La amante del populismo

Marcos Aguinis

Fragmento

La amante del populismo

PRÓLOGO

La actual expansión del populismo y el estudio de sus manifestaciones están dejando al margen una de sus más vigorosas raíces, que derivan de Mussolini y el fascismo. Sus inicios no predecían la presente evolución, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.

Para hacer más visibles y atractivos sus aspectos notables, recurro al método del reportaje, centrado en los aportes de su principal fuente: Margherita Sarfatti. El reportaje permite unir historia, suspenso, futuro, crónica y mucho de novela. No me daba cuenta de que iniciaba una forma novedosa. Quizás muy cuestionable. Tiene olas líquidas, multicolores, documentos y fantasía. Personajes muy reales, históricos, pero cargados de una fuerza que impulsa frases, adjetivos y reflexiones repletos de consecuencias.

Margherita Sarfatti fue una culta y hábil escritora, amante de Mussolini durante veinte años, que redactó su biografía y compartió con él momentos decisivos del crecimiento fascio-populista. Puede que haya sido la constructora del edificio fascista, aunque desprovisto de sus perversiones. En estos jugó un papel incuestionable la personalidad de Mussolini. Pero casi todos los datos y muchas frases que reconstruyen la blanquinegra vida de ese hombre y de su trascendental movimiento se los debemos a ella.

Francamente, los textos de Margherita me sorprendieron. Reconozco que fue un descubrimiento. Me dejaba boquiabierto. También su vida, llena de pasión, lucha y contradicciones. Decidí atreverme a un extenso reportaje cargado de información, aunque ella ya no estaba. Un método peligroso por lo innovador, largo, muy criticable. Por momentos me agobiaron sus giros, confesiones, rabietas, subidas y descensos. Pero no cedí. Ella tampoco. En algunos momentos, quizá fastidiado, imaginé estar montado sobre una nube, avistar cataratas de un pasado encubierto o encandilarme con insinuaciones sobre las catástrofes del irredento populismo. No quedamos en su tiempo real, sino que aproveché su visión para extenderme cronológicamente para atrás y adelante. Ella lo hubiese aceptado, aunque falseaba muy poco algunos conceptos. Margherita contribuía de este modo a iluminar los altibajos de su propia cabalgata. Y denunciaba el veneno fascista del populismo.

Le agradezco que haya tenido la paciencia de acompañarme durante un año. Fue un privilegio. Sus ojos penetrantes, su voz cálida, su cabello que mantenía fresco el origen veneciano, algunos giros de buen humor, saltos asombrosos hacia el futuro con nudos seductores del pasado, todo eso me tenía prendido al grabador y un teclado tan tembloroso como yo mismo. Alimentó creatividad y esperanza. Deseo que su valor contribuya a desenmascarar la dañina peste del populismo, que se extiende como un alud arrasador.

La amante del populismo

UNO

Elijo una habitación luminosa, aunque provista de colores extraños. Los sillones son confortables y tenemos cerca una mesa con bebidas, tazas para el café, unos biscottis. Evitamos las fotografías por razones obvias. Acordamos navegar por una atmósfera cómplice. Levanto mis instrumentos y la miro con serenidad. Abro el fuego. Ella parpadea.

AGUINIS: ¿Acepta este íntimo reportaje?

SARFATTI: Con incomodidad, no le quepa duda. Recuerdo con dolor que impulsé el nacimiento del fascismo, esa serpiente que ahora nutre los populismos de diferentes colores y dogmas. Varios factores hacían increíble que yo pudiera seguir semejante ruta: mi opulenta familia veneciana con antecedentes judíos, mi precoz entusiasmo por el arte, la boda con un abogado brillante y mi adhesión a la utopía socialista de entonces. Contribuí a fraguar la estructura y los primeros éxitos del fascismo, aunque no sus hipocresías; tampoco sus torturas. Me revolqué en su sopa hasta caer en el abismo.

Acepto este reportaje, además, porque me permitirá deshacer algunos de mis propios enredos. Escribí mucho durante toda la vida, y creo que siempre intenté ser objetiva. Ahora reconozco que la pasión me dominó en exceso. Esa pasión quizá le insufló dinamita a mis libros, que alcanzaron un éxito resonante, con reediciones y traducciones. Por uno de ellos me recibió nada menos que el presidente Roosevelt y su esposa Eleanor en la Casa Blanca para disfrutar el té de un inolvidable domingo. Es lógico que los laberintos de mi existencia sigan generando interrogantes en quienes se han asomado a ellos.

