En los últimos años se han multiplicado estudios, artículos y libros sobre la historia de las mujeres en Chile y el mundo. Gracias al contexto cultural y a las tendencias académicas actuales, investigar y escribir sobre las mujeres del pasado no parece requerir mayor justificación. Se trata de una tarea que estaba pendiente y que de a poco ha ido encontrando respuesta.
Sin embargo, el desafío todavía no se completa del todo. Pese a que hoy podemos encontrar mucha más información que la que teníamos décadas atrás, y si bien la escritura de la historia se ha abierto a otras problemáticas, ámbitos y sujetos, en el imaginario colectivo aún parece mantenerse una memoria tradicional sobre nuestro pasado: una en la que siguen predominando los acontecimientos políticos, militares y diplomáticos, así como los protagonismos masculinos y las acciones lideradas desde las élites.
Si bien resulta evidente que han comenzado a asomarse nuevos nombres al largo relato de nuestra historia —entre ellos, algunos femeninos—, la tarea por sacar a la luz e imprimir en nuestra memoria popular un reconocimiento y recuerdo de las mujeres que participaron de los acontecimientos del pasado sigue siendo un desafío pendiente. Basta con realizar un simple ejercicio de introspección. ¿Cuántos nombres históricos masculinos y cuántos femeninos puede usted reconocer asociados a la conquista de Chile? ¿Y al periodo colonial? ¿A qué hombres y mujeres recuerda como partícipes del proceso de Independencia? ¿Cuántos rostros femeninos y masculinos de nuestra historia podría identificar con claridad al verlos retratados en pinturas o fotografías? Seguramente, serán más hombres que mujeres. Pero no hay de qué preocuparse: el motivo no recae en su responsabilidad personal.
Por lo general, la historia se nos ha enseñado así, basada en los nombres de presidentes, héroes militares y grandes conquistadores; en las gestas bélicas y en los periodos gubernamentales donde impera el protagonismo masculino. Sin embargo, no hay proceso histórico alguno en el que no haya habido, de una u otra manera, participación femenina. Las mujeres siempre han intervenido en la historia, aunque no siempre hayan permanecido en el registro y relato de la misma. Y no han estado ahí de forma pasiva o solo como acompañantes: han sido agentes activas de cada proceso.
Partiendo de esta premisa, el propósito de este libro consiste en revisitar la historia de Chile entre los siglos XVI y XX para destacar y reflexionar sobre la participación y protagonismo de las mujeres en algunos de los procesos más emblemáticos de nuestro pasado. En otras palabras, la idea es volver sobre los periodos conocidos de nuestra historia con el propósito de buscar nuevas protagonistas. Si bien se trata de un libro de investigación histórica, no pretende dar cuenta de grandes descubrimientos ni ofrecer un estudio científico complejo: se trata, más bien, de acercar a sus potenciales lectores a una versión diferente, ojalá amena y más cercana que la historia de Chile que en general se nos enseña y que recordamos.
Sé que, de todos modos, quedaré en deuda con muchas otras mujeres que aquí no aparecen mencionadas, pero espero que a través de los nombres e historias desarrollados a lo largo de este libro, sea posible reconocer el reflejo y expresión de muchas otras biografías que, es de esperar, vayan saliendo a la luz para enriquecer nuestra memoria histórica. Una historia con mujeres es, sin duda, una historia más completa; una historia en la que podemos reconocernos y comprendernos; una historia más cercana y conectada con nuestro propio presente.
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LA HISTORIA DESDE UN RELATO TRADICIONAL:
JUICIOS Y PREJUICIOS
En nuestro idioma, la palabra historia tiene dos significados diferentes que, a veces, pueden confundirse. Por una parte, podemos referirnos a los acontecimientos realizados por personas en el pasado. Por otra, aludimos a la disciplina o práctica de dejar un registro escrito de esos hechos para perpetuar su recuerdo en nuestra memoria. Se parecen, pero no son lo mismo. La primera definición se refiere a la realidad del pasado; la segunda, a la memoria o relato sobre dicha realidad. Con el fin de distinguirlas, recurriremos al concepto de «historiografía» (la escritura de la historia) para aplicarla a la segunda definición y diferenciarla así de la primera.
La distinción es importante cuando pensamos en el lugar que han tenido las mujeres en la historia. Porque si bien en la historiografía, es decir, en el registro escrito sobre el pasado, las mujeres figuran en su mayoría ejerciendo roles pasivos, secundarios, silenciados o marginales, lo cierto es que en la historia, es decir, en el pasado, su participación en los acontecimientos y procesos ha sido mucho más dinámica, activa y compleja de lo que podríamos suponer. La historiografía, en ese sentido, no es fiel expresión de la historia.
Después de todo, cada uno de los relatos históricos es subjetivo: es la versión de un autor sobre lo que ocurrió en el pasado y responde, por tanto, a la selección de lo que le ha parecido relevante recordar. Y en esa selección, las mujeres quedaron siempre al margen. Tanto los autores como los sujetos de atención han sido, en su mayoría, varones. La causa, sin embargo, no ha respondido de forma necesaria a una motivación consciente y malintencionada por perjudicarnos. Más bien, las mujeres fueron relegadas de la escritura histórica porque esta se enfocó en ámbitos del desarrollo humano y social en los que ellas no participaron de forma masiva ni, por lo general, protagónica.
La historiografía tradicional encuentra su origen en la antigua Grecia. El consenso mayoritario reconoce a Heródoto de Halicarnaso como el primer historiador. Su obra, titulada Historia, la cual narra en nueve libros las causas y desarrollo de las Guerras Médicas entre griegos y persas a comienzos del siglo v a. C., se planteó desde un fundamento y una propuesta temática que sentaron las bases de la disciplina. Heródoto inicia su obra declarando lo siguiente:
La publicación que Heródoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos, como de los bárbaros. Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos a los otros.1
En este párrafo, Heródoto delimita con claridad el objeto de su historia, es decir, lo que a él le parecía interesante y digno de trascender en la memoria. No es todo el pasado ni toda la guerra: son los hechos públicos de los hombres, en particular, sus hazañas en un contexto de guerra. En otras palabras, lo que programa Heródoto es el relato de una historia política-militar sobre las relaciones y conflictos del poder público.
Tucídides, el segundo historiador griego, repitió el esquema para enfocarse, en su caso, en la historia de la Guerra del Peloponeso que enfrentó a atenienses y espartanos. Y en el mundo antiguo, en especial en la Grecia clásica, tanto la política como la guerra fueron asuntos de atribución masculina.
La marginación de las mujeres del espacio público y de la actividad política y militar no era casual ni arbitraria; respondía a un motivo cultural. El imaginario occidental antiguo, en particular el pensamiento griego (sobre todo ateniense), diferenció a hombres y mujeres, así como a los espacios y roles sociales que les corresponderían, sobre la base de una distinción binaria: mientras la naturaleza masculina se concebía prevalentemente racional y, por tanto, capaz de dominar su sensibilidad a través de la razón, la naturaleza femenina se consideraba, en esencia, emocional, lo que suponía que las pasiones dominaban la conducta de las mujeres. Eso generó diversas consecuencias que de alguna manera gravitaron o persisten en nuestra sociedad, desde prejuicios populares que validan ideas tales como «los niños no lloran», hasta implicancias en nuestras formas de oganizarnos. Esta distinción resultó determinante en el orden jerárquico de la sociedad desde el mundo antiguo: si las mujeres eran emocionales, serían, en consecuencia, volubles o cambiantes en sus actitudes y decisiones, de manera que dejar a su cargo las responsabilidades del estado supondría mayores riesgos que dejarlas, por el contrario, en manos masculinas. Convenía entonces que las mujeres se desempeñaran en el espacio doméstico, bajo roles de servicio y cuidado del hogar y la familia, mientras que los varones debían ejercer funciones públicas.
