable. En el mercado francés de Willesden se venden bolsos baratos; se venden discos compactos con temas clásicos de jazz y rock; se venden paraguas y flores artificiales; se venden adornos, baratijas y chismes que no siempre parecen franceses a primera vista, ni por su temática ni por su naturaleza; se venden pistolas de agua; se vende pan y repostería francesa por poco más de lo que pagarías por la bollería industrial en el Greggs de la avenida de Kilburn; se venden quesos a buen precio y de variedades reconocibles —brie, de cabra, azul—, como si el mercado hubiese viajado inalterado a través del Canal de la Mancha desde un barrio del extrarradio de París... y quizá sea el caso. Lo fundamental del mercado francés de Willesden es, sin embargo, que acentúa y celebra ese espacio concreto delante del Centro Cultural de Willesden Green que siempre es un lugar de encuentro, pero nunca tanto como en los días de mercado. Todo el mundo se pasa por allí y charla un rato aunque al final no compre queso. Es realmente agradable. Casi podrías olvidar que la transitada avenida de Willesden está a diez metros de allí, y eso es muy importante. Mientras recorres el mercado no estás yendo al trabajo o a la escuela, no estás esperando el autobús, no vas hacia el metro ni a comprar artículos de primera necesidad; no estás en la avenida, donde tienen lugar esas actividades, sino un poco al margen, dando una vuelta, paseando por una zona metropolitana al aire libre, que es precisamente lo que el diseño de esas avenidas pretende impedir.
Todo el mundo sabe que, en las ciudades, estar por la calle sin propósito aparente puede considerarse «incívico». Y, en efecto, había cuatro indigentes borrachos sentados en una de las extrañas protuberancias arquitectónicas de la biblioteca bebiendo cerveza Special Brew. Quizá en un pueblo se sentarían bajo un árbol, o ya los habría ahuyentado un granjero con una horqueta: no pretendo saber lo que pasa en los pueblos, pero allí, en Willesden, estaban sentados en un banco que más parecía una cornisa mientras los demás nos juntábamos en la desangelada explanada de cemento sin propósito aparente, simplemente holgazaneando bajo el sol como una especie de comunidad. Desde esa posición estratégica podíamos ver, de frente, las torrecillas, a la izquierda la comisaría de policía victoriana (1865) y a la derecha la fachada medio espectral del pub The Spotted Dog (1893).
Podíamos tener una mínima sensación de continuidad con el pasado. Seguramente no tanta como los vecinos de Hampstead o los habitantes de los preciosos pueblecitos de todo el país con una plaza perfectamente conservada, pero en Willesden también hay, aquí y allá, cosas que han perdurado, lo que nos alegra. No quiere decir que nos pongamos nostálgicos con la arquitectura (sólo hay que ver la biblioteca), pero nos gusta recordar que tenemos tanto derecho como cualquiera a la historia local, aun cuando muchos de nosotros hayamos llegado allí hace poco y de todos los rincones del planeta.
En los días de mercado nos permitimos sentir que nuestro barrio, con toda su variada mezcla de gente y arquitectura, sigue poseyendo cierta belleza que debe conservarse y cuidarse mínimamente. Vaya, que son días particularmente agradables, aunque eso no implique que una niña lo pase bomba viendo cómo su abuela saluda a todos sus conocidos del barrio. Mi hija y yo estábamos paseando y, como es imposible pasear por la avenida, retrocedimos un poco y entramos en el centro cultural. Inevitablemente, retrocedimos en el tiempo, aunque no aburrí a la pobre niña con mis recuerdos; de hecho, no habría podido: es demasiado pequeña para sucumbir a la nostalgia. En cambio, os aburriré a vosotros. Yo estudié ahí, en aquel pupitre. Allí, donde estaba la cabina telefónica, conocí a un chico. En esa sala (en un cine ya desaparecido), fui con amigos de la escuela a ver El piano y La lista de Schindler, y después a tomar un café (en una cafetería ya desaparecida), y tuvimos una muy seria discusión sobre el arte, intuyendo de forma precoz que podía existir cierta diferencia entre una película con buenas intenciones y una buena película.
Entretanto, mi hija correteaba como loca por la explanada del centro con otra niña, pero en algún momento cambió de dirección y fue derecha hacia la librería Willesden, una librería independiente que ocupa un local alquilado al ayuntamiento y que ofrece —diga lo que diga el ayuntamiento de Brent— un servicio esencial a la comunidad. La librería la lleva Helen, una persona esencial en el barrio. Yo definiría así la esencialidad de la tarea de Helen: «Hay que darle a la gente lo que no sabe que quiere.» Esa clase de tareas, importantísimas, están en el polo opuesto del concepto popularizado por Rupert Murdoch: «Hay que darle a la gente lo que quiere.» A estas alturas, todo el mundo está familiarizado con la versión del bien social de Murdoch —a quien algunos llaman Dirty Digger: el Cazabasuras—: llevamos treinta años bajo su imperio mediático. La concepción de Helen es diferente y por fuerza se «perpetra» a una escala mucho más pequeña.
Helen les da a los vecinos de Willesden lo que no saben que quieren: libros inteligentes, libros extravagantes, libros sobre el país del que proceden o en el que están; libros infantiles donde salen niños que al menos se parecen un poco a los que los leen; libros radicales; libros clásicos; libros raros; libros populares. Como lee mucho, sabe recomendar. Con suerte tenéis a una Helen en una librería cerca de casa, así que entendéis de qué hablo. En 1999 yo no sabía que quería leer a David Mitchell, hasta que Helen me puso delante los Escritos fantasma. Y conservo un nítido recuerdo de haber comprado allí un libro de Sartre sólo porque lo vi en la estantería. No sé cómo podría haber sabido que quería leer a Sartre de no haberlo visto en aquella estantería; o sea, de no ser porque Helen lo puso allí. Años después presenté mi primer libro en su librería y, cuando el acto se llenó de gente, básicamente de vecinos amigos de mi madre, fuimos caminando hasta su piso, que está en la misma calle, y continuamos allí la presentación.
El caso es que, mientras charlaba con Helen y empezaba a ponerme muy nostálgica por todas esas cosas y a barajar la posibilidad de hacer otra presentación en ese mismo espacio, me enteré de que el ayuntamiento se proponía demoler el centro cultural y la biblioteca junto con la librería y las torrecillas decimonónicas, la explanada de cemento y los bancos en forma de cornisa en los que se sentaban los cuatro borrachos: querían sustituirlos por pisos de lujo, una biblioteca mucho más reducida, «locales comerciales y oficinas» y ninguna librería. (Steve, el dueño, no podía permitirse la subida del alquiler: ocurrió lo mismo con su librería de Kilburn, que cerró recientemente, después de treinta años al pie del cañón.) En ese momento llegó mi madre, con un poco de queso del mercado, y las tres nos lamentamos del cambio que eso supondría y del vandalismo cultural que nos parecía que representaba. O, visto de otro modo, como buenas progres sin conocimientos de finanzas, nos quedamos ahí sin hacer nada, como los luditas de principios del siglo XIX, quejándonos de lo inevitable.
