El último judío

Christopher Paolini
Noah Gordon

Fragmento

primera parte

El primer hijo

Toledo, Castilla 23 de agosto de 1489

El hijo del platero os malos tiempos empezaron para Bernardo Espina un día en que el aire era tan pesado como el hierro y los arrogan tes rayos del sol caían como una maldición. Aquella mañana su habitualmente abarrotado dispensario estaba casi vacío cuando una mujer embarazada rompió aguas, por cuyo motivo él rogó a los dos pacientes que quedaban que tuvieran la bondad de retirarse. La mujer ni siquiera era paciente suya, sino que había acompañado a su anciano padre a ver al médico a causa de una tos persistente. La criatura era su quinto vástago y vino al mundo sin demora. Espina recibió en sus manos el resbaladizo y rosado varón y, cuando le dio unas palmadas en las menudas nalgas, el delicado llanto del pequeño y vigoroso peón fue acogido con vítores y risas por parte de los que aguardaban fuera.

El alumbramiento elevó el ánimo de Espina en una falsa promesa de día afortunado. Aquella tarde no tenía nada que hacer y estaba pensando en llenar un cesto con dulces y una botella de vino tinto e irse con su familia a la orilla del río, donde los niños podrían chapotear en el agua y él y Estrella se sentarían a la sombra de un árbol, donde beberían vino mientras tomaban un bocado y conversaban tranquilamente.

Estaba terminando de atender a su último paciente cuando un hombre envuelto en las pardas vestiduras propias de un novicio entró a lomos de un asno que parecía a punto de derrumbarse por el excesivo esfuerzo que le habían obligado a hacer en un día tan caluroso como aquel.

Sin apenas poder contener su nerviosismo, el hombre dijo

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noah gordon entre tartamudeos que el padre Sebastián Álvarez, del priorato de la Asunción, requería la presencia del señor médico.

—El prior desea que acudáis allí de inmediato.

El médico comprendió que el hombre sabía que él era un converso. Sus palabras estaban envueltas en la deferencia debida a su profesión, pero el tono era insolente, casi rayano —aunque no del todo— en el que hubiera utilizado para dirigirse a un judío cualquiera.

Espina asintió con un gesto y se encargó de que dieran agua al asno en pequeñas cantidades y ofrecieran al hombre comida y bebida. Por su parte, alivió la vejiga como medida de precaución, se lavó el rostro y las manos y comió un mendrugo. El novicio aún estaba dando cuenta de su refrigerio cuando Espina salió a caballo para acudir a la llamada.

Su conversión se había producido once años atrás. Desde entonces, había sido un fervoroso practicante de su nueva religión, celebraba las festividades de todos los santos, asistía a misa a diario en compañía de su mujer, y siempre estaba dispuesto a servir a la Iglesia. En ese momento se había puesto en camino sin dilación para responder a la llamada del clérigo, pero lo hacía a un ritmo lo bastante pausado como para no fatigar a su montura bajo aquel sol de justicia.

Llegó al priorato a tiempo para oír el líquido sonido de las campanas llamando a los fieles al rezo del ángelus de la Encarnación y ver a cuatro sudorosos hermanos legos llevando el cesto de pan duro y la caldera de la sopa boba que constituiría la única comida del día para los indigentes congregados a la puerta del priorato.

Encontró al padre Sebastián paseando por el claustro, enfrascado en una conversación con fray Julio Pérez, el sacristán de la capilla. La seriedad de sus rostros fue captada de inmediato por Espina.

«Sorprendido» fue el adjetivo que acudió a la mente del médico Bernardo Espina al ver que el prior despedía al sacristán y a él lo saludaba sombríamente en nombre de Cristo.

—Se ha encontrado el cadáver de un joven entre nuestros olivos.

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el último judío —¿Hay alguna evidencia de que sufriera alguna enfermedad, reverendo padre?

—El joven ha sido asesinado —contestó el sacerdote.

Era un hombre de mediana edad y expresión crónicamente inquieta, como si temiera que Dios no estuviera satisfecho de su obra. Siempre había sido honrado en sus relaciones con los conversos.

Espina asintió lentamente con la cabeza, pero en su mente ya sonaba una señal de alarma. En un mundo tan violento como aquel, era lamentablemente frecuente encontrar algún muerto; pero, cuando la vida ya se ha ido, no hay ninguna razón para llamar al médico.

—Venid.

El padre prior lo acompañó a la celda de un fraile en la que habían depositado el cadáver. El calor ya había atraído a las moscas y favorecido la aparición del hedor dulzón característico de la mortalidad humana. Con un estremecimiento, Bernardo Espina reconoció el rostro y se santiguó sin saber si su reacción había sido por el joven judío asesinado, por sí mismo, o si se había debido a la presencia del clérigo.

—Quisiéramos saberlo todo de esta muerte. —El sacerdote lo miró fijamente—. Al menos, cuanto sea posible —concretó el padre Sebastián mientras Bernardo asentía con la cabeza, todavía perplejo.