Ciertamente, no todos debieron compartir la misma cosmovisión, pero célebres autores de la Antigüedad sí lo hicieron, legitimando un discurso que trascendió en la cultura occidental. Sin ir más lejos, realizando una analogía entre el cuerpo de una persona y el cuerpo social, Aristóteles dijo en su Política:
Resulta evidente que es conveniente para el cuerpo ser regido por el alma, y para la parte afectiva ser gobernada por la inteligencia y la parte dotada de razón, mientras que la inversión de su relación es perjudicial para todos [...] Y también en la relación entre macho y hembra, por naturaleza, uno es superior y otro inferior, uno manda y otro obedece.2
Relegadas de los ámbitos de interés de la historiografía, las mujeres ocuparon, tradicionalmente, lugares secundarios en los relatos. No es extraño advertirlas como acompañantes de grandes personajes en una condición siempre relacional: es común que las definamos como la «hermana de», la «esposa de», la «hija de», la «amante de», sin que la historia se resuelva en ellas mismas ni en una vida propia. Muchas veces, figuran como víctimas y, en ocasiones, son descritas más como objetos que como sujetos responsables de sus propias decisiones.
Por supuesto, existen excepciones. El recuerdo sobre algunas mujeres trascendió por sus activos roles políticos, militares o públicos. No obstante, muchas de ellas adquirieron protagonismo al haber transgredido los márgenes de su feminidad, recibiendo la crítica e incluso la condena historiográfica. En algunos casos, podemos advertir que solo cumplieron esos roles al abandonar sus atributos femeninos y «masculinizarse»; en otros, desafiaron las virtudes que se esperaban de una mujer, como el pudor. En cualquiera de ellos, terminaron cayendo en una clasificación juiciosa por parte de la memoria histórica, que las vio como ejemplos sancionables. Así, es común hallarlas vinculadas a epítetos y categorías como las de locas, prostitutas o brujas. La historia de Occidente nos ofrece célebres ejemplos. Basta pensar en Cleopatra, Juana de Arco y Juana «la Loca», cuyos destinos trágicos confirman la carga negativa de sus biografías.
¿Y las demás mujeres? ¿Quedaron al margen de los procesos históricos? Por supuesto que no, pero su participación se desarrolló a través de otros roles y por medio de espacios fuera de la atención de la historiografía tradicional. Y es la ausencia historiográfica, más que la ausencia histórica, la que muchas veces nos ha llevado a pensar en las mujeres del pasado como sujetos pasivos, silenciadas, anónimas, inmóviles.
El problema de esa historiografía tradicional es que nos ha movido a pensar en una historia arquetípica, encasillando a las mujeres en ciertas categorías y estereotipos —casi caricaturas— de los que, aparentemente, solo se habrían rebelado en el último siglo. Esa historiografía nos ha tentado a creer que el curso de la historia es progresivo y ascendente, que solo en nuestro presente hemos llegado a tiempos mejores de liberación femenina ante un pasado que, en cambio, las mantuvo cautivas y en silencio. No obstante, si bien es cierto que los discursos sobre la naturaleza y los roles femeninos han cambiado —en especial durante las últimas décadas—, tales discursos siempre han estado en conflicto con una realidad que los ha desafiado. Y si hoy vivimos una época de cambios respecto de la participación femenina en los diversos ámbitos de la sociedad es porque ello ha resultado de largos, diversos y contradictorios procesos que tuvieron su origen y desarrollo en el pasado.
Las mujeres nunca hemos sido un colectivo homogéneo clasificable en un par de categorías. Hablar de una «historia de la mujer» me parece un equívoco que nos lleva a pensarnos como si fuésemos todas iguales. La participación femenina en la historia ha sido siempre dinámica, compleja y sumamente rica y variada. En términos historiográficos ha sido más invisible y pasiva; históricamente, no. Es hora de remover los prejuicios que pesan en la memoria acerca del lugar que han ocupado las mujeres en la historia. Esa es la premisa y el propósito que animan este libro.3
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UNA APROXIMACIÓN A LA HISTORIA
DE LAS MUJERES
Empiezo este apartado con una especie de «advertencia». Es probable que quien tome este libro espere que lleguemos lo antes posible al relato de las historias sobre mujeres y que no caigamos en excursos complicados o teóricos sobre la historiografía de las mujeres. Pero me parece necesario que, antes de emprender esa ruta, podamos reconocer cómo llegamos a este punto y quiénes han contribuido a ese trabajo colectivo, cooperativo y acumulado, sin el cual este libro no habría surgido. Valga este apartado como un contexto y síntesis —aunque sea parcial— de los estudios históricos sobre las mujeres, en especial, desde Chile. Cada lector podrá decidir si considerar u omitir estas páginas para seguir luego con las distintas historias aquí contenidas.
Pasemos a revisar, brevemente, el desarrollo que ha tomado la historiografía sobre las mujeres, sobre todo en nuestro país.
Frente a las características propias de los relatos más tradicionales y distinguiéndose de ellas, la investigación sobre las mujeres como sujetos históricos se ha convertido en una tendencia desde mediados del siglo XX. El momento no resulta casual. En un contexto marcado por profundos cambios ideológico-culturales que han intensificado los discursos asociados a los valores democráticos, las estructuras sociales y los derechos humanos, el paradigma historiográfico tradicional, enfocado en el acontecer político y militar del pasado, ha ido quedando atrás para abrirse a una diversidad temática y teórica dispuesta a adoptar nuevos enfoques para el conocimiento de fenómenos y sujetos novedosos a la disciplina histórica. En la actualidad, podemos apreciar cómo han cobrado fuerza tendencias como los estudios de la subalternidad, la historia «desde abajo» o las investigaciones sobre las infancias, por mencionar algunos.
Del mismo modo, destaca el caso de los estudios históricos sobre las mujeres y las perspectivas femeninas para una comprensión más compleja y completa del pasado, línea que se ha constituido, actualmente, en uno de los campos de mayor crecimiento. La formación de las mujeres como historiadoras, así como su consideración como personajes activas de la historia se han desarrollado en la medida de su irrupción en los espacios públicos de participación política, laboral, social e intelectual.
Desde mediados del siglo XX, diversos intelectuales y en especial nuevas autoras instalaron el problema sobre la tradición historiográfica a la que ya referíamos antes. La crítica no solo surgió desde una mirada política, que hacía ver la necesidad de rescatar del olvido el aporte femenino a los procesos del pasado, sino que planteaba además una problemática epistemológica. Al incorporarse las mujeres a los estudios históricos surgieron nuevas preguntas y perspectivas, así como diferentes posibilidades desde las cuales pudiera escribirse la historia. Quedaba también establecido el asunto mismo sobre lo femenino y la feminidad.
Hito y expresión paradigmática de ello fue la publicación, en 1949, del libro El segundo sexo, de la intelectual francesa Simone de Beauvoir (1908-1986). Desde su mirada existencialista, la autora cuestionaba que la existencia humana tuviese un sentido prefijado u objetivo. Fundando sus reflexiones desde una noción de la libertad subjetiva de las personas, que permite definir los sentidos de la existencia y la realidad, Simone de Beauvoir criticó la posibilidad de que hombres y mujeres tuvieran naturalezas predeterminadas. Lo femenino y masculino se habrían construido, en cambio, a través de significados y categorías culturales desarrollados a lo largo de la historia. Esto suponía, por tanto, volver sobre el pasado para interrogar dichos procesos, lo que la autora realizó al elaborar una historia de las mujeres en la modernidad.
La propuesta de Simone de Beauvoir representó un giro epistemológico que fue decisivo para que, sobre todo a partir de la década de 1970, comenzaran a desarrollarse tanto la historia de las mujeres como la historia con enfoque de género. Si bien podrían parecer similares, cada una ha desarrollado perspectivas distintas para abordar críticamente el pasado y se ha nutrido de los trabajos de historiadoras como Joan W. Scott, autora de Género e historia y «Gender: A Useful Category of Historical Analysis», y Michelle Perrot, coautora de Historia de las mujeres en Occidente y autora de «Escribir la historia de las mujeres: una experiencia francesa».
