No lo olvides, poeta.
En cualquier sitio y época
en que hagas o en que sufras la Historia,
siempre estará acechándote algún poema peligroso.
«DICEN LOS VIEJOS BARDOS»
HEBERTO PADILLA
… el presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
Otro cielo no esperes, ni otro Infierno.
«EL INSTANTE»
JORGE LUIS BORGES
Toda memoria es, en última instancia, una ficción. Por lo tanto, ninguno de los personajes de los que aquí se habla, con excepción de los históricos, existe. Cualquier parecido con la realidad es casual y no deliberado.
Enero 25, 2010
Querido Roberto:
Me dio mucho gusto conocerte y solo lamento que en el trajín de Santiago apenas pudiéramos cambiar unas pocas palabras y no tener la larga conversación que me hubiera gustado. Sin embargo, la verdad es que he estado dialogando contigo todos estos días, mientras leía Nuestros años verde olivo que acabo de terminar. Te pongo estas líneas para felicitarte por ese magnífico testimonio en forma de novela que me ha conmovido profundamente. Hacía tiempo que un libro no me absorbía y emocionaba tanto como esa descripción tan honesta, tan veraz y tan lúcida de una ilusión que compartimos tantos latinoamericanos con la Revolución Cubana, y, también, el desencanto que siguió al entusiasmo inicial al ver que, contrariamente a lo que creíamos, la Revolución de Fidel y los barbudos no era distinta de las que convirtieron a Rusia y a China Popular en las satrapías que sabemos. Tu libro describe maravillosamente todo ese mecanismo autoritario que poco a poco fue expropiando los arrestos libertarios y justicieros de los primeros tiempos y convirtiendo a Cuba en una sociedad autoritaria corrompida y en la que la mentira llegó a hacer invivible la vida para todo el que se negara a aceptar la servidumbre y el engaño. Al mismo tiempo, el personaje central y narrador de la historia, pese a que debe hacer tantas concesiones para sobrevivir, nunca pierde una decencia innata y un ideal de justicia que consiguen mantener una pequeña luz de esperanza en medio de esa deprimente realidad.
En los años inmediatamente anteriores a aquellos en que transcurre Nuestros años verde olivo yo estuve en Cuba cinco veces y experimenté un proceso menos traumático, desde luego, pero muy semejante al de tu personaje, y conocí y traté a muchos de los protagonistas de tu historia. Heberto Padilla sobre todo, a quien conocí cuando había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, y, más tarde, cuando comenzaban sus fricciones con el régimen. Era muy difícil escribir una historia como la que has contado sin caer en el maniqueísmo ni en el estereotipo, preservando la humanidad aun de los peores canallas y, al mismo tiempo, dando siempre todos los matices y detalles que permiten situar cada conducta y experiencia dentro de un contexto general. Al mismo tiempo, la historia chisporrotea de vida por la fauna pintoresca, lastimosa, pícara y cínica que pulula en torno al narrador, y esos episodios de travesuras y buen humor que abundan en sus páginas descargan la tensión que experimenta el lector y le dan como unos recreos de alegría. Has escrito un espléndido libro que, te aseguro, vivirá por muchos años y seguirá ganando lectores con el tiempo.
Yo estoy ahora en Lima, revisando una novela en la que llevo trabajando ya unos tres años, regresaré a Madrid a comienzos de abril y pasaré allí, en Europa, el resto del año. Espero que nuestros caminos se crucen otra vez en algún lugar y podamos tener por fin una larga charla literaria, chismográfica y política. Ando con muchas lecturas obligatorias ahora, por mi novela, pero tengo entre mis próximas lecturas de puro placer tu El caso Neruda.
Un abrazo muy fuerte y felicitaciones otra vez,
MARIO VARGAS LLOSA, 2010
I
MIRAMAR
1
Me casé en la atmósfera húmeda, delirante y calurosa de La Habana de los setenta. Lo hice por amor, desde luego, pero también, circunstancia que debo apuntar desde un inicio, por culpa de una apuesta que no me pagaron y de la cual mi mujer jamás se enteró. Yo frisaba los veinte. Margarita los dieciocho.
De voz melodiosa, piel pálida y cuerpo de ánfora, vivía ella bajo el asedio de funcionarios enguayaberados y gallardos militares con ramas de olivo en los galones. Era hija del comandante Ulises Cienfuegos, de quien al comienzo yo lo ignoraba todo.
Contraje nupcias ante una asistencia reputada, bulliciosa y elegante, que brindó con Moet & Chandon en copas de cristal D’Arques bajo los flamboyanes encendidos y los soberbios cocoteros que atalayan el Caribe desde el exclusivo reparto de Miramar, lejos, muy lejos, de las calles tortuosas y empinadas del puerto de Valparaíso, mi ciudad natal.
Esta historia con sabor a romance caribeño no comienza, sin embargo, como pudiera presumirse, en el trópico o frente a la corriente del golfo de México, sino en medio de las nevazones de un crudo invierno europeo. En Chile el presidente socialista Salvador Allende había muerto meses antes durante el golpe de Estado del general Augusto Pinochet; en Vietnam, las tropas estadounidenses se hallaban en retirada frente a la arrolladora ofensiva vietnamita, y en la Europa del Este aún no se restañaban las heridas infligidas por la invasión soviética a Checoslovaquia. Yo ocupaba entonces, en la sombría y contaminada ciudad sajona de Leipzig, un cuarto del internado de la Strasse des 18 Oktober y estudiaba filosofía en la Karl Marx Universität.
Había dejado el Chile de la Junta Militar entre gallos y medianoche, sin aguardar siquiera el permiso de la Juventud Comunista, organización en la que militaba y a la cual la dictadura perseguía implacablemente por haber respaldado a Allende en su intento de instaurar el socialismo. Alarmado por el temor que me infundían las patrullas armadas, los campos de presos políticos, las detenciones arbitrarias, los muertos que flotaban en el río Mapocho con huellas de tortura y un tiro en la nuca, así como por las interminables noches con toque de queda, en las que solo se escuchaba el eco angustioso de sirenas, helicópteros artillados y fusilamientos, huí del país y busqué refugio en Alemania Oriental.
