Bautizaron a la niña con el nombre de Alexandra Sophie en una ceremonia muy bonita y solemne, que ella se pasó durmiendo como un lirón. La niña había llegado a Munich desde Los Ángeles el día anterior, y su horario de comida y sueño, que hasta entonces había cumplido con meticulosa precisión, se había alterado por completo, y estuvo llorando toda la noche, del primer al último minuto. Ahora debía de sentirse demasiado agotada para protestar por el faldón blanco picajoso, el agua bendita en la frente y el olor mohoso de la iglesia. A decir verdad, era un bebé increíblemente bueno y tranquilo; incluso el párroco la elogió.
Los exhaustos padres, que aún acusaban el jet lag, sumado a las interminables horas nocturnas acunando en brazos a su hijita de cuatro meses, intentando calmarla con palabras y nanas ñoñas, asistieron a la celebración con la cara pálida y sombras bajo los ojos.
—Tendríamos que habernos negado a venir —dijo enfadada Belle Rathenberg al salir de la iglesia—. Alexandra es aún demasiado pequeña. Podríamos haberla bautizado allí y no habría pasado nada.
—Tu madre quería una gran fiesta familiar y eso en Los Ángeles habría sido imposible —intentaba tranquilizarla Andreas, su marido—. Ya que nos hemos prestado a hacerle el favor, tenemos que aguantar. Vamos, haz un esfuerzo. Mira el mundo con un poco más de bondad.
—Para hacerlo, necesito primero un jerez —repuso Belle, y subió a uno de los muchos automóviles que esperaban para llevar a los asistentes al bautizo hasta la casa de su madre—. A lo mejor hasta dos o tres.
Felicia Lavergne miraba a los invitados desde la puerta de la terraza. Habían asistido casi todos: sin una razón importante, nadie desairaba a la matriarca. Además, sus reuniones gustaban; su pintoresca finca a orillas del lago Ammer en la Alta Baviera invitaba a fabulosas fiestas veraniegas, y ella siempre había sido una anfitriona generosa.
Felicia había comprado la gran casa de campo en la costa este del lago justo después de la guerra, con la intención de crear un lugar en el que pudieran reunirse todos sus parientes. No era una mujer ni maternal ni cariñosa, pero tenía el desarrollado instinto protector de un perro pastor que reagrupa y vigila su rebaño. Para ella, la familia era sagrada, y lo expresaba de una forma muy especial que le reportaba poca simpatía aunque gran admiración, profesada a regañadientes: era capaz de no enterarse durante años de que uno de sus familiares más cercanos sufría de depresión, pero si este decidía ahorcarse, en el último momento ella se precipitaría a cortar la cuerda. Y no dejaría de mostrarse perpleja al saber que el rescatado llevaba mucho tiempo con serios problemas.
La casa disponía de una infinidad de habitaciones muy acogedoras, suelos de parquet que crujían bajo los pies, enormes chimeneas, vigas de madera para sostener el techo, balcones llenos de flores y una gran terraza. El jardín bajaba hasta el lago, junto al que había un embarcadero, una caseta para los botes y una playa en la que bañarse.
Aquel día de septiembre, que los deleitaba con un tiempo aún veraniego de sol radiante y cielo sin nubes, Felicia había plantado sombrillas por doquier, colocado almohadones sobre sillas y bancos, y había hecho segar el césped. Después del almuerzo, un menú de cinco platos interrumpido por numerosos discursos, los celebrantes se habían repartido por el jardín. En la terraza había un bufet de tartas, donde cada uno podía servirse la que quisiera, además de café, té y todas las bebidas frías imaginables. Las flores de otoño centelleaban bajo el sol, el lago brillaba con reflejos turquesa y un par de veleros pintaban estelas blancas sobre las olas.
La mirada de Felicia recorrió el abigarrado grupo que se extendía a sus pies y se detuvo en Belle, la madre de la recién bautizada. Alexandra había venido al mundo a finales de mayo, pero Belle aún no había conseguido recuperar su antigua figura. Había sido muy delgada, pero ahora se la veía más bien informe, con su vestido suelto y floreado. Llevaba unos zapatos de tacón muy alto, que tampoco conseguían que sus piernas hinchadas parecieran más delgadas. Felicia notó que su hija bebía mucho, que se tomaba un cóctel tras otro como si fueran agua. Junto a ella estaba Andreas con Chris en los brazos, el hijo de la pareja, de casi cuatro años. Andreas era algo mayor que Belle y seguía siendo muy atractivo. A Felicia le gustaba, aunque había entendido hacía tiempo que el sentimiento no era mutuo. Como la mayor parte de la gente que conocía a Felicia, también él estaba convencido de que lo había hecho todo mal respecto a sus hijas: en el aspecto material se había ocupado de ellas divinamente, pero en todo lo demás las había descuidado.
«Sí, pero ¿cree que habría conseguido lo que he conseguido si hubiese hecho las cosas de otra forma?», se preguntó Felicia.
Por lo menos también había acudido Susanne, la hermana pequeña de Belle, y eso que odiaba abiertamente a su madre. Susanne se mantenía apartada, no se esforzaba ni lo más mínimo por ocultar lo mucho que todo la irritaba. Llevaba un traje gris que abrigaba demasiado para aquel día y el pelo estrictamente recogido. Tenía el aspecto de una institutriz madura. Si alguien se dirigía a ella, hacía todo lo posible por cortar la conversación de raíz. Desde la horrible historia de su marido, que hacía once años había sido ejecutado por crímenes de guerra, su vida estaba ensombrecida por una vergüenza profunda que le impedía entablar relaciones. En Berlín daba clases a niños con dificultades de habla, tal vez las únicas personas entre las que se sentía segura. Incluso con sus tres hijas se comportaba de una forma distante y estrambótica, como si no fuesen suyas, sino unos seres extraños que podían resultar peligrosos para ella en cualquier momento.
Susanne debería ir olvidando poco a poco las viejas historias, pensó Felicia impaciente. ¡Hacía mucho que había acabado la guerra!
Se alisó el veraniego vestido blanco, aunque no tenía ni una arruga: tenía la costumbre de hacer aquel gesto cuando intentaba ordenar sus pensamientos y tomar decisiones. Un joven con un traje elegante, que estaba no lejos de ella y la observaba desde hacía minutos, se le acercó.
—¿En qué piensas? —le preguntó—. Pasas revista a la gente como un general a su tropa. Seguro que estabas meditando tu próxima estrategia, ¿a que sí?
Felicia se rio.
—No te burles de mí. No estaba pensando en nada. Solo miraba.
A Felicia le gustaba Markus Leonberg, su asesor financiero; apreciaba su encanto y su amabilidad. Ante todo, sin embargo, le imponían su tenacidad y su fuerza de voluntad, con las que había construido una existencia sólida a partir de la nada. Al terminar la guerra, con veintiún años, había pasado casi un año en un campo de prisioneros estadounidense. Luego había buscado desesperadamente a sus padres, silesianos, aunque no encontró ni una pista. Al final averiguó que los dos habían perdido la vida durante la invasión del Ejército Rojo. Saber aquello transformó al tierno joven moreno de aterciopelados ojos verdes, de un día para otro, en un hombre que solo parecía interesado en amasar cada vez más dinero sin preocuparse de otra cosa. Se convirtió en señor del mercado negro, donde llevó a cabo negocios fabulosos, y más tarde se dedicó a los inmuebles. Ahora se contaba entre los hombres más ricos de Munich. Felicia lo admiraba, aunque también tenía una vaga idea de sus defectos. Algo le decía que Markus Leonberg no siempre conservaría la cabeza fría. Con la muerte de sus padres y la pérdida de su patria, algo en él se había desencajado, y a menudo parecía desorientado. A veces, como entonces, cuando por un momento dejaba de empeñarse en mostrar al mundo su radiante sonrisa de vencedor, se lo veía tan solo y perdido que hasta Felicia anhelaba abrazarlo. Por supuesto, nunca lo había hecho: los habría puesto a los dos en un compromiso.
