Índice
Cubierta
UNO
1
2
3
DOS
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
TRES
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
CUATRO
CINCO
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
SEIS
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
SIETE
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
Epílogo
Agradecimientos
Notas
Créditos
Para Carlos y Gloria
Para la custodia del secreto no basta el laberinto de falsas pistas políticas, la destrucción del material, la falsificación. Es necesario un interdicto sagrado; una prohibición de acceso a los que no deben saber.
Claudio Magris
El Secreto y No
El símbolo era una contraseña, una moneda partida por la mitad que servía para que el poseedor de una mitad reconociera al desconocido poseedor de la mitad restante.
José Antonio Marina
Dictamen sobre Dios
La milicia de Santa Fabiana (Extraído del disco duro de Janet Lang)
En la calle de los Penitentes, a pocos metros del cuartel general de los jesuitas en Roma, se encuentra un edificio anodino, de paredes descascaradas. Se entra por una puerta verde vigilada las veinticuatro horas por una cámara y un falso borracho, que cambia todos los días y es en realidad un agente de la Entidad.
En las paredes color calabaza de este edificio hay algunas ventanas rectangulares. Todas están cerradas y protegidas con una cuadrícula de barrotes de fierro. Los secretos que allí se guardan son de extrema importancia. Secretos tan antiguos como la propia Compañía de Jesús, que de vez en cuando y según las necesidades políticas de los tiempos son filtrados al mundo laico con cuentagotas.
Allí están los registros de todo lo que los jesuitas llegaron a poseer y luego perdieron en América. Las propiedades y el capital acumulado por la orden durante dos siglos y medio de trabajo misionero; las conversaciones entre los provinciales y el poder secular en cada uno de estos emplazamientos estratégicos; los descubrimientos arqueológicos, los levantamientos antropológicos antes que la disciplina siquiera existiera.
Al lado de esta fortaleza se encuentra la sede de la beata Virgen de la Piedad, una orden de monjas de clausura adscritas a la espiritualidad ignaciana, no más de una veintena en total, de madre superiora a la más joven de las novicias. Durante mucho tiempo su rol fue cuidar al Papa rojo. Alimentarlo, lavarle y plancharle la ropa, zurcir sus calcetines y lustrar sus zapatos.
Su ejemplo de vida y guía espiritual es Santa Fabiana de Poznan, la joven polaca fallecida a la edad de Cristo, llamada por Él para preparar su segunda venida, cuyo diario de vida muchos han comparado con las obras de Santa Teresa de Jesús y otras experiencias místicas femeninas.
Las monjas de Santa Fabiana creen en los carismas, es decir, en las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Tienen presencia en un número importante de países estratégicos a partir del año 1945, como Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Eslovaquia, Kazajistán, República Checa, Cuba, Filipinas y Brasil.
Realizan su labor apostólica en la rehabilitación y protección de jóvenes en peligro moral, víctimas de la prostitución y madres solteras separadas de sus familias. Su principal fuente de ingresos son las donaciones de los fieles y la comercialización de objetos de culto.
Usan hábito negro y un curioso tocado rectangular que solo deja a la vista su rostro. Festejan a la Beata Virgen de la Misericordia el primer domingo después de Pascua. Como muchas órdenes de su tipo, sufre hace años las consecuencias de la llamada crisis de las vocaciones. De 550 monjas en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, su número actual no pasa de cuatrocientos. La edad promedio es de 52 años.
Según documentos desclasificados de la CIA y del Departamento de Estado de los Estados Unidos, durante la Guerra Fría las monjas de Santa Fabiana de Poznan fueron uno de los enlaces más eficaces de la Compañía de Jesús en el mundo comunista. Investigaciones realizadas por la fiscalía italiana a fines de la década de los años ochenta llegaron a una conclusión inquietante: las cuentas corrientes de esta orden en el Instituto para las Obras de la Religión (IOR por sus siglas en italiano, el banco del Vaticano) fueron utilizadas por terceros para canalizar millones de dólares hacia el sindicato anticomunista Solidaridad y otros grupos similares, en distintos países de la antigua órbita soviética.
Esto sucedía al mismo tiempo en que muchos jesuitas adoptaban una postura de colaboración con el gobierno sandinista de Nicaragua, el Frente Farabundo Martí en El Salvador, la junta militar de la república de Etiopía.
En la oficina de la superiora, sor Agnieszka Kowaleszcko, hay un crucifijo y, en la pared opuesta el escritorio, una amplia galería de retratos. Son los patronos y protectores de la orden. Hay un retrato del papa Juan Francisco y otro de Juan Pablo II, dos pontífices supuestamente equidistantes desde el punto de vista ideológico. En un tercer renglón está el superior general de los jesuitas.
Residen en el convento también algunas eminencias de la Compañía de Jesús, como el teólogo canadiense Léopold Leclerc, duramente castigado por el cardenal Joseph Ratzinger por su tesis de Jesús y su Madre. O el polémico antropólogo y arqueólogo Wolfgang Brühl, responsable del hallazgo de una serie de documentos denominados los rollos de Santa María de Amhara, por la región en que fueron descubiertos.
Los rollos de Santa María de Amhara nunca han sido publicados oficialmente. Grupos y organizaciones de la sociedad civil, algunos de carácter católico, vienen pidiendo hace años que se hagan públicos, pero la Santa Sede ha declinado responder.
El motivo del secretismo sería, según algunas versiones, la visión heterodoxa que presentan estos textos respecto de la Madre de Jesús, su rol en el devenir del Mesías y en la primera Iglesia Cristiana de Jerusalén.
