Fragata Cochrane

Andrés Valenzuela Donoso

Fragmento

I

I

La guerra afecta la vida de maneras particulares.

Nunca para bien.

Es lo que piensa el capitán Enrique Simpson en la torre de mando de su buque, la fragata blindada Cochrane. De cuarenta y pocos años, no muy alto y de semblante sereno, lleva la barba frondosa, el cabello peinado hacia atrás y viste su uniforme naval de diario. Considera que no necesita vestirse de parada.

Son las nueve de la mañana de un día de marzo de 1879, el sol brilla en el cielo despejado y la temperatura va en aumento. En cubierta todo es un frenético caos, en una carrera contra el tiempo para poner el barco a punto.

Se oyen gritos, chiflidos, órdenes y un sinfín de conversaciones en distintos acentos del español, retazos de inglés, francés, griego, italiano y otras lenguas, mientras se amontonan y ordenan pertrechos, víveres, armamento y munición.

Especial cuidado se tiene con los saquetes de pólvora negra que se utilizan para la detonación en el disparo de las baterías de cañones, inflamables y volátiles, los que son puestos de inmediato en la santabárbara del buque junto a las granadas.

A su izquierda, el capitán puede ver el puerto de Valparaíso que se recorta con sus cerros cuajados de casas, chozas y construcciones de diversa entidad. Abajo, en la bahía, está el resto de la escuadra chilena en un trance similar al que se lleva a cabo a bordo del Cochrane.

Se respira tensión en el ambiente. La guerra se veía venir. Hace años, incluso.

Pero nunca es lo mismo cuando llega.

En la Escuela Naval decían que todo eso que está pasando es el destino de un marino, pero para él ser marino es mucho más que matar y morir por la bandera. Es servir a la patria, claro, pero de mejores maneras. Como esos viajes que hizo por el mar que tanto ama, por ese norte árido y vasto donde ahora debe partir a la guerra, o por los recónditos archipiélagos del sur, de donde levantó mapas para hacer de la navegación algo más seguro.

Es servir a la patria, claro, pero de mejores maneras. Nota que hay alguien a su lado. Se vuelve y sonríe.

—Teniente Souper —dice.

—Capitán Simpson —responde el interpelado, que se cuadra y le hace el saludo militar

El teniente Manuel Souper tiene unos veinticinco años, es alto, delgado, de piel clara, cabellos cobrizos y ojos azules. Viste su uniforme naval con elegancia.

El capitán Simpson amplía la sonrisa.

—Como que usted nació para esto, ¿no? —le dice—. Todo un linaje naval para terminar aquí, embarcado en una nave de combate, listo para entrar en acción.

El teniente Souper en principio no dice nada.

—Podría decir lo mismo de usted, capitán —espeta por fin.

Porque hay algo de cierto en lo que le acaban de decir, pero no es que le haga mucha gracia.

Su padre y su abuelo fueron marinos, es verdad, pero eso no significa que él tenga las mismas inclinaciones.

O no del mismo modo, al menos.

Porque si bien es verdad que el inicio de la guerra con Perú y Bolivia aceleró la carrera militar y naval de muchos, eso no quiere decir que sea algo bueno. Siempre ha sido un convencido de las ventajas que tienen las naciones de América del Sur por compartir muchas cosas, partiendo por el idioma común. Permite entenderse, algo tan básico.

Es el escenario ideal para crear alianzas y así pararse ante los viejos invasores de Europa de igual a igual, comerciar con ellos, engrandecer las economías locales y abogar por una vida más próspera para todos. Por desgracia, el historial republicano del continente no ha ido en esa dirección.

Y para peor, los viejos invasores siguen metiendo las garras, ahora jugando al ajedrez de manera solapada con los nacientes Estados y además con nuevos villanos invitados al festín.

En el caso puntual de la guerra que parten a pelear, están los británicos, que vendrían a ser los aliados, pero que tienen infiltrado hasta el servicio secreto por ser dueños de buena parte de las salitreras. Fue por eso que empezó toda esta locura. Y en la vereda de enfrente están los Estados Unidos, queriendo erigirse como los nuevos garantes del continente, cuando lo que buscan es conseguir una posición hegemónica frente a sus antiguos colonos, con los barcos de la marina de guerra del Perú mediante.

Pero ya está, la guerra es una realidad.

Hay que partir al norte a ganarla lo más rápido posible.

Si bien sus cuestionamientos son un hecho, y vaya que le han traído problemas con la oficialidad cuando se le escapan, su lealtad a la causa no admite duda alguna.

