Sobre la belleza

Zadie Smith

Fragmento

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Agradecimientos

Mi gratitud a mis primeros lectores, Nick Laird, Jessica Frazier, Tamara Barnett-Herrin, Michal Shavit, David O’Rourke, Yvonne Bailey-Smith y Lee Klein. Su aliento, sus críticas y sus buenos consejos pusieron en marcha este proyecto. Gracias a Harvey e Yvonne por su apoyo, y a mis hermanos pequeños, Doc Brown y Luc Skyz, que me asesoran en todo aquello que desconozco por ser demasiado vieja. Gracias a Jacob Kramer, mi ex estudiante, por sus notas sobre la vida universitaria y las costumbres de la costa este de Estados Unidos. Gracias a India Knight y Elisabeth Merriman por todo el francés. Gracias a Cassandra King y Alex Adamson por ocuparse de todas las cuestiones extraliterarias.

Gracias a Beatrice Monti por otra estancia en Santa Maddelena y por la buena labor a que dio lugar. Gracias a Simon Prosser y Anne Godoff, mis editores inglés y americana, sin los que este libro sería más largo y peor. Gracias a Donna Poppy, la correctora más inteligente que se pueda desear. Gracias a Juliette Mitchell de Penguin, por todo lo que ha trabajado por mí. Sin Georgia Garrett, mi agente, no podría dedicarme a este trabajo. Gracias, George, eres un sol.

Gracias a Simon Schama por su monumental Los ojos de Rembrandt, el libro que me ha enseñado a mirar la pintura. Gracias a Elaine Scarry por su espléndido ensayo Sobre la belleza y cómo ser justos, del que he extraído el título del libro, el encabezamiento de un capítulo y mucha inspiración. Es evidente, desde la primera línea, que esta novela nace de la admiración hacia E. M. Forster, a quien, de un modo u otro, toda mi obra de ficción debe algo. Esta vez he querido corresponderle con mi homenaje.

Sobre todo, doy las gracias a mi marido, a quien robo poesía para embellecer mi prosa. Es Nick el que sabe que «el tiempo es cómo inviertes tu amor», y por eso le dedico este libro, lo mismo que mi vida.

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Los Kipps y los Belsey

 

 

Nos negamos a ser el otro.

H. J. Blackham

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1

Podemos empezar, sin ir más lejos, por los e-mails de Jerome a su padre.

 

 

Para: HowardBelsey@fas.Wellington.edu

De: Jeromeabroad@easymail.com

Fecha: 5 de noviembre

Asunto:

 

Hola, papá: pienso seguir con estos mensajes, pese a que no confío en que me contestes, aunque espero que lo hagas, no sé si me explico.

Bueno, el caso es que esto me gusta. Trabajo nada menos que en el despacho de Monty Kipps (¡¿sabías que es sir Monty?!) en la zona de Green Park. Está también una chica de Cornualles que se llama Emily y es genial. Abajo hay otros tres auxiliares en prácticas, yanquis los tres (¡uno es de Boston!), por lo que me siento como en casa. Yo soy una especie de auxiliar con funciones de secretario particular, que incluyen organizar comidas, archivar, atender al teléfono y esas cosas. El trabajo de Monty va mucho más allá de la cosa académica: está en la Comisión de Razas y en obras benéficas de la Iglesia en Barbados, Jamaica, Haití, etc. Me tiene muy ocupado. Como éste es un sitio pequeño, trabajo muy cerca de él, y ahora que vivo con su familia me siento como integrado en algo nuevo. Ah, la familia Kipps. Como no me has contestado, sólo puedo imaginar tu reacción (y no me cuesta nada). La verdad es que en aquel momento era la solución más práctica. Y fueron muy amables al ofrecerse, pues me echaban de la pensión de Marylebone y me quedaba en la calle. Y no es que los Kipps estuvieran obligados a nada, pero me invitaron y acepté, muy agradecido. Llevo una semana viviendo en su casa y aún no han dicho ni media palabra de cobrarme por el alojamiento, para que veas. Ya sé que te gustaría que te dijera que esto es una pesadilla. Pues no. Adoro vivir aquí. Es otro mundo. La casa es... ¡bua!, estilo victoriano primario, una terrace, sencilla por fuera pero sólida por dentro, y con una especie de modestia que me atrae: casi todo blanco y un montón de cosas hechas a mano, y colchas, y estanterías de madera oscura, y cornisas, y una escalera de cuatro pisos, y un solo televisor en toda la casa que, además, está en el sótano, únicamente para que Monty pueda estar al corriente de las noticias y ver algunas de las cosas que hace en televisión, y nada más. A veces, esto me parece la imagen al revés de nuestra casa... Está en esta parte del norte de Londres que se llama Kilburn, que suena a bucólico pero, oye, de bucólico nada, excepto nuestra calle. Queda a un paso de la arteria principal pero no se oye nada, y te sientas en el patio a la sombra de este gigantesco árbol —veinticinco metros y todo el tronco recubierto de hiedra— y te pones a leer, y te parece estar dentro de una novela... El otoño aquí es diferente, menos intenso, y las hojas caen antes y, no sé por qué, todo es más melancólico.

La familia también es otra historia —se merecen más espacio y más tiempo del que ahora tengo (te escribo durante la hora del almuerzo)—, pero, en pocas palabras, hay un hijo, Michael, simpático y deportista. Un poco cortito, supongo. Por lo menos, a ti te lo parecería. Se dedica al comercio, aunque no he podido averiguar de qué clase. ¡Y es enorme! Te saca por lo menos cinco centímetros. Todos son grandes y atléticos, tipo caribeño. Mide más de metro noventa. Luego está Victoria, la hija, muy alta y muy guapa, a la que sólo he visto en foto (está de viaje por Europa con Interrail), pero vuelve el viernes para una temporada, me parece. Carlene, la mujer de Monty, es perfecta. Ella no es de Trinidad sino de una isla pequeña, San Nosequé. No lo oí bien cuando lo dijo la primera vez y ahora ya es tarde para preguntar. Quiere que engorde, así que no para de darme de comer. El resto de la familia habla de deportes, de Dios y de política, y Carlene flota sobre todas las cosas como una especie de ángel. Me ayuda con mis oraciones. Ella sí que reza bien, y da gusto poder rezar sin que alguien de la familia entre en el cuarto y a) se tire un pedo, b) grite, c) se enrolle acerca de la «metafísica espuria» de la oración, d) cante a voz en cuello, o e) se ría.

Así es Carlene Kipps. Di a mamá que además prepara pasteles. Tú sólo díselo y luego vete riendo por lo bajo...

Ahora atiende bien: por la mañana, los miembros de LA FAMILIA KIPPS desayunan TODOS JUNTOS, conversan UNOS CON OTROS y luego suben a un coche TODOS JUNTOS (¿tomas nota?). Ya sé, ya sé, no es fácil hacerse a la idea. Nunca he visto una familia cuyos miembros desearan pasar tanto tiempo juntos.

Espero que, por todo lo que te explico, te des cuenta de que tu enemistad con Monty, o lo que sea, es una completa pérdida de tiempo. Además, te lo has montado todo tú solito: él no se mete en peleas. En realidad no os conocéis, sólo ha habido un montón de debates públicos y cartas estúpidas. Es un despilfarro de energía gratuito. Casi toda la crueldad del mundo es sólo energía fuera de lugar. En fin, tengo que dejarte, ¡el trabajo me llama!

Todo mi cariño para mamá y para Levi, menos cariño para Zora.

Y recuérdalo: te quiero, papá (y también rezo por ti).

