Lord Cochrane en las montañas

Gilberto Villarroel

Fragmento

 I. Isla Robinson Crusoe, archipiélago de Juan Fernández, Chile

I

Isla Robinson Crusoe, archipiélago de Juan Fernández, Chile

28 de enero de 1823

Venganza.

Eso era lo que buscaba el capitán sevillano Gervasio Corrochano.

Su mente hervía de rabia mientras un bote lo llevaba hacia su bergantín, el Águila, que estaba anclado en medio de la bahía principal de la isla Robinson Crusoe, en el archipiélago de Juan Fernández. Toda su cólera iba dirigida hacia un solo hombre, aquel que le arrebató todo lo que tenía y que, por esa misma razón, se había convertido en su peor enemigo: Lord Thomas Alexander Cochrane, el marino escocés a quien los españoles apodaban el Diablo; los ingleses, The Sea Wolf y los franceses, Le Loup des mers.

Fue Lord Cochrane quien acabó con la carrera de Corrochano como teniente de la Real Armada española. Para 1821 la flota chilena, comandada por el almirante escocés, había expulsado del Pacífico a todos los buques realistas. Los navíos que no pudieron ser destruidos o capturados fueron obligados a rendirse. Tal fue el caso de la fragata Venganza, a la que Cochrane persiguió sin descanso desde el Perú hasta México y de la cual Corrochano era el segundo oficial.

A comienzos de 1823 Corrochano se convirtió en capitán del Águila. Y se aventuró en la costa chilena para dedicarse a la piratería. Pero el audaz marino y los suyos frustraron sus planes. En un sorpresivo combate entre el Rising Star y el Águila, librado en la costa de la isla Robinson Crusoe, los hombres de Cochrane casi hundieron su nave.

Los bandidos nada pudieron hacer frente al poder de fuego y la velocidad del Rising Star, el primer buque a vapor que navegaba en el Pacífico, un extravagante prototipo al que los hermanos Thomas y William Cochrane dedicaron sus ahorros y su trabajo durante casi una década.

Tras el combate, los piratas quedaron al garete en la costa este de la isla, abandonados a su suerte, mientras el Rising Star ponía la proa rumbo al sur de Chile.

Los renegados tuvieron que realizar esfuerzos sobrehumanos para rescatar y reconstruir su buque, al que sus armadores peruanos habían rebautizado como Fénix. Aquel cambio de nombre no fue más que una maniobra para disfrazar su origen: el Águila era un viejo buque de la escuadra chilena que en 1821 fue dado por perdido en la bahía peruana de Ancón, en donde supuestamente se hundió. La verdad era que Corrochano y los suyos lo robaron.

En 1823, los experimentados marinos de Cochrane descubrieron el engaño apenas lo vieron escondido en una de las bahías de la isla Robinson Crusoe. Y cuando los tripulantes del Rising Star abandonaron el archipiélago y lo divisaron por última vez, el Águila parecía a punto de hundirse.

Pero los piratas no se rendían fácilmente. Talaron los árboles que rodeaban las ruinas del abandonado pueblo y presidio de San Juan Evangelista y reconstruyeron los aparejos, con un ritmo febril de trabajo, hasta que el bergantín quedó en condiciones de navegar otra vez.

La forzada escala en la isla Robinson Crusoe trajo un inesperado beneficio para los piratas: Corrochano descubrió que Cochrane había realizado una excavación en una pequeña caverna ubicada en la parte más inhóspita de la isla, un sitio al que los chilenos llamaban La Cueva de Selkirk.

*

Lo primero que vio el bandido español fueron unas extrañas marcas talladas sobre las piedras de la cueva.

Eran unas pequeñas líneas verticales, como las que usaban los prisioneros en las mazmorras para llevar la cuenta de los días o semanas, y parecían haber sido hechas mucho tiempo antes de las guerras de independencia americanas.

Algunas señales estaban a la vista y otras, las que se ubicaban bajo el suelo, eran, con toda seguridad, las que había desenterrado Cochrane. La tierra parecía recién removida, pero las marcas talladas sobre la roca eran igualmente antiguas. Aquel detalle puso en alerta a Corrochano: la única explicación posible era que el propio Alexander Selkirk las hubiese dejado ahí en 1704, cuando fue abandonado por sus compañeros, los corsarios del Cinque Ports.

El renegado sevillano copió las marcas en una libreta. Sopesó el hecho de que la mitad de ellas estuviesen ocultas bajo el suelo, como si Selkirk hubiese querido preservar un secreto. Y notó que las cifras, tanto por arriba como por debajo del suelo de la cueva, habían sido ordenadas en grupos. Tres grupos de marcas en ambos casos. Todas ellas talladas por un marino.

El veterano exoficial de la fragata Venganza pensó en rutas marítimas. Pensó en distancias. Y en latitud y longitud.

—¿Por qué no? —se preguntó.

Si su razonamiento era correcto, cada trío de marcas, al ser sumadas, correspondería forzosamente a horas, minutos y segundos.

El bandido intuyó que debían ser puntos geográficos ubicados en el hemisferio sur, la región del mundo en que, según los archivos de la Real Audiencia, el escocés Selkirk vivió la mayor aventura de su vida: desembarcado y abandonado durante cuatro años en Juan Fernández, sus padecimientos inspirarían más tarde la novela Robinson Crusoe. Y opacaría su figura a tal punto que la isla principal del archipiélago sería conocida universalmente con el nombre del personaje de ficción y no con el suyo.