La historiografía del género tiende, por lo general, a centrarse en los procesos socioculturales que determinaron las diferencias entre los sexos a lo largo de la historia. En este sentido, busca examinar y cuestionar cómo se han construido las identidades de género y las relaciones entre lo masculino y lo femenino. En tanto, la historia de las mujeres aborda el pasado para comprender los procesos históricos, poniendo a las mujeres en el centro de su análisis.
Sus desafíos se han orientado a recuperar una historia que trasciende el retrato pasivo de las mujeres y que reconceptualice su análisis como sujetos históricos, capaces de incidir en las dinámicas desde sus propias categorías y marcos de interpretación. Eso implica que esos marcos no son necesariamente coincidentes con los sistemas de valores y criterios de referencia que de manera tradicional se han establecido para la investigación histórica desde una perspectiva de lo masculino como medida de significación.
La búsqueda de una historia de las mujeres supone partir por considerarlas como sujetos clave para el análisis de los procesos sociales, relaciones de poder y modelos culturales, así como atender a la perspectiva femenina como un enfoque necesario para alcanzar una comprensión más completa y compleja de las dinámicas sociales y los hechos históricos. No persigue, por tanto, realizar solo una crítica a los modelos tradicionales, sino promover nuevas lecturas.
En Chile es posible reconocer aproximaciones a la historia de las mujeres desde el siglo XIX y principios del XX, como los trabajos realizados por Vicente Grez en Las mujeres de la Independencia (1878) y por José Toribio Medina, autor de La literatura femenina en Chile (1923). No obstante, merece un reconocimiento especial la labor de María Eugenia Martínez, quizá una de las primeras investigadoras en historia que, tanto en un artículo sobre la educación femenina del siglo XIX (1928) como en Mujeres célebres de Chile (1910), se dedicó a rescatar el recuerdo de quienes aportaron a la construcción y organización de la república chilena en sus primeros cien años de existencia.
Con todo, las investigaciones históricas sistemáticas y con perspectiva de género se iniciaron hacia la segunda mitad del siglo XX. Entre ellas, destacaron los estudios sobre la historia reciente y los fenómenos contemporáneos: el trabajo reivindicativo de Felicitas Klimpel, autora de La mujer, el delito y la sociedad (1945) y de La mujer chilena (el aporte femenino al progreso de Chile) 1910-1960 (1962); la labor compilatoria de Paz Covarrubias y Rolando Franco, titulada Chile. Mujer y sociedad (1978), que recoge estudios sobre los roles de mujeres, sus problemáticas sociales y el feminismo en Chile; y los Tres ensayos sobre la mujer chilena (1978), de Lucía Santa Cruz, Teresa Pereira, Isidora Zegers y Valeria Maino, que ampliaron la búsqueda del pasado femenino en el mundo colonial.
En diálogo con el contexto político nacional de fines de la década de 1980, los estudios históricos feministas y de género cobraron impulso. Algunos ejemplos los ofrecieron Edda Gaviola, Ximena Jiles, Lorella Lopresti y Claudia Rojas, con Queremos votar en las próximas elecciones: historia del movimiento femenino chileno 1913-1952 (1986), así como Mariana Aylwin, Sofía Correa y Magdalena Piñera con Percepción del rol político de la mujer: una aproximación histórica (1987). De manera paralela, comenzó a cobrar fuerza la búsqueda de nuevas fuentes, lo que se vio reflejado, entre otros, en el trabajo de Sergio Vergara, quien, en Cartas de mujeres en Chile: 1630-1885 (1987), propuso una historia desde las voces epistolares femeninas.
No obstante, la historiografía de las mujeres recién ha tomado impulso en las últimas tres décadas. La de 1990 se abrió a la participación de las mujeres como autoras en revistas científicas y en la disciplina histórica, lo que propició nuevos enfoques y el fortalecimiento de las perspectivas de género. Se trató, asimismo, del primer momento en que surgieron instancias de formación disciplinar para los estudios de género, liderados por investigadoras como Anne Pérotin-Dumon. A comienzos del periodo, se amplió el enfoque de estudio para la consideración de las mujeres del bajo pueblo y del mundo indígena, y sus problemáticas políticas y socioculturales, de la mano, desde entonces, del desarrollo de una historia social que contempla a la mujer como eje clave para su comprensión.
Los trabajos en estas líneas son múltiples. Entre los referidos a mujeres indígenas y del bajo pueblo, podemos destacar los de Sonia Montecinos, Madres y huachos: alegorías del mestizaje chileno (1991); Gabriel Salazar, «La mujer de “bajo pueblo” en Chile: bosquejo histórico» (1992); José Bengoa, «Mujer, tradición y shamanismo: relato de una machi Mapuche» (1992); Alejandra Brito, «Del rancho al conventillo: transformaciones en la identidad popular femenina, Santiago de Chile, 1850-1920» (1995); Loreto Rebolledo, Ximena Valdés y Angélica Wilson, Masculino y femenino en la hacienda chilena del siglo XX (1995); Consuelo Figueroa, «Revelación del subsole. La presencia de las mujeres en la zona carbonífera 1900-1930» (1998); y Alejandra Araya, «Cuerpos aprisionados y gestos cautivos: El problema de la identidad femenina en una sociedad tradicional (Chile 1700-1850)» (1999). En tanto, referidos a los desafíos políticos y culturales de las mujeres, podemos mencionar la Crónica del sufragio femenino en Chile (1994) de Diamela Eltit y Perfiles revelados. Historias de mujeres en Chile, siglo XVII-XX (1997) de Diana Veneros. Asimismo, las investigaciones de Cecilia Salinas, La mujer proletaria: un estudio por contar (1987), y de Elizabeth Hutchison, Labores propias de su sexo: género, políticas y trabajo en Chile urbano 1900-1930 (2006), han sido clave para incentivar estudios sobre la participación femenina en los movimientos sociales obreros en Chile.
Siguiendo estas líneas, las primeras décadas del siglo xxi han impulsado la historia de las mujeres en Chile, inspirada asimismo por los cambios culturales y políticas públicas que han promovido la equidad de género y las reivindicaciones femeninas. Investigaciones colectivas se han constituido en obras referenciales; entre otras, la dirigida por Sonia Montecino, Mujeres chilenas: fragmentos de una historia (2008), y el trabajo liderado por Joaquín Fermandois y Ana María Stuven, Historia de las mujeres en Chile (2010-2011).
En la actualidad han surgido nuevos intentos por volver sobre el pasado desde una relectura de sus claves en femenino, esfuerzos que se traslucen en Chilenas rebeldes I (2018) y II (2019) de María José Cumplido, y en algunos trabajos colectivos, como el que tuve el honor de coordinar en 2015, titulado De heroínas, fundadoras y ciudadanas: mujeres en la historia de Chile.
Del mismo modo, se han incrementado las investigaciones que buscan rescatar las aportaciones y perspectivas propias de mujeres en diversas áreas. En el ámbito del arte y la moda, podemos mencionar el trabajo de Isabel Cruz, «Seducciones de lo íntimo, persuasiones de lo público. El lenguaje del vestido en Chile (16501820)» (2005). En el área económica ha contribuido el reciente libro colectivo Liderazgo empresarial femenino en la historia económica de Chile (2023), coordinado por Bernardita Escobar Andrae y Manuel Llorca-Jaña. Por su parte, respecto de la labor literaria de las mujeres, destacan las investigaciones de Carol Arcos, «Novelas-folletín y la autoría femenina en la segunda mitad del siglo XIX en Chile» (2010); Ana Traverso, «Primeras escritoras en Chile y autorización del oficio literario» (2012); y Andrea Kottow, «Feminismo y femineidad: escritura y género en las primeras escritoras feministas en Chile» (2013).
