Cabo de Hornos
Las costas occidentales de la Tierra del Fuego se desgranan en numerosas islas, entre las cuales culebrean canales misteriosos que van a perderse allá en el fin del mundo, en La Sepultura del Diablo.
Los marinos de todas las latitudes aseguran que allí, a una milla de ese trágico promontorio que apadrina el duelo constante de los dos océanos más grandes del mundo, en el cabo de Hornos, el diablo está fondeado con un par de toneladas de cadenas, que él arrastra, haciendo crujir sus grilletes en el fondo del mar, durante las noches tempestuosas y horrendas, cuando las aguas y las oscuras sombras parecen subir y bajar del cielo a esos abismos.
Hasta hace pocos años, solo se aventuraban por esas regiones audaces nutrieros y cazadores de lobos, gentes de distintas razas, hombres corajudos que tenían el corazón nada más que como otro puño cerrado.
Algunos de estos hombres han quedado engarzados para toda la vida en esas islas. Otros, desconocidos, acorralados por el látigo del hambre que parece arrearlos de oriente a occidente, llegan de tarde en tarde a esas tierras inhospitalarias, donde pronto el viento y la nieve les machetean el alma, dejándoles solo los filos con dureza de carámbano.
Al final de los canales existe un lugar de tenebroso renombre: el presidio de Ushuaia. De las sangrientas evasiones de presidiarios también han quedado regados por las islas, entre los indios, a veces, hombres que han conquistado su libertad a tiro limpio y que no podrán asomar la cabeza por donde haya una luz de justicia.
Nada debe extrañar al hombre de esas tierras; que un barquichuelo se haga a la mar con cuatro marineros y regrese con tres; que un cúter haya desaparecido con toda su tripulación, etcétera. Nada debe extrañarle cuando las pieles y el oro son repartidos proporcionalmente entre los tripulantes...
Al final de esos canales, cercana al cabo de Hornos, está situada la isla Sunstar.
Los dos únicos habitantes de la isla, Jackie y Peter, están sentados en el umbral del rancho en un inacabable anochecer de diciembre. El rancho es una construcción de dos piezas formadas con troncos rústicos, sobre cuyo techo los líquenes y musgos verde-amarillentos crecen, como una tiesa sonrisa de esa naturaleza agreste, hacia el cielo que, cargado de desgracias, deja caer sus nieves durante la mayor parte del año.
Los cazadores dicen que son hermanos, pero nadie sabe nada; ellos nunca lo han manifestado, como que no abren la boca sino para la violencia y para engullir.
Jackie tiene la faz impersonal y vaga de un recién nacido; de regular estatura, con un chispeante reflejo en los ojos sumidos en párpados sin pestañas, enrojecidos y tumefactos, parece a veces un gran feto o una foca rubia.
Peter es más interesante con sus rasgos de zorro, de felino hipócrita y cansado. A primera vista tiene una actitud apacible, pero en la cabeza de estopa asoleada hay unos mechones turbios, más oscuros, que advierten, sin saberse por qué, de algo sórdido y agresivo que se esconde en su aparente mansedumbre.
Comentan que tienen algunas libras esterlinas guardadas y que están juntando más para irse a sus tierras... ¿A qué tierras? ¿De dónde han venido...?
Nadie sabe el origen de muchos hombres de esos lugares, nadie sabe dónde van a ir a parar. Parecen emergidos de la tierra misma, de esas aguas raras y perdidas en el extremo del orbe.
Hablan una mezcla de español e inglés gutural. Su trato con los indios y la soledad les ha hecho perder el don de hilvanar pensamientos y frases largas. Son entrecortados en su decir y difíciles de entender para los hombres un poco más civilizados que bajan desde Magallanes a buscar las codiciadas pieles.
Después de haber comido un poco de pescado se han sentado a la puerta, a descansar, en medio de la tarde que ya va cayendo con los más extraños reflejos del crepúsculo austral.