Agnieszka Kowaleszcko es una robusta mujer de 72 años, que contesta nuestras preguntas con naturalidad. Habla inglés con acento cockney y tiene un apreciable sentido del humor. Consultada sobre los rollos de Santa María de Amhara, hace una mueca e indica con el dedo hacia su izquierda.
«Amiga, eso no es asunto de mi departamento. Para saber más debes golpear la puerta de al lado».
UNO
Roma,
31 de octubre,
5 AM
1
El camión de mudanzas se subió a la vereda de la intersección de las calles Astalli y Plebiscito, frente a la iglesia del Gesú, y se detuvo. Del asiento del copiloto descendió una silueta vestida con un sayal de monje franciscano.
El hecho no fue registrado por las cámaras de seguridad y las autoridades tardarían un tiempo crítico en descubrir el motivo.
El monje avanzó hacia la puerta de la sacristía y golpeó varias veces siguiendo un patrón. La puerta se abrió desde adentro. En el umbral se perfiló una silueta que inclinó la cabeza en señal de sumisión.
El supuesto monje hizo la señal y del camión descendieron otros cuatro individuos con el mismo atuendo. Eran un equipo logístico y tardaron menos de media hora en bajar todo su equipamiento.
Traían maletas rodantes con herramientas, taladros, metros de cable, tornillos y clavos. Bidones con productos químicos en estado sólido y líquido. Traían también tablas, fardos de paja, resinas y polímeros, pintura aerosol y también computadores y equipos electrónicos de carácter profesional.
Lo que iban a hacer en la cripta de San Ignacio de Loyola era peligroso.
Trabajaron en silencio durante varias horas, bajo los frescos místicos de la iglesia del Gesú. Lo habían ensayado tantas veces, como una plantilla de ballet, que ninguno se equivocó. Uno cortaba, otro amarraba; entre dos sacaron la estatua del santo de su pedestal.
Se consideraban magos del desacato, retadores de la tradición. Sobre todo, devotos de la Señora de los Disfraces, por la cual se santiguaron para pedirle su protección. Iban a utilizar aquella iglesia emblemática de Roma para dejar un mensaje.
Trabajaron durante varias horas hasta dejar todo a punto para la función. El alba recién bañaba la ciudad con sus destellos otoñales cuando comenzaron a barrer, aspirar y borrar sus huellas.
Antes de irse se sacaron las caperuzas y cada uno se cubrió el rostro con una máscara carnavalesca. Juan Pablo II, con sus mejillas salientes y su frente amplia; Benedicto XVI, con su labio levantado como alguien que ya murió; Pablo VI, como un vampiro de cejas hirsutas; Juan XXIII, con su nariz descomunal.
Los cuatro papas formaron una cadena con sus brazos entrelazados, posando primero como un equipo de fútbol de salón y luego como una banda de forajidos.
Al día siguiente aquella foto, la mejor de la serie, fue subida a la red y recorrería el mundo como un símbolo de los tiempos oscuros que estaban por comenzar.
2
El cardenal John Julius Beckett se miró en el espejo de tocador con expresión seria. Se repasó el cabello hacia atrás; giró su cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, como un actor ensayando su papel: Are you talking to me?
Satisfecho, se puso los lentes y salió del baño cerrando la puerta detrás de sí.
Ciril, su secretario personal, lo esperaba en el vestidor con todos los elementos preparados. Le ajustó los botones de la sotana y le colocó su fino roquete de encaje. Encima de ambos, le abotonó la muceta que le cubriría el pecho del frío romano. Poniéndose en puntillas detrás del cardenal, le colocó su crucifijo colgante de plata pura y el solideo púrpura en la parte superior de la nuca.
El cardenal John Julius Beckett se miró en el espejo de cuerpo entero, de frente y de perfil, comprobando que ningún detalle estuviera fuera de lugar. Estiró el dedo anular derecho y Ciril le introdujo el anillo cardenalicio.
El joven secretario completó el rito entregándole el birrete, que el propio cardenal se colocó en la cabeza.
Ambos se persignaron.
Roma todavía no despertaba, pero el cardenal John Julius Beckett ya estaba en pie. Siempre había sido un madrugador y ese día especial había decidido comenzarlo rezando el rosario con su peor enemigo.
Ese día, el más importante para la Iglesia en casi sesenta años, sorprendía al cardenal en una situación de humildad.
El papa lo había despojado de su poder formal, pero aún conservaba el respeto y la lealtad de un puñado de católicos verdaderos. Les había jurado, los meses previos al Concilio Vaticano III, defenderlos a todo evento del asalto que se avecinaba en contra de las tradiciones.
Caminó lentamente hacia el salón comedor, donde Ciril había dispuesto un tazón de té, una tostada con mermelada de damasco y un vaso de agua con gas.
—Gracias, Ciril —susurró.
El secretario depositó junto a la taza de té la cajita de plata con sus medicinas. Tras comprobar las lecturas de su marcapasos de última generación, hizo la última providencia de la mañana.
«Señor, dame fuerzas para lo que tengo que hacer», dijo observando el solemne retrato de su mentor. Con su mirada terrible y orgullosa, su mentor parecía responderle: «tú puedes».
El auto lo esperaba en el estacionamiento y el cardenal John Julius Beckett, como era su costumbre, abordó el asiento de atrás.
—Buenos días, eminencia —saludó el chofer.
—Buenos días, Alfonso —respondió el cardenal.
—Se levantó más temprano hoy. ¿Adónde lo llevo?
—Quiero que me lleves a la iglesia del Gesú.