Algunas cosas ambos las sabían ya desde un principio. —Es Meir, hijo de Helkias Toledano —dijo Bernardo.

El sacerdote asintió.

El padre del muchacho asesinado era uno de los me jores plateros de toda Castilla.

—El mozo tenía apenas quince años, si la memoria no me engaña —dijo Espina. En cualquier caso, su vida acababa de rebasar la infancia. Trató de respirar superficialmente para no percibir los malolientes efluvios, pero de nada le sirvió. Bajo la manta que cubría su modestia, el joven y vigoroso cuerpo solo estaba cubierto por una camisa—. ¿Así lo hallaron?

—Sí. Lo encontró fray Angelo que estaba recogiendo aceitunas en la frialdad del alba, después de maitines.

—¿Me permitís que lo examine, padre prior? —preguntó Espina.

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El prior hizo un impaciente gesto con la mano.

El inocente rostro del muchacho no presentaba ninguna señal de violencia. Se veían unas moradas magu lladuras en los brazos y el pecho, unas manchas en los múscu los del muslo, tres puñaladas superficiales en la espalda y un corte en el lado izquierdo, por encima de la tercera costilla. El ano estaba desgarrado y había restos de esperma en las nalgas y unas brillantes gotas de sangre sobre la garganta cortada.

Bernardo conocía a su familia, unos devotos y obstinados judíos que aborrecían a los que, como él, habían decidido abandonar la religión de sus padres.

Una vez finalizado el examen, el padre Sebastián le pidió al médico que lo acompañara al sacellum, donde ambos cayeron de hinojos sobre las duras baldosas del suelo delante del altar para rezar el padrenuestro. De un armario situado detrás del altar el padre Sebastián sacó un pequeño estuche de madera de sándalo. Lo abrió y tomó un cuadrado de seda escarlata intensamente perfumado. Cuando lo desdobló, Bernardo Espina vio un seco y descolorido fragmento de menos de media cuarta de longitud.

—¿Sabéis lo que es eso?

El clérigo pareció ofrecerle el objeto a regañadientes. Espina se acercó a la trémula luz de las lámparas votivas.

—Un fragmento de hueso humano, padre prior.
—Sí, hijo mío.

Bernardo se encontraba en un angosto e inseguro puente, tambaleándose al borde de un traicionero abismo de conocimientos adquiridos en el transcurso de largas y secretas horas junto a la mesa de disección. La Iglesia prohibía la disección y la consideraba un pecado, pero Espina era todavía judío cuando trabajaba como auxiliar de Samuel Provo, un renombrado médico judío que practicaba constantemente la disección en secreto. Miró directamente a los ojos del prior.

—Un fragmento de fémur, el hueso más largo del cuerpo. Este fragmento corresponde a la parte cercana a la rodilla. —Estudió el trabado hueso, tomando nota de su masa, de la escuadración, de sus características y de las fosas—. Pertenece a la pierna derecha de una mujer.

—¿Podéis establecer todo eso por medio de un simple examen?

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el último judío —Sí.

La luz de las velas confería un color amarillento a los ojos del prior.

—Es el eslabón más sagrado que nos une al Salvador.

Una reliquia.

Bernardo Espina contempló el hueso con interés. Nunca hubiera imaginado poder estar algún día tan cerca de una sagrada reliquia.

—¿Es el hueso de una mártir?
—Es el hueso de santa Ana —contestó el prior en voz baja. Espina tardó un momento en comprenderlo. ¿La madre de la Virgen María?

«No es posible», pensó, pero inmediatamente se horrorizó al darse cuenta de que había expresado su pensamiento en voz alta.

—Sí, lo es, hijo mío. Certificado por aquellos que tratan de estos asuntos en Roma y enviado a nosotros por Su Eminencia el cardenal Rodrigo Lancol.

La mano de Espina que sostenía el hueso tembló de una forma un tanto extraña en alguien que durante muchos años había sido un buen cirujano. El médico devolvió el hueso al clérigo con reverencia y volvió a arrodillarse. Santiguándose rápidamente, se unió al padre Sebastián en una nueva plegaria.

Cuando más tarde volvió a salir a la calurosa luz del día, Espina reparó en la presencia de unos hombres armados que no parecían frailes en el recinto del priorato.

—¿Anoche no visteis al mozo cuando todavía estaba vivo, padre prior?

—No lo vi —contestó el padre Sebastián, y acto seguido procedió a explicarle por qué razón lo había mandado llamar—. Este priorato había encargado al platero Helkias un relicario de plata y oro repujados. Tenía que ser un singular relicario en forma de ciborio para albergar nuestra sagrada reliquia durante los años que tardaremos en costear y construir un templo apropiado en honor de santa Ana.

»Los dibujos del artesano eran soberbios y permitían adivinar que la obra terminada sería digna de cumplir tan alta función.

»El mozo hubiera tenido que entregarnos el relicario ano

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noah gordon che. Cuando se encontró el cuerpo, a su lado había una bolsa de cuero vacía.

