Palestina en pedazos

Lina Meruane

Fragmento

volveres prestados

Regresar. Ese es el verbo que me asalta cada vez que pienso en la posibilidad de Palestina. Me digo: no sería un volver sino apenas un visitar una tierra en la que nunca estuve, de la que no tengo ni una sola imagen propia. Lo palestino ha sido siempre para mí un rumor de fondo, un relato al que se acude para salvar de la extinción un origen compartido. No sería un regreso mío. Sería un regreso prestado, un volver en el lugar de otro. De mi abuelo. De mi padre. Pero mi padre no ha querido poner pie en esos territorios ocupados. Solo se ha acercado a la frontera. Una vez, desde El Cairo, dirigió sus ojos ya viejos hacia el este y los sostuvo un momento en el punto lejano donde podría ubicarse Palestina. Soplaba el viento, se levantaba un arenal de película y pasaban junto a él centenares de turistas de predecibles zapatillas y pantalones cortos y mochilas, turistas estrangulados por sus cámaras japonesas, las manos sudorosas llenas de paquetes. Turistas rodeados de guías y de intérpretes a los que no prestaban atención. Mi padre asomó la cabeza entre ellos. Extendió la mirada hacia ese pedacito de Palestina pegado al borde de Egipto, esa Palestina que se sentía distante y distinta a la idea que él tenía de Beit Jala. Esa era la Gaza cercada, acosada, musulmana y ajena. Estuvo, otra vez, mi padre, en el borde de Jordania; su vista pudo abarcar el desierto que atravesaba la frontera. Habría sido cosa de acercarse al cruce pero sus grandes pies permanecieron hundidos en la arena escurridiza de la indecisión. Viendo una oportunidad en la duda mi madre señaló, a lo lejos, su pequeño índice estirado y tieso, el extenso valle del río Jordán que se desprendía del monte Nebo, todas las aguas apuradas que la religión cristiana da por benditas, e insistió en pasar a Cisjordania. Tenemos que ir, le dijo con urgencia, como si fuera ella la palestina. Después de tantos años juntos así había llegado a sentirse mi madre, otra voz en ese clan rumoroso. Pero mi padre se dio la vuelta y caminó en dirección opuesta. No iba a someterse a la espera arbitraria, a la meticulosa revisión de su maleta, al abusivo interrogatorio de la frontera israelí y de sucesivos puestos de control. No iba a exponerse a ser tratado con sospecha. A ser llamado extranjero en una tierra que considera suya, porque ahí sigue, todavía invicta, la casa de su padre. Ahí, del otro lado, se encuentra esa herencia de la que nadie nunca hizo posesión efectiva. Quizás le espante la posibilidad de llegar a esa casa sin tener la llave, tocar la puerta de ese hogar vaciado de lo propio y lleno de desconocidos. Debe espantarle recorrer las calles que pudieron ser, si solo las cosas hubieran sido de otro modo, su patio de juegos. El martirio de encontrar, en el horizonte antes despejado de esas callejuelas, las pareadas viviendas de los colonos. Los asentamientos y sus cámaras de vigilancia. Los militares enfundados en sus botas y sus trajes verdes, sus largos rifles. Los alambres de púas y los escombros. Troncos de añosos olivos rebanados a ras de suelo o convertidos en muñones. O quizás es que cruzar la frontera significaría para él traicionar a su padre, que sí intentó volver. Volver una vez, en vano. La guerra de los Seis Días le impidió ese viaje. Se quedó con los pasajes comprados, con la maleta llena de regalos y la amargura de la desastrosa derrota que significó la anexión de más territorios palestinos. Esa guerra duró apenas una semana, pero el conflicto seguía su curso infatigable cuando murió mi abuela: la única compañera posible de su retorno. Esa pérdida lo lanzó a una vejez repentina e irreparable. Sin vuelta atrás. Como la vida de tantos palestinos que ya no pudieron o no quisieron regresar, que olvidaron incluso la palabra árabe del regreso; palestinos que llegaron a sentirse, como mis abuelos, chilenos comunes y corrientes. Los cuerpos de ambos están ahora en un mausoleo santiaguino al que yo no he vuelto desde el último entierro. Me pregunto si alguien habrá ido a visitarlos en estos últimos treinta años. Sospecho que no. Sospecho incluso, pero no pregunto, que nadie sabría decirme en qué lugar del cementerio están sus huesos.