Alentado por esta idea, y por la convicción de que eso explicaría también el interés de Cochrane, Corrochano sumó los grupos de marcas y los convirtió en cifras. Por un momento imaginó, con un hormigueo dentro del pecho, que tal vez Selkirk había escondido en aquella misma isla, quizás no lejos de la cueva, algún botín conseguido durante su crucero de corso. Apenas traspasó las cifras a su carta náutica, el jefe de los piratas confirmó sus sospechas: ¡las marcas sí representaban coordenadas!

 II

II

Aunque las marcas de Selkirk efectivamente eran coordenadas, Corrochano también descubrió, no sin una amarga desilusión, que estas no apuntaban hacia la isla Robinson Crusoe, sino que correspondían a dos lugares ubicados mucho más al sur: literalmente, en el fin del mundo.

El primero de ellos era una zona inexplorada al norte del estrecho de Magallanes, en el continente americano. Y el otro era Deception Island, en la región antártica, un sitio apenas frecuentado por un puñado de balleneros y cazadores de focas lo suficientemente temerarios y ambiciosos como para aventurarse al sur del Paso Drake. O Mar de Hoces, como preferían llamarlo los españoles, que aseguraban haber sido los primeros en navegar en latitudes tan australes.

Este descubrimiento lo enfrentó a un nuevo misterio. ¿Qué significaba todo esto? ¿Qué secreto escondían aquellos dos lugares?

El pirata sabía que Cochrane había renunciado a la flota chilena y que su partida desde Quintero, a bordo del Rising Star, era para asumir como almirante de la marina del Imperio del Brasil. Lo seguía un grupo de leales oficiales ingleses a bordo de otra nave, el bergantín mercante Colonel Allen. Para llegar al Brasil, ambos barcos tendrían que cruzar el cabo de Hornos.

Pero si el Diablo había hecho aquella escala en Juan Fernández para desenterrar las coordenadas de Selkirk, era indudable que andaba a la caza de un tesoro. Eso le garantizaba a Corrochano que Cochrane no resistiría la tentación de desviarse de su ruta original para explorar alguno de aquellos puntos. O ambos.

Corrochano sabía que su adversario estaba obsesionado, desde que comenzó su carrera en la Royal Navy, con el prize money, la parte del botín que le correspondía a oficiales y tripulantes por cada nave capturada. A él, en cambio, no le interesaba mendigar una fracción si era posible quedarse con el todo. ¡Para eso se había convertido en pirata!

Se preguntó, muy intrigado, en qué consistiría el tesoro de Selkirk y por qué el corsario escocés lo enterraría tan lejos. Desconocía la respuesta. Ya tendría tiempo de averiguarlo.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, su bote atracó junto al Águila. Los piratas echaron unos cabos para amarrarlo a un cabrestante y subirlo a bordo.

Corrochano no quiso esperar más y trepó ágilmente por una escalera de cuerdas hasta alcanzar la borda del bergantín.

*

Una vez que saltó sobre la cubierta, avanzó hacia el puente de mando.

El capitán de los piratas era un hombre alto, que movía los brazos rítmicamente al caminar, de manera desafiante, casi con arrogancia. Tenía los ojos verdes, la nariz respingona y la tez morena, al igual que tantos otros sevillanos que crecieron en aquella parte de España que entre los siglos VIII y XV permaneció ocupada por los árabes.

Su larga melena de color castaño y su barba rizada, cuya punta anudaba con una cinta de seda, marcaban un gran contraste con el aspecto pulcro que lucía en sus días de oficial de la Armada española, cuando iba siempre afeitado y de uniforme. Esta vez solo llevaba puesta su vieja chaqueta de teniente y, debajo de ella, una cota de malla, a la usanza de los conquistadores españoles, un hábito que él atribuía a una herencia familiar. El resto de la tenida lo completaban unos sucios pantalones de montar y unas largas y elegantes botas de cuero que le regalaron, por sus servicios, los hacendados más ricos de California.

El bandido se asomó por la borda y echó un vistazo por última vez a la bahía principal de la isla Robinson Crusoe. Bajo sus aguas transparentes los cangrejos devoraban tres cadáveres. Eran los arrieros que el gobierno del general Bernardo O’Higgins envió a la isla para criar ganado, abastecer a los buques mercantes y renovar la presencia chilena en el archipiélago. Tras la partida del Rising Star los piratas bajaron desde los cerros, les arrebataron todas sus provisiones y los asesinaron.

Sus calaveras ya tenían vacías las cuencas debido a la voracidad de los cangrejos, pero durante unos instantes Corrochano tuvo la incómoda sensación de sentirse observado por sus víctimas, pues las aguas claras y tibias de la bahía le permitían mirar directamente, sin obstáculo alguno, hasta el fondo marino.

Los rostros de los arrieros parecían tener su atención fija bajo el casco del Águila, como si sus bocas, todavía abiertas en un alarido de terror, buscaran las palabras adecuadas para vencer el rigor mortis y conjurar una maldición que cayese eternamente sobre todos los tripulantes de aquel buque robado.

Los cadáveres estaban amarrados con cuerdas y habían sido lastrados con piedras. Pronto no quedaría rastro de ellos. Y no había más testigos en la isla que pudiesen informar de lo sucedido al gobierno, si es que todavía existía alguna clase de autoridad en Santiago de Chile. Para entonces era muy difícil saberlo. Quizás las tropas del general Freire ya habían derrocado al general O’Higgins. Tal vez ambos bandos aún se batían, sin resultados claros.