Unos días después volví en avión a Nueva York, donde doy clases unos meses al año. Por lógica, debería ser más fácil encajar las malas noticias que llegan de tu país cuando estás lejos, pero cualquiera que haya pasado un tiempo en el extranjero sabe que ocurre justo lo contrario: nadie se indigna tanto por lo que ocurre en Roma como el chaval italiano que te sirve un capuchino en Broadway. Sin el contrapeso de la vida cotidiana sólo tienes las noticias, y las noticias son, por naturaleza, generalmente malas. Y entonces cunde la histeria. En consecuencia, nunca sé con certeza si las noticias que llegan de mi país son realmente tan malas como parecen o si los objetos percibidos a cinco mil kilómetros de distancia sufren deformaciones de tamaño y color. ¿Será cierto que un ayuntamiento gobernado por laboristas envió a unos gorilas a la Biblioteca de Kensal Rise, en una especie de operación sorpresa en plena madrugada, para llevarse los libros y arrancar de la pared la placa que conmemoraba su inauguración, presidida por Mark Twain? ¿En serio van a privar a los vecinos de Willesden de su librería para ofrecerles a cambio una biblioteca más pequeña (que absorberá a usuarios de otras bibliotecas que se han cerrado en Brent) y un feo bloque de pisos de lujo y, para colmo, diciéndoles que eso es «cultura»?
Sí, eso es justamente lo que está ocurriendo. Sin apenas consultarlo con nadie, con tácticas propias de matones, secretismo y una pequeña dosis de engaño puro y duro. No hay duda de que los regidores municipales se encuentran en una tesitura difícil: los recortes presupuestarios en Brent, impuestos por el gobierno central, se cuentan entre los más altos del país. Pero la mala gestión crónica de la financiación se puede rastrear fácilmente hasta el anterior gobierno laborista, y así, una y otra vez, vemos cómo va pasando de mano en mano el testigo de la culpa. El proyecto de Willesden Green concede un trato tan lucrativo a los promotores urbanísticos —a la vez que los exime de la necesidad de construir vivienda protegida—, que te sientes casi pueril por denunciarlo. En esta economía, ¿quién espera otra cosa, salvo una inocente criatura?
Leer esa información de interés local junto a la información nacional crea otro efecto que tal vez sólo sea otra clase de ilusión óptica: una parece un espejo de la otra. Porque en el Informe Leveson sobre la ética de la prensa británica se exponen esos mismos rasgos, sólo que a mayor escala: cero consultas, tácticas propias de matones, secretismo, engaño puro y duro. ¿Será cierto que algunas de las decisiones de mayor calado para la vida política británica se tomaron en cenas privadas de una minúscula élite? ¿Por qué Jeremy Hunt, secretario de Estado «para la Cultura, las Olimpiadas, los Medios de Comunicación y el Deporte», se manda mensajes con Murdoch? ¿Qué le prometió Rebekah Brooks al primer ministro, y viceversa, en Chipping Norton, ese precioso pueblecito? Durante otra temporada que pasé fuera de Inglaterra, en Roma, iba a una cafetería situada en una plaza renacentista a informarme —llevándome las manos a la cabeza cada dos por tres— sobre el culebrón de la vida política italiana: escuchas telefónicas a políticos, futbolistas y estrellas de televisión; acuerdos bajo mano de los medios; flagrantes conflictos de interés; sensacionalismo desbocado; políticos en el bolsillo de la prensa... Solía reírme de La Repubblica y fastidiar a mis amigos italianos señalándoles esos problemas, ajenos a la esencialmente sólida democracia parlamentaria británica.
Reconozco que soy una persona extraordinariamente ingenua (la mayoría de los novelistas pecamos de lo mismo, pese a que con frecuencia alardeamos de una profunda sagacidad sociopolítica), y lo soy hasta tal punto respecto del Estado británico que mi postura debe de resultar cómica, sobre todo a la gente más joven. En realidad, sólo puedo explicarla volviendo la vista otra vez, brevemente, al pasado, y hablando de una deuda; porque, de hecho, yo le debo mucho al Estado. Hay quien debe todo lo que tiene a la cuenta corriente de sus padres, yo se lo debo al Estado. En pocas palabras, el Estado me educó, me curó la pierna cuando me la rompí y me concedió la beca que me permitió ir a la universidad. Me arregló los dientes (un poco) y le dio una residencia a mi anciano padre en su vejez; por no hablar de mi hermano menor, a quien le salvó la vida, y en particular la mano derecha, cuando lo atropelló un camión. (Todo su tratamiento duró medio año, y a precio de mercado habría tenido un coste de más de un millón de euros, según me dijo un médico entonces.) Y sólo me he referido a cuestiones de peso; además, hubo muchas otras: mi polideportivo subvencionado y la consulta del médico, las clases en la escuela de música a un precio irrisorio, las tasas de la universidad... Las gafas a los nueve años y el parto a los treinta y tres. Y la biblioteca del barrio, claro. Como diría Graham Greene: «Inglaterra me hizo quien soy.» Nunca me ha dolido pagar impuestos porque los concibo como una manera de devolver una deuda enorme; de hecho, prácticamente incalculable.
Las cosas cambian: ya no necesito al Estado como en otros tiempos; y el Estado ya no es lo que era: ahora es cómplice de esta nueva realidad global en la cual los Estados se desregulan para privatizar las ganancias y se regulan de vuelta para nacionalizar las pérdidas, un proceso iniciado con brío por un gobierno laborista y que ahora perfecciona la coalición conservadora-liberaldemócrata de David Cameron. El encantador relato de la bondadosa intervención del Estado descrita más arriba queda ahora relegado al reino de los cuentos de hadas: no sólo es ingenuo, sino una mera fantasía. Ver que la propia historia se vuelve irreal tan súbita y bruscamente es una experiencia compartida por toda una generación de británicos a los que sólo les queda ir de aquí para allá, como tantos marinos de antaño, aburriendo a los extranjeros con leyendas de cuando iban a la universidad sin pagar nada y podían encontrar a un dentista de la seguridad social en la avenida del barrio.