¡Bua, el e-mail más largo del mundo!

Jerome XXOXXXX

 

 

Para: HowardBelsey@fas.Wellington.edu

De: Jeromeabroad@easymail.com

Fecha: 14 de noviembre

Asunto: Hola otra vez

 

Papá:

Gracias por enviarme los detalles de la tesina. ¿Podrías llamar a la Universidad de Brown, a ver si me consigues una prórroga? Ahora empiezo a entender por qué Zora se matriculó en Wellington... menos problemas si no cumples los plazos siendo papá el profesor. Leí tu ingeniosa pregunta y luego, como un idiota, estuve buscando otro anexo (¿¿¿una carta, por ejemplo???), pero supongo que estarás muy ocupado/furioso, etc., como para escribir. Pues yo no. ¿Cómo va el libro? Mamá decía que te habías encallado. ¿Todavía no has encontrado la manera de demostrar que Rembrandt era malo?

Los Kipps me caen cada día mejor. El martes fuimos todos al teatro (ahora está en casa todo el clan), a ver un grupo de danzas de África del Sur, y a la vuelta, en el metro, nos pusimos a canturrear una tonada del espectáculo y acabamos haciendo un coro en toda regla. Carlene llevaba la voz cantante (tiene unas facultades imponentes) y hasta Monty se nos unió, porque en realidad no es un «neurótico que se odia a sí mismo» como dices tú. No estuvo mal, nosotros cantando y el tren traqueteando en los pasos elevados, y luego venir por las calles mojadas a esta preciosidad de casa y cenar un pollo al curry casero. Pero ya estoy viéndote la cara mientras escribo esto, y vale más que lo deje.

Otra noticia: Monty ha descubierto el gran fallo de los Belsey: la lógica. Está tratando de enseñarme a jugar al ajedrez y hoy ha sido la primera vez en una semana que no me ha ganado en menos de seis jugadas, aunque también me ha ganado, desde luego. Todos los Kipps piensan que soy atolondrado y poético. No sé lo que dirían si supieran que entre los Belsey soy prácticamente un Wittgenstein. Pero me parece que los divierto, y a Carlene le gusta tenerme en la cocina, donde mi limpieza se considera algo positivo y no una especie de síndrome de retención anal... De todos modos, he de reconocer que por las mañanas me da cierto repelús despertarme en medio de este apacible silencio (aquí la gente SUSURRA en los pasillos, para no despertar a la otra gente) y una parte de mi trasero echa de menos la toalla húmeda y enrollada de Levi, lo mismo que una parte de mi oído se siente vacía sin los gritos de Zora. Dice mamá que Levi ha aumentado sus cubrecabezas a cuatro (bonete, gorra de béisbol y dos capuchas, una de la camiseta y una del chaquetón), más auriculares, de manera que sólo se le ve un trocito de cara alrededor de los ojos. Dale ahí un beso de mi parte, por favor. Y otro beso a mamá, y recuerda que su cumpleaños es ocho días después a partir de mañana. Dale un beso a Zora y dile que lea Mateo 24. Sé lo mucho que disfruta con un poquito de Escrituras todos los días.

Amor y paz en abundancia

Jerome XXXXX

 

 

P. D. En respuesta a tu «cortés pregunta», sí, todavía lo soy. (A pesar de tu evidente desdén, me siento estupendamente, gracias.) Veinte años no son tantos hoy en día, y menos si uno ha decidido estar en comunión con Cristo. Es curioso que me lo preguntaras porque precisamente ayer, al pasar por Hyde Park, iba pensando en que tú perdiste la tuya con una persona a la que no habías visto nunca ni volverías a ver. Y no, no sentí la tentación de emularte.

 

 

Para: HowardBelsey@fas.Wellington.edu

De: Jeromeabroad@easymail.com

Fecha: 19 de noviembre

Asunto:

 

Querido doctor Belsey:

¡Ni idea de cómo te vas a tomar esto! ¡Estamos enamorados! ¡La chica Kipps y yo! ¡Voy a pedirle que se case conmigo, papá! ¡¡Y me parece que dirá que sí!! ¡¡¡Te percatas de los signos de admiración!!! Se llama Victoria, pero todos la llaman Vee. Es asombrosa, preciosa, brillante. Se lo pediré oficialmente esta noche, pero he querido decírtelo antes a ti. Ha sido repentino, como aquello del Cantar de los Cantares, y no sabría explicarlo más que diciendo que ha sido una especie de mutua revelación. Ella llegó hace apenas una semana, parece una locura, ¡¡¡¡pero es verdad!!!! En serio, soy feliz. Haz el favor de tomarte dos Valium y de decirle a mamá que me escriba lo antes posible. He agotado la tarjeta de mi teléfono y no me gusta usar el de ellos.

Jxx

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2

—¿Qué es esto, Howard? ¿Qué significa exactamente?

Howard Belsey señaló a Kiki Simmonds, su esposa americana, la parte relevante del e-mail que había impreso. Ella puso un codo a cada lado del papel e inclinó la cabeza, como solía hacer para concentrarse en la letra pequeña. Howard se alejó hacia otro punto de la cocina, donde silbaba un hervidor de agua. Sólo esta nota aguda rompía el silencio. Su hija Zora, sentada en un taburete de espaldas a la habitación, con los auriculares puestos, miraba el televisor con gesto reverente. Levi, el menor de los dos chicos, estaba al lado del padre, frente a los armarios. Y entonces padre e hijo iniciaron la coreografía del desayuno en muda armonía, pasándose la caja del cereal, intercambiando utensilios, llenando boles de una jarra de leche de porcelana rosa con borde amarillo... La cocina miraba al este. Por las vidrieras del jardín entraba el sol que, cruzando el arco que dividía la cocina, iluminaba la figura de Kiki leyendo sentada a la mesa del desayuno, con un frutero de cerámica portuguesa granate lleno de manzanas ante sí. A esa hora, el sol iba más allá de la mesa del desayuno, atravesaba el pasillo, entraba en la más pequeña de las dos salas de estar y, pasando entre una estantería llena de libros en rústica y el puf de gamuza, incidía en una otomana en la que Murdoch, el perro salchicha de la familia, tumbado estratégicamente, lo recibía.

—¿Esto es de verdad? —preguntó Kiki, pero no obtuvo respuesta.

Levi cortaba fresones, los lavaba y echaba en dos boles de cereal. Era tarea de Howard recoger los rabos y echarlos al cubo de la basura. Cuando ellos terminaban esta operación, Kiki puso el papel boca abajo en la mesa, apartó las manos de las sienes y rió por lo bajo.

—¿Algo te divierte? —preguntó Howard, acodándose en la barra del desayuno.

En respuesta, la cara de Kiki se trocó en una negra máscara de impasibilidad. Era este aire de esfinge lo que hacía que algunos de sus amigos americanos le atribuyeran una procedencia más exótica que la que tenía. En realidad, descendía de campesinos de Florida.

—Podrías ahorrarte la ironía, cariño —sugirió. Alargó la mano, tomó una manzana y, con un cuchillo de postre de mango translúcido, la cortó en trozos irregulares. Luego la comió lentamente.

Howard se echó el pelo hacia atrás con las dos manos.

—Perdón, como te reías, he pensado que algo te había hecho gracia.

—¿Cómo quieres que reaccione? —replicó Kiki suspirando. Dejó el cuchillo y alargó la mano hacia Levi, que pasaba con su bol. Agarrando al robusto quinceañero por la pretina del pantalón vaquero, lo atrajo fácilmente hacia sí, obligándolo a agacharse casi un palmo para meter la etiqueta de la camiseta de baloncesto dentro del cuello. Luego introdujo los pulgares a cada lado del calzoncillo para hacer otro ajuste, pero él se zafó.