—¿Cómo es que has venido solo? —le preguntó Felicia, pues a Markus solía acompañarlo alguna chica guapa.
—Lo he dejado con Maren. No hacíamos buena pareja.
—¡Otra vez! Nunca te va bien de verdad más de medio año.
—¿Y qué le voy a hacer? Por lo visto, no doy con la adecuada.
—Creo que tienes debilidad por las chicas que no te convienen —dijo Felicia, que apenas sabía cómo distinguir una de otra a las muñequitas que solían gustar al joven.
Markus se encogió de hombros y trató de cambiar de tema.
—¿Quién es aquel señor de allí?
—¿El que tiene un niño al lado? Peter Liliencron, un viejo amigo. Consiguió salir de Alemania en el 39. Y volvió en el 45. El niño es su hijo Daniel.
—Ajá. Y allí… Ese es Tom Wolff, ¿no? Está cada vez más gordo.
A Tom le pertenecía una mitad de la fábrica de Juguetes Wolff & Lavergne; a Felicia la otra. Formaban una pareja desigual, aunque en los malos tiempos siempre se habían ayudado y lo sabían prácticamente todo el uno del otro. Tom Wolff sufría del corazón. Tenía la tensión alta y, como hacía caso omiso de las advertencias de los médicos en lo que se refería a alcohol, nicotina y grasas, parecía solo cuestión de tiempo que su cuerpo dijera basta.
—Cuando muera Tom —dijo Felicia—, su esposa Kassandra heredará su parte. Que Dios se apiade de mí cuando sea mi socia. No me soporta.
«Felicia tiene muchos enemigos o, al menos, no la quieren demasiado», pensó Markus.
—Kassandra es la mujer que está junto a él, ¿no? Es trágicamente elegante. Parece inaccesible.
—Y que lo digas. No hay nadie más inaccesible. Pero en algún momento tendré que entenderme con ella.
—¿Y dónde está la homenajeada del día? —quiso saber Markus.
—Durmiendo. Belle está muy preocupada por sus horarios de comida y sueño porque el cambio de hora los ha trastocado. A decir verdad, hoy en día se tienen demasiados remilgos con los bebés. Antes éramos menos estrictos y salía bien.
—En cualquier caso, creo que es un bebé precioso —dijo Markus—, y tiene un nombre bonito. Alexandra Sophie. Suena fabuloso.
—Se llama Alexandra por el difunto padre de Belle. Y Sophie por la pequeña que Belle tuvo de su primer matrimonio. Murió hace doce años cuando huíamos de la Prusia Oriental.
Meditabundo, Markus observó a la regordeta Belle, que acababa de echar mano a otro Campari de una bandeja.
—Se ve que tiene una historia…
—Ya lo creo. Y no acaba de recuperarse. De joven fue actriz en la UFA. Aunque por poco tiempo: la guerra acabó con todo aquello. Luego se fue a América. Andreas, su actual marido, había trabajado en secreto para los Aliados y le ofrecieron un puesto de dirección en la industria armamentística. Ella soñaba, cómo no, con Hollywood. Pero no encajó. Al principio, entre otras cosas, porque los estudios no querían alemanas. Y ahora… En fin, mírala. No es exactamente con lo que sueña la MGM.
—Parece que bebe bastante —comentó Markus con tacto.
Así que también los demás lo notaban.
—No entiendo por qué Andreas no dice nada —repuso Felicia.
Las hijas de Susanne salieron corriendo de la casa, donde habían estado revolviendo la colección de discos de su abuela, posiblemente en busca de grabaciones de Elvis Presley. Llevaban traje de baño y toallas colgadas del brazo y dijeron que iban a nadar. Daniel Liliencron, de diez años, se les unió de inmediato. Se alejaron charloteando y riendo. Susanne hizo como que iba a inspeccionar el jardín, aunque, una vez más, se limitaba a huir de alguna conversación. Andreas y Peter Liliencron conversaban sobre la abrumadora victoria electoral de Adenauer el domingo anterior. Tom Wolff se había instalado ante el bufet de tartas y comenzó a engullir todo lo que pillaba. Aunque durante el almuerzo se había notado un ambiente forzado, la tarde fluía con placidez. En dos horas habría anochecido y volverían dentro para pasar un rato juntos allí sentados, antes de irse cada uno a casa con la sensación de que, en realidad, había sido un día muy agradable.
—Igual debería hablar con Belle —dijo Felicia—. Dentro de media hora estará borracha como una cuba. ¿Me perdonas, Markus?
Hizo un gesto a su hija para que la siguiese y entró en la casa. A regañadientes, Belle respondió a su indicación. Cuando entró en la sala de estar tras su madre y cerró la puerta, sonó el timbre. Belle se preguntó por un instante quién sería el invitado tardío, pero la verdad es que no le interesaba lo más mínimo. Demasiado le costaba concentrarse como para, encima, pensar en eso.
Hanna, el ama de llaves, se había esforzado en vano por evitar que aquel visitante inesperado entrase en la casa.
—¿Está usted invitado? —había preguntado desconfiada cuando vio al extraño andrajoso ante la puerta, sin afeitar y con ropa muy desastrada.
Lo había tomado por un vagabundo, pero él contestó que tenía una cita con uno de los invitados. Hedía a sudor, un olor penetrante que se mezclaba con el del óleo de las densas salpicaduras que impregnaban la chaqueta. Parecía que los zapatos se le fuesen a caer de los pies en cualquier momento.
—No tengo invitación, pero me han citado aquí, como le he dicho —respondió con impaciencia a la pregunta de Hanna, mientras pasaba al recibidor.
—No puede entrar así sin más —protestó el ama de llaves.
Él se quedó mirándola.
—¿Por qué no? ¿No soy lo bastante elegante?
—No, es que…
El hombre soltó una amarga risotada.
—Cuando me jugaba el pellejo por vosotros en Rusia, sí que era lo bastante bueno, ¿no? Se me congelaron los dedos de los pies en el invierno de Moscú y luego me dispararon. ¡Aquí arriba!
Se señaló la cabeza.
El asco de Hanna se convirtió en indefensa compasión. Seguramente se trataba de un veterano que había perdido el juicio; había muchos. Hombres que no habían sabido cómo retomar una vida normal, que sufrían las consecuencias tardías de heridas en el cuerpo o en el espíritu, y que no recibían de la Alemania del milagro económico el agradecimiento que habrían necesitado para dejar atrás lo sucedido. Se les proporcionaba dinero, cuando les hacía falta alguien que los escuchase. Pero nadie quería saber ya nada de sus historias. Aquello era el pasado y había mucho que hacer para dominar el futuro. Hanna lo sabía demasiado bien: su hijo estaba en un hospital psiquiátrico debido a los fuertes episodios de psicosis que sufría desde que había servido en un submarino.
