1
Si el ser humano es culpable de todo el bien que no ha hecho, como sugería Voltaire, yo me he pasado la vida tratando de convencerme de que soy inocente de todo el mal. Ha sido una forma práctica de soportar décadas de exilio voluntario del pasado, de verme como víctima de amnesia histórica, absuelta de cualquier complicidad y exonerada de cualquier culpa.
Mi relato final, sin embargo, empieza y acaba con un objeto tan trivial como un cúter. El mío se había roto hacía poco y, como me parecía una herramienta muy útil que no debe faltar en ninguna cocina, fui a la ferretería del barrio a comprar uno nuevo. A mi vuelta me esperaba una carta de un agente inmobiliario, similar a la que habían recibido todos los vecinos de Winterville Court, donde se me informaba educadamente de la puesta a la venta del piso de abajo. Su anterior ocupante, el señor Richardson, había vivido en el número 1 cerca de treinta años, pero había fallecido poco antes de Navidad y desde entonces el piso estaba vacío. Su hija vivía y trabajaba de logopeda en Nueva York y, que yo supiera, no tenía intención de regresar a Londres, así que ya me había mentalizado para interactuar en breve con algún desconocido en el vestíbulo. Quizá incluso tuviese que fingir interés por la vida de los nuevos propietarios, o aguantar que éstos intentasen sonsacarme detalles de la mía.
Desde 2008 el señor Richardson y yo habíamos mantenido la típica relación de buenos vecinos; es decir, no habíamos intercambiado una sola palabra. Al principio de su llegada al edificio, y en realidad durante unos cuantos años, nos llevamos la mar de bien. A veces incluso subía a jugar al ajedrez con Edgar, mi difunto marido; sin embargo, por alguna extraña razón, nosotros dos nunca fuimos más allá de las meras formalidades. Él siempre se había dirigido a mí como «señora Fernsby», y yo lo llamaba «señor Richardson». Cuatro meses después de fallecer Edgar entré por última vez en su piso; había aceptado su amable invitación a cenar, pero me encontré siendo objeto de sus insinuaciones amorosas, que por supuesto decliné. El señor Richardson se tomó mal mi rechazo y a partir de entonces nos convertimos en lo más parecido a dos desconocidos que puedan ser dos personas que viven en el mismo edificio.
Mi residencia de Mayfair está registrada como piso, pero eso sería como describir el castillo de Windsor como un refugio de fin de semana de la reina. Cada vivienda de nuestro edificio (cinco en total: una en la planta baja y dos en cada una de las superiores) ocupa ciento cuarenta metros cuadrados de excelente bien inmueble londinense y cuenta con tres dormitorios, dos cuartos de baño completos, un servicio y vistas a Hyde Park, lo que ha incrementado su valor hasta una cifra que ronda los tres millones de libras (y mi información proviene de fuentes fiables). Edgar recibió una cuantiosa suma de dinero pocos años después de casarnos, una herencia inesperada de una tía soltera, y aunque él habría preferido mudarse a un barrio más tranquilo, lejos del centro de Londres, yo había investigado por mi cuenta y no sólo estaba decidida a vivir en Mayfair, sino, a ser posible, en aquel edificio en concreto. Eso siempre había parecido inviable económicamente hasta que tía Belinda pasó a mejor vida y, como un deus ex machina, de pronto todo cambió. Siempre quise explicarle a Edgar por qué me había empeñado en vivir aquí, pero por una razón u otra nunca llegué a hacerlo, y ahora me arrepiento.
A mi marido le gustaban mucho los niños, sin embargo yo accedí a tener sólo uno y en 1961 di a luz a nuestro hijo Caden. En los últimos años, a medida que ha ido aumentando el valor de mi propiedad, Caden me ha animado en varias ocasiones a venderla y comprarme un piso más pequeño en algún barrio no tan caro de la ciudad. Sospecho que empieza a temer que su madre llegue a los cien años y ansía recibir parte de su herencia mientras todavía es lo bastante joven para disfrutarla. Caden se ha casado tres veces y ahora se ha comprometido por cuarta vez, pero yo ya he renunciado a trabar amistad con las mujeres de su vida. Tengo la teoría de que, en cuanto las conoces un poco, las despacha e instala otro modelo, y entonces debes volver a tomarte la molestia de descifrar su idiosincrasia, como harías con una lavadora o un televisor nuevos. De niño trataba a sus amigos con una crueldad parecida. Caden y yo hablamos por teléfono con regularidad y cada dos semanas viene a cenar a casa, pero la nuestra es una relación complicada, en parte dañada porque me ausenté de su vida durante un año cuando él sólo tenía nueve. La verdad es que no me siento cómoda entre criaturas, y los niños pequeños me resultan especialmente difíciles.
No me preocupaba que mis nuevos vecinos me molestaran con sus ruidos (estos pisos están muy bien aislados, y además, aunque hay algunos puntos débiles aquí y allá, con el tiempo me había acostumbrado a los diversos sonidos que atravesaban el techo del señor Richardson), lo que me fastidiaba era que el orden de mi mundo pudiese verse alterado. Confiaba en que llegara alguien que no tuviese el más mínimo interés en conocer a la mujer que vivía en el piso de arriba. Un anciano inválido, por ejemplo, que apenas saliera de su casa y todas las mañanas recibiese la visita de una empleada doméstica; o una joven ejecutiva que se fuera todos los viernes por la tarde a su segunda residencia y no regresase hasta el domingo por la noche y luego se pasara el resto del tiempo en la oficina o el gimnasio. Por el edificio se había extendido el rumor de que un famoso cantante de música pop que había triunfado en los ochenta se había interesado por el piso como posible lugar donde retirarse, pero por suerte no se había sabido nada más de él.