AGUINIS: ¿Cuándo y cómo empezaron sus vínculos con Benito Mussolini?

SARFATTI: Escuché por primera vez su nombre allá lejos, en octubre de 1911, al estallar la guerra en Libia. Mussolini era miembro del Partido Socialista. Los líderes de ese partido hablaban y escribían en contra de la guerra. Consideraban absurdas las matanzas, porque era un conflicto colonial asqueroso. Con mi marido, Cesare Sarfatti, compartíamos ese rechazo. Y lo manifestábamos a cara descubierta, aunque irritase al gobierno, a la prensa oficial, a las fuerzas armadas y a amplios sectores de la población. Estábamos, por lo tanto, en contra de la opinión mayoritaria, que era fanática, ciega, irresponsable.

El joven Mussolini era por entonces editor del semanario marxista La Lotta di Classe y organizó una demostración en contra del conflicto. Encabezó una marcha que pronto se salió de control e invadió los rieles del ferrocarril para romperlos e impedir el traslado de combatientes hacia el norte de África. Intervino la policía con armas de fuego y cachiporras. Semejante medida generó congestiones en toda Italia. Mussolini fue arrestado en plena acción, con los brazos ensangrentados. Para la izquierda, su aspecto deplorable equivalía al de un héroe. Tras un juicio sumario lo condenaron a cinco meses de cárcel. Lo metieron tras las rejas, donde se entretuvo insultando a los guardianes y proponiendo sublevaciones. Era un incordio. Hubo cierto alivio cuando acabó el tiempo de la pena y lo dejaron salir. Al regresar a la calle se dedicó a reunir camaradas que lo acompañasen a un Congreso Socialista que fue convocado con mucha insistencia y produjo interés. Ingresó en un enorme galpón arrastrando docenas de gritones. Se mezcló con quienes ya ocupaban espacios y simuló ser empujado hacia la tribuna, a la que a trepó dando codazos. Saludó con las manos en alto y soltando patadas hasta conseguir ponerse junto a los que hablaban. El lugar era una obra en construcción, con tablones, ladrillos y carretillas desparramadas caóticamente. Juntó ladrillos y trepó sobre ellos hasta conseguir que lo vieran desde varios ángulos. Entonces cruzó los brazos sobre el pecho, como si los desafiase. El gesto era inusual, porque Benito se mantuvo quieto, como una estatua en el centro del temporal. Llamó la atención. Miraba con ojos desafiantes. Esa postura terminaba hacia arriba en su mentón cuadrado, decidido a explotar en diatribas, pero demoraba ese momento para generar algo parecido a una excitada curiosidad. Entonces, de pronto, lanzó frases agresivas, unas tras otras, mientras sus brazos subían y bajaban. Por momentos se cruzaban sobre el pecho, al ritmo de una honda respiración. Todos los ojos y todas las orejas se concentraron en ese sujeto potente que lanzaba frases parecidas a los acordes de una ópera. Arrancó aplausos.

Había concurrido con mi marido, más por curiosidad que por filiación. En esos días apoyábamos a los socialistas por su adhesión al pacifismo. Y él, que era visionario, admiró a ese extraño joven llamado Mussolini. Quedó tan impresionado que dijo: “Recuerda el nombre de este audaz, porque tiene futuro”.

AGUINIS: Supongo que esa puesta en escena de Mussolini tuvo consecuencias.

SARFATTI: Consecuencias importantes: le propusieron hacerse cargo, como editor, del diario izquierdista Avanti! Pero, contra la opinión mayoritaria de los socialistas —que le era favorable—, la fogosa teórica Anna Kuliscioff acusó a Mussolini de no ser un genuino marxista. ¡Sorpresa para muchos! Ella intentó destruirlo con una de sus lapidarias frases: “Es un pequeño soñador y un poeta barato, con la mente distorsionada por sus malas lecturas de Nietzsche”. Esa conclusión provenía de la tendencia de Benito, en aquellos años, a citar demasiado a Nietzsche, un filósofo que se había puesto de moda.

AGUINIS: ¿Qué pasó tras su designación en Avanti!? Era una posición que daba poder y visibilidad.

SARFATTI: Lo primero fue la obligación de abandonar su aldea natal y trasladarse a Milán, ciudad donde nosotros vivíamos desde hacía años. Yo trabajaba en la sección Artes de Avanti! y tenía ganas de renunciar por la turbulencia política que crecía alrededor.

AGUINIS: En Avanti! empiezan sus vínculos, entonces.