Me aburro a mí misma contando estas historias. Y lo más aburrido de defender las bibliotecas es la presunción de que un alegato en defensa de las bibliotecas es, por necesidad, liberal progresista. Hasta hace muy poco ni se me ocurría pensar que la opinión que alguien pudiera tener de las bibliotecas —no de las escuelas o los hospitales, sino de las bibliotecas— podía suponer una brecha ideológica: creía que una biblioteca era uno de los pocos lugares donde la necesidad de conservar y el deseo de mejorar, polos opuestos de nuestra mentalidad política, se unían de un modo fácil y natural. Además, ¿qué clase de liberal sentiría que ya no tiene partido al que votar y, frente al Estado, experimentaría menos gratitud que antipatía y, a veces, miedo?
Ahora mismo, lo más cercano a un imperativo político para mí es una frase de aquel viejo socialdemócrata, Tony Judt: «Necesitamos aprender a pensar de nuevo el Estado.» Antes de nada, y ante todo, necesito ser menos ingenua. El dinero ha volado y las condiciones que heredó la generación de Judt, y que la mía heredó de la suya, difícilmente se repetirán mientras viva, si es que alguna vez vuelven a darse. Ésas son las malas noticias que llegan de casa. Políticamente, lo único que le queda a una liberal-progresista es la capacidad de recordarse que el fatalismo también es una trampa y que hay más de una forma de ingenuidad. Vuelvo a Judt:
Nos hemos liberado de la premisa de mediados del siglo XX —que nunca fue universal, pero desde luego sí estuvo generalizada— de que el Estado probablemente es la mejor solución para cualquier problema dado. Ahora tenemos que librarnos de la noción opuesta: que el Estado es —por definición y siempre— la peor de todas las opciones.
¿Qué clase de problema es una biblioteca? Está claro que para mucha gente no es un problema ni mucho menos, sólo un ejemplo de obsolescencia. En el polo opuesto de ese enfoque se halla la fe absoluta del tecnócrata: con todos los libros del mundo online, ¿qué necesidad hay de libros físicos? Esa clase de argumento entiende las bibliotecas como una función, antes que como una pluralidad de espacios individuales. Cada biblioteca, sin embargo, entraña un tipo distinto de problema, y «la red» no es una solución para todas ellas tanto como una sentencia de muerte universal.
Cada mañana batallo para encontrar lugar en la abarrotada biblioteca de la universidad donde ahora mismo escribo estas líneas, pese a que cualquiera de los estudiantes a mi alrededor podría perfectamente estar en casa, delante de su MacBook, consultando Google Books. Y la Biblioteca de Kilburn —que también gestiona el ayuntamiento de Brent, aunque se halla en el acomodado barrio de Queen’s Park— no sólo prospera, sino que está en plena remodelación. Kensal Rise va a cerrarse no porque sea poco popular, sino porque no es rentable, y eso a pesar de que los Amigos de la Biblioteca estarían dispuestos a gestionarla por su cuenta si se lo permitiera su propietario, el Colegio de Todas las Almas de la Universidad de Oxford. Al mismo tiempo, es difícil no llegar a la conclusión de que el Centro Cultural de Willesden Green será mutilado, en buena medida, porque los concejales del ayuntamiento ven la oportunidad de cerrar un suculento acuerdo inmobiliario.
Todas las bibliotecas tienen un carácter y un entorno particulares. Algunas son principalmente para niños, principalmente para estudiantes o para el público en general; tienen principalmente libros, o microfichas, o material digitalizado en su catálogo; tienen una cafetería en el sótano o un mercado enfrente. Las bibliotecas no están fracasando «porque son bibliotecas»: aquellas a las que se descuida acaban cada vez más descuidadas, y ese círculo vicioso, con el tiempo, ofrece la excusa para cerrarlas. Las bibliotecas bien gestionadas se llenan de gente porque lo que una buena biblioteca ofrece no se puede encontrar fácilmente en otro sitio: un espacio público a cubierto donde no has de comprar nada para quedarte.
En el Estado moderno hay muy pocos lugares donde eso es posible; así, a bote pronto, sólo me vienen a la cabeza otros, que exigen fe en un creador omnipotente como requisito de membresía. Parecerá una obviedad decir que la razón de que el mercado no sea una solución eficaz para las bibliotecas es que al mercado no le sirve para nada una biblioteca, pero da la impresión de que hoy en día es preciso repetir lo obvio. No quedan muchas instituciones que se ajusten tan perfectamente a la definición keynesiana de gastos que nadie salvo el Estado está dispuesto a asumir. Y la experiencia de la cotidianeidad de la biblioteca no se puede recrear virtualmente. No es sólo una cuestión de tener acceso gratuito a los libros: una biblioteca es una realidad social distinta, una realidad en tres dimensiones que, por su mera existencia, enseña un sistema de valores que trasciende lo monetario.
No creo que el argumento a favor de las bibliotecas sea especialmente ideológico o ético; incluso coincidiría con quienes dicen que no es especialmente lógico. Creo que, para la mayoría de la gente, es una cuestión sentimental. Ni logos ni ethos, sino pathos. Y no es una denigración: las emociones también tienen su lugar en las reivindicaciones sociales. Somos humanos, no robots. La gente que protesta por el cierre de la Biblioteca de Kensal Rise ama esa biblioteca. Estaban abiertos a cualquier solución, viniera de la izquierda o de la derecha, con tal de que garantizara su continuidad; estaban dispuestos a lanzarse de cabeza a un proyecto de la «Gran Sociedad» de David Cameron. Una biblioteca es uno de esos bienes sociales que le importan a gente de opciones políticas muy diversas. Los Amigos de la Biblioteca de Kensal Rise, de Willesden y otras similares simplemente están diciendo: «Esos lugares son fundamentales para nosotros; entendemos que hay que apretarse el cinturón, que existe una jerarquía de prioridades y que el mercado francés o una placa en memoria de Mark Twain no tienen el peso de unas camas de hospital o de un aula, pero aun así son una parte significativa de nuestra realidad social: el único reducto de toda la avenida que no te exige entregar el alma o la cartera.»
Si las pérdidas de las empresas privadas han de socializarse en comunidades ya de por sí en dificultades, lo menos que podemos hacer es escuchar a la gente cuando intenta decirnos qué lugar en la jerarquía de sus necesidades ocupan el espacio público, el acceso a la cultura y el cuidado del medioambiente. «¡Pero si yo nunca los uso!», dice el señor Conmisimpuestos No en una carta al director. Le creo, señor mío; sin embargo, las bibliotecas británicas recibieron más de trescientos millones de visitas el año pasado, y eso a pesar del habitual abandono de los distintos ayuntamientos que las supervisan. En el noroeste de Londres la gente incluso está dispuesta a formar cadenas humanas frente a ellas, se escriben largos artículos en los periódicos para «defenderlas» y todos dicen lo mismo una y otra vez: «defendamos nuestras bibliotecas», «nos gustan las bibliotecas», «¿podemos quedarnos con nuestras bibliotecas?», «tenemos que hablar de las bibliotecas», suplicando como niños. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este punto?