»Puede que los que mataran al chico fueran judíos, pero también cabe la posibilidad de que fueran cristianos. Vos sois médico y tenéis acceso a muchos lugares y a muchas vidas, sois cristiano y también judío. Quiero que descubráis la identidad de los asesinos.

Bernardo Espina procuró disimular su indignación ante la insensible ignorancia de aquel clérigo, que pensaba que un converso era bien recibido en todas partes.

—Puede que yo sea la persona menos indicada para cumplir este propósito, reverendo padre.

—Aun así, quiero que lo hagáis. —El sacerdote lo miró con obstinación y con la implacable amargura propia del que ha abandonado todas las comodidades terrenas para apostarlo todo por el mundo futuro—. Tenéis que encontrar a estos ladrones asesinos, hijo mío. Tenéis que decirles a nuestros demonios que es muy posible que decidamos combatirlos por todos los medios. Tenéis que lle var a cabo la obra de Dios.

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El don de Dios l padre Sebastián sabía que fray Julio Pérez era un hombre de fe intachable que hubiera sido elegido sin duda para gobernar el priorato de la Asunción en caso de que él tuviera que abandonarlo debido a la muerte o a la necesidad. Pero el sacristán de la capilla tenía un defecto: era demasiado ingenuo y confiado. El padre Sebastián estaba preocupado porque, de entre los seis soldados que fray Julio había contratado para que vigilaran el perímetro del priorato, solo tres eran conocidos suyos o del propio fray Julio.

El clérigo sabía muy bien que el futuro del priorato, por no mencionar el suyo propio, dependía del pequeño estuche de madera que se conservaba en la capilla. La presencia de aquella reliquia lo llenaba de gratitud y de renovado asombro, pero acrecentaba al mismo tiempo su inquietud, pues el hecho de tenerla bajo su custodia era un alto honor que acarreaba una terrible responsabilidad.

Cuando era un muchacho de apenas doce años en Valencia, Sebastián Álvarez había visto algo en la reluciente superficie de una negra jarra de loza. La visión —pues eso lo había considerado él a lo largo de toda su vida— se le había presentado en mitad de una aterradora noche, cuando despertó en el dormitorio que compartía con sus hermanos Agustín y Juan Antonio. Contemplando la negra jarra de loza en la estancia iluminada por la luz de la luna, vio a Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. Pero tanto la figura del Señor como la cruz eran amorfas y vagas. Tras haber contemplado la visión, volvió a sumirse en un cálido y placentero sueño; cuando despertó a la mañana si

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noah gordon guiente, la visión había desaparecido, pero el recuerdo perduraba incólume en su mente.

Jamás había revelado a nadie que Dios lo había elegido para recibir aquella visión. Sus hermanos mayores se hubieran burlado y le hubieran dicho que había visto la luna llena reflejada en la jarra. Su padre, un barón que, por la extensión de sus tierras y la altura de su linaje, se consideraba con derecho a comportarse como un bruto, lo hubiera molido a palos por su necedad. Por otra parte, su madre era una figura sumisa que vivía atemorizada por su esposo y raras veces hablaba con sus hijos.

Sin embargo, a partir de la noche de aquella visión, Sebastián tuvo muy claro cuál iba a ser su misión en la vida y puso de manifiesto una devoción tan grande que su familia no tuvo más remedio que entregarlo al servicio de la Iglesia.

Tras la ordenación, había aceptado cumplir humildemente distintas tareas de poca monta. Seis años después de su ordenación, la creciente prosperidad de su hermano Juan Antonio le fue muy beneficiosa. Su hermano Agustín había heredado el título y las tierras de Valencia, pero Juan Antonio había contraído unas ventajosas nupcias en Toledo y la familia de su esposa, los poderosos Borgia, se había encargado de que Sebastián fuera asignado a la sede de Toledo.

Sebastián fue nombrado capellán de un nuevo priorato de jerónimos y ayudante del prior, el padre Jerónimo Degas. El priorato de la Asunción era extremadamente pobre. No poseía más tierras que el minúsculo terreno en el que se levantaba su edificio, pero tenía arrendado un olivar y Juan Antonio permitía por caridad que los frailes plantaran vides en las estrechas franjas de los confines de sus tierras. El priorato recibía muy poco dinero en donaciones por parte de Juan Antonio o de otros, y no atraía a la vida del sagrado ministerio a ningún novicio de familia acaudalada.

Sin embargo, a la muerte del padre Jerónimo Degas, Sebastián Álvarez había sucumbido al pecado de orgullo al ser elegido prior por los frailes, por más que él sospechara que semejante honor se le había otorgado por ser hermano de quien era.

Los primeros cinco años de gobierno del priorato rebajaron su orgullo y minaron su espíritu. No obstante, a pesar de las

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el último judío opresivas penurias, el sacerdote se atrevía a soñar. La gigantesca orden cisterciense había recibido el impulso de un puñado de fervorosos hombres más pobres que sus propios frailes. Cuando una comunidad contaba con sesenta monjes cistercienses de blanco hábito, doce de ellos eran enviados a fundar un nuevo monasterio y, de esta manera, habían logrado extenderse por toda Europa en nombre de Jesús. El padre Sebastián pensaba que su modesto priorato podría hacer lo mismo si Dios se dignara mostrarle el camino.