—¿A la iglesia del Gesú, eminencia? —se extrañó el chofer.
—Me has oído.
No era habitual para el cardenal John Julius Beckett asistir a un templo de la Compañía de Jesús. Sus relaciones con los jesuitas nunca habían sido cordiales. Con un papa jesuita lo eran menos. Celebrar una misa privada con el general de la compañía equivalía a un pacto de no agresión. Con la Iglesia debilitada y asediada desde todos los frentes, era lo mínimo que podía hacer.
Observó las calles de Roma, húmedas y todavía envueltas en la penumbra de la madrugada.
Alfonso no tardó en llegar y se estacionó frente a la puerta de la sacristía, sin apagar el motor. El cardenal le dijo que lo recogiera dentro de una hora para seguir camino hacia la plaza de San Pedro.
—En una hora, eminencia —replicó el chofer.
El cardenal observó cómo el auto negro con placas de la Santa Sede se alejaba sin prisa por la calle vacía. Avanzó hacia el templo con la frente erguida, echando vapor por la boca. Esa mañana había decidido dejar su reputación de intransigente y su más de medio siglo de agrias disputas con los jesuitas en la puerta de la iglesia.
Una figura lo saludó desde la puerta de la sacristía. Supuso que era el cura párroco y le respondió con un ligero y desdeñoso movimiento de cabeza.
—¿Han llegado ya? —preguntó en italiano con acento de la costa este de los Estados Unidos.
—El general ha tenido un pequeño retraso, eminencia —informó el cura párroco, inclinándose con humildad—. Pide que lo espere en la sacristía.
El cardenal John Julius Beckett no ocultó su contrariedad.
—Que así sea —masculló.
Siguió al cura al interior de la iglesia y escuchó cómo la puerta se cerraba tras él.
3
Wolfgang Brühl, sacerdote jesuita, apagó la alarma de su celular y permaneció algunos instantes observando la oscuridad de la habitación.
Se colocó los lentes, hizo sus oraciones y se vistió. A través de su ventana vio los techos de Roma recibiendo los primeros rayos del sol. Algunos peregrinos ya caminaban hacia la plaza de San Pedro, bufando en la madrugada fría. Venían desde todas partes del mundo a la ceremonia del Concilio Vaticano III.
Señora, ayúdalos y allana su camino.
Llevaban banderas de sus países, carteles en apoyo del papa, carteles en contra del papa, estampas de la virgen, fotos de niños y mujeres abusados por sacerdotes.
Wolfgang Brühl bajó a desayunar en el comedor del convento de las Hermanas de Nuestra Señora de la Piedad, donde residía hacía cuarenta años. Allí nadie se sorprendía con sus silencios ni impugnaba su reputación de misántropo. Como todos los días, las silenciosas monjas bielorrusas le sirvieron su té con tostadas y lo dejaron desayunar tranquilo.
De regreso en su habitación terminó su aseo personal, cerró sus libros y guardó su libreta de apuntes y su celular en un maletín de cuero fino.
Se arrodilló y volvió a rezar, aferrando el rosario con fuerza, visualizando el dolor de la Madre ante las heridas del Hijo.
Ora por nosotros, Virgen del Dolor.
Wolfgang Brühl ya no tenía certeza de si lo había soñado o era verdad: un círculo de hombres con máscaras lo obligaba a cometer actos infames. La única manera de demostrar lealtad absoluta a Jesucristo, decían, era abjurando de él.
Y Wolfgang Brühl les había obedecido.
Señor Jesucristo, te rogamos ahora y en la hora de nuestra muerte la intercesión de la Santísima Virgen María, tu Madre, cuya alma fue atravesada el día de tu pasión por la espada del dolor...
Actos infames, mentiras, perversidades. Todo tenía la lógica del Adversario, disfrazado de Igual.
Wolfgang Brühl cerró su habitación con llave y subió al ascensor. Atravesó los escasos metros que separaban el convento de Nuestra Señora de la Piedad del Instituto Histórico de la Compañía de Jesús, donde trabajaba.
Llevaba cuarenta años ocupando la misma oficina desde que regresara de Etiopía. Igual salvo por los computadores, el escáner, los discos externos y la infinitud de cables y tomas de corriente.
Durante cuarenta años había trabajado allí sin descanso, con una misión que cumplir. Formaba parte de un equipo con acceso a los últimos equipos, las técnicas de punta para digitalizar manuscritos antiguos.
A horas de que comenzara el Concilio Vaticano III, el padre Wolfgang Brühl escribió varias cartas, una para cada uno de sus hermanos de sangre; otra para el superior general de la orden, explicándoles su decisión. Las firmó y guardó en sendos sobres, con los nombres de sus destinatarios.
Respondió sus mensajes de correo electrónico. Verificó sus servidores, los respaldos de sus archivos, sus últimas transacciones bancarias. Abrió un documento antiguo y lo proyectó contra la pared, con un data show. Colocó su celular en un atril y seleccionó la red social para transmitir imágenes de video en tiempo real. Luego sacó la jeringuilla desechable y los guantes de goma. Encaró la cámara y dijo:
«Me llamo Wolfgang Brühl, soy sacerdote y he decidido suicidarme».
Acercó la aguja a su antebrazo y cerró los ojos.
«Mis pecados superan toda escala. Mis secretos deben ver la luz».
El pinchazo fue como una descarga eléctrica.
«Durante sesenta años he ocultado un secreto que todo católico debiera conocer. Una serie de documentos cuya antigüedad ha sido calculada por la ciencia en dos mil años; hallados por arqueólogos en Etiopía, traducidos por especialistas, robados por agentes de naciones totalitarias, recuperados por la fe. Estos rollos de texto hablan del culto de una Madre y un Hijo que sirven el ágape sagrado».
