Todas las madres me odian

Sarah Harman

Fragmento

Prólogo

1

Shepherd’s Bush, Londres

Viernes, 7.45

Me despierto con una canción de Noche de Chicas metida en la cabeza. A decir verdad, «The quake», el terremoto, nunca despegó como la discográfica esperaba. No ayudó mucho que la misma semana que lanzaron el sencillo, un devastador temblor de tierra de magnitud 8,9 arrasara el sur de California e hiciera desplomarse como un suflé un aparcamiento de varias plantas en el que quedaron atrapadas 346 personas. Aun así, la canción sigue siendo un temazo.

Eres como un terremoto,

Me dejas con el corazón roto

Me pides una pausa

Y te vas con esa zorr…

Tarareo bajo las sábanas mientras me imagino actuando en el estadio de Wembley con las entradas agotadas, y no a punto de darme una ducha tibia en la planta baja de una casa adosada de estilo victoriano. Que ni siquiera tengo la casa entera, joder.

—¡Dylan! —chillo—. ¡Levántate! ¡Vas a llegar tarde al cole!

Mi hijo aparece en la entrada, completamente vestido, incluso con la gorra y la corbata del St. Angeles.

—Jajaja, muy graciosa, mamá —dice, con los ojos en blanco, y me pone una lata fría de Red Bull en las manos.

Le doy un sorbo. Completado nuestro ritual matutino, vuelvo a taparme la cara con el edredón calentito.

—No, ahora en serio, ¿podemos no llegar tarde hoy? —me ruega—. La señora Schulz dice que esta vez el autocar no va a esperar.

En mi mente aflora el débil recuerdo de una autorización, de garabatear mis iniciales con un lápiz de ojos de color berenjena y marcar la casilla de «no disponible para ir como acompañante».

—¿Por la excursión al campo? —murmuro desde debajo del edredón.

—Sí. Al Centro de Humedales, a avistar pájaros. ¿Puedes levantarte ya, por favor?

—Vale. ¿Estás nervioso? —Yo voy tarde, pero él tiene más prisa que de costumbre. Quizá eso quiera decir que por fin han dejado de acosarle.

Dylan me mira con sus ojos verdes suplicantes.

—¿No puedo ir caminando yo solo? —medio pregunta medio gimotea.

Me quito el edredón de la cara por segunda vez. La luz apagada de finales de otoño se filtra a través de las persianas y me taladra las retinas. Me arrastro hasta ponerme en pie. ¿Por qué tiene que haber tanta luz por las mañanas?

—Dylan, ya lo hemos hablado. Tienes diez años. No vas a ir al cole solo. ¿Quieres acabar en el subterráneo de un pedófilo peludo y viejo? ¿Eh? ¿Quieres pasarte el resto de tu vida…?

Dylan me interrumpe.

—Aquí lo llaman sótano, mamá. Solo los norteamericanos dicen subterráneo.

El modo en que arruga la nariz al decir «norteamericano» es como si me clavaran un cuchillo diminuto en el corazón.

Doy unos cuantos tragos más a mi Red Bull y tiro la lata hacia la colección en expansión de mi cómoda. Dylan observa la hilera de la­tas vacías como si fueran cartuchos de óxido de uranio.

—¿Las reciclarás, verdad? El aluminio es uno de los materiales más demandados del planeta. El señor Foster me enseñó un documental…

—Para el carro, Greenpeace, que vamos a llegar tarde.

Ofendido, Dylan gime sonoramente de camino a la cocina.

—Vale —suspira—. Pero, mamá… —Su voz flota por el pasillo—. ¿Hoy puedes ponerte una camiseta normal, pooorfa? Como las otras madres…

Echo un vistazo a mi camiseta de la gira de 2008 de Noche de Chicas. De todas las camisetas de mi banda, esta es mi favorita. Es del principio, antes de la debacle de Rose. En la parte de delante tiene una foto serigrafiada de mi cara mucho más joven; en la de atrás, mi nombre, FLORENCE, escrito en mayúsculas, como si fuera la ­camiseta de un jugador de fútbol.

Me saco por la cabeza el atuendo ofensivo y dejo escapar un eructo teñido de taurina. Me llama la atención un top corto de un naranja vivo que hay en la pila del suelo.

—Ahí la tienes, nene.

2

Shepherd’s Bush

Viernes, 7.58

Fuera el aire es frío y claro, ese periodo espantoso de mediados de noviembre en el que los relojes han retrocedido, pero las fiestas navi­deñas aún no han empezado.

Dylan sale corriendo por la puerta delante de mí, con la mochila balanceándose colgada al hombro. Nuestro vecino, el señor Foster, el ya mencionado fan del documental del aluminio, está de pie delante de su casa adosada, clasificando sus botellas de vidrio en un contenedor. Dylan le saluda con gesto entusiasmado. Yo hago una mueca. No me entusiasma que el fanático del reciclaje local de setenta y seis años sea el mejor amigo de mi hijo. Y me entusiasma aún menos que no pare de darle a Dylan grillos vivos para alimentar a su tortuga de tierra. Pero esa es una batalla para otro día.

—Ay, Florence —dice el señor Foster, levantando la vista de un montón de latas—. ¿Has visto que…?

—La verdad es que tenemos un poco de prisa —digo por encima del hombro sin detenerme. Si Dylan pierde ese autobús, se va a armar la gorda.

