38 el superhombre de masas uno de los motivos del éxito de Love Story radique precisamente en la frase con la que da comienzo el libro: «¿Qué puede decirse de una chica muerta a los veinticinco años?».
Según la estilística de la intriga, la aparición de la enfermedad debería caer como un lance imprevisto que cambia el color emocional de los acontecimientos anteriores, convirtiendo el idilio en drama y enfocando bajo una luz problemática todo lo que había venido contándose hasta ese momento.
Por el contrario, avisar desde un principio al lector de que se dispone a asistir a las peripecias sentimentales, aparentemente alegres, de dos jóvenes marcados por un trágico destino, favorece la aceptación del shock final, poniéndolo bajo el signo de la necesidad y privándole de toda capacidad de provocación; ayuda además al lector a saborear de antemano, página tras página, el giro que, según se ha dicho, van a tomar los acontecimientos. De nuevo estamos ante un suicidio narrativo, aunque, eso sí, dicho suicidio obedece a unas necesidades de carácter estrictamente consolatorio: en vez de la tragedia del absurdo que podía ser, el libro se convierte en una elegía de la resignación. En la novela popular de todas las épocas la realidad viene siempre dada: o se la modifica periféricamente o se la acepta sin más; lo que no puede hacerse nunca es darle la vuelta.
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EUGÈNE SUE: EL SOCIALISMO Y EL CONSUELO
4.1. Je suis socialiste
Eugène Sue comienza la publicación por entregas de Los misterios de París el 19 de junio de 1842. Hace apenas un año salía de la casa de un obrero, al que había conocido esa misma noche, gritando: «¡Je suis socialiste!». Sabe que está escribiendo una gran novela popular, pero su tesis es todavía demasiado genérica. Probablemente haya quedado fascinado por la exploración de los bajos fondos de la capital que —para documentarse mejor— está efectuando no solo en las páginas de su libro, sino también en la vida real. Le falta, sin embargo, todavía una idea precisa de qué es lo que está a punto de desencadenar. Habla del «pueblo», pero el pueblo aún es una realidad extraña para el escritor aposentado que es, para el dandy profesional que se ha zampado el patrimonio familiar despilfarrándolo en coches fastuosos y en gestos grandilocuentes de esteta maldito.
Solo cuando el novelista se pone a describir la buhardilla de los Morel, la familia del tallista de piedras preciosas, honrado e infeliz, con una hija seducida y preñada por el pérfido notario Jacques Ferrand, que para colmo la acusa de infanticidio, con otra hija de cuatro años muerta de privación en un jergón de paja, los demás hijos carcomidos por el frío y el hambre, la esposa moribunda, la suegra loca y babeante que
40 el superhombre de masas pierde los diamantes que le habían sido confiados, los alguaciles a la puerta de su casa dispuestos a arrojarlo a la cárcel..., pues bien, solo entonces es cuando Sue averigua cuál es la fuerza que tiene su pluma. Entre los centenares de cartas que le llegan, rodeado de damas que, ebrias de pasión, le abren la puerta de su alcoba, de proletarios que lo proclaman apóstol de los pobres, literatos de fama que se honran con su amistad, editores que se lo disputan enarbolando contratos en blanco, el periódico fourierista La Phalange que lo glorifica como al hombre que ha sabido denunciar la realidad de la miseria y de la opresión, obreros, campesinos, grisettes de París que se reconocen en sus páginas, la publicación de un Diccionario del argot moderno, obra indispensable para la comprensión de Los misterios de París, del señor Eugène Sue, seguido de un compendio fisiológico de las cárceles de París, historia de una joven presa de Saint-Lazare relatada por ella misma, y dos canciones inéditas de dos célebres reclusos de Sainte-Pélagie, los gabinetes de lectura que alquilan los ejemplares del Journal des Débats a razón de diez sueldos la media hora, los analfabetos que piden a los porteros eruditos que les lean los episodios de la novela, los enfermos que esperan al final de la historia para morirse, los ataques de cólera que le dan al presidente del gobierno cuando no sale el anhelado episodio, los juegos de la oca inspirados en los Misterios, las rosas del Jardín des Plantes bautizadas con los nombres de Rigolette y Fleur-de-Marie, las coplillas y canciones inspiradas en la Goualeuse y en el Chourineur, peticiones desesperadas, como por lo demás conoce ya y aún habrá de conocer la historia del folletín —«¡Haga volver de Argelia al Chourineur! ¡No deje que muera Fleur-deMarie!»—, el abate Damourette que funda un hospicio para huérfanos movido por la lectura de la novela, el conde Portalis que es nombrado presidente de una colonia agrícola creada siguiendo el modelo de la granja de Bouqueval descrita en la tercera parte de la obra, las condesas rusas que se eugène sue: el socialismo y el consuelo 41
aventuran a emprender larguísimos viajes para obtener una reliquia de su ídolo...: en medio de estas y otras delirantes manifestaciones de éxito, Eugène Sue alcanza la cima soñada por cualquier novelista, hace realidad aquello que Pirandello solo será capaz de imaginar: recibe del público dinero para socorrer a la familia Morel. Y un obrero cesante llamado Bazire le pide la dirección del príncipe de Gerolstein, para recurrir a ese ángel de los pobres y defensor de los indigentes.