—Hombre, mamá...

—Levi, cariño, súbetelos sólo un poco... Los llevas tan bajos que vas enseñando el culo.

—Así pues, de divertido, nada —concluyó Howard. No le gustaba machacar. A pesar de todo, seguía por este camino, que no era el que había pensado tomar y que conducía en línea recta a un callejón sin salida.

—Ay, Señor, Howard —dijo Kiki volviéndose hacia él—. Esto podemos resolverlo en quince minutos, ¿no? Cuando los chicos se ... —Irguió ligeramente el cuerpo al oír que la cerradura de la puerta de la calle chasqueaba y volvía a chasquear—. Zoor, cariño, ve a abrir, que no puede entrar y hoy me duele la rodilla.

Zora, que estaba comiendo una especie de bolsillo tostado relleno de queso, señaló al televisor.

—Zora, ve ahora, por favor, es Monique, la nueva. No sé por qué, su llave no abre. Si mal no recuerdo, te pedí que encargaras otra llave. No puedo pasarme aquí toda la mañana esperando... Zoor, ¿quieres mover el culo?

—Segundo culo de la mañana —observó Howard—. Muy bonito. Muy civilizado.

Zora se bajó del taburete y cruzó el recibidor hacia la entrada. Kiki miró a su marido con penetrante interrogación, a la que él opuso su gesto más inocente. Ella tomó el e-mail del hijo ausente, levantó las gafas que descansaban en su busto monumental, suspendidas de una cadena, y volvió a ponérselas en la punta de la nariz.

—Hay que reconocer que Jerome no es tonto —murmuró mientras leía—. Cuando ese chico quiere llamar tu atención sabe muy bien cómo conseguirlo —añadió, mirando a Howard de repente y separando las sílabas como un cajero cuenta los billetes—. La hija de Monty Kipps. Zas, pum. Y, claro, te interesas.

—Ésa es tu aportación —dijo él, arrugando la frente.

—Howard, hay un huevo en el fuego. No sé quién lo ha puesto, pero el agua se ha evaporado y huele a rayos. Apaga, por favor.

—¿Ésa es tu aportación?

Howard observó cómo su esposa se servía tranquilamente el cuarto vaso de zumo de clamato y se lo llevaba a los labios; pero, a mitad de camino, se quedó en suspenso y volvió a hablar.

—Por favor, Howie... ¡El chico tiene veinte años! Quiere llamar la atención de papá, y sabe cómo conseguirlo. Empezando por hacer las prácticas con Kipps, cuando podía elegir entre un millón de sitios. ¿Y ahora se casa con la hija? No hace falta ser un Freud. Lo que yo digo es que lo peor que podemos hacer es tomarlo en serio.

—¿Los Kipps? —preguntó Zora con voz potente, apareciendo por el pasillo—. ¿Qué pasa? ¿Jerome se ha ido a vivir con ellos? Es alucinante... es algo así como: Jerome... Monty Kipps —dijo moldeando con las manos dos figuras imaginarias, una a su derecha y otra a su izquierda, y luego repitiendo el ejercicio—: ¡Jerome! ¡Monty Kipps! ¡Viviendo en la misma casa! —Se estremeció con un jocoso escalofrío.

Kiki bebió el zumo y dejó el vaso vacío con un sonoro golpe.

—Basta ya de Monty Kipps, por Dios. Hablo en serio, no quiero volver a oír ese nombre en toda la mañana. —Miró el reloj—. ¿A qué hora tienes la primera clase? ¿Qué haces aquí todavía, Zoor? ¿Se puede saber? ¿Qué-haces-aquí? Oh, buenos días, Monique —dijo con repentino tono formal, exento de su cadencia de Florida. Monique cerró la puerta de la calle y se dirigió a la cocina. Kiki la miró con una sonrisa torturada—. Hoy nos hemos retrasado todos y andamos un poco apurados. ¿Qué tal, Monique, todo bien?

Monique, la nueva asistenta, era una haitiana rechoncha, de la edad de Kiki y un tono de piel más oscuro todavía. Era su segundo día. Llevaba una cazadora de la Marina con el cuello de piel subido y tenía un aire entre compungido y aprensivo, como si ya pidiera perdón por un estropicio que aún no había perpetrado. Nada de esto habría resultado tan patético a los ojos de Kiki ni la habría violentado tanto, de no ser por la peluca, una melena sintética color naranja que pedía a gritos la sustitución y que ese día le había quedado muy atrás, dejando al descubierto los hilitos que la sujetaban al escaso pelo de su dueña.

—¿Empiezo por aquí? —preguntó Monique con timidez. Se llevó la mano a la cremallera, pero no la abrió.

—Casi mejor que empieces por el estudio, Monique, mi estudio —respondió Kiki rápidamente, cubriendo con la voz lo que Howard empezaba a decir—. ¿De acuerdo? No toques los papeles, por favor, si acaso apílalos.

Monique se quedó donde estaba, sujetando el tirador de la cremallera. Kiki seguía incómoda, nerviosa por lo que pudiera pensar esa negra de otra negra que le pagaba por hacer la limpieza.

—Zora te enseñará... Zora, enseña a Monique, por favor, vamos, enséñale dónde es.

Zora empezó a subir peldaños de tres en tres y Monique la siguió cansinamente. Howard salió de entre bastidores al proscenio de su matrimonio.

—Si tal cosa sucediera —dijo con voz neutra, mientras bebía su café—, Monty Kipps sería nuestro consuegro. No el consuegro de otro, sino el nuestro.

—Howard —dijo Kiki controlando el tono a su vez—, por favor, nada de números. No estamos en escena. Acabo de decir que no quiero hablar de eso ahora. Ya me has oído.

Él hizo una pequeña reverencia.

—Levi necesita dinero para un taxi. Si quieres preocuparte por algo, preocúpate por eso y no por los Kipps.

—¿Los Kipps? —exclamó Levi desde otra habitación—. ¿Qué Kipps? ¿De dónde?

Levi hablaba con un falso acento de Brooklyn, ajeno a Howard y Kiki, que había llegado a su boca hacía tres años, cuando cumplió los doce. Jerome y Zora habían nacido en Inglaterra y Levi en Estados Unidos. A Howard los respectivos acentos americanos de sus hijos le parecían, en cierto modo, artificiales: no eran producto de su casa, no los habían asimilado de la madre. Pero ninguno tan inexplicable como el de Levi. ¿Brooklyn? Los Belsey residían a más de trescientos kilómetros al norte de Brooklyn. Esa mañana, Howard sintió la tentación de hacer un comentario al respecto (su mujer le había advertido que se abstuviera de hacer comentarios al respecto), pero entonces apareció Levi por la puerta del pasillo y desarmó a su padre al dedicarle una amplia sonrisa antes de dar un mordisco al bollo que llevaba en la mano.

—Levi —dijo Kiki—, presta atención, cielo. ¿Tú sabes quién soy? ¿Tú te enteras de algo de lo que ocurre en esta casa? ¿Te acuerdas de Jerome, tu hermano? ¿Que no está aquí? ¿Jerome, que cruzó el gran mar para ir a un lugar llamado Inglaterra?

Levi sostenía con la otra mano unas zapatillas y las agitó en dirección al sarcasmo de su madre. A continuación arrugó la frente y se sentó para calzárselas.

—¿Sí? ¿Y qué? ¿Tengo que saber quiénes son los Kipps? Yo no sé nada de los Kipps.