Tiempo después, mientras apilaba en mi cuarto obras de Marx y Lenin, buscaba afanoso en bibliotecas los voluminosos manuales de materialismo histórico de Nikitin y de la Academia de Ciencias Sociales de la URSS, o contemplaba simplemente a través de los ventanales del casino universitario cómo el viento despeinaba la nieve sobre los techos y adoquines de Leipzig, me decía que dentro de poco, un año a lo más, Chile recuperaría su senda de país austero, estable y de ejemplar desarrollo democrático y yo podría regresar al añorado hogar paterno. Ignoraba, por cierto, que en mi patria ya nada volvería a ser como había sido.
En el internado compartí cuarto con Joaquín Ordoqui, un estudiante cubano inquieto y bohemio, hijo de un viejo comunista miembro de la guerrilla, que acababa de fallecer en La Habana de cáncer de pulmón en un aislamiento político ignominioso. Años atrás, sorpresivamente, la policía secreta lo había acusado de colaborar con la CIA durante el periodo en que tuvo a su cargo la división occidental del Ejército cubano. Pese a su desempeño intachable, que respaldaban condecoraciones gubernamentales y partidarias, una madrugada de julio un tribunal militar degradó al comandante Ordoqui y lo condenó a prisión domiciliaria perpetua.
Noche a noche, a través de la oscuridad de nuestro cuarto, me llegaba el sollozo ronco y quedo de Joaquín, gigantón «jabao» de pelo de alambre, diecinueve años y alma de niño. Sollozaba por la injusticia infligida a su padre, a quien consideraba revolucionario ejemplar, y a su madre, Eddy García Buchaca, brillante intelectual comunista de origen aristocrático, quien, tras enviudar vivía bajo prisión domiciliaria acusada de haber sido cómplice de su marido. Sobre ella recaía ahora no solo el desprecio de la burguesía cubana expropiada, sino también el resentimiento de los revolucionarios de última hora, de aquellos que se tornaron comunistas de la noche a la mañana, estimulados por el triunfo de Fidel y la posibilidad de conquistar cargos y prebendas, y que vislumbraban en los ojos de los comunistas históricos el silencioso reproche a su oportunismo.
Cada noche, en el primer nivel del camarote, el «jabao» lloraba envuelto en las tinieblas del cuarto como un gran oso herido. Estaba convencido de que sus padres no eran traidores, y de que muy pronto Fidel se encargaría de aclarar todo aquello. Y cuando yo prendía mi lámpara nocturna para preguntarle qué le pasaba, Joaquín, reprimiendo sus gemidos, afirmaba con voz gangosa y los párpados entornados:
—No es nada, chileno, solo el maldito asma. Soy asmático como el Che.
Por fortuna, durante el día mudaba de ánimo para volverse dicharachero y escandaloso, y parecía un muchacho feliz en aquel internado que compartíamos con norcoreanos, vietnamitas, palestinos, rusos, mongoles, namibios, etíopes y persas, todos militantes de partidos revolucionarios de probada trayectoria antiimperialista. Lo cierto era que Joaquín solía ausentarse de clases, robar en los supermercados y usar mis prendas sin consultarme, por lo que a menudo me tocó sorprenderlo en la calle luciendo tenidas mías. Pero como siempre llevaba una excusa a flor de labios, resultaba imposible enemistarse con él.
—Chico, tenía una cita clave y me exigían traje. Tú sabes que en Cuba, por el bloqueo yanqui, no hay trajes. Apúntalo como ayuda solidaria y no te preocupes, que al regreso hallarás las cosas en tu armario, más limpias y mejor planchadas de lo que estaban.
Joaquín no se dedicaba a estudiar, sino a dormir, pasear, hablar del Che, Fidel y Camilo como si se tratase de viejos amigos, y a abordar a cuanta muchacha bella se le cruzara en el camino. Era capaz de pasar horas agazapado en la ventana de nuestro cuarto, situado en el tercer piso del edificio, a la espera de una presa. Se mantenía hierático y silencioso, esbozando enrevesados planes para acercarse y conquistar a las estudiantes con su farragosa oratoria tropical. En realidad, escasas eran las muchachas que escapaban a su escrutinio y se resistían a sus devaneos, y mientras ellas desfilaban bajo nuestra ventana, él adelantaba osados juicios sobre sus presuntas cualidades amatorias.
—Chico, todo eso se deduce de la forma de mirar o caminar de la hembra —afirmaba tratando de convencerme de la solidez de sus convicciones—. A algunas se les nota en el cabello, como a la búlgara que viene ahí, la que, a juzgar por su pelo grueso, rizado y abundante, es una loca en la cama.
—No inventes —reclamaba yo escéptico—. La más mojigata y modosita te puede resultar una fiera.
—A otras se les nota en la voz —argüía molesto, ignorando deliberadamente mis reparos—. Una voz grave, aguardentosa, es señal de apasionamiento irrefrenable, una dulce y meliflua, en cambio, puede serlo de lujuria reprimida.
—No me digas.
—Aunque es probable que, viniendo de donde vienes, del pasmado Cono Sur, tú ignores esta ciencia caribeña, chico.
Una mañana en que nevaba y desayunábamos pan negro con mantequilla y un vaso de leche en la cafetería del internado, me anunció que me presentaría una beldad cubana.
—Solo lo hago porque viene acercándose y no me queda más remedio —aclaró.
Me viré escéptico hacia donde me indicaba —bien conocía yo los estados febriles y trepidantes que solía experimentar el cubano en materia femenina—, pero me estremecí al verla: sus ojos eran dos lamparones verdes en medio de un rostro bellísimo e inteligente, y su cuerpo me recordó las ondulaciones de una guitarra. Pálida y ojerosa como las vírgenes de Murillo, llevaba el cabello suelto sobre la espalda y al caminar meneaba despreocupadamente sus caderas.
—Es Margarita Cienfuegos, no solo la cubana más linda que hay sino también la mejor alumna de germanística de la Karl Marx Universität —afirmó zalamero mientras se arqueaba y le besaba la mano.
—Déjate de satería, muchacho —reclamó ella fingiendo incomodidad ante tanto halago, y tras enterarse de que yo acababa de llegar a Leipzig de Chile, se despidió y reanudó su marcha, alejándose por un pasillo. Sentí celos tan inesperados como desgarradores al atribuir su premura a la impaciencia de un amante que la aguardaba en algún cuarto cercano.
—¿Qué te parece? —me preguntó Joaquín con mirada libidinosa. Sus dientes verduscos mordían un tabaco en actitud sobradora.