Nada de eso le importaba a Corrochano. No planeaba regresar a Coquimbo, de donde los freiristas lo expulsaron a cañonazos. Ni acercarse a Valparaíso, que estaba aún en manos de O’Higgins y que seguía en ruinas tras el terremoto y maremoto de noviembre de 1822. Y él sabía bien que Talcahuano, el puerto más importante del sur, era el principal enclave freirista.

La joven y atribulada República de Chile no tenía nada más que ofrecerle. Si sus ciudadanos querían luchar entre ellos y sucumbir a la anarquía, eso no era asunto suyo. ¡Bien merecido lo tenían por haberse rebelado contra la autoridad del Rey de España!

*

Corrochano ordenó poner la proa al sur. Tenía decidido qué rumbo seguir: iría directamente hacia el laberinto de canales ubicados al norte del estrecho de Magallanes.

Ningún chileno sabría jamás que el Águila zarpaba otra vez, con todas sus velas desplegadas, a la caza de nuevas presas. Y eso permitiría a su tripulación obrar con una total impunidad.

*

La navegación hacia el sur transcurrió sin contratiempos. Las bodegas del buque estaban repletas de provisiones, armas y pólvora.

El Águila evitó acercarse a la Isla Grande de Chiloé, el único reducto que los españoles conservaban en Chile. Corrochano conocía bien al coronel Quintanilla y no estaba dispuesto a ponerse bajo sus órdenes. La guerra contra los rebeldes americanos estaba perdida, aunque Quintanilla fuese demasiado terco para reconocerlo.

La temperatura era cada vez más fría. Pero eso no asustaba a Corrochano ni a sus hombres. Ellos conocían bien las traicioneras aguas del estrecho de Magallanes y del cabo de Hornos. Habían sobrevivido a ellas antes y estaban dispuestos a hacerlo de nuevo.

Si el pirata tenía suerte, alcanzaría a Cochrane antes de que este cruzara hacia el Atlántico y, sin darle tiempo para recuperarse de la sorpresa, lo obligaría a batirse. Lo haría de noche, de ser posible, para aumentar la confusión entre sus adversarios. Primero echaría a pique al Rising Star, porque a ningún gobierno sudamericano le interesaba comprar buques a vapor, y luego abordaría el Colonel Allen y se apropiaría de él.

Esa sería la última batalla entre ambos comandantes. Cochrane encontraría su tumba en las heladas aguas australes del Pacífico. Y el puesto de almirante de la flota brasileña quedaría vacante. Tal vez el emperador don Pedro I no fuese tan escrupuloso como los engreídos chilenos y peruanos. Quizás el soberano sí reconocería el valor de la experiencia de Corrochano y se allanaría a negociar para incorporarlo a su marina imperial.

Con un poco de suerte, a lo mejor él podría radicarse en Río de Janeiro y conseguir el sitial de almirante.

¡Ese sí que sería un buen botín!

 III. Bahía Inútil, Isla Grande de Tierra del Fuego

III

Bahía Inútil, Isla Grande de Tierra del Fuego

3 de febrero de 1823

Mientras la tripulación del Rising Star terminaba de cargar las nuevas reservas de agua fresca, carne de guanaco, bayas y huevos de pájaro aportadas por los diferentes clanes selk’nam de la Isla Grande de Tierra del Fuego, los seis fueguinos que harían las veces de porteadores en la expedición abordaron una chalupa. A bordo de ella los esperaban el sargento Peck, uno de los hombres de confianza de Cochrane, y cuatro marineros.

Apenas los remos se hundieron en las aguas poco profundas de Bahía Inútil, los selk’nam observaron las técnicas de navegación de los marineros con indisimulada curiosidad. Los fueguinos eran cazadores expertos en el manejo de arcos y flechas, de modo que también podían ser considerados como guerreros tan letales como los infantes de marina que Cochrane y el capitán Eonet habían entrenado y formado en Chile durante los últimos cuatro años.

Lord Cochrane, un gigante de casi dos metros de estatura, de ojos azules y cabellos arenosos entre los cuales sobresalían sus patillas de color rojizo, observaba la maniobra de pie sobre la playa, con su espalda ligeramente encorvada debido a una herida de guerra que durante los últimos tres años no había dejado de molestarle. Había cumplido pocas semanas antes cuarenta y ocho años de edad. Pero ni siquiera se permitió un brindis para celebrar su último cumpleaños en suelo chileno porque, en aquellos días de mediados de diciembre, estuvo demasiado ocupado en equipar al Rising Star para su zarpe desde Quintero y, también, porque el desmantelamiento de la escuadra, ordenado por el gobierno de O’Higgins, lastró su corazón con una amargura imposible de ignorar.

Lo acompañaba en la playa su brazo derecho: el capitán Loïc Eonet, un exdragón de la Guardia Imperial de Napoleón.

El oficial francés, un bretón de melena, patillas y bigotes rubios, era casi tan alto como el almirante y servía bajo su mando desde fines de 1815. Cochrane y Eonet se conocieron en abril de ese mismo año en Fort Boyard, una fortaleza marítima ubicada en medio de Aix Roads, en la costa occidental de Francia. Ambos vieron emerger desde el Atlántico un islote artificial, que resultó ser la mítica ciudad perdida de R’lyeh. Y juntos combatieron contra seres venidos desde las estrellas: el dios Cthulhu y sus acólitos, hasta que estos volvieron a replegarse a las profundidades del océano. Desde entonces a Cochrane le obsesionaba la necesidad de encontrar pruebas que le permitiesen narrar su historia al Almirantazgo inglés sin ser tachado de demente.