SARFATTI: Sí. En diciembre fui a ver al nuevo director. El frío y la niebla anunciaban una nevada. Caminé rápido bajo las arcadas de la Plaza del Duomo. Llevaba un pesado abrigo y tenía envuelta por completo mi cabeza, excepto la nariz y los ojos. Poca gente se desplazaba por las veredas. El portero me reconoció y me acompañó hasta el despacho del nuevo director. Los pasillos y su olor a tinta me resultaban familiares, así como el ruido de las gastadas rotativas y el nerviosismo de los linotipistas absortos en su trabajo. El empleado me dejó frente a la puerta del pequeño despacho. Inspiré hondo, porque no sabía qué me esperaba. Di un par de golpes sin recibir respuesta; giré el picaporte y miré hacia el interior. Atrás de un escritorio atiborrado de papeles descubrí al joven Mussolini con los codos abiertos, sosteniendo una carpeta con ambas manos. Su lectura lo absorbía tanto que no pudo enterarse de mi ingreso. De súbito advirtió mi presencia, abandonó su material con cierto disgusto, aproximó una silla lateral al escritorio y con un repentino gesto caballeresco me invitó a tomar asiento. Por varios segundos ninguno emitió un sonido, ni siquiera “por favor” o “gracias”.

Su mirada se clavó de repente en mis ojos: tenía el fuego de Savonarola. Esa primera impresión me quedó grabada para siempre. Tras un minuto abrí el diálogo diciéndole cortésmente que venía por dos razones: felicitarlo por su designación a la cabeza del periódico y presentarle mi renuncia. Aunque me agradaría —añadí— mantener esporádicas colaboraciones sobre la educación cultural y artística, porque el arte contemporáneo se vislumbraba como una categórica expresión de la modernidad, y podía ser un excelente vector de la acción política. Hablé sin interrupción con una intencionada y permanente sonrisa. Pero él me cortó en seco: “El arte no es un argumento socialista; en cuanto a los artículos políticos, yo mismo los escribo”. Tras segundos de incertidumbre, agregó: “Ahora solo leo artículos políticos y filosóficos”.

No le contesté. Pero mi sonrisa se diluyó.

“Soy un hombre que busca, que investiga”, agregó enseguida.

Se ablandó mi garganta y conversamos otro rato. Pero nos despedimos con incomodidad.

Regresé a casa envuelta en mi pesado abrigo. Su imagen imperial seguía impresionándome en tramos de mi recuerdo, con su frente amplia y su mentón desafiante, que hablaba desde arriba. Era el mismo que había hipnotizado a la multitud del Congreso Socialista. Apenas me reencontré con mi marido necesité contarle la entrevista. No sabía cómo interpretarla. Él volvió a insistir sobre las virtudes de ese individuo, que lo habían impresionado. Repitió que era fogoso, elocuente, una especie de toro de lidia. “Dominará el partido”, aseguró.

Le dije que Mussolini opinaba de una forma despectiva sobre el arte. Era un área que él navegaba con superficialidad, pese a su abundante creación de mediocres poemas, según me había enterado. Aún me repicaban sus enredadas citas de Nietzsche en aquel fervoroso discurso. En realidad, yo había quedado tan impresionada que unos días más tarde, en un concierto, sus ojos me atrajeron desde lejos como un imán. Parecían brasas en su rostro pálido. Luego, durante una recepción con artistas, volví a encontrarlo. Me acerqué. Además de su mirada, llamó mi atención su discurrir, carente de los floripondios que se gastan en italiano. En su mirada y su voz había dinamita.

AGUINIS: Pareciera que usted se enamoró enseguida, sin conocerlo casi.

SARFATTI: Es verdad. Hasta hoy me hago la misma pregunta. Recién después me enteré de algunos fragmentos de su rústico pasado, que se hicieron más evidentes cuando lo invitamos a cenar a nuestra mansión. Con Cesare cambiamos disimulados gestos de asombro al observar su prodigiosa invención de movimientos digitales para usar los cubiertos. No lograba armonizar el tenedor y el cuchillo, a los que empuñaba con las manos incorrectas y los dedos torcidos. No lo habían educado en sus años de herrero.

AGUINIS: ¿Cómo fue enterándose de ese pasado?

SARFATTI: Empezamos a vernos más seguido, cuando yo le llevaba mis artículos. Poco a poco dejamos las excusas y comenzamos a explayarnos sobre nuestras vidas tan opuestas. Necesitaba descargar las tormentas acumuladas en su pecho, sobre el que cruzaba los brazos para descansar o desafiar. Yo le servía.

