El terremoto
A Francisco Giner de los Ríos
Sumido estaba en el más plácido sueño cuando un remezón fortísimo me despertó. Quise abrir la puerta de calle, pero no pude. El patio delantero era estrecho y altos sus muros. Quedé inmóvil, dispuesto a lo que viniera. El temblor arreció. Las mujeres imploraban al Todopoderoso. Su griterío era casi peor que la sacudida. Algunas corrían gritando.
El movimiento ondulante venía desde la entraña de la tierra. Abríase en abanico y todo vacilaba. Miré las murallas con pesimismo, ay, seguro de que caerían sobre mí si el remecimiento aumentaba. Aunque he luchado con éxito por mantenerme tranquilo, en circunstancias semejantes, esta vez habría llegado al espanto si el vaivén tremendo no cesa. Fue decreciendo por ventura; entonces hice girar la llave y me asomé. Seguían gritando las señoras, eso sí que, con menor vehemencia, para no callarse de repente. Una, crucifijo en mano, humillábase ante alguien a quien ofendiera. En medio de la calle rezaban ancianas en tono agudo. Los maridos permanecían en silencio. Los chicos, alegres, corrían.
Lamenté ser desconocido porque sentía necesidad de compartir mis tumultuosas impresiones. Hasta pensé en salir en busca de un amigo.
—¡Este debe ser terremoto en otra parte! —dijo un anciano que no había despegado sus labios.
Al día siguiente en corro leían los diarios. Clamaban los altavoces. Un terremoto había volcado varios pueblos del sur. Perecieron miles. En tal ciudad sólo la iglesia quedó en pie. Destruyéronse los hilos telegráficos, las ferrovías; los caminos quedaron cortados por anchas grietas.
Frente a los altavoces se renovaba el gentío. El espacio hallábase transido de mensajes: «Luis Muñoz murió», «Juan Pérez desea saber de su mujer Melania Guzmán y sus hijos», «Pido a mi esposo Pedro Díaz que avise cómo está», «Fallecieron sepultados los esposos Pantoja». Esto envolvía a la capital en una atmósfera de pesadilla. No había quien no palideciera ante la lista de muertos que alguien recitaba minuto a minuto.
Fui a la oficina y no tuve ánimo para barajar papeles. Hube de juntarme nuevamente a la muchedumbre que esperaba nuevas.
Después de almuerzo encontré en mi escritorio carta de mi esposa. La había traído un aviador que aterrizó en el fundo donde ella veraneaba. Aunque se cayó un muro, ni ella ni los niños ni los dueños de casa recibieron daño físico.
Ir al sur era difícil. Precisábase salvoconducto, pues se temía a las epidemias; allí faltaban alojamiento y comestibles. Conseguí que un auto de la pesquisa me llevara como agente de pega. Salimos al amanecer. Pasado el mediodía entramos a la región devastada: habitaciones, vallados, tapias, árboles centenarios habían sido abatidos. De trecho en trecho, grietas hondas dificultaban el paso. Fue necesario orillarlas, desviarse y emprender rodeos.
En menos de una hora hasta el polvo adquirió sentido angustioso. La vivienda hundida, la cerca deshecha y el mutismo apretaban el corazón. En vano el viento, un viento suave, susurraba en las arboledas.
La actitud de los dos pesquisas que viajaban conmigo era bastante hermética. Parecía darles igual cuanto ocurriera. El desastre era para ellos trabajo, privaciones, fastidio. Al principio les comuniqué mis desoladas observaciones, que resbalaron por sus agrias fisonomías. Después consideré mejor callármelas.
Venían carretas atestadas de enseres y muebles rústicos. Pasaron cabezas desgreñadas, rostros pensativos, mujeres con rebozo, barbas. Alguien portaba una pajarera; en un vehículo gruñía un cerdo, veíase parte de una vihuela. Tras el convoy parejas de campesinos, con sendos hatillos, seguían abstraídos.