Mis cortinas se movían ligeramente siempre que el agente inmobiliario aparcaba su coche y entraba con un cliente para enseñarle el piso mientras yo tomaba notas sobre cada vecino en potencia. Había un matrimonio de setenta y pocos muy prometedor: los dos hablaban con voz suave e iban cogidos de la mano, pero preguntaron si en el edificio aceptaban mascotas (yo estaba escuchando por el hueco de la escalera) y se llevaron un buen chasco cuando el agente les dijo que no. También vino una pareja de treintañeros homosexuales que, a juzgar por su ropa gastada y su desaliño general, debían de ser extraordinariamente ricos, pero, según dijeron, el «espacio» se les quedaba un poco pequeño y no se identificaban del todo con su «relato». Una joven de rasgos feúchos no dio detalles sobre sus intenciones y sólo comentó que a un tal Steven le encantarían aquellos techos tan altos. Como es lógico, yo apostaba por los gais (acostumbran a ser buenos vecinos y hay pocas probabilidades de que procreen), pero resultaron ser los menos interesados.
Y entonces, al cabo de unas semanas, cuando el agente inmobiliario dejó de traer visitas y el anuncio desapareció de internet, deduje que la agencia habría cerrado un trato. Tanto si me gustaba como si no, un buen día me encontraría un camión de mudanzas en la calle y a alguien introduciendo una llave en el portal e instalándose en el piso de abajo.
¡Ay, cuánto temía ese momento!
2
Madre y yo huimos de Alemania a principios de 1946, pocos meses después de acabar la guerra; viajamos en tren desde lo que quedaba de Berlín hasta lo que quedaba de París. Con quince años y sabiendo muy poco de la vida, yo todavía no había asimilado que el Eje había sido derrotado. Padre siempre hablaba con tanta convicción de la superioridad genética de nuestra raza y las incomparables dotes del Führer como estratega militar que yo había dado por hecho que nuestra victoria estaba garantizada. Sin embargo, sin saber aún cómo, habíamos perdido.
El viaje de más de mil kilómetros por el continente no hizo aumentar mi optimismo respecto al futuro. Las ciudades por las que pasábamos estaban asoladas por los estragos de los últimos años, y las caras de la gente que veía en las estaciones y los vagones no reflejaban alegría por el final de la guerra sino que mostraban las cicatrices que ésta les había causado. Se respiraba por todas partes una atmósfera de agotamiento, la certeza cada vez mayor de que Europa no sólo nunca volvería a ser como antes de 1938, sino que necesitaba reconstruirse por completo, igual que el ánimo de sus habitantes.
Mi ciudad natal había quedado reducida a escombros y sus ruinas se las habían repartido cuatro de nuestros conquistadores. Para protegernos, permanecimos escondidas en el sótano de los escasos verdaderos creyentes cuyas casas todavía se tenían en pie hasta que nos consiguieron la documentación falsa necesaria para salir de forma segura de Alemania. En nuestro nuevo pasaporte figuraba el apellido Guéymard, cuya pronunciación practiqué sin cesar para que mi acento sonase lo más auténtico posible, y a Madre tenía que llamarla Nathalie (como mi abuela), pero yo seguía llamándome Gretel.
Todos los días salían a la luz nuevos detalles de lo que había pasado en los campos, y el nombre de Padre se estaba convirtiendo en sinónimo de los crímenes más espantosos. A pesar de que nadie insinuaba que nosotras fuésemos tan culpables como él, Madre creía que revelar nuestra identidad a las autoridades significaría el desastre más absoluto para las dos. Yo estaba de acuerdo, porque tenía tanto miedo como ella, aunque me costaba pensar que alguien pudiese considerarme cómplice de aquellas atrocidades. Es cierto que desde los diez años había sido miembro de la Jungmädelbund, pero como todas las niñas alemanas; al fin y al cabo, era obligatorio, del mismo modo que pertenecer a los Deutsches Jungvolk para los niños a partir de los diez años. Y a esa edad no me interesaba la ideología del partido, sino participar en las competiciones deportivas con mis amigas. Además, cuando llegamos a aquel otro sitio, sólo pasé al otro lado de la alambrada una vez: el único día que Padre me llevó al campo para que viera cómo trabajaba. Pero, en el fondo, sólo intentaba convencerme de que había sido una mera observadora y de que tenía la conciencia tranquila, aunque ya había empezado a cuestionarme cuál había sido mi implicación en los sucesos que había presenciado.
Sin embargo, cuando el tren en que viajábamos entró en Francia, tuve miedo de que nuestra pronunciación nos delatara, consciente de que los ciudadanos de París, recientemente liberados y avergonzados por su rápida capitulación en 1940, reaccionarían de forma agresiva hacia cualquiera con el más mínimo acento alemán. Mis temores no resultaron infundados: pese a poder demostrar que llevábamos encima suficiente dinero para sufragar una estancia larga, nos negaron habitación en cinco pensiones. No encontramos sitio donde vivir hasta que una mujer de la Place Vendôme se compadeció de nosotras y nos dio la dirección de un establecimiento cercano donde la casera, dijo, no hacía preguntas. De no ser por ella, tal vez habríamos sido las sintecho más adineradas de las calles de París.