—Venga conmigo a la cocina —dijo para apaciguarlo—. Primero le prepararé algo de comer. Parece que…
Él la dejó plantada, recorrió el pasillo y salió a las escaleras de la terraza.
Al principio nadie reparó en él, pues todos estaban demasiado ocupados con sus charlas o con la comida y la bebida. La primera que se fijó fue Susanne, que volvía de su paseo por el jardín. Vio a alguien con pinta de espantapájaros en la puerta y, sorprendida, soltó en voz bastante alta:
—Vaya, ¿quién es ese?
Los que estaban cerca de ella la oyeron y miraron al recién llegado. Poco a poco, unos y otros notaron que allí arriba había algo que ver. El sonido de las voces se fue acallando. Desde el lago llegaron las risas y los gritos de los niños, que se bañaban.
El extraño bajó despacio las escaleras. Se tambaleaba un poco, como si estuviese bebido, aunque la razón era que le costaba coordinar sus movimientos, y aquello no iba a mejorar; de eso se había encargado la bala alojada en su cerebro.
—Soy Walter Wehrenberg —dijo al llegar abajo—. Vengo de Munich.
Todos lo miraron extrañados. El nombre no le decía nada a nadie. Susanne, como hija de la anfitriona, se vio obligada a ser cortés.
—Buenas tardes, señor Wehrenberg —saludó—. ¿Viene a ver a mi madre?
Wehrenberg negó con la cabeza. Tenía un color lívido insano y la frente perlada de sudor.
—Busco a Markus Leonberg —respondió.
Markus, que tras su charla con Felicia se había sentado en un banco y disfrutaba de las vistas del lago, se puso en pie y se acercó. Llevaba un vaso de zumo de naranja en la mano. Su expresión no reflejaba ni el más mínimo reconocimiento.
—Dígame —dijo.
—¿Sabe quién soy?
—No, lo siento. ¿Debería saberlo?
Wehrenberg soltó una risotada tan cínica y amarga como la que había soltado con Hanna.
—Que si debería saberlo, pregunta. Si debería saberlo… Lo considera indigno de usted, ¿no? Conocer a todos los que arruina.
A Markus, la situación le parecía bastante penosa.
—No tengo claro qué pretende, señor Wehrenberg, pero quizá podríamos hablarlo en privado…
Wehrenberg lo interrumpió de inmediato.
—Eso le vendría muy bien. En privado. Para que nadie se entere de sus intrigas. Pero lo cierto es que deberían conocerlas todos. Deberían saber qué clase de elemento es usted.
—Creo que este no es el lugar adecuado para este tipo de conversaciones —intervino Andreas—. Quizá deberían reunirse en la ciudad el lunes.
—Cierto —dijo Markus—. Hoy es fin de semana y esto es una fiesta privada. Es mejor que se vaya, señor Wehrenberg.
—No. No pienso marcharme. —Una mirada intensa se instaló en sus ojos—. Estuve en Siberia —proclamó—, seis años. Construcción de carreteras. ¿Sabe qué significa eso?
—Que ha sufrido mucho —contestó Tom Wolff que, entretanto, había comprendido que se trataba de un pobre loco—. ¿Qué tal si bebe algo? ¿Un martini? Después de un trago, el mundo se ve más agradable.
—Gracias —dijo Wehrenberg—, no quiero nada. No me sienta bien. Recibí un tiro en la cabeza. En Moscú. Casi un año de hospital de campaña. El médico dijo: «Es un milagro que siga usted vivo, Wehrenberg».
Nadie sabía qué contestar. Markus se estaba rompiendo la cabeza tratando de averiguar qué tenía que ver aquel hombre con él. No se le ocurría. Quizá se trataba de una confusión.
—No tendrían que haberme enviado de nuevo al frente —dijo Wehrenberg—, pero al final necesitaban a todo el mundo. Y acabé en un campo de prisioneros. Seis años. Aquí lo habéis pasado bien.
—Yo también estuve prisionero —replicó Markus algo irritado—. Lo cierto es que…
—¡Vamos, no irá a compararse! —gritó Wehrenberg. Todos se encogieron—. No puede compararse. No estuvo en Siberia. No sabe lo que es Siberia. No tiene ni idea. ¡Ni la más remota idea!
—Creo que debería irse —añadió Markus con frialdad—. Venga el lunes a mi despacho y plantéeme allí lo que desea.
—Ya he estado en su despacho. Ayer. Usted ya se había ido. Pero estaba su secretaria. Ella no quería decirme dónde estaba usted. Pero miré su agenda. La tenía allí, delante de ella; no fue difícil. Y decía que hoy estaría aquí. Así que pensé en venir también yo.
—Increíble —murmuró Markus—. De verdad, increíble.
Andreas suspiró hondo.
—Entonces diga de una vez lo que tenga que decir, ya que no va a irse. Pero sea breve, por favor.
—Soy pintor —dijo Wehrenberg. En su voz había orgullo. Irguió la cabeza y, en su rostro pálido y enfermo, asomó una pizca de dignidad—. Según Eva, mis cuadros son muy buenos. Eva es mi esposa, ¿sabe? Entiende un poco del tema. Dice que un día los demás también lo verán. Comprarán mis cuadros. Y no volverán a reírse de mí.
—Si promete desaparecer, yo mismo le compraré uno —repuso Markus ya harto—. Y el lunes despediré a mi secretaria por no haberme advertido. A ver, ¿qué quiere?
—A usted no le vendería yo ni uno de mis cuadros —respondió Wehrenberg—. Ni por un millón. Nunca.
—Entonces, déjelo estar. Pero no tengo ganas de seguir perdiendo tiempo con usted. —Markus le dio la espalda sin disimulo y se encendió un cigarrillo.
Le temblaban un poco las manos.
—¡Míreme! —bramó Wehrenberg dejándose llevar por la rabia—. Haga el favor de darse la vuelta y mirarme.
Markus se dio la vuelta. En ese momento, Wehrenberg sacó una pistola del bolsillo interior de la chaqueta. Hanna, que observaba la escena desde lo alto de las escaleras, ante la puerta abierta, se llevó la mano a la boca para no gritar.
—Por el amor de Dios —saltó Tom—, no haga ninguna tontería.
—¡Tengo una hija! —chilló Wehrenberg—. Tengo una hija de catorce años… Me necesita. Es mi responsabilidad cuidar de ella. ¡Soy su padre! Pinto para vivir.
—Por supuesto —dijo Tom en tono apaciguador—, por supuesto.
—Y ahora este quiere tirar el edificio en el que vivimos. Este maldito tiburón inmobiliario quiere destruir el único lugar en el que puedo pintar. El único lugar que tiene la luz adecuada. Destruir mi futuro. Y el de mi hija. Este criminal sin conciencia me quita la vida.
Markus había perdido el color hasta de los labios. Sabía de qué edificio hablaba ese extraño.
—Es una ruina —razonó con voz ronca—. No sabía que… Escuche, podemos hablarlo. Aun así, ese edificio está para derruir. Acabará cayéndose. La guerra lo dañó demasiado. Es…
—¡Cierra el pico! —gritó Wehrenberg—. Válgame Dios, cierra el pico, Leonberg. No tienes ni idea. Nadie aquí tiene ni idea. Sois todos iguales. —Apuntó con el arma a varios de los presentes.