En el año del Señor de 1488, un visitante de Roma llenó de entusiasmo al padre Sebastián e infundió nuevo vigor a la comunidad religiosa de Castilla. El cardenal Rodrigo Lancol tenía raíces españolas, pues su verdadero nombre era el de Rodrigo Borgia y había nacido en Játiva. De joven había sido adoptado por su tío el papa Calixto III y, al llegar a la edad adulta, se había convertido en un hombre temible que ostentaba un inmenso poder dentro de la Iglesia.

La familia Álvarez era desde hacía mucho tiempo amiga y aliada de los Borgia y los fuertes lazos entre ambas estirpes se habían reforzado con el matrimonio de Leonor Borgia con Juan Antonio. Gracias a su relación con los Borgia, Juan Antonio se había convertido en una figura popular en la corte y decían que era un favorito de la reina. Leonor era prima hermana del cardenal Lancol.

—Una reliquia —le había dicho Sebastián a Leonor. No soportaba tener que pedirle nada a su cuñada, a la que aborrecía por su vanidad, su hipocresía y su temperamento rencoroso cuando se enojaba—. Si Su Eminencia pudiera ayudar al priorato a conseguir tan preciada prenda, sería nuestra fortuna. Estoy seguro de que acudirá en nuestra ayuda si vos se lo pedís.

—Pero yo no puedo hacer tal cosa —protestó Leonor.

Sin embargo, a medida que se acercaba la visita del cardenal, el servilismo y la insistencia de Sebastián fueron aumentando, y ella acabó por ablandarse. Al final, para librarse de aquella molestia y solo por su marido, Leonor prometió al hermano de Juan Antonio que haría todo lo humanamente posible en favor de su causa. Era bien sabido que el cardenal sería agasajado en la finca que poseía en Cuenca el hermano de su padre, Garci Borgia Júnez.

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noah gordon —Hablaré con el tío y le pediré que lo haga —le prometió a Sebastián.

Antes de su partida de España, el cardenal ofició en la catedral de Toledo una misa a la que asistieron todos los frailes, sacerdotes y prelados de la región. Una vez finalizada la ceremonia, los presentes se congregaron alrededor del cardenal que, con la cabeza cubierta por la mitra, permanecía de pie sosteniendo el báculo en la mano, con el cuello rodeado por el palio que le había entregado el papa. Sebastián le vio de lejos como si contemplara otra visión. Después de la misa, no hizo el menor intento de acercarse al cardenal. Leonor le había dicho que Garci Borgia Júnez ya le había presentado la petición.

Su tío había señalado que los caballeros y los soldados de todos los países de Europa habían pasado por España después de cada una de las grandes cruzadas. Pero, antes de regresar a casa, habían despojado al país de sus sagradas reliquias, desenterrando los huesos de los mártires y los santos, y saqueando a su gusto las reliquias de todas las iglesias y catedrales que encontraron a su paso. Su tío le había dicho amablemente al cardenal Lancol que, si le enviaba una reliquia al clérigo español que era pariente suyo por matrimonio, se ganaría el reconocimiento de Castilla.

Sebastián sabía que la cuestión la dirimirían Dios y los servidores que este tenía designados en Roma.

Los días fueron transcurriendo muy despacio para él. Al principio, se atrevió a imaginar que le enviarían una reliquia capaz de atender las súplicas de los cristianos, sanar a los enfermos y atraer devotos y donaciones desde lejanas tierras. El pequeño priorato se convertiría en un próspero monasterio y el prior sería...

Cuando los días se transformaron en semanas y meses, Sebastián hizo un esfuerzo para apartar a un lado su sueño. Ya casi había perdido las esperanzas cuando fue llamado a la sede de Toledo. Acababa de llegar la valija de Roma que se enviaba a Toledo dos veces al año. Entre otras cosas, la valija contenía un

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el último judío mensaje sellado para el padre Sebastián Álvarez, del priorato de la Asunción.

Era insólito que un humilde sacerdote recibiera un paquete sellado de la Santa Sede. El obispo auxiliar Guillermo Ramero, que se lo entregó a Sebastián, sentía curiosidad y aguardó expectante a que el prior abriera el paquete y revelara su contenido, tal como cualquier sacerdote obediente hubiera hecho. Se puso furioso al ver que el padre Álvarez se limitaba a aceptar el paquete y se retiraba precipitadamente.

Solo cuando estuvo a solas en el priorato Sebastián rompió el sello de cera con trémulos dedos.

El paquete contenía un documento titulado Translatio Sanctae Annae. El padre Sebastián se sentó en una silla, empezó a leer y comprendió que se trataba de la historia de los restos de la madre de la Bienaventurada Virgen María.