Junto a los dos militares estaba Glennie, un pálido joven inglés de aspecto enfermizo, a quien las secuelas de un accidente vascular obligaron a reposar unos meses en Chile bajo los cuidados de su prima, la escritora Maria Graham.

Tanto ella como Glennie habían sido invitados por Cochrane al Brasil. El renunciado almirante de la flota chilena insistió hasta el cansancio en lo peligroso que era para sus amigos quedarse en Valparaíso en los momentos en que la república se encontraba al borde de una guerra civil entre los partidarios de los generales Bernardo O’Higgins y Ramón Freire. Finalmente ambos accedieron a acompañarlo.

Al lado de Cochrane, de pie sobre la playa, estaba su anfitrión en aquellas tierras australes: Jack Belt, un cazador fueguino de piel morena, no demasiado alto pero sí bien proporcionado y musculoso, de cabellos negros y lisos y pómulos marcados, con unos ojos rasgados que le daban un aire oriental.

El joven Jack fue secuestrado durante un año por la tripulación del Sun of Nantucket, un ballenero de los Estados Unidos de Norteamérica. Durante todo su cautiverio los balleneros lo trataron más como a un esclavo que como a un marino. Por eso, apenas el barco regresó a aguas chilenas, él se escapó a nado por el cabo de Hornos. Desde aquellas aguas, las más peligrosas y traicioneras del continente, fue rescatado el primer día de junio de 1822 por la tripulación del Rising Star, cuando William Cochrane, uno de los hermanos menores del almirante, llevaba el buque a Valparaíso para sus primeras pruebas.

A finales de enero de 1823 William y Thomas Cochrane cumplieron con su promesa de devolver a Jack a la Tierra del Fuego. Pero, al mismo tiempo, le pidieron ayuda para conformar la expedición que iría en busca del primero de los dos puntos geográficos señalados por las coordenadas de Selkirk: la región que los selk’nam llamaban las Montañas de la Locura.

Solamente el Rising Star participaría en aquella expedición. Por decisión del almirante, William Cochrane y su grupo de brillantes oficiales ingleses partieron rumbo al cabo de Hornos a bordo del Colonel Allen, con la esperanza de interceptar al barco que llevaba a Chile a lady Katherine Cochrane. Su misión era avisar a la esposa del almirante que su futuro hogar, la hacienda de Valle Alegre en Quintero, se había venido abajo durante el terremoto de noviembre de 1822, que Lord Cochrane había renunciado a la escuadra chilena y que debían reunirse en Río de Janeiro, en donde The Sea Wolf asumiría como almirante de la Marina del Imperio del Brasil.

Maria y Glennie, en cambio, insistieron en que ellos debían permanecer a bordo del Rising Star, pues serían los testigos más confiables para documentar la expedición de Cochrane. Todos los demás compañeros del almirante eran, a ojos de la sociedad inglesa, solamente un grupo de renegados. Mercenarios. Y si el marino quería probar que la existencia del dios Cthulhu era algo más que un mito, necesitaría toda la ayuda posible para convencer al Almirantazgo de la Royal Navy y a la Corona de Inglaterra. Por eso Cochrane aceptó, a regañadientes, exponer a sus dos huéspedes a los peligros del viaje en vez de enviarlos al Brasil junto a William. Sabía que ellos tenían la razón de su lado.

Cualquier vestigio que Cochrane encontrase entre aquellas ruinas le permitiría validar ante el Almirantazgo inglés su relato, que seguía inédito, sobre los sucesos de Fort Boyard. Un hallazgo científico de tal magnitud le significaría, con toda seguridad, ser rehabilitado y reintegrado a las filas de la Royal Navy, de las cuales fue expulsado con deshonor en 1814, tras ser acusado, enjuiciado y condenado por un fraude en la Bolsa de Comercio de Londres. El incidente, según él, fue una venganza de sus enemigos políticos, quienes consiguieron así marginarlo de la marina británica y del Parlamento. Por eso, sus mejores esperanzas estaban puestas ahora en los resultados de esta expedición.

*

—Estamos a punto de comenzar una gran aventura y de llegar hasta donde nadie más lo ha hecho antes —había dicho el almirante unas horas antes, cuando seleccionó voluntarios entre los tripulantes del Rising Star para acompañarlo en su expedición—. Si las coordenadas que Alexander Selkirk dejó grabadas en Juan Fernández son correctas, iremos hacia la región continental que los selk’nam llaman las Montañas de la Locura y que, yo creo, es la entrada a un enorme túnel que debiese conducirnos, por debajo del Mar de Drake, hasta Deception Island, en la inexplorada región antártica, en donde seremos recogidos por el Rising Star. Yo espero que dentro de aquel laberinto encontraremos las ruinas de una civilización perdida, fundada por un ser ancestral, el dios Cthulhu, el mismo al que los selk’nam llaman Katulu y que hoy duerme su sueño eterno bajo las aguas del Atlántico, frente a Aix Roads. No puedo desconocer que habrá algunos riesgos. Las Montañas de la Locura son el sitio en donde se originan todos los males que durante siglos han afectado al pueblo selk’nam. Y sabemos que desde ese mismo lugar salieron, hace miles de años, las abominaciones contra las cuales el capitán Eonet, el teniente Forester, el sargento Peck y yo luchamos en Fort Boyard, en Francia. ¡Y ahora, por primera vez, tendremos la oportunidad histórica de explorar aquel inframundo y de sacar a la luz quién sabe cuántas reliquias y artefactos singulares, que para los sabios europeos valdrán mucho más que cualquier otro tipo de tesoro!