—Madre de Dios —susurró Susanne casi sin voz.
—El año que viene cumplo cuarenta —dijo Belle—, no creo que tengas ningún derecho a reñirme.
Aquella conversación la cansaba, y hasta ella notaba que se le trababa la lengua. Demasiado alcohol, bebido demasiado rápido, y con aquella temperatura estival… Se arrepentía profundamente. Habría dado una fortuna por evitar enfrentarse a su elegante y fría madre en aquellas condiciones. Se esforzó por encontrar un punto fijo en la habitación para no dejarse vencer por el mareo.
—Me preocupo por ti, Belle, eso es todo —contestó Felicia—. Puede que hoy hayas perdido un poco el control con la bebida y ya está, pero a lo mejor se ha convertido en cierta costumbre. En ese caso, te aconsejo que hagas algo.
—Y yo te aconsejo que metas las narices en tus asuntos —bufó Belle, y se apartó el pelo de la cara con un gesto agotado—. No tendríamos que haber venido —masculló.
—No me parece demasiado una visita a tu casa cada diez años. Es la primera vez que vienes desde el final de la guerra.
—Esta ya no es mi casa, madre. Ahora soy estadounidense. Andreas es estadounidense. Nuestros hijos también. Solo estamos aquí porque nos has obligado.
—Somos una familia. Y…
—Vamos, déjalo, madre. —Sin darse cuenta, Belle apoyó la mano izquierda en el respaldo de una silla para sostenerse—. Siempre sacas a relucir la idea de la familia cuando tienes la sensación de que pierdes influencia. No te gusta tener dos nietos en California y que crezcan sin tu intervención permanente. Por eso tenías que celebrar aquí el bautizo. Y ahora aprovechas la circunstancia para criticarme por absolutamente todo.
—Perdona, pero solo he dicho…
—¡Que bebo demasiado! —gritó Belle—. ¡Y estoy gorda! ¡He fracasado como profesional y mi marido me engaña! ¿Se te ocurre algo más? Pues dilo. Ya que estamos, saquemos todos los trapos sucios.
—¿Andreas te engaña? —preguntó Felicia sorprendida—. Eso no me lo esperaba.
—Pero lo puedes entender, ¿no? Con la pinta que tengo… Y Los Ángeles está lleno de chicas guapas. No tiene más que escoger.
—¿Es algo serio?
Belle movió la mano como con desprecio y el gesto la hizo tambalearse.
—No, no, nada serio. Unas veces una, otras otra. Relaciones cortas. Entremedias, vuelve conmigo. Pero las chicas se lo ponen fácil: es muy atractivo.
Felicia estaba confundida y se quedó callada.
—Por el bien de los niños —dijo al final—, deberíais arreglar vuestra…
—¿… relación? —la interrumpió Belle con voz sarcástica—. ¿Por nuestro bien como lo hiciste tú? Por favor, madre. Has vivido toda la vida como te ha dado la real gana. Así que no me vengas con consejos… No podría tomármelos en serio.
—Me pregunto por qué siempre tenemos que discutir. O sea, Susanne prácticamente no me habla, y a eso casi me he acostumbrado. Pero que tú seas tan agresiva…
—Soy la persona más pacífica del mundo, madre, cuando la gente no se mete en mis asuntos.
—Lo he dicho por tu bien. Pero, por supuesto, no tienes por qué seguir mis consejos. ¡De acuerdo! —Felicia señaló la puerta—. Vete. Todas las bebidas están a tu disposición. Ya puedes continuar.
Belle la miró fijamente.
—¡Qué mezquina puedes ser! —susurró—. Qué retorcida y aborrecible.
Se volvió y, al salir de la sala, se torció un poco el pie. Maldijo en voz baja. Era por los tacones, no por el alcohol… ¿O no?
Salió a la luz de la tarde otoñal de septiembre, seguida de cerca por su madre. En la puerta se paró tan de golpe que Felicia se topó con ella.
—¿Qué…? —Se le atragantaron las palabras.
Vio lo que veía su hija: una escena como de película y tan absurda que en un primer momento era difícil de creer. Los invitados habían formado un semicírculo, estaban pálidos y confundidos, llevaban vasos y cigarrillos en las manos a modo de atrezo, y un extraño agitaba una pistola ante ellos y gritaba. Markus Leonberg se había adelantado hacia él e intentaba apaciguarlo, pero el hombre bramaba más y más fuerte. Parecía que quisiera disparar a todos, uno tras otro.
—Haga el favor de dejarse de tonterías —soltó Felicia con vehemencia, sin pensárselo dos veces.
El hombre se dio la vuelta. Felicia vio enseguida que estaba enfermo: tenía una expresión rabiosa, confusa, imprevisible; la cara pálida, los ojos enrojecidos. Apuntó el cañón del arma hacia Felicia y Belle. «No puede ser. Esto no está pasando», pensó Felicia.
Markus Leonberg, al darse cuenta de que Felicia había puesto en peligro a su hija y a ella, avanzó otro paso y dijo:
—Escuche, sea…
Wehrenberg se volvió de nuevo y palideció aún más.
—Que nadie se acerque. Ni un paso más. Nadie va a echarme.
—Nadie quiere echarle —contestó Markus tranquilizándolo—, todo…
No pudo seguir. Wehrenberg levantó la pistola. Sonó un disparo, Belle soltó un grito aterrada, Tom Wolff se estremeció de tal forma que se tiró la copa en el traje, de la casa salió la voz aterrorizada de Hanna, que se había escondido tras un armario del pasillo.
Pero Walter Wehrenberg no había atacado a nadie más que a sí mismo. La bala le dio directamente en la sien y él cayó al suelo con un golpe seco. El arma se le resbaló de la mano y se deslizó un tramo sobre la piedra. Había sangre por todas partes. Belle bajó los escalones a toda prisa y corrió hacia su marido, sin parar de gritar, mientras los demás se quedaban anonadados. Felicia se sentó en la escalera.
—Dios mío, Dios mío —susurró.
Andreas le ordenó a Belle que se callase, y ella obedeció en el acto como si le hubiesen dado una bofetada. Todos estaban en la escena, habían dado el pie, pero nadie se sabía el texto. En el silencio, volvieron a oír la risa de los niños en el lago.
Y en la casa lloró la pequeña Alexandra Sophie, cuya fiesta habían interrumpido de forma tan terrorífica.
LIBRO I
1977-1978
1
Cuando Chris salió de la casa del profesor Falk, eran ya las seis de la tarde y tenía claro que le sería imposible llegar a tiempo a cenar en Breitbrunn. Reaccionarían con una ceja levantada; al fin y al cabo, su hermana solo iba a casarse una vez —o al menos era de esperar que así fuera— y él aún no había hecho acto de presencia en la boda. Pero su familia no tenía ni idea de lo difícil que era mantenerse a flote como estudiante; no podía correr el riesgo de ausentarse de su trabajo.