traducción definitiva

¿Con qué nombre se los despidió? ¿Con el Salvador del castellano o con el Issa árabe que significa Jesús? ¿Con el Milade o el María? Mi madre da un respingo en su silla y yo doy otro al escuchar por primera vez esos nombres: los de la lengua perdida. Mi padre se remueve en su asiento intentando recordar cuáles de ellos se tallaron en las lápidas.

falsa pista de un apellido

Empiezo por escribir la palabra Meruane. Oprimo la lupa que inicia la búsqueda en una base de datos. El único resultado que me devuelve la pantalla es un artículo publicado en una revista británica. «Sahara en 1915»: así se titula. Echo a andar la máquina de la imaginación. Un Meruane explorador-de-cantimplora en el desierto. Un Meruane negro trasladado a Palestina (pasan por mi memoria las fotografías de mi padre treintañero, su pelo corto de pequeños rizos, grandes anteojos oscuros cubriendo su piel asoleada, labios anchos como los míos). El eslabón perdido de África en mi sangre, pienso. Pero las fechas no cuadran: alrededor de 1915 fue que mi abuelo emigró a Chile desde Levante. Me sumerjo de todos modos en la lectura y me enredo en datos de una topografía interrumpida y destrozada por la construcción de una vía ferroviaria. Se citan seis oasis argelinos y cauces de ríos deshidratados, trozos desolados de desierto, trechos de costra salmuera. Líneas más abajo aparece, por fin, la palabra. Meruane: otro lago salado y seco que nunca tuvo importancia y ha sido completamente borrado del mapa.

recapitular

La recapitulación del pasado se ha vuelto dudosa incluso para mi padre. No le contaron suficiente o no prestó atención o lo que le llegó era material demasiado reciclado. Delega a menudo el relato en las hermanas que le quedan. Seguro tus tías saben, dice él deshaciéndose de mis preguntas, seguramente sabrán más que yo, repite, empujándome un poco más lejos con esa frase porque teme que también en sus hermanas el tiempo haya sembrado sus olvidos. Invariablemente mi tía-la-primogénita se defiende diciendo, cuando le pregunto cualquier detalle: ¿Cómo tu papá no te ha contado? Mi padre se encoge de hombros desde el otro extremo de la mesa. ¿Y no lees la revista Al Damir?, sigue la misma tía, la más memoriosa. Me obliga a recordarle que hace años me fui de Chile y no tengo acceso a esa publicación. ¿Y tu papá por qué no te la manda? Soy yo la que se encoge ahora. Hay una acusación de indiferencia en el aire. Una acusación que cae sobre mí y sobre mi padre aunque él mantiene, como muchos paisanos de esa generación, un vínculo solidario con Beit Jala del que jamás hace alarde. Ayudas monetarias que sumadas sostienen, allá, un colegio llamado Chile. Una plaza llamada Chile. Unos niños, palestinos de verdad, si acaso la verdad de lo palestino todavía existe.

superstición musulmana

Esa es una superstición islámica, me dice Asma cuando llego a conocerla en Nueva York y le cuento esta parte chilena de nuestra historia palestina. ¿Qué es?, pregunto confundida, levantando la voz porque ha aumentado la bulla alrededor. Eso de no declarar lo que se hace por caridad es una creencia muy arraigada en el mundo musulmán, responde. El hecho debe permanecer en secreto o pierde su gracia. Pero mi padre no es musulmán, le digo a Asma, que sí lo es. No lo será, pero tu padre tiene una superstición islámica, insiste ella; como mi marido, agrega: él que también es cristiano está lleno de nuestras supersticiones.