Solía interrumpirse la caravana, apagarse el chirrido de las ruedas y el campo recuperaba su placidez. Pronto, en un recodo, aparecían los restos de un rancho, un perro que corría hacia el norte y carruajes con damas pretéritas, flanqueados por señores a caballo.
De noche, hambrientos, cegados por el polvo remolido y volandero, dando tumbos, nos detuvimos en la plaza de una ciudad. Hacía frío, llovía con intermitencia, reinaba la oscuridad, no existía hotel donde asilarse. Hubimos de pernoctar en el automóvil. No disponíamos siquiera de una manta. ¿Cómo dormir un rato? El frío era cada vez más penetrante. Al avanzar la noche se multiplicaban los disparos. ¿Por qué el terremoto crea tal apetito de robo?
Logré transponerme. Me despertó el hielo del alba. Caía una tenue llovizna. La plaza era un hacinamiento de carpas, braseros, familias guarecidas bajo un paraguas. Era imposible imaginar algo más penoso.
A duras penas, evitando los escombros, el automóvil se puso en movimiento. La iglesia hallábase en tierra; el teatro estaba en tierra. Manzanas enteras formaban un todo de adobes, ladrillos y palos rotos. Algunas calles habíanse borrado. Más adelante, una que otra casa subsistía sin techo, o sólo con un par de muros. En una, el piso alto se descontrapesó y el piano y los muebles de salón quedaron suspendidos, y los dormitorios, en el extremo opuesto, se confundían con la cocina.
Caracoleando de una calle a otra, luego de tener ante los ojos cabezas vendadas, individuos cojeando, y sortear montañas de ruinas, llegué junto a los míos. Nos abrazamos con la última fuerza. Después sentí una extraña debilidad.
No era posible regresar en seguida. Los trenes tenían muchos heridos que transportar al norte. Vagábamos por las colinas. Solíamos asomarnos a lo que fue pueblo, impulsados por la atracción que ejerce cualquier trastorno.
Ver calamidades no impresionaba. ¡Eran tantas! Mas, sí me conmovió una bodega casi derruida. Contuvo inmensos fudres, rotos ahora, cuyo vino rojo iba empapando el denso polvo de la calle tal si fuera sangre.
Había viejecitos ensimismados ante lo que fue su hogar y prójimos errantes. La noche evocaba la guerra: disparos en una vasta extensión. Desde nuestro albergue sentíamos que merodeadores a caballo vadeaban el río.
Corre el Tutuvén entre dos colinas doradas. De lejos su color es gredoso, no invita a sumergirse en él. Es su defensa. Igual a los hombres que van y vienen por el rulo, silente cumple su destino de irse y permanecer.
De cerca es transparente y fulgura lo mismo que una masa de cristal. El quemante sol, que calcina la tierra ondulada del contorno, entibia su caudal. El Tutuvén se va, se escurre sin ruido, a semejanza de los varones que siembran, ven germinar el trigo, sienten alzarse la mata de garbanzo o crecer, achaparradas, las verdes parras, y cosechan y vendimian sin canto ni alharaca, acaso para continuar fieles a la consigna de ser quitados de bulla.
Con todo lo tibio, lo dulce y acogedor que es, parece el Tutuvén un río gastado, porque su cauce es muy hondo y la corriente de sus aguas apenas se alza del lecho. A ratos da gana de pensar que el sol se lo ha estado bebiendo por siglos. El Tutuvén se desliza conteniendo la respiración, disimulándose. El vivirá sin queja. A los íntimos puede insinuarles algo, achacar su escaso volumen a los años. Mas, nunca ha de confesar la causa verdadera. Observa el mismo principio que el chileno apuñalado: ni al juez ni al policía da el nombre del hechor, pero de tarde en tarde mejora el filo de su puñal, y alguna vez, ¿cuándo vence el plazo de la venganza?, devolverá la puñalada con una o dos de llapa.
A trechos, en las altas riberas del Tutuvén, crecen unos cuantos árboles. Ellos sí que murmuran al soplar el viento de travesía. Mayor razón para que el río haga su viaje ausente, y enmudezca como si no fuera río, sino piedra.