Otros estudios se han volcado a destacar la participación femenina en el ámbito educativo. Es el caso de «Amanda Labarca, Irma Salas y Mabel Condemarín, tres educadoras laicas y feministas del siglo XX en Chile» (2010) de Jaime Caiceo, y de Los albores del ingreso de la mujer a la Universidad: reflexiones en torno a la educación femenina en Chile durante el siglo XIX, de Priscila Muena (2020). Del mismo modo, se ha analizado también el rol de las mujeres en el periodismo y la ciencia. Así lo han hecho Verónica Undurraga y Stefan Meier en Pioneras (2021), así como Verónica Ramírez en «Las mujeres y la divulgación de la ciencia en Chile: mediadoras de la circulación del saber en revistas culturales (1870-1900)» (2019) y en Antología crítica de mujeres en la prensa chilena del siglo XIX (2017), realizada por la misma autora, Carla Ulloa y Manuel Romo.
Tampoco han quedado al margen ámbitos historiográficos más tradicionales, aunque poco considerados para el caso femenino, como la guerra y la política. Paz Larraín ha analizado La presencia de la mujer chilena en la Guerra del Pacífico (2006), mientras que Sol Serrano —primera mujer en Chile en ser distinguida con el Premio Nacional de Historia— y Antonio Correa revisaron las funciones ejercidas por mujeres en el proceso independentista, en «De patriota o sarracena a madre republicana. Las mujeres en la Independencia de Chile» (2010). Para el caso de la política, destaca el libro de Cecilia Morán, Primeras damas en Chile (19381970): Poder político, acción social y modernización (2022).
Finalmente, la historiografía reciente también ha dado continuidad y profundidad a la historia de las problemáticas con las que las mujeres —sobre todo desde posiciones marginales— han debido lidiar, así como a la reconstrucción del pasado desde las perspectivas de género. Las mujeres enfrentadas al sistema de justicia han sido objeto de estudio por parte de María José Correa en «Demandas penitenciarias, discusión y reforma de las cárceles de mujeres en Chile (1930-1950)» (2005), y de Solène Bergot y Javiera Errázuriz, en «La construcción de una mujer mala: la figura de Euldarisa Puelma en el crimen de la calle Maipú (1894-1896)» (2021). Las políticas públicas y sociales han sido abordadas por María Angélica Illanes en Cuerpo y sangre de la política: la construcción histórica de las visitadoras sociales (18871940) (2006), Isabel Núñez en «El sujeto femenino en la Pampa salitrera: una mirada desde los estudios de género» (2007), María Soledad Zárate en «Embarazo y amamantamiento: cuerpo y reproducción en Chile» (2009) y Alejandra Brito, en De mujer independiente a madre. De peón a padre proveedor. La construcción de identidades de género en la sociedad popular chilena. 1880-1930 (2005). También se han hecho esfuerzos por continuar recuperando la memoria de mujeres invisibilizadas en la historia, como ocurre con el trabajo de Rosa Soto, Esclavas negras en Chile colonial (2011).
Cada una de estas investigaciones merece un reconocimiento en el desarrollo de una amplia línea de estudios que sigue tomando fuerza y representa otras tantas investigaciones que, por un afán de síntesis, no hemos podido mencionar aquí. No obstante, proporcionalmente, la historia de las mujeres continúa siendo un campo secundario en la historiografía chilena. Su desarrollo requiere fortalecerse para lograr una mayor inserción e impacto, no solo en los circuitos científicos y académicos, sino también educativos y sociales. Los diversos esfuerzos desplegados desde el mundo de la investigación demuestran que se trata de una problemática vigente, consciente y creciente en los circuitos de la disciplina histórica.4 Sin embargo, esta no siempre permea a nivel de los ámbitos escolares o del conocimiento popular donde parece mantenerse, por lo general, esa mirada más tradicional sobre el pasado que, sin ser errónea, sí resulta aún incompleta. Valga este libro como una nueva intención por encaminarnos a esa historia más viva y compleja, una historia con y desde las mujeres.
CONQUISTADORAS EN CHILE
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ESPAÑOLAS EN EL NUEVO MUNDO:
EL SIGLO XVI
No las damas, amor, no gentilezas
De caballeros canto enamorados
Ni las muestras, regalos y ternezas
De amorosos afectos y cuidados:
Mas el valor, los hechos, las proezas
De aquellos españoles esforzados,
Que a la cerviz de Arauco no domada,
Pusieron duro yugo por la espada.
ALONSO DE ERCILLA, La Araucana, I, 1
Así empieza La Araucana, el poema épico que inspiró parte importante de los testimonios históricos sobre la guerra de Arauco en el siglo XVI. En los versos citados, su autor, el español Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594), propuso centrarse en las gestas militares de los grandes hombres de ese conflicto y dejar afuera, en cambio, las temáticas que tuvieran relación con las mujeres y el amor.
Aunque Ercilla no se mantuvo por completo fiel a esa promesa —porque a lo largo de su poema sí incluyó digresiones sobre el amor y el ejemplo heroico de algunas mujeres—, lo cierto es que su disposición inicial a centrarse en las hazañas bélicas varoniles fue común a los autores de su tiempo, lo cual impactó en los modos como recordamos y trasmitimos ese recuerdo sobre el periodo conocido como la conquista de Chile.
En efecto, los relatos históricos tradicionales y la memoria popular sobre la época fundacional del siglo XVI y sus procesos de encuentro, confrontación y conflicto entre las fuerzas españolas y los pueblos originarios de Chile están profundamente marcados por los protagonismos masculinos. Si hiciéramos el ejercicio simple de preguntarnos qué personajes de la conquista de Chile nos enseñaron en nuestra infancia o durante la época escolar y a quiénes asociamos al enfrentamiento entre españoles e indígenas, la guerra de Arauco o la fundación de las primeras ciudades, de seguro emergerían con facilidad los nombres de Diego de Almagro, Pedro de Valdivia, Caupolicán, Lautaro o Colocolo. No es extraño. Nuestra memoria histórica se ha construido desde el reconocimiento de los principales hechos militares y políticos del periodo, campos donde la participación masculina ha predominado de manera evidente.
Tradicionalmente, el periodo de la conquista de Chile se ha delimitado entre las primeras expediciones españolas en el territorio hasta la crisis y pérdida del dominio hispano en las tierras al sur del Biobío tras el hito conocido como Desastre de Curalaba. Dentro de este marco cronológico, se cuentan y destacan la primera expedición a Chile, liderada por Diego de Almagro entre 1535 y 1536; el proceso de conquista, la fundación de ciudades, enfrentamientos bélicos y la primera gobernación liderados por Pedro de Valdivia entre 1540 y 1553; las gobernaciones interinas de Francisco de Villagra, Francisco de Aguirre y Rodrigo de Quiroga, tras el triunfo de Lautaro en Tucapel y la muerte de Valdivia; la gobernación de García Hurtado de Mendoza (1557-1561) y la derrota de Caupolicán, periodo en que Alonso de Ercilla participó de los acontecimientos; los encuentros intermitentes y tensiones permanentes entre españoles y el pueblo mapuche desde el río Biobío al sur; y, finalmente, la gobernación y muerte de Martín García Oñez de Loyola, tras la emboscada mapuche en Curalaba, liderada por Pailamacho, Anganamón y Pelantaro el 24 de diciembre de 1598, hecho que llevó a los españoles a replegarse hacia los territorios al norte del Biobío, perdiendo las ciudades y fuertes que habían establecido en el sur.
Una breve reseña como esta hace evidente nuestra primera premisa: nuestros recuerdos de las enseñanzas recibidas sobre el periodo de la conquista están marcados por los hitos militares y personajes masculinos que los protagonizaron. ¿Y las mujeres? ¿No hubo presencia ni participación femenina en estos hechos o su ausencia refiere solo a los testimonios escritos acerca de este periodo? ¿Por qué las conocemos tan poco si comparamos su reconocimiento con el de los hombres?
Si bien se trata de preguntas complejas y quizá no hay para ellas una respuesta única, podemos aventurar una basada en dos factores relevantes, uno histórico y otro historiográfico.