AGUINIS: Pero no le abría su intimidad.

SARFATTI: No. Aunque es difícil ingresar en ese terreno. A los dos meses cerró con llave la puerta de su despacho y se aproximó sin dejar de mirarme con voracidad. Asió mis manos, las besó y rápidamente apretó mi talle, me inmovilizó los brazos y comenzó a besarme la cara, el cuello y los labios... Me cuesta narrar esta parte.

AGUINIS: No afloje, por favor. Usted dijo que deseaba convertir a este reportaje en una catarsis.

SARFATTI: Trataré... Antes de que pudiera tomar conciencia de lo que sucedía, estaba volcada en el piso, con él encima. Parecía un pulpo con eléctricos tentáculos, porque me abrió la blusa, succionó mis pezones, me levantó la falda y sacó mi ropa interior. Él no percibía mis inútiles protestas o lo excitaban más. Ignoro si llegué al orgasmo, pero él emitió un quejido intenso y se derramó en mi interior. No reproducía los cuidadosos abordajes de Cesare, sino los truenos de un huracán. A partir de esa inauguración borrascosa volvimos a repetir la hazaña, pero con mayor cuidado, para que mi marido no se enterase. Quizás lo del cuidado solo me implicaba a mí, porque a Benito no le importaba. Las mujeres que habían pasado bajo su terremoto ya sumaban decenas. Era un hombre con gula sexual.

AGUINIS: Gracias por esta confesión. Ahora describa su ascenso político.

SARFATTI: Empiezo con una anécdota. Construya en su imaginación una aldea de esa época, una extensa propiedad que en el crepúsculo es invadida por muchos campesinos que se desparraman por los corrales, los pasillos, las habitaciones. Devoran las fuentes con comida, los quesos, abren las botellas de vino. Proceden con hambre y delirio. Al cabo de una hora, antes de que descienda la noche, aparecen los carabinieri, decididos a restablecer el orden. Con salivazos, pedradas y tiros matan a varios hombres y hieren a muchos más. No preguntan, sino que los tratan como delincuentes. En cada asaltante ven un asesino. La noticia llegó enseguida a Milán y se extendió por las calles como una tormenta. Mucha gente interpretó el deber de las fuerzas de seguridad como una represión criminal, porque hasta habían herido a unas mujeres. Incluso varios niños fueron víctimas de los bastonazos; a uno le partieron el cráneo. Mussolini se apresuró a llegar al campo de batalla y con su credencial de periodista enfrentó con odio a los hombres armados, valoró la importancia del suceso y decidió sacarle jugo con una serie de artículos incendiarios. Acusó por el delito a la burguesía asesina, con frecuentes referencias a la jerga marxista. Enfocó el episodio desde diferentes ángulos, buscando siempre los tonos enfáticos. Incluso llamó a una protesta nacional.

AGUINIS: ¿Obtuvo tanta resonancia desde ese periódico?

SARFATTI: Mucha. Fue convocado a un juicio que se inició enseguida y, frente a los jueces, voceó párrafos contundentes. Su desempeño fue descripto en toda la prensa de la región. El juicio incrementó la difusión de su nombre. Pero Benito decidió sacar más partido aún de la situación y asombrar al público mediante un contradictorio giro diplomático: mostrarse súbitamente conciliador, aunque sin dejar de insistir en las libertades políticas. Una vuelta que derivaba de su contradictorio carácter. Criticó la tendencia de querer imponer la uniformidad y la imbecilidad, porque eso pretendía el Estado. Fue llevado otra vez a juicio y citó el lugar común de que “la idiotez constituye una enfermedad notable, porque no la sufre quien la padece”. Como el tribunal pareció no entenderle, lo miró en silencio durante un largo minuto, mientras el público sonreía y los jueces comenzaban a mover sus traseros con evidente incomodidad. Ahí le brotó una autoprofecía: “Es de idiotas querer anular el disenso y someter a los treinta y seis millones de italianos a una sola cabeza”.

AGUINIS: ¿Entonces?

SARFATTI: Es lo que iba a hacer con el tiempo. Ahí se expresaban los genes del fascismo y el populismo: “Someter todo a una sola cabeza”. Esa conducta fue asumida por los autoritarios de antes y después. De izquierda y derecha.