A partir de ese momento, como veremos, Sue no escribe ya Los misterios de París; la propia novela se escribe sola, con la colaboración del público.
Todo lo que ocurra después es absolutamente normal, no puede dejar de suceder. El hecho de que el desgraciado señor Szeliga, crítico literario de la Allgemeine Literaturzeitung realice una serie de acrobacias dialécticas en correcta clave hegeliana sobre los personajes y las situaciones del libro, puede hacernos reír, como justamente hacía reír a Marx y Engels, pero desde luego se trataba de algo perfectamente normal. Tanto es así, que, como es sabido, Engels y Marx escribieron La sagrada familia usando prácticamente Los misterios de París como objeto polémico y como hilo conductor (es decir, los utilizaban no solo como documento ideológico, sino como obra capaz de suministrarles personajes «típicos»).
Es normal que, antes incluso de que acabe de publicarse el folletín, empiecen a aparecer las traducciones italianas, inglesas, rusas, alemanas y holandesas; que solo en Nueva York se vendan ochenta mil ejemplares en unos cuantos meses; que Paul Féval se lance a imitar la fórmula; que por todas partes aparezcan Misterios de Berlín, Misterios de Munich, y hasta Misterios de Bruselas; que Balzac se vea arrastrado por el furor popular a escribir los Misterios de provincia; que Hugo empiece a pensar en redactar sus Miserables; o que el propio Sue se vea obligado a realizar una
42 el superhombre de masas adaptación teatral de la obra deleitando al público parisino con siete horas consecutivas de angustias espectaculares.6
Y es normal porque Sue no escribió una obra de arte —como tendrá ocasión de notar el lector, cuando, por fascinado que esté, se vea obligado a avanzar por un montón de páginas cargadas de reflexiones virtuosas, sístole y diástole de una máquina saca-lágrimas que, en un afán desesperado y explícito de producir a toda costa efectos irresistibles, llega al límite de lo insoportable—; pues si solo hubiera escrito una obra de arte, la historia se habría percatado de ello, pero no desde luego sus contemporáneos, y menos de esa forma tan rápida, subitánea y unánime. Inventó, sin embargo, un mundo y lo pobló de personajes sanguíneos, vitales y emblemáticos a un tiempo, falsos y ejemplares —Dios sabrá por qué—, toda una selva, en fin, de máscaras inolvidables. Podemos hacernos una idea de lo que pudo ocurrirles a los lectores del folletín cuando nosotros mismos, por muy tentados que a veces nos sintamos a saltarnos unas cuantas páginas —sobre todo en la edición completa de la obra, y mucho cuidado con no leer la versión íntegra, pues precisamente la novela solo funciona en todo su cenagoso recargamiento—, cuando nosotros mismos, repito, nos vemos al final atrapa
6. Para estos y otros datos biográficos remitimos al extraordinario trabajo de Jean-Louis Bory, Eugène Sue roi du roman populaire Presentación Mystères Les plus belles pages gène Sue, Mercure de France, París, 1963. Devorado por un amor sin reservas hacia su autor, Bory es fiable en grado sumo para todo lo que se refiere a la vida de Sue y al panorama histórico en el que se inscribe el autor, mientras que da la sensación de ser más bien apologético en sus valoraciones críticas. En la biografía de Bory puede encontrarse una amplia bibliografía sobre Sue, a la cual remitimos al lector. Curiosamente, sin embargo, Bory (que da poca importancia a la crítica de Marx y Engels) ignora las de Poe y Belinski, de las que hablaremos más adelante (en efecto, su bibliografía es casi exclusivamente francesa).