Comencemos por el factor histórico: la presencia femenina fue, en efecto, en términos demográficos, menor a la masculina en el continente americano a lo largo del siglo XVI. Si bien los pueblos originarios contaban en sus comunidades con un número muy importante de mujeres, los europeos que llegaron al Nuevo Mundo a lo largo de dicha centuria fueron hombres por amplia mayoría. Con todo, las mujeres participaron de los primeros viajes desde Europa cumpliendo roles relevantes para el desarrollo de las expediciones. El mismo Cristóbal Colón incluyó a tres en su primera travesía y a treinta mujeres en su segundo y tercer viaje, respectivamente.
Diversas investigaciones han intentado cuantificar la presencia de españolas que atravesaron el Atlántico hacia América a lo largo del siglo XVI. Con algunas diferencias, los cálculos estiman que, en promedio, entre el 15 y 20 por ciento de la totalidad de los viajeros europeos habrían sido mujeres. Se trata de una cifra difícil de determinar con plena certeza y esta tampoco se mantuvo homogénea a lo largo del siglo ni a través de todo el continente. La llegada de europeas al continente americano fue aumentando con el transcurrir de las décadas y su presencia fue ocupando, de manera paulatina, desde la zona centroamericana en los primeros años, hasta llegar al sur, sobre todo a los virreinatos del Perú y de Nueva España.
No se trataba de un viaje sencillo. La aventura suponía cruzar un extenso océano en condiciones básicas, sin comodidades y con altos riesgos. Las navegaciones eran largas —de meses— y difíciles, en espacios sumamente reducidos. Algunos investigadores estiman que en un área de 150 a 180 metros cuadrados habitaban entre 100 y 120 personas, lo que supone que cada navegante habría tenido menos de dos metros cuadrados para alojarse. Las condiciones eran las mismas para hombres y mujeres. Solo se salvaban de ello algunos afortunados que podían pagar por mayores comodidades en una cámara especial. No obstante, el rigor de la vida a bordo era común para todos. El agua solo se podía usar para beber —no para bañarse ni lavar la ropa— y todos los espacios eran compartidos, incluso con algunos animales de corral, además de los ratones e insectos —cucarachas, chinches, piojos— que solían merodear en la embarcación. No se podía llevar gran cantidad de víveres frescos, porque a los pocos días ya se echaban a perder. De ahí que el alimento más común para la tripulación fuera lo que denominaban «bizcocho»: un pan de harina de trigo integral que se cocía dos veces y se mantenía muy seco para evitar su fermentación.
El viaje, por tanto, implicaba asumir una travesía con jornadas de hambre, sed, frío o calor, hacinamiento, cansancio, falta de higiene, enfermedades y, al arribar a América, los peligros propios de un territorio desconocido: la flora, la fauna o la guerra.
Las mujeres no podían decidir viajar de manera independiente a América. Solo podían hacerlo acompañando a su esposo, hermanos u otros parientes —compañía que la Corona promovió tempranamente, para consolidar la presencia española en sus nuevos territorios— o bien, tras demostrar que ellos se hallaban ya en el Nuevo Mundo, presentando para eso una carta de permiso emitida por su tutor. Debían, además, cumplir con otros requisitos, como probar la limpieza de su sangre, es decir, ser cristianas y no mujeres de otros credos —judías o musulmanas— ni de otras culturas, como las gitanas. Ya en el territorio hispano del continente americano, muchas mujeres pudieron transitar en el circuito colonial, desplazándose para acompañar a sus familias o para buscar mejores oportunidades de vida.
Sin embargo, a diferencia del notorio incremento de mujeres en las principales ciudades virreinales a lo largo del siglo XVI, en el caso chileno, la proporción femenina fue bastante menor, quizá por su distante ubicación, las condiciones materiales del viaje y la inestabilidad de la situación de conquista. Para entonces, viajar desde España a Lima o a Cuzco debió ser muy diferente que proyectar una aventura a Santiago o Concepción.
Se dice que un censo realizado por el gobernador Alonso de Sotomayor, en 1583, habría informado que mientras en Chile se contaban aproximadamente mil cien españoles avecindados, las mujeres hispanas no habrían sido más de cincuenta. Aun cuando no pudo tratarse de un censo riguroso, la diferencia refleja la escasa presencia femenina hispana en las primeras décadas de la conquista.
Pasemos ahora al factor historiográfico. La invisibilidad de las mujeres en la memoria sobre la conquista de Chile en el siglo XVI podría explicarse también por la naturaleza misma de la práctica de escribir historia o de registrar los hechos para perpetuar su recuerdo. Las fuentes escritas en la época de los acontecimientos fueron, en general, de cuatro tipos: crónicas, poemas épicos, cartas y relaciones de mérito. Mientras las dos últimas fueron escritas por soldados españoles para destacar sus servicios prestados a la Corona, las dos primeras constituyen relatos históricos y poéticos que celebraban la gesta hispana liderada por sus capitanes. Destacan las crónicas de Gerónimo de Vivar, Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile; Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado; y Pedro Mariño de Lobera, Crónica del Reino de Chile. Entre los poemas épicos, el más famoso es La Araucana de Alonso de Ercilla, que abrió una tradición que siguieron Pedro de Oña con Arauco Domado, Diego Arias de Saavedra con Purén indómito y un autor anónimo que escribió el poema La Guerra de Chile.
Todas estas fuentes fueron escritas por hombres, quienes propusieron la guerra, actividad masculina por antonomasia, como tema principal. De esta manera, las mujeres quedaron marginadas, de manera inevitable, de las acciones protagónicas del relato. Esto no significa que las crónicas y poemas no las hayan nombrado pero, en términos generales, suelen figurar en roles secundarios y estereotípicos. Por una parte, muchas de ellas fueron presentadas en el rol de víctimas y mencionadas de manera habitual como una categoría colectiva. En ocasiones, eran el objeto disputado entre los bandos; en otras, la voz de la lamentación por la violencia de los conflictos.
Estos roles no eran inusuales en la tradición historiográfica ni literaria. La tradición cultural que había concebido la guerra como un ámbito de desempeño naturalmente masculino puede verse reflejada en los relatos históricos y épicos desde los tiempos de la Antigüedad. Tanto en Grecia como en Roma, las virtudes necesarias para la práctica militar se habían vinculado a la esencia de lo masculino. La valentía, llamada andreia en Grecia y virtus en latín, se asociaba incluso en un sentido etimológico a las raíces de los términos andros y vir, que designan al hombre. Ser valiente se suponía como propio de la naturaleza del varón. De las mujeres no se debía esperar, en cambio, una virtud semejante.
Lo anterior, por supuesto, no significó que no haya habido mujeres valientes o guerreras; muy distinto puede ser el discurso historiográfico a la práctica histórica. Escapando a la norma y desafiando los roles tradicionales de género, las guerreras y heroínas fueron individualizadas en las fuentes, a diferencia de anónimas mujeres que se ceñían a los cánones. Después de todo, para entrar en el universo masculino de la guerra y la política, estas mujeres renunciaban, en parte, a su femineidad, asumiendo las virtudes masculinas. Ello podía ser visto como un mérito o como una falta. De esta manera, sus retratos han diferido a lo largo del tiempo, transitando entre los elogios y las críticas. Lo cierto es que cada una tiene una historia digna de rescatarse a continuación, no solo por sus méritos personales, sino porque vienen a confirmarnos que la participación femenina tuvo un lugar tan importante como decisivo en los procesos históricos de este periodo.1
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INÉS SUÁREZ: LA ESPAÑOLA MÁS FAMOSA
DE LA CONQUISTA
Inés Suárez debe ser una de las mujeres más conocidas de nuestra historia. Sin embargo, a pesar de su fama, no contamos con tantas fuentes ni antecedentes biográficos sobre ella, sino más bien con retazos de su vida que se han entremezclado con recreaciones literarias e imaginación novelesca para configurar su recuerdo histórico.