—No me queda más que conquistarla —repuse creyendo que el azar acababa de ponerla en mi camino.
Una carcajada estentórea le arrancó a Joaquín el tabaco de la boca. Tras recogerlo, alzó el índice de la mano derecha y dijo:
—Ten cuidado, chico, mucho cuidado, que Margarita es la niña de los ojos del comandante Ulises Cienfuegos.
Años tardaría yo en entender a cabalidad su mensaje. Mi experiencia era exigua entonces. Llevaba apenas un par de meses en Europa y poco conocía el mundo. Me había criado bajo los aleros protectores de la casa paterna y del Colegio Alemán de mi ciudad, donde la vida transcurría segura y apacible, ajena a los conflictos internacionales y los apetitos de poder. Sólo durante mis años de universidad en la capital, los últimos de mi existencia en Chile, había intuido la complejidad de la vida y las irreconciliables visiones políticas que dividían al país y no tardarían en arrojarlo al enfrentamiento. La militancia en las Juventudes Comunistas de Chile —la Jota— y la férrea oposición que encontraba el gobierno de la Unidad Popular en la derecha fueron mi mejor escuela política de entonces. Pero a esas alturas, en el Leipzig de 1974, yo ignoraba aún quién era el comandante Ulises Cienfuegos y cuáles sus influencias en la isla de Fidel.
—Fue guerrillero y fiscal de la República —explicó Joaquín bajando la voz—. Hombre temido y detestado, ahora embajador nuestro en Moscú. De ojos de acero y cabello ceniciento, vozarrón apabullante y voluntad implacable, era la persona que más odiaban los contrarrevolucionarios, pues tras el triunfo del Ejército rebelde, y en su calidad de fiscal de la República, había enviado al paredón a cientos de opositores.
—Me da lo mismo, no voy a casarme con él —respondí.
—Cienfuegos espera que Margarita algún día se case con un mayimbe.
—¿Mayimbe?
—O pinchos, los que mandan en la isla, chileno.
—Pues me casaré con ella antes de que la conquiste algún mayimbe —repuse desafiante, como si la vida fuese un juego, y di cuenta del vaso de leche con la misma decisión con que John Wayne vaciaba los de whisky en los bares del Oeste norteamericano.
—¡A que no lo consigues! —masculló Joaquín picado. Sus labios esbozaron una sonrisa que dejó al descubierto una dentadura despareja.
—Apuesto lo que quieras a que me caso con ella —respondí.
Apostamos allí mismo, en la cafetería del internado de la Strasse des 18 Oktober: una caja de Lanceros Cohiba, un terno polaco del Konsum, una tocacasetera rusa y una cena en el Astoria, el restaurante más caro de la ciudad. Aunque gané la apuesta, mi amigo jamás pudo pagármela, porque poco después la seguridad cubana se encargó de repatriarlo.
Tres meses más tarde, con un revoloteo de murciélagos en el estómago, la sangre agolpada en el rostro y el corazón a punto de estallar, despegué en un Ilushyn del aeropuerto de Berlín-Schönefeld con destino a la mayor de las Antillas.
Margarita y sus padres me aguardaban en La Habana, disponiendo los últimos preparativos de la boda.
2
Desde el día en que Margarita se alejó por el pasillo del internado, comencé a buscarla por las calles adoquinadas de Leipzig, cuyos antiguos edificios exhibían aún los impactos y forados de la Segunda Guerra Mundial, por sus patios traseros cubiertos de nieve que barría un viento furioso y por los comedores universitarios, repletos de estudiantes del mundo entero. Durante la búsqueda caí en la cuenta de que mi empeño no obedecía tanto al afán de ganarle la apuesta a Joaquín como al de impedir que Margarita se reuniera con su presunto amante. Renuncié casi a todo con tal de hallarla.
Interrumpí, por cierto, mi asistencia regular a clases y me desligué de Karla Lindner, alumna de primer año de marxismo, virgen rubia de los montes matálicos, de ojos azules y frágil cuerpo de bailarina, quien durante nuestros escarceos amorosos en mi inestable lecho situado en el segundo nivel del camarote, solo me permitía desnudarla bajo la premisa de que no hiciéramos el amor. Pese a que pronto se titularía como licenciada en marxismo-leninismo, en su fuero íntimo era religiosa y, como tal, consideraba que debía preservar la virginidad para el matrimonio. Sin embargo, cuando durante nuestros apasionados abrazos parecía que un levísimo empellón mío acabaría con su tesoro más apreciado, ella recobraba repentinamente una compostura de monja, abandonaba de un salto la cama, volvía a vestirse y comenzaba a barrer el piso y a fregar la vajilla entonando algún lied de Franz Schubert.
Dejé también a la infiel Larissa, redactora georgiana de artes y espectáculos del insignificante vespertino local, una mujer casada de cuarenta años, pelo claro, grandes ojos cafés, senos generosos y cintura de avispa, que, para no despertar suspicacias en su marido, solía visitarme en horario de trabajo para enseñarme cuanto había aprendido en el lecho con hombres de las más intrincadas regiones del imperio soviético. Larissa era un espíritu tan culto y ávido de placeres como carente de escrúpulos. Portaba una agenda escrita con tinta roja y letra gótica en que atesoraba la descripción de sus amantes según nacionalidad, dimensiones y capacidad de depararle orgasmos, y creo que acudía a mí, entonces inexperto espadachín de lances breves aunque múltiples y fragorosos, solo para hacer el amor con el habitante más austral del mundo que conocía. Nerudiana a rabiar, cada vez que se desnudaba ante la luz mortecina de un candelabro y el ritmo embriagador del Bolero de Ravel, yo tenía que recitar versos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Juraba amar a su marido, un oscuro oficial de la Stasi, la temida policía secreta germano-oriental, y justificaba su infidelidad argumentando que una cosa era el amor y otra muy distinta el sexo, y que los amantes avezados constituían el mejor elixir para hacer llevadero el matrimonio.