La habitación que alquilamos estaba en la zona este de la Île de la Cité. Aquellos primeros días, yo prefería no alejarme de nuestro domicilio, así que me limitaba a recorrer la escasa distancia que separaba el Pont de Sully del Pont Neuf en ambas direcciones, trazando bucles infinitos y sin atreverme a cruzar otros puentes, que me habrían llevado a terreno desconocido. A veces pensaba en mi hermano, que siempre había querido ser explorador, y en lo mucho que habría disfrutado deambulando por aquellas calles por descubrir, pero entonces apartaba rápidamente ese recuerdo de mi mente.
Madre y yo ya llevábamos dos meses viviendo en la Île de la Cité cuando por fin me atreví a llegar hasta los Jardines de Luxemburgo, donde la abundante vegetación me hizo sentir como si hubiera entrado en el paraíso. Me sorprendió el contraste con nuestra llegada a aquel otro sitio que tanto me había impresionado por su carácter árido e inhóspito. Aquí respirabas el perfume de la vida; allí te asfixiaba el hedor de la muerte. Paseé como hechizada del Palais a la fuente Medici, y de allí al estanque, de donde no me marché hasta que vi a un grupito de niños colocando en el agua unos barcos de madera que la brisa impulsaba hasta la orilla opuesta, donde los esperaban sus amigos. Sus risas y su animada conversación componían una música sobrecogedora que contrastaba con el angustioso silencio al que yo me había acostumbrado. Me costaba entender que un mismo continente pudiese albergar aquellos extremos de belleza y fealdad.
Una tarde me resguardaba del sol sentada en un banco cerca de la pista de petanca cuando me invadió un sentimiento de pena y culpa arrollador y rompí a llorar. Un chico atractivo, quizá un par de años mayor que yo, se acercó con gesto de preocupación y me preguntó qué me pasaba. Lo miré y noté un cosquilleo de deseo, el anhelo de que me abrazara o me dejase apoyar la cabeza en su hombro, y al contestarle se me escaparon los viejos hábitos verbales y el acento alemán afloró en mi francés. El chico retrocedió y me miró fijamente sin disimular su desprecio; reunió toda la ira que sentía hacia mis paisanos, me escupió en la cara y se marchó. Aunque parezca extraño, su actitud no hizo disminuir mi deseo de que me tocara, sino que lo aumentó. Me enjugué las lágrimas, corrí tras él, lo agarré por el brazo y lo invité a llevarme entre los árboles; le dije que allí estaríamos escondidos y dejaría que me hiciera lo que se le antojara.
—Puedes hacerme daño si quieres —murmuré, y cerré los ojos pensando que me daría un bofetón, me soltaría un puñetazo en la barriga o me rompería la nariz.
—¿Por qué me pides eso? —me preguntó, y su tono reveló una inocencia poco acorde con su atractivo físico.
—Porque así sabré que estoy viva.
El chico parecía excitado y, al mismo tiempo, asqueado; miró alrededor por si había alguien observándonos y luego al bosquecillo que yo le había señalado. Se pasó la lengua por los labios y me miró los pechos, pero cuando le cogí la mano mi tacto lo ofendió. Se apartó de mí, me llamó «puta» —une putain—, echó a correr y desapareció por la rue Guynemer.
Los días en que hacía buen tiempo me plantaba en la calle a primera hora de la mañana y no regresaba a nuestra pensión hasta que Madre ya estaba demasiado borracha para preguntarme dónde había estado. Su elegancia de antaño había comenzado a deteriorarse, pero todavía era una mujer atractiva y yo me preguntaba si se buscaría otro marido, alguien que pudiese cuidar de nosotras, aunque no parecía interesada en buscar amor ni compañía. Lo único que quería era estar sola con sus pensamientos y deambular de bar en bar. Era una bebedora tranquila. Se sentaba en un rincón oscuro con una botella de vino y trazaba marcas invisibles en el tablero de madera de la mesa, procurando no montar ninguna escena por la que pudiesen echarla a la calle. Una vez nos cruzamos cuando el sol estaba poniéndose detrás del Bois de Boulogne; ella se me acercó con paso vacilante, me cogió del brazo y me preguntó la hora. Me pareció que no se daba cuenta de que estaba hablando a su propia hija. Cuando le contesté, me sonrió aliviada (estaba oscureciendo, pero los bares aún tardarían horas en cerrar) y siguió caminando hacia las luces brillantes y seductoras que salpicaban la Île de la Cité. Si me esfumaba por completo, ¿olvidaría mi madre que yo había existido?, me pregunté.
Dormíamos en la misma cama y yo detestaba despertar a su lado respirando su aliento apestoso, envenenado por el alcohol. Cuando abría los ojos, se incorporaba y se quedaba un momento desconcertada, pero entonces la asaltaban los recuerdos y los cerraba otra vez, como si pudiera borrar aquellas escenas de su memoria. Cuando por fin aceptaba la crudeza de la luz matutina y salía de debajo de las sábanas, se aseaba un poco en el lavamanos, se ponía un vestido y salía a la calle sin otro objetivo que hacer lo mismo que el día anterior y el anterior y el anterior.