¿Continúo con su ascenso político? A mediados de 1914 creció rápidamente la excitación colectiva por los inicios de una inminente guerra mundial y Benito volvió a exhibir su talento, o intenso oportunismo: dar un giro espectacular, dejar de lado el pacifismo y manifestarse en favor de la guerra. ¿Me sigue? Ese giro, tan inesperado como poderoso, no tardó en hacerle estallar un amplio rechazo por parte de los socialistas. Se reunieron los directivos de Avanti! quienes, tras una incendiada reunión, propusieron expulsarlo. Para Benito no parecía real lo que sucedía, porque quedaba desprovisto de ingresos y enlodado por el desdén. El puñetazo de un gigante le había partido su desafiante mandíbula y cayó abatido sobre los adoquines de la calle. Se incorporó con dolores en todos los huesos. Miraba los muros que semejaban las paredes de una mazmorra, con más ganas de destruirlos a patadas que de pedir justicia. Se arrastró durante toda la noche, sin saber adónde dirigirse. Imaginó proveerse de fósforos e incendiar la redacción de Avanti! Era el momento adecuado porque había poca gente a esa hora. Caminó hacia el diario, pero sus pies no obedecieron su propósito y lo llevaron hacia nuestra residencia. Las profundidades de su espíritu eran más débiles de lo que él y sus admiradores podían advertir.

AGUINIS: Imagino lo que siguió.

SARFATTI: ¿Lo imagina? Golpeó la puerta de nuestra casa. Pidió entrevistarse con Cesare. El guardián no supo qué hacer. Le rogó que esperase. Benito lo empujó. Amenazaba empezar a los puñetazos. Sus gritos nos despertaron. Cesare se envolvió con su bata y caminó presuroso hacia la puerta. Benito lo vio, salteó los rodeos y de inmediato recitó su situación con voz firme. Pidió asistencia legal como si fuese un mero cliente. Afirmó que sus actuaciones políticas impedían que los abogados comunes se la dieran, por eso acudía a él. Yo me acerqué y fui testigo del momento en que Cesare lo invitaba a ingresar. Benito seguía hablando, sin humildad, como un gladiador que acababa de ser maltratado por una caterva de imbéciles. Cesare lo contemplaba de lado, con cierta curiosidad, hasta con un asomo de sonrisa. Se peinó con los dedos para darse unos minutos y pensar qué debía hacer. Pronto decidió ayudarlo, incluso económicamente, aunque no se lo dijo. Caminaron hacia la sala y yo iba detrás. Se sentaron y Benito seguía soltando frases que Cesare dejaba pasar, como si no dijesen nada nuevo. Por fin ambos se miraron en silencio durante un tenso minuto, al cabo del cual mi marido le tendió la mano. Yo no hice comentarios, porque estaba de acuerdo, más por mis sentimientos que por mi razón.

AGUINIS: Usted ya no era la Margherita de poco tiempo atrás.

SARFATTI: Es cierto. Y vuelvo a avergonzarme.

AGUINIS: ¿Su marido pudo brindarle una eficaz ayuda?

SARFATTI: Muy eficaz. Utilizó la abultada caja de artículos que había publicado Benito. Redondeó argumentos y en el término de dos semanas lo hizo designar a la cabeza del diario izquierdista Il Popolo d’Italia. Benito no solo le agradeció su favor y el éxito, sino que, de inmediato, como retribución, me pidió que fuese su primera editora y le proveyera colaboraciones mías en todo lo referente al arte y la cultura. Le convenía, además, que aprovechase mis numerosas relaciones en ese terreno. Ese panorama era excitante y me puse a trabajar con entusiasmo. Envié cerca de cien esquelas a mis conocidos. Ordené diarios y revistas que llegaban a mi casa desde Londres, París, Viena y Berlín. Además, tenía la posibilidad de estar muchas horas junto a un hombre como Benito, que me había hecho abandonar fijaciones adolescentes y hacerme florecer como una crisálida bajo el sol. Me había enamorado de él sexualmente, a fondo, de manera que sus encendidas descripciones del presente y sus visiones futuras me parecieron siempre brillantes.

AGUINIS: Ahora necesito más información sobre sus respectivas familias, tan opuestas. Empecemos por la de Mussolini.

SARFATTI: Eran muy opuestas. La personalidad de Benito se explicaba en gran medida por la vulgaridad de su origen. La pobreza que espinó su infancia generó en él un gran resentimiento. Tendía a buscar la adulación en todas partes, hasta ascender a las más grotescas expresiones del autoritarismo, como fue su liderazgo.