—Jerome, vete al colegio.

—¿Así que ahora también soy Jerome?

—Levi, ¡vete al colegio!

—Hombre, ¿por qué te pones así? Yo sólo preguntaba y tú te has puesto... —Hizo un ademán vago que no daba idea de la palabra no pronunciada.

—Monty Kipps es el hombre para el que tu hermano trabaja en Inglaterra —explicó Kiki con resignación.

Howard observó con interés cómo Levi había obtenido esta concesión mediante el sistema de responder con candor a la cáustica ironía de Kiki.

—¿Lo ves? —dijo Levi como si sólo gracias a sus esfuerzos hubiera triunfado el sentido común—. ¿Tanto ha costado?

—¿Carta de Kipps? —preguntó Zora, que acababa de bajar la escalera, mirando por encima del hombro de su madre. En esa pose, la hija inclinada sobre la madre, recordaron a Howard dos de las rollizas aguadoras de Picasso—. Papá, esta vez tienes que dejar que te ayude con la respuesta. Lo destrozaremos. ¿Adónde la ha mandado? ¿A Republic?

—No; nada de eso. Es de Jerome. Que se casa —dijo Howard, dejando que se le abriera el albornoz—. Con la hija de Kipps. Por lo visto, es algo divertido. A tu madre le parece hilarante.

—No, cielo —dijo Kiki—. Creí que estábamos de acuerdo en que no me parece hilarante. Yo diría que aún no sabemos lo que ocurre: es un e-mail de siete líneas. No tenemos ni idea de qué significa, y no voy a sulfurarme por algo...

—¡¿Es en serio?! —interrumpió Zora. Arrancó el papel de las manos de su madre y se lo acercó a sus ojos miopes—. Es una jodida broma, ¿no?

Howard apoyó la frente en el grueso cristal de la ventana y notó cómo el vapor le empapaba las cejas. Fuera, seguía cayendo la democrática nieve de la costa este, igualando las sillas del jardín a las mesas, las plantas, los buzones y los postes de la cerca. Exhaló una nube en forma de hongo y la limpió con la manga.

—Zora, tienes que ir a clase, ¿de acuerdo? Y no uses ese lenguaje en mi casa... ¡Eh! ¡Eh! ¡Basta! ¡No! —dijo Kiki ahogando con su voz cada palabra que Zora trataba de pronunciar—. ¿De acuerdo? Acompaña a Levi a la parada de taxis. Hoy no puedo llevarlo. Podrías preguntar a tu padre si lo llevará él, pero no da esa impresión. Yo llamaré a Jerome.

—No necesito que nadie me lleve —dijo Levi, y en ese momento Howard se fijó en su hijo menor y en la novedad : Levi llevaba en la cabeza una fina media negra, anudada en la nuca, que, sin que él lo supiera, le formaba una protuberancia, una especie de pezón, encima del cráneo.

—No puedes llamarle —dijo Howard a media voz, iniciando una retirada estratégica hacia el otro lado de la monumental nevera, fuera de la vista de la familia—. Ha agotado el crédito de su teléfono.

—¿Qué has dicho? —repuso Kiki—. ¿Qué dices? No te oigo. —De repente, apareció detrás de él—. ¿Dónde está el número de los Kipps? —inquirió, aunque los dos conocían la respuesta.

Él no dijo nada.

—Ah, sí, ya sé —dijo ella—. Está en la agenda, la agenda que se quedó en Michigan después de la famosa conferencia, durante la cual tenías en la cabeza cosas más importantes que tu esposa y tu familia.

—¿Podríamos no hablar de eso ahora? —pidió Howard. Cuando eres culpable, lo máximo que puedes solicitar es un aplazamiento del juicio.

—Como quieras, Howard. Como quieras. De todos modos, yo seré quien tenga que ocuparse de eso, de las consecuencias de tus actos, como siempre, así que...

Él golpeó la nevera con el puño.

—No hagas eso, Howard, por favor. Se ha abierto la puerta. Está... Las cosas se van a descongelar, empújala, empújala bien hasta que... De acuerdo, es lamentable. Suponiendo que haya ocurrido realmente, pero no lo sabemos. Tendremos que ir paso a paso hasta que sepamos qué demonios ocurre. De manera que vamos a dejarlo y, qué sé yo... hablarlo cuando..., en fin, cuando Jerome esté aquí y podamos hablar con conocimiento de causa, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo?

—Parad ya de discutir —se quejó Levi desde el otro extremo de la cocina, y lo repitió en voz más alta.

—Cariño, no discutimos —dijo su madre, y dobló el cuerpo por las caderas, inclinó la cabeza y se quitó su turbante color fuego.

Llevaba el cabello recogido en dos gruesas trenzas, como los cuernos de un carnero, que, estiradas, le llegaban por debajo de la cintura. Sin mirar, se ajustó la tela a la nuca, echó la cabeza atrás y la envolvió con dos vueltas de la tela, atándola más prieta. El conjunto había subido un par de centímetros. Con esta imagen, recompuesta y más autoritaria, se apoyó en la mesa de cara a sus hijos.

—Está bien, se acabó la función. Zoor, tiene que haber unos dólares en el bote que hay al lado del cactus. Dáselos a Levi. Si no hay nada, préstaselos y yo te los pagaré. Este mes voy un poco justa. Venga, id a aprender. Lo que sea. Cualquier cosa.

Minutos después, cuando la puerta se cerró tras sus hijos, Kiki miró a su marido con una cara que era toda una tesis, de la que sólo él conocía cada línea y referencia. Howard sonrió para distender el ambiente. A cambio no recibió nada en absoluto. Dejó de sonreír. Si había pelea, ni el más estúpido apostaría por él. Kiki —a la que un día, hacía veintiocho años, Howard se había cargado a la espalda como si fuera una fina alfombra sobre la que fuera a tenderse por primera vez en su primera casa— pesaba ahora sus buenos ciento veinte kilos y parecía veinte años más joven que él. Su cutis poseía la proverbial tersura étnica, acentuada por el aumento de peso. A sus cincuenta y dos años, su cara era de muchacha. Una muchacha hermosa y recia.

Cruzó la habitación y, al pasar junto a Howard, lo rozó de refilón con tal ímpetu que lo proyectó a una mecedora adyacente. De nuevo frente a la mesa de la cocina, empezó a meter rápidamente en un bolso cosas que no necesitaba llevarse al trabajo. Hablaba sin mirarlo.

—¿Sabes qué es lo más curioso? Que alguien pueda ser profesor de una cosa y ser intensamente estúpido en todas las demás. Consulta el ABC de cómo ser padres, Howie, y verás que si sigues por ahí conseguirás que pase lo contrario, exactamente lo contrario, de lo que tú quieres que pase. Exactamente lo contrario.

—Es que siempre pasa lo contrario de lo que yo quiero que pase —dijo él meciéndose.

Su mujer interrumpió lo que estaba haciendo.

—Justo. Porque tú nunca consigues lo que quieres. Tu vida es una orgía de frustraciones.

Alusión a un conflicto reciente. Invitación a dar patadas a una puerta de la mansión de su matrimonio, que conducía a la antesala del desengaño. Invitación declinada. Kiki acometió la cotidiana peripecia de situar la pequeña mochila en medio de su vasta espalda.

Howard se levantó y se ciñó el albornoz decentemente.

—¿Tenemos por lo menos su dirección? ¿Las señas de su casa?

Kiki se oprimió las sienes como una adivina de feria. Habló despacio. A pesar de que la pose era sarcástica, ella tenía los ojos húmedos.