La madre de la Virgen, Chana la Judía, esposa de Joaquín, había muerto en Nazareth y estaba enterrada en un sepulcro de allí. Era venerada por los cristianos desde los primeros tiempos. Poco después de su muerte, dos de sus primas, ambas llamadas María, en compañía de un pariente más lejano llamado Maximino, abandonaron Tierra Santa para difundir el Evangelio de Jesús. Su misión se sancionó con la entrega de un cofre de madera que contenía varias reliquias de la madre de la Bienaventurada Virgen María. Los tres cruzaron el Mediterráneo, llegaron a Marsella y las dos mujeres se instalaron en una cercana aldea de pescadores para proclamar el Evangelio. Puesto que la región estaba sometida a frecuentes invasiones, Maximino recibió el encargo de llevar las sagradas reliquias a un lugar más seguro, y el hombre se trasladó a la ciudad de Apt, donde las depositó en un sepulcro.

Los huesos descansaron durante varios cientos de años en Apt. En el siglo VIII fueron visitados por un hombre a quien sus soldados llamaban Carolus Magnus, Carlos el Grande, rey de los francos, el cual se quedó sorprendido al leer la inscripción del sepulcro: «Aquí yacen los restos de santa Ana, madre de la gloriosa Virgen María».

El rey guerrero sacó los huesos del enmohecido sudario

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noah gordon que los envolvía, sintió la presencia de Dios y se impresionó al sostener en sus manos algo que era un eslabón físico con Jesucristo.

Donó varias reliquias a sus amigos más íntimos, se quedó unas cuantas para él y las envió a Aquisgrán. Ordenó que se realizara un inventario de los huesos, envió una copia del mismo al papa y dejó las restantes reliquias al cuidado del obispo de Apt y de sus sucesores.

En el año 800 del Señor, varias décadas después de que su genio militar hubiera conquistado el oeste de Europa, cuando él fue coronado con el nombre de Carlomagno, emperador de los romanos, la efigie bordada de santa Ana destacaba con toda claridad en las vestiduras de su coronación.

Varias décadas atrás, las restantes reliquias de la santa habían sido sacadas de su sepulcro de Nazareth y algunas se habían repartido entre varias iglesias de distintos países. Los tres huesos que quedaban se habían encomendado a la custodia del Santo Padre y llevaban más de un siglo conservadas en las catacumbas romanas. En el año 830, un ladrón de reliquias, un diácono de la Iglesia llamado Duesdona, llevó a cabo un expolio de las catacumbas con el fin de abastecer a dos monasterios alemanes: Fulda y Mühlheim. Vendió los restos de los santos Sebastián, Fabián, Alejandro, Emerenciana, Felicidad, Felicísimo y Urbano entre otros, pero, en su saqueo, se le pasaron por alto los pocos huesos que quedaban de santa Ana. Cuando las autoridades de la Iglesia se percataron de la depravación que se había producido, trasladaron los huesos de santa Ana a un almacén, donde las reliquias se pasaron varios siglos acumulando polvo en la seguridad de su refugio.

Ahora se notificaba al padre Sebastián que le sería enviado uno de aquellos preciados restos.

Sebastián se pasó veinticuatro horas dando gracias de rodillas en la capilla, de maitines a maitines, sin tomar bebida ni alimento alguno. Cuando intentó levantarse, había perdido la sensibilidad de las piernas y los preocupados frailes tuvieron que llevarlo en brazos a su celda. Pero, al final, Dios le devolvió las fuerzas y él llevó la Translatio a Juan Antonio y Garci Bor

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el último judío gia. Comprensiblemente impresionados, estos accedieron a sufragar la confección de un relicario para la conservación de la reliquia de santa Ana, hasta que se pudiera construir una capilla apropiada. Estudiaron los nombres de varios destacados artesanos a quienes se pudiera encomendar la tarea y Juan Antonio sugirió que Sebastián le encargara la realización del relicario a Helkias Toledano, un platero judío, famoso por los originales diseños y la belleza de sus obras.

El platero y Sebastián hablaron de la composición del relicario, negociaron el precio y llegaron a un acuerdo. Al clérigo se le ocurrió pensar cuánto le agradaría ganar el alma del judío para Cristo como consecuencia de aquella obra que exigía el Señor.

Los esbozos que Helkias había presentado revelaban que este no solo era un artesano sino también un artista. La copa interior, la base cuadrada y la tapa tendrían que ser de suave plata maciza. Helkias propuso la colocación de dos figuras femeninas de filigrana de plata. Solo se las vería de espaldas, elegantes y claramente femeninas, la madre a la izquierda y la hija, todavía niña, pero identificada por una aureola alrededor de la cabeza. Sobre el ciborio Helkias colocaría una profusión de plantas, con las que Chana debía de estar familiarizada: racimos de uvas y aceitunas, granadas y dátiles, higos, trigo, cebada y espelta. Al otro lado del cáliz —en representación de los objetos que marcarían el futuro de ambas mujeres—, Helkias labraría en plata maciza la cruz que se convertiría en un símbolo mucho después de la vida de Chana. A los pies de la cruz colocaría un niño labrado en oro.