Madre guardaba nuestro dinero y nuestros objetos de valor en una vieja cartera en el fondo del armario, así que yo veía cómo esa pequeña fortuna empezaba a menguar. Nuestra situación era relativamente holgada —los verdaderos creyentes se habían encargado de eso—, pero Madre se resistía a invertir más dinero en el alojamiento y negaba con la cabeza cada vez que yo le proponía que alquiláramos nuestro propio piso en un barrio más modesto de la ciudad. Realmente parecía que su único objetivo en la vida era ahogar sus penas en alcohol: sólo le preocupaba tener una cama donde dormir y una botella que vaciar. Madre estaba a años luz de la mujer que me abrazaba de pequeña, de la sofisticada esposa de la alta sociedad con porte de estrella de cine que lucía los peinados más modernos y los vestidos más elegantes.
Aquellas dos mujeres no habrían podido ser más diferentes y sin duda se habrían odiado la una a la otra.
3
Todos los martes por la mañana cruzo el pasillo para visitar a mi vecina Heidi Hargrave, que vive en el piso de delante. Heidi cumplirá sesenta y nueve a finales de año. Celebra su cumpleaños el día de la Inmaculada Concepción, una coincidencia paradójica, dado que no conoció a sus padres biológicos y fue adoptada nada más venir al mundo. Heidi es la única residente de Winterville Court que lleva aquí toda su vida: la trajeron a Mayfair directamente de la maternidad y el Hyde Park se convirtió en su parque infantil. Se quedó embarazada siendo adolescente y nunca se casó, así que heredó la propiedad de sus padres adoptivos cuando éstos fallecieron.
Pese a ser veintitrés años más joven, es bastante menos ágil que yo, tanto física como mentalmente. Durante tres décadas participó en la maratón de Londres, pero dejó de correr después de padecer un grave episodio de fascitis plantar en el talón izquierdo, lo que aún hoy la obliga a llevar una férula por las noches y a ponerse inyecciones de esteroides en el pie. Esa retirada forzosa supuso un golpe terrible para una mujer tan activa como ella y me pregunto si contribuyó al deterioro gradual de sus facultades mentales, pues en otros tiempos era una persona de gran vitalidad, además de una oftalmóloga muy respetada, pero ahora le cuesta mantener una conversación. Por suerte, su situación no es comparable a sufrir demencia o alzheimer; se trata más bien de que a veces se queda ofuscada, no recuerda de qué estábamos hablando, confunde los nombres y los lugares o cambia de tema tan bruscamente que cuesta seguirla.
Esa mañana en particular la encontré mirando unos viejos álbumes de fotografías y confié en no verme obligada a sentarme con ella. Yo no guardo álbumes de ésos y nunca he entendido qué sentido tiene llenar la casa de retratos familiares. De hecho, sólo tengo dos a la vista: una fotografía con marco de plata del día de nuestra boda y otra de Caden del día de su graduación universitaria. Debo añadir que no las exhibo por razones sentimentales, sino porque es lo que se espera de mí.
Dicho esto, en un estante de mi armario, escondido hacia el fondo, hay un joyero Seugnot antiguo que compré en un mercadillo de Montparnasse en 1946; es de madera de frutal, con adornos de bronce, un escudete en la parte delantera y una llave que aún funciona. En su interior guardo una única fotografía y, aunque llevo más de setenta y cinco años sin atreverme a mirarla, creo recordar lo que contiene. Tengo doce años, estoy mirando al fotógrafo y hago lo posible por parecer coqueta, porque quien está detrás de la cámara es Kurt, que tiene un dedo en el disparador y está completamente concentrado en mí, mientras yo intento disimular mi pasión por él. Kurt está muy erguido y lleva su uniforme; me abruman su complexión musculosa, su pelo rubio y sus ojos azul claro. Percibo su prudente interés y estoy desesperada por hacerlo aumentar.
—¿Ves a ese hombre, Gretel? —me preguntó Heidi, señalando la fotografía de un tipo de aspecto inteligente posando de pie en una playa, con los brazos en jarras y una pipa Woodstock en la boca—. Se llamaba Billy Sprat. Era bailarín y espía ruso.
—¿Ah, sí?
Serví el té y me pregunté si aquella historia sería otra de sus fantasías. Quizá Heidi había visto una de esas viejas películas de James Bond la noche anterior y por eso pensaba en cosas de espionaje, aunque a juzgar por la época de la que databa la fotografía, bien podría ser que estuviese diciendo la verdad. Por aquel entonces había muchos espías rusos acechando en Inglaterra.
—Billy era amigo de mi padre y lo descubrieron vendiéndole secretos al KGB —añadió emocionada—. Los cuerpos de seguridad estuvieron a punto de detenerlo, pero él se enteró de que estaba en peligro y huyó a Moscú. Qué emocionante, ¿verdad?
—¡Ya lo creo! —coincidí.
—Deberían haber insistido en que regresara para sentarse ante un tribunal. Es indignante que los culpables huyan de la justicia.
No dije nada y me limité a observar el reloj de mesa y las figurillas de porcelana que había encima de la repisa de la chimenea y que Heidi contaba entre sus tesoros.
—¿Alguna vez simpatizaste con los rusos? —me preguntó, y tomó un sorbo de té—. En los años sesenta yo creía que su filosofía del reparto equitativo no estaba mal. Pero cuando empezaron a apuntarnos con sus bombas nucleares dejó de interesarme. Nadie quiere que haya otra guerra, ¿verdad?
—Yo no me meto en política. —Unté dos scones aún calientes con mantequilla y le tendí el suyo—. He visto lo que le hace a la gente.