eugène sue: el socialismo y el consuelo 43
dos en el juego, nos avergonzamos de ceder a la emoción ante las venganzas providenciales de Rodolphe, y, en fin, cuando en el rostro del Maestro de Escuela, comido por el vitriolo, en la risita del Esqueleto, en la mugrienta y lúbrica hipocresía de Jacques Ferrand, en la increíble maldad de la familia Martial, en la inocencia de Fleur-de-Marie, en la nobleza de Rodolphe y de madame d’Harville, en la melancolía de Saint-Rémy padre, en la honradez silvestre de la Louve, en la fidelidad de Murph, en la ciencia dedicada al mal de Polidori, en la sensualidad de Cecily, etcétera…, descubrimos unos arquetipos que de un modo u otro nos pertenecen; es posible que correspondan a la zona más débil y mistificada de nuestra sensibilidad, que nos hayan sido imbuidos a través de una educación en lo patético que precisamente tiene en Sue a uno de sus maestros y en miles y miles de novelas y películas de consumo sus canales de sugestión, pero lo que es innegable es que son nuestros. No hay nada que hacer; podemos rechazarlos, reprimirlos, iluminarlos con los focos de la razón y de la ironía, pero no habrá quien nos los arranque de las zonas más recónditas de nuestro ánimo. La lectura de Sue acaso sirva hoy día precisamente como reactivo para despertar y dejar al desnudo lo que de primitivo, de bovarista, dormita en nuestro interior. Nada de malo tiene que dicho reactivo surta efecto y haga aflorar todas esas historias y nostalgias; para que la novela se deje penetrar, el mecanismo de lo patético debe encontrarnos parcialmente predispuestos. Y debemos penetrar en ella no tanto —no solo, no necesariamente— para recrearnos en el gusto de la exhumación —que, en el mejor de los casos, se convierte en una diversión elemental, y bienvenida sea—, sino con el fin de comprender el libro en lo que vale hoy día y por la utilidad que pueda tener: por una parte, como documento de capital importancia que nos ilustra en lo tocante a ciertos elementos de la sensibilidad social decimonónica y sus raíces, y por otra, como clave que nos ayuda a entender
44 el superhombre de masas las estructuras de la narrativa de masas, o las relaciones existentes entre las condiciones del mercado, la actitud ideológica y la forma narrativa.
4.2. Del dandismo al socialismo
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¿Cómo llega Eugène Sue a Los misterios de París? No vamos a pretender ahora ofrecer una biografía de nuestro autor, limitándonos a este respecto a remitir al lector a otros textos mucho más amplios y mejor documentados. De lo que aquí se trata es de seguir a grandes rasgos la historia de una vocación, una vocación popular, o mejor aún populista, con todas las connotaciones que pueda comportar este calificativo.
Las líneas de esa evolución nos las proporciona el propio Sue cuando al término de su vida, exiliado en Annecy, proyecta la redacción de una especie de autobiografía siguiendo el desarrollo de sus opera omnia:
Hacía tiempo que se me había ocurrido la idea y estos son los motivos: empecé a escribir novelas de ambiente marinero porque había visto el mar; en esas primeras novelas (La Salamandre, Atar-Gull y La Vigie de Koat-Ven entre otras) hay una faceta política y filosófica radicalmente opuesta a mis convicciones posteriores a 1844 (Los misterios de París). Sería curioso descubrir a través de qué transformaciones, de qué vicisitudes de mi inteligencia, de mis estudios, de mis ideas, de mis gustos, de mis amistades (Schoelcher, Considérant, etc.) llegué, después de creer firmemente en la idea religiosa y absolutista encarnada en las obras de Bonald, de Maistre, o Lamennais (De l’indifférence en matière de religion), mis maestros de aquella época, llegué, repito, a través simplemente del aprendizaje de lo juseugène sue: el socialismo y el consuelo 45
to, de la verdad, del bien, a confesar directamente la república democrática y social... Acabaría para esa edición Les Mystères du Peuple. A esto vendría a añadirse lo que escribí para la escena, los folletos políticos y socialistas así como L’Histoire de la Marine, obra en la que empecé a comprender y a apreciar la monarquía en la figura de Luis XIV, arrebatando al Ministerio de Asuntos Exteriores la correspondencia de sus ministros, que ha supuesto para mí una desilusión absoluta, y desde entonces empecé a odiar la monarquía...7
Del legitimismo en el terreno de la política, del dandismo en la vida privada y pública, o del satanismo en estética, a la profesión de fe socialista —más aún, a dos concepciones del socialismo, pues, como veremos, entre Los misterios de París y Les mystères du peuple hay un cambio clarísimo—, e incluso la muerte en el exilio. Tal es la historia intelectual de Sue.