Chris se había enemistado con su padre por su cargo en la industria armamentística, y aunque Andreas Rathenberg ya se había jubilado, su hijo se negaba a aceptar ni un solo dólar suyo. En la boda de su hermana Alexandra no tendría más remedio que verlo, a él y, por supuesto, también a su madre. Volverían a enfadarse por su melena, por sus vaqueros desgastados y por el palestino blanco y negro que llevaba al cuello. Se apostaba lo que fuese a que no tardaría más de cinco minutos en discutir con su padre, porque así había sido siempre. Ya se tratara de la objeción de conciencia de Chris, de sus amigos hippies o de sus simpatías por el Che Guevara, chocaban sin remedio. Con dieciséis años, Chris había participado en una sentada del movimiento pacifista ante el grupo industrial que dirigía su padre. Era el día que Andreas Rathenberg se despedía oficialmente. Bloquearon todos los accesos, la policía llegó y se produjeron enfrentamientos durante horas. Se volcaron coches y se rompieron ventanillas, y la jornada concluyó con varios heridos en ambos bandos. Andreas tuvo que sacar a Chris del calabozo al día siguiente. Se abrió una brecha entre ellos y, apenas se hubo graduado, Chris se fue de casa y se mudó a una comuna en los montes de California. Allí cultivaban sus propias verduras, convivían con innumerables perros y gatos, experimentaban el amor en diversas variaciones, discutían noches enteras, se colocaban. Aunque aquello no le desagradaba, Chris comenzó a aburrirse.
En aquella fase de indecisión y estancamiento, le llegó una carta de su abuela Felicia. Le preguntaba sin preámbulos si le gustaría mudarse con ella a Alemania y estudiar allí, para «respirar aire fresco», como ella dijo. Era un clavo ardiendo y Chris se agarró a él. Como poseía la nacionalidad alemana además de la estadounidense, se evitó el papeleo. Sencillamente voló a Munich, fue dos años a un instituto, se presentó al acceso a la universidad alemana y se matriculó en Derecho en la Universidad de Munich. En aquel momento vivía en casa de Felicia, que quería convencerlo a toda costa de que estudiase Económicas. Durante una de sus largas discusiones, le reveló que tenía previsto nombrarlo director comercial de su fábrica de juguetes.
Su socio, Tom Wolff, había muerto en 1964 y, desde entonces, Felicia dirigía la empresa con la viuda. Las dos señoras tenían claro que era hora de dejar el timón a gente más joven, pero, claro está, no lograban ponerse de acuerdo para nombrar a un director. Al final, Wolff & Lavergne tendría que aguantar una gerencia doble. Mientras Kassandra Wolff le daba vueltas al tema, Felicia ya se había decidido por su único nieto.
A Chris le pareció que podía habérselo dicho cuando le escribió a Los Ángeles, pero Felicia había preferido una vez más la estrategia de la sorpresa. Aunque su estilo de vida, su ideología, su convicción impidiesen a Chris aceptar la oferta, no era sencillo negarse cuando a uno le ofrecían en bandeja de plata un futuro brillante. Al final, Chris se las arregló para no comprometerse en firme. Sin embargo, Felicia dio por sentado que las cosas sucederían a su gusto.
Chris insistió en estudiar Derecho y en vivir en Munich, no en el lago Ammer, y ella accedió a ambas cosas porque no le quedó más remedio. Él se refugió en una residencia de estudiantes de Schwabing. Se ganaba la vida dando clases particulares y trabajaba además para el catedrático Falk, pasando a máquina sus manuscritos. Falk era extraordinariamente prolífico en publicaciones y pagaba muy bien.
En el parabrisas del destartalado Escarabajo de Chris había una multa, que se limitó a estrujar y tirar al arcén. Luego se miró la ropa. No le daba tiempo de pasar por casa a cambiarse, así que iría tal cual. Su familia tendría que aceptar los vaqueros deshilachados. Con la camiseta negra, en realidad, no se metería nadie. La cinta de piel en la frente molestaría a papá, pero a tomar viento. Con veintitrés años, qué importaba la opinión de un padre.
Cuando arrancó, Chris pensó en su hermana y en que no entendía de ninguna manera la decisión que había tomado. Alexandra había llegado a Alemania un poco más tarde que él, impulsada por motivos parecidos: no sabía muy bien qué hacer con su futuro. Por otra parte, huía de su madre. A Chris no le molestaba demasiado que Belle bebiese, pero sabía que Alexandra había sufrido mucho por eso y, aun hoy, no sabía cómo llevarlo. «De hecho, una prueba de la incapacidad de nuestros padres: los dos hemos huido de alguno de ellos», pensó Chris.
Se había alegrado mucho de tener cerca a Alex, como la llamaba él con cariño y sin cumplidos. Había recorrido Munich con ella y habían pasado noches enteras en los locales de estudiantes de Schwabing. Alexandra nunca llegó a integrarse entre los amigos de Chris —para los rojillos era demasiado niña bien—, pero a él eso no le importaba. Era su hermana pequeña y la quería.
Más adelante, en casa de Felicia conoció a Markus Leonberg, que tenía entonces cincuenta y tres años. Chris no olvidaría nunca aquel día de junio —hacía ya tres meses— en que estaba con ella en una terraza de la Leopoldstrasse y Alex le comunicó que quería a Leonberg e iba a casarse con él. Chris no tenía ni idea de aquel romance y le sentó como una patada en el estómago.
—Alex —dijo al final con voz ronca—, es una broma, ¿no?
Ella lo miró con calma, con sus fríos ojos grises.
—Claro que no. ¿Crees que bromearía con algo así?
¡No lo entendía! Aquel tipo podría haber sido su padre. A Chris le parecía todo de lo más repugnante: el cochazo, los trajes caros, las corbatas de seda, las sienes canosas, el negocio inmobiliario. Todo el mundo sabía que se codeaba con los individuos más codiciosos y faltos de escrúpulos. A él le costaba hasta darle la mano a Leonberg, y Alex… Se tenía por una persona abierta y relajada, pero imaginársela en la cama con él le daba arcadas. Le volvía tan loco que al final tuvo que decirlo.
—¿Cómo es cuando…? Quiero decir, no puedo ni… ¿Te acuestas con él?
Por un momento pareció que ella fuera a reírse ante aquella pregunta absurda, pero entonces se dio cuenta de que lo había preguntado en serio.
—Sí, me acuesto con él —contestó—. Y no es que… Bueno, no es un hombre mayor, ¿entiendes? No tiene problemas.
Claro que no tenía problemas. Un cuerpo joven y hermoso en su cama seguro que lo excitaba. ¿No era consciente Alex de que la estaba utilizando? Su juventud, su frescura, su vivacidad. Le robaba algo a lo que ya no tenía derecho y Alex estaba tan ciega que se lo entregaba confiada.
—Sabes que tiene un sinfín de historias con mujeres, ¿no?
Alex negó con la cabeza.
—Hablas como un apóstol de la moral provinciana. Precisamente tú. Te acuestas cada día con una distinta y hasta lo conviertes en tu ideología.
—Eso es otra cosa —dijo Chris, aunque no sabía cómo explicarle por qué.
La diferencia era que Leonberg era un tipo de mierda con dinero, que había creído toda su vida que podía comprar a las mujeres. Chris estaba convencido: aquel hombre no tenía la más mínima capacidad de albergar un sentimiento sincero.
Mientras conducía por la autopista de Lindau, enfadado, pisó el acelerador. Lo que le apetecía de verdad era emborracharse en cualquier bar.