Los antecedentes sobre su vida se pueden encontrar en las crónicas de Gerónimo de Vivar y Pedro Mariño de Lobera, quienes recogen algunos episodios de su vida en Chile en el contexto de los hechos de conquista durante la gobernación de Pedro de Valdivia. Se suma a estos registros la Historia General del Reyno de Chile de Diego de Rosales, si bien esta crónica data del siglo XVII. Vale señalar, de todos modos, que no es Inés la protagonista de estos relatos, sino solo de un par de pasajes de la historia contenida en estos textos. Junto con los testimonios mencionados, los archivos vinculados a un proceso judicial contra Valdivia en Lima en 1548, compilados por el historiador Diego Barros Arana, y los títulos de encomiendas concedidos a Inés Suárez por Valdivia, transcritos por José Toribio Medina, complementan la información de las crónicas aludidas.
El problema es que los datos recogidos en las fuentes mencionadas limitan la información a la década de 1540, quedando un amplio vacío referido al resto de su vida y el desafío de completar su historia con algunas fuentes secundarias y registros específicos del Archivo General de Indias en España. Resulta curioso que Pedro de Valdivia no la nombrara en las cartas que dirigió a las autoridades de la Corona, aunque esto podría ser comprensible considerando que no se trataba de documentos privados, sino de informes de carácter militar y político.
Si bien podría parecer trivial, antes de relatar su biografía resulta pertinente realizar una pequeña aclaración acerca de su nombre. Muchas personas se refieren a ella como Inés «de» Suárez, pero lo cierto es que todas las fuentes de su época la registran como Inés Suárez o Juárez, sin mención de la preposición «de». Después de todo, dicha preposición antecedía, por lo general, a los apellidos que referían a un lugar de procedencia y no podía incluirse para un apellido patronímico, es decir, para aquellos derivados de un nombre de pila, terminados, en su mayoría en «ez». Estos últimos refieren al «hijo de», de manera que la preposición se incluye tácitamente. Así como González quiere decir «hijo de Gonzalo» o Fernández, «hijo de Fernando», Suárez hace referencia a «hijo de Suaro» o «hijo de Suero», nombre latino que ha dejado de utilizarse, pero que dio origen al apellido de Inés. En otras palabras, su nombre se fue alterando en la memoria colectiva mucho tiempo después de su muerte, quizá por asumirse que la preposición «de» confería a su identidad un tono de hidalguía.
Lo cierto es que la familia de Inés Suárez no pertenecía a la clase de los hidalgos ni a la aristocracia española. Inés nació en Plasencia, provincia de Cáceres, España, en 1507, en el seno de una familia de artesanos. A los diecinueve años se casó con un hombre llamado Juan de Málaga, quien poco tiempo después, siguiendo una tendencia común en España para esa época, emprendió un viaje al Nuevo Mundo en busca —tal vez— de oportunidades de ascenso, mejora social o gloria personal. Es probable que Inés no haya recibido mayores noticias sobre él y al parecer, cansada de esperar, decidió emprender el mismo viaje para encontrarse con su esposo en América.
Recordemos que las mujeres no tenían permitido viajar solas a este continente. Inés debió pedir una autorización y presentar las garantías requeridas para obtener el permiso necesario: un par de testigos, Juan Garrote y el capitán Marañón, que dieron fe de su condición de mujer cristiana, y también la promesa de viajar acompañada por una sobrina, de cuya trayectoria no hay más información. Así, en 1537, le fue conferida una licencia real, tal como quedó consignado en el Libro de Asiento de la Casa de Contratación en Sevilla, para dirigirse a la Provincia de Tierra Firme, correspondiente al territorio continental centroamericano.
Tras arribar al puerto de Cartagena de Indias, luego de meses de travesía, Inés se dirigió hacia el sur, para buscar a Juan de Málaga entre las huestes que habían participado de la conquista y consolidación de los territorios de Perú. No obstante, al llegar a Cuzco se habría enterado de la muerte de su esposo, muy probablemente en la batalla de las Salinas, donde se enfrentaron las fuerzas de los hermanos Gonzalo y Francisco Pizarro con las de Diego de Almagro el 6 de abril de 1538.
Las versiones sobre las acciones que ella realizó tras esta noticia difieren entre sí, pero lo esencial es que, pese a quedarse sola en América, Inés Suárez decidió no dar marcha atrás y valerse por sus propios medios en el virreinato. Algunos relatos indican que habría exigido una reparación económica por su viudez, lo que le permitió adquirir unas tierras colindantes a la casa de Pedro de Valdivia, quien, por entonces, comenzaba a planear su expedición hacia Chile. Otros indican que empezó a trabajar en labores domésticas, como costurera, y que en tales oficios habría llegado a hacerse cargo del cuidado de la casa de Valdivia. En cualquiera de los dos casos, sabemos que sus vidas se entrecruzaron en el momento preciso para que Inés decidiera sumarse a la aventura que Valdivia lideraría desde 1540, buscando conquistar las tierras al sur de Perú.
Inés Suárez fue la única mujer española que formó parte de la expedición hacia Chile iniciada en enero de 1540, con la autorización de Francisco Pizarro. Para Valdivia, no fue fácil reclutar voluntarios para su aventura. El territorio se había ganado mala fama tras la frustrada expedición de Diego de Almagro. Solo once soldados españoles partieron con Valdivia y Suárez, acompañados de un contingente de indios yanaconas y sus familias. Poco a poco, a lo largo del trayecto, se fueron sumando nuevos participantes.
Los relatos de los cronistas casi no mencionan la participación de Inés durante la travesía. Pedro de Valdivia es el protagonista de su narración. No obstante, entre líneas, es posible advertir la presencia de esta mujer, que se construye a partir del reconocimiento de los roles femeninos que cumplía en la tropa. Ella debió ejercer labores de cuidado y asistencia, preparando alimentos, tratando a los heridos y manteniendo el espíritu religioso. En particular, Pedro Mariño de Lobera detalla una acción casi milagrosa de su parte, al haber encontrado agua en medio del desierto cuando los miembros de la expedición creían estar al borde de morir de sed. Dice el cronista:
Estando el ejército en cierto paraje a punto de perecer por falta de agua, congojándose una señora que iba con el general llamada doña Inés Suárez, natural de Plasencia y casada en Málaga, mujer de mucha cristiandad y edificación de nuestros soldados, mandó a un indio cavar la tierra en el asiento donde ella estaba, y habiendo ahondado al punto de una vara, salió al punto el agua tan en abundancia que todo el ejército se satisfizo, dando gracias a Dios por tal misericordia.Y no paró en esto su magnificencia, porque hasta hoy conserva el manantial para toda gente, lo cual testifica ser el agua de la mejor que han bebido la del jagüey de doña Inés, que así se la quedó por nombre.2
Los calificativos con que Mariño de Lobera la describe hablan de su positiva consideración hacia ella: mujer de mucha cristiandad, edificación de los soldados. Con ellos, sugiere su relevancia en el fortalecimiento del espíritu de los miembros de la expedición y, seguramente, la valoración que se granjeó por parte de algunos de sus compañeros de armas. Se dice que, siendo muy cercana y leal a Valdivia, ella lo habría ayudado a descubrir una conspiración en contra del conquistador, evitando que, en su ausencia, Pedro Sancho de la Hoz tomara el control de las tropas.
Sin embargo, las pistas sobre sus particulares acciones se pierden en el transcurso de las narraciones, hasta llegar al relato sobre los acontecimientos del 11 de septiembre de 1541. Los días previos a esa fecha, las huestes españolas, ya instaladas en el Valle Central de Chile, fundando Santiago el 12 de febrero de ese mismo año, se habían visto debilitadas ante algunos ataques por parte de los indígenas, que comenzaban a organizarse bajo el mando del toqui Michimalonco. Con el fin de hacerles frente, los hispanos aprisionaron a algunos caciques de la zona del Mapocho. No obstante, temiendo que sus enemigos continuaran agrupándose, Valdivia marchó con parte importante de sus huestes hacia el sur, dejando al teniente Alonso de Monroy a cargo de aproximadamente cincuenta soldados y trescientos yanaconas, además de Inés, en Santiago. Considerando que era una ciudad recién fundada, no debemos imaginar que se trataba de un asentamiento urbano consolidado sino, más bien, de un poblado fortificado.