Eugène Sue nace en 1804 en el seno de una gran familia de médicos y cirujanos. Un abuelo suyo —como recordará en los Misterios— escribió en 1797 una memoria contra la guillotina; su padre será médico del hospital de la Casa Militar del Rey con Napoleón I, y Josefina de Beauharnais, esposa por entonces del primer cónsul, será la madrina de bautismo del pequeño Eugène. Este comienza su carrera de médico como auxiliar de cirugía de su padre, al que acompaña en la guerra de España, pero en 1826 se embarca como cirujano de marina en las naves de Su Majestad —estamos en plena Restauración—; combate —o ve cómo los combaten— en Navarino del lado de los griegos contra los turcos; regresa a París e inicia su colaboración con los periódicos de mayor tirada. Como buen dandi, empieza escribiendo para Le Monde, pero enseguida vendrán las novelas de éxito, que
7. Citado en A. Parménie y C. Bonnier de la Chapelle, Histoire d’un éditeur et de ses auteurs P J HetzelE S , pp. 370-371).
46 el superhombre de masas hacen de él una gloria literaria, disputado por las señoras «que cuentan», refinado y blasé, como se nos muestra en una carta dirigida a su amigo y admirador Balzac, en la que le da unos cuantos consejos sobre caballos y carruajes, le habla con nonchalance de ciertos amores que cultiva con bastante despego, lamenta la estupidez y la vacuidad del mundo parisino, en el que se ve obligado a exhibirse intentando causar sensación a toda costa y despilfarrando sumas ingentes de dinero. Será legitimista porque con Luis Felipe no es elegante ser liberal, y llegará incluso a producir un elogio del colonialismo y la exclavitud, al tiempo que se burla de los balarrasas que se fingen desterrados por motivos políticos, cuando en realidad lo que han hecho es salir huyendo de sus acreedores.
Por otra parte, los personajes de sus primeros libros, calcados sobre el modelo del héroe byroniano, del bello tenebroso, surcan los mares viviendo de la piratería, como Kernok, o haciendo de negreros, como Brúlart; llevan a cabo venganzas terribles, como el negro Atar-Gull; o matan las almas de sus congéneres, como el refinado seductor Szaffie de La Salamandre. Naturalmente la vida se encarga de recompensarlos y todos ellos acaban gozando de una vejez serena y honrada. El Mal, unido a la Belleza, sale triunfante. En definitiva sale triunfante el Estilo.