Empero, cuando el sol pega fuerte y el Tutuvén está embargado por el recelo, algo da a entender. Uno se acuesta, desnudo, en su fresco y mullido lecho. En el cielo juegan unas pocas nubes blanquísimas. Las ovejas pacen en la colina amarillenta. No cansan las aguas del Tutuvén, y la arena, molida durante milenios, atemperada por el sol, es deliciosa. Tendido fumo; sobre mis ojos danzan los colores. Poco a poco soy arena, leño, hoja seca. El silencio adormece mis sentidos.
Pero el Tutuvén no acepta mayor silencio que el suyo. Es en esa circunstancia cuando revela parte de lo que le concierne, sin voz, más bien metiendo su embrollo en nuestra cabeza.
Le gusta suponer que uno se pasa mirando lo alto de sus riberas. Creeríase que eso es lo que más le afecta. Su embrollo, si a uno le diera por hacer de intérprete de los ríos, habría que traducirlo en palabras semejantes a estas:
«Cierto es que llegué hasta el pie de esos álamos, pero fue antiguamente. Y también, eso sí que, en invierno, me di el gusto de hacer mi inundacioncita colina arriba. Mas, ¿qué no cesa con los años? Cuando era río indio, un verdadero Tutuvén, hallábame en toda mi fuerza y podía hacer mil niñerías. Entonces no me atravesaban así no más las carretas, las ovejas ni los perros (y a todo esto ni una palabra acerca del sol, como si no fuera cierto que se lo está bebiendo). Uno se debilita. Además, tuve que hacerme chileno siendo ya viejo. Créame que no me ha ido mejor. Es verdad que entre indio y chileno no hay gran diferencia, pero es un cambio. He ido bajando sin bulla. Me digo: ¿qué tanto queda por ver? Siempre las mismas parras, los garbanzos, la lenteja y su poco de huerta. Para esto todavía sirvo. Me suben en gamella, y crecen a su debido tiempo la cebolla, el tomate, la lechuga y otras frioleras gratas a la gente».
«Uno envejece. Sin embargo, mientras aliente cabe ayudar. Ahí tiene el árbol. Si verde, da sombra, es habitación de pájaros, le hace la cruza al viento y siendo callado, como es, no hay hora en torno suyo sin canto o silbido».
«Ahora vienen las mujeres, arremangan sus faldas y lavan. Cuando era caudaloso no hubieran podido. Hablan de que en otra agua no queda la ropa tan blanca. Debe de ser pura habladuría, pero no se deja de hablar. Los hombres acuden más raramente, sobre todo los solteros. Tal vez les detiene el cuento de que casa con cauquenina quien se moja en mí».
El Tutuvén continúa su monólogo, pero Carmen, la abnegada sirvienta, grita desde la colina:
—¡Que venga a tomar el té!
Los moradores del Tutuvén son enjutos. El sol los consume y los acaba; andan lentamente y apenas cantan. Ellos dominan el paisaje e imponen su voluntad al río. Un año y otro siembran, cosechan y vuelven a sembrar, aunque el provecho vaya a manos de personas de las ciudades. Mueren unos, y otros empuñan la pala, hunden el arado o conducen la carreta. Es así la ley del río. En la jornada del pobre no está consultado el aburrimiento, aunque cumpla su faena a lentos pasos. El suelo le infiltra fidelidad.
Suelen hastiarse los hacendados y abandonar las rubias colinas. «Hay que darse buena vida», dicen. Eso repercute: cesa la iniciativa y el trabajo languidece. «Esta no es vida», agregan al empobrecer y vuelven al campo cabizbajos.
De sobrevenir un cataclismo, pongamos por caso el terremoto, es seguro que los hombres del Tutuvén, no se alegran, mas tampoco se arrancan los cabellos ni vierten lágrimas. Miran los escombros, buscan herramientas y vamos, sin apuro, despejando el terreno porque saben que el viento y la lluvia no son invenciones. Es posible que sientan de rebote un oculto alborozo: pueden levantar la casa en el sitio preciso.
Frente a las ruinas, exclaman:
—¡Bueno con el temblorcito!