Al frente, las aguas del canal están tranquilas y profundas; en el fondo de las ensenadas, circundadas de robles, tienen un color más oscuro, y parecen vagar sobre la tersa superficie vahos de negruras inquietantes.
El silencio es completo, estático y frío.
Jackie lanza un bostezo desde sus quijadas de foca, apoya la cabeza en la mano y mira una nevada montaña, a lo lejos, por detener los ojos en algo. Esa curiosidad no la produce, tan solo, un leve instinto de gozar la belleza.
De pronto hace un movimiento inquieto y para la oreja en dirección a un ruido que advierte venir de la playa cercana. Primero es un chapoteo como el de una nutria que sale del mar, trepando por los acantilados; después es un suave y tierno despegar de remos en el agua.
Por costumbre de cazador va a buscar un Winchester al interior de la choza y aguarda en medio de la puerta. Peter también se ha levantado en actitud de espera.
Al cabo de un rato, el mojado ruido cesa, y a poco se oye un abrir de malezas en el robledal que circunda, en parte, al rancho, y, ya no les cabe duda, alguien avanza entre los robles bajos y tupidos.
Entre hombre y hombre, nadie allí usa armas; Jackie, con desgano, deja el rifle detrás de la puerta.
Nadie usa armas, porque un cartucho vale una piel de lobo o de nutria; y cuando alguien quiere evitar el molesto reparto de los cueros, se elimina al socio abandonándolo en un peñasco solitario en medio del mar, o basta con un pequeño empujón junto a la borda del celoso cúter, en una noche tranquila, mientras se navega.
Una mancha parda apareció entre el verde del ramaje, y un hombre echado hacia adelante con la ropa desgarrada y empapada, avanzó al pequeño claro de pampa, como un animal apaleado surgido de una charca.
Los hermanos se miraron; el hombre se detuvo a unos pasos de ellos; alto, magro y noble a pesar de que en él todo estaba desvalido; renegridos los poblados bigotes y la barba. Levantó la cabeza, y con una extraña mirada de súplica, como si todo él se hubiera azotado contra el suelo, dijo:
—¡Un poco de comida!... ¡Vengo arrancando de Ushuaia!...
La voz salió rara, como si en todos los días de peripecias no la hubiera usado y ahora no tuviera timbre.
Peter, el de los mechones oscuros en la cabellera de lampazo,movió la cabeza negativamente y,con la mano levantada, indicando el camino por donde el hombre había llegado, dijo tropezando en las palabras:
—¡Vamos!... ¡Andando!... ¡Lárgate!...
El hombre no rogó, sabía que estaba de más; y ya se disponía a volverse, cuando su vista se detuvo fijamente en un montón de cueros de lobeznos, estaqueados junto a las paredes de la choza.
Las pieles más codiciadas por los cazadores son las de lobos de dos pelos; pero los industriales europeos han imitado muy bien esta fina piel con los cueros de los lobitos de un pelo, muertos dentro de los ocho días de su nacimiento y descuerados antes de las veinticuatro horas de haberlos sacrificado.
Esas pieles se conocen con el nombre de popis, y los compradores en Magallanes pagan a razón de cuarenta a cincuenta peniques por cada una.
La abundancia de lobos de un pelo en las regiones antárticas es enorme. La dificultad está en los inaccesibles lugares en que paren las lobas y la duración de la caza, que debe ser, como dijimos, dentro de los ocho días del nacimiento.
—¡Ustedes cazan popis!... —dijo el prófugo con algo en la cara que no alcanzó a ser sonrisa, y continuó—: Yo conozco una caverna, una enorme lobería donde abundan más popis de lo que se puede cazar.
La cara de Peter se ensanchó, y en los labios apareció una sonrisa, como el oscuro pantano que, en alguna noche plateada, se ilumina igual que la fuente.
—¡Pero, antes, un poco de comer!... ¡Estoy que caigo de hambre! —siguió el prófugo.