Los iones de sodio comenzaban a escasear en el flujo sanguíneo de Wolfgang Brühl. Sus membranas y músculos respiratorios se iban anquilosando.
«Me llamo Wolfgang Brühl, y moriré dentro de poco. Pero antes voy a contar cómo y por qué la Iglesia ha ocultado este secreto».
Durante los primeros minutos no sintió nada. Luego su respiración comenzó a alterarse.
«Hablo desde mi libre albedrío y de mi fe inquebrantable en Dios, en su Hijo y en la Madre que es la casa del Espíritu Santo. Buscad el vino de Dios, porque es la sangre de la Madre Eterna, transmitida de generación en generación».
Wolfgang Brühl sintió sus cartílagos cada vez más blandos, sus mucosas irritadas. Comprobó que cientos de personas seguían su transmisión en distintas partes del mundo. Algunos le enviaban bienaventuranzas y le dedicaban oraciones; otros lo insultaban. «Monstruo», le decían. «Cobarde. Que te pudras en el infierno», le escribió una mujer desde un país sudamericano. «Estamos contigo y con el papa Juan Francisco», le escribió otra desde Québec.
Wolfgang Brühl habló durante media hora. Su confesión pública atrajo cada vez a más personas, las que a su vez la compartían generando un efecto en cadena.
«Hay otros como yo, en otras partes de Roma y del mundo, que ayudarán a sentar a la Señora del Dolor en su trono, como corredentora del hombre y Madre Universal.
Primera profecía, en tres el papa negro vuelve a morir.
Segunda profecía, en cinco resucita el papa rojo.
Tercera profecía, en siete el papa gris recoge las cenizas y las esconde».
De pronto ya no pudo más. Su cuerpo dejó de responder y se desplomó.
Estuvo así un tiempo indefinido. Su rostro permaneció igual en decenas de miles de pantallas en todo el mundo. Eso era lo que veían los demás, porque él veía otra cosa. Veía que una luz sobrenatural descendía del cielo y que una figura se materializaba en el espacio, flotando dentro de una burbuja transparente.
Era la más hermosa, la más pura e inocente, la que extraía fuerza de lo débil y suavidad de lo áspero. La que sostiene en su regazo al Niño.
Señora del Dolor, Madre del Mundo...
La burbuja seguía creciendo. A los pies de la Señora una docena de cabezas sin cuerpo soplaban con sus mejillas infladas.
Al ver la pena y la tribulación del padre Brühl, la Señora se desabotonó el camisón. Un hermoso pecho del mismo color que el nácar brotó del vestido azul. Con la otra mano, la Señora comenzó a amasarlo y apretarlo.
Al borde de la asfixia, Wolfgang Brühl comenzó a llorar.
El niño reaccionó ante estas lágrimas con una sonrisa inocente. De los pechos de la virgen brotó un chorro intenso y de un blanco purísimo.
Ni la leche ni la risa del niño llegaban hasta el padre Brühl, ni menos a las miles de personas que seguían su suicidio en vivo desde sus dispositivos.
La burbuja no dejaba salir nada. Después de alcanzar su máxima expresión, el sacerdote jesuita Wolfgang Brühl la vio achicarse.
Cada vez más pequeña, la burbuja y la virgen desaparecieron por completo. El sacerdote sintió que sus lágrimas se secaban.
Lo último que se vio en las pantallas de decenas de miles de celulares y computadores en todo el mundo fue la sonrisa beatífica que se dibujó en el rostro del padre Wolfgang Brühl al momento de alcanzar la gloria.
DOS
Barcelona,
un año y medio antes
1
El tren de aterrizaje de un Boeing 787 rebotó contra la pista húmeda del aeropuerto de El Prat. Venía de Nueva York con 194 pasajeros, los que se pusieron de pie apenas la nave se detuvo. En fila fueron descendiendo hasta que en el avión no quedó nadie salvo una mujer de unos cincuenta años, de aspecto poco convencional.
Dormía profundamente, como si estuviera en el salón de su casa. Llevaba botas marca Doc Martens y un pañuelo de colores en la frente. Su cabello ensortijado tendía para cano, salvo por un mechón teñido de verde pistacho. Una asistente de vuelo le tocó el codo para despertarla.
—Señora... Señora, hemos llegado.
La mujer la observó desconcertada y tardó unos segundos en comprender la situación. Se disculpó, se puso de pie e intentó bajar su equipaje sin ayuda. No lo consiguió.
—Gracias, gracias... disculpe.
Avanzó dando tumbos por el pasillo y golpeándose los muslos en los brazos de los asientos. El personal de cabina la miraba con compasión.
Traía poco equipaje, cuatro horas de desfase horario y una resaca de consideración.
Observó a las parejas maduras que avanzaban por el pasillo, a los hipsters con dinero y a las familias con niños sobrestimulados exigiendo sus tablets. Ella solo traía un bolso de mano y una pequeña maleta con ruedas.
Llegado su turno en la fila de inmigración, presentó un pasaporte estadounidense en el que su foto de frente figuraba junto al nombre de Janet Lang, nacida en San Francisco, California, el mismo año y día en que Neil Armstrong pisó la superficie lunar.
El agente de la policía nacional lo timbró con un golpe seco y se lo devolvió.
* * *
Se dirigió directamente a la salida y, para su sorpresa, entre los choferes de taxi se encontraba él: camisa Hugo Boss abierta hasta el segundo botón, pelo peinado hacia atrás, con algunas entradas blancas por los costados que no alcanzaban a delatar sus casi setenta años.