letras que nadie ha visto

Otra tarde, en algún regreso mío a Chile, le propongo a mi padre empezar a retroceder. Refrescar esos lugares que se nos han ido secando. Lugares,esos,de los que nos fuimos yendo sin volver la vista atrás. Él, como antes sus padres la Beit Jala natal, abandonó hace mucho la pequeña ciudad-de-provincia donde nació. Y yo, como ellos, me he ido moviendo: he tenido distintas direcciones. Alguna vez intenté volver a la casa santiaguina donde crecí. Bajo el mismo techo, aunque ya sin las paredes divisorias, se alojaba una tienda de alfombras persas. En medio de la más absoluta desorientación fui levantando uno por uno los bordes de las alfombras hasta que encontré una señal inequívoca del lugar donde estuvo mi cama: la herida que una de las patas de hierro había ido abriendo en el parqué a lo largo de los años. Ya no estaba la muralla de la que había que separar la cama cada mañana, para hacerla. Pero tampoco esa tienda existe más, ni existen las casas vecinas, ni los árboles, ni las rejas que solían delimitarlas. Más de una vez buscando mi casa pasé de largo. Que regresemos a la suya, entonces, a su vieja casa todavía en pie, le digo a mi padre, para desempolvarla, para parchar nosotros nuestro recuerdo. Le digo que de esa casa-de-provincia guardo apenas la imagen de una franja de tierra cultivada en el jardín trasero y de un gallinero de rejas oxidadas, al fondo, ya sin gallinas, el suelo regado todavía de plumas y maíz. Guardo el ruido de una llave de agua corriendo. Un patio interior de naranjos, también eso conservo. Y el suelo de azulejos de un largo corredor. Un piano negro que nunca oí tocar y que ahora yace silencioso en la sala de mi tía-la-segunda. Un paragüero junto al espejo de la entrada que no se sabe dónde fue a parar tras la muerte de mi tía-la-última. Me queda la puerta de madera sobre la línea de la vereda y un par de árboles espigados pero ralos levantando el asfalto. Y, más allá, una plaza de armas con su fuente de bronce y sus frondosos robles o tilos o quizás cedros libaneses traídos de otro tiempo. Tiendas rubricadas con letreros de apellidos palestinos escritos en alfabeto romano. Volver, le digo, a esas calles con ritmo de pueblo y a esa casa suya y de sus hermanas. Pero esa casa hace años dejó de ser nuestra, corrige mi padre de espaldas a mí, preparándose su eterno café negro pesado de borra. Se vendió lo que quedaba en esa casa cuando tu tata, dice, evitando el cierre de la frase. Se desarmó y se arrendó, la casa, y después vino el incendio. Se deshicieron también de la tienda de esquina donde mi abuelo vendía telas por metro sacadas de las empresas textiles de los Yarur y de los Hirmas, y ropa hecha (de camisas a calzoncillos a calcetines) y zapatos traídos de las fábricas de la calle Independencia. Casimires de Bellavista Tomé y rollos de seda, precisa mi padre y la cabeza se me llena de hilachas y de texturas, de colores. Pero no queda de eso ya más que imágenes arrugadas que no hay modo de planchar. El pesado metro de madera, la afilada tijera haciendo un boquete en el borde del tejido antes de que sus manos lo partieran de un tirón, los hilos desmayados sobre el mostrador, las ruidosas cifras sumadas en la máquina registradora de oscuro metal que iba añadiendo los precios de lanas, cintas y cordones o incluso de los colchones almacenados en el desván donde mi hermano-el-mayor y yo, la-del-medio, nos empujábamos mutuamente para desmayarnos sobre almohadas envueltas en bolsas de nailon transparente. Esa agonía de las cosas es lo que quiero salvar, o resucitar, pienso, pero antes de decírselo mi padre deja caer sobre esas vejeces moribundas algo que huele a fresco. No te había contado esto, dice, el café humeando en su mano. La pequeña ciudad-de-provincia acaba de rendir homenaje a sus antiguos comerciantes. Entre ellos está mi abuelo. Está su nombre en el letrero de una calle recién inaugurada. Letras de molde que ningún Meruane ha ido a mirar, no todavía. No hubo ceremonia ni corte de cinta. No hay fotos que registren ese hecho. Mi padre no está muy seguro de dónde quedó estampado su apellido, que es también el mío, el nuestro. Y acaso porque pido explicaciones y detalles y levanto las cejas o las junto sorprendida, él por fin acepta conducirme hacia el pasado por una sinuosa carretera inclinada hacia el noreste. Vayamos, dice, terminándose de golpe su café. Vayamos, como si de pronto la idea lo entusiasmara y necesitara remarcarlo subiendo su voz que siempre es baja. Empecemos a volver, si podemos, pienso yo, y anoto esta frase o esta duda en un pedacito de papel.