La palabra «tesoro» obró milagros, y a Cochrane le sobraron voluntarios para la expedición. Pero él no podía llevarlos a todos. La tripulación del Rising Star ya era pequeña cuando dejaron atrás Quintero. Necesitaría más brazos. Fue por eso que volvió su mirada hacia los selk’nam.

Jack Belt tenía una deuda de gratitud con los hermanos Cochrane y siempre actuó en consecuencia. Primero se batió en la isla Robinson Crusoe, al lado de The Sea Wolf, contra los piratas de Corrochano. Jack fue herido durante la batalla y apenas se recuperaba de sus lesiones cuando regresó a la nación selk’nam. Pero, a pesar de todo, él aún se sentía obligado a ayudar en algo más.

Por eso, una vez que desembarcaron en Tierra del Fuego, ofició de intérprete para que los marinos europeos y chilenos fuesen bien recibidos por los otros clanes de cazadores. Y, como requisito previo para que los extranjeros pudiesen mezclarse con los selk’nam en la expedición, los invitó a participar en una ceremonia reservada exclusivamente para los hombres de la isla: el Hain.

*

Aquella mañana del 3 de febrero de 1823 el joven fueguino aprovechó la ocasión para asegurarse de que ninguno de los subordinados del almirante revelaría el contenido de la ceremonia de iniciación en la que ellos participaron la noche anterior.

—¿Usted confía en sus hombres?—preguntó, sin rodeos, Jack mientras observaba cómo la chalupa que llevaba a los porteadores selk’nam echaba un cabo al costado del Rising Star.

—Absolutamente —respondió el marino—. Espero que de la misma manera en que ellos confían en mi persona. Entre nosotros el mando es vertical. Sus secretos están a salvo, Mr. Belt. Sé que Mrs. Graham presionará mucho a Glennie. En primer lugar, porque ella es muy curiosa. Y en segundo lugar, aunque no menos importante, porque ellos son primos. Es decir, son familia.

—Lo entiendo —dijo Jack en un inglés fluido, pues durante su convivencia forzada con los balleneros aprendió bien aquella lengua—. Las mujeres en mi familia también hacen muchas preguntas sobre el Hain. Pero yo nunca les he revelado nada.

—No se preocupen por mí, caballeros. Sabré mantener la discreción — prometió Glennie.

Lo que Glennie no sabía era que, al mismo tiempo en que él decía esto, su prima, acicateada por la curiosidad, observaba la escena desde la cubierta del Rising Star.

 IV

IV

Maria era la viuda del capitán Thomas Graham, un antiguo camarada de Lord Cochrane durante sus años de guardiamarina en la Royal Navy. El almirante la invitó a abordar temprano el Rising Star, después de anunciarle que él se quedaría en la playa para supervisar el embarque de las provisiones y de la tripulación.

Cochrane le advirtió que sería el último en subir a bordo. Y, para aliviar la espera, le prestó su catalejo con la intención de que ella pudiese observar el comportamiento de las aves que abundaban en la costa, especialmente los pingüinos, cuyos graznidos se escuchaban desde una punta a la otra de la bahía.

En aquella parte de la isla los pingüinos tenían un aspecto muy particular. Sus cabezas y aletas eran negras y lustrosas. Y poseían, además, algunas plumas con toques dorados y anaranjados a los costados de la cabeza, en la parte baja del pico y debajo el cuello, lo que rompía la monotonía del blanco inmaculado de sus enormes panzas.

Pero Mrs. Graham estaba mucho más interesada en descifrar los misterios del Hain. Todos los expedicionarios que saldrían a buscar las Montañas de la Locura fueron invitados a la ceremonia. Todos menos ella.

Maria recordaba el terror percibido en los ojos de las mujeres de la aldea y la impotencia que sintió al no ser capaz de comunicarse con ellas en su arcaica lengua, mientras los hombres se encerraban en una aislada choza ceremonial, ubicada cerca de un bosque de lenga, y los cantos de los chamanes eran reemplazados por los alaridos de dolor de los iniciados.

Por eso, cuando notó que su primo Glennie, Lord Cochrane, el capitán Eonet y Jack Belt conversaban en la playa de manera muy animada, sin quitar la vista de las maniobras del bote que llevaba hacia el Rising Star a los seis cazadores fueguinos, no lo pensó dos veces y apuntó el catalejo directamente hacia sus rostros. Porque una de las habilidades que ella y el capitán Graham aprendieron durante su viaje a la India fue el arte de leer los labios, que les enseñó una institutriz inglesa. Aquel conocimiento le fue de gran utilidad durante su residencia en Valparaíso, cuando ya estaba viuda, porque le permitió comprobar la hipocresía de los comerciantes ingleses, que en las reuniones sociales formaban un grupo aparte para esparcir rumores sobre ella y su relación con Cochrane.

Esta vez le resultó mucho más difícil seguir la conversación porque el catalejo solamente le permitía enfocar un rostro a la vez. Y cuando lograba descubrir quién era la persona que continuaba el diálogo, era inevitable que llegase tarde y se perdiese las primeras palabras de cada frase. A pesar de estos inconvenientes, Maria fue capaz, luego, de organizar dentro de su mente esos datos sueltos y formarse una idea de lo que todos aquellos hombres trataban de ocultarle.