—Primero dinos: ¿dónde está la lobería? —exclamó uno.
—¿Han oído ustedes hablar de La Pajarera?...
—¡Sí! Vaya una novedad, ya sabemos que en su interior hay una lobería y que nadie ha podido entrar en esa isla endiablada, porque la boca de la caverna está en pleno océano, llena de peñascos y rompientes.
—¡Eso es!... —dijo satisfecho el prófugo—. ¡Nadie ha entrado por ahí, pero donde hay pájaros hay lobos, y donde hay lobos, peces!... ¡Antes de salir mar afuera, en el recodo que tiene la isla en la mitad, allí donde nadan y juguetean las manadas de focas, hay una entrada oculta!...
—¡Vamos, quédese aquí! —sonrió Peter con su cara maligna.
El hombre comió un poco de pescado seco, restos de carne asada, y se acomodó para dormir sobre unos cueros, detrás de la mohosa y destartalada cocina.
Los gringos se echaron sobre sus camastros de toscas tablas de roble, apegados a la pared, que en esta parte estaba calafateada de estopa y pedazos de cueros podridos, para guarecerse del viento y de la nieve.
Volvió a reinar de nuevo el silencio. La noche austral afuera, quieta y helada.
¡Todo es cuestión de precio, en esa tierra y en todas partes! Al amanecer, más o menos a las dos y media de la mañana, ya estaban a bordo del pequeño cúter con su chalana a popa, los tres hombres afanados en zarpar, como si se hubiesen conocido toda la vida.
El sol semipolar empezaba a iluminar el paisaje de soslayo, como un reflector paliducho y lejano, cuando las explosiones del motor a kerosene del cúter taladraron la paz de los lugares y la embarcación fue avanzando despaciosamente, rumbo al sur, canal abajo.
A las tres horas de navegación llegaron a la desembocadura del canal. Más allá se divisaban las grandes olas del océano, que iban menguando sus furias al acercarse a la pequeña angostura de la salida. Esta las transformaba en mar picado y correntoso, peligrosísimo cuando las mareas subían o bajaban.
El cúter inició un tenue balanceo por la amura de babor y, virando, fue a buscar el recodo de la isla, donde, después de buscar fondo, Jackie lanzó al mar la pequeña ancla.
La Pajarera es una isla alargada en forma de monstruo o lobo echado, cuya cabeza, cimbrada por los recios vendavales del cabo, parece agacharse desafiante y vomitar rocas despedazadas donde el mar va a romperse eternamente.
—¡Allí es!... —dijo el prófugo, señalando desde la proa del cúter una disimulada hendidura que penetraba en la isla, y que se perdía en tupido ramaje. Contemplando la pared grisácea de la isla, sintió escapársele un respiro desde el fondo del ser.
Esa era su «pajarera»; ocho años sin verla. La caverna que él solo conocía. Entre esos mismos recovecos estuvo escondido una vez, cuando en Ushuaia los malditos reflectores de los guardacostas le pescaron el contrabando de aguardientes...; hubo tiros y necesidad de acertar. ¡Quién sabe cuántos!... Todo quedó atrás.
La alta roca se cortaba en una línea pareja, inclinada hacia el mar. La sombra de su cumbre saliente robaba una zona de claridad en las aguas.
Hubiera semejado un trozo de un mundo extraño, muerto, si en las pequeñísimas grietas, como escalones formados por capricho natural, millares de pájaros no estuvieran constantemente apiñados. Balconeaban, cual habitantes de un curioso rascacielos, cuervos de mar, patoliles, caiquenes blancos, triles, albatros, gaviotas y palomas del cabo.
Un orden admirable guardaba esa «pajarera», que le había dado el nombre a la isla. En la parte de abajo, los pingüinos se aglomeraban con sus pechos de nieve y con su estúpida gravedad; seguían arriba los cuervos y patoliles con sus pazguaterías de mirones, escandalizándose por todo. En la parte alta, saliendo y llegando como a determinadas expediciones, las gaviotas y albatros ponían sus notas de lontananza.