—Deseo comprender qué crees tú que te hemos hecho nosotros. Tu familia. ¿Qué hemos hecho? ¿Te hemos privado de algo?

Howard suspiró y miró hacia otro lado.

—De todos modos, el martes doy una conferencia en Cambridge. Puedo adelantar el viaje a Londres un día, aunque sólo sea...

Kiki dio una palmada en la mesa.

—¡Ay, Dios! No estamos en mil novecientos diez. Jerome puede casarse con quien le dé la gana, ¿o tenemos que darle tarjetas de visita y decirle que sólo trate a las hijas de aquellos profesores que por casualidad a ti te...?

—¿No podría estar la dirección en la agenda de piel verde?

Ahora ella parpadeó sorbiéndose las lágrimas.

—No sé dónde podría estar la dirección —respondió, imitando el acento de su marido—. Búscala tú. Quizá esté sepultada debajo de toda la mierda que hay en tu condenada madriguera.

—Muchas gracias —dijo Howard, e inició el viaje de vuelta a su estudio, escaleras arriba.

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3

La residencia Belsey, un edificio granate estilo Nueva Inglaterra, se compone de cuatro plantas que crujen. La fecha de construcción (1865) está inscrita en cerámica verde encima de la entrada. Los vidrios de las ventanas, también verdes, esparcen la ilusión de un prado en el parquet cuando les da el sol. Estas vidrieras no son las originales, sino copias; las primitivas, demasiado valiosas para estar en unas ventanas, se guardan en el sótano, en una caja fuerte y cubiertas por un buen seguro. Una parte considerable del valor de la casa Belsey corresponde a unas ventanas que no se abren y por las que no se mira. La claraboya del tejado sí es la original, y su vidriera arlequinada proyecta un disco de luz multicolor en distintos puntos del último rellano, a medida que el sol pasa sobre Norteamérica, y cuando cruzas por allí te tiñe de rosa una camisa blanca o de azul una corbata amarilla. Cuando, a media mañana, la mancha llega al suelo, una superstición familiar impide pisarla. Diez años atrás, podías encontrarte con niños que forcejeaban para arrojarse mutuamente a su órbita. Aun ahora, ya mayores, siguen sorteándola al subir y bajar la escalera.

Ésta, por su parte, es una empinada espiral. Para que te distraigas mientras vas dando vueltas, en las paredes se ha montado una exposición fotográfica de la familia Belsey. Primero vienen los niños, en blanco y negro: gorditos, mofletudos y con una aureola de rizos. Siempre parecen a punto de rodar hacia el espectador o uno encima de otro, doblando sus piernecitas de salchicha. Jerome, enfurruñado, con la pequeña Zora en brazos, preguntándose qué será eso. Zora, acunando un diminuto y arrugadito Levi, con la mirada alocada y ávida de una robaniños de hospital. Siguen fotos de colegio, graduaciones, piscinas, restaurantes, parques y vacaciones, que reflejan el desarrollo físico y los rasgos de carácter. Después de los niños vienen cuatro generaciones de los Simmonds de la línea materna. Estas fotos siguen un orden deliberado, de triunfos: la tatarabuela de Kiki, esclava de casa; la bisabuela, criada; la abuela, enfermera. Fue la enfermera Lily quien heredó esta casa de un benévolo médico blanco con el que había trabajado durante veinte años, allá en Florida. Una herencia de esta magnitud, en América, cambia la vida de toda una familia: la sitúa en la clase media. Y el número 83 de Langham es una bonita casa de clase media, incluso más grande de lo que parece vista desde fuera. Tiene incluso una pequeña piscina detrás, aunque fría y mellada, como una sonrisa británica. En realidad, parte de la casa está un poco ajada, pero eso le da buen tono. No tiene nada nouveau riche y está ennoblecida por lo mucho que ha hecho por esta familia. Su arriendo sirvió para pagar los estudios de la madre de Kiki (auxiliar judicial, fallecida la primavera anterior) y de la propia Kiki. Durante muchos años fue el capital de la familia y su lugar de vacaciones: a ella solían venir de Florida en septiembre, para ver los colores del otoño. Cuando sus hijos crecieron y su marido, el pastor, murió, Claudia Simmonds, la suegra de Howard, se mudó a la casa y en ella vivió felizmente, alquilando habitaciones a estudiantes. Durante muchos años, Howard ambicionó esta casa. Claudia, consciente de sus deseos, no hacía nada por satisfacerlos. Sabía que era la casa perfecta para Howard: grande, hermosa y muy cerca de una universidad medianamente decente que quizá lo contratara. La señora Simmonds gozaba —o eso creía Howard— haciéndolo esperar. Ella transitaba felizmente por la setentena sin graves problemas de salud. Mientras tanto, Howard remolcaba a su joven familia por los alrededores de varios centros de enseñanza de segunda fila: seis años en el norte del estado de Nueva York, once en Londres, uno en las afueras de París. Hasta diez años atrás no cedió Claudia, que al fin dejó la casa para trasladarse a una comunidad de jubilados en Florida. De esta época databa la foto de prensa de la propia Kiki, empleada administrativa de hospital y heredera de la casa número 83 de Langham Drive. En la foto, Kiki, toda dientes y pelo, está recibiendo un premio estatal por servicios prestados a la comunidad. Un osado brazo blanco ciñe lo que en aquel tiempo era una cintura esbelta, enfundada en tela tejana: el brazo, amputado a la altura del codo, es de Howard.

Cuando la gente se casa, suele entablarse una batalla para determinar cuál de las dos familias —la del marido o la de la esposa— predominará en la descendencia. Howard ha perdido la batalla, y con alegría. Los Belsey —mezquinos, tacaños y chinchosos— no son una estirpe por la que uno desee luchar. Y como Howard se rindió de buen grado, a Kiki le fue fácil ser magnánima. Así pues, aquí, en el primer rellano, tenemos una representación a gran tamaño de uno de los Belsey ingleses, un retrato al carbón de Harold, el padre de Howard, tocado con su gorra, colgado lo más arriba posible, dentro de lo correcto. Tiene la mirada baja, como si le disgustara el exotismo que Howard ha introducido en el linaje de los Belsey. El propio Howard se sorprendió al encontrar el retrato —sin duda, la única obra de arte que poseía la familia Belsey— entre los modestos efectos de los que tomó posesión a la muerte de su madre. En años sucesivos, el retrato ascendió de categoría, al igual que el propio Howard. Muchas amistades de los Belsey, americanos cultos y elegantes, dicen admirarlo. Consideran que posee «clase y misterio» y evoca el «carácter inglés» de un modo enigmático. Kiki opina que el retrato es algo que sus hijos apreciarán cuando sean mayores, sin pensar que sus hijos ya son mayores y no lo aprecian. El propio Howard lo detesta, como detesta toda la pintura figurativa... y como detesta a su padre.