No puede decirse que salga triunfante el estilo en el terreno literario. Aclamados y glorificados, los trabajos del joven Sue nos hacen pensar más en las aventuras de Sandokan que en los personajes de Byron. Su forma de escribir es bastante elemental, aunque los argumentos exóticos le permitan realizar alguna que otra osadía en el terreno de la nomenclatura. Un estudio estadístico de la frecuencia de ciertos adjetivos clave, que volverán a aparecer profusamente en los Misterios —citemos tres de memoria: fameuse, blafard, opiniâtre—, nos ayudaría a entender mejor el destino de Sue como autor popular. En cualquier caso, y precisamente por tener esos deeugène sue: el socialismo y el consuelo 47
fectos, no le falta el sentido del efecto seguro, la capacidad de crear personajes que no se olvidan así como así. Es indudable que da vida a todo un universo, y si al principio lo prefigura en escenarios exóticos, en realidad lo que está haciendo es preparar el material para fabricar las máscaras de la comedia ciudadana y política que escribirá con Los misterios de París, con El judío errante o con Les mystères du peuple
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Su conversión al socialismo se produce, como hemos dicho, de una manera rapidísima. El 25 de mayo de 1841 Sue asiste a la representación del drama Les deux serruriers, de Félix Pyat, pieza que se desarrolla en una sórdida buhardilla. En escena aparece el proletariado más miserable y puro. Al término del espectáculo, Sue se muestra escéptico con su autor, pero Pyat le invita a meter el dedo en la llaga y comprobar lo que es la realidad. Irán a visitar a un obrero modelo, de esos que han leído buenos libros sobre las cuestiones sociales, a un socialista consciente, un auténtico tribuno, un protagonista de las futuras barricadas del 1948. Recibimiento limpio y honesto, mantel nuevo, espectáculo de una pobreza profunda, pero digna, preparación de una cena popular, consistente en un hervido exquisito: todo ello acompañado de las enseñanzas del anfitrión, que se explaya disertando acerca de las máximas cuestiones políticas y sociales del momento con la claridad de ideas del proletariado consciente de sus derechos. Es su camino de Damasco; cuando sale de la casa, Sue ha sido conquistado para la nueva causa.
Se ha escrito mucho acerca de esta iluminación repentina. Hasta un biógrafo benevolente como Bory, dispuesto a dar más crédito del debido al socialismo de su autor, no se libra de tener que reconocer, al menos al principio, la exis
48 el superhombre de masas tencia de una relación bastante estrecha entre dandismo y socialismo. Sue había descubierto una nueva forma de distinguirse de sus iguales; ahora ya no pretende deslumbrar a París con sus trajes y sus caballos, sino que lo asombrará predicando la Religión del Pueblo. Y en su ambiente semejante actitud resultará tan provocativa como excéntrica.
Probablemente sea en esa clave en la que en 1841 escribe Mathilde —«algunos episodios de la segunda parte de la novela están teñidos de un socialismo vago»—8 y comienza los Misterios Se divierte recorriendo las sórdidas callejuelas de la Cité, entrando en los tapis-francs en los que ambienta el comienzo de su novela, refugio de prostitutas y malhechores; una vez más aparece en escena el satanista, atraído por lo siniestro, por lo morboso, por el sabor pútrido de la lengua de germanía; y es sin duda el romántico el que reinventa en Fleur-de-Marie un arquetipo milenario, a saber el de la «vierge souillée», el de la muchacha violada en el cuerpo, pero inmaculada en su espíritu, reconciliando así los derechos de lo novelesco con los que esgrime la moralidad, y obteniendo de paso un conjunto patético que, a partir de Richardson, será de rigor en cualquier novela que se precie.9 Se recrea en describir miserias y mezquindades sin cuento, aunque, eso
8. Bory, E Stapis-franc E S., pp. 245-246).
Manon LescautConfesiones Les amours de Milord
Edouard BomstonLa nouvelle HéloïseDer Gott und die BajadereKabale eugène sue: el socialismo y el consuelo 49
sí, pide perdón por ello a los lectores; sigue pensando en un público igual que él, asqueado del hedor de los tugurios; aún no sabe que los lectores, los de verdad, la mayoría, van a reconocerse en sus personajes y van a leer su obra en una clave distinta. Cuando se percate de ello, tendrá que cambiar de clave.
Se da perfectamente cuenta de cuál es la ley inexorable por la cual se rige la comunicación de masas, y ve que los códigos de los lectores son fatalmente distintos del que tiene el autor. Cuando un autor realiza totalmente en frío una operación comercial, se las ingenia para elaborar un mensaje susceptible de ser interpretado a la luz de una serie de códigos diversos; tal es el objetivo de los tebeos, la película en tecnicolor, o la novela para todos los públicos. Sue, en cambio, sacudido ya por una crisis, cuando descubra de qué va la cosa, solo admitirá un código, a saber, el de las masas populares. La burguesía como Dios manda se rebelará y elevará contra él las voces de la crítica oficial, pero lo cierto es que acabará igualmente apasionándose por sus páginas. Sue elige el lenguaje y el mundo de los proletarios, pero gusta a todo el mundo. ¿Qué es lo que ocurrió? ¿Convirtió a las multitudes o la conversión fue tan solo aparente? A medida que und LiebeRollaLa carne, la morte e il diavoloLove and Death in the American NovelAmore e morte nel romanzo americano, Longanesi, Milán, 1960 (en el que, dicho sea de paso, no se habla de Sue).