De vez en cuando, un picotazo en la riña lanzaba al espacio a un cuervo que sostenía la caída con las alas; otro llegaba en vuelo recto dispuesto a abrirse un lugar, y se armaba un tumulto de alas, picos y graznidos.
«Donde hay gaviotas, hay lobos, y donde hay lobos, peces», había dicho el forastero. La corriente que se estrecha en esa parte y la ensenada guarecida y profunda de La Pajarera eran la vía central del tráfico incesante de los habitantes del mar.
Así, la eterna lucha aparecía del fondo del mar cuando un lobo sacaba de un estirón el redondo cogote fuera de la superficie, mordiendo un róbalo que se retorcía como un brazo blanco y espejeante.
Era un espectáculo escultórico del mar: la piel del lobo, reluciente y oscura, el cuello dilatado en formas vigorosas, las fauces de perro y de hombre, con sus bigotes destilantes cual trozos de cristal, apretando la cola del pez que se enroscaba y abofeteaba las quijadas ansiosas de la bestia.
Más allá, en pequeños grupos, con sus cuerpos esbeltos de delfines, nadaban a saltos y en parejas los lobos finos de dos pelos.
Los tres cazadores, embarcados en la pequeña chalana, se acercaron a la hendidura oculta por la cortina de líquenes y enredaderas.
Apartando el verde cortinaje, penetraron en una boca oscura. Era la entrada oculta de la caverna. La roca sudaba humedad y el agua de una pequeña vertiente caía en inflados goterones al mar.
Alumbrados con un farol, avanzaron empujándose con los pequeños remos contra las paredes lisas y viscosas.
Habríanse internado unos treinta metros, cuando una claridad confusa fue recibiéndolos poco a poco y un sordo rumor lejano, como retumbos de bombos colosales, turbó aquella paz de tumba. Era el mar bravío que se rompía en la entrada inaccesible de la caverna, la que quedaba hacia el cabo.
Poco a poco la semiclaridad disminuyó, se hizo más pareja. Las paredes se adivinaban cortadas a pique y hacia el techo de la caverna no se veían más que negruras espesas y aplastantes.
El prófugo tomó la singa de la chalana, haciéndola avanzar con mil precauciones. El remo, aleteando suavemente en forma de hélice, apenas producía un ruido cuyo eco se tragaban las oquedades.
Los tres hombres se agachaban instintivamente oteando hacia adelante, donde parecía estar poblado de pavuras.
De pronto, un extraño olor a sangre de pescado putrefacta llegó a atosigar a los tres hombres, en ondas tibias y nauseabundas.
El olor se fue intensificando; las ondas tibias se hicieron oleadas sofocantes y pesadas, y un rumor blando y apagado fue percibiéndose.
De súbito, la galería de la caverna se ensanchó y en el fondo de una poza enorme se divisaron montoneras de cuerpos grandes, pardos y redondos, que se movían con pesadez y lentitud.
—¡Esa es la lobería! —dijo el prófugo, y su voz enronquecida continuó—: Hay que tener cuidado con los machos viejos, esos grandes y barbudos, que son los únicos que se quedan acompañando a las hembras en la parición. Preparen el rifle y, cuando estemos cerca, disparen unos balazos para que las lobas se abran y podamos bajar en las toscas de la pequeña playa.
A los disparos se agitaron los cuerpos y en un breve claro de playa los hombres atracaron la chalana; cada uno desembarcó, llevando en la mano un grueso palo en forma de maza.
Un macho enorme, con bigotes tiesos y horribles, movió las arrugas de sus belfos; sus ojos se movieron con extraños reflejos y se levantó sobre sus aletas en actitud feroz... Un disparo de Jackie, que llevaba el rifle, retumbó, y el lobo se desplomó, lanzando un bramido sordo y profundo.