Posdata. Poco después de que este artículo se publicara en The New York Review of Books, la biblioteca y la librería fueron demolidas. Aun así, la polémica generada por los activistas hizo mella: la biblioteca que se construyó en su lugar está funcionando; con menos libros, es cierto, pero con muchos estudiantes, familias y lectores varios llenando los espacios entre las estanterías, mientras que, en el segundo piso, un pequeño pero precioso museo local arrebató unos cientos de metros cuadrados de valioso suelo urbanizable a los promotores inmobiliarios.
Elegía por las estaciones de un país
Existe un vocabulario científico e ideológico para lo que está ocurriendo con el clima, pero apenas hay palabras íntimas. ¿Nos sorprende? Los que están de luto tienden a emplear eufemismos, igual que quienes se sienten culpables o avergonzados. El más triste de todos es «ahora es normal». «Ahora es normal», piensas mientras un peral que adoras, medio ahogado, se desarraiga de la tierra y cae. ¿La vía del tren a Cornualles arrasada por el agua? Ahora es normal. Ni siquiera podemos decir la palabra «anómalo» en voz alta: nos recuerda lo que había antes. Mejor olvidar lo que era normal en otros tiempos, cuando una estación seguía a la otra con una gracia que sólo los poetas sabían apreciar.
Duele recordar lo que «sucedía antes». Cómo clavábamos cohetes pirotécnicos en el suelo helado y seco, o contemplábamos la escarcha en las bayas del acebo de camino a la escuela, o paseábamos el día después de Navidad bajo la cegadora luz del invierno con campos enteros de fútbol crujiendo bajo los pies; el solecito tímido del martes de Carnaval y el sol un poco menos tímido de la carrera de caballos Grand National; los fríos chubascos de abril, el calor de Wimbledon; las bodas en julio, que podían contar con un tiempo magnífico; la marcada posibilidad de quemarte con el sol en Glastonbury. «Al menos...», nos decimos unos a otros, «al menos agosto sigue siendo un mes espléndido; si no en el Carnaval de Notting Hill, como mínimo en Cornualles. Y da gusto que los escoceses puedan llevarse consigo un poquito más de calor cuando hagan la maleta y se marchen a casa.»
Quizá acabemos acostumbrándonos a esta nueva Inglaterra y, como los más jóvenes y los inmigrados recientes, demos por hecho que abril es época de pantalones cortos y sandalias, o que el Año Nuevo se anuncia tradicionalmente con un diluvio bíblico. Dicen que aparecerán mariposas en otras zonas, y que las aves migratorias nos visitarán antes y se marcharán más tarde; tal vez sea interesante y novedoso, y no necesariamente peor. ¡Quizá la memoria nos traiciona! El río Támesis no se ha helado desde hace generaciones y las blancas Navidades no son más que una alucinación colectiva dickensiana. Además, ¿no ha sido siempre Inglaterra un país muy lluvioso?
Los rodeos que podemos llegar a dar con tal de evitar la autopista de cuatro carriles que tenemos delante resultan sorprendentes: «Inglaterra nunca fue tan lluviosa como sus novelas famosas sugieren, ni como nuestros primos estadounidenses imaginan.» No: el clima ha cambiado, está cambiando, y con ello se están perdiendo muchas cosas aparentemente insignificantes, aparte de las vías del tren y las casas, las formas de ganarse la vida y las vidas en sí. Por ejemplo, dábamos por sentado que siempre podríamos encontrar un puercoespín en algún rincón de cualquier jardín inglés, sostenerlo entre las manos y mostrárselo a los niños; u observar a los abejorros asomándose al borde del tarro de confitura abierto en un pícnic. Cada país tiene su propia versión de esa tristeza geográficamente localizada (y también su propia polémica sobre las causas: ¿cambio climático o coches?, ¿cambio climático o antenas de telefonía móvil?). Se supone que uno no debería siquiera mencionar esas pequeñeces que se van perdiendo: no vale la pena cuando se comparan con las visiones apocalípticas de climatólogos y directores de cine —sin contar con que hay un montón de gente que cree que no pasa nada del otro mundo.
La puerilidad de nuestra reacción ante la emergencia inminente ha merecido duras palabras, pero no es nada sorprendente cuando pensamos en lo difícil que resulta vivir pensando a todas horas en el apocalipsis, sobre todo si queremos poder levantarnos de la cama por las mañanas. Simplemente hay que tener en cuenta hasta qué punto esa reacción es emotiva y figurarnos cuán distinto sería el debate si no lo fuese. No nos cuesta imaginar, por ejemplo, un mundo en el que los negacionistas no son ni mucho menos negacionistas, sino pragmáticos implacables; la clase de gente que dice: «Entiendo muy bien lo que se avecina, pero no me preocupan mis nietos, sólo yo, mis accionistas y la competencia china.» Y de hecho hay unos cuantos que opinan de ese modo, si bien no tantos como cabría esperar.
Otra reacción perfectamente explicable mezcla un profundo sentimiento religioso con la inquietud por el medioambiente porque ¿cómo no van a contarse aquellos que consideran la Tierra un preciado don divino entre los más comprometidos en protegerla? Éstos también son muchos, aunque, una vez más, ni la mitad de los que uno imaginaría, pese a lo cual las pruebas irrefutables se deben «creer» o «negar» como si los estudios científicos equivalieran a las tesis que Lutero clavó en la puerta de una iglesia. En Estados Unidos incluso se ha descubierto en la creación divina un curioso vacío legal relacionado con la jerarquía: se sostiene que, como Él situó a los seres humanos por encima de las «cosas» —los animales, las plantas, el mar—, podemos permitir, sin cargos de conciencia, que todas esas cosas se vayan al infierno. (En Inglaterra, el tradicional amor cristiano por la tierra se ha transformado con relativa facilidad en conciencia medioambiental, sobre todo entre la aristocracia rural, que tanta tierra posee.)
Aun así, no creo que hayamos convertido problemas científicos en cuestiones de fe por pura estupidez: la fe suele tener un componente emocional, es deseo disfrazado. Desde luego, nuestros dirigentes han politizado el asunto por mala fe y con motivaciones económicas, pero aquí abajo, a ras del suelo, a unos y otros nos mueve el deseo de ser inocentes. Porque ambos «bandos» sentimos culpa y remordimiento —lo que Martin Amis denominó «vergüenza de la especie»— y las proyectamos sobre los contrarios: eso es lo que exacerba la furia y la mezquindad de nuestros debates, incluso en medio de la crisis.