50 el superhombre de masas las masas saludan a Sue como apóstol de la cuestión social, el autor va dándose cuenta de que lo que él describía, atraído por la peculiaridad del tema, se convertía en un documento, en el juicio a toda una sociedad, en una protesta política, en una invitación al cambio. Probablemente, a medida que iba documentándose, también su atención se volvía menos quirúrgica y más compasiva. Pero el empujón final vino dado por el clamor popular. Así lo pone de manifiesto repetidamente Bory: «La novela popular —por lo que a su objeto se refiere—, al hacerse popular —por su éxito—, no tardará en hacerse también popular en lo que concierne a sus ideas y su forma».10
Sue se viste, pues, de obrero y recorre verdaderamente a fondo los escenarios de su relato; hace como Rodolphe, se pone al nivel del pueblo e intenta comprenderlo. Su socialismo se vuelve cada vez más participativo, y ahora le vemos llorar las desgracias por las cuales hace llorar a la gente. Claro que no pasa de ahí: llora y hace llorar a los demás; propondrá soluciones, sí, pero, como veremos, esas soluciones se hallan limitadas por el sentimentalismo, el paternalismo y la utopía.
Si en la Tercera Parte llega a proponer una serie de reformas sociales —la granja modelo de Bouqueval—, será en la Quinta en la que la propia estructura de la obra sufra un cambio profundo; la acción se interrumpe cada vez más a menudo para dar paso a largas digresiones, a peroratas moralistas, o a propuestas «revolucionarias» (en realidad reformistas). A medida que se aproxima el final de la novela —final que va alejándose siempre, pues el público pide que la historia dure lo más posible—, la parte preparatoria va haciéndose cada vez más densa, hasta alcanzar los límites de lo soportable.
Pero el libro es así, y hay que tomarlo en bloque. Hasta la
10. Cf. Bory, E S , p. 248.
eugène sue: el socialismo y el consuelo 51
propia perorata forma parte del enredo. Si el libro es, como dice Bory —y no se equivoca—, un melodrama, las peroratas serían una especie de romanzas. Por eso, al suprimir las exhortaciones y las digresiones, las versiones reducidas de la obra (y hasta ahora solo se leían versiones abreviadas de ella) nos la presentaban partida por la mitad, desnaturalizada, aunque con ello resultara de más fácil lectura.
Los misterios de París se presentan ante el lector de la época como el misterio debidamente desvelado de unas condiciones sociales inicuas que solo dan de sí miseria y delito. Reduzcamos la miseria, socorramos a la infancia abandonada, reeduquemos al recluso, no pongamos al obrero laborioso frente al terror de las deudas ni a la muchacha virtuosa ante la fatal alternativa de tener que rendirse al seductor adinerado, demos a todos la posibilidad de redimirse, la ayuda fraternal, y el apoyo cristiano; así será mejor la sociedad. ¡Qué mensaje tan noble! ¿Quién no va a estar de acuerdo con Sue? El Mal es una enfermedad social. Y estos son los remedios. Tras empezar como una epopeya de la mala vida, la novela triunfa como epopeya del Trabajador Desgraciado y Digno de ser redimido. Lo cierto es que solo podría irritar a quien se hallara irremisiblemente uncido al carro de la reacción que está al acecho. Y la reacción que está al acecho protesta, como es su obligación. La Mode del 25 de julio de 1843, avergonzada de haber dado cobijo a los primeros ensayos de ese miserable corruptor de las costumbres, explota: «Nunca la lujuria latina había engendrado cuadros tan licenciosos como el que pinta el señor Sue al relatar la “tentación” del notario Ferrand por la mulata Cecily... Faublas y el libro infame de Aretino son obras morales y casi pudibundas si las comparamos con los folletines de los periódicos conservadores... La popularidad del Journal des Débats debe ser cada día mayor entre las perdidas de Saint-Lazare». Y en una iglesia de la rue du Bac puede escucharse un sermón del siguiente tenor: «Fijaos, hermanos, en ese individuo, pronunciar