A Harold Belsey le sigue un jovial desfile de Howard, en sus encarnaciones años setenta, ochenta y noventa. Con el tiempo, la indumentaria cambia pero el físico apenas se altera. Los dientes —caso único en su familia— son rectos y de tamaño regular; el labio inferior es belfo, lo que compensa la falta del superior; las orejas no se hacen notar, que es lo máximo que se puede pedir a unas orejas. No tiene mentón, pero los ojos son muy grandes y muy verdes. La nariz es atractiva, fina y aristocrática. Al lado de otros hombres de su edad y clase, tiene dos grandes ventajas: el pelo y el peso, que han cambiado poco con los años. En especial, el pelo, espeso y sano. Un mechón gris arranca de la sien derecha. Este otoño decidió peinarse hacia delante, lo cual no hacía desde 1967, y fue un éxito. La gran foto en la que aparece asomando la cabeza por encima de las de los otros miembros de la Facultad de Humanidades, formados en torno a Nelson Mandela, atestigua que él es el que tiene más pelo de todos. Las fotos de Howard se multiplican a medida que nos acercamos a la planta baja: Howard con bermudas, enseñando unas rodillas blanquitas y finas como la cera; Howard con académica americana de tweed, debajo de un árbol que tamiza la luz de Massachusetts; Howard en una gran sala, recién nombrado profesor de Estética por Empson; con gorra de béisbol, señalando la casa de Emily Dickinson; con boina, sin motivo; con mono de color chillón, en Eatonville, Florida. A su lado está Kiki, que se protege los ojos del sol, de Howard o de la cámara.

Ahora Howard se paró en el segundo rellano para llamar por teléfono. Quería hablar con el doctor Erskine Jegede, profesor de Literatura Africana por Soyinka y subdirector del departamento de Estudios Negros. Dejó la maleta en el suelo y se puso el billete de avión en el bolsillo interior. Marcó y esperó mientras el teléfono sonaba y sonaba, lamentando que su buen amigo tuviera que revolver en la cartera, pedir disculpas a los otros lectores y salir de la biblioteca al frío exterior.

—¿Hola?

—¿Diga, quién llama? Estoy en la biblioteca.

—Ersk, soy Howard. Perdona, perdona... debí llamarte antes.

—¿Howard? ¿No estás arriba?

Normalmente sí. Leyendo en su querido cubículo 187 del último piso de la biblioteca Greenman de la Universidad de Wellington. Como todos los sábados, desde hacía años, salvo enfermedad o ventisca. Leía toda la mañana y a la hora del almuerzo se reunía con Erskine en el vestíbulo, delante de los ascensores. Erskine solía asir a Howard por los hombros, fraternalmente, mientras iban hacia la cafetería de la biblioteca. Formaban una pareja cómica. Erskine era palmo y medio más bajo, tenía una calva reluciente como el ébano y el pecho robusto de los hombres de poca talla, que recordaba el de un ave que ahueca las plumas. A Erskine nunca se lo veía sin traje completo (Howard llevaba diferentes versiones del mismo pantalón vaquero negro desde hacía diez años) y completaban su estampa de ejecutivo una barbita entrecana, puntiaguda como la de un aristócrata ruso, con bigote a juego, y una constelación de lunares tridimensionales en la cara. Durante aquellos almuerzos, estaba siempre espléndidamente insidioso y cáustico al hablar de los colegas, los cuales, por cierto, nunca lo sospecharían: aquellos lunares hacían una increíble labor diplomática en favor de Erskine. Más de una vez, Howard había deseado poder mostrar al mundo un rostro tan benévolo. Después del almuerzo, ambos se despedían, muy a su pesar, y regresaban cada uno a su cubículo hasta la hora de la cena. Para Howard esta rutina del sábado tenía un gran aliciente.

—Ah, sí que lo siento —dijo Erskine al oír la noticia por boca de Howard, sentimiento que se refería no sólo a la situación de Jerome sino también a la circunstancia de que ambos se verían privados de su mutua compañía. Y añadió—: Pobre Jerome. Es un buen chico. Seguramente trata de demostrar algo. —Hizo una pausa—. No estoy seguro de lo que pueda ser.

—¡Pero Monty Kipps! —repitió Howard con desesperación. Sabía que de labios de Erskine oiría lo que necesitaba oír. Por algo eran amigos.

Erskine lanzó un silbido de conmiseración.

—Ay, Dios, Howard, no digas más. Aún recuerdo los disturbios de Brixton, en el ochenta y uno. Yo era corresponsal de la BBC y estaba tratando de hablar del contexto, de la penuria, etcétera —a Howard le encantó la musical entonación nigeriana del «etcétera»—, cuando el chalado de Monty, sentado frente a mí con su corbata del club de cricket de Trinidad, dijo: «El hombre de color debe mirar por su hogar, el hombre de color debe asumir su responsabilidad.» ¡El hombre de color! ¡Y todavía dice «de color»! Por cada paso adelante que dábamos, Monty nos hacía retroceder dos. Ese hombre da pena. Mira, en el fondo lo compadezco. Lleva demasiado tiempo en Inglaterra. Eso lo ha vuelto raro.

Howard callaba. Estaba buscando el pasaporte en el maletín del ordenador. Se sentía exhausto ante la perspectiva del viaje y la batalla que lo aguardaba a la llegada.

—Y su trabajo va de mal en peor. En mi opinión, el libro sobre Rembrandt es chabacano —añadió Erskine amablemente.

Howard comprendía que era indigno inducir a Erskine a adoptar actitudes tan injustas como ésa. Monty era un mierda, desde luego, pero no un imbécil. En opinión de Howard, el libro de Monty sobre Rembrandt era retrógrado, perverso, de un esencialismo indignante, pero no era chabacano ni estúpido. Era bueno. Detallado y meticuloso. Además, tenía la gran ventaja de estar encuadernado en tapa dura y haber sido distribuido por todo el mundo de habla inglesa, mientras que el libro de Howard sobre el mismo tema estaba sin terminar y las hojas, esparcidas por el suelo al pie de la impresora, como si la máquina las hubiera escupido con repugnancia.

—¿Howard?

—Sí, aquí estoy. Pero tengo que irme ya. He pedido un taxi.

—Ten cuidado, amigo. Jerome está sólo... En fin, cuando llegues seguramente verás que no ha sido más que una tormenta en un vaso de agua.

A seis peldaños de la planta baja, Howard se encontró frente a Levi y, de nuevo, se sorprendió al verle la media en la cabeza. Debajo del original tocado, lo contemplaba aquella cara extrañamente leonina y de mentón varonil, al que hacía dos años le crecía una pelusa que no acababa de establecerse decididamente como barba. Iba desnudo de cintura para arriba y descalzo. El torso, esbelto y recién afeitado, le olía a manteca de cacao. Howard extendió los brazos, cerrando el paso.

—¿Qué hay? —preguntó su hijo.

—Nada. Me marcho.

—¿Con quién hablabas?

—Con Erskine.

—¿Te marchas de verdad?

—Sí.

—¿Ya?

—¿Qué es esto? —preguntó Howard, dando la vuelta al interrogatorio y tocando la cabeza de Levi—. ¿Es algo político?

Levi se frotó los ojos. Echó los brazos atrás, se asió las manos y arqueó la espalda ensanchando el pecho.

—De eso nada. Es lo que es —dijo, sentencioso como un duende.

—O sea —empezó Howard, buscando la traducción—, algo puramente estético. Para adorno.

—Más o menos. —Levi se encogió de hombros—. Sólo lo que es, una cosa que me pongo, ya sabes. Para tener la cabeza caliente. Es práctico y mola.

—Sí que le da a tu cráneo un aspecto... liso. Suave. Como una alubia.

Howard oprimió cariñosamente los hombros de su hijo y lo atrajo hacia sí.

—¿Hoy vas a trabajar? ¿Te lo dejan llevar en esa... qué es, tienda de discos?

—Pues claro... Pero ya te he dicho que no es una tienda de discos, es un megastore. Siete pisos... —dijo Levi a media voz, rozando con los labios el pecho de Howard a través de la camisa. Luego, con unas palmadas de gorila, se apartó de su padre—. ¿Así que te vas o qué? ¿Qué piensas decirle a J? ¿Con quién vuelas?