—Janet, bienvenida —dijo Rubén Tarrés.
Ella le devolvió la sonrisa.
De modo que había cumplido su promesa: la leyenda del vino catalán había venido personalmente a buscarla al aeropuerto. Un hombre de palabra.
—¿Tuvo buen viaje? —le preguntó en inglés.
Su rostro hacía pensar en el de un Julio Iglesias en la cima de su fama.
—Inmejorable —le respondió ella en castellano—. Gracias por venir a buscarme.
Un apuesto joven marroquí, tras un breve y respetuoso saludo, cogió la pequeña maleta.
—No faltaba más —dijo Tarrés—. Supongo que aprendió el idioma en América Latina, ¿no es cierto?
—Hablo una mescolanza de jergas. Pero me doy a entender, ¿verdad?
—Mucho más que eso, Janet.
Llegaron al estacionamiento VIP del aeropuerto; el joven marroquí accionó un dispositivo electrónico y un autazo de lujo respondió con un parpadeo de sus luces traseras.
—Me hace mucha ilusión que haya venido —prosiguió el empresario—. He preparado un programa para que usted conozca nuestros viñedos y podamos conversar con tranquilidad acerca del proyecto.
El joven marroquí guardó el equipaje en el portamaletas y, como en una coreografía ensayada, le abrió la puerta del costado izquierdo. El auto se puso en marcha de manera silenciosa y ella comprendió que se trataba de un modelo eléctrico de última generación.
—¿Tiene algún reparo con la cifra que le he ofrecido por sus servicios?
—Me parece sospechosamente alta, Rubén —dijo ella sin apartar la vista de la ventana—. ¿Qué espera usted de mí?
Tarrés la observó atentamente. Pese a los correos electrónicos y las numerosas conversaciones telefónicas previas al viaje, el encuentro personal representaba para ambos una misma cosa: la prueba de los ojos.
—No sé si soy la persona adecuada para escribir un libro sobre vinos. Tengo una experiencia periodística demostrable, pero en otras áreas.
—Lo sé —dijo Tarrés—. Usted ha trabajado en revistas y periódicos de economía y finanzas. Fue editora de una revista muy prestigiosa de los años noventa.
—Así es, pero con suerte puedo distinguir un cabernet sauvignon de un Pinot Noir.
Tarrés soltó una carcajada.
—Eso es precisamente lo que me interesa de usted. No está contaminada con los poderes fácticos del vino, como la mayoría de los periodistas especializados. Leí sus artículos y me convencí de que es usted la persona ideal para escribir este libro. ¿Qué me dice? ¿Tenemos un trato?
—Antes de responder, necesito que me explique qué es eso del «Vino de Dios».
Tarrés sonrió de oreja a oreja.
—Es un término metafórico, como la famosa partícula de Dios —de pronto se puso serio—. Tenemos razones para creer que uno de nuestros viñedos contiene material genético muy antiguo. Un genoma con características únicas. Hemos hecho estudios científicos e iniciado una investigación histórica acuciosa para buscar su origen.
—¿Y lo han encontrado?
—Casi. Creemos que su origen se encuentra en Asia central, entre Georgia y Azerbaiyán. Luego este material genético pasó por Persia e Israel, viajó a Europa durante las cruzadas y de allí se repartió por América, África y Oceanía. Nos encontramos a las puertas de concretar un gran descubrimiento, un hito para la ciencia y la historia, que cambiará radicalmente la industria del vino.
Ella creyó ver una pequeña llamita obsesiva en el fondo de las pupilas de Tarrés.
—Esto no es un trabajo de ghost writing, Janet —insistió el empresario volviendo a la carga—. Llevará su firma, no la mía. Será dueña de todos los derechos de autor que deriven de la explotación del libro.
—¿Y usted qué gana?
—Yo ya he ganado mucho. Mi responsabilidad ahora es devolver.
2
—La viña se encuentra a unos setenta kilómetros de aquí —dijo Tarrés—. No tardaremos en llegar.
El auto surcaba la autopista sin apenas generar ruido. Sus neumáticos, su sistema de suspensión y su motor eléctrico de alta tecnología permitían disfrutar del paisaje catalán como si se estuviera volando sobre una alfombra mágica.
Ella sintió un arranque de nostalgia. Había pasado unos veranos inolvidables en las playas de Cataluña. Veranos de música y sexo, con hombres y mujeres. La época en que escuchaba bandas indie y su vida estaba por delante. A los 53 años, por culpa de un conjunto de factores estructurales, se encontraba muy cerca de aquella nueva clase social conocida como el precariado: sin pareja, sin hijos, sin ahorros y sin trabajo estable.
—Antes de tomar una decisión definitiva me gustaría hacerle algunas preguntas —dijo mirando a Tarrés.
—Por favor.
—¿Realmente me contactó por haber leído mis artículos?
—Digamos que la lectura de sus artículos terminó por convencerme de que era la persona adecuada. Pero llegué a usted después de meses intentando contactar a su hermana.
Para ella fue como recibir un pinchazo en una nalga y Tarrés se dio cuenta.
—Su hermana realizó un macizo trabajo de investigación, Janet. Usó la ciencia tradicional, la ampelografía, para establecer vínculos entre distintas variedades de vid, algunas separadas por miles de kilómetros. Y lo hizo años antes de que en la industria del vino contásemos con la tecnología adecuada para tipificar los genes de cada variedad.