los andes, de fondo

La cordillera nevada al fondo del camino. Las varas de recortados parronales moviéndose en dirección contraria, recordándome la hipnosis que ese paisaje de rápidos palitroques solía provocar en mí. Abro la ventana para llenarme de un aire silvestre que me irrita los pulmones. Respirar el campo, ahora, es una forma de intoxicación. Otra forma es este retroceso. La incursión en un tiempo que ya no existe. La excursión del presente. Nuestra travesía carece del dramatismo que el viaje a este valle tuvo para los primeros inmigrantes. Pienso en la historia de esos periplos prometedores pero sobre todo penosos que, a diferencia de la inmigración europea, no fue apoyada por ningún gobierno ni recibió subsidio alguno. Los barcos zarpaban desde Jaffa y descansaban en algún puerto del Mediterráneo (Alejandría, Génova, Marsella) antes de continuar a América con sus sótanos de tercera llenos de árabes, de ratones, de cucarachas hambrientas. Esos árabes errantes eran cristianos ortodoxos despreciados por los turcos. Eran considerados emisarios de Occidente, avanzada europea, protegidos de naciones adversas. Dejaban, los árabes, sus tierras, portando un pasaporte paradójicamente otomano que les permitiría huir de ese imperio, de su servicio militar en tiempos de guerras donde serían carne de cañón. Los que pudieron escaparon de la sentencia de muerte cargando un contrasentido: llevar para siempre el apodo de turcos. El nombre enemigo impreso como una maldición eterna sobre el borroso mapa de aquella inmigración. Los árabes se fueron arrastrando los unos a los otros, a las Américas y a Chile, en asombrosas cantidades; fundaron en cada punto del valle entre las cordilleras la leyenda de que la nueva tierra tenía un alma siria o libanesa o palestina que les permitiría imitar la vida tal y como era, como ya no sería nunca. Se convencieron de que esa era la única opción. Entre huertos de damascos y aceitunas y luego de paltas y berenjenas y zapallitos llamados italianos, y de tomates dulces a punto de estallar. En tardes protegidas por parrones cuyas hojas debían cosecharse a partir de septiembre y antes de que el otoño las volviera papel. Bajo el mismo sol macerante los ya numerosos palestinos se fueron multiplicando hasta duplicar a los otros árabes que habían embarcado con ellos en los mismos barcos, detenido con ellos en Río de Janeiro, compartido las lunas despuntando sobre el mar hasta el desembarco en Buenos Aires, cruzado juntos la cordillera a lomo de mulas guiadas por arrieros o, más tarde, en los vagones de un ferrocarril transandino que ha sido casi completamente desmantelado.

flechazo ferroviario

Se silenció esa bocina ronca y se difuminaron las espesas bocanadas de humo negro del tren pero no se ha arruinado la historia del flechazo ferroviario de mis abuelos. Mis tías se han encargado de relatarla tal como se la oyeron a su madre, y como la han escuchado las unas de las otras a lo largo de los años. Esa historia puede narrarla incluso mi madre, que la prefiere a las de la propia parentela italiana que no se distinguió nunca por sus amores triunfales. La cuentan mi madre y mis tías y a veces hasta mi padre, con variaciones: que venían ambos de Beit Jala donde nunca se conocieron, que tenían una misma religión e incluso un apellido en común (mi abuelo era primo de su futura suegra, ella llevaba un Meruane arrumbado en su linaje), que mi abuelo había sido compañero de curso de su futuro cuñado pero que nada de esto fue suficiente para ser admitido en el clan. A mi abuela Milade, o María, querían casarla con alguien aún más cercano. La norma tribal (es la palabra escogida por mi padre) daba preferencia a alguno de los tantos Sabaj avecindados en Chile. Y mi abuela tenía de pretendiente a uno que, sin ser rico, poseía el don de tener algunas tierras. Poco antes de conocer a mi abuelo, María se deshizo de ese Sabaj. Esta parte de la historia le encanta a mi tía soltera, mi tía-la-primogénita, que tal vez en este punto se identifique con su madre: Milade o María tuvo a bien decirle a ese Sabaj que él era muy viejo para ella y además feo, tan feo que le asustaba verlo de día. Imagínese cómo sería si me lo encontrara de noche, le dijo. Ahí se terminó la proposición matrimonial. Mi abuela continuaba soltera a la entonces preocupante edad de veinticinco años. Se le estaba yendo el tren, decían o susurraban los demás. Pero ella se subió al vagón a último minuto y por propia convicción, insisten sus hijos y mi madre. Fue en un andén, precisamente, donde se vieron la primera vez. En la desaparecida estación de Llay-Llay. Haciendo transbordo ella, camino a Santiago, acompañando a su hermano en busca de regalos para las mujeres de la familia en la que él estaba por ingresar por matrimonio. Fue su hermano quien avizoró a mi abuelo bajando del tren para hacer también transbordo, aunque Issa o Jesús o Salvador iba en dirección contraria: hacia el sur. Quizás mi abuelo tuviera la misma edad, o quizás ella lo aventajara un año o dos, o solo un mes, esto nunca pudo aclararse. Pero él diría, para complicar un poco más las cosas, y para molestarla, que vio a mi abuela sola en la estación,mi abuela con su largo pelo crespo y trenzado sujetando un canasto de mimbre, ofreciendo sánguches tibios junto a la tropa de vendedores que acosaban a los viajeros. Decía, mi abuelo, que la María le había coqueteado haciéndole un precio por el pan con jamón o mortadela, que era así como había empezado todo. Y mi padre, como antes el suyo, se ríe mientras lo cuenta. Se ríe solo y a carcajadas de la maldad que enojaba a su madre. Acaso a ella le preocupara que alguien pudiera creer esa versión del encuentro. Qué más daría si fuera cierto, pienso yo, y ella no fuera más que una vendedora ambulante como muchos de los árabes de entonces. Reparo en ese instante en el silencio que se impone entre nosotros. Mi padre parece haberse cansado de repetir la historia que ya conocemos o tal vez no tiene más que agregar mientras maneja. O es que quizás una señal en la carretera lo distrae. Se queda mudo con mi madre al lado, abstraída o adormilada ella, sus pies desnudos apoyados sobre el tablero del auto. Mis hermanos van a mi lado, cada uno mirando por la ventana. Vamos como solemos cuando estamos juntos, como antes, en alguno de nuestros paseos. Distraídos en las sucesivas curvas del camino con la cabeza en cualquier otro lugar.