*

De pie sobre la playa, Jack hizo un gesto de agradecimiento cuando Glennie le ratificó su decisión de no revelar nada a Mrs. Graham.

El joven selk’nam reflexionó un momento, luego se volvió hacia Lord Cochrane e inquirió:

—¿El rey es el jefe máximo de su pueblo?

—Lo es. Pero no se engañe usted con las mujeres inglesas. ¡En el pasado hemos tenido reinas!

—¿Reinas?

—Muy poderosas. ¿Ustedes nunca tuvieron reinas? ¿O jefas? ¿Ni una sola?

Jack bajó el tono de su voz, miró hacia los lados para asegurarse de que no había mujeres fueguinas mariscando en la playa y dijo:

—Hubo una época, al inicio de los tiempos, en la era del Hoowin, en que eran las mujeres quienes mandaban. Ellas se disfrazaban de espíritus y dominaban a los hombres. Hasta que uno de ellos descubrió el engaño. ¡La venganza fue sangrienta! Casi todas las mujeres fueron asesinadas, menos una: Kreeh, que escapó hacia el cielo y se convirtió en la Luna. Ella fue perseguida por uno de los nuestros: Krren, el Sol. Y desde entonces el Sol trata de alcanzar a la Luna, pero nunca lo consigue.

Como todos los mitos, pensó Lord Cochrane, aquel relato debía tener una parte de verdad. Tal vez en sus orígenes la sociedad selk’nam fue un matriarcado.

—¿Y se puede saber en qué consistía el engaño? —preguntó el marino.

—Las mujeres decían que en el inframundo habitaba Xalpen, un ser temible, poderoso y maligno, un dios al que había que ofrendarle comida y sacrificios. Pero Krren descubrió que Xalpen no existía.

—No aquí en la isla, por lo menos —replicó Cochrane mientras sus ojos observaban un brillo que, por segunda vez, parecía venir desde la cubierta del Rising Star.

—¿Usted piensa, milord, que esta leyenda podría estar relacionada con las Montañas de la Locura? —preguntó Glennie.

—No lo sé. Le traspaso la pregunta a usted, joven Jack. ¿Los selk’nam siempre han vivido en esta isla?

Jack reflexionó durante unos segundos y luego respondió:

—Los ancianos dicen que la isla alguna vez estuvo unida al continente, cuando todo estaba cubierto por el hielo, y que fue así como los selk’nam llegamos hasta acá, en busca de animales a los cuales cazar.

—Es decir, si sus antepasados vinieron desde el continente, tal vez sí estaban huyendo de Xalpen... Quizás este dios arcaico, al que ustedes llaman Xalpen, sea el mismo Katulu, un ser mucho más antiguo, ya casi olvidado, que alguna vez habitó en las Montañas de la Locura.

—No lo sé, almirante. Últimamente sus relatos me han dado mucho en qué pensar. Es por eso que me interesa formar parte de su expedición.

—Es usted un joven muy perspicaz, Mr. Belt. Y no sabe cuánto lo siento por no ser capaz de pronunciar correctamente su verdadero nombre.

—No se preocupe. Para ustedes, los hombres blancos, yo siempre seré Jack Belt.

—Pero yo no soy solamente un hombre blanco. Desde ahora puedo considerarme también como su hermano, ¿cierto?

—Sí.

—¿Y yo también? —preguntó Glennie.

—Por supuesto —respondió Jack.

—¡Es un gran honor! —exclamó Cochrane.

—Lo mismo digo yo —añadió Glennie.

—Usted y los suyos me salvaron de los balleneros, me protegieron de los piratas y ahora se han ofrecido para luchar junto a nosotros contra los monstruos que aún viven en las Montañas de la Locura y que a veces se llevan a los nuestros —dijo Jack —. ¡El honor es nuestro!

—Si no es una molestia, Mr. Belt, quisiera preguntarle algo —añadió Cochrane.

—Lo que usted quiera.

El almirante recordó la siniestra figura antropomorfa con dos protuberancias en la cabeza, parecidas a las de un tiburón martillo, que lo atacó en el Hain.

—El primer espíritu contra el cual luché durante la ceremonia, ¿a quién representaba?

—Él es Kótaix.

—¿Quién?

—El espíritu del cielo.

—Lo entiendo. Pero al final de la ceremonia apareció otro espíritu, una figura humana que, sin embargo, tenía una cabeza parecida a la de una estrella de mar...

—El Hijo de los Antiguos.

—¿Así lo llaman ustedes?

—Lo conocemos con varios nombres. De él se sabe poco, salvo que es un espíritu malvado.

—¿Y quiénes son Los Antiguos?

El fueguino meneó la cabeza. Cochrane comprendió que Jack no tenía nada más que contarle al respecto.

El marino, con mucha cautela, agregó:

—Yo sentí que este personaje, este... espíritu... me susurraba algo...

Jack Belt asintió. Y Cochrane dijo:

—Me pareció escuchar que decía: Tekeli-li... Tekeli-li... Tekeli-li... ¿Es eso correcto?

—Sí.

—¿Y qué significa eso?

—No lo sé.

—¿Usted no lo sabe?

—Nadie en mi pueblo lo sabe.