—¿Por qué no lo mencionó en sus correos? —preguntó ella en un tono casi lúgubre.
—Me pareció delicado, dadas las circunstancias.
Ambos permanecieron en silencio durante varios minutos.
—Tres meses después de publicar aquel artículo académico que usted menciona, Kate desapareció —dijo ella—. Eso usted lo sabe, ¿verdad?
—Lo único que sé es que dejó su cargo de investigadora en la Universidad de California. Sus colegas respondieron a mis consultas de modo evasivo, por lo que comencé a sospechar.
—Se sigue comunicando con mis padres y conmigo, de manera esporádica —dijo ella—. Usa correos e identidades distintas y jamás nos da su paradero.
—¿Cómo saben que es ella?
Se encogió de hombros. No quería profundizar en el tema, ni dar detalles sobre las fotografías que de vez en cuando Kate adjuntaba a sus correos.
—Le pido disculpas por mi indiscreción —dijo Tarrés—. Debe ser duro para usted y su familia.
—Eso ocurrió hace casi veinte años —dijo ella—. Kate sigue enviando dinero regularmente a mis padres y saludándome para mi cumpleaños.
Un silencio pesado se instaló entre ambos. Ella observaba el paisaje, buscando las palabras adecuadas para resumir sus sentimientos.
—He llegado a creer que mi hermana no nos quiere, o que es una especie de superheroína ambigua como esos personajes de los mangas japoneses, que no se sabe si son buenos o malos. Tal vez sea una agente de la CIA o de la DEA que vive aventuras al límite en lugares exóticos, una especie de femme fatale que lucha contra terroristas y narcos.
Sintió los ojos de Tarrés clavados en ella.
—Antes de que perdiéramos contacto ella estuvo en países como Chile, Argentina, Irán, Azerbaiyán. Usted me entiende, ¿no?
—Claro, son países que producen vino —dijo el empresario.
3
El auto se alejó de la costa y se internó en una serie de valles atravesados por cerros desnudos, de un color ocre amarillento. Los viñedos sobresalían entre iglesias y casas de piedra de aspecto abandonado.
—La mayor parte de los viñedos de España y de Europa perecieron en el siglo xix durante la plaga de la filoxera —explicó Tarrés—. Lo que usted suele ver son variedades reconstituidas.
—¿La que vamos a ver ahora también?
—Todo lo contrario, es antiquísima. La encontramos hace unos veinte años. Buscábamos tierras en distintas partes del país para expandir nuestra producción. Así llegamos a este viñedo que, según todos los antecedentes y registros, sobrevivió a la filoxera, al mildiú y a todas las plagas importantes de los últimos quinientos años.
—¿Un milagro? —ironizó ella.
—Me gustaría creer en los milagros, pero ya no es posible. He comido demasiadas veces del fruto prohibido del conocimiento —replicó el empresario sin asomo de ironía.
—¿Ya no le teme al pecado?
—La fe y la culpa me abandonaron hace muchos años.
El auto dejó la carretera principal y siguió por un sinuoso camino que bordeaba las montañas. Los viñedos se encaramaban en los bordes de la roca desnuda, entre riachuelos y quebradas.
—Es una zona excelente para el cultivo —prosiguió Tarrés—. Llueve poco y los suelos tienen un fuerte contenido de cuarcita, que obliga a las vides a extender sus raíces en busca de intersticios hasta encontrar agua, a muchos metros de profundidad. Ya podrá apreciar el resultado usted misma.
Ella sonrió algo incómoda. Comenzaba a sentir la necesidad de un aperitivo. Se encontró con los ojos del chofer marroquí en el espejo y tuvo la sensación de que el muchacho sonreía, como si supiera lo que pasaba por su cabeza.
* * *
Tras casi una hora de viaje vieron aparecer un conjunto de torres, torrecillas y torreones que se erguían en la cima de un cerro.
—¿Vamos a pernoctar allí?
—En un monasterio construido en el siglo xii —dijo Tarrés—. ¿Qué le parece?
—Le tengo miedo a los fantasmas.
—No se preocupe —sonrió el empresario—. Uno termina acostumbrándose a ellos.
Tras dar la vuelta al cerro por un camino lleno de curvas, el chofer marroquí detuvo el auto a unos treinta metros de la ciudadela. Ella y Tarrés siguieron a pie.
—El monasterio fue fundado por los monjes cistercienses y hoy pertenece a la Orden de San José Carpintero —explicó el empresario—. Antiguamente aquí estaban los recintos de los artesanos. Imagine usted los martilleos de los herreros, los caballos, el olor a humo, sudor y estiércol.
—Lo intentaré —dijo ella.
La verdad es que costaba imaginar un pasado así: el día era agradable, el aire puro y el turismo masivo una pesadilla lejana. El único ruido era el de las ruedecillas de sus maletas rodando en el suelo empedrado.
En lo alto de la entrada principal de la ciudadela había una figura de piedra que ella se detuvo a observar. Era un rostro humano bastante tosco, del que brotaba una circunferencia en cuyo interior se leía una sigla enigmática:
IHS
—Jesucristo Salvador —explicó Tarrés—. Mal traducido del griego.
Tras aquel primer umbral había una plazoleta adornada con elegantes cipreses. Los edificios estaban construidos con piedras de un tono amarillento y de tamaño irregular. A la derecha había una oficina de turismo y una tienda de souvenirs; a la izquierda, un restaurante que invitaba a disfrutar de la auténtica cocina catalana.
Caminaron otros veinte metros y llegaron a un segundo umbral. El monasterio se encontraba del otro lado. Por alguna razón aquellos monjes habían construido dos muros para protegerse de las amenazas del exterior. Algo muy valioso debían esconder.