—No sé, no estoy seguro. Air Miles... Alguien del despacho hizo la reserva. Escucha... sólo voy a hablar con él, a dialogar como personas razonables.

—Jo, tío... —Levi chasqueó la lengua—. Kiki está que muerde. Y yo le doy la razón. Pienso que no deberías meterte. Jerome no va a casarse con nadie. Si no se encuentra el pito ni buscando con las dos manos.

Howard, aunque obligado a censurar el diagnóstico, en el fondo estaba de acuerdo. La prolongada virginidad de Jerome (la cual, suponía Howard, ya habría finalizado) denotaba, en opinión de Howard, una relación ambigua con la tierra y sus habitantes que le costaba trabajo aprobar y comprender. En cierta manera, Jerome no acababa de asumir su cuerpo, y esto ponía nervioso a su padre. Por lo menos, este asunto de Londres podría disipar aquel tufillo de superioridad moral que había envuelto a Jerome durante la adolescencia.

—Así que una persona va a cometer un error —dijo Howard, tratando de dar más amplitud a la conversación—, un error terrible, ¿y tú quieres que no me meta?

Levi estudió el planteamiento.

—Bueno... aunque se case, no entiendo por qué ahora, de repente, el matrimonio es algo tan malo. Estando casado, por lo menos podrá comerse una rosca... —Una fuerte carcajada hundió el estómago de Levi, que se arrugó más como una camisa que como un cuerpo—. Ahora mismo, ya sabes que no moja ni por error...

—Levi, eso no es... —empezó Howard, pero mentalmente vio la figura de Jerome: el desigual peinado afro, la expresión cariñosa y vulnerable, las caderas femeninas, el vaquero siempre muy alto de cintura, la crucecita de oro al cuello... en suma: la inocencia personificada.

—¿Qué? ¿No es verdad lo que digo? Sabes que sí, tío. ¡Si ya te estás riendo!

—No se trata del matrimonio per se —repuso Howard secamente—. Es algo más complicado. El padre de la chica es... no es lo que esta familia necesita, digámoslo así.

—Ya, bueno... —dijo Levi mientras daba la vuelta a la corbata de su padre, para que el derecho quedara del derecho—. Pero no veo por qué tiene que preocuparnos.

—Nosotros no queremos que Jerome cometa un disparate.

—¿Nosotros? —repitió Levi, alzando una ceja con pericia, don heredado de su madre.

—Oye, ¿necesitas dinero o algo? —le ofreció Howard. Sacó del bolsillo dos billetes de veinte dólares, arrugados como bolas de papel de seda. Después de tantos años, aún no lograba tomar en serio la moneda americana, con aquel verde sucio y aquel tacto áspero. Los remetió en el bolsillo del caído vaquero de Levi.

—Muuchas gracias, paa... —dijo el chico, imitando el acento de la tierra sureña de su madre.

—No sé a cuánto te pagan la hora en ese sitio...

Levi suspiró tristemente.

—Muy poquito, compa... Muy poquito.

—¿Por qué no me dejas que vaya a hablar con ellos para...?

—¡No!

Howard suponía que su hijo se avergonzaba de él. La vergüenza parecía ser el legado de los hombres Belsey. ¡Qué espantoso le parecía a él, a esa edad, su propio padre! ¡Cómo deseaba tener por padre a alguien que no fuera carnicero, alguien que usara el cerebro en su trabajo, en lugar de cuchillos y balanzas, alguien parecido al hombre que Howard era hoy! Tú cambias, pero los hijos también cambian. ¿Preferiría Levi un carnicero?

—Bueno, me refiero a que puedo arreglármelas solo —dijo Levi, corrigiendo burdamente su primera reacción—. No te preocupes.

—Comprendo. ¿Tu madre ha dejado algún mensaje o...?

—¿Mensaje? Ni la he visto. Ni idea de dónde está. Se ha ido temprano.

—Ya. ¿Y tú qué? ¿Algún mensaje para tu hermano, quizá?

—Sí... Dile... —Sonrió, se volvió de espaldas a Howard y agarrándose con una mano a cada lado de la barandilla, levantó las piernas hasta ponerlas en paralelo con el pecho, como un gimnasta—. Dile: «No soy más que otro negro atrapado en el torbellino, que trata de convertir quince centavos en un dólar.»

—Está bien. Es suficiente.

Sonó el timbre de la puerta. Howard bajó un peldaño, dio un beso en la cabeza a su hijo, pasó por debajo de uno de sus brazos y fue a la puerta. Al otro lado sonreía una cara familiar, lívida de frío. Howard levantó un dedo en señal de saludo. Era Pierre, un haitiano de los muchos llegados de aquella problemática isla, que había encontrado ocupación en Nueva Inglaterra gracias, en parte, a la aversión de Howard a conducir un coche.

—Eh, ¿dónde está Zoor? —gritó Howard volviéndose hacia Levi desde el umbral.

Levi se encogió de hombros.

—Nidea. —Sucinta contracción que era su más frecuente respuesta a cualquier pregunta—. ¿Nadando?

—¿Con este tiempo? ¡Joder!

—Piscina interior. Evidente.

—¿Le dirás adiós de mi parte? Vuelvo el miércoles. No, el jueves.

—Vale, pa... Cuídate.

En la radio del taxi, unos hombres se gritaban en un francés que, según le pareció a Howard, no era realmente francés.

—Al aeropuerto, por favor —dijo forzando la voz para hacerse oír.

—Vale, sí. Hay que ir despacio. Las calles están muy mal.

—De acuerdo, pero no demasiado despacio.

—¿Terminal?

El acento era tan cerrado que a Howard le pareció oír el título de la novela de Zola.

—¿Cómo?

—¿Sabe la terminal?

—Oh... Pues no... Ahora lo miro, tiene que ponerlo en algún sitio... No se apure, usted conduzca. Ya lo encontraré.

—Siempre volando, ¿eh? —dijo Pierre, sonriendo melancólicamente por el retrovisor. A Howard le chocó la anchura de la nariz que separaba ambos lados de la afable cara del taxista.

—Siempre de un lado a otro, sí —asintió Howard con jovialidad.

De todos modos, a él no le parecía que viajara tanto, aunque cuando lo hacía siempre era para ir más lejos de lo que deseaba. Volvió a pensar en su padre: comparado con él, Howard era Phileas Fogg. En aquel entonces, viajar le parecía el ideal. Uno soñaba con una vida que le permitiera viajar. Howard contempló por la ventanilla una farola hundida en la nieve, a la que estaban encadenadas dos bicicletas congeladas de las que sólo asomaba el manillar. Trató de imaginarse a sí mismo despertando esa mañana, sacando la bicicleta de la nieve y dirigiéndose montado en ella a un trabajo normal, como los que habían hecho generaciones de Belsey, y descubrió que no podía. Esto lo hizo pensar un momento: ¿ya no era capaz de valorar los privilegios de su vida?

Al regresar a casa y antes de dirigirse a su estudio, Kiki aprovechó la ocasión para asomarse al de Howard. Estaba a media luz, con las cortinas echadas. Se había dejado el ordenador encendido. Cuando se marchaba, oyó que la máquina despertaba con esa especie de hipo electrónico que tienen estos artefactos cada pocos minutos cuando no los tocas, como si se sintieran desatendidos y nos recriminasen nuestro abandono. Kiki se acercó y pulsó una tecla. Apareció la pantalla. Un e-mail en la bandeja de entrada. Suponiendo acertadamente que era de Jerome (Howard sólo recibía correo de su ayudante Smith J. Miller, de Jerome, de Erskine Jegede, de varios periódicos y revistas y de nadie más), lo abrió.