—Pero entonces tú ya habías nacido, claro, ¿no? —me preguntó.
—¿En los sesenta? Sí. Pero tú también, Heidi.
—No, me refería a antes de eso. A la guerra. A la... ¿cómo se llama?
—La Segunda Guerra Mundial.
—Eso es.
—Sí. Pero por entonces yo era sólo una niña —dije.
Ya habíamos mantenido esa conversación muchas veces, pero yo nunca le daba demasiados detalles sobre mi pasado y, si lo hacía, casi siempre eran inventados. Heidi dejó el álbum y me miró con gesto pícaro.
—¿Se sabe algo de abajo? —me preguntó.
Negué con la cabeza. En momentos como ése me alegraba de que a Heidi le gustara tanto cambiar bruscamente de tema.
—Todavía no —respondí, y me limpié unas migas de los labios con la servilleta—. Sin novedad en el frente meridional.
—Esperemos que no sean morenitos, ¿verdad?
Fruncí el entrecejo. Uno de los aspectos más tristes de su progresiva confusión mental es esta tendencia a emplear expresiones que, con razón, ya no se consideran apropiadas y que ella jamás habría utilizado de haber estado en plenas facultades. Imagino que es el lenguaje de su juventud reclamando su lugar desde esas partes de su cerebro que han empezado a degenerarse lentamente. Es extraño: me cuenta largas historias sobre su infancia, pero cuando le pregunto qué ocurrió el miércoles pasado entre las seis y las nueve desciende la niebla.
—Supongo que podría ser cualquiera —repliqué—. No lo sabremos hasta que aparezcan.
—Había un hombre encantador que vivió en ese piso muchos años. —Su rostro se iluminó—. Era historiador. Daba clases en la Universidad de Londres.
—No, Heidi. Ése era Edgar, mi marido —la corregí—. Vivía conmigo al otro lado del pasillo.
—Es verdad. —Me guiñó un ojo, como si compartiéramos un secreto—. Tienes razón. Edgar era todo un caballero. Siempre iba muy arreglado. Creo que nunca lo vi sin camisa y corbata.
Sonreí. Era cierto que Edgar se preocupaba especialmente por su aspecto; ni siquiera los días festivos se vestía «de estar por casa», como suele decirse. Llevaba un bigote de lápiz y había quien le veía un aire a Ronald Colman. Y era una comparación justificada.
—¿Sabes que una vez intenté besarlo? —continuó Heidi desviando la mirada hacia la ventana, y por su forma de decirlo comprendí que se había olvidado de con quién estaba hablando—. Él era mayor que yo, por supuesto, aunque no me importó. Pero yo no le interesaba. Me apartó y me dijo que era un hombre casado.
—¿Ah, sí? —dije en voz baja mientras trataba de imaginarme la escena. No me sorprendió que Edgar nunca se hubiese molestado en contarme aquel pequeño escándalo.
—Me rechazó muy educadamente y yo lo agradecí. Fue un comportamiento vergonzoso por mi parte.
—¿Ha venido a verte Oberon esta semana? —pregunté.
Ahora me tocaba a mí cambiar de tema. Oberon es el nieto de Heidi, un atractivo treintañero con un nombre ridículo. (A la hija de Heidi, que murió de cáncer hace unos años, le apasionaba Shakespeare). Trabaja cerca de aquí —creo que tiene un cargo importante en Selfridges— y trata muy bien a su abuela, aunque me molesta su costumbre de hablarme subiendo mucho la voz y vocalizando muy bien cada sílaba, como si diera por hecho que debo de estar sorda. Y no estoy sorda. La verdad es que no tengo ningún problema de salud, lo que es sorprendente a la par que inquietante teniendo en cuenta mi avanzada edad.
—Vendrá mañana por la noche —me contestó Heidi—. Con su novia. Dice que tiene que darme una noticia.
—A lo mejor van a casarse —sugerí, y ella asintió.
—Podría ser —dijo—. Eso espero. Ya va siendo hora de que siente la cabeza. Como tu Caden.
Arqueé una ceja. Caden ha sentado tantas veces la cabeza que debe de contarse entre los hombres más relajados de Inglaterra, pero preferí no preocuparla con el concepto de compromiso, más bien laxo, que tenía mi hijo.
—Cuando lo sepas me lo dirás, ¿verdad? —me soltó inclinándose hacia delante, y yo rebobiné y repasé toda nuestra conversación preguntándome en qué punto habría montado Heidi un campamento provisional.
—¿Cuando sepa qué, querida? —pregunté.
—Lo de los nuevos vecinos. Podríamos prepararles una fiesta.
—No creo que eso les haga gracia.
—O como mínimo hacerles una tarta.
—Eso quizá sería más apropiado.
—¿Y si son judíos? —me preguntó tras una larga pausa—. Antes no aceptaban a judíos en los edificios como éste. A mí no me importa. Estoy abierta a todo. Si quieres que te diga la verdad, siempre me han parecido una gente muy amable. Y asombrosamente alegre, teniendo en cuenta lo mucho que han sufrido.
No dije nada y, poco después, cuando cerró los ojos, le quité la taza de las manos, lavé los platos del fregadero, la besé con suavidad en la frente, salí de allí y cerré la puerta. En el pasillo, me asomé a la escalera y miré hacia el piso de abajo. De momento seguía silencioso como una tumba.