—Es hermoso, Rubén —dijo ella.
—Y no hemos comenzado siquiera.
El edificio principal estaba constituido por una elevada torre con aberturas circulares y una serie de torreones hexagonales cubiertos con una techumbre de teja rojiza.
Tarrés se detuvo delante de una pequeña puerta de madera, ubicada en un recodo posterior. Señaló hacia la cornisa y ella se encontró con otra figura antropomórfica.
—Noé bebiendo una copa de vino —explicó.
El escultor se había esmerado en darle al profeta una expresión de ebriedad. De pronto, los ojos de Noé se iluminaron de un rojo intenso y ella casi saltó del susto. Luego comprendió que se trataba de una cámara o de una suerte de escáner: el portalón emitió un chasquido eléctrico y se abrió.
—Después de usted, Janet—dijo el empresario con teatralidad.
Ella se quedó sin palabras. Del otro lado de esta tercera puerta, la más pequeña de todas, se ingresaba a un hermoso patio bordeado por arcos y pilares, con naranjos rebosantes de frutos y una fuente de agua.
—Aquí los antiguos monjes hacían sus abluciones —dijo Tarrés.
Delante de la pileta los esperaba un joven de constitución vigorosa y rasgos exóticos, vestido con una capa de tela basta con capucha y cinturón. Calzaba sandalias y del cuello le colgaba un escapulario de madera rústica.
—Don Rubén, bienvenido. Señora, por favor, le mostraré su habitación.
Tarrés le lanzó un beso a través del aire.
—Nos vemos para la cena —dijo—. A las siete en La Cava del Abad.
—Hasta entonces —dijo ella.
4
Siguió al joven monje a través de la galería. Vio que tenía la nuca rapada y la melena recogida en un moño.
—¿Somos los únicos huéspedes?
—No, señora.
—Es muy extraño para mí estar en un sitio así.
—Dios encuentra a los que buscan.
El muchacho se detuvo delante de la tercera puerta del pasillo. Sacó de su hábito una gruesa llave de color negro y la introdujo en la cerradura. La chapa sonó como debían sonar las antiguas puertas del monasterio, dispositivos para proteger la castidad de los monjes.
Se encontró con una habitación aromatizada con inciensos suaves, iluminada con sutiles luces led amigables con el medio ambiente. Hizo amago de sacar su billetera para dar propina.
—No hace falta, señora —dijo el joven monje, sonriendo.
Se retiró, dejando la llave encima de una mesa.
Ella observó la habitación. El cubrecama estaba hecho de una fibra sencilla, de un color malva claro. Encima del velador había una estatua de madera de un monje sentado. Le impresionó su expresividad, sus dedos largos aferrando un libro y dando la bendición.
En el muro había una serie de escenas pintadas sobre un retablo de madera. El protagonista era un monje tonsurado, parecido al de la estatua, que luchaba contra los demonios, predicaba a los campesinos y organizaba la producción del pan y del vino.
Una de las escenas capturó su atención. El monje estaba arrodillado ante la virgen María recibiendo en la boca la leche de sus pechos. La virgen tenía el cabello ensortijado y un cuerpo exuberante, un hermoso cuerpo de mujer joven y un pecho redondo que ella se apretaba con voluptuosidad para extraer la leche. Había algo casi cómico en la manera en cómo aquel reguero salía del pezón directo a la boca del monje.
Ella venía de un país donde en los hoteles baratos tenían biblias en sus veladores. Este no. En vez de eso encontró en el velador un vistoso libro ilustrado de la orden de San José Carpintero.
Recorrió la habitación con la vista sin encontrar nada que se pareciera a un frigobar. Buscó hasta hallar algo mejor: una botella de Iius Dei 2012, el vino premium del monasterio, según decía la etiqueta. Encima de una bandeja de plata repujada encontró una copa, una rosa y un bocadillo de jamón de pata negra.
Loado sea el Señor.
5
Despertó sobresaltada. La pantalla de su celular reverberaba en la oscuridad con un mensaje de texto de Rubén Tarrés. «Cena por comenzar en La Cava del Abad».
¿Cuánto había dormido? En el fondo de la copa quedaban algunas gotas de vino. Recordaba haberse conectado a la red para responder correos y revisar las noticias.
Se lavó la cara, se miró en un espejo inmaculado con moldura de madera rústica; hizo muecas y bebió un vaso de agua de una sola sentada.
—Hola, hermana —le dijo al reflejo—. ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Es real todo esto?
El lujo singular de la estancia había contribuido a esta desorientación. El lavamanos estaba empotrado en una base de mármol; las llaves y el grifo resplandecían. Recorrió con la mirada la colección de jabones, los frascos de champú, aceites esenciales y sales. La abadía se reivindicaba como combinación de comercio justo, turismo sustentable y espiritualidad.
Abrió su maleta y buscó un vestido apropiado para la velada. No tenía ninguno, pero le dio lo mismo. Estaba a punto de cerrar un contrato con uno de los mayores empresarios vinícolas de España. Si se trataba de un trabajo periodístico o de relaciones públicas le era del todo indiferente. Sus años de pureza y compromiso habían quedado atrás.
Se pintó los labios y se repasó las cejas con delineador. Se perfumó y, una vez terminada su toilette, cogió la pesada llave de la habitación y salió.
No le costó encontrar La Cava del Abad. Tarrés le había enviado la dirección adjunta al mensaje. Solo tuvo que seguir las instrucciones del celular.