52 el superhombre de masas cuyo nombre sería ya un delito: ataca la propiedad, disculpa el infanticidio... Disfraza el comunismo bajo formas graciosas; obligándoos a leer sus libros, pretende que en la intimidad de vuestros salones y de vuestras familias penetren las ideas que se predican en los clubes... Pero sabed que esa lectura es pecado mortal».11
Es normal. ¿Acaso hoy día no escuchamos aún lamentaciones de ese estilo en las páginas de los periódicos moderados de Italia? Es justo, pues, que se dieran también en tiempos de nuestro Eugène Sue. Pero el escándalo de la gente como Dios manda no ha sido nunca garantía suficiente. Para Sue desde luego no lo fue. Aunque algunos lectores más resabiados se lanzarán a hacerle una crítica «de izquierdas». Empecemos por Edgar Allan Poe.12
En uno de sus Marginalia, escrito inmediatamente después de la publicación de los Misterios en lengua inglesa, empieza por anunciar una serie de objeciones a la traducción y unos cuantos apuntes sobre la estructura narrativa del libro, a los cuales tendremos ocasión de referirnos más adelante; señala, sin embargo, que «los motivos filosóficos atribuidos a Sue son absurdos en grado sumo. Su objetivo primordial, y de hecho, el único que tiene, es hacer un libro excitante y por lo tanto vendible. La tendencia —implícita o directa— a mejorar la sociedad, etcétera, no es sino una estratagema de lo más habitual en autores que con ello esperan infundir a sus páginas un tono de dignidad o de utilitarismo con el que dorar la píldora de su licenciosidad».
En realidad Poe no realiza una crítica «de izquierdas».
11. Cf. Bory, E S pp. 285-286.
Marginalia Gringalet et Coupe-en-Deux Misterios Murders in the Rue Morgue: la utilización de
un mono como instrumento para la perpetración de un crimen.
eugène sue: el socialismo y el consuelo 53
Advierte una cierta falsedad, que instintivamente atribuye a las intenciones del autor. Pero mientras Poe escribe este ensayo, Belinski publica otro en el cual se explicita todo lo que Poe sospechaba, y además en términos ideológicamente más coherentes.13
Tras ofrecer una rápida panorámica de las condiciones por las que atraviesan las clases populares en la civilización industrial de occidente,14 Belinski rompe las hostilidades: «Eugène Sue ha sido el afortunado que tuvo por vez primera la lucrativa idea de especular con el pueblo, literalmente hablando... Un honorable burgués en toda la extensión de la palabra, un filisteo constitucional pequeño-burgués, y si llegara a diputado, sería un diputado como los que se necesitan hoy día en la Carta. Cuando en su novela pinta al pueblo francés, lo considera, como verdadero burgués, de una forma simplísima: a sus ojos no es más que una chusma hambrienta, empujada al delito por la ignorancia y la miseria. Desconoce los verdaderos vicios y las verdaderas virtudes del pueblo; ni siquiera sospecha que el pueblo pueda tener un porvenir del que carezca el partido que triunfalmente detenta el poder hoy día, porque el pueblo posee la fe, el entusiasmo y la fuerza moral. Eugène Sue se compadece de las miserias del pueblo: ¿por qué negarle la noble facultad de la compasión...? ¡Sobre todo si procura una ganancia segura! Se compadece, sí, pero ¿cómo? ¡Esa es otra cuestión!
13. Belinski, Textes philosophiques choisis Moscú, 1951; recensión
de Sue, pp. 394 ss.
54 el superhombre de masas
Espera que el pueblo deje de estar en la miseria, que deje de ser una chusma hambrienta, empujada al crimen a pesar suyo, y que se convierta en una plebe harta, presentable, capaz de comportarse como es debido, mientras los burgueses y los actuales fabricantes de leyes siguen siendo los amos de Francia, una casta de especuladores sumamente cultivados. En su novela, Sue demuestra que las leyes francesas protegen sin querer la licenciosidad y el crimen, y debemos decir que lo hace de manera perfecta y convincente. Pero lo que ni se le pasa por la imaginación a este autor es que el mal no está en determinadas leyes, sino en todo el sistema de la legislación francesa, en toda su organización de la sociedad».
La acusación es bien clara: reformismo edulcorado; se espera que cambie algo p