El padre Sebastián temía que los dos donantes retrasaran la aprobación del diseño y exigieran que se tuvieran en cuenta sus sugerencias, pero, para su gran deleite, tanto Juan Antonio como Garci Borgia se mostraron sumamente impresionados por los dibujos que Helkias había presentado.

En cuestión de pocas semanas, el padre Sebastián comprendió que la inminente prosperidad del priorato ya no era un secreto. Alguien —Juan Antonio, Garci Borgia o el judío— había comentado la existencia de la reliquia. O tal vez alguien de Roma había hablado con imprudencia; a veces la Iglesia era como una aldea.

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Muchos representantes de la comunidad religiosa de Toledo que jamás habían reparado en él, ahora le dirigían miradas rebosantes de hostilidad. El obispo auxiliar Guillermo Ramero se presentó en el priorato e inspeccionó la capilla, la cocina y las celdas de los frailes.

—La Eucaristía es el cuerpo de Cristo —le dijo a Sebastián—. ¿Acaso hay alguna reliquia más poderosa?

—Ninguna, Eminencia —contestó humildemente Sebastián.

—Si se concediera a Toledo una reliquia de la Sagrada Familia, su custodia debería encomendarse a la sede episcopal, y no a una de sus instituciones subordinadas —advirtió el obispo.

Esta vez Sebastián no contestó, sino que miró directamente a los ojos a Ramero sin la menor humildad. El obispo soltó un bufido y se retiró con su séquito.

Antes de que el padre Sebastián se decidiera a comunicarle la trascendental noticia a fray Julio, el sacristán de la capilla se enteró de la nueva a través de un primo suyo que desarrollaba su ministerio sacerdotal en la Congregación del Culto de la diócesis. Sebastián no tardó en comprender que todo el mundo lo sabía, incluidos sus frailes y sus novicios.

El primo de fray Julio dijo que las distintas órdenes se disponían a emprender drásticas acciones en respuesta a la noticia. Los franciscanos y los benedictinos enviaron acerbos mensajes de protesta a Roma. Los cistercienses, cuya principal característica era la devoción a la Virgen María, estaban furiosos por el hecho de que la reliquia de la madre de esta fuera a parar a un priorato de jerónimos y habían encargado a un abogado la defensa de su causa en Roma.

Incluso dentro de la orden de los jerónimos se insinuó que un priorato tan humilde no merecía el honor de custodiar tan importante reliquia.

El padre Sebastián y fray Julio comprendieron que, si algo entorpecía la entrega de la reliquia, el priorato se encontraría en una situación extremadamente delicada, por lo que ambos se pasaban largas horas rezando juntos de rodillas.

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Finalmente, un caluroso día estival, un barbudo y corpulento desconocido envuelto en humildes ropajes se presentó en el priorato de la Asunción. Llegó a la hora del reparto de la sopa boba, que aceptó con tanta ansia como cualquiera de los hambrientos indigentes que la esperaban. Cuando se hubo tragado la última gota del caldo, pidió hablar con el padre Sebastián y, una vez a solas con este, se identificó como el padre Tullio Brea, de la Santa Sede de Roma, y transmitió la bendición de Su Eminencia el cardenal Rodrigo Lancol. Después sacó de su raí da bolsa un pequeño estuche de madera. Cuando lo abrió, el padre Sebastián descubrió una perfumada envoltura de seda de color rojo sangre, en cuyo interior se encontraba el fragmento de hueso que había viajado desde tan lejanas tierras.

El clérigo italiano solo se quedó con ellos hasta el rezo de las más exultantes y agradecidas vísperas que jamás se hubieran orado en el priorato de la Asunción. En cuanto terminaron, el padre Tullio se fue con la misma discreción con que había llegado y se perdió en la noche.

Entonces el padre Sebastián pensó con nostalgia en la despreocupación con la que debía de servir a Dios una persona que, como el padre Tullio, recorría el mundo disfrazado de pobre y admiró la inteligencia del que había enviado una reliquia tan valiosa por medio de un solitario y humilde mensajero. Luego mandó decir al judío Helkias que, cuando terminara el relicario, lo enviara por medio de un solo portador cuando ya hubiera anochecido.

Helkias se mostró de acuerdo y envió a su hijo, tal como antes había hecho Dios con el Suyo, y con el mismo resultado. El niño Meir era judío y por esta razón jamás podría entrar en el Paraíso, no obstante el padre Sebastián rezó igualmente por su alma. El asesinato y el robo le hicieron comprender el peligro que corrían los protectores de la reliquia y entonces rezó también por la feliz conclusión de la obra de Dios que había encomendado al médico.

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¡

Un judío cristiano l padre Sebastián era el tipo de persona más peligrosa que existe: un hombre prudente y necio al mismo tiempo, pensó Bernardo, alejándose a lomos de su montura. Bernardo Espina sabía que él era el hombre menos indicado para obtener información de los judíos o de los cristianos, pues ambas comunidades lo despreciaban por igual.