lenguas en bifurcación

Avanzamos en silencio o en castellano aunque hay más lenguas dormidas en nuestra genealogía. Los inmigrantes árabes adquirieron el castellano a medida que perdían el idioma materno pero lo siguieron hablando entre ellos como si se tratara de un código secreto vedado a sus hijos: se comerían la lengua antes que legarles a ellos el estigma de una ciudadanía de segunda. Había una sombra pegada a ese acento tan evidente como el vestuario ajado de la pobreza. De ambos hubo que deshacerse y no fue difícil. No les costó tanto la ropa nueva porque era del estilo de la que traían. No les costó tampoco sumar el castellano a sus lenguas porosas: sus antepasados habían habitado el español durante siglos en la península ibérica, lo habían arabizado, le habían conquistado el alma con el silencioso paréntesis de la hache intercalada y de los alharacos prefijos árabes. Hablarlo ahora era otra manera del regreso. Mi abuela, dice mi padre, lo había aprendido de niña, a la llegada; mi abuelo, en cambio, lo adquirió con once o doce o tal vez catorce años. Explica mi padre, aprovechando este recodo, que la incertidumbre sobre la edad de Salvador se debía a la pérdida del acta de nacimiento cuando se quemó la iglesia palestina. (Otro incendio, anoto yo. Otra pérdida, la de los documentos que verifican su origen.) Pero su madre y los hermanos tenían que haber sabido la fecha, argumento yo, levantando mi lápiz del papel, levantando también los ojos hacia mi padre. Él tuerce los labios y recurre a mi tía-la-segunda, que tampoco puede explicar este enigma y en vez de intentarlo dice que los niños eran bautizados con retraso, que la fecha era adulterada para postergar o evadir el servicio militar turco. Luego me entero de que tampoco es claro si Issa se vino con su madre viuda, una mujer llamada Esther (que tenía unos ojos muy azules que nadie nunca heredó), o si ella ya estaba en Chile con los hermanos mayores y entonces él llegó más tarde con unos tíos. Las versiones son contradictorias. Mi padre dice también, sin certeza, que mi abuelo se fue a trabajar al sur, en el molino de sus hermanos mayores, mientras aprendía su tercera lengua. El alemán lo había estudiado en un colegio de padres protestantes en una de las tantas escuelas de comunidades religiosas europeas que funcionaban en Palestina en esa época. Hay escenas dando vueltas: mi abuelo chapurreando alemán con algún cliente de la tienda La Florida, mi abuelo haciendo de escriba y de voluntario lector para paisanos iletrados que recibían cartas familiares desde Levante. Dice, mi padre: Lo estoy viendo, era un viejito de la colonia, bajo, de tez muy blanca, de pelo rubio y ojos claros, que no sabía ni leer ni escribir. Cuando le llegaban cartas de su familia iba donde mi papá para que se las leyera y contestara, y yo, que a veces lo acompañaba en la tienda, me quedaba maravillado viéndolo rasguear la página de derecha a izquierda. No fue entonces ninguna tragedia doblar los alfabet

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