Había días en los que Simone odiaba su trabajo con todo su corazón, y ese era uno de ellos. A veces era agradable conducir un taxi, conocer a gente con la que charlar, contar chismes o jugar al consultorio sentimental. No dejaba de asombrarla lo que la gente contaba a una taxista. Problemas del corazón, de dinero, con los hijos, en el trabajo. Puesto que Simone, como estudiante de Psicología, estaba muy interesada en la gente, escuchaba atenta. A veces, sus pasajeros no querían bajarse al llegar a su destino.
Pero aquel día llevaba a un hombre que le daba miedo. Se había subido al asiento de atrás en la Karlsplatz. Vestía vaqueros, una camiseta azul, una chaqueta barata de cuadros grises. Olía mal, como a agrio, aunque en un primer momento no lo había notado. Además, de pronto se dio cuenta de que había estado viendo a aquel hombre durante un buen rato, si bien no había sido consciente. Mientras estaba en la fila de taxis y esperaba llegar al primer puesto, él estaba en la plaza ante la fuente como indeciso, y tan poco digno de atención que Simone casi lo había pasado por alto. Ahora que lo recordaba, tenía claro que había dejado pasar al menos cuatro taxis antes de montar en el suyo. Desde luego, a lo mejor aquello tenía una explicación inocente: quizá había estado esperando a alguien que no había aparecido, había decidido irse y se había subido al siguiente coche por casualidad. Sin embargo, también podía haber estado esperándola a ella, es decir, a una mujer. ¿Por qué?
A menos que tuviera intención de estrangularla, violarla o rajarla, la carrera le dejaría una buena cantidad de dinero, pues iba a Hechendorf, a orillas del lago Pilsen. Unos buenos cuarenta kilómetros. Pero si había trenes de cercanías, ¿por qué ese hombre tiraba el dinero? Y más cuando no tenía pinta de que le sobrara. ¿Lo habría hecho para sacarla a ella de la ciudad?
Acongojada, informó del trayecto por radio a la central:
—De camino a Hechendorf, autopista de Lindau.
Crepitar al otro lado.
—Recibido —contestó una voz vivaracha.
Seguro que pensaban que Simone volvía a tener un día de suerte.
El hombre no hizo amago de iniciar una conversación, se quedó sencillamente callado. Pero no dejó de observarla ni un solo segundo. Cada vez que Simone miraba el retrovisor, se tropezaba con sus ojos.
No quería ponerse histérica e intentó concentrarse en otra cosa. Al día siguiente tenía que entregar los deberes de las vacaciones y aún le quedaban por pasar a máquina las últimas páginas del trabajo. Cuando se hubiese librado de aquel pasajero ominoso, pondría fin a la jornada, se iría a casa y se sentaría ante la máquina de escribir. Primero un baño caliente, luego una gran taza de té. De repente añoraba muchísimo la seguridad y la paz de sus cuatro paredes.
Encendió la radio. En las noticias hablaban, como siempre en las últimas semanas, del presidente de la patronal alemana, Schleyer, al que habían secuestrado. Los terroristas de la RAF lo habían raptado a comienzos de septiembre en Colonia, en medio de la calle, y ahora pedían la liberación de varios de sus correligionarios que estaban en prisión. Tras el asesinato del fiscal general Buback y del banquero Ponto, el secuestro era el tercer atentado de la banda Baader-Meinhof aquel año. Simone no tenía mucha simpatía por los representantes de la economía federal alemana como Hanns Martin Schleyer, pero el drama de aquel hombre la afectaba mucho. Lo tenían retenido desde hacía tres semanas. Había polaroids de él, que los secuestradores habían filtrado a la prensa, donde tenía un aspecto horrible, de sufrimiento, agotado. Simone deseaba que las cosas se resolvieran en su favor.
La noticia sobre el secuestro que acababan de dar en la radio fue la ocasión de comenzar una conversación con el pasajero.
—Me pregunto qué hará ahora el Gobierno —dijo Simone—; creo que tendrá que ceder. No pueden sacrificar a ese hombre sin más. —El pasajero no dijo nada—. Por otro lado —continuó nerviosa—, si lo hace, se prestará al chantaje y la RAF volverá a recurrir a este método. La detención de terroristas se convertiría en una farsa.
El hombre seguía callado. Estaban ya en la autopista, en la que aquel sábado por la tarde casi no había tráfico. Pronto anochecería; el sol ya se hundía en los coloridos bosques otoñales. A finales de septiembre, los días eran considerablemente más cortos.
—Un poco histéricos sí parecen, sospechando que todos somos terroristas, ¿no cree? —Simone tenía la sensación de que su voz sonaba algo entrecortada a causa del miedo. Hablaba porque no soportaba el silencio, no porque le interesase lo más mínimo el tema. Lo único que le interesaba, de hecho, era cómo librarse de aquel tipo—. En cuanto te comportas de un modo un poco incívico, no te pierden de vista. Un caldo de cultivo perfecto para soplones y denunciantes.
El hombre no dijo nada. Ella lo miró por el retrovisor. Sus ojos estaban tan fijos que parecían de cristal, y tenía las pupilas muy dilatadas. Nunca había visto una cara tan fría y tan rígida. Era un psicópata, debería haberlo advertido enseguida. No tendría que haberlo dejado subir al coche. De pronto estaba segurísima de que la había estado esperando a propósito en la plaza. Y ella era idiota.
Le sudaron las palmas de las manos y la nuca. Comenzó a picarle la espalda, como siempre que se ponía nerviosa. El pánico aumentaba de un modo tan alarmante que se dio cuenta de que no podría contenerlo mucho más tiempo.
—Me temo que no me encuentro bien —se oyó decir—, estoy algo mareada. Es demasiado arriesgado que siga conduciendo. —El miedo le dictaba las palabras, tenía la sensación de que no se creaban en su mente—. Aquí está la salida de Germering. Le puedo dejar en la estación del cercanías. Así podrá ir hasta Hechendorf.
Volvió a mirar hacia atrás, en busca de alguna emoción en aquellos ojos inmóviles. Jadeó.
Se encontraba ya ante la salida.
—Entonces ¿salgo aquí?
Puso el intermitente a la derecha. En aquel momento sintió algo frío en el cuello.
—Siga recto —dijo el hombre.
La sorprendió tanto oírlo hablar que le costó darse cuenta de que era él quien había dicho aquellas palabras. La voz sonaba aterradora, demasiado aguda para un hombre y extrañamente quejumbrosa. Simone no fue capaz de reaccionar hasta que él le acercó el cuchillo al cuello.
—Dios mío —dijo—. Dios mío.
El intermitente seguía señalando a la derecha, pero ella continuó en línea recta. El coche avanzó unos cuantos metros en zigzag porque Simone comenzó a temblar y le costaba mantener derecho el volante. Irritado, el conductor de un Mercedes que iba tras ella la miró mal y la adelantó meneando la cabeza. No se percató de la situación: iba a demasiada velocidad para enterarse de nada y la larga melena de la chica tapaba el cuchillo. Era obvio que no se había preguntado por qué el pasajero de un taxi se inclinaba hacia la conductora de aquella manera.
—¿Qué quiere? —le preguntó Simone, aunque tenía una idea bastante clara.
No era un ladrón en busca de dinero. Era un delincuente sexual de libro. Paradigmático. Se le ahogaron sollozos en la garganta.
—Si quiere el dinero, se lo puede quedar. No le denunciaré…
«No quiere dinero, me quiere a mí», pensó.