—Mrs. Graham me dijo que a bordo del buque, cuando usted tenía fiebre y deliraba, repitió aquellas mismas palabras —insistió Lord Cochrane, quien nuevamente echó un vistazo furtivo hacia la cubierta del Rising Star. Los rayos del sol se reflejaban ocasionalmente sobre la superficie pulida del lente del catalejo, que aún apuntaba hacia ellos.

El marino intercambió una mirada con el capitán Eonet y confirmó que el oficial francés también se había dado cuenta de que Mrs. Graham los espiaba. Pero ninguno de los dos dijo nada.

Les interesaba la reacción de Jack, quien se notaba cada vez más incómodo desde que el almirante le recordó el incidente de su delirio, cuando se reponía de las heridas causadas por los piratas. Tras una larga reflexión, el joven selk’nam dijo:

—Probablemente aquellos sonidos pertenezcan a la lengua de los Antiguos. Nunca han sido parte de la lengua de mi pueblo, pero desde siempre esas palabras han representado, entre nosotros, a los Antiguos. Por eso forman parte de la ceremonia. Pero su significado está mezclado con la niebla que envuelve el origen del cielo y la tierra. Es lo único que yo puedo decirle, milord.

 V. Ensenada sin nombre, al noroeste del estrecho de Magallanes

V

Ensenada sin nombre, al noroeste del estrecho de Magallanes

Ese mismo día el Águila, tras una laboriosa navegación a través de los canales australes, recaló en una pequeña ensenada que ofrecía una atractiva protección contra las fuertes rachas de viento de la zona.

El capitán Corrochano salió a cubierta y echó un vistazo por la borda. A lo lejos divisó, medio oculta por las nubes, una cadena de montañas. En algún punto del horizonte se encontraba el lugar cuya ubicación exacta fue grabada por Alexander Selkirk en las paredes de la cueva en Juan Fernández. Ahora tan solo era cosa de desembarcar y avanzar, con una partida de sus mejores hombres, un poco más al norte.

Selkirk estuvo perdido en aquellas soledades durante una semana. Aquel enigma excitaba la imaginación del jefe pirata y de sus hombres. ¿Y si el corsario escocés había escondido un gran tesoro en aquellas montañas alejadas de la mano de Dios?

Desde ya el lugar no le parecía una mala elección: era menos visitado que Juan Fernández, y los canales formaban un laberinto en el cual navegantes menos experimentados podían, fácilmente, extraviarse y naufragar. De hecho, durante la navegación, el timonel del Águila tuvo que esquivar varias veces los imponentes trozos de hielo que, de vez en cuando, se desprendían de los glaciares de la zona. Debieron evitar un enorme campo de hielo que estaba cubierto de glaciares hasta donde alcanzaba la vista, y poner rumbo sureste hasta encontrar aquella escondida ensenada que les ofrecía mejores condiciones para desembarcar. Habían llegado sin novedad y eso era un gran logro.

Pero algo no andaba bien: no había más buques en los alrededores. Por eso, apenas echaron el ancla en la costa, la primera pregunta que Corrochano le hizo a sus hombres fue:

—¿Dónde está Cochrane?

Su segundo, el teniente Sánchez, un hombre enjuto de ojos azules y cara de ave de rapiña, se encogió de hombros.

No había señales por ninguna parte del marino escocés ni de su tripulación. Ni el Rising Star ni el Colonel Allen estaban a la vista.

¿Acaso los piratas del Águila habían logrado, por obra y gracia de algún milagro, llegar a su destino antes que el Diablo y sus secuaces? Si eso era cierto, pronto podrían desquitarse de la derrota sufrida en Juan Fernández. En aquellos canales llenos de rocas afiladas y bajos que no siempre estaban bien cartografiados, un pequeño error podía llegar a ser mortal. No había mucho espacio para maniobrar velozmente, y Corrochano calculó que había fondeado su viejo bergantín en el lugar más apropiado.

El primer buque que llegase a la ensenada sería recibido por el Águila con una mortal andanada de sus cañones. Y el Diablo no tendría escapatoria porque esta vez los piratas no tomarían prisioneros. Cochrane, la viuda Graham y toda su tripulación morirían quemados, mutilados por la metralla o ahogados. Las aguas azules del Pacífico se teñirían con el color de la sangre de sus víctimas. Y Corrochano obtendría, por fin, su venganza. ¡Cuánto amaba aquella palabra! Le evocaba, una y otra vez, el nombre de su fragata española, la misma con que eludió a Cochrane a través de todo el Pacífico y que perdió, injustamente desde su punto de vista, en Guayaquil.

La satisfacción que conseguiría al ver a sus enemigos reducidos a despojos carbonizados repararía todos los agravios sufridos en el pasado. Y para lograrlo, tan solo debía tomar una precaución: atacar primero. Le bastaría con mantener los mismos procedimientos que ordenó desde que ingresaron a los canales que conducían a aquella ensenada: sus hombres vigilarían el mar día y noche, por turnos, siempre con las mechas de los cañones en la mano, listos para disparar a la primera señal de peligro.

Y si alguien sobrevivía a aquel infierno, él le echaría encima a sus perros, sus feroces e insaciables perros de guerra, para que se divirtiesen un rato, de la misma manera que lo hicieron en Juan Fernández cuando degollaron a los tres arrieros chilenos. Luego ordenaría que le llevasen a bordo las cabezas de sus adversarios, para ensartarlas en picas y decorar con ellas la proa del buque. Navegarían a través del Atlántico con su macabro botín de guerra, directamente hasta Río de Janeiro. Y, poco antes de desembarcar en Brasil, desollarían todos los cráneos y brindarían en ellos con sus últimas raciones de grog, para luego arrojarlos al mar. Sería la despedida de sus vidas de piratas antes de empezar una nueva y próspera existencia como intachables marinos de la corte imperial de don Pedro I, a quien servirían lealmente.