Cuando se desató el huracán Sandy estaba embarazada de varios meses, y aun así bajé andando y a oscuras quince pisos únicamente para poder tener señal wifiy mandarle a un conocido que niega la existencia del cambio climático un correo electrónico con esa nueva prueba de su necedad. Y sólo hace falta una ola de frío polar para que la bandeja del correo se te inunde de entusiastas contraargumentos de tus parientes conservadores, como si todo fuese un juego y lo único que estuviese en la balanza es si tú o tu tío chalado de Florida sois «alarmistas» o «realistas». Entretanto, en Jamaica, donde el Sandy tocó tierra por primera vez, las tormentas tropicales, borrascas, huracanes, deslaves y sequías cada vez más frecuentes no caen, para los jamaicanos, en la categoría de argumento ontológico.
¡Entonad una elegía por lo que ha sido arrasado! Por los ciclos de la vida, las marismas, las casas, los seres humanos... poblaciones enteras de isleños. ¡Se van, se van, se han ido! Aunque todavía no del todo. El apocalipsis siempre se proyecta oportunamente en el futuro, salvo que por casualidad vivas en Mauricio, en Jamaica o en algún otro punto caliente del planeta. Según informes recientes, «si las emisiones globales de los gases de efecto invernadero no varían», la situación podría ser realmente grave alrededor de 2050: justo a tiempo para la fiesta del séptimo cumpleaños de mi nieta. (Los nietos del futuro se evocan con frecuencia en este tipo de elegías.) En ocasiones, el carácter global y repetitivo de esta elegía es tan desolador, y tan ajeno a cualquier intento de acción significativa, que no puedes evitar detectar en quienes la entonan una conciencia liberal fatalista; conciencia que, en el fondo, esconde tanto deseo perverso por el apocalipsis como el que experimentan esos cristianos evangélicos de los que se supone que nos burlamos.
Recientemente ha sido posible ver a ambos bandos acercarse un poco para prestar oídos a los optimistas argumentos de los tecnócratas. Como por arte de magia, hemos dejado de hablar de combatir y revertir para privilegiar la discusión sobre la captura y el almacenamiento de carbono y la necesidad de construir diques más altos, instalar generadores en el tejado y cerrar las escotillas. Ambos bandos coinciden en el fracaso; se dicen mutuamente: «Sí, quizá deberíamos haber encarado la cuestión de otra manera desde hace tiempo, pero ahora es demasiado tarde y debemos trabajar con lo que tenemos.»
Sin duda, eso le parecerá muy sospechoso a mi nieta de siete años. No espero que me perdone, pero quizá le sea útil echar un vistazo a la mentalidad de la época, aunque sólo sea con el fin de comprender lo ocurrido. ¿Qué voy a decirle? Sus profesores ya le habrán explicado que el problema del clima, en 2014, era una verdad inoportuna tanto en el plano económico como en el político, pero eso es absolutamente obvio, incluso ahora. Un movimiento popular global podría haber obligado a que la cuestión se considerara políticamente prioritaria a toda costa, y ella querrá saber por qué ese movimiento tardó tanto en materializarse. Quizá le diga: «Mira, debes tener en cuenta que acabábamos de atravesar un siglo de relativismo y deconstrucción en el que se nos informó de que nuestros más preciados principios eran inciertos, o simples ilusiones, y a esas alturas, en muchos aspectos de nuestra vida, ya se nos había pedido que aceptáramos que nada es esencial y todo cambia... lo que, en cierto modo, nos había quitado las ganas de luchar.
»Además, es importante recordar que las condiciones necesarias para nuestras vidas —aquellas que nos parece irrenunciables en definitiva— no sólo son objeto de debate entre los físicos y los filósofos, sino que existen, de un modo irracional, en nuestra mente. Quizá las menospreciemos en un plano intelectual, pero las experimentamos como hechos inequívocos e inalterables. El clima era uno de esos hechos: no creíamos que pudiera cambiar. O, mejor dicho, siempre supimos que podíamos hacer mucho daño a este planeta, pero ni siquiera los más soberbios habían imaginado jamás que seríamos capaces de cambiar decisivamente sus ritmos y su carácter, igual que una niña que lleva todo el día chillándole a su padre no espera que éste se tire al suelo de la cocina y se eche a llorar.» Bueno, ¿creéis que esta explicación me sacará del atolladero con mi futura (y un poco machacona y crítica) nieta? No estoy nada segura.
«¡Ay, ¿qué hemos hecho?!» La pregunta es bíblica, y ciertamente no parecemos capaces de apartarnos del consabido —y esencialmente religioso— círculo vicioso de vergüenza, negación y autoflagelación. «Por esa razón», le diré a mi nieta, «los escenarios apocalípticos no sirvieron de ayuda: la terrible verdad es que sentíamos una profunda y atávica fascinación por el apocalipsis. Al final, lo único que consiguió producir la tracción necesaria en nuestras conciencias fue la pérdida de las cosas que amábamos íntimamente; como cuando las estaciones empezaron a cambiar en nuestra amada islita, o cuando se fue la luz en el decimoquinto piso, o el día de principios de julio en que tu abuela visitó un jardín italiano con su dueña octogenaria y vio la tierra amarilla y reseca, y las rosas marchitas, y escuchó lo que sólo los más viejos se atrevían a confesar: “En toda mi vida nunca he visto nada igual”; sólo entonces su conciencia empezó a moverse del elegíaco “¿qué hemos hecho?” hacia un práctico “¿qué podemos hacer?”.»
Vallas: un diario del Brexit
De vuelta a mi antiguo barrio en Londres noroeste después de una larga ausencia, pasé por delante de la escuela pública municipal y enseguida advertí un cambio. Allí estudiaron muchos de mis amigos de infancia y hace no mucho, cuando tuvimos que volver a instalarnos en Londres durante un año a causa de la enfermedad de un miembro de mi familia, matriculé allí a mi hija. La escuela ocupa un precioso edificio victoriano de ladrillo rojo, pero eso no impidió que la Ofsted —el organismo a cargo de la inspección y valoración de los centros educativos— le otorgara durante mucho tiempo la calificación más baja que puede recibir una escuela pública: no sólo la consideraba «inadecuada», sino necesitada de «medidas especiales».
Naturalmente, ante un diagnóstico semejante, muchos padres asustados se llevan a sus hijos de esos centros, mientras que otros, viendo con sus propios ojos lo que la Ofsted humanamente no puede detectar —puesto que se rige sobre todo por datos estadísticos—, desconfían del criterio de la institución y optan por dejarlos donde están. Por último, hay un tercer grupo: los que no hablan bien inglés, no tienen internet en casa o ni siquiera han oído hablar de la Ofsted, ya no digamos visitar su página web.