Renuncié a ambas europeas y a una estudiante persa espigada, de suave piel canela, que antes y después de hacer el amor con delicadeza en las penumbras de su cuarto fragante a perfumes y especias, me describía los deslumbrantes aposentos y las febriles preferencias sexuales del sha de Persia, a quien había sido entregada a los trece años para disfrute del monarca. Renuncié a todas ellas por una cubana a la que solo había visto unos instantes y pese a contar momentáneamente con una habitación de libre disposición, sueño de todo estudiante, ya que Joaquín seguía por Cracovia la sombra de Liuba, una polaca rubia, de ojos celestes, más alta y fuerte que él, de la cual se había prendado. Su alejamiento violaba las normas de los estudiantes cubanos, que prohibían, entre otras muchas cosas, abandonar la ciudad en que residían sin la autorización de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba. Pero Ordoqui era así, insolente e imprevisible.
Una noche en que nevaba divisé por fin a Margarita mientras ascendía la escalinata de su internado. Le dije que saliéramos —la nieve retocaba el sempiterno aspecto grisáceo y sombrío de Leipzig tornándolo luminoso— y ella aceptó mi invitación como si hubiese estado esperándola. Mis ingresos eran escuálidos entonces, por lo que nos dirigimos al Mitropa, el modesto restaurante de la estación de ferrocarriles que, con sus decenas de andenes, es la más grande del mundo.
Por desgracia yo ignoraba que aquel lugar, el único que se mantenía abierto hasta tarde en la ciudad, brindaba el peor espectáculo nocturno del socialismo: gitanos que mendigaban con sus pequeños hijos entre los comensales, oficiales de las tropas de ocupación soviéticas, de abrigo y shapka, que se disputaban a gritos botellas de vodka y rebanadas de pan centeno, alemanes orientales borrachos que gimoteaban por no poder cruzar el Muro mientras no se jubilaran, y bellísimas jóvenes polacas que se vendían a cambio de un par de medias de nylon. Los platos eran escasos y los servían mozos desganados, agresivos y arbitrarios: salchichas turingias acompañadas de mostaza, una sopa gruesa y picante llamada soljanka, que venía en taza de consomé y era capaz de levantar muertos, y un bistec nervudo, quizás de puerco, semioculto bajo una salsa de sabor indefinible. Y todo aquello ocurría en un local del tamaño de un gimnasio, enrarecido por el humo, la acidez de la cebada, los sudores y el eco de gritos, y en donde los clientes solo podíamos ocupar ciertas mesas, porque el resto parecía reservado para importantes comensales que jamás arribaban, mientras afuera se alargaba la cola de viajeros.
No me fue posible abrir mi corazón ante Margarita en aquel lugar sórdido y maloliente, y la invité, por lo tanto, tras servirnos unas salchichas acompañadas de sendas botellas de Pilsen, a recorrer Leipzig, a esa hora del alba, desierta, transfigurada. Durante la caminata, aspirando a ratos el tufillo del carbón de Sajonia que alimentaba las estufas, me relató su vida.
Llevaba tan solo un año en Leipzig. Su padre y madre vivían en Moscú, donde él ostentaba el rango de embajador y ella se doctoraba en la Universidad Lomonosov en historia del arte. Con su padre mantenía una relación de amor y odio enfermiza y corrosiva, lo que la había inducido a estudiar en Leipzig, a buen recaudo de su influencia y amparo. Lo adoraba, acaso por cuanto él la mimaba en todos sus caprichos, pero asimismo lo aborrecía, pues intuía que Cienfuegos, como todo guerrillero intrépido, había deseado un varón por primogénito. Durante años, y pese a la escuálida resistencia de Lourdes, su madre, mujer bella y sensible, víctima perpetua de la tiranía ejercida por su marido en casa, el fiscal había educado efectivamente a Margarita como a un niño. A los actos multitudinarios de la Plaza de la Revolución, cuando Fidel hablaba al pueblo de la mañana a la noche, ella subía junto a su padre al estrado presidencial vistiendo una versión infantil del uniforme del Ejército rebelde que le permitía ocultar bajo el quepis su sedoso pelo largo, y cargando un fusil de madera para que la masa electrizada por la oratoria del líder barbudo pensara, si en algún momento se percataba de la existencia de la pequeña Margarita, que se trataba de un niño.
Aquella noche me relató los dos atentados que había sufrido su padre en la época en que, desde su cargo de fiscal de la República, condenaba a muerte a los enemigos de la Revolución. Sólo tiempo después, ya en la isla, asocié yo a Cienfuegos con los cientos de presos políticos que, tras juicio sumarísimo, habían caído en el paredón negándose a portar vendas en los ojos y gritando «Viva Cristo Rey». Pero desde Leipzig esas acciones de sangre constituían para mí ajusticiamientos de enemigos del progreso y el socialismo, y no revestían connotación criminal alguna. Entonces, bajo los efectos de la represión desatada en Chile por el régimen militar, yo creía que en la lucha por el poder los asuntos se reducían a la disyuntiva de «o los obreros o los burgueses».
Margarita no olvidaba la apacible tarde de febrero en que estalló la cabeza de su dóberman mientras jugaba con él y su padre en el jardín de la casa confiscada a los enemigos de la Revolución. Un segundo antes de que alguien disparara desde un edificio adyacente, Rommel había derribado al fiscal. El proyectil hizo saltar por los aires la cabeza del perro, salpicando de sangre el uniforme verde olivo del comandante. De inmediato se había desatado un tiroteo infernal entre contrarrevolucionarios y guardias, y Cienfuegos había protegido la vida de la niña con su cuerpo y el de Rommel.
Tiempo después su padre se salvó providencialmente de otro atentado. La familia vivía entonces en Fontanar, barrio residencial de clase alta cercano al aeropuerto internacional José Martí. Era la época en que Estados Unidos preparaba la invasión a la isla y alentaba acciones terroristas contra Fidel. El fiscal de la República solía viajar a diario desde Fontanar a la fortaleza de La Cabaña, donde no cesaba el fusilamiento de esbirros batistianos y opositores al nuevo régimen. Solo volvía a su residencia muy tarde por la noche con la tarea de estudiar las peticiones de clemencia de los condenados a la pena capital. Sin embargo, como al llegar a casa extenuado por las ejecuciones de la jornada, caía de inmediato rendido en una hamaca y no lograba leer aquellos documentos, a la mañana siguiente continuaban los ajusticiamientos.
—Seré un pésimo ministro de Economía, pero mis errores son remendables —le dijo una tarde el Che en el Palacio de la Revolución, alarmado tal vez por las sangrientas noticias que le llegaban del fiscal—. Los tuyos yacen tres metros bajo tierra.