Como única respuesta, él apretó más el cuchillo contra el cuello. Simone notaba su aliento caliente en la oreja y ahora percibía más su hedor. Olía a leche agria mezclada con sudor de días. Hacía por lo menos una semana que no se había lavado.
No quería ni suplicar ni llorar, pero no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas.
—Por favor, por favor no me haga nada. Por favor.
—Entra en el área de descanso —ordenó el hombre.
Su voz sonaba ahora más ronca. Delataba sin lugar a dudas excitación. Por un instante, Simone consideró hacer caso omiso de la orden y seguir conduciendo. La cuestión era si la apuñalaría. Parecía demasiado trastornado para ser razonable.
La punta afilada le arañaba la piel. Pisó el freno y giró hacia el área de descanso. Como el crepúsculo se había asentado, encendió automáticamente los focos, pero lo pagó con un dolor inesperado en el cuello.
—¡Apaga las luces! —siseó el hombre.
Le caían lágrimas por la cara. Y tenía sangre en el cuello: la había herido de verdad. Rogó que hubiese alguien en el área de descanso, pero todo estaba como muerto. Ni coches, ni viajeros, nada. A la derecha campos sin fin, a la izquierda la autopista, tras una pared de arbustos altos y densos que le impedía ver nada. Lo que estaba ocurriendo pasaría desapercibido a cualquiera que circulara por allí.
Cuando entendió que su vida ya apenas valía nada, se le secaron las lágrimas y recuperó algo de la tranquilidad y el juicio que otros apreciaban en ella.
—¿Sabe? —dijo al parar el coche—. Me imagino que tiene usted problemas de los que le gustaría hablar. Si quiere contármelos, le escucharé con gusto. Hasta podría darle algún consejo. Podríamos…
Chilló de dolor cuando el hombre la agarró del pelo y tiró de la cabeza hacia un lado. El cuchillo estaba ahora justo en su gaznate.
—Cierra la boca, zorra. Y baja del coche.
Eso despertó un destello de esperanza en Simone. Si no la mataba en el coche, quizá encontrase la forma de escapar. Solo unos metros más y estaría en la carretera. Si no venía ningún vehículo, podría cruzar corriendo hasta la otra calzada: allí habría más tráfico porque muchos muniqueses habrían pasado el hermoso día de otoño en los lagos y estarían ahora de vuelta. Alguno pararía.
«No te des la vuelta, no pierdas los nervios», se ordenó en silencio.
El hombre abrió la puerta y salió. Para hacerlo, tuvo que soltarle el pelo y quitarle el cuchillo del cuello durante tres segundos. Simone aprovechó la ocasión: saltó como un rayo al asiento del copiloto sin preocuparse por el zapato izquierdo, que se había quedado atascado en la palanca de cambios. Salió del coche y tuvo la suficiente presencia de ánimo para no correr hacia el campo. «¡A la carretera!» Sin embargo, entre ella y la calzada se encontraban el coche y el hombre, de modo que tendría que esperar para ver por qué lado iba hacia ella. Se miraron fijamente y vio vida en los ojos inmóviles de él: ira, odio, crueldad. Puede que estuviese enajenado, pero era listo. Fingió dirigirse hacia el capó del coche, pero, apenas ella arrancó hacia la parte de atrás, dio media vuelta. La atrapó enseguida, la agarró de un brazo con mano de hierro y se lo retorció hacia la espalda. Simone gritó de dolor, de miedo, de desesperación. Volvió a oír la voz clara y enferma muy cerca de su oído.
—Te voy a matar, mala puta. Te voy a matar.
Lloró como una niña, suplicó por su vida, le ofreció todo el dinero que llevaba, pero a él no le interesó. La agarró por la melena y tiró de ella hacia el campo. Simone intentó plantar los pies en el suelo para oponer resistencia, gimiendo, sintiendo náuseas.
—No me haga daño. Por favor, no me haga daño.
De pronto, un coche entró en el área de descanso. La claridad de unos focos iluminó la fantasmagórica escena: una muchacha llorosa defendiéndose a duras penas de un hombre armado con un cuchillo que la arrastraba por el pelo. El coche se detuvo haciendo chirriar los frenos.
El hombre lo miró, maldijo y soltó a Simone tan de repente que ella perdió el equilibrio y cayó al suelo. En unos segundos se sentó en el taxi, que aún tenía las llaves puestas, y arrancó. Del otro vehículo salió un joven, indeciso por un momento entre regresar a su coche y perseguir al taxi que escapaba, u ocuparse de la chica que estaba en el suelo. Decidió que sería difícil y peligroso lanzarse tras el hombre y que, en cualquier caso, no tendría escapatoria en cuanto diesen el número del taxi a la policía. Además, a lo mejor la chica estaba herida y necesitaba ayuda.
Simone estaba hecha un ovillo en el suelo, temblando y llorando, con su larga melena rubia alborotada sobre el asfalto. Llevaba una camisa de hombre blanca extragrande, vaqueros desteñidos y solo un zapato. Cuando Chris se agachó junto a ella, descubrió espantado que tenía sangre en el hombro. Le retiró el pelo y encontró la herida del cuello, que no le pareció grave. Cuando la tocó, la muchacha se encogió aún más, llena de pánico, y chilló como un animal herido. Había perdido los nervios. Chris intentó calmarla.
—No tenga miedo. Por favor, no tenga miedo. Se ha ido. Escuche, ese tipo se ha ido. No le va a pasar nada.
Nunca había visto a nadie temblar tanto. También era lógico: había estado a punto de acabar en algún lugar de aquellos campos con la ropa destrozada y de que unos días después encontrase su cadáver un campesino o algún niño jugando por allí. Que él hubiese ido a parar a aquella área de descanso era cosa del azar, o más bien de la necesidad imperiosa de fumarse un cigarrillo antes de presentarse ante su padre y el insoportable ahora marido de su hermana. El resto de la familia tenía un pase, aunque seguro que su madre ya se habría bebido alguna copa de más, pero aquellos dos hombres le revolvían las tripas. Como Chris se liaba los cigarrillos, tenía que parar para fumar, y eso era lo que había salvado la vida de aquella chica.
La levantó con cuidado, la apoyó contra su pierna y le quitó suavemente el pelo de la cara. Unos ojos verdes, llenos de pánico, se clavaron en él. Los sollozos cesaron, pero la chica seguía temblando como las hojas de un álamo.
—Todo está bien —dijo Chris—, no le voy a hacer nada. No tenga miedo.
Ella asintió, tragó, se esforzó por dominar su agitada respiración.
—¿Tiene un pañuelo? —preguntó entonces.
Chris rebuscó en los bolsillos del pantalón y encontró uno de papel. Ella se sonó con fuerza y se secó las lágrimas de la cara.
—Ha sido espantoso —murmuró—. Estaba loco, completamente ido. Tendría que haberme dado cuenta. Ha sido una insensatez dejarlo subir.
—Es usted taxista, ¿no?
Simone asintió.
—En realidad, estudio —añadió—. Es un trabajillo, nada más.
Chris notó que era increíblemente menuda y delgada. La cara muy pálida con la nariz algo respingona le daba el aspecto de una niña desnutrida. Parecía inteligente y enérgica, aunque en aquel momento estaba desconsolada, al borde de la histeria.
—Deberíamos encontrar un teléfono —le dijo—, hay que llamar a la policía. Será más fácil pillarlo mientras siga en el taxi.
—Quiero irme a casa.