4
Se llamaba Rémy Toussaint y llevaba un parche con la bandera tricolor en el ojo derecho, que había perdido al estallarle la bomba que estaba colocando. Pese a esa desfiguración, era atractivo, aunque su belleza fuese un tanto descarnada; tenía el pelo negro y abundante y en los labios una mueca de desdén que se hacía pasar por sonrisa. Era unos ocho años más joven que Madre y habría podido tener la mujer que hubiera querido, pero la había elegido a ella y, por primera vez desde la muerte de mi hermano, Madre parecía abierta a las posibilidades que le ofrecía la vida, limitó su consumo de alcohol y empezó a cuidar su apariencia. Se sentaba ante el espejo desazogado de nuestra habitación y se cepillaba el pelo con esmero, y un día insinuó que consideraba aquella nueva relación como un regalo del cielo: a través de ella Dios le hacía saber que no la responsabilizaba de los crímenes cometidos en aquel otro sitio. Yo, en cambio, no estaba tan convencida.
—Lo que tienes que entender de monsieur Toussaint —me dijo pronunciando su apellido con extremada precisión, como si la estuviesen entrevistando para entrar en la Académie française— es que se trata de una persona sumamente refinada. Su linaje está lleno de vizcondes y marquesas, aunque él, evidentemente, como égalitariste convencido, se burla de esos títulos. Sabe tocar el piano y cantar, ha leído todas las grandes obras de la literatura y el verano pasado expuso sus cuadros en Montmartre.
—¿Y qué quiere de ti?
—No «quiere» nada, Gretel —me contestó, molesta por el tono de mi pregunta—. Se ha enamorado de mí. ¿Tanto te cuesta creerlo? Los franceses siempre han preferido a las mujeres de cierta edad antes que a las jovencitas ingenuas e inexpertas. Saben valorar la experiencia y el buen juicio. No debes estar celosa: dentro de veinte años agradecerás que sea así.
Se volvió hacia el espejo y yo, que la observaba desde la cama, me pregunté si sería cierto. Por ahora mi impresión era que los hombres valoraban el atractivo físico por encima de todo. Y si bien Madre siempre había sido una mujer muy bella, desde que había terminado la guerra parte de su hermosura no había dejado de menguar. Su pelo negro ya no brillaba como antaño y entre los mechones se le colaban las canas, como invitadas no deseadas; además, le habían salido unas venitas en las mejillas que parecían pecas, por culpa de su afición al vino. Aun así, seguía teniendo unos seductores ojos de un azul Saboya que cautivaban a cualquiera que se asomase a ellos. Tuve que admitir que no era imposible que un hombre se hubiera enamorado de Madre. Pero ella no se equivocaba: yo tenía envidia. Si iba a haber un romance, yo quería ser la protagonista.
—¿Es rico? —pregunté.
—Viste bien —me contestó—. Y come en buenos restaurantes. Lleva un bastón Fayet con el escudo familiar en la empuñadura. Así que supongo que sí, que es un hombre con posibles.
—¿Y qué hizo durante la guerra?
Ella ignoró mi pregunta —hizo como si yo no hubiese dicho nada— y fue hasta el armario, de donde sacó un vestido de seda roja que le había regalado Padre la noche que anunció que íbamos a marcharnos de Alemania. Se lo puso y me fijé en que ya no se le ceñía al cuerpo acentuando todas sus curvas, ni la favorecía tanto como antes.
—Necesito un cinturón —dijo examinándose en el espejo. Hurgó en los cajones y encontró uno cuyo color casaba con el rojo del vestido.
—¿Y cuándo lo conoceré? —pregunté mientras miraba por la ventana a la gente que pasaba por la calle.
Frente a nuestro edificio había una tienda, una especie de sastrería donde trabajaba un chico no mucho mayor que yo que me llamaba poderosamente la atención. A menudo lo observaba mientras él se ocupaba de sus cosas. Era rubio, como Kurt, pero llevaba un flequillo que le tapaba la frente y siempre tropezaba con todo, como un niño torpe, y eso hizo que me encariñara con él. Seguro que no era buen bailarín, pero era guapo.
—Cuando él te invite —dijo Madre.
—Pero ¿sabe que tienes una hija?
—Se lo he mencionado.
—¿Le has dicho cuántos años tengo?
Madre vaciló.
—¿Y crees que le importa eso, Gretel? —me preguntó frunciendo el entrecejo—. Resulta que él también tiene una hija. Mucho más pequeña que tú, claro está. Sólo tiene cuatro años y vive con su madre en Angulema.
—Entonces ¿está casado?
—La hija es ilegítima; pero él la mantiene, por supuesto. Es un hombre de honor.
—Bueno, a lo mejor puedo ir contigo alguna noche —propuse mientras ella se ponía un poco de perfume en el cuello y las muñecas.
Aquel último frasco de Shalimar, la fragancia de Guerlain, se lo había regalado la Abuela hacía unos años por su cumpleaños y ya estaba peligrosamente vacía. Su aroma me hizo recordar nuestra fiesta de despedida en Berlín, cuando la victoria parecía segura y el Reich destinado a perdurar muchos siglos. Y vi a mi hermano como si fuera hoy: de pie junto al balaústre, observando a los oficiales y a sus esposas congregarse en los salones; ambos excitados por los uniformes y los vestidos de noche que desfilaban por el vestíbulo creando a su paso una orgía de color. ¿De verdad todo aquello había sucedido hacía sólo cuatro años? Parecía que hubiera pasado una eternidad, pero sólo nos separaban doscientas semanas de aquel momento, doscientas semanas manchadas de sangre.