Viajaba, pues, una mañana Cienfuegos en su Camaro acompañado de dos guardaespaldas, cuando de pronto, con el rabillo del ojo, vio entrar un pequeño bulto por la ventanilla trasera. Al volverse cayó en la cuenta de que se trataba de una granada de mano. Ordenó a sus hombres que saltaran del automóvil en marcha, pero Felo, el guardia que viajaba en el asiento trasero y había sido su escolta desde la sierra del Escambray, cogió la granada para arrojarla lejos. El artefacto estalló antes de que lograra hacerlo, arrancándole las manos, los ojos y la nariz.
La nave Couvre había volado hacía poco por los aires en el puerto de La Habana con su precioso cargamento de armas para la joven Revolución, y la otrora fastuosa tienda de departamentos El Encanto no era más que un montón de escombros y cenizas a causa del atentado incendiario perpetrado por los contrarrevolucionarios y la CIA. Las masas se apoderaban de las calles, a diario se decretaban nuevas expropiaciones, Fidel fundaba los Comités de Defensa de la Revolución y en varias sierras cubanas resurgía la oposición armada. La isla parecía condenada a arder. Ya los norteamericanos habían abandonado La Habana y por los barrios de vida alegre se paseaban las últimas prostitutas buscando en vano clientes con dólares. En nombre de la moral revolucionaria y con el afán de construir al hombre nuevo, fueron clausurados los lupanares, teatros pornográficos y casinos, y los hoteles, que antes albergaban a norteamericanos de sombrero panamá y bermudas, servían ahora de albergue para guerrilleros, obreros y campesinos. Muchos creían que la demencia se había apoderado de la isla y que solo Estados Unidos podría restablecer la cordura mediante una invasión de marines. En medio de la agitación, entre las manifestaciones masivas y los atentados dinamiteros, entre la ocupación de fábricas y empresas y la huida desenfrenada de cientos de miles a Miami, quedó de manifiesto que nadie podía garantizar la vida del fiscal de la República en la isla.
—Fidel lo envió entonces de embajador a Polonia —dijo Margarita mientras caminábamos en dirección al Völkerschlachtdenkmal, un gigantesco monumento levantado en honor a la resistencia eslavosajona a Napoleón—. Era un país comunista, pero uno de los pocos lugares donde podría estar a salvo.
Mientras dábamos un rodeo en torno a la construcción con la nieve crujiendo bajo nuestras botas, Margarita me contó del Che, Camilo y Fidel. Los recordaba desde las primeras manifestaciones de apoyo a la Revolución, cuando su padre la subía al estrado frente al pueblo habanero y ella, con cinco años y vestida de niño, se sentaba en las rodillas de los máximos dirigentes de verde olivo o jugaba entre los AMK listos para enfrentar al enemigo. Su niñez estaba impregnada de los recuerdos de la Revolución fresca, de las primeras confiscaciones y la reforma agraria, de la crisis de los misiles, de las mansiones abandonadas en forma subrepticia por los contrarrevolucionarios que buscaban refugio en Miami, de la efervescencia y la anarquía permanente.
La breve pero intensa experiencia de Margarita me llenaba de admiración y envidia, porque frente a ella mi vida en Chile emergía monótona y cotidiana, a lo sumo pletórica de derrotas y dolor para el movimiento popular, ajena por completo a las victorias luminosas alcanzadas por la Cuba revolucionaria, que desde la distancia había sembrado tempranamente en mí la convicción de que la justicia social podía implantarse mediante la violencia popular, esa violencia que, según Marx, era la partera de la historia y que los auténticos revolucionarios no debían evadir. Margarita gozaba no solo de la dicha de haber presenciado una etapa histórica de América Latina, sino que ahora, en la Karl Marx Universität, era capaz de sumergirse en el mundo intangible y menos riesgoso de la literatura para explorarla y enseñarla más tarde en la isla. Recitaba de memoria a José Martí y Nicolás Guillén, amaba a Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, aunque sin conocer a Mario Vargas Llosa, quien no se publicaba en Cuba por antifidelista, y mostraba interés por todo lo relacionado con las luchas populares de la región.
Rechazaba el marxismo dogmático, deformación que yo suponía liquidada en el socialismo real desde la muerte de José Stalin, y sabía tanto del atractivo que ejercían Estados Unidos y Europa Occidental sobre los jóvenes del mundo socialista como del decepcionante atraso económico y tecnológico en que se debatía la Unión Soviética, circunstancias que proyectaban en su opinión cierta incertidumbre sobre el porvenir del comunismo. Soñaba con que Cuba, bajo la dirección de Fidel, lograra insuflarle un nuevo dinamismo ideológico a los Estados socialistas de Europa, especialmente a su juventud, que comenzaba a apartarse del marxismo por la fascinación que ejercía sobre ella la sociedad de consumo. Me cautivó su visión del mundo, tan clara y prístina, impregnada de marxismo, y las metas colectivas —educación, salud y trabajo para todos, antiimperialismo, internacionalismo, profundización de la ideología marxista— que ella hacía suyas como un miembro más de aquel pueblo que respaldaba a la Revolución.
Seguía nevando y las avenidas se alargaban desiertas, solo cruzadas a ratos por el chirrido lastimero de un tranvía lejano. Cerca de las cuatro de la mañana, frente a la iglesia ortodoxa de Leipzig, cuyas cúpulas doradas resplandecían diáfanas bajo la noche de nieve copiosa, me atreví a posar un brazo sobre sus hombros. Ella, que vestía un grueso abrigo de piel de Ulan Bator, no opuso resistencia, por lo que después me animé a acercar lentamente mi rostro al suyo, aspiré su aliento cálido, perfumado y estimulante, y luego la besé en la boca.
Nunca había besado a una cubana e, ingenuamente, me pareció que de algún modo me aproximaba a la Revolución. Fue un beso tan largo y apasionado en medio de la noche invernal que no nos percatamos de la repentina llegada de un Volkspolizist, un tipo regordete y risueño, hastiado ya a esas horas de una ronda sin novedades. Llevaba el uniforme de inspiración soviética —largo abrigo verde y shapka del mismo color— y solo deseaba cerciorarse de que Margarita no fuese una prostituta y yo un turista occidental. Al revisar nuestros pasaportes y comprobar que ella venía de la «Isla de la Libertad», como llamaban a Cuba en el mundo socialista, y yo del Chile de Pinochet, sugirió que, en razón de la hora y el frío, nos fuésemos a acostar.