Bernardo conocía muy bien la historia de la familia Espina. Contaba la leyenda que el primer antepasado suyo que se había asentado en la península ibérica era un sacerdote del templo de Salomón. Los Espina y otros judíos habían sobrevivido bajo los reyes visigodos, los musulmanes y los cristianos de la Reconquista. Siempre habían obedecido escrupulosamente las leyes de la monarquía y de la nación, siguiendo las indicaciones de sus rabinos.

Los judíos habían alcanzado las más altas posiciones en la sociedad hispana. Habían servido a los reyes y a los emires por igual, y habían prosperado como médicos, diplomáticos, prestamistas y financieros, cobradores de impuestos y mercaderes, campesinos y artesanos. Al mismo tiempo, casi en todas las generaciones habían sido víctimas de matanzas a manos de muchedumbres alentadas directa o indirectamente por la Iglesia.

—Los judíos son peligrosos e influyentes y siembran la duda entre los buenos cristianos —le había advertido severamente el sacerdote que lo había convertido.

Durante siglos, los dominicos y los franciscanos habían incitado a las clases bajas —a las que llamaban el pueblo menudo—, provocando en ellas un odio implacable contra los he

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el último judío breos. Desde las matanzas del año 1391, en las que habían muerto nada menos que cincuenta mil judíos, en la única conversión en masa de la historia judía, centenares de miles habían aceptado a Cristo, algunos para salvar la vida y otros para prosperar en sus oficios en una sociedad que aborrecía a los de su religión.

Algunos, como Espina, habían acogido a Jesús en su corazón, pero muchos cristianos solo de nombre habían seguido adorando en privado al Dios del Antiguo Testamento. Estos eran tan numerosos que, en 1478, el papa Sixto IV había aprobado el establecimiento de la Santa Inquisición para el descubrimiento y la destrucción de los cristianos descarriados. Espina había oído a algunos judíos llamar «marranos» a los conversos y señalar que estos serían condenados por toda la eternidad y no resucitarían en el Juicio Final. Con más caridad, otros llamaban a los apóstatas «anusim», los obligados, y señalaban que Dios perdonaba a los que habían sido forzados a convertirse y comprendía su necesidad de sobrevivir.

Espina no figuraba entre los obligados. El personaje de Jesús lo había intrigado en su infancia desde que entreviera fugazmente a través del pórtico abierto de la catedral la figura de la cruz, a la que su padre y otros judíos llamaban a veces «el hombre colgado». Cuando estaba aprendiendo el oficio de médico y trataba de aliviar el sufrimiento humano, se había sentido atraído por los sufrimientos de Cristo y poco a poco su inicial interés había madurado en una ardiente fe y convicción que, finalmente, había desembocado en un deseo de alcanzar la pureza cristiana y el estado de gracia.

Una vez sellado el compromiso, se enamoró de una divinidad y le pareció que su devoción era mucho más fuerte que la de alguien que ya fuera cristiano desde su nacimiento. El ardiente amor hacia Jesús de Saulo de Tarso no podía haber sido más fuerte que el suyo, inamovible y seguro, más intenso que cualquier anhelo que sintiera un hombre por una mujer.

Se había convertido al cristianismo al cumplir los veintidós, un año después de haber alcanzado el título de médico. Su familia se había puesto de luto por él y había rezado un kaddish como si hubiera muerto. Cuando su padre, Jacobo Espina, antaño tan lleno de orgullo y de amor, se cruzaba con él en la

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noah gordon plaza, le negaba el saludo y no daba la menor señal de reconocimiento. Por aquel entonces Jacobo Espina estaba viviendo el último año de su vida. Llevaba una semana enterrado cuando Bernardo se enteró de su muerte. Bernardo rezó una novena por su alma, pero no pudo resistir el impulso de rezar también un kaddish, llorando solo en su dormitorio mientras recitaba la oración por el difunto sin la consoladora presencia del minyan, el grupo de nueve hombres necesario para que se pudieran celebrar las funciones religiosas.

La nobleza y la burguesía aceptaba a los conversos acaudalados o prósperos, y muchos de estos se casaban con cristianas viejas. El propio Bernardo Espina había contraído matrimonio con Estrella de Aranda, hija de una aristocrática familia. En medio del primer revuelo de la aceptación familiar y del nuevo arrebato religioso, había abrigado la irracional esperanza de que sus pacientes lo aceptaran como a un correligionario, un «judío completo» que había aceptado a su Mesías; sin embargo, no se extrañó de que lo siguieran despreciando como judío.

Durante la juventud del padre de Espina, los magistrados de Toledo habían aprobado un estatuto:

Declaramos que los llamados conversos, vástagos de perversos antepasados judíos, deben ser considerados por ley infames e ignominiosos, ineptos e indignos de ostentar cargos públicos o beneficios en la ciudad de Toledo o en el territorio de su jurisdicción, o actuar como testigos de juramentos o en representación de notarios, o ejercer cualquier autoridad sobre los verdaderos cristianos de la Santa Iglesia Católica.