—Creo que no —me contestó.
Se miró una vez más en el espejo antes de salir de la habitación, preparada para las aventuras que le depararía la noche.
Volví a mirar por la ventana y vi a monsieur Vannier, el sastre, plantado en la acera. Un coche acababa de detenerse frente a su tienda: el chófer abría el maletero mientras el chico que me gustaba salía por la puerta cargado con varias cajas apiladas de forma precaria. Como era de esperar, el chico resbaló nada más pisar la calle y una de las cajas se cayó, seguida rápidamente de las otras. Suerte que esa noche no llovía y no hubo desperfectos; aun así, monsieur Vannier lo regañó y le arreó un cachete en la cabeza. El chico se llevó la mano a la oreja con expresión dolorida, y entonces, quizá notando que alguien lo observaba, miró hacia arriba y me vio; se puso muy colorado y volvió a la tienda justo cuando Madre pasaba entre los paquetes caídos y desaparecía por una callejuela.
5
Le saco un gran partido a la biblioteca de Mayfair, en South Audley Street, que queda a sólo diez minutos a pie de mi casa y de la que soy usuaria desde hace años. Edgar era un gran lector, y si bien muchos de sus libros siguen en los estantes de lo que antaño fue su despacho, ahora convertido en habitación de invitados, nuestros gustos diferían considerablemente. Mi marido era historiador, pero en sus ratos libres le gustaba leer novelas de autores contemporáneos, mientras que yo, en general, prefiero la no ficción, y es a esos libros a los que vuelvo una y otra vez cuando deambulo entre las estanterías. Eso sí, evito todo lo relacionado con la época que corresponde a mi infancia, pero me fascinan los griegos y los romanos. También me interesan especialmente las autobiografías de astronautas; su deseo de abandonar este planeta y su determinación para llevarlo a cabo me parecen rasgos tan excéntricos como encomiables. Yo no soy una lectora tan voraz como Edgar, pero la pasión por los libros se la debo a Padre, que era un bibliófilo entusiasta y fue quien nos la inculcó a mi hermano y a mí.
A mi hermano le encantaban los libros de exploradores, por supuesto, y siempre decía que algún día él también lo sería. Una vez lo oí mientras hablaba con Pavel, uno de los camareros de aquel otro sitio, y le contaba que en nuestra casa de Berlín sus amigos y él se pasaban horas explorando la enorme buhardilla (llena de trastos acumulados a lo largo de los años), el sótano oscuro y laberíntico y todas las plantas del edificio, que parecían haber sido diseñadas para satisfacer la pasión de su arquitecto por los recovecos inescrutables. Supongo que a Pavel no le interesaba nada de todo eso, pero mi hermano hablaba sin parar con su desconsideración característica.
—¿Y aquí no puedes explorar? —le preguntó Pavel en voz baja, porque Kurt estaba sentado fuera, al sol, lustrando sus botas y le había prohibido expresamente que hablara con nosotros. «A ti no se te ocurriría conversar con una rata, ¿verdad?», me había preguntado Kurt, y yo, deseosa de complacerlo, me había echado a reír y había elogiado su sentido del humor.
—No me dejan —contestó mi hermano, compungido.
—¿Y tú obedeces esa regla? —le preguntó Pavel con un deje de cansancio y resignación—. ¿No será que temes lo que podrías descubrir si mirases más allá de la alambrada?
—A mí no me da miedo nada —insistió mi hermano, cada vez más ofendido.
—Pues debería dártelo.
Siguió un largo silencio y luego vi que mi hermano subía a su dormitorio, al parecer reflexionando sobre aquellos comentarios. Desde la mañana de nuestra llegada, Padre y Madre habían hecho mucho hincapié en que no se podía salir de casa. Deberían haberse imaginado que mi hermano no los obedecería. Los niños pequeños casi nunca obedecen.
En cualquier caso, esa mañana, cuando volvía de la biblioteca con una biografía de María Antonieta recientemente publicada bajo el brazo, vi un coche que no conocía aparcado delante de Winterville Court y me quedé un rato observándolo con inquietud. En nuestra calle hay muy pocos sitios para aparcar, y además son tan caros que a nadie se le ocurre utilizarlos. Los vecinos tienen plaza reservada en un garaje cercano. Hoy en día sólo un loco, un millonario o alguien que fuera ambas cosas se atrevería a meterse en Londres en coche. Entré en el vestíbulo, me detuve delante de la puerta 1 y acerqué la oreja a la madera. Oí movimiento dentro, pero no voces.
Di unos golpecitos en la madera debatiéndome entre el deseo de que me oyeran y el de no molestar, y cuando se abrió la puerta me encontré cara a cara con una joven de a lo sumo treinta y cinco años. Llevaba un atuendo que podríamos describir como ecléctico y lucía un mechón rosa en la melena rubio platino. He de admitir que me impresionó su estilo.
—Hola —me saludó con franqueza, y yo le tendí la mano con una actitud similar.
—Me llamo Gretel Fernsby —dije—. Soy su vecina de arriba. Veo que se prepara para mudarse.
—Ah, no. —Negó con la cabeza—. Soy la interiorista. He venido a tomar medidas del espacio.