Al rato, y como si la sugerencia policial hubiese sido una orden perentoria, Margarita arribó somnolienta a mi cuarto inmerso en penumbras. Desde la radio portátil rusa, Jimi Hendrix, ese negro endemoniado que estaba por morir o ya había muerto de una sobredosis de LSD, entonaba suavemente, acompañado de su guitarra inolvidable, The Wind Cries Mary, y todo olía magníficamente a libros, pan de centeno y café recién tostado.
Mis manos comenzaron a desnudarla con torpeza y su carne blanca fue emergiendo de las prendas como a veces la luna de entre nubarrones. Me encaramé sobre sus caderas y mientras nos besábamos con avidez sentí en la yema de mis dedos sus pezones transmutados en capullos de rosa. Bajo el peso de mi cuerpo trémulo, en lo alto de aquel camarote que, al igual que en el poema de Luis Cernuda, crujía triste bajo el vaivén de la pasión, ella saludó su primer acto de amor.
Afuera continuaba cayendo la nieve y por un instante me pareció que amanecía.
3
Los agentes de la seguridad cubana encargados de velar por la conducta revolucionaria del centenar de estudiantes isleños en la Karl Marx Universität de Leipzig no tardaron en descubrir mi romance con Margarita y en poner al corriente de todo al comandante Ulises Cienfuegos en Moscú.
Sin embargo, mi primer encuentro con ellos fue motivado por un asunto diferente. Yo me hallaba en lo alto de mi camarote escuchando baladas de Demis Roussos, estrella musical entonces en el mundo entero, y releyendo párrafos de El Estado y la Revolución, de Lenin, cuando de pronto la puerta de entrada al cuarto se abrió con violencia.
En el umbral emergió un mulato delgado y de mediana estatura, que vestía terno y corbata. Sus ojos se ocultaban detrás de gafas de color oscuro, pese a que la noche ya envolvía la ciudad, y me anunciaba, por lo demás, que Margarita no tardaría en llegar. El mulato guardó en el bolsillo de su pantalón la pequeña ganzúa con que acababa de forzar la puerta, hizo chasquear la lengua entre los dientes e, ingresando al cuarto, me preguntó:
—¿Cuál es el escritorio de Ordoqui, chileno? —desde hacía días que Joaquín no regresaba al internado, cosa por cierto nada inquietante, pues se hallaba en Polonia buscando a la polaca de la cual se había enamorado de tan solo verla pasar bajo la ventana.
Le señalé al mulato el escritorio de Ordoqui y en ese instante noté que en la puerta aguardaban dos hombres más con trazas de cubanos, que también ocultaban parcialmente sus rostros serios tras anteojos. Pensé en exigirles una explicación por aquella visita intempestiva, pero tras convencerme de que su estilo distaba del de los caballeros, deseché la idea. Ellos buscaban simplemente a Ordoqui y era probable que perteneciesen al legendario servicio de espionaje cubano, la Dirección General de Inteligencia, que tantos golpes había propinado a la CIA.
—¿Y qué es de Joaquín? —pregunté mientras el mulato examinaba uno a uno los cajones del escritorio de mi compañero de cuarto.
—Eso es precisamente lo que deseamos saber —repuso con desdén.
Pese a que yo permanecía aún en lo alto de mi camarote, pude ver que el mulato introducía con sorprendente destreza algunos sobres con la correspondencia de Joaquín en el bolsillo de su chaqueta y luego leía a la carrera los lomos de nuestra modesta biblioteca. Por último hojeó varios libros apilados sobre el velador de Joaquín en busca de algo.
—Necesitamos saber dónde se encuentra tu amigo —insistió el hombre con fingida indiferencia.
Tendría treinta años, el pelo ensortijado y la cara cubierta por manchas de viruela y unos dientes largos y amarillentos. Fibroso y de piel macilenta, su actitud parecía impregnada por el aura algo cínica y arrogante que yo más tarde, ya en la isla, vislumbraría en los miembros de la Dirección General de Inteligencia.
—¿No te contó, chileno, adónde iba?
Le dije que yo era el primer sorprendido por su prolongada ausencia, pero que no debía inquietarse, pues Joaquín era un muchacho imprevisible, aunque responsable, afirmación que, por cierto, solo tuvo el efecto de intranquilizarlo aún más. Para Margarita, que solía pernoctar en la pieza cuando Joaquín se hallaba de parranda, las reiteradas ausencias a clases de su compatriota, que no militaba en la Unión de Jóvenes Comunistas por falta de compromiso revolucionario, demostraban cuán inmerecida era su beca de Leipzig. Sin embargo, disfrutábamos la indisciplina de Joaquín, ya que dejaba a nuestra disposición el pequeño cuarto empapelado con afiches de Allende, el Che y Karl Marx, que parecían mirar hacia la Strasse des 18 Oktober y proteger nuestro refugio íntimo y tibio, que durante las largas noches de invierno tornábamos más acogedor bebiendo, a la luz de un candelabro, una botella de vino tinto búlgaro bien chambreado.
—¿No tendrá una amiguita por ahí? —me preguntó el mulato.
—Me imagino, pero no le conozco ninguna —mentí.
En aquellos instantes yo no podía imaginar que los policías temiesen una posible fuga de Joaquín hacia Occidente, empresa improbable, cuando no imposible, desde un país amurallado, de fronteras sembradas con minas y férreamente vigiladas por soldados, perros y pistolas de disparo automático.
Solo tarde en la noche, tras su retorno de una sesión de estudio político de la UJC, Margarita me contó que Ordoqui había obtenido la beca por intermedio del vicepresidente cubano, Carlos Rafael Rodríguez, quien en su juventud había sido amante de Eddy García Buchaca. Ambos formaban parte entonces de la organización comunista que lideraban Blas Roca y Lázaro Peña, a la cual en los años cuarenta también se sumaría Raúl Castro, mucho antes de que Fidel, en la década del cincuenta, descubriera el marxismo a través de Alfredo Guevara, el fundador del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC). Eddy sostenía un sonado romance con Carlos Rafael, también miembro de la aristocracia cubana, pero lo había abandonado intempestivamente, cautivada por el porte y la personalidad de Ordoqui, el futuro comandante guerrillero. Ahora Carlos Rafael, en un intento humanitario dictado quizás por la nostalgia, quería alejar a Joaquín del drama que afrontaba Eddy.
—Ese es Tony López —masculló Margarita cuando le narré aquella noche la visita del mulato. Percibí la preocupación en su rostro—. Es un tipo peligroso, intenta acostarse con las estudiantes cubanas presionándolas políticamente.
—¿Cómo es eso? —pregunté. A ratos me enfrentaba a cierta lógica cubana que no lograba dilucidar desde mi perspectiva chilena.
—Les inventa faltas a la disciplina y luego les ofrece no denunciarlas a la embajada a cambio de que se acuesten con él.
—¿Es de la policía secreta?
—Dicen que lo es. Cosa imposible de saber, pero de que denuncia, denuncia, y de que le hacen caso en la embajada, le hacen caso.
—¿Qué sucede con sus denuncias?
—Obligan generalmente al afectado a volver de inmediato a Cuba.
—¿Y ha tratado de presionarte?
—No se atreve por mi padre, pero si se entera de nuestra relación, lo hará. La UJC nos prohíbe mantener relaciones amorosas con occidentales, y tú lo eres. Nos regresan de inmediato.
Abracé a Margarita y nos acostamos inquietos, acosados por una amenaza tan poderosa como imprecisa. Afuera un tranvía rechinó bajo la nieve que caía copiosa sobre Leipzig. Me atemorizaba que ella pudiese desaparecer de la noche a la mañana. Yo no tendría ante quién protestar. Si nos sorprendían, y eso no tardaría en ocurrir, nuestro amor se vería cegado por una barrera burocrática implacable, y yo jamás obtendría la visa para entrar a Cuba y ver a Margarita. De enterarse Tony López de nuestro romance, estábamos perdidos, y a mí no me cabía duda de que él ya lo sabía todo. Nos esperaba una separación inducida. Sí, a menos que el comandante Ulises ejerciera sus buenos oficios para que nuestro amor pudiese prosperar en Leipzig. ¿Sería posible?
—Él hace siempre lo que le dicta la Revolución. Toda su vida lo ha hecho así —dijo Margarita lacónica mientras Demis Roussos cantaba otra magnífica balada con su voz de falsete—. Y la Revolución establece que un comunista cubano ha de regresar a la isla si mantiene relaciones amorosas con occidentales.
Tony López se acercó a mi escritorio para leer los títulos de mis libros. Yo no guardaba nada comprometedor, quizás solo una obra de Adam Schaff, el filósofo polaco prohibido en la Alemania Oriental, hallado casualmente en una librería de viejos, pero resultaba improbable que el policía estuviese al tanto de que se trataba de un académico censurado por su visión poco ortodoxa. Desde la puerta, tratando de prevenir la llegada de alguien, los acompañantes de Tony López seguían la escena en silencio.
Dos años más tarde, durante el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, que se celebró, cosa inaudita, diecisiete años después del triunfo de Fidel, yo volvería a escuchar del mulato. Obtuvo entonces la codiciada Medalla XX Aniversario del desembarco del Granma por su entrega a los principios de la Revolución. Margarita, que preparaba esa mañana el desayuno mientras yo me enteraba de la noticia en el diario, se sintió descorazonada. La distinción confirmaba nuestra suposición de que Tony López, un personaje de recuerdo ingrato, integraba la inteligencia cubana.
Pero aquella noche de invierno en Leipzig, época en que nuestro amor se hallaba recién en los prolegómenos y todo parecía seguir la huella original, el policía cubano cruzó finalmente el cuarto a paso lento, arrastrando sobre el linóleo las suelas de sus botas, y se detuvo en el umbral de la puerta abierta, junto a sus colegas.
—Si Ordoqui vuelve, chileno, dile tan solo que Tony López anda buscándolo —precisó antes de salir con un portazo que me hizo estremecer en lo alto del camarote.
4
En cierto modo, todo comenzó el 11 de septiembre de 1973, con el golpe de Estado de Pinochet en contra de Salvador Allende. Entonces yo estudiaba antropología social y literatura hispanoamericana en la Universidad de Santiago de Chile. Desde hacía cinco años, y pese a la oposición de mis padres, militaba en la Juventud Comunista, profesaba un irreverente ateísmo juvenil y admiraba a la Unión Soviética y sus aliados europeos sin haber posado jamás un pie en el socialismo real, admiración nutrida solo por la propaganda del partido y los folletos de divulgación de esos países.
Chile atravesaba entonces una época de efervescencia política debido a los cambios revolucionarios impulsados por el gobierno de la Unidad Popular, cambios que dividieron al país en dos bandos irreconciliables en medio del caos y desabastecimiento total. La oposición de la derecha chilena y de Estados Unidos a las transformaciones revolucionarias resultó tan contundente y organizada que, unida a los errores económicos y políticos de los partidos de izquierda en el poder, convirtió a Chile en menos de dos años en un barco a la deriva.
Desde los primeros días de la represión desatada en contra de los simpatizantes del gobierno de Allende por la Junta Militar, llegué al convencimiento de que debía abandonar cuanto antes el país. Carecía de pergaminos políticos: militaba en el Pedagógico, el área universitaria más revolucionaria de Santiago, y había creado la primera célula comunista en la Escuela de Antropología, por lo que me parecía improbable que corriese peligro. Al enterarme, no obstante, que el nuevo director de la escuela, un capitán de Ejército, citaba a su oficina a los alumnos izquierdistas, sin que después se pudiera corroborar su paradero final, decidí emigrar. Mi propósito era modesto: vivir en democracia, estudiar en una universidad dirigida por civiles y disfrutar la juventud en una atmósfera tolerante. Nada de aquello era posible entonces en Chile.
Desde el triunfo de Allende, en 1970, mantenía en Santiago contactos esporádicos con funcionarios de la embajada germano-oriental, quienes solían buscar con ahínco análisis sobre la situación política del país. Uno de mis nexos más estrechos con la embajada era, paradójicamente, un chileno, Alberto Arancibia, que realizaba traducciones para la representación diplomática y había estudiado conmigo en el Colegio Alemán de Valparaíso, en cuyo ambiente conservador éramos los únicos izquierdistas. Había vuelto a encontrarlo después del bachillerato, en una recepción de la Embajada de Bulgaria y en asambleas y concentraciones de la Unidad Popular. Basándose, al parecer, más que nada en los lazos políticos que nos habían acercado como escolares, y percibiendo que yo acariciaba sin disimulo la idea de emigrar, me instó a postular a una beca para la República Democrática Alemana:
—Yo hablo con Paul Ruschin y verás que en una semana la obtienes y te vas a Europa —me dijo durante un asado dominical en la casa de un arquitecto comunista, donde, bajo el pretexto de celebrar la toma del poder por Pinochet, se coordinaban discretamente métodos para proteger a los dirigentes del partido perseguidos por el régimen.
Me sorprendió escuchar el nombre de Ruschin de los labios de Arancibia, ya que en círculos de la Jota se rumoreaba con insistencia que el primero era un importante agente de la Stasi, cuya tarea consistía en instalar una red de espías en el Cono Sur para infiltrar gobiernos y embajadas. Ignoro si todo aquello era cierto o solo especulación febril propia de la Guerra Fría, pero lo cierto es que la República Democrática Alemana — como otros países del Este de Europa— contaba con un sistema de espionaje temido y efectivo, liderado por el legendario Markus Wolf, apodado el hombre sin rostro, pues nunca había sido fotografiado por occidental alguno. Pero la oferta de Arancibia parecía consistente: Alemania Oriental brindaba residencia, plazas de estudio y trabajo a miles de chilenos perseguidos por el régimen. Esa misma tarde, al término del asado, poco antes del inicio del toque de queda, le comuniqué a Arancibia que me postulaba a la beca.
—Aquí tienes un pasaje que te llevará a Ámsterdam y luego a Berlín —me dijo Ruschin días después en el Café Coppelia de Santiago. Chile ya no mantenía relaciones diplomáticas con la RDA, pero Ruschin se desplazaba por Santiago premunido de pasaporte alemán occidental, dedicado de lleno a proteger a los políticos de izquierda. El boleto de la KLM indicaba el 30 de diciembre como día de salida, lo que significaba que el Año Nuevo me sorprendería en Ámsterdam—. Ojalá puedas estudiar en la RDA algo útil.
—¿Y Arancibia? —le pregunté con el papel encerado entre mis manos.
—Anda por ahí, haciendo lo que le corresponde —repuso Ruschin en tono conspirativo—. Algún día volverás a encontrarlo.
Guardé el boleto en mi chaqueta de gamulán aquella tarde fría y descolorida, en que restaba media hora para el toque de queda y los soldados ya ocupaban posiciones en las calles. Por el poniente, en los barrios populares, se escuchaban a ratos ráfagas de ametralladoras disparadas desde helicópteros. En aquellos instantes solo ansiaba alejarme de Chile, de su violencia, de su lenguaje de metralla, de los bandos precedidos de himnos marciales y de los camiones militares repletos de efectivos armados o prisioneros.
Cuando a mediodía del 30 de diciembre de 1973 despegó el Boeing de la KLM de Pudahuel, aeropuerto celosamente vigilado por soldados de la Fuerza Aérea, tuve la certidumbre de que la dictadura no podría durar más de un año. Chile vivía en estado de sitio, los militares allanaban viviendas y patrullaban calles y carreteras, reinaba una atmósfera de pánico y durante las noches se escuchaban los enfrentamientos entre militares y opositores armados, o bien el eco feroz de fusilamientos sumarísimos. No, ese Chile no podía perdurar y yo no deseaba pasar mi juventud en él. Sentí alivio cuando la nave comenzó a remontar los Andes en dirección a Buenos Aires, y al divisar la pampa infinita me pareció que se alisaban ciertas estribaciones de mi vida.
Yo apenas dominaba entonces algunos principios del marxismo y, después de completar la educación media, había ingresado a una universidad polarizada en términos políticos, realidad que se extendía al resto del país. Mi vida, con excepción de los dos años en Santiago, había transcurrido en el sosiego y la protección de un hogar acomodado de provincia, ajeno tanto a las tensiones y los riesgos de la gran ciudad como a las ambiciones de poder y los abusos. Mi padre era ejecutivo de la legendaria y prestigiosa Pacific Steam Navigation Company, y mi madre se encargaba del manejo de la casa y de sus hijos: mi hermana y yo. Mis objetivos en la vida eran simples: dedicarme quizás a la arqueología en el desierto de Atacama y a la escritura, conformar un hogar, escribir relatos e identificarme con la causa de los pobres.
Había ingresado a la Jota en 1967, tres años antes de que Allende asumiera el poder, aprovechando una prolongada estadía de mis padres en Europa. Ignoro si la decisión estuvo determinada en última instancia por mi sensibilidad social, alimentada a su vez por la lectura de textos revolucionarios y el amor a la música folclórica de la época, y a la obra de García Márquez, Benedetti y Cortázar, o bien por el resentimiento que me causó la prolongada ausencia de mis padres. Desde hacía cinco años vestía la camisa amaranto con presillas y bolsillos abotonados de la Juventud Comunista, leía El Siglo, el diario del partido, y era capaz de repetir diálogos enteros de las novelas Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovski, y La joven guardia, de Alexander Fadeiev.
Nada más extraño a mis abuelos chilotes que aquella opción revolucionaria, inspirada en las lecturas de Marx, Engels, Castro y Ho Chih Minh, los discursos de Luis Corvalán o Fidel Castro, cuya digestión a lo don Quijote me conduciría a dejar mi patria en búsqueda de una nueva. Mi abuela, Geneviève, oriunda de la magnífica ciudad normanda de Granville, a la que sus padres renunciaron a fines del siglo XIX en pos de mejores horizontes en Chiloé, había sido desheredada y expulsada de la colonia francesa de la isla al enamorarse de Eusebio, un chilote apuesto e imponente que hizo de la carpintería un arte y surcó los siete mares en veleros y navegó los primeros vapores que cruzaron el estrecho de Magallanes.
Una noche de vendaval y lluvia, mi abuelo, montando un caballo blanco, raptó a Geneviève, la que con sus ojos intensamente azules, piel rosada, cabellera rubia y figura altiva, era la muchacha más bella de Chiloé. La colonia francesa se puso en pie de guerra para recuperarla y lavar la afrenta ocasionada por un chilote de profe