Nació cerca de los Alpes, en la aldea de Dovia, en 1883. El paisaje era bello, pero la vida de su familia bordeaba la indigencia. Su padre, Alessandro, era un herrero que alternaba su trabajo manual con las miserias de una taberna. Los rústicos vecinos temían que se hubiera amputado una mano cuando llegaba tarde a la cantina. Por otro lado, el pequeño Benito vio cómo Alessandro expulsó más de una vez a los borrachos que pretendían arrancar botellas de los estantes. Aprendió de su padre a insultar, pegar y escupir. También sufrió los azotes de su cinturón deshebillado cuando no le obedecía en forma exacta. Pronto adhirió a los principios anarquistas, en especial su odio a Dios y al rey, que predominaba en la aldea. Su padre había bautizado a Benito en honor al mexicano Benito Juárez, que fusiló al emperador Maximiliano, noticia que se celebró sin entenderse su real significado. Pese al fanatismo anticlerical, Alessandro Mussolini consintió que bautizaran a su hijo, para no ser menos que los demás vecinos que iban a la iglesia, se santiguaban e imploraban a la Virgen, siendo al mismo tiempo gente que odiaba a los curas. Fue el inicio de las contradicciones que jalonaron su vida y que hasta hoy caracterizan al populismo.

AGUINIS: ¿Contaba también otras intimidades?

SARFATTI: Sí, en especial las que podían generar asombro, no lástima. Pero ni hacía falta contarlas. Después de vernos seguido durante unas semanas, en Milán, Cesare propuso que lo invitásemos a cenar con cierta frecuencia. Sentado a nuestra mesa conseguía relajarse y le brotaban recuerdos hinchados de amargura. Se acariciaba el mentón o se restregaba los párpados hasta hacerles soltar lágrimas y, después, empezaba a narrar. Solía repetir que en su niñez faltaba comida y que, con su robusta abuela, saltaba a las huertas vecinas para robar verduras, que ella escondía en su delantal. Violaban las murallas de arbustos, los montículos de tierra o de piedra, los cercos de madera, los alambrados. Lo hacían bajo la lluvia, las nevadas o el sol. Pero no alcanzaba, por eso siempre despertaba con hambre y por eso también se unió a otros chicos de la misma condición, algunos francamente agresivos, para dedicarse al robo de alimentos, fuera donde fuese. Escribió a su madre desde la escuela para que le enviase algún dinero, de lo contrario se suicidaría. Mirándonos alternativamente a los ojos, afirmó que su estómago vacío le enseñó a odiar a los ricos y desear robarles de todas las formas posibles. Hizo una pausa y recorrió las paredes donde colgaban cuadros valiosos. Me comprimí las manos, como si estuviera frente a un inminente ladrón. Inspiré para recuperar el equilibrio.

Nos despabiló sobre injusticias que nosotros apenas conocíamos, que llenarían páginas de magníficas novelas, pero que sonaban lejanas. En su escuela reinaba mucha discriminación, porque en una mesa se sentaban los más pobres y en otra quienes recibían dinero. A varios de esos favorecidos los golpeó en la calle, a uno le quebró la pierna. A veces lo lastimaron. Una patada le dejó inmóvil una rodilla durante dos semanas. Recordó que a fin de año fotografiaban a todos los alumnos de esa escuela, pero que él fue excluido porque no podía pagar. Nunca pudo olvidar esa humillación que lo acosaba de día y de noche. Cuando veía circular fotógrafos en su aldea buscando clientes, ardía de rabia y llegó a apedrear a uno. Décadas después, cuando ascendió a Duce, se vengó haciéndose fotografiar en infinitas poses, de cerca y de lejos, de frente y de perfil, de abajo y de arriba, incluso con trajes ridículos. Algunos decían que hubiera deseado ser un payaso. Recordó a una vecina que tuvo que ayudar porque huía cargada de hijos mientras su marido la perseguía con insultos, exigiéndole comida. Nos contó que ese salvaje, además, estaba borracho y pellizcaba a su hija mayor, ignorante de la palabra “incesto”. Mussolini lo derribó de una pedrada en la nariz. Y arrastró al fotógrafo para que le fotografiase la cara ensangrentada. Después quebró la nariz del fotógrafo.

No podía soportar el clima de la aldea en la que cursó su infancia, pero se las arregló para graduarse de maestro elemental. ¡Ese fue su máximo título académico! Con ese certificado se presentó donde hacía falta alguno. Movió la mano como si nos mostrara el título. Con Cesare nos miramos unos segundos, sin saber cómo responder a esas confesiones tan penosas. Benito agregó que obtuvo semejante título con muchas maniobras ilegales. Sonrió al usar la

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