¡Vivirían como príncipes y morirían ricos!

Por primera vez desde que salió de Juan Fernández, el capitán Corrochano sonrió. La trampa estaba puesta y ahora solamente faltaba atrapar a la única y diabólica bestia que se interponía entre él y su destino imperial: The Sea Wolf.

 VI. Bahía Inútil, Isla Grande de Tierra del Fuego

VI

Bahía Inútil, Isla Grande de Tierra del Fuego

El Rising Star pasó la noche en Bahía Inútil, que era el nombre con que los marinos ingleses y chilenos bautizaron la entrada de mar en donde echaron el ancla por primera vez. Les molestaba la fuerza del viento, que hacía que las olas sacudiesen el buque a su antojo sin darles un momento de verdadero respiro. Pero era el punto más cercano al bosque en donde vivía el clan de Jack Belt, y no les quedó otra alternativa que aguantar día y noche los vaivenes y cabeceos del buque.

A la hora de la cena, los marineros se dieron nuevamente un festín con el charquicán con carne de guanaco que preparó Valeriano, el cascarrabias cocinero chilote que los había acompañado durante todas sus campañas en Chile y Perú. El sabor de la carne fresca les levantó el ánimo y los hizo olvidar por un rato la hostilidad del mar.

*

Lord Cochrane, el capitán Eonet, Glennie y Jack Belt fueron los últimos en abordar la nave. Se reunieron a cenar en la cabina del almirante, en donde los esperaba Mrs. Graham.

Apenas vio regresar a Lord Cochrane, las mejillas de Maria se encendieron.

El marino observó sus cabellos castaños, el turbante con que cubría su cabeza para protegerse del frío y el aspecto aventurero que le daban los pantalones y botas de montar con que se movía dentro y fuera del buque. Y, a pesar de lo feliz que estaba de verla, se arrepintió de haber aceptado que ella y Glennie se quedasen a bordo del Rising Star en vez de seguir rumbo a Brasil con su hermano.

«Es evidente que ella está enamorada de ti, Tommy», le advirtió William en Valparaíso la noche del terremoto. Lord Cochrane no se atrevió a contradecirlo.

Y cuando su hermano le preguntó: «Y tú, ¿qué harás con ella?», el audaz marino se limitó a responder que la llevaría a Brasil junto a Glennie, para que estuviesen más seguros que en Chile. Pero hasta el momento ni siquiera había sido capaz de cumplir aquel anuncio, porque estaba a punto de exponerlos a nuevos peligros. Le resultaba más difícil reconocer la verdad: en lo más profundo de su corazón, el almirante no quería separarse de ella.

Todavía no.

En la isla, las fogatas de los selk’nam continuaron encendidas durante toda la noche.

 VII. Puerto de Hambre, estrecho de Magallanes

VII

Puerto de Hambre, estrecho de Magallanes

Al día siguiente, poco antes de la salida del sol, el Rising Star

zarpó desde Bahía Inútil y navegó en línea recta hacia Puerto de Hambre, en la ribera norte del estrecho de Magallanes.

Una vez que el prototipo de buque a vapor llegó al abandonado poblado, una antigua posesión colonial española, un grupo de marineros bajó al agua un esquife y una chalupa.

La bahía era mucho más pequeña y abrigada que Bahía Inútil. Estaba rodeada por un bosque salvaje que llegaba casi hasta la orilla de la playa.

Los marineros dejaron el esquife sobre la arena y lo camuflaron con ramas y arbustos para que no fuese avistado tan fácilmente por otros navegantes.

En el caso hipotético de que su expedición a las Montañas de la Locura resultase un fracaso, Cochrane y los suyos marcharían a través del continente hasta Puerto de Hambre. Pero ellos no cometerían el error de quedarse ahí hasta morir de inanición, como les pasó a los colonos españoles que se instalaron al borde de la bahía durante el siglo XVI. Cochrane y sus marinos usarían el esquife para cruzar el estrecho y regresar hasta Bahía Inútil. Montarían un campamento en Tierra del Fuego, en territorio selk’nam, durante todo el tiempo que fuese necesario, hasta el regreso de William Cochrane desde Brasil a bordo del Colonel Allen.

Era un plan arriesgado. Pero el éxito de la expedición se basaba en premisas todavía más peligrosas, como la presunta existencia de un túnel al pie de las Montañas de la Locura, lo que los obligaría a marchar casi quinientos kilómetros a través de una ruta subterránea nunca antes explorada hasta encontrarse con el Rising Star en Deception Island.

Una vez que el esquife quedó bien oculto en Puerto de Hambre, todos abordaron la chalupa y regresaron al Rising Star.

*

El buque a vapor viró hacia el oeste por el estrecho de Magallanes. Luego corrigió el curso y se aventuró por el Pacífico con rumbo al noroeste, a través de la enmarañada red de canales e islas en que se desmembraba la costa sudamericana en aquella parte del mundo.

Lord Cochrane buscaba un punto en la costa que estuviese ubicado exactamente a la cuadra de las coordenadas de Selkirk. Desde ahí él y sus compañeros de expedición desembarcarían y marcharían tierra adentro hasta dar con su objetivo.

 VIII. Ensenada sin nombre, al noroeste del estrecho de Magallanes

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