En mi caso, tenía la ventaja de conocer la historia del lugar: durante años, mi hermano le dio clases allí a un grupo extraescolar de niños inmigrantes, así que yo sabía de primera mano que es una buena escuela, que lo ha sido siempre y que acoge con los brazos abiertos a un alumnado de muy diversa procedencia, en muchos casos recién llegado al país.
La cuestión es que este año, por fin, la Ofsted la ha calificado oficialmente de «buena», lo que, si conozco un poco el barrio, se traducirá en que más padres y madres de clase media, por lo general blancos, correrán lo que a ellos les parecerá un riesgo, se mudarán cerca de la escuela y mandarán allí a sus hijos.
Si este proceso avanza de forma parecida a como suele hacerlo en Nueva York, el barrio experimentará un incremento de la población blanca de clase media y se irá gentrificando cada vez más al tiempo que el «ámbito de captación» de la escuela se va reduciendo hasta que, al cabo de unos cuantos años, el alumnado se vuelva casi por entero homogéneo, apenas con algunos toques de diversidad, momento en el cual el organismo regulador le concederá al fin la calificación más alta. Por suerte, nada de eso ha ocurrido todavía y, dado el prolongado y orgulloso historial que mi barrio tiene de abrazar cualquier forma concebible de diversidad, quizá no llegue a ocurrir nunca.
En todo caso, ése no fue el cambio que advertí al pasar.
En ese momento, mi sello particular de paranoia progre me llevó a fijarme en otro detalle: la valla. Porque esta escuela victoriana que durante un siglo no necesitó más que una verja de hierro forjado para delimitar su perímetro, había añadido, entre los barrotes, una especie de listones de bambú y un par de metros de vida vegetal que trepaba impidiendo ver desde la calle el patio y, en consecuencia, a los niños que jugaban. Me fui a casa y le envié un destemplado correo electrónico a dos representantes de los padres y madres ante el consejo escolar:
Acabo de volver a Inglaterra (ayer) y, al pasar por primera vez delante de la escuela, me fijé en el «velo» de madera (lo llamo así a falta de una palabra mejor) que se ha colocado alrededor. Me entristeció mucho: he vivido en esta zona cuarenta años; hace diez me tocó atestiguar cómo se erigía un muro alrededor de la escuela judía y, tiempo después, otro parecido alrededor de la musulmana, pero nunca pensé que las cosas continuaran por esos derroteros. Me gustaría conocer más detalles: quién lo solicitó, cómo se tomó la decisión, si los padres y madres están de acuerdo y cuál es su propósito oficial: ¿«seguridad», «privacidad», o algún otro?
Fue un correo destemplado y lleno de paranoia progre. En contraste, la respuesta que recibí fue sensata y cortés, y las razones que me dieron, simples y claras: «la privacidad y la polución»; esta última, en particular, era «un asunto de la máxima urgencia» que el ayuntamiento había exigido a la escuela atender de inmediato. Además, añadían, la vegetación suavizaba el aspecto del patio de cemento, y la verdad era que a los representantes de los padres y madres ante el consejo escolar no se les había ocurrido que la nueva valla pudiese parecerles defensiva o chocante a los transeúntes. Releí mi mensaje y me avergoncé de haberlo enviado. ¿Qué me había impulsado a interpretar tan negativamente un simple cambio estético?
Estoy acostumbrada al cambio: en esta zona de Londres, el cambio es la norma. El antiguo instituto de secundaria que está en lo alto de la colina se transformó en una de las escuelas musulmanas más grandes de Europa; la antigua sinagoga, en una mezquita; la iglesia es ahora un edificio de apartamentos... oleadas de inmigración y gentrificación recorren estas calles igual que lo hacen los autobuses. Pero supongo que la escuela del barrio era, para mí, una especie de símbolo, y si los británicos hemos descubierto algo de nosotros mismos últimamente es que podemos reaccionar de una forma muy extraña cuando permitimos que las realidades materiales se conviertan en símbolos.
Yo consideraba esa escuela un símbolo porque se trata de una institución mixta en la que los hijos de los más acomodados y los de los pobres, ya sean musulmanes, judíos, hindúes, sijs, protestantes, católicos, ateos, marxistas o devotos del pilates, se educan juntos en las mismas aulas, juegan juntos en el mismo patio y hablan entre ellos de sus creencias religiosas —o de su falta de creencias—. Cuando paso por delante, a menudo echo un vistazo y, en un plis plas, recibo una garantía simbólica de que el mundo de mi propia infancia no ha desaparecido aún del todo. Hoy en día, la escuela judía parece Fort Knox y la musulmana no le anda muy a la zaga; ¿nuestra pequeña escuela municipal se iba a convertir también en un recinto vallado, aislado, privado, paranoide, obsesionado con la seguridad, apartado del conjunto de la comunidad?
Dos días después, los británicos votaron a favor del Brexit. Yo estaba en Irlanda del Norte, en casa de mis suegros, una pareja amable y moderadamente conservadora de protestantes norirlandeses con quienes, por primera vez en la vida, coincidí en el mismo bando ante una cuestión política. La misma extrañeza que me sacudió ante las vallas de la escuela se reprodujo entonces delante del enorme televisor, mientras veíamos juntos cómo Inglaterra levantaba una valla para separarse del resto de Europa sin apenas detenerse a pensar en lo que eso significaba para sus primos escoceses e irlandeses del norte y del oeste.
Mucho se ha escrito desde entonces sobre la tremenda irresponsabilidad con que se comportaron tanto David Cameron como Boris Johnson, pero creo que no me hubiera enfocado en ellos de haberme levantado en mi propia cama en Londres. No, en ese caso mis primeros pensamientos habrían sido en esencia hermenéuticos: ¿qué significa ese voto? ¿Qué lo motivó en realidad? ¿La inmigración? ¿La desigualdad? ¿La xenofobia histórica? ¿La soberanía? ¿La burocracia europea? ¿El descontento frente al neoliberalismo? ¿La lucha de clases?
Pero en Irlanda del Norte estaba claro que, si algo no tenía nada que ver con el voto a favor del Brexit era Irlanda del Norte, así que toda mi atención se centró en el extraordinario acto de ensimismamiento que había permitido que ese pequeño país maltratado durante tanto tiempo se convirtiera, junto con Escocia, en un daño colateral de una escisión interna del Partido Conservador. Cuesta de creer. Y el hecho de que dos hombres supuestamente cultivados, que presumiblemente han leído la historia de Gran Bretaña, pudieran de un modo tan absolutamente temerario dejar al azar una unión conseguida con tanto esfuerzo y mantenida durante trescientos años con tal de satisfacer sus propias ambiciones políticas me pareció aquella mañana un crimen más grave que romper un pacto europeo que sólo llevaba unas décadas y que al menos tenía relación con la consulta.