El señor Foster gruñe y vuelve a sus contenedores.

—Claro. No os entretengo.

Conforme nos vamos acercando al colegio de Dylan, los tugurios de pollo familiares y las casas de apuestas de nuestro barrio dan paso a carnicerías ecológicas y tiendas de vinos naturales. Al cabo de poco, Dylan y yo estamos pasando ante las grandes mansiones blancas que albergan la embajada uzbeka y a la familia Beckham. El colegio de Dylan está a unas pocas manzanas de eso, escondido en una calle sin salida.

El St. Angeles es un colegio masculino de primaria con ciento cincuenta años de antigüedad ubicado en una extensa mansión victoriana sacada directamente de una novela de Dickens. La única concesión a la modernidad es la incongruentemente alegre puerta azul, pintada apresuradamente después de que una empresa de capital privado tomara el mando varios años atrás y tratara de adaptarla al siglo XXI.

La llegada matutina al St. Angeles está coreografiada con la precisión de un desfile militar norcoreano. Está terminantemente prohibido llegar en coche a la puerta, lo que significa que todos los padres, por muy ocupados que estén o muy importantes que sean, se pelean por aparcar en la calle a varias manzanas de distancia y luego se acercan a las imponentes puertas de hierro a pie, como peregrinos religiosos que se dirigen a La Meca.

Para cuando llegamos nosotros, el desfile de solicitantes serpentea alrededor de la manzana. Vamos tarde, pero no tarde-tarde. Dylan estará a tiempo de coger el autobús y yo llegaré a mi próxima cita crucial. Solo tengo que evitar a la señora Dobbins, la nueva jefa de «cuidado pastoral». Llevo semanas esquivando sus llamadas. Sea lo que sea lo que quiera, no puede ser nada bueno.

Dylan y yo nos acomodamos en la fila detrás de Allegra Armstrong-Johnson y de su pálido hijo, Wolfie. Me quedo a una distancia saludable de ella, con la esperanza de que no se gire. No sería justo llamar a Allegra mi némesis, ese honor está reservado para Hope Grüber; y, de todas formas, no conozco a Allegra lo bastante bien como para odiarla. Pero es el tipo de madre del St. Angeles a la que intento evitar. De las de pelo castaño brillante, socia del Hurlingham Club y una granja de caballos de ochenta hectáreas en Norfolk. Su marido, Rupert, escribe biografías de Churchill, lo que al parecer no es un trabajo de verdad, pero sí uno que les permite vivir en una lujosa casa señorial en South Kensington.

—¿Otra vez tarde, Florence? —cacarea Allegra, toda alegría y falsa cortesía.

Levanto la vista. Esta mañana Allegra lleva unas botas de montar de Hermès, una chaqueta Barbour verde encerada y una expresión de absoluta autosatisfacción. Su anoréxico galgo inglés va sin correa y viste un chaleco acolchado.

Como no contesto, Allegra frunce los labios y dice en voz alta:

—Se te ve muy glamurosa esta mañana. ¿Tienes grandes planes después de dejar al niño?

Hay algo en su tono que me hace sentir como una niña a la que han enviado al despacho del director. No ayuda que yo sea diez años más joven que la mayoría de las madres del St. Angeles, ninguna de las cuales se quedó embarazada por accidente a los veinte.

Ignoro la pregunta de Allegra y le doy una palmadita en la cabeza a su horrible perro.

—Buen chico, Wolfie.

Se estremece.

—Wolfie es el nombre de nuestro hijo —dice frunciendo el ceño—. No el de nuestro perro.

Empiezo a tararear en voz baja los primeros compases de «You’re So Vain». Cuando llego al estribillo, Dylan me lanza una mirada fulminante.

—¡Mamá! —sisea—. ¡Para!

—¿Qué pasa? —digo inocentemente—. ¡Carly Simon es un clásico!

Debería ser agradable con Allegra. La verdad es que es una especie en peligro de extinción por aquí: una británica de pura cepa en el St. Angeles. La mayoría de las de su clase, las que no tienen títulos aristocráticos ni maridos con fondos de cobertura, ya se han retirado a Surrey. Esta parte de Londres es así de rara, una mezcla exótica de gente con fuentes de ingresos misteriosas procedentes de todo el mundo. Francamente, es más probable que te codees con un príncipe de Bahrein o con la heredera de una naviera griega que con alguien de, digamos, Yorkshire. Hace un tiempo corría el rumor de que el St. Angeles hacía descuento en la matrícula a los pocos alumnos británicos que quedaban, casi como una beca para estudiantes necesitados. No es tan disparatado. Los padres extranjeros quieren creer que están recibiendo una «auténtica» experiencia inglesa cuando envían a sus hijos al colegio con calcetines hasta la rodilla y un sombrero de paja con una cinta. No tiene sentido convertir la educación de tus hijos en un largo ejercicio de nostalgia de vestimenta británica si los demás niños también son de Melbourne, París, Hong Kong o Helsinki.

Personalmente, toda esa obsesión inglesa por los colegios me parece absurda. Donde yo me crie, en un pisito de dos habitaciones ubicado en una zona de asfalto bañada por el sol a las afueras de Orlando, Florida, los niños y niñas iban al colegio que hubiera cerca de su casa. Y, desde luego, los adultos no pasaban veladas enteras tratando de averiguar dónde había aprