Cuentos completos Manuel Rojas

Manuel Rojas

Fragmento

La danza de lo silvestre

Marcelo Mellado

LUGAR OCUPADO

Manuel Rojas sale al camino casi como un «croto» argentino —individuos desarrapados a los que se les permitía viajar en tren sin pagar, en general desposeídos y mendicantes— y se convierte en un «buscavidas», en un aventurero que hace de su experiencia de desplazamiento su clave como escritor. Su lugar en el campo literario chileno podría ser el de quien hizo de puente entre dos mundos que entraron en conflicto o que se instalaron —y definieron— como estrategias culturales diferentes y contradictorias. Estamos aludiendo a una época en que la condición social de los autores determinaba poéticas y formas de comparecencia, incluyendo las posturas ideológicas ineludibles.

En los cuentos de Rojas están los rasgos fundamentales de toda su narrativa, partiendo por la experiencia territorial, sobre todo con esa obsesión por la montaña cordillerana y la urbe del litoral portuario. También está la perspectiva de lucha anarco sindicalista, incluida su severa moral ciudadana en un mundo en proceso de transformación social. Rojas mantiene siempre una profunda vocación pedagógica, con un narrador que adquiere una función hegemónica como instalador de las tesis que explican el mundo y el orden social. Todo dentro de un esquema en que el signo biográfico es clave, como un verosímil asentado en la experiencia del sujeto que asume un oficio, el de la escritura, que se emparenta con otros en el campo del trabajo: zapateros, wachimanes, tipógrafos, hombres de mar, contrabandistas, etcétera.

Cierta academia con obsesiones clasificatorias lo ubica en la generación superrealista, los nacidos entre 1890 y 1904. Ese grupo habría ajustado cuentas con el pintoresquismo y el nacionalismo imperante, buscando un carácter más universal dado por un contexto literario europeo y norteamericano que imponía nuevas miradas y que había que tomar en cuenta como una necesidad. Faulkner, Hemingway, Dos Pasos, por mencionar a algunos, serían una matriz en la que Rojas se debía mirar. Se supone que de esas nuevas prácticas narrativas el autor habría adquirido técnicas que caracterizarían su escritura, lo que implicaba dar cuenta de otros niveles de conciencia, es decir, surgía en sus textos una nueva subjetividad, nuevos modos del relato y sobre todo nuevos tópicos existencialistas que le imprimían otro sello a la experiencia literaria.

Lo concreto es que a Rojas lo vemos circulando entre las generaciones del 27 y del 38, en donde el criollismo, por un lado, y el realismo social, por otro, son dominantes, aunque la voluntad de vanguardia irrumpía fuerte en el campo literario. La generación del cincuenta, la que vino a continuación de Rojas (con José Donoso y Jorge Edwards a la cabeza), se encargó de tomar distancia o ajustar cuentas con lo local territorial. Optó, estratégicamente, por el universalismo moderno, tomando distancia con la literatura chilena previa, sin distinciones, por lo que Manuel Rojas quedaría relegado o sancionado como tradicional.

El narrador de Rojas, esa conciencia crítica que opera en la zona composicional del relato, tiene como corolario de su subjetividad la tesis utópica de un nuevo sujeto, constructor de un nuevo mundo. Y los personajes que están destinados a esa tarea son, precisamente, los que están al margen del orden social, los bandidos de buena cepa, los mendigos, los desarrapados, los que están liberados de las ataduras de un sistema esclavizador. Se lee la posibilidad de un nuevo sujeto salvador o, al menos, de condiciones abiertas. En sus relatos no hay ese nihilismo europeo propio de la ruina de la guerra y la posguerra. Está, más bien, la afirmación de un mundo por hacerse. Su narrador representaría esa sabiduría o la potencial irrupción de la misma en el acto de contar, sobre todo historias que enuncian una buena nueva, en concreto este nuevo habitante que surge de los sectores más desposeídos, incluso del lumpen proletario o de aquellos anónimos del sur que luchan por sobrevivir en las montañas: mapuches, arrieros o bandidos cordilleranos.

HEGEMONÍA DE LO RURAL

Un elemento fundamental en el discurso narrativo de Rojas es la afirmación fervorosa del paisaje, más aun, la celebración de cómo el hombre lo habita y se inserta en él, sobre todo el desposeído, el lumpen proletario o el gañán del mundo rural, el trabajador ocasional del sector marítimo portuario; en general todos aquellos que están fuera del acotado orden social. Y aquí, entonces, el relato se transforma en un dispositivo de observación, objetivo y subjetivo, en donde la función del narrador es clave, volviéndose un estratega descriptor del paisaje social y natural que lo determina.

En el caso de uno de los cuentos más célebres del autor, «El vaso de leche», comprobamos que la potencia del relato está en la apuesta ética del personaje o en el manejo del orgullo, más que en el hambre que lo invade. Todo esto en el contexto de la ciudad portuaria, entorno clave en el diseño narrativo de Rojas. Es necesario, en este punto, dar cuenta de la recurrencia del espacio marítimo portuario, más que el de la imagen del mar en su sentido oceánico: se trata, sobre todo, de la primacía de un área orillera, achurada por la tierra firme y por una porción de mar, en donde una tipología especial de hombres ejercen el oficio de la sobrevivencia.

Recuerdo una emotiva lectura de «El vaso de leche» en un curso de adultos en la ciudad puerto de San Antonio. Los alumnos eran trabajadores que debían terminar la enseñanza media y algunas empleadas domésticas que querían emparejarse con sus hijas, aliadas en el proceso de sobrevivencia, y que ya entraban a la educación superior. A ellos, alumnas y alumnos, les fue muy claro determinar que el sentimiento dominante en el protagonista era el orgullo. El hambre era un motivo secundario. El vaso de leche como encarnación y mediación de una acogedora maternidad. Se notaba que la suerte del personaje no les era extraña, la memoria del hambre sigue presente en algunos grupos generacionales.

Desde el Colectivo Pueblos Abandonados al que pertenezco como escritor, constituido por narradores y poetas de provincia, hemos descrito que este modo antropológico de construir territorio es casi una norma canónica en cierta literatura chilena de antes de los cincuenta. Y en ese registro territorial —que tratamos de convertir en modo de trabajo— está en primera línea Manuel Rojas, junto a otros escritores que llamamos «territoriales» como Francisco Coloane, Carlos Droguett y el mismísimo Pablo De Rokha, por nombrar a algunos autores en donde la travesía es clave, tanto geográfica como hacia el interior de la conciencia de los personajes. En su libro de crónicas A pie por Chile, Manuel Rojas da cuenta de esa necesidad constante de ruta. De Rokha la hace con su Epopeya de las comidas y bebidas de Chile, pero en una clave sensual y reinvirtiendo poéticamente el territorio, demostrando un saber otro, gastronómico. El narrador de Rojas, por su parte, construye un paisaje a partir de un saber peatonal frente al saber navegante de un Coloane, lanchero insular de bahías chilotas y conocedor de canales australes.

El saber del territorio se describe en Rojas en el marco de una trashumancia continua, aquí no hay paseante ni flâneur urbano, aquí está la hegemonía de lo rural, de una flora y una fauna omnipresente, junto a los accidentes geográficos, los ríos, lagos y quiebres abruptos del paisaje, piques mineros y faenas al aire libre y, en general, junto a la danza de lo silvestre. Lo más cercano a la urbe en la narrativa de Rojas es el puerto y las actividades que lo constituyen; un área especial de lo humano en que la ciudad se sumerge, surgiendo otro modo de convivencia. Esa locación portuaria tiene una toponimia precisa en estos relatos, Valparaíso, espacio en que se verifica su propia biografía de sujeto situado. Es allí donde surge el discurso libertario y la cuestión social se hace propuesta política, la huelga como sistema de resistencia.

EL TIEMPO DE LA LECTURA

Hubo un periodo intelectual en el siglo XX —al que algunos tributamos todavía— en que a las obras literarias se les aplicaba una misma matriz analítica. Toda obra debía dar cuenta del estado de la lucha de clases o al menos de las situaciones de poder o un mapa del mismo; modo de lectura entretenido, algo uniforme y unidimensional, pero que en ese instante se enfrentaba al sentido común dominado por la derecha o al canon conservador, ideológicamente determinado.

Hoy pasa algo parecido con las lecturas de género o con los estudios culturales, sin negar el necesario surgimiento de herramientas analíticas surgidas del pensamiento europeo, como la perspectiva semiológica que a algunos de mi generación nos fue muy útil para combatir, en tiempos de dictadura, el conservadurismo académico que reinaba en las aulas. En esa misma filiación, imagino, irrumpió la perspectiva de género, abierta por ciertas prácticas de escritura que han enriquecido la productividad textual a pesar del emprendimiento académico implicado que supone nichos particulares de gestión cultural.

El problema surge cuando, por presiones del campo cultural y político, se pretende imponer una lectura moral, castigadora, utilizando criterios anacrónicos por parte de una policía cultural literalitosa. Ese revisionismo histórico que somete a juicio modelos autorales y de producción, tiende a contaminar lecturas, sin negar, insistimos, el valor de la creación de nuevos modelos de lectura. La perspectiva de género posibilitó, eso sí, enaltecer la obra de la Mistral y empequeñeció a Neruda, que sin lugar a duda siempre le tributó a una institucionalidad literalitosa muy determinante en el periodo de regencia de la cultura del Partido Comunista. Era el periodo en que dominaba una especie de voluntad poética o metafórica en relación a la construcción de una «nueva sociedad».

En ese contexto el trabajo narrativo de autores como Manuel Rojas se diluía irremediablemente.

Decimos esto con algo de paranoia crítica. Es un tema que hemos trabajado en distintas instancias reflexivas en el Colectivo Pueblos Abandonados. El contexto de práctica crítica lo hemos llamado «el martinrivismo endémico» de nuestra literatura —noción desarrollada por el autor magallánico Óscar Barrientos, uno de nuestros socios—: alude no solo al centralismo cultural, sino a un modelo de jerarquización, territorial y socialmente definida, que determinó que toda una generación de escritores que desarrollaron su producción fuera del ámbito del gran centro urbano decisional quedara fuera del canon o fuera sancionado como de color local.

En tiempos de Manuel Rojas, del escritor maduro, la cuestión social estaba en su apogeo. La estrategia cultural del Partido Comunista supuso incluso un diseño y una voluntad épica que determinó a la cultura de izquierda chilena y latinoamericana. Este modo coincidió y convivió con varias formas del realismo y también de un modernismo literario, a pesar del surgimiento tibio de la voluntad de vanguardia en algunas élites universitarias.

Para Rojas y otros escritores no debe haber sido fácil trabajar en tiempos de la primacía de lo nerudiano y su exacerbada poeticidad en el mundo literario vernáculo. El Partido Comunista logró instalarse como registro dominante de la cultura —gran logro, por lo demás—, lo que incluyó un diseño centrado en la recuperación de lo popular y de las culturas originarias como parte de su catecismo revolucionario y de reivindicación simbólica. Tampoco la estrategia del boom alcanza a Rojas, quien permanece en una especie de lugar autónomo que, si bien no lo aísla, lo pone en un acotado límite que hoy consagramos. Su matriz política no urbana contrasta con los modos pequeño burgueses que se imponían en el diseño cultural de época.

Además, con la omnipresencia de la poesía épico emancipadora y todo lo asociado a ella en el imaginario nacional e internacional, me imagino que debió haber sido un periodo muy difícil para el ejercicio narrativo.

Cuando consultamos en internet sobre Manuel Rojas leemos: «Fue un escritor autodidacta que revolucionó la forma narrativa...». Lo del autodidactismo es un dato maldito, sobre todo hoy cuando casi todos los aspirantes a escritores son doctores en literatura y tienen el espacio académico como eje de su trabajo, de su visibilidad y legitimidad. En la época de Rojas los escritores se permitían ser aventureros, no eran «escritores de escritorio» rodeados de anaqueles librescos. Eran escritores todoterreno o a campo traviesa, como diríamos los militantes de Pueblos Abandonados. Lo del autodidactismo es un dato humillatorio y secundarizador (o romántico), ya que responde a la barbarie academicoide aspiracional, totalizante, que desconoce otros paradigmas experienciales. De más está constatar que la ideología académica es hegemónica hoy en nuestro campo cultural y literario, y contamina con su banalidad y soberbia el trabajo intelectual. Por eso la relectura de Rojas se nos aparece como un acto tan saludable. Él tuvo su experiencia con el mundo universitario pero en un contexto absolutamente otro. Por otra parte, hay que reconocer que uno aprovecha cuando lee a los «maestros fundadores» para ajustar cuentas con el campo literalitoso actual. Es parte del juego quejumbroso.

En la lectura de estos cuentos no puedo dejar de percibir ese quiebre con la concepción de la literatura como un acto de urbanidad. Y ciertamente aparece el «resentimiento» provinciano que se productiviza en la relectura. De ahí que el «martinrivismo» que comentábamos antes, que alude a los colegas que se desplazan a la capital como parte de su «desarrollo» profesional o de legitimación de la pega literaria, da cuenta de una conducta oportunista del sujeto ubicado, de aquel que hace lo que hay que hacer, y escribe lo que hay que escribir. A mucha distancia de la moral a la que postulaba Rojas y de la que me siento tributario.

Pido disculpas por citar un grupo de interés cultural que ha instalado un asunto poco trabajado, el de la toma de distancia frente al campo cultural literario santiaguino, más aun, con la identificación de la producción libresca entendida como algo que se hace en un par de comunas de Santiago. Esta focalización geográfica tiene, obviamente, un sentido de clase. Algunos de nuestros socios de provincia plantean que ciertos giros de la narrativa chilena metropolitana, sobre todo su universalismo desarrollado por la generación del cincuenta, posibilitó prácticas descalificatorias contra el trabajo narrativo producido en la provincia, silenciado y omitido.

Nuestro objetivo en el Colectivo Pueblos Abandonados siempre fue construir un diálogo con aquellos textos que llamamos «de impronta territorial», y uno de esos autores es precisamente Manuel Rojas. Intentamos diseñar una lectura que dé cuenta de la construcción de un eje no urbanizado del espacio cultural y de una nueva provincia letrada.

Es clave, entonces, ubicar a Rojas como un cómplice, como un escritor territorial. Ponerlo en un lugar preciso, fuera de la capital, circulando por el territorio —porque para nosotros la literatura chilena surgió en la provincia, en la señalada y fértil provincia—, como una práctica de autoafirmación territorial y de diseño de paisaje, con una función profundamente republicana. Siempre sentí a Rojas como un escritor republicano que promovía elementos simbólicos de un orden cívico.

LA FUNCIÓN DE CONTAR HISTORIAS

La narrativa es, comunicacionalmente, nos enseñaron en el liceo (y yo también creo que lo enseñé), el predominio de la función referencial del lenguaje, centrada en el factor contexto (o mundo). Me acordé de eso porque el narrador de Manuel Rojas le da a esta función un carácter hegemónico a la hora de construir y promover su mensaje literario, que se centra en dar cuenta del proceso de hacerse a la vida de un sujeto que sale de viaje o se desplaza, en relación con otros (viajeros) que comparten su proceso y su historia.

El pueblo cuenta historias. Los personajes populares son contadores de experiencias vitales que determinan el relato. El narrador de estos cuentos se encarga de que los personajes asuman la función de contadores de historias, casi todos justifican su desplazamiento territorial a través de un relato que opera como un argumento de su ocupación de lugar. Claro ejemplo es «El bonete maulino» y «El hombre de los ojos azules».

En el primero, un objeto posibilita y determina el relato. Un signo de pertenencia social y territorial, un bonete (un sombrero característico de la zona del Maule). Una prenda que adquiere valor simbólico en cuanto posee un relato que la amplifica. En el caso de «El hombre de los ojos azules» aparece la cordillera como rasgo que define y determina la formación de los personajes. Cruzar la cordillera casi como una conditio sine qua non del hacerse «hombre».

Entre la producción de imágenes marítimas y cordilleranas de los cuentos de Rojas se establece esta constante del viaje o del desplazamiento. Y el cruce cordillerano es un eje estructural o isotopía que va definiendo a los personajes y posibilita y/o dinamiza la acción. En el cuento «El cachorro», el viaje-caminata por la montaña nevada es una especie de método de sobrevivencia, pero, además, confluyen ahí un haz de motivos propios de la formación del guerrero clásico, como la venganza, la solidaridad, la dignidad y la voluntad del autodiseño como subjetividad particular.

El elemento épico que supone que para hacerse hombre el joven adolescente debía experimentar una experiencia valiosa, y para eso hacía un viaje material, saliendo literalmente al camino a ejercer la aventura, está en el mundo de Rojas (muy parecido al self made man que vimos en el cine de aventuras). Experiencia muy distinta a la del sujeto de las clases acomodadas cuyo lugar en el mundo ya estaba asegurado. Este proceso casi siempre se verifica en un viaje épico, que no es otra cosa que un desplazamiento del protagonista como parte del aprendizaje «de hacerse sujeto emancipado». Este desplazamiento es como una telemaquia (la matriz clásica de Telémaco en busca de su padre) algo degradada por las condiciones socioeconómicas. Recordemos que la literatura clásica es irremediablemente patriarcal.

Quizás esta fue una de las mayores diferencias con la generación del cincuenta. Ellos eran escritores que asumían lo urbano y lo citadino con mucha más soltura y distancia, tal vez porque despreciaban a su parentela del campo. A este respecto hay que recordar que José Donoso escribió novelas de campo, o con degradadas referencias al mismo, a partir de una especie de ajuste de cuentas con su origen de clase. Rojas tuvo que salir a la calle temprano, al camino, en un periodo en que la masculinidad era algo mucho más nítido. Podríamos decir incluso que la cultura patriarcal imponía al mundo de los pobres y al de las capas sociales no privilegiadas hacerse a sí mismos.

Lo social y lo biográfico, por lo tanto, eran una imposición a la letra, tópicos clave de la construcción del sujeto. La narrativa, y sobre todo la novela, eran estrategias pedagógicas para la construcción de un sujeto que enfrentaba un mundo hostil. En el fondo estamos hablando de otro modo de producción de escritura y, por lo tanto, de otra organización del campo literario.

El nivel biográfico de la escritura de Manuel Rojas dialoga con la novela de aprendizaje, o de formación del guerrero, metafóricamente hablando, pero también con la cultura anarquista que era uno de los modos románticos de resistencia al capitalismo burdo y brutal de entonces. El anarquismo como un modo de alfabetización cultural y política. Alfabetizar era un modo de hacer la revolución. El tributo al espíritu anarquista es una de las señales más potentes del discurso narrativo de Rojas, lo que se demuestra no solo en la reivindicación del lumpen proletario, como grupo social con potencial rebelde y emancipador, sino en la promoción de un sentimiento profundamente humano. Y por cierto, su cercanía con el anarco sindicalismo, que es la fascinación por los oficios del hombre sobreviviente. Y, por otro lado, una subjetividad que apunta al diseño de un sujeto confundido con la naturaleza, no como un dominador, quizás determinado por ese anarquismo con tintes de socialismo utópico y su panteísmo radical, tributando a un Whitman o a un Thoreau.

LA PRIMACÍA DE LOS PÁJAROS

Es clave en los cuentos el personaje redentor que aparece como representación de la posibilidad de un nuevo sujeto, levemente liberador de la humanidad, aunque en los relatos se articula de otro modo que en sus novelas. En la tetralogía que componen sus novelas Hijo de ladrón, Mejor que el vino, Sombras contra el muro y La oscura vida radiante, este personaje es Aniceto Hevia, muy fundamental en su obra narrativa y quien vehiculiza la acción. En muchos de los cuentos la fórmula de la historia al interior de la historia es una estrategia del narrador al servicio de la promoción de una tesis. En «El bonete maulino», en «El Colocolo», en «La compañera de viaje» ese modo de contar o presentar el relato es la clave como recurso enseñante en que se grafica una tesis. Y ese redentor puede ser un bandido o cualquier habitante, en una horizontalidad que es característica de la narrativa de Rojas.

En la lectura del cuento «La suerte de Cucho Vial», así como en «La compañera de viaje», y también en «Canto y baile», surgen personajes femeninos que dan cuenta de un nuevo dispositivo o escenario liberador de cierto espíritu humano que el narrador de Rojas promueve como parte de su esquema propositivo. Y que contrasta con la mujer del «Un ladrón y su mujer», cuya fidelidad tiene que ver con esos signos de la ternura de personajes que rompen con la lógica conductual de modo paradojal. Es el caso del personaje femenino en «La suerte de Cucho Vial», en donde una mujer que es motivo de una apuesta en un juego de cartas tiene una reacción paradojal al respecto. La mujer toma la decisión de asumir la apuesta como algo conveniente porque le permite irse a la montaña. La montaña aparece, una vez más, como un lugar salvífico.

El bello paradigma del reflejo u homología del mundo animal como delirio analítico antropológico queda manifiesto en el cuento «Pancho Rojas». Creo compartir esa experiencia territorial con Manuel Rojas, porque el cuento tiene que ver con ese pájaro con el que yo conviví muy de cerca en mi trabajo de campo, el queltehue, que en Chiloé llamábamos treile. Se trata de un pájaro, en el cuento, que había sido domesticado por la familia, cuya muerte es todo un acontecimiento. Tengo muy buenos recuerdos de los queltehues o treiles, que ponían sus huevos en plena pampa y los cuidaban con un inmenso celo y compromiso. Cómo olvidar sus sobrevuelos muy cercano a la cabeza cuando se transitaba por los potreros en donde habían decidido tener sus crías. Quise domesticar alguno, pero un ambientalista me convenció de que no me metiera con la vida silvestre de ese modo. También conviví con el choroy del cuento «El niño y el choroy» —inédito hasta la presente edición—, ese lorito chileno que siempre anda en bandada y que es súper destructivo: pica las manzanas y una pura bandada puede joderte varios árboles. Estuve muchas veces tentado a hacerlos cazuela, como aparecen hechos en los relatos de Rojas, pero siempre te persuadían de lo contrario. Hay dos cuentos más que dan cuenta de esta especie de primacía de los pájaros, «Mares libres», en donde se hace una especie de revisión del campo lexical de las gaviotas y «Una carabina y una cotorra» en donde la naturaleza humana pasa o está mediatizada por el filtro de la conducta animal.

TEOLOGÍA DEL HABITANTE

La relación enseñante o pedagógica que el narrador suele establecer no solo con el lector, sino también con el sistema del libro y la cultura en general y se asienta muchas veces en la paradoja conductual de los personajes. Esa paradoja es una clave casi argumental que actúa por el efecto sorpresa, incluso por el simple ejercicio de la contradicción. La tesis moral de muchos cuentos está mediatizada por ese efecto de paradoja conductual. Esto es notorio en «La compañera de viaje» en donde el personaje masculino renuncia, por así decirlo, al modo tradicional o «esperable» de seducción, exhibiendo una actitud de autocontrol y protocolo. La imagen de la mujer, episódicas en las narrativas de un periodo en que la mujer no tenía el lugar crítico que hoy tiene en el discurso, aparece como muy moderna y en este caso, determinada por una gran urbanidad y hasta por cierto glamour.

Paradojalmente, Walter Benjamin percibe que en Europa la guerra destruye la experiencia que él identifica con la sabiduría, «el aspecto épico de la verdad se está extinguiendo», plantea. Sin la intención de homologar, solo quiero plantear que el narrador de Manuel Rojas apela, precisamente, a esa riqueza arcaica, pero con vocación de utopía futura, del contar historias como experiencia relevante que da cuenta de la sabiduría de un sujeto que no habla desde sí mismo, sino desde una comunidad. Es como una teología del habitante, ese que viene antes del ciudadano. Los relatos de Manuel Rojas recobran una suerte de utopía ancestral: la de la literatura como soporte de liberación.

Hombres del sur

Laguna

De aquella época de mi vida ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre.

Hace ya muchos años. Al terminar febrero había vuelto del campo, donde trabajaba en la cosecha de la uva. Vivía en Mendoza; como mis recursos dependían de mi trabajo y este me faltaba, me dediqué a buscarlo. Con un chileno que volvía conmigo recorrimos las obras en construcción, ofreciéndonos como peones. Pero nos rechazaban en todas partes. Por fin alguien nos dio la noticia de que un inglés andaba contratando gente para llevarla a Las Cuevas, en donde estaban levantando unos túneles. Fuimos. Mi compañero fue aceptado en seguida. Yo, en ese entonces, era un muchacho de diecisiete años, alto, esmirriado, y con aspecto de débil, lo cual no agradó mucho al inglés. Me miró de arriba abajo y me preguntó:

—¿Usted es bueno para trabajar?

—Sí —le respondí—. Soy chileno.

—¿Chileno? Aceptado.

El chileno tiene, especialmente entre la gente de trabajo, fama de trabajador sufrido y esforzado y yo usaba esta nacionalidad en esos casos. Además, mi continuo trato con ellos y mi descendencia de ese pueblo me daban el tono de voz y las maneras de tal. Así fue como una mañana, embarcados en un vagón de tren de carga, hacinados como animales, partimos de Mendoza en dirección a la cordillera. Éramos, entre todos, como unos treinta hombres, si es que yo podía considerarme tal, lo cual no dejaba de ser una pretensión.

Había varios andaluces, muy parlanchines; unos cuantos austriacos, muy silenciosos; dos venecianos, con hermosos ojos azules y barbas rubias; unos pocos argentinos y varios chilenos.

Entre estos últimos estaba Laguna. Era un hombre delgado, con las piernas brevemente arqueadas, el cuerpo un poco inclinado, bigote lacio de color que pretendía ser rubio, pero que se conformaba modestamente con ser castaño. Su cara recordaba inmediatamente a un roedor: el ratón.

Le ofrecí cigarrillos y esto me predispuso a su favor. Me preguntó mi edad y al decírsela movió la cabeza y suspiró:

—¿Diecisiete años? Un montoncito así de vida.

Y señalaba con el pulgar y el índice una porción pequeña e imaginable de lo que él llamaba vida.

Usaba alpargatas y sus gruesas medias blancas subían hacia arriba aprisionando la parte baja del pantalón. Una gorra y un traje claro, muy delgado, completaban su vestimenta que, como se ve, no podía ser confundida con la de ningún elegante. A la hora del almuerzo compartí con él mi pequeña provisión y esto acabó de atraerlo hacia mí. Más decidor ya, por efecto de la comida, me contó algo de su vida; una vida extraña y maravillosa, llena de vicisitudes y de pequeñas desgracias que se sucedían sin interrupción. Hablando con él, observé esta rara manía o costumbre: Laguna no tenía nunca quietas sus piernas. Las movía constantemente. Ya jugaba con los pies cambiando de sitio o posición una maderita o un trocito de papel que hubiera en el suelo; ya las movía como marcando el paso con los talones; ya las juntaba, las separaba, las cruzaba o las descruzaba con una continuidad que mareaba. Yo supuse que esto provendría de sus costumbres de vagabundo, suposición un tanto antojadiza, pero yo necesitaba clasificar este rasgo de mi nuevo amigo. Su cara era tan movible como sus piernas. Sus arrugas cambiaban de sitio vertiginosamente. A veces no podía yo localizar fijamente a una. Y sus pequeños ojos controlaban todo este movimiento con rápidos parpadeos que me desconcertaban.

—¿De dónde es usted, Laguna?

(¿Por qué se llamaría Laguna? ¿Sería un mote o un nombre? Nunca lo supe).

Contestome:

—Soy chileno, de Santiago. Pura araucanía.

Parecía tener el orgullo de su raza y seguramente decía aquella última frase para significar que era chileno con sangre araucana.

En el tren intimamos mucho. Los demás no me llamaban la atención. Laguna era una fuente inagotable de anécdotas y frases graciosas. Mi juventud se sentía atraída por este hombre de treinta y cinco años, charlador inagotable, cuya vida era para mi adolescencia como una canción fuerte y heroica que me deslumbraba. Su tema favorito era su mala suerte:

—Yo soy roto muy fatal, hermano. Usted se morirá de viejito, le saldrá patilla hasta para hacerse una trenza y nunca encontrará un hombre tan desgraciado como yo.

El dolor de su vida, en lugar de entristecerme, me alegraba. Contaba sus desgracias con tal profusión de muecas e interjecciones, que yo me reía a gritos. Se paraba un instante, se ponía serio y me decía:

—No se ría de la desgracia ajena; eso es malo.

Y seguía contando. En las partes que él consideraba trágicas o patéticas, sus ojos se cerraban, y sus orejas, largas y transparentes, parecían trasladarse hacia la nuca.

—Y entonces, cuando gritaron: «¡cuidado, que vamos a largar!», yo me hice a un lado, el poste cayó, una piedra saltó y me rompió la cabeza.

Sus arrugas tornaban a su posición normal, sus ojos se abrían, las orejas volvían al sitio predilecto y me miraba para ver qué impresión hacía en mí su relato.

—¡Ja, ja, ja! ¡Qué Laguna!

Y toda la peonada hacía coro a mis risas.

Al anochecer del mismo día llegamos a Las Cuevas. Yo conocía la cordillera por haberla atravesado dos veces en mi niñez, pero de ella no guardaba más recuerdos que el de una mulita muy suave, un arriero que me cuidaba, un coche que rodaba entre dos murallas de nieve, y de mi madre, este último más patente que los otros. Por lo tanto, el espectáculo era nuevo para mí. Una sensación inmensa de pequeñez sobrecogió mi espíritu cuando al descender del tren mi vista recorrió ese inmenso anfiteatro de montañas. El cielo me parecía más lejano que nunca. Ni un árbol. Aridez absoluta en todo lo que veía. Rocas que se erguían, crestas rojas o azules, manchones de nieve, soledad, silencio. El tren se perdía como un gusano, entre las moles, ridículo de pequeño. Y los hombres parecíamos más pegados al suelo que en ninguna parte.

Como no nos esperaban con alojamiento preparado en el hotel, tuvimos que proceder inmediatamente al levantamiento de las carpas que nos servirían de habitación. A cinco chilenos, entre los cuales estaba Laguna, nos dieron una. La paramos en medio de maldiciones y juramentos. Corría un viento fuerte que azotaba la tela y la hacía hincharse como una vela. Cuando ya la teníamos casi armada, el viento la tumbaba. Laguna cogía su gorra, la tiraba al suelo, zapateaba un poco sobre ella, luego se tomaba la cabeza con ambas manos y levantando al cielo su cara, exclamaba:

—¡Por Diosito, Señor!

Esta parecía ser su exclamación favorita.

Por fin la carpa quedó en estado de habitarla y nos repartimos el pedazo de terreno sembrado de piedras del tamaño de un puño que utilizaríamos a modo de blanda cama. Extendimos ropas en el suelo. Laguna nos miraba hacer: alguien preguntó:

—¿En qué irá a dormir Laguna?

Este lo miró y bajó la cabeza avergonzado. Nada que denunciara la presencia de una prenda de vestir o de cama había en su equipaje; solo llevaba un pequeño poncho.

Cuando nos acostamos, Laguna estuvo un momento parado, con expresión de hombre indeciso; conversaba y fumaba. Luego se decidió y sin hacer ningún preparativo se tendió en el desnudo suelo, al lado mío. Yo quise ofrecerle mi cama, pero el temor de avergonzarlo me hizo desistir. Se apagó la luz. Con los ojos abiertos en la sombra, tendido de espaldas en mi lecho, conversé un momento con él. A la luz de su cigarro veía a intervalos su nariz aguileña y su bigote lacio. Después, insensiblemente me quedé dormido. Desperté al cabo de unas horas y mientras orientaba mi pensamiento, escuché los ruidos de la noche. Afuera el viento, muy frío, parecía aullar como un animal aguijoneado. El rumor del río aumentaba con su rodar de piedras aquel grito prolongado del viento. La carpa crujía violentamente. En medio de toda aquella sinfonía percibí un sonido humano. Pensé que alguien rondaba, tal vez perdido, alrededor de la carpa, e incorporándome en la cama escuché con atención. Pero no era afuera. Era al lado mío. Laguna, dormido, seguramente helado de frío, castañeteaba los dientes y se quejaba.

—Laguna...

No me contestó.

—Laguna.

Silencio.

—Laguna.

—¡Ah!

—¿Qué le pasa?

—Tengo frío, hermanito.

—Acuéstese aquí.

—No, gracias.

—Venga, hombre.

Se levantó y empezó a desnudarse. De repente oí un sollozo y Laguna lo comentó diciendo:

—Yo soy roto muy fatal.

Después, como un perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando.

—Hermanito...

—¿Qué quiere?

—Muchas gracias.

No contesté. Laguna suspiró, se movió un poco, se encogió, seguramente hizo una de sus muecas acostumbradas y por fin se durmió. Yo escuché un momento su respiración, cortada a trechos por suspiros, y luego me dormí.

Al otro día empezó el trabajo. Se trataba de hacer túneles para resguardar la línea de las nevazones y los rodados. El trabajo era fuerte, pero como el frío también lo era, ambos se neutralizaban con gran alegría nuestra y satisfacción del inglés.

A los diez días de estar allí nuestros rostros habían cambiado completamente. El frío quemaba la piel, la rajaba; la cara se despellejaba, las pestañas caían quemadas también y a todo este trabajo de destrucción y transformación contribuía el hecho de que nadie se lavara la cara sino los domingos. El agua era tan helada que nadie se animaba a hacerlo. Solamente los días de descanso se calentaba agua y se procedía a una limpieza, minuciosa por parte de unos, somera por la de otros. Además, nuestras ropas viejas y sucias, los ponchos oscuros y las barbas crecidas, aumentaban el cambio, haciéndonos aparecer, a los ojos de cualquier viajero erudito, como descendientes directos de una familia de trogloditas.

A los quince días de estar ahí le sucedió la primera desgracia a Laguna, si es que desgracia puede llamarse lo que voy a narrar. Él ya lo extrañaba; me decía:

—¿No le parece raro que no me haya pasado nada?

Y arrugaba la nariz.

Fue un día jueves. El día anterior había nevado y el frío era intenso. Trabajábamos en una zorra y Laguna era el «bandera». Su trabajo consistía en ir delante de nosotros, a distancia de una cuadra, llevando una bandera roja con la cual nos anunciaba la proximidad del tren.

Veníamos con una carga de madera. Cuando llegamos al sitio en que debíamos descargar, vimos que Laguna estaba sentado detrás de un peñasco, bien arrebujado en su poncho. Silbaba monótonamente:

—Fi... fi... fiii...

Le dijimos algunas bromas y empezamos a descargar. En los ratos que descansábamos, Laguna nos advertía su presencia con el fi fi de su silbido. Corría un vientecillo que cortaba las carnes. De repente Laguna dejó de silbar. No paramos en ello la atención y cuando terminamos, uno gritó:

—¡Ya, Laguna, vamos!

Pero Laguna no contestó.

—¿Se habrá quedado dormido? Vamos a darle una broma.

Uno de los compañeros fue sigilosamente hacia él. Cuando estuvo delante, levantó el poncho como para pegarle. De pronto se inclinó, miró fijamente a Laguna y alzando los brazos gritó:

—¡Muchachos, vengan!

Corrimos. Cuando llegamos, Laguna, con la cabeza inclinada sobre un hombro, sonreía dulcemente como si soñara. Se estaba helando. Lo levantamos violentamente y mientras uno lo sujetaba, descargamos sobre él una verdadera lluvia de ponchazos, pellizcones, bofetadas y creo que hasta puntapiés. Al cabo de un rato abrió los ojos y nos miró atontado. Le refregamos la cara con nieve y le seguimos pegando. De pronto gritó:

—¡Ya está bueno! ¡Ya está bueno!

Y salió corriendo. Como un caballo que ha estado largo tiempo atado, Laguna daba saltos, tiraba puntapiés, se revolcaba en el suelo, lanzaba fuertes puñetazos, hacía mil contorsiones y, por último, variando el ejercicio, cantó, mientras se acompañaba de un furioso zapateo:

Suspirando te llamé

y a mi llamado no vienes;

como me ves sin trabajo

te haces sorda y no me entiendes.

Mientras tanto, el trabajo adelantaba rápidamente. Ya en algunos sitios la vía estaba cubierta por los túneles. Se hacían hoyos en el suelo, se metían en ellos enormes postes, estos se juntaban por medio de una trabazón de madera y luego todo se revestía de planchas de zinc. Como el terreno era pedregoso, muchas veces en los hoyos se encontraban gruesos peñascos que era necesario partir con dinamita. Todos los días, a la hora de almuerzo o de comida, fuertes detonaciones rajaban el silencio de la cordillera. Los estampidos resonaban contra los cerros más cercanos y estos devolvían un eco que chocaba en otros, sucesivamente, hasta convertirlos en un trueno prolongado y profundo.

A consecuencia del accidente anterior, la movilidad de Laguna se acrecentó extraordinariamente. El miedo de helarse nuevamente lo hacía andar en perpetuo entrenamiento físico. Saltaba, corría, bailaba y zapateaba.

¡Pobre Laguna! Verdaderamente, era fatal. Un día cayó un poste; todos corrieron. Laguna más que nadie; pero, al ir corriendo y mirar hacia atrás, tropezó en un durmiente de la vía y el filo de otro casi le quebró una pierna. Otro día lo llevaron preso sin causa alguna y lo tuvieron todo el día haciendo un camino en la nieve, entre el cuartel y la estación, en medio de un fuerte frío. Parece que esto era un recurso de que se valían los guardias cada vez que la nieve tapaba el camino.

Después los acontecimientos se precipitaron y la fatalidad se apretujó más sobre su cabeza de roedor.

Andábamos trabajando en la zorra y volvíamos de Las Cuevas con una carga de ochenta planchas de zinc que pesaban once kilos cada una. Como de la estación al campamento la vía tenía un profundo declive, largamos los frenos y la zorra se precipitó velozmente hacia abajo. Con el impulso que traía, ayudado por la pesada carga y por la pendiente de la línea, el vehículo se cargó. Agarró tal velocidad, que un poco más allá del puente del río los postes y las rocas pasaban ante nuestra vista con tal continuidad que parecía que entre ellos no había ninguna distancia. Cuando quisimos frenar la zorra no obedeció y de esa manera pasamos por el campamento en una carrera trágica. Yo iba en el freno delantero y Laguna en el de atrás. Ya la peonada corría detrás nuestro, gritando:

—¡Tírense! ¡Tírense!

Uno gritó:

—¡Hay que tirarse!

Se envolvió la cabeza con el poncho y saltó. Dio una vuelta en el aire y luego pareció hundirse en el suelo. Otro de los peones cayó de lado y quedó inmóvil. El tercero quedó parado después de describir un círculo que habría causado admiración a cualquier geómetra. Yo tiré mi poncho y luego me arrojé de espaldas al vacío. Caí de bruces. Cuando levanté la cabeza la zorra iba a una cuadra de distancia. Laguna iba parado en el freno; su poncho oscuro se agitaba a impulsos del viento como una bandera de muerte. La boca de un túnel pareció tragarse al hombre y al vehículo, que después de un instante reaparecieron por el otro lado. Todos corríamos detrás. De repente, el freno resbaló, Laguna vaciló y por un segundo sus manos arañaron el vacío. Luego cayó de boca. A los treinta metros, en una violenta curva de la vía, la zorra saltó y las planchas de zinc se clavaron en los postes. Cuando llegamos, Laguna yacía a un costado de la línea. Había caído sobre la cremallera y del golpe se le saltaron casi todos los dientes. Después rebotó y cayó en una cuneta, en cuyo filo se hizo dos heridas en la cabeza. Tenía la cara llena de sangre y respiraba quejumbrosamente. Al otro día se lo llevaron al hospital.

A los pocos días, antes de terminarse los trabajos del túnel, bajé a Mendoza. Había sido hablado para invernar, como peón, en una estación situada entre Las Cuevas y Puente del Inca, y necesitaba comprar ropas de invierno. Cuando quise regresar, la Compañía me negó el pasaje por no presentar una autorización del jefe o del capataz. Como mi ropa había quedado allá, resolví volver a pie. Me uní a dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje saliendo de Mendoza una noche de abril. Después de tres días de viaje llegamos al campamento y allí me encontré con Laguna, que ya había vuelto del hospital. Estaba visiblemente cambiado. La cara se le había hecho más pequeña, tenía la boca hundida a causa de la falta de dientes, y toda su persona parecía estar inclinada bajo un peso invisible. Me llamó a su lado y me dijo casi llorando:

—Hermano, vámonos a Chile. Siento que si me quedo aquí me voy a morir.

Lo pensé y me decidí. Le dije que sí. Se alegró tanto que me dio un abrazo. Esperamos la noche para salir. De día era peligroso pasar porque había nevado y el camino del cuartel a la estación estaba tapado. Los peones nos dieron carne, queso, charqui y café. A unos arrieros que venían de Chile les preguntamos si el tiempo era bueno en la cordillera y nos contestaron que el viento que corría no era fuerte y que la nieve caída era muy poca.

A las nueve, después de efusivas despedidas, partimos los cuatro: Laguna, los dos anarquistas y yo.

Había nevado bastante y el camino estaba tapado. Nos orientamos por las luces de la estación. Atravesamos un pequeño puente y empezamos a buscar el camino ancho. A las dos cuadras nos perdimos. Por fin, después de varias vueltas, encontramos la buena ruta y empezamos a subir. A los mil metros de altura empezó a nevar fuertemente. La noche era oscurísima. Caminábamos un trecho y descansábamos. El peso de nuestra ropa, que llevábamos a la espalda, nos fatigaba un poco. No hablábamos. Laguna iba adelante con la cabeza gacha y silbando despacito. De vez en cuando, con un dulce dejo de pena, cantaba:

Dos corazones tengo

para quererte;

uno tengo de vida

y otro de muerte.

De repente se detuvo y nos dijo:

—Oigan.

Escuchamos. Un ruido profundo y sostenido llegó hasta nosotros. De pronto el ruido se trocó en un clamor casi humano. Parecía que una garganta enorme, de voz ronca, gritaba en la cumbre.

Laguna dijo:

—Es el viento.

Él era. Llegaba loco, furioso, estruendosamente. Después de un momento el clamor subió a rugido y este se multiplicó en todos los tonos. Golpeaba en las rocas, saltaba de quebrada en quebrada, se azotaba contra un cerro y rebotaba en otro. Parecía que un ejército de leones bajaba rugiendo hacia el llano. Era horrible y hermoso.

Como íbamos a favor de un cerro no lo sentíamos en nuestros cuerpos, pero al dar vuelta el camino, el viento nos detuvo como una mano poderosa. Daban ganas de gritar y de llorar. La sangre zumbaba bajo la impresión de este emocionante e invisible espectáculo. El viento subía rabiosamente desde el lado chileno, llegaba a la cumbre y se derrumbaba poderosamente hacia el llano argentino.

Nos detuvimos a conferenciar. Hablábamos en voz baja, como temiendo que el viento nos oyera. Volver era peligroso. Nos exponíamos a que el viento nos cogiera de espaldas y nos lanzara cerro abajo, como a las mulas cargadas. Decidimos seguir. Y nos lanzamos al camino. A los pocos pasos nos detuvimos, ahogados. La fuerza del viento era tal, que nos impedía arrojar el aire absorbido en la respiración. Laguna gritó:

—¡Tápense la boca con un pañuelo!

Seguimos su consejo y pudimos respirar. Caminábamos de lado para ofrecer menos blanco al viento. A los tres mil ochocientos metros nos detuvimos indecisos. Un rodado había tapado el camino y en lugar de la línea recta de este solo se veía una blanca raya oblicua que bajaba vertiginosamente hacia la quebrada. La nieve, endurecida, era resbaladiza como jabón.

—Hasta aquí llegamos.

¿Cómo pasar? No traíamos ni un miserable palo con que ayudarnos. Uno de los anarquistas, llamado Luis, dijo:

—Es preciso pasar.

Sacó un largo cuchillo y se lanzó sobre aquella raya, en cuyo fin la muerte abría su boca enorme en la quebrada.

Inclinados bajo el viento, lo miramos pasar. Clavaba el cuchillo, agarrado a este daba un paso, se tendía en la nieve, sacaba el cuchillo, lo clavaba, daba otro paso y poco a poco se alejaba de nosotros. De repente se resbaló y rodó un metro. Lanzamos un grito. El hombre quedó un momento inmóvil y luego empezó a subir, arrastrándose, hasta que logró asirse del cuchillo que había quedado clavado. Demoró veinte minutos en atravesar los ochenta metros del rodado.

Después pasé yo. Nunca, como en aquel momento, me he sentido más cerca de la muerte. Apretados los dientes, hincando con todas mis fuerzas los zapatos en la nieve, buscando en la sombra los hoyos abiertos por el cuchillo del anarquista, atravesé aquel camino angustioso. Caer era rodar mil o dos mil metros hasta quedar convertido en una cosa sin nombre. Cuando llegué al camino, permanecí un momento desorientado y luego me lancé a correr hacia la casilla del Cristo Redentor. Allí estaba Luis. Con fósforos hicimos arder papeles y nos calentamos las entumecidas manos.

—¿Y los otros?

—Ya vienen.

Esperamos un largo rato y no aparecieron.

—¿Se habrán perdido? Vamos a buscarlos.

Salimos y gritamos.

—Si han seguido hacia adelante es inútil gritar. El viento nos devuelve los gritos.

Recorrimos los alrededores y de pronto oímos una voz que llamaba a lo lejos. Buscamos al que gritaba y encontramos al otro anarquista, abrazado a un poste de los que marcan los límites de Chile y Argentina. Lo levantamos y lo sacudimos un poco hasta que se repuso.

—¿Y Laguna?

—No sé; cuando yo llegué a este lado del rodado, él empezaba a atravesarlo.

—Habrá seguido.

—No; no ha seguido. Debe haberse perdido.

Una enorme angustia me subió del corazón a la garganta y corrí como un loco, gritando:

—¡Laguna! ¡Hermanito!

Pero el viento me devolvía sarcásticamente los gritos.

Al otro día, mientras bajábamos, busqué por todas partes los rastros de Laguna. Pero seguramente la nieve había tapado sus huellas, porque ni en el camino, ni en las quebradas, ni en ninguna parte la marca de un pie o de un cuerpo quebraba la armoniosa tersura de aquella inmensa sábana, bajo la cual, seguramente, Laguna dormía su último sueño.

—¡Pobre roto fatal!

Un espíritu inquieto

El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores; que sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece.

JOB

Aquella mañana Pablo González estrenaba un magnífico sobretodo azul. A las ocho de la mañana, después de ponérselo encima de su traje claro de los días de fiesta, salió. Un día hermoso y azul, como su sobretodo, lo recibió en la calle. Encendió un cigarrillo y echó a andar hacia la Avenida de Mayo. Hacía un poco de frío y un vientecillo que subía del río se llevaba hacia el Congreso las bocanadas de humo.

Iba casi alegre. Atmósfera brillante, cielo azul y claro de fines de otoño, sobretodo nuevo, veintiocho años. ¿Qué más podía desear un hombre para ser feliz? ¿Una mujer? Ya vendría. Siempre que estrenaba una prenda de vestir, los últimos días de su juventud se iluminaban con la esperanza de un amor grande y fuerte. El hombre vive de grandes esperanzas y de pequeños recuerdos. Todas las mañanas, cuando el despertador lo despertaba con su gritito estúpido, se sentaba en la cama y se preguntaba: «¿qué espero hoy?».

Cuando después de un momento de examinar las posibilidades advertía que nadie ni nada vendría a traerle una causa o un motivo que justificara ese día su razón de vivir, una carta, un libro, una cita, se sentía amargado, y la neurastenia, adquirida en varios años de pesada vida de oficinista, bajaba de su secreta buhardilla hasta sus nervios destemplados.

Pero hoy era distinto: cuando se posee un sobretodo nuevo, la esperanza renace: hay derecho para esperar muchas cosas.

Vagó de una acera a otra, acechando el paso menudito de las mujeres. Les decía piropos, se ofrecía para acompañarlas, las invitaba a tomar té, les ofrecía flores; pero ellas pasaban silenciosas, arrebujadas en sus pieles o en sus abrigos, haciendo sonar sus altos tacones sobre las veredas. Algunas le sonreían, pero ninguna le miró como invitándolo a que la siguiera. Era la hora de entrar a la oficina o al taller y no tenían tiempo... ¡Lástima! ¡Tan buen mozo, recién afeitado, con aquel sombrero negro que daba a su rostro de criollo un encanto melancólico de enamorado, y con ese sobretodo azul, por debajo del cual la raya del pantalón se deslizaba hacia el zapato de anca de potro! Hasta se daban vuelta a mirarlo, pero, francamente, no tenían tiempo, por lo menos hoy...

Aquella aparente indiferencia y el resultado negativo de sus invitaciones concluyeron por cansarlo. No se dio cuenta de que la hora era inoportuna. Solo pensó en que tenía un sobretodo nuevo, todo pagado, y que las mujeres casi tenían la obligación de corresponder a sus galanterías y ofrecimientos. Terminó por aburrirse, y, apartándose poco a poco de ellas, empezó a pensar en sí mismo. No tenía nada que hacer, pues estaba sin empleo; pero eso no le preocupaba: tenía unos ahorros y podía vivir con cierta holgura mientras durara la cesantía. Carecía de familia que le recordara necesidades. Su único pariente, una tía vieja que residía en Córdoba, no necesitaba de él. Y esto lo alegraba: el hombre que está solo es el más fuerte. Por lo demás, era previsor. Meses atrás había pagado a la empresa del horno incinerador de restos humanos su derecho a ser carbonizado. Cuando muriera, recogerían su cadáver, lo meterían en el horno y... ¡cenizas!, como la del cigarrillo que tiró en la esquina de Avenida de Mayo y Perú. Le mandarían a la tía el ceniciento recuerdo del sobrino, y se acabó.

La idea de la muerte lo sobrecogió como un grito durante el sueño, pero fue un sobresalto que pasó rápido, empujándolo más hacia su abismo reflexivo. Pasó ante las vitrinas, sin mirarse ya en los grandes vidrios que día a día recogen la visión física de la vida de la ciudad, sintiendo que ya la neurastenia había ahuyentado con su agria sonrisa la pequeña alegría que le causara el estreno de su sobretodo azul. Siempre ocurría lo mismo: todos los pensamientos sobre su vida tomaban, insensiblemente, y como por una curva suave y sin sentido, el camino de la muerte.

¡La muerte! A fuerza de pensar en ella, Pablo González había entristecido su alma y hecho de su vida un amargo grumo de hiel.

En ese punto era escéptico y contradictorio. Sus ideas sobre la muerte y la inmortalidad del alma no eran definitivas. ¿Era la muerte un fenómeno físico puro? ¿Las fuerzas mentales terminaban en el punto donde fenecían las materiales? ¿Era el alma solo la facultad de pensar, facultad que se destruía cuando el órgano que la generaba perecía, o tenía otra manifestación posterior? No podía afirmarlo ni negarlo. Había leído bastante sobre eso. Y sonreía recordando la Apología de Sócrates, hecha por Platón, en la parte aquella en que el envenenado con cicuta, desplegando toda la agilidad de su poderoso cerebro, intenta probar la inmortalidad del alma. ¿Cómo se puede probar —se preguntaba— con palabras de hombre nacido de mujer la existencia de algo que necesariamente está fuera de los sentidos humanos? Terminó la lectura con un gran desaliento. Tampoco los materialistas llenaron con su barro panteísta el enorme vacío de su doble incredulidad. Los pensadores espiritualistas y los mecanicistas y otros andaban a puñetazos dentro de su cansado cerebro de empleado de banco metido también a pensador. Sócrates, Bergson, Le Dantec, Moleschott... Habían agregado ciencia a su inquietud, y sus pensamientos caían como por un precipicio, arañando esas opuestas paredes. A veces pensaba como aquel que dijo: «Los hombres, al alimentar sus almas con viejas creencias —que son cual racimos secos—, han concluido por hacer sus vidas tan agrias como racimos verdes».

Pero...

Y así, por entre el zumbar de la gran avenida, Pablo González marchaba con un andar firme en su cuerpo, vacilante en su espíritu, pensando en la muerte, esforzándose en encontrar salida dentro de un círculo perfecto y por descubrir claridades diáfanas en un callejón oscuro, en donde el único farol visible, rojo, como el

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