«Conservador» ya no es el término adecuado para referirse a ninguno de los dos: esa palabra cuando menos denota el compromiso tácito de cuidar y conservar un legado; «pirómanos» parece una palabra más precisa. Entretanto, los verdaderos ideólogos de la derecha, Michael Gove y Nigel Farage, llevaban años enfocándose en unos objetivos muy claros. El primero tenía la mira puesta en la «soberanía», un caballo de Troya de cuyas entrañas huecas tendría que salir, llegado el momento, un sector financiero sin restricciones ni regulación alguna. El segundo, que dimitió el 4 de julio de 2016, parecía poseído por una genuina obsesión racial combinada con la determinación de proteger a Gran Bretaña de la corriente dominante europea no sólo en lo relativo a la libertad de circulación, sino a toda una serie de cuestiones que iban del cambio climático al control de armas o la repatriación de inmigrantes.[1]
Un referéndum magnifica los peores aspectos de un sistema ya de por sí imperfecto, la democracia, al pretender que una amplísima variedad de cuestiones pase a través de una puerta muy estrecha. Da la impresión de que la ciudadanía gana terreno —¡la democracia definitiva: pulgares arriba o pulgares abajo!—, pero en la práctica entraña una simplificación peligrosamente engañosa. Muchos, incluso, de los que votaron «sí» a la salida de la Unión Europea acabaron descubriendo que su voto no expresaba con exactitud lo que sentían: había motivaciones muy diversas tras su decisión, y lo mismo sucedió entre los partidarios del «no».
Algunos argumentos se alejaban casi cómicamente de la cuestión binaria planteada. Una amiga cuya madre vive todavía en el barrio me describió una conversación por encima de la valla del jardín entre su madre y una vecina suya de izquierdas que, según sus propias palabras, había votado «sí»... ¡«para mandar a paseo a ese maldito ministro de Sanidad»! Ah, igual que tanta gente a lo largo y ancho de esta gran nación, también yo desearía ir a la caza de Jeremy Hunt —cuyo apellido significa precisamente «cacería» y resulta por ello casi perfecto—, pero un referéndum resulta ser un martillo muy poco eficaz para mil clavos torcidos.
La principal presunción de los votantes de izquierdas que optaron por el «no» fue que todo el referéndum giraba, en último término, alrededor del problema de la inmigración, pero cuando llegaron las cifras y se hizo el desglose por clase social y edad, salió a la luz una revolución populista obrera, aunque del tipo que siempre desconcierta a los progresistas de clase media, que tienden a ser a la vez ingenuos en el ámbito político y sentimentales en su concepción de las clases trabajadoras. A lo largo del día llamé por teléfono a casa, envié varios correos electrónicos e intenté procesar, como gran parte de Londres —por lo menos del Londres que yo conozco—, nuestra inmensa consternación. «¿Qué han hecho?», nos preguntábamos unos a otros, a veces refiriéndonos a los dirigentes, de los que creíamos que debían haber sabido lo que hacían, y otras veces a la gente, de la que presumíamos que no tenía ni idea.
Ahora, en cambio, estoy tentada de pensar que fue al revés. Hacer algo, lo que fuese, era, en cierto modo rudimentario, el objetivo: la característica más notable del neoliberalismo es que da la impresión de que no puedes hacer nada por cambiarlo, pero este referéndum ofreció la rara recompensa de causar una ruptura caótica en un sistema que suele llevarse por delante todo lo que encuentra en su camino. Sin embargo, ni siquiera esta interpretación de la izquierda más optimista —que todo fue una reacción violenta, más o menos meditada, a la austeridad y al colapso económico neoliberal que la precedió— puede negar el despreocupado racismo que tanto la campaña como la propia votación parecen haber desatado.
A las muchas anécdotas que he oído, añadiré dos que me contó mi madre, nacida en Jamaica. Una semana antes del referéndum, un cabeza rapada la abordó en Willesden y le gritó «Deutschland über alles!» en plena cara, como si estuviésemos de nuevo a finales de los años setenta. Luego, el día después de la votación, una señora que compraba sábanas y toallas en la avenida de Kilburn se plantó cerca de ella y de media docena más de personas originarias de otros lugares y anunció, sin dirigirse a nadie en particular: «¡Bueno, ahora todos tendréis que volver a vuestro país!»
¿Qué has hecho, Boris? ¿Qué has hecho, David? Sí, pero el relato sobre los líderes ensimismados que encendieron una mecha sin pensar en las consecuencias oculta una historia menos complaciente sobre nuestro propio ensimismamiento londrescéntrico, que en mi opinión es igualmente real y ha creado un velo equivalente a la cegadora ambición personal de un hombre como Boris Johnson. Al menos, eso sugiere la profunda conmoción que a mí y a tantos otros londinenses nos causó el resultado: que hemos estado viviendo tras un velo, incapaces de ver en qué se ha convertido nuestro propio país.
La noche antes de marcharme a Irlanda del Norte cené con varios amigos, todos ellos intelectuales del norte de Londres... de hecho, justo la clase de gente a la que el diputado laborista Andy Burham se refería cuando afirmó que el Partido Laborista había perdido terreno ante el Partido por la Independencia del Reino Unido porque «le sobraba Hampstead y le faltaba Hull» (aunque, en realidad, Hampstead hace ya tiempo que se ha vuelto inaccesible para nosotros gracias a los banqueros y a los oligarcas rusos). El caso es que, igual que en tantísimas otras mesas por todo Londres, estábamos sopesando la posibilidad del Brexit. Pero no debimos de sopesarla bien, puesto que ninguno de nosotros creyó ni por un instante que pudiera ocurrir lo que ocurrió: era una estupidez tan evidente, y era tan obvio que la razón estaba de nuestra parte... ¿cómo iba a ganar el «sí»?
Una vez zanjada la cuestión, todos procedimos a lamentarnos de la extraña tendencia de esta nueva generación de jóvenes de izquierdas a censurar o silenciar discursos u opiniones que considera intolerables; todo ese asunto de «no dar voz a...», los «espacios seguros» que supuestamente defienden a los miembros de minorías discriminadas, etcétera. En eso también teníamos razón, por supuesto; pero entonces, desde un sofá colocado en un rincón, mientras daba de mamar a su bebé, la más inteligente de todos nosotros dijo al fin, tras oírnos pontificar durante un buen rato: «Bueno, esa costumbre la han heredado de nosotros: por encima de todo, siempre nos ha obsesionado demostrar que tenemos razón. Más incluso que intentar hacer algo: tener razón siempre ha sido lo más importante.»