Y reunirán los palos no dañados, irán apartando los terrones, las tejuelas intactas y salvando cuanto sirva para el hogar. Es previsible que digan, refiriéndose a la vivienda abatida:
—¡Harto había durado la pobre!
Así quitan prestigio al terremoto y terminan convenciéndose de que las habitaciones cayeron por una razón misteriosa, barruntada por ellos. De tal manera afrontan el desastre y cuando lo han dominado, opinan:
—Bien mirado, se puede decir que no fue para tanto.
Ese juicio es su respuesta a las mujeres alharaquientas. Y el siguiente sella los labios y normaliza el pulso:
—¿No habría sido peor morirse?
Los habitantes del Tutuvén, sin confesarlo, dan a los más desconcertantes fenómenos algún atributo humano o animal. Quizá tengan al terremoto por un monstruo colosal que, al enojarse, lo echa todo abajo, pero que, en reposo, está plegado y mimetizado en cualquier lejana hondonada.
Al disminuir el efecto de sus devastaciones, pretenden desilusionarlo, infiltrarle el convencimiento de que eso, el espantoso remecimiento, es vano porque ellos vuelven, en un periquete, a rehacerlo todo. Su persistencia en mostrarse impasibles ante la catástrofe es un ardid para el desencanto de quien la produjo.
Varias casas se van alzando; suena el martillo aquí, también allá.
—¿Así es que nos embromamos del todo? —interroga el cristiano que se ha detenido con una carretilla.
—¡Nos llegó al mate!
El del tijeral sigue dando martillazos. Comprueban, ufanos, que la desgracia no es irremediable porque este trae arena, carpinterea ese y aquel corta adobes.
—¡Bueno con la mortandad grande que hubo!
—Es que Dios no querría que fuéramos tantos —y los martillos se embravecen en los clavos.
Más lejos dos gañanes reflexionan ante una muralla ladeada:
—Esta caerá para el nuevo terremoto.
Cogen palas y van llenando las carretas. Acaso en diez años dejen el pueblo despejado.
Los hombres del Tutuvén pueden carecer de movilidad facial. Sin embargo, están alertas, dispuestos a cualquier contingencia. Y no bien ocurre, más que, al lamento, tienden a inventariar lo salvado. Luego, con modestia, expresan su admiración por estar vivos.
Su actitud, si fatalista, es activa. Dentro de tal o cual ritmo descubren lo necesario, reconstruyen sus mil intereses, adquieren sentido de totalidad, hasta tienen algo más fresco que decir en sus pláticas.
La copia
Para Adina Amenedo de Amster
Al comienzo el orfebre Urriola sintióse feliz en el ala del caserón. Las criadas, de los otros departamentos, solían poner las vitrolas en tono mayor; también del garage llegaban bocinazos y trepidaciones de motor, pero esto no era permanente, de modo que podía trabajar el oro y la plata muy a su gusto. Su mujer cosía cantando.
Cuando llegaron las primeras lluvias se filtró el agua por el pasillo. Cayó un líquido barroso. Rápidamente pidió le arreglaran el tejado. Hubo de repetir su queja porque los aguaceros menudeaban. Se le prometió hacerlo, mas ¿en qué promesa no hay una mentira suspendida?
La muerte de un gato en el entretecho aumentó su disgusto. El artífice maldecía en vano.
Tanto porque sus ingresos eran reducidos como por lo ingrato que es mejorar la propiedad ajena, no pudo emprender el arreglo. Resolvió escribir al arrendador. Tenía que ser preciso, pero tan amable que moviera al propietario en favor suyo. Corrigió, pulió y la carta quedó al fin terminada.
Cuando el cartero le entregó la correspondencia, don Hernán, que leía impasible cada papel, acercó este a sus ojos, sorprendido, y con furor lo hizo añicos.
—¡Sofanor, un momento!
Desde el fondo vino un joven sonrosado, de rostro abierto y simpático.
—Agregue esto a los expedientes. A Mora contéstele que le tendré plata entre el cinco y el diez. Al señor Lopetegui dígale que falta la firma de su hermanastro.