—Que si le pasa algo, teniente —escucha que le dice el capitán una vez más—. Se quedó como pegado.

—No es nada —replica Souper—. Solo pensaba en lo que se nos viene. Aparejos listos, máquinas dispuestas, tripulación en sus puestos. Todo listo para zarpar, capitán.

El capitán Enrique Simpson da una última mirada al puerto de Valparaíso.

—Solo espero verte de nuevo —susurra.

Se acomoda la gorra y se vuelve al teniente Souper.

—Movamos el barquito, entonces —dice—. Dé orden de zarpar. Ordene a los timoneles poner curso al punto de reunión. Nos toca llevarnos a la Chacabuco cerrando columna. El Blanco Encalada se lleva a la O’Higgins en la punta y toda la demás gente va al medio.

El teniente Souper se cuadra y se vuelve hacia alguien que, a su vez, esperaba fuera de la torre de mando junto a unas escaleras.

—Contramaestre —dice el teniente Souper mientras el interpelado se cuadra, le hace el saludo militar y baja por las escaleras hacia la cubierta del barco donde la actividad sigue bullendo. A su paso todo el mundo se detiene y se pone firme.

Aquello es una de las pocas cosas que le sigue gratificando de llevar el uniforme naval al contramaestre de la fragata blindada Cochrane Marcos Salgado. Alto, fornido, de cabellos entrecanos y con un grueso bigote poblando su rostro ancho y curtido, a sus cuarenta y cuatro años tiene el aspecto de haber visto demasiado para su edad.

Sabe que, de los doscientos hombres de la tripulación, los que integran la marinería lo respetan por su calidad humana más que por los rangos, e incluso los jóvenes tenientes y guardiamarinas lo tratan con admiración.

A pesar de que no tiene hijos, ve a todos esos hombres con un afecto paternal. Sin embargo, hace ya un tiempo, con los vientos de guerra que soplaban en el norte, supo que podía darse la trágica circunstancia que le mueve a estar ahí.

No es que ya no le guste ser marino o hacerse a la mar, sino la razón por la que hay que hacerlo esta vez.

Con más de veinte años en la Armada chilena, estuvo en Valparaíso para el bombardeo en el que la escuadra española lo redujo a escombros. Se enfrentó a esos buques hostiles junto a hombres valiosos con los que se hermanó en combate. Los mismos que ahora son el enemigo. Crueles ironías de la vida: Chile y Perú fueron aliados en esa guerra contra España hace menos de quince años.

Continúa caminando en dirección a la popa hasta que se detiene frente a un grupo de unos treinta hombres que visten un uniforme distinto al de los marineros, con guerreras y quepís azules, más parecidos a los del Ejército.

Están de pie, con fusiles Comblain colgados al hombro y esperando órdenes.

El contramaestre se para delante del grupo:

—¿Son el contingente del regimiento de artillería de marina que nos asignaron? —pregunta—. ¿Dónde está su sargento u oficial a cargo?

—Se fueron —dice un soldado—. Dijeron que mejor mandaran a la guerra a su abuela.

Los demás se ríen por lo bajo.

El contramaestre frunce el ceño y escruta al grupo.

—Así que tenemos un payasito aquí —dice, aunque sin real molestia—. ¿Además de payasito, se va a esconder entre sus colegas o...?

Un soldado emerge del grupo, se pone firme y hace el saludo militar.

—Soldado Hugo Salvo, mi contramaestre —dice con una dicción poco prolija—. De artillería de marina de Chile, mi contramaestre.

El contramaestre examina al soldado frente a él. Tiene veintidós años, es esmirriado y ocupa un uniforme al menos una talla más grande. Lleva el cabello cortado al rape bajo el quepí y la suya es una cabeza de forma poco regular. Tiene brazos y piernas larguiruchos, rostro chupado con ojos de mirada vivaz, nariz ganchuda y risa a flor de labios.

—A ver, payasito —escruta el contramaestre—. ¿De dónde viene y cuál es su gracia?

El soldado Hugo Salvo se vuelve con teatralidad y mira hacia el puerto.

—Vengo de la ciudad más linda del planeta —responde sonriendo—. Podrá parecer una letrina, pero es mi puertito querido.

El contramaestre Salgado vuelve a recordar el bombardeo español que destruyó Valparaíso y un pinchazo de amargura lo invade, pero no le hace caso.

—Y mi gracia —continúa el soldado—, es que me voy a pelear esta guerra para después tener algo que contar, mi contramaestre. Bueno, además soy músico.

El contramaestre se le queda mirando.