Otra vez aquella palabra: «espacio». ¿Ya no podíamos llamar a las cosas por su nombre? Tenía la impresión de que nos estábamos cargando la lengua a base de descartar las palabras más elementales por considerarlas ofensivas. Quizá «piso» ya se hubiera convertido en una palabra demasiado burguesa. O demasiado proletaria. Francamente, se diría que a veces lo más seguro era no decir nada. Y en ese caso, tal vez el mundo no había cambiado tanto.
—Alison Small —se presentó la mujer—. De Small Interiors.
—Encantada —dije analizando mis emociones para averiguar si estaba decepcionada o todo lo contrario. Sé juzgar rápidamente el carácter de las personas y aquella mujer parecía simpática; pensé que no me habría importado lo más mínimo que viviese en el piso de abajo. Sólo con sus atuendos ya me habría tenido bien distraída—. Imagino que estará tomando medidas para las cortinas, los sofás y todo eso, ¿verdad?
—Así es —me contestó. Retrocedió un poco y me invitó a entrar—. Pase, si quiere.
Le di las gracias y entré. Supongo que no habría invitado a cualquiera, pero la gente suele confiar en los ancianos. ¿Cómo iba a ser yo peligrosa? Aun así, resultaba extraño estar en casa del señor Richardson ahora que ya se habían llevado de allí todas sus cosas. Como el piso era una copia exacta del mío, tuve la desasosegante visión de cómo quedaría el mío cuando yo ya no estuviera y se llevaran todas mis pertenencias, las pequeñas posesiones que había acumulado a lo largo de los años como prueba de mi existencia, a un contenedor de basura o a una tienda Oxfam: desde el cuadro que me dio Edgar como regalo de boda hasta la espátula de silicona que usaba para freír en la sartén. Estaba segura de que Caden pondría el piso a la venta antes de que hubiesen aparecido los primeros signos de rigor mortis.
—¿Hace mucho que vive arriba? —me preguntó la señorita Small, y asentí con la cabeza sorprendida por cómo resonaban nuestras voces ahora que no había muebles ni cortinas que las amortiguaran.
—Más de sesenta años —contesté.
—¡Qué suerte! —declaró ella—. Daría lo que fuera por vivir en esta parte de Londres.
—¿Puedo preguntarle...? —Hice una breve pausa, pues no sabía cuánta información estaría dispuesta a revelar mi interlocutora—. Su cliente. O sus clientes. ¿Van a mudarse pronto?
—Sí, tengo entendido que muy pronto —me contestó al tiempo que apuntaba hacia una pared con un aparato electrónico.
El aparato hizo aparecer un punto rojo sobre la pintura y la mujer consultó la pantalla. Yo no tenía ni idea de qué significaba aquel punto rojo ni qué información revelaba, pero debía de ser un dato muy importante, a juzgar por cómo la mujer arrugó la frente.
—Mi equipo y yo vamos a tener que ponernos las pilas. Por suerte, ya sé exactamente lo que les gusta. He trabajado con ellos otras veces.
—Con ellos —dije, y me agarré a esa palabra como a un clavo ardiendo—. ¿Son una pareja?
Ella titubeó. Me fijé en que llevaba una capa tan gruesa de pintalabios que sus labios chasqueaban ligeramente al separarse.
—Mire, señora Fernsby, creo que no debo decírselo. Ya sabe, por temas de confidencialidad.
—Ah, pero seguro que a ellos no les importa —repliqué tratando de no parecer la típica entrometida—. Al fin y al cabo, van a vivir justo debajo de mi piso.
—Bueno, aun así... Sé que valoran mucho su intimidad. Como le he dicho, no tardarán en instalarse, así que pronto tendrá ocasión de conocerlos.
Asentí decepcionada.
—Ya sé que puede ser muy estresante —continuó ella al reparar en mi frustración—. Tener que lidiar con vecinos nuevos cuando uno lleva tanto tiempo viviendo en el mismo edificio... Creo que el anterior inquilino también vivió aquí muchos años, ¿verdad?
—No tantos —respondí—. Se mudó en 1992.
Se rio, aunque yo no entendí por qué.
—Bueno, le aseguro que no tendrá ningún problema con mis clientes. Son muy... —Hizo una pausa para buscar las palabras adecuadas—. ¿Cómo se lo diría? Son... Entonces ¿le interesa la Revolución francesa?
Me quedé mirándola, confundida ante aquella incongruencia. Mi cara debió de reflejar mi perplejidad, porque la mujer apuntó con la barbilla hacia el libro que yo llevaba en la mano.
—María Antonieta —aclaró.
—Ah, sí —dije encogiéndome de hombros—. Siempre me han fascinado los hombres y las mujeres poderosos. Me interesa cómo ejercen el poder, si lo utilizan para hacer el bien o el mal, y cómo cambian cuando llegan al poder.
La mujer parecía un poco turbada. Tal vez no esperase una respuesta tan detallada. Volvió a levantar aquel artilugio, apuntó con él a la pared que daba a la calle y en el marco de la ventana apareció otro de esos misteriosos puntos rojos. Me pregunté si la mujer me apuntaría con aquel aparato si continuaba abusando de su paciencia.
—Bueno, será mejor que siga con esto —dijo para zanjar nuestra conversación.
Yo asentí, me di la vuelta y fui hacia la puerta. Sin embargo, antes de salir lo intenté por última vez.
—Sólo una pregunta más —dije con la esperanza de que me tranquilizara como mínimo respecto a eso—. Sus clientes no tienen hijos, ¿verdad?
Ella p