En los días posteriores al resultado pensé mucho en esas palabras. No dejaba de leer artículos de londinenses orgullosos de su ciudad multicultural, sin prejuicios, tan diferente de esos lugares provincianos y xenófobos del norte. Sonaba bien, y me habría encantado que fuese cierto, pero mis propios ojos me ofrecían una versión bien distinta. Porque la gente que de verdad vive una vida multicultural en esta ciudad es la que educa a sus hijos en entornos realmente multiculturales o la que vive en ambientes donde hay una diversidad auténtica: en viviendas de protección oficial o en unos cuantos barrios con una larga tradición en ese sentido, de los que no quedan tantos como nos gustaría creer.
Ahora mismo, los presuntos rasgos de multiculturalidad y transversalidad social en la vida de muchos londinenses se limitan al trato con sus empleados domésticos —niñeras, personal de la limpieza...—, con las personas que les sirven el café y conducen los taxis o con el puñado de príncipes nigerianos que uno puede encontrarse en los colegios privados. La dolorosa verdad es que en Londres se están levantando vallas por todas partes: alrededor de los recintos escolares, alrededor de los vecindarios, alrededor de las vidas. Una consecuencia útil del Brexit es que revela por fin y sin ambages una honda fractura en la sociedad británica que lleva treinta años gestándose. Las brechas entre norte y sur, entre clases sociales, entre londinenses y no londinenses, entre londinenses ricos y pobres y entre blancos, mulatos y negros son reales, y todos debemos hacerles frente, no sólo los que votaron por abandonar la Unión Europea.
En medio de la histérica caricaturización de los partidarios del «sí» que tantos británicos —yo incluida— emprendimos al calor del momento tras conocer los resultados de la votación, me acordé de una joven a la que veía a menudo en el patio durante el año que mi hija pasó en aquella escuela bajo «medidas especiales». Era una madre, igual que todas nosotras, pero como mínimo quince años más joven. Después de subir la cuesta detrás de ella hasta mi casa unas cuantas veces, deduje que vivía en el mismo bloque de pisos donde yo me crié. La razón de que me fijara en ella fue que mi hija estaba profundamente prendada de su hijo; el siguiente paso era, lógicamente, que quedaran para jugar en casa.
Sin embargo, ni ella ni yo dimos nunca ese paso. Por mi parte, porque no conseguí quitarme la impresión de que me miraba con miedo y desprecio no por ser negra —la vi muchas veces charlar alegremente con otras madres negras—, sino porque yo era de clase media: me había visto abrir la reluciente puerta negra de mi casa, justo enfrente de su vivienda subvencionada, al igual que yo la había visto a ella todos los días entrando en el bloque de pisos. Recordaba muy bien esos episodios tensos de la infancia, cuando las cosas eran al revés: ¿podía invitar al piso de protección oficial donde vivíamos apretujados a la niña que tenía una casa grande y elegante con vistas al parque? Y más adelante, cuando nos mudamos a un piso precioso en la parte buena de Willesden, ¿podía ir a ver a mi amiga, que vivía en uno chungo en la parte mala de Kilburn?
La respuesta era, por lo general, que sí; no sin cierta tensión, no sin ocasionales momentos bochornosos de comedia social o atisbos de situaciones domésticas que rozaban la tragedia, pero en definitiva era un sí: entonces aún estábamos todos dispuestos a correr el «riesgo», si «riesgo» es la palabra adecuada para describir lo que supone entrar en la vida de los otros, no de una forma simbólica, sino de verdad. Pero en la nueva Inglaterra algo así resultaba ya imposible, al menos para mí, y creo que también para ella. La brecha entre nosotras se ha hecho demasiado grande.
La casa victoriana alta y estrecha que compré hace quince años es exactamente la misma clase de vivienda que tenían mis amigas de clase media cuando yo era pequeña, pero ahora está valorada en una absurda cantidad de dinero, y me preocupaba que ella asumiera que yo había pagado ese dineral. La distancia que separa su piso de mi casa, apenas doscientos metros, es, desde el punto de vista simbólico, mayor que nunca: una posible invitación para que los niños jugaran planeaba sobre ese abismo, y nunca llegó a concretarse porque no me atreví a proponerla.
La desigualdad extrema fractura las comunidades y al cabo de un tiempo las grietas se ensanchan tanto que el edificio entero se desmorona. En este proceso, todo el mundo está perdiendo desde hace mucho, pero quizá nadie tanto como las clases trabajadoras blancas, que realmente no tienen nada, ni siquiera la autoridad moral que suele concederse a las víctimas o a quienes han sufrido un trauma. La izquierda se avergüenza completamente de ellas, la derecha sólo las ve como una herramienta para sus propias ambiciones. La inoportuna revolución de la clase obrera que estamos atestiguando se ha tachado de estupidez, yo misma la maldije el día en que ocurrió, pero cuanto más se mira, más se descubre en ella un toque de genialidad, porque intuyó las debilidades de sus enemigos y las explotó eficazmente. A la izquierda de clase media le encanta tener razón y, en respuesta, una parte importante de la clase obrera excluida ha optado por equivocarse del modo más flagrante y desenfadado.
En Gran Bretaña existe una vieja costumbre de ridiculizar a los pobres por «echarse tierra encima» y «votar en contra de sus intereses». Pero las clases media y media alta neoliberales no han hecho menos viviendo como viven en sus jaulas de oro londinenses. Si alguien cree que exagero, que se dé una vuelta por Notting Hill y vea los vehículos de seguridad privada pagados por los residentes que patrullan las calles frente a las residencias de más de veinte millones de euros, probablemente para protegerlos de otros residentes que aún resisten en sus viviendas de protección oficial al otro lado de Portobello Road. O que vaya al Savoy y eche una ojeada a la lista de cócteles retro en la que no hay una sola bebida de menos de ciento quince euros (la más cara es el enigmático Sazerac, que presume de ser el cóctel más caro del mundo y cuesta cinco mil setecientos). Vaya tiempos que corren.
Por supuesto, esa lista de cócteles no es más que otro símbolo estúpido, pero de una época y un lugar. En Londres de un tiempo a esta parte se ha extendido una especie de locura por el dinero, y a muchos de quienes contemplamos la escena nos cuesta encontrar en esos símbolos algún indicio de una vida bella, armoniosa o incluso feliz (¿qué clase de persona feliz necesita que la vean pidiendo un cóctel de cinco mil setecientos euros?); aunque supongo que cuando uno es tan rico al menos puede engañarse con toda comodidad y creerse feliz recurriendo a lo que los viejos marxistas del norte de Londres solían llamar «falsa conciencia». Esa excusa manida, sin embargo, ya no sirve para describir la sit