—Esto no es ningún juego —señala—. Las cosas se van a poner bien feas y...

—Y lo tengo más que claro —lo corta el soldado—. Toda mi vida quise ser marino y por lo mismo me enrolé con diecinueve años. Anduve por allá por el sur embarcado en la cañonera Magallanes y ahora la guerra me trajo aquí, a seguir acumulando recuerdos.

El contramaestre tuerce la boca en una mueca.

—Allá en el sur, en la Magallanes, nadie te estaba disparando —espeta—. Pero ya veremos. Mejor cuenta eso de que eres músico.

El soldado se vuelve a la pila de equipaje de la tropa que está a un costado y busca algo.

Coge un vetusto violín con un arco gastado, hace una reverencia y acto seguido se pone a tocar un marchoso tondero norteño típico del Perú.

El contramaestre lo observa, atónito.

—¡Chilenos conchudos! —canturrea el soldado Salvo con excelente acento peruano—. Al fondo del mar los vamos a mandar.

El resto de la tropa aplaude y vitorea encantada, lo que llama la atención de parte del resto de la tripulación que alcanza a escuchar. El soldado termina la interpretación y vuelve a hacer una reverencia ante el aplauso de sus compañeros. Luego se queda mirando al contramaestre.

—¿Quería conocer mi gracia?

El contramaestre lo queda mirando fijo y el soldado adopta una expresión seria.

—Yo no odio a los peruanos —reconoce—. Incluso conocí a un par aquí en Valparaíso y eran rebuena gente. Solo son el enemigo de turno. Nada que hacerle.

El contramaestre no sabe bien cómo tomarse los dichos del soldado y solo espera que los demás no sean todos iguales.

El soldado asiente.

—Todo esto es una locura —espeta—. Pero sepa que puede contar con nosotros.

Sus dichos son secundados por los demás hombres, que chiflan y gritan vivas. Al contramaestre Salgado la declaración le resulta suficiente como para dejar hasta ahí el encuentro con la dotación de artillería de marina asignada al Cochrane.

Da un par de instrucciones a la tropa para que se acomode en el barco y luego camina por la cubierta en dirección a popa. Entonces se lo topa e intenta hacer como que no lo ve. Por un momento lo pierde de vista, aunque sin saber bien cómo, de pronto lo tiene delante.

De unos treinta y cinco años, no muy alto y bastante gordo, tiene la cara redonda, los cabellos lacios y pajizos y una expresión no muy despierta. Lleva el uniforme naval bastante desordenado y más parece que estuviera despertando de una siesta que a punto de pelear una guerra.

—¿Qué pasa ahora, marinero? —dice a la pasada el contramaestre Salgado—. Necesito dar un par de órdenes para movernos.

El marinero se le cuadra.

—Marinero Anastasio Subiabre, mi contramaestre —dice, imitando al soldado Salvo—. Simpáticos los milicos de artillería de marina. Al menos vienen con ánimo. Vamos a ver cómo andan en tres semanas más aquí arriba del barco.

—No se pase, marinero —le dice, severo—. Sé que hacen bien su pega y ahora los vamos a necesitar más que nunca, pero...

—¿Hacer bien nuestra pega? —dice el marinero—. Sin nosotros, los artilleros, que ponemos la bala donde corresponde, esto no sería más que un velerito de paseo. Y no creo que esos otros hueones, por creerse la gran cosa, vayan a...

—Marinero Subiabre —corta el contramaestre—, cualquier problema entre los artilleros y los timoneles me tiene sin cuidado, y al enemigo también. Ya le dije que tengo que dar órdenes.

—Pero si no me ha dejado hablar, señor —lo interrumpe el marinero—. Con los chiquillos necesitamos saber si vamos a tener o no la munición Palliser. Porque si pretendemos enfrentarnos a blindados como el Huáscar o la Independencia sin eso, va a estar difícil.

El contramaestre reconoce el punto. La granada Palliser con capacidad perforante es lo único que sirve para darles a los buques blindados enemigos. El manejo de la guerra ha sido malo desde el comienzo, pero ahora, ya embarcados, la cosa es distinta. Y si bien la extravagancia de gente como el artillero Anastasio Subiabre no es algo que le agrade, también le reconoce el otro punto: si no ponen la granada donde corresponde, como dice, va a ser difícil.

—No hay problema, jefe —concluye Subiabre—. Era para que lo tuviera presente. Usted siga bailando sus tonderos. Como suele ser, haremos lo que se pueda.

El marinero suelta una risotada y se va bailando un tondero imaginario.

El contramaestre Salgado bufa con

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