En las profundidades de una caverna, en el seno de una isla, rodeados de sombras, de un olor y de un calor pesados que embotaban los sentidos, los hombres sufrieron un breve remezón y aflojaron un poco su reciedumbre cuando sintieron aquel bramido del lobo moribundo...
Acostumbrados, sí... pero mar afuera, en donde las olas y el viento pegan de frente y atacan fuerte; mientras que estas hondas negruras, esta pesadez de cuevas hechas para monstruos...
—¡Estos son los jodidos! —dijo el gringo, cuando vio desplomarse la bestia del guaracazo.
La parición estaba en su apogeo. Algunas lobas en el duro trance se ponían de costado y de sus entrañas, abiertas y sanguinolentas, salían unos turbios animalitos, moviéndose como gruesos y enormes gusanos con rudimentos de aletas. Otras emitían intermitentes raros quejidos, casi humanos, en los últimos dolores del alumbramiento. En su estibamiento, a veces se aplastaban unas con otras, y, madres al fin, en su desesperación, se daban empujones y mordiscos para salvar a sus tiernos hijuelos de ser aplastados. Estos, los más grandecitos, se encaramaban sobre los lomos maternos como curiosos ositos de juguete, o bajaban dando los primeros tumbos de la vida.
Una rara palpitación de vida, lenta y aguda, emanaba de esa masa dolorosa e informe, de cuerpos redondos pardo oscuro.
Quejidos de tonos bajos, sordos. Choques de masas blandas. Desplegar de aletas, resoplidos. Chasquidos pegajosos de entrañas en recogimiento. Algo siniestro y vital, como deben ser las conjunciones en las entrañas macerantes de la naturaleza.
¡Si aquello no era una lobería, era una isla en el trance doloroso!... ¡Una isla pariendo! ¡El gemido de la naturaleza creadora, en esa bolsa de aire fétido y aguas oscuras!... ¡La matriz fecunda de la isla incubando los hijos predilectos del mar!...
¡El mar, ese macho arrollador y bravío que baña sus peñascos relucientes desde afuera!... ¡El progenitor que devuelve los dolores parturientos de la isla, con blancas caricias de espumas engarzadas a los riscos! ¡Región de un mundo lejano!... ¡Lobos, loberos, islas extrañas! ¡Tierra sobrecogedora, inolvidable y querida; el hombre que se ha estremecido en sus misterios, se amarrará para siempre a sus recuerdos! Ella y sus hombres son como el témpano. ¡Cuando la vida le ha gastado las bases azules y heladas, da una vuelta súbita y aparece de nuevo la blanca y dura mole navegando entre las cosas olvidadas!...
Pero es inútil que se esconda la vida en lo más profundo de sus entrañas: allá se mete el hombre con sus instintos para arrancarla.
Los tres cazadores iniciaron su tarea de siempre y de todas las partes: matar..., matar, destruir la vida hasta cuando empieza a nacer.
Con los mazos mortíferos en alto, fueron brincando por sobre los cuerpos que daban a luz y descargando garrotazos certeros sobre las cabecitas de los recién nacidos. Los tiernos lobeznos no lanzaban un grito, caían inertes, entregando la vida que solo poseyeron un instante.
¡Matar y matar!... ¡Cuanto más rápido, mejor! Como poseídos de una locura extraña, los hombres asestaban mazazos e iban amontonando los pequeños cuerpos.
Sudorosos, cansados, se detenían un momento a tomar aliento. Un macho viejo y grande les atemorizaba a veces, y hacían intervenir el fusil. Las lobas no se defendían y sus ojos contemplaban fijamente, con un fulgor indefinible, la tarea de los matadores de sus hijos.
Cuando hubieron calculado la carga de la chalana, empezaron a arrojar en su interior los muertos, hasta que la línea de flotación les aconsejó prudencia.
Luego, la chalana, llena de