Bernardo pasó por delante de otras comunidades religiosas, algunas casi tan pequeñas como el priorato de la Asunción y otras tan grandes como una pequeña aldea. Bajo la monarquía católica se había popularizado el servicio en la Iglesia. Los segundones de las familias de la nobleza, excluidos de la herencia en virtud de la ley del mayorazgo, se entregaban a la vida religiosa, en la que la influencia de su familia les aseguraba un rápido ascenso. Las hijas menores de las mismas familias, debido a las cuantiosas dotes que exigía el casamiento de las primogénitas, eran enviadas a menudo a un convento. La vida religiosa

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el último judío atraía también a los campesinos más pobres, para quienes las prebendas y los beneficios constituían la única oportunidad de escapar de la miseria y la servidumbre.

El creciente número de comunidades religiosas había dado lugar a unas encarnizadas luchas por el apoyo económico. La reliquia de santa Ana sería la fortuna del priorato de la Asunción, pero el prior le había dicho a Bernardo que tanto los poderosos benedictinos como los astutos franciscanos, además de otros enérgicos representantes de la propia orden de los jerónimos y Dios sabía cuántos más, estaban forjando planes y tejiendo intrigas para arrebatarles la posesión de la reliquia de la Sagrada Familia. Espina temía verse atrapado entre poderosos bandos y ser aplastado con la misma facilidad con que Meir Toledano había sido asesinado.

Bernardo inició sus pesquisas, tratando de reconstruir los movimientos del joven antes de que lo mataran.

La vivienda de Helkias el platero formaba parte de un grupo de casas construidas entre dos sinagogas. La principal sinagoga había pasado desde hacía mucho tiempo a manos de la Iglesia y por entonces los judíos celebraban sus funciones religiosas en la sinagoga de Samuel HaLevi, cuya magnificencia constituía el reflejo de una época en que la vida era más plácida para ellos.

La comunidad judía era lo bastante reducida como para que todo el mundo supiera quién había abandonado la fe, quién fingía haberlo hecho y quién seguía observando la religión de sus mayores, y evitaba al máximo el trato con los cristianos nuevos. Pese a ello, cuatro años atrás, el desesperado Helkias había acudido a la consulta del médico.

Su esposa Esther, una caritativa mujer perteneciente a la familia de los grandes rabinos Saloman, había empezado a consumirse, y el platero deseaba por todos los medios salvar a la madre de sus tres hijos. Bernardo había hecho todos los esfuerzos imaginables, había probado todos los remedios que conocía y había rezado a Cristo por su vida tal como Helkias había orado a Jehová, pero no había podido salvarla, que el Señor tuviera misericordia de su alma inmortal.

En ese momento pasó por delante de la casa de Hel kias sin

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noah gordon detenerse, sabiendo que muy pronto los frailes del priorato de la Asunción trasladarían hasta allí a lomos de un asno el cuerpo sin vida del primogénito del desventurado platero.

Siglos atrás otras generaciones de judíos habían construido las sinagogas, obedeciendo un antiguo precepto según el cual se tenía que construir una casa de oración en el punto más elevado posible de la comunidad. Por eso habían elegido emplazamientos situados en lo alto de los escarpados peñascos que bordeaban el Tajo.

La yegua de Bernardo dio un nervioso respingo cuando este la acercó demasiado al borde del precipicio.

«¡Madre de Dios!», pensó Bernardo, tirando de las riendas; después, cuando el animal se tranquilizó, Bernardo no tuvo más remedio que sonreír ante aquella ironía.

—¡Abuela del Salvador! —exclamó con asombro.

Se imaginó a Meir ben Helkias allí, esperando con impaciencia la llegada del protector manto de la oscuridad. Seguramente el joven no tenía miedo de acercarse al borde de los peñascos. Él mismo recordaba haber estado al anochecer en lo alto de aquellos riscos con su padre Jacobo Espina, escudriñando el cielo en busca del resplandor de las primeras tres estrellas que señalaban el inicio del sabbath. Apartó aquel pensamiento de su mente, tal como solía hacer con todos los inquietantes recuerdos de su pasado judío.

Comprendió la prudencia de Helkias al haber utilizado a su hijo de quince años para la entrega del relicario. Una escolta armada hubiera anunciado a los bandidos la existencia de un tesoro. En cambio, un mozo que caminara de noche con un inofensivo bulto tenía que haber corrido mejor suerte.

Pero la suerte no había sido suficiente, tal como Espina había tenido ocasión de comprobar.

Desmontó y condujo al animal hacia el sendero del peñasco. Justo en su borde se levantaba un edificio de piedra construido siglos atrás por los soldados romanos; desde allí arrojaban al vacío a los prisioneros condenados.

Abajo, la inocente belleza del río serpeaba entre los peñascos y la colina de granito del otro lado. Los muchach

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