Don Hernán lo miró irse y recuperando los fragmentos de la carta, los puso ante sí, alisándolos y, luego de encender un cigarrillo, releyó:
«Respetado señor: recordará usted que, en las dos o tres veces que tuvo la amabilidad de recibirme, le pedí hiciera reparar el techo, frente al pasillo, donde seguramente hay tejas rotas o corridas. Le hablé también del gato muerto en el entretecho, cuyo cadáver me ha sido imposible retirar, porque no dispongo de escalera bastante alta ni tengo conocidos a quienes solicitarla. Aparte del mal olor, allí se están criando moscas en tal cantidad que no nos dejan vivir. Usted tuvo la idea, al prometer el arreglo, de hacer pintar el muro agrietado. Comprendo que sus numerosos quehaceres le habrán impedido ordenar la reparación. Sólo en esa inteligencia me atrevo a insistir, esta vez por escrito, a fin de no tomarle tiempo. Como suele el correo extraviar algunas cartas, le echaré una que otra copia. Le ruego, por favor, no tomarlo a mal y perdonar esta molestia. Lo saluda respetuosamente su atento y seguro servidor, Urbano Urriola».
—¡Maldita huérfana! —exclamó don Hernán en voz baja. Vino a su memoria la imagen larguirucha de la señorita Silva, cuyo rostro le parecía un pepino, que los quince llegaba a retirar la renta de ese inmueble—. ¡Tendré que llamarla! Es seguro que me propondrá hacer el arreglo con mi comisión.
Quedó indeciso. Al fin, encarnizadamente, redujo aún los pedacitos de la carta y los arrojó al cesto, acompañando el acto con miradas de tal desprecio, como si en vez del papel, fuera el propio firmante.
—Voy a la notaría y no regreso.
Echó sus pies a la calle. Caminaba con cierta arrogancia, pues le asistía el convencimiento de no ser un cualquiera.
Reparó en los letreros de las dactilógrafas: «Se hacen copias a máquina». Pensó que debería decirse: «Se escribe a máquina».
En la noche, durmiendo enderezóse lleno de espanto. Un gato enorme avanzaba con paso cuidadoso desde sus pies. Despertó cuando iba a ponerle sus garras en la cara. Tal vez quedó de espaldas, con los brazos cruzados sobre el pecho, y se le oprimió el corazón.
Se vino temprano a la oficina. Al azar cogió un expediente... «además, consta en el testamento de don Abdón Somoza, que la hijuela deslindaba al norte con el Purapel; al sur con Cerro Viejo y...». Cerró el legajo sin entender palabra. Debía hacer algo que tuvo patente al levantarse. ¿Qué era? Buscó por el lado de su salud. No. Podía decir, a Dios gracias, que su cuerpo no le preocupaba y —mirando hacia el escritorio de Sofanor, donde este escribía sin levantar la cabeza— estiró suavemente una y en seguida la otra pierna; igual hizo con sus brazos. Se inclinó. Miró a izquierda y derecha torciendo el cuello. Todavía era flexible. ¿Cuántos podían decirlo a los cincuenta y ocho años? Hay infelices, y no por trasnochar o excederse en la comida y los licores, que desde antes padecen de un órgano u otro. Si no tuviera que ser respetable, agradecería al Señor, a gritos, este bien impagable, sí, ante testigos. En adelante, lo juraba, no faltaría ni un domingo a la iglesia y pagaría el diezmo. Este placer no pueden dárselo los brutos que no creen.
La certeza de su buena salud causole tal contento que silbó. Rápidos se acercaron el ayudante y el mozo. El mismo quedó un tanto asustado de su reacción. ¡Y qué bien estaba! Recordó a Estefanía. ¡Qué mujer Estefanía! Abrió el código, lo dejó. Súbitamente le vino a la memoria el anuncio de su arrendatario. ¿Este era el motivo de su inconsciente desasosiego? «Hernán —se dijo—, qué tonto eres». Y metió sus dedos entre los documentos.
En ese momento entr