Al enterarse de la partida de Valdivia, los indígenas decidieron atacar Santiago, iniciando la ofensiva hacia las 4 de la mañana del 11 de septiembre. Lanzando flechas, piedras y prendiendo fuego a algunos ranchos, lograron que los españoles se replegaran en la plaza central. De acuerdo con lo que relatan las crónicas, la defensa no tenía posibilidades de prolongarse por mucho tiempo. Los indígenas ya habían entrado y se aprestaban a liberar a sus compañeros que se encontraban presos. Fue entonces cuando intervino Inés Suárez, cuya acción ha trascendido como una gesta heroica.
Mariño de Lobera y Vivar coinciden en la descripción general de ese momento. Al darse cuenta de que los atacantes liberarían a sus compañeros, Inés tomó una espada y mató a los prisioneros indígenas, para luego amenazar con que acabaría del mismo modo con la vida de los demás. Vale la pena detenerse a analizar los términos con los que los cronistas narran el episodio, pues rescatan aspectos de la personalidad de Inés que contrastan el carácter de su femineidad con el arrojo que debió ser varonil y que, en ese instante, no se hallaba en la actitud de los demás soldados españoles.
Mariño de Lobera compara a Inés Suárez con los héroes de la caballería medieval, al insinuar que fue ella la que asumió el comportamiento que los hombres deberían haber demostrado. De este modo, establece una lógica de inversión de roles que reconoce la excepcionalidad de su carácter y el motivo por el cual Inés se inserta y destaca en un escenario de acciones originalmente masculinas:
Comenzaron los siete caciques que estaban presos a dar voces a los suyos para que los socorriesen libertándoles de la prisión en que estaban. Oyó estas voces doña Inés Juárez, que estaba en la misma casa donde estaban presos, y tomando una espada en las manos se fue determinadamente para ellos y dijo a los dos hombres que los guardaban, llamados Francisco Rubio y Hernando de la Torre, que matasen luego a los caciques antes que fuesen socorridos de los suyos. Y diciendo Hernando de la Torre, más cortado de terror que con bríos para cortar cabezas:
—Señora, ¿de qué manera los tengo yo de matar?
Respondió ella:
—Desta manera.
Y desenvainando la espada los mató a todos con tan varonil ánimo como si fuera un Roldán o Cid Ruy Díaz. Habiendo, pues, esta señora, quitado las vidas a los caciques, dijo a los dos soldados que los guardaban que, pues no habían sido ellos para otro tanto, hiciesen siquiera otra cosa, que era sacar los cuerpos muertos a la plaza para que viéndolos así los demás indios cobrasen temor de los españoles.3
Un ejercicio discursivo similar realiza Gerónimo de Vivar, reconociendo en la española el carácter y la habilidad que debían tener los capitanes de conquista:
Cuando allegó a la puerta de la casa, salió una dueña que en casa del general estaba, que con él había venido sirviéndole del Pirú, llamada Inés Juárez, natural de Málaga. Como sabía, reconociendo lo que cualquier buen capitán podía reconocer, echó mano a una espada y dio de estocadas a los dichos caciques, temiendo el daño que se recrecía si aquellos caciques se soltaban. A la hora que él [el teniente] entraba, salió esta dueña honrada con la espada ensangrentada, diciendo a los indios: «Afuera, auncaes» que quiere decir: «Traidores, que ya yo os he muerto a vuestros señores y caciques», diciéndoles que lo mismo haría a ellos y, mostrándoles la espada, los indios no le osaban tirar flecha ninguna porque les había mandado Michimalongo la tomasen viva y se la llevasen. Como les decía que había muerto a los caciques, oído por ellos y viendo que su trabajo era en vano, volvieron las espadas y echaron a huir los que combatían la casa [...] Mandó luego el teniente llevar los malheridos a donde aquella dueña estaba y ella los curaba y animaba.4
Aun cuando Valdivia no menciona a Inés Suárez en la carta que escribió al rey Carlos I informándole sobre el asalto a la ciudad de Santiago, el conquistador destacó el mérito de la gesta de su compañera cuando fundamentó el otorgamiento de encomiendas por los servicios que había prestado. Los términos que utiliza en este documento también expresan su asombro por la gesta de Inés, sobre todo desde la consideración de su condición de mujer. Valdivia reconoce en ella la debilidad de su físico, pero exalta su ánimo varonil para haber enfrentado a los enemigos:
En el alzamiento de la tierra y venida de los indios a esta ciudad que pusieron en términos de llevársela y vuestro buen esfuerzo y diligencia fue parte para que no se llevase, porque todos los cristianos que en ella había tenían que hacer tanto en pelear con los enemigos, que no se acordaban de los caciques que estaban presos, que era la causa principal a lo que los indios venían a soltarlos, y vos, sacando de vuestras flacas fuerzas esfuerzo, hicistes que matasen los caciques, poniendo vos las manos en ellos, que fue causa que la mayor parte de los indios se fuesen y dejasen de pelear viendo muertos a sus señores, que es cierto que si no murieran y se soltaran, no quedara español vivo en toda esta ciudad, y los demás que en esta tierra había con mucho trabajo fueran parte para se poder sustentar en ella; y después de muertos los caciques, con ánimo varonil salistes a animar los cristianos que andaban peleando, curando a los heridos y animando a los sanos, diciéndoles palabras para esforzarlos [...]; y desta venida que vinieron los dichos indios a esta ciudad, os llevaron cuanto teníades, sin dejaros ropa ni otra cosa, en que perdistes mucha cantidad de oro y plata.5
El testimonio de Valdivia, que reconoce la excepcionalidad de Inés Suárez no solamente en ese episodio, sino a lo largo de toda la campaña de conquista, refleja el aprecio y valoración que él sentía por ella. Para el conquistador español, los méritos de Inés debían destacarse, en especial, considerando que se trataba de una mujer. Valdivia sugiere que, por su condición femenina, Inés no tenía la misma capacidad o fuerza para enfrentar las adversidades de la aventura en Chile, lo que hacía más elogioso su esfuerzo:
Por cuanto vos, doña Inés Suárez, vecina, venistes conmigo a estas provincias a servir en ellas a Su Majestad, pasando muchos trabajos y fatigas, así por la largueza del camino, como por algunos recuentros que tuvimos con indios, y hambres y otras adversidades que antes de llegar a donde se pobló esta ciudad se ofrecieron, que para los hombres eran muy ásperas de pasar, cuanto más para una mujer tan delicada, como vos.6
Sin embargo, más allá de estos halagos, no existe documento alguno que demuestre explícitamente que, tras esos sentimientos, también hubo amor entre ellos. No hay una carta o un diario de vida que hable de los sentimientos entre ambos, pero la posibilidad de que hayan tenido una relación amorosa fue objeto de rumores y críticas durante esos mismos años.
El problema era que Pedro de Valdivia estaba casado con Marina Ortiz de Gaete. Sobre esta española tampoco existen mayores antecedentes biográficos. Nació en Costuera en 1513 y cuando tenía alrededor de catorce años, contrajo matrimonio con Valdivia. Si bien vivieron juntos por al menos ocho años, no tuvieron hijos. Cuando Valdivia emprendió su aventura en América, viajó solo, comprometiéndose a mantener a su esposa hasta que llegara el momento para que ella pudiera acompañarlo.
Las críticas hacia la posible relación amorosa entre Valdivia y Suárez surgieron, por lo tanto, a raíz de su condición extramarital. No obstante, las fuentes demuestran que no fue la ilegitimidad de la relación en sí misma la que constituyó el principal argumento de los cuestionamientos y del escándalo. Después de todo, Valdivia no debió ser el único español que tuvo amoríos fuera del matrimonio hallándose a miles de kilómetros de distancia de su hogar. En realidad, lo que sus críticos reprocharon era el hecho de que Valdivia —el conquistador, el capitán, el gobernador— se hubiera vuelto voluble a la influencia de una mujer. El cronista Alonso de Góngora Marmolejo lo expresa en las reflexiones que cierran sus capítulos sobre Valdivia, diciendo que al gobernador se le podían reprochar dos defectos en su vida: «que aborrecía a los hombres nobles, y de ordinario estaba amancebado con una mujer española, a lo cual fue dado».7
Las acusaciones, entre algunas de otra naturaleza, se canalizaron a través de una denuncia contra Valdivia presentada a Pedro de la Gasca, presidente de la Real Audiencia de Lima, en 1547. Esto dio pie a un juicio que obligó a Valdivia a viajar a la capital del virreinato para responder ante las incriminaciones de desobediencia a la autoridad, despotismo y codicia insaciable.