 

Para: HowardBelsey@fas.Wellington.edu

De: Jeromeabroad@easymail.com

Fecha: 21 de noviembre

Asunto: LÉELO POR FAVOR

 

Papá: Error. No debí decir nada. Todo ha terminado, si es que llegó a empezar. Por favor, por favor, por favor, no se lo digas a nadie. Olvídalo. ¡He hecho el ridículo! Sólo quiero enroscarme en un rincón y morirme.

Jerome

Kiki exhaló un gemido de ansiedad, luego un juramento y finalmente dio dos vueltas sobre sí misma, retorciéndose la bufanda con dedos agarrotados, hasta que su cuerpo conectó con su pensamiento y se apaciguó, porque nada se podía hacer. Howard ya estaría buscando la manera de acomodar las rodillas en el microespacio entre los asientos del avión y torturándose con la duda de qué libros sacar de la bolsa antes de guardarla en el compartimento superior: ya era tarde para detenerlo, no había manera de ponerse en contacto con él. Howard tenía horror a los cancerígenos: leía los envases de los alimentos para asegurarse de que no contenían dietilstilbestrol, detestaba los microondas y nunca había tenido móvil.

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4

Por lo que a la meteorología se refiere, los habitantes de Nueva Inglaterra son unos ilusos. Durante sus diez años de residencia en la costa este, Howard había perdido la cuenta de las veces que, al oír su acento británico, algún indocumentado de Massachusetts le había dicho con una mirada de conmiseración: «Mucho frío por allá, ¿eh?» La reacción de Howard venía a ser: «Mira, vamos a poner los puntos sobre las íes: Inglaterra no es mucho más cálida que Nueva Inglaterra en julio y agosto, cierto. Probablemente en junio tampoco. Pero es más cálida en octubre, noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo, abril y mayo, es decir, en todos los meses en que se agradece el calor. En Inglaterra la nieve no te atasca el buzón. Casi nunca ves tiritar a una ardilla ni tienes que agarrar la pala para desenterrar el cubo de la basura. Ello se debe a que en Inglaterra nunca hace mucho frío. Llovizna, hace viento, a veces graniza, y en enero hay algún que otro martes en el que van pasando las horas y la luz no acaba de llegar, y el aire está lleno de humedad y nadie soporta a nadie, pero, a pesar de todo, un buen jersey y un chaquetón impermeable con forro de lana son suficientes para soportar cualquier inclemencia que pueda depararte Inglaterra.» Howard lo sabía y, por lo tanto, su indumentaria era la apropiada para un noviembre inglés: el traje «bueno» y una gabardina. Ahora contemplaba con autosuficiencia a la mujer de Boston que iba sentada frente a él en el tren que los llevaba de Heathrow a la ciudad, sudando a mares dentro de su abrigo recauchutado.

En Paddington se abrieron las puertas y Howard salió a la cálida neblina de la estación. Hizo una bola con la bufanda y se la metió en el bolsillo. Él no era un turista y por tanto no miró en derredor el augusto y espacioso interior ni al techo de invernadero con dibujos hechos a base de vidrio y acero. Salió directamente a la calle, a fumar. Se agradecía la ausencia de nieve. ¡Poder sostener un cigarrillo sin los guantes, llevar toda la cara al aire! Howard no solía conmoverse ante el perfil urbano de Inglaterra, pero ese día sólo con ver un roble y un bloque de oficinas recortándose en un cielo azulado, sin intromisión de la franja blanca, tuvo la sensación de encontrarse ante un paisaje esplendoroso. Se apoyó contra una columna, reposando en un estrecho corredor de sol. Desfilaban los taxis negros. Los pasajeros decían adónde iban y recibían generosa ayuda para cargar el equipaje en la parte de atrás. Lo sorprendió oír dos veces en cinco minutos el destino de «Dalston». Allí había nacido Howard, y entonces Dalston era un barrio miserable del East End, lleno de gente miserable, como su propia familia que le amargaba la vida. Al parecer, ahora era un lugar donde vivían personas perfectamente normales. Una rubia con un abrigo largo color azul empolvado, que llevaba un ordenador portátil en una mano y una planta en la otra, un muchacho asiático, con un traje barato y reluciente que reflejaba la luz como metal batido: imposible imaginar a esa gente habitando el East End londinense de sus primeros recuerdos. Howard tiró la colilla y la empujó con el pie a la alcantarilla. Volvió atrás y cruzó la estación, acoplándose al paso de una riada de viajeros de cercanías y dejándose empujar escaleras abajo hasta el metro. En un vagón sin asientos, y comprimido contra un lector pertinaz, procurando impedir que las tapas del libro se le incrustaran en la barbilla, Howard pensaba en su misión. En las cuestiones básicas no había adelantado nada: qué decir, cómo decirlo y a quién. Para él, todo el asunto estaba ensombrecido y contaminado por el mortificante recuerdo de las dos frases siguientes:

Aun haciendo abstracción de la extrema pobreza de los argumentos aducidos, éstos serían mucho más convincentes si Belsey supiera a qué cuadro me refería. En su carta, él dirige su ataque al Autorretrato de 1629 expuesto en Múnich. Desgraciadamente para él, en mi artículo yo dejo bien claro que el cuadro al que me refiero es el Autorretrato con cuello de encaje del mismo año, que está expuesto en La Haya.

Frases de Monty Kipps. Tres meses después, aún resonaban, herían y a veces hasta asfixiaban a Howard, que al pensar en ellas encorvaba los hombros como si alguien le hubiera cargado a la espalda una mochila llena de piedras. Se apeó en Baker Street y cruzó el andén en busca de la línea Jubilee, dirección norte, donde encontrar un tren esperando mitigó su mal humor. Desde luego, en los dos autorretratos Rembrandt lleva un maldito cuello blanco y los dos rostros emergen entre sombras lúgubres y ominosas, con una expresión temerosa y adolescente. De todos modos, lo cierto era que a Howard le había pasado por alto la posición de la cabeza que Monty describía en su artículo. Por entonces estaba atravesando un momento difícil en su vida personal y había bajado la guardia. Monty vio su oportunidad y la aprovechó. Lo mismo habría hecho Howard. Conseguir, con un único movimiento, ridiculizar y abochornar al colega (como el chico que baja el calzón al amigo delante del equipo contrario) es uno de los más puros placeres del académico. No importa que no hayas hecho nada para merecerlo; basta con que te expongas a ello. ¡Pero qué batacazo! Hacía quince años que estos dos hombres se movían en los mismos círculos, pasaban por las mismas universidades, colaboraban en las mismas publicaciones y, a veces, compartían mesa —aunque nunca opiniones— en los coloquios. A Howard siempre le había desagradado Monty, como a cualquier liberal sensato tenía que desagradarle un hombre que había dedicado su vida a la perversa política de la iconoclastia de derechas, pero no lo había odiado hasta que, tres años atrás, se enteró de que también Kipps escribía un libro sobre Rembrandt. Un libro que, ya antes de que se publicara, Howard sabía que sería tremendamente popular (y populista), una especie de ladrillo destinado a plantarse en el primer puesto de la lista de éxitos del New York Times y quedarse allí durante seis meses, aplastando a todos los que estaban debajo. Fue la idea de ese libro y de su probable fortuna (frente al inacabado manuscrito del propio Howard que, en el mejor de los casos, sólo llegaría a las estanterías de un millar de estudiantes de Historia del Arte) lo que lo indujo a escribir aquella terrible carta. Delante de toda la comunidad académica, Howard había agarrado una cuerda y se había ahorcado.

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