—Claro. Pero primero tenemos que llamar a la policía. ¿O quiere que se escape?
La ayudó a ponerse de pie con cuidado.
—Quiero irme a casa —repetía ella sin cesar.
—La llevaré a casa. Pero primero llamaremos a la policía. No querrá que le haga a otra mujer lo que casi le ha hecho a usted, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza y apretó la mano de Chris mientras lo seguía en dirección al coche. Se paró un momento y miró el campo otoñal, cada vez más envuelto en la oscuridad de la noche.
—Ahora ya estaría muerta —dijo en voz baja—, estoy segura de que ahora ya estaría muerta.
A Chris también le parecía bastante probable, pero dijo animado:
—Yo diría que su ángel de la guarda sabe lo que se hace. ¿Cómo se llama usted?
—Simone.
—Yo soy Chris. Simone, ahora llamaremos a la policía para darles su número de taxi. Igual quieren que vaya a comisaría para facilitarles una descripción del delincuente, pero intentaremos que lo dejen para mañana. Y luego la llevaré a casa.
—Está bien. —Parecía algo más tranquila. Entonces cayó en la cuenta de un detalle—. Yo vivo en Munich, pero está claro que usted iba en la dirección contraria. No quiero…
Él abrió la puerta del coche.
—No se preocupe. No tengo nada importante que hacer. En cualquier caso, nada agradable. En cierta manera, usted también me hace un favor.
Era cierto. Ya no tendría que ver a su padre ni dar la mano a su odioso cuñado recién estrenado. Y nadie, ni siquiera la fiera corrupia de Felicia, podría criticarlo. Por un segundo lamentó decepcionar a Alex. Pero ¿por qué se había dejado cazar por aquel explotador de Leonberg? Nunca lo entendería.
2
La noche era clara y fría, con el cielo lleno de estrellas como una bóveda altísima; alrededor olía a humedad, a setas y hojas, a bayas y corteza mojada. El aroma de una noche de invierno. Alexandra se apoyó en el coche de Markus Leonberg, contenta de haberse escapado del trajín. La boda se había celebrado en la casa de su abuela. Por la tarde habían estado fuera, en la gran terraza, y luego habían cenado dentro, a la luz de las velas y con música de fondo. Alexandra y Markus habían presidido la mesa, flanqueados por los padres de la novia, Andreas y Belle. Alexandra no había dejado de observar nerviosa a su madre, que había buscado consuelo ya en el jerez del aperitivo de bienvenida, antes del enlace. Aunque a lo largo de la tarde se había ido tranquilizando, un observador atento habría notado que se sentía desgraciada. Andaba peleándose otra vez con una dieta de adelgazamiento que, además de no funcionar, la hacía estar más inquieta y temblorosa.
Chris no se había presentado y, para el postre, Alexandra había dejado de contar con que apareciese. Sabía que su hermano no podría estar todo el tiempo debido a aquel trabajo con el catedrático, pero había dicho que iría por la noche. Por mucho que no soportara a Markus y estuviese enemistado con su padre, no era propio de él escaquearse.
Hacía un cuarto de hora que Markus le había susurrado al oído que mejor se iban y dejaban que los demás continuaran la celebración, así que, mientras él iba en busca de las llaves del coche, Alexandra salió a toda prisa con la esperanza de escapar antes de que alguien lo notase. No quería algarabías ni que los llenasen de arroz o confeti y les hiciesen comentarios picantes para desearles entre sonrisitas una «Happy Honeymoon». El día había sido largo y fatigoso, y ansiaba estar a solas con Markus.
Alexandra se envolvió mejor en el chal de punto. Era asombroso el frío que podía hacer después de un día de calor. Había renunciado a un traje de novia clásico, con velo y cola, y se había comprado un vestido de verano largo en color crema; la falda, de mucho vuelo, le llegaba hasta los tobillos, las mangas eran abullonadas y el cuerpo muy escotado. Su larga melena caía como un oscuro velo hasta la cintura.
—Pareces una Flower Power Girl de California —le había dicho Felicia con desaprobación—. ¿A qué viene ese trapo? Un traje elegante habría sido mucho mejor.
Alexandra se había encogido de hombros. Solo faltaba que Felicia decidiese también lo que se ponía. Ya había montado suficiente lío intentando imponer su voluntad en lo referente a la boda. Markus casi saltó a las barricadas cuando supo por Alexandra que su abuela había exigido un acuerdo de separación de bienes antes del matrimonio.
—¡No puede ser verdad! ¿Y a ella qué le importa? ¿Qué quiere? ¿Que fijemos ahora las condiciones contractuales de nuestro posible divorcio?
—Dice que ella estuvo casada dos veces y que sabe de qué habla —contestó Alexandra con cautela—. Tal vez la propuesta no sea tan absurda. No creo que vaya nada mal entre tú y yo, pero, si las cosas se tuercen, empezar entonces a dividir sería una lata.
Markus la miró profundamente herido, pero creía a ojos vista que era solo que Alexandra no tenía fuerzas para oponerse a Felicia, y aceptó apretando los dientes. Tenía a su prometida, de rostro delicado y larga melena, por una muchacha romántica, y no se le habría pasado jamás por la cabeza que tras su despejada frente pudiera esconderse un gran sentido de la realidad y una capacidad extraordinaria para el cálculo desapasionado. Alexandra opinaba que tampoco hacía falta que se enterase y se calló que, aunque la intromisión le había sentado como un tiro, consideraba la propuesta de Felicia muy inteligente.
Después la abuela había insistido en que la víspera de la boda Alexandra llevase sus cosas a la villa que Markus tenía en el barrio de Bogenhauser y luego volviera a Breitbrunn a pasar la noche. A Alexandra aquello le pareció demasiado convencional, pero cedió. Tampoco le corría prisa mudarse a su nuevo domicilio en Munich. Todo había ido muy rápido. Le faltaba el aire, como si hubiese corrido los cien metros lisos.
—¿Markus? —preguntó al oír pasos. Pero bajo el haz luminoso de la farola junto a la que estaba apareció otro hombre—. ¡Ah, Dan, eres tú! —exclamó sorprendida.
Daniel Liliencron, el hijo de uno de los mejores amigos de Felicia, un abogado treintañero con fama de pleitear sin escrúpulos, ganar muchísimo dinero y ser objeto de la persecución implacable de las mujeres. A primera vista, Markus Leonberg y él se parecían, al menos en lo que se refería al carácter y las circunstancias vitales, pero lo cierto es que los separaba un mundo. Tras la ambición de Leonberg, tras su a menudo criticada falta de escrúpulos en los negocios, había un espíritu herido, atormentado, alguien que siempre había anhelado establecer un vínculo con otra persona y no lo había conseguido. A Dan Liliencron, por el contrario, nadie lo había herido. Se sentía seguro de sí mismo, era optimista, muy inteligente y joven, y quería llevar su vida al límite… en cuanto a dinero, profesión y mujeres. Se comportaba con despreocupación e indolencia, como quien, en lo más profundo de su ser, no concibe que pueda pasarle algo malo. En ese aspecto, Leonberg y Liliencron eran como la noche y el día. Markus barruntaba la calamidad a cada segundo y su vida giraba en torno a acumular suficiente dinero para sentirse seguro.
—He visto que salías —dijo Dan— y como no he conseguido hablar contigo a solas en todo el día… —Dejó la frase en el aire, como