Los testimonios ofrecidos por los denunciantes permiten advertir los motivos subyacentes a las críticas contra la relación del conquistador e Inés Suárez. Los ejemplos expuestos a continuación demuestran que, en el fondo, lo que molestaba era el poder que había adquirido Inés, quien figura en el acta de acusación como una mujer manipuladora:
1° En Atacama, llevando la jornada de Chile, el gobernador dio garrote a un soldado, que se llamaba Escobar, porque Ines Suarez se quejó dél.
2° ... tenía siempre Ines Suarez espías y grandes inteligencias para saber quién le hablaba a Pero Sancho y nadie no le osaba hablar, porque no le castigase.
8° cuando se repartió la tierra a quien quiso Ines Suarez y la tenían contenta, tuvo repartimiento i públicas mercedes, que en aquello veía él quien a él le deseaba servir, y decía que «quien bien quiere a Beltrán bien quiere a su can».
9° que en el tiempo del repartimiento, les decía Ines Suarez a los que tenía por amigos, cuando estuviéremos en la cama el gobernador, mi señor, y yo, entrad a habladle y yo seré tercera, y así negociaban...
10° que decía esta señora muchas veces que quien no le daba nada no era su amigo.
11° que todo el tiempo que está en Chile y desde que salió del Cuzco, que ha más de ocho años, está amancebado con esta mujer, y duermen en una cama y comen en un plato... y manda a las justicias como el mismo gobernador.
47° que estando la tierra alzada, iban a conquistarla con el gobernador, y los dejaba y se venía por la posta a ver a Inés Suárez.8
Valdivia respondió a cada una de las acusaciones, manifestando que era él quien tomaba las decisiones, sin dejarse influir. Ante la denuncia número once, se detuvo para aclarar su relación con Inés Suárez, ofreciendo una versión que defendía la honra de ambos y que destacaba la alta valoración sobre ella, que él compartía con otros vecinos:
Al onceno digo, que en lo que toca a Inés Suárez, cuando yo fui a aquella tierra fue allá con licencia del marqués, y yo la recogí en mi casa para servirme della por ser mujer honrada para que tuviese cargo de mi servicio y limpieza, y para mis enfermedades, y así en mi solar tenía aposento aparte; y en cuanto al comer juntos es el contrario de la verdad, sino fuese algún día de regocijo que el pueblo hiciese, que a ruego de algunos saldría a comer con los vecinos que en aquel pueblo había, porque es mujer muy socorrida, que los visitaba y curaba en sus enfermedades; y por las buenas obras que della habían recibido, veía era muy amada de todos, y en lo demás que el capítulo dice de las justicias y cabildo, ella ni otra persona ninguna no es parte.9
Su testimonio fue refrendado por algunos compañeros de armas, en algunos casos totalmente y, en otros, de manera parcial. El hidalgo Luis de Toledo, por ejemplo, declaró el 3 de noviembre de 1548 que sabía de la convivencia entre Valdivia y Suárez, pero que no tenía conocimiento ni evidencia acerca de la influencia que ella habría podido ejercer sobre las decisiones que el gobernador tomaba. Además, ante la acusación número 47, afirmó que Valdivia nunca abandonó a sus hombres en medio de la guerra por regresar al encuentro de Inés.
Por su parte, el alférez Gregorio de Castañeda declaró, el 5 de noviembre de 1548, que desconocía que Inés manipulara a Valdivia, negando incluso que vivieran juntos y afirmando que ella era solo una mujer a la que el gobernador quería bien. Similar fue el testimonio del herrero Diego García de Villalón, del 6 de noviembre de 1548, que no solo negó las acusaciones, sino que además afirmó que una vez había visto que Inés había querido interceder a favor de uno de los soldados, provocando la indignación de Valdivia por su intento. Según García, solo una intervención de Monroy habría impedido que el gobernador expulsara a Suárez tras ese incidente. De acuerdo con este mismo testigo, Inés era una mujer honrada y querida por todos y siempre comía separada de Valdivia, a excepción de los días de fiesta.
Asimismo, Diego García de Cáceres, hombre de plena confianza de Valdivia, restó credibilidad a las acusaciones de manipulación en su testimonio del 8 de noviembre de 1548. Según él, el gobernador y Suárez vivían en la misma casa, pero dormían en camas separadas. Su opinión sobre ella era que se trataba de «una mujer cuerda y caritativa» y reconocía en Inés el ejercicio de los roles propios de la mujer. Mientras negaba que ella hubiera intervenido en política, destacaba que cuidaba a los enfermos y heridos, y que procuraba levantar ermitas, ornar altares y promover la espiritualidad cristiana en la incipiente comunidad de Santiago.
Los testimonios recogidos en el proceso judicial ofrecen una interesante posibilidad para conocer la percepción que algunos compañeros de armas tenían sobre Inés Suárez, pero, además, para comprender las categorías de género sobre las que se sostenían tanto las denuncias como las defensas expuestas. Como ya decíamos, las acusaciones contra la relación se concentraron sobre todo en la manipulación que ella habría ejercido sobre Pedro de Valdivia y, en el fondo, en la participación de esta mujer en un ámbito que no debía incumbirle, el de la política. Después de todo, las declaraciones también permiten advertir que Valdivia escuchaba las opiniones de otros compañeros de armas, como Alonso de Monroy o Jerónimo de Alderete, y eso, en cambio, no fue objeto de críticas.
Igualmente, los argumentos de defensa denotan los imaginarios culturales y sociales referidos a las nociones y roles de género. Para defender la integridad de los denunciados, los testigos insistieron en la capacidad de Valdivia de gobernar y tomar decisiones por sí mismo, así como en su compromiso y valentía en la guerra y con sus compañeros de armas. Destacaban, en el fondo, el rol político y militar del gobernador. En el caso de Inés, enfatizaban en su espiritualidad, decoro y en los roles de cuidado que, como buena mujer, ella cumplía al servicio de los varones. En ese sentido, los testigos defendieron que ambos se comportaban de acuerdo con lo que la sociedad de su tiempo habría esperado de ellos.
El 19 de noviembre de 1548, presidiendo el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, Pedro de la Gasca dictó sentencia. Pedro de Valdivia fue absuelto, pero la decisión se condicionó al requerimiento de que el gobernador «no converse inhonestamente con Inés Suárez, ni viva con ella en una casa, ni entre ni esté con ella en lugar sospechoso [...] de tal manera que cese toda siniestra sospecha de que entre ellos haya carnal participación». La sentencia exigía a Valdivia, respecto de Suárez, «que dentro de seis meses primeros siguientes después que llegase a la ciudad de Santiago de las provincias de Chile, la case o envíe al Perú para que en ellas viva o se vaya a España, o a otras partes, donde ella más quisiere».10 Finalmente, Pedro de la Gasca determinó, además, que Inés Suárez debía restituir y distribuir entre los conquistadores los indios que había recibido como reconocimiento a sus méritos por parte de Pedro de Valdivia.
Así terminó (si es que existió) la relación amorosa entre ambos. La única orden del tribunal que no cumplieron fue la restitución de las encomiendas que él le había otorgado. Pedro de Valdivia regresó a Chile a comienzos de 1549 y procuró buscar un marido para Inés Suárez. En tanto, comenzó los preparativos para que Marina Ortiz pudiera viajar a América y encontrarse con él. El proceso tardó. Solo cuando Valdivia consideró que