Se asomó por una puerta y se encontró con un salón de imponente mampostería. En cada lado seis columnas sustentaban un mismo número de arcos semicirculares, los que a su vez sostenían el techo. Las ventanas estaban de un lado; del otro había una chimenea en la que ardían unos troncos. En la pared contigua había estanterías con botellas de vino y frascos de conservas.
Una mujer de unos cuarenta años, de cabello corto y brazos tatuados, picaba vegetales y maceraba ingredientes en una isla de cocina. Era Juliana Pérez-Pablos, celebridad de la gastronomía local.
—¡Janet, en buena hora! —dijo Tarrés—. Temí que se hubiera perdido en los recovecos de la abadía.
—Nada de eso, Rubén —dijo ella—. Solo es el desfase horario, pero ya está.
Una mujer joven, rubia, de estatura mediana y ojos de color castaño claro se puso de pie para saludarla.
—Mucho gusto —dijo en español con acento francés—. Me llamo Claire.
Ella había visto fotos suyas en internet. En persona la esposa de Tarrés era aún más guapa.
—Claire es nuestra directora de producción y bioingeniería —dijo él con orgullo.
Completaba el grupo un hombre también en la cuarentena temprana, de barba y ojos vivaces, que Tarrés presentó como «el historiador de la casa».
—Jesús López Pumpido —se presentó—. Encantado de conocerla, Janet.
Se observaron durante breves instantes.
—Y bueno, a lo nuestro —dijo Tarrés, procediendo a destapar la primera botella de vino.
6
—Hace unos quince años Bodegas Tarrés creó una división de Investigación y Desarrollo —comenzó diciendo el empresario—. Por entonces la biología molecular y la genómica estaban dando un gran salto gracias a los computadores. Distintos equipos científicos se lanzaron a mapear los genes de una amplia gama de variedades vegetales y animales, tal como los navegantes de antaño en busca de la ruta de las especias.
—En nuestro caso —intervino Claire—, el objetivo era identificar los cruces y quiebres genéticos de los cuales habían nacido las variedades que producíamos en nuestros viñedos: el tempranillo, la garnacha y el sirah. Era una información estratégica que eventualmente nos permitiría enfrentar distintas amenazas como plagas, o los efectos del cambio climático.
—Hace siete años logramos secuenciar el genoma completo de nuestras vides, incluyendo el viñedo ubicado aquí —prosiguió Tarrés—. Identificamos una serie de marcadores de ADN y cotejamos los resultados con otras bases de datos: el 66 por ciento del material genético de esta viña es tempranillo, proviene del valle del Ebro y tiene unos mil años de antigüedad; otro 30 por ciento es garnacha, tiene su origen en Cerdeña y es aún más antiguo.
—¿Y el cuatro por ciento restante? —preguntó ella—. ¿Viene de Azerbaiyán?
—Es el porcentaje de Dios —señaló el empresario.
No supo si lo decía en serio o le estaba tomando el pelo.
—Escribí algunos artículos sobre biotecnología y algo llegué a saber —dijo ella—. El problema es que olvido rápido.
—Comencemos por esta pregunta —dijo Claire en un tono juguetón—. ¿Qué tienen en común un racimo de uvas y un perro?
Ella se encogió de hombros.
—Que ambos no existirían sin la intervención humana. Hace unos quince mil años solo había sobre la faz de este planeta canis lupus y vitis silvestris, es decir, lobos y uvas silvestres. Los lobos eran nuestros enemigos y las uvas silvestres unos granos deslucidos, ácidos y astringentes. Pero nuestros antepasados aprendieron empíricamente a introducir cambios genéticos duraderos en el lobo y en la uva silvestre.
—Potenciando algunos aspectos en desmedro de otros —acotó ella.
—Así es. El perro es el resultado de miles de años de reproducción sexual estándar en que los humanos eliminaron a los cachorros agresivos y díscolos, favoreciendo en cambio a los mansos y fieles. Con la vid vinífera actual nuestros antepasados hicieron lo mismo, pero utilizando una combinación entre hermafrodismo y clonación.
—Me disculpan, pero todo eso es un poco árido. Todavía no veo la historia ni sus personajes. Además, tampoco hemos visto a Dios. ¿Aparecerá en algún momento?
Todos rieron.
—Para hablar de Dios estoy yo —dijo el historiador López Pumpido.
7
Juliana Pérez-Pablos sirvió los primeros entrantes: hígados de ternera caramelizados con vodka polaco y mermelada de hormigas.
—La Biblia está literalmente llena de viñedos —dijo López Pumpido—. Frondosos racimos de una fruta jugosa y dulce, que se puede transformar en jarabe, mermelada o un líquido fermentado que ayuda a la digestión y libera el alma de sus inhibiciones. Son los dones que Yahvé le ha dado a Israel, símbolos de prosperidad, de abundancia y riqueza. Pero el viñedo del monte Carmelo es especial, porque allí tiene lugar la primera guerra del vino.
—¿Hubo otras? —preguntó ella.
—Varias, pero no nos anticipemos —dijo López Pumpido—. Por ahora os presento a los beligerantes: de un lado, un agricultor llamado Nabot, muy devoto de Yahvé; del otro Acab, el reyezuelo idólatra y corrupto de Samaria, y su esposa Jezabel. Nabot es dueño de una hermosa viña que, para su desgracia, está ubicada justo al lado del palacio real. Desgracia para Nabot, porque el rey y la reina no solo son unos semitas idólatras que le dan la espalda al Dios único; además son unos mafiosos de cuidado.
López Pumpido hizo una pausa, juntó los labios e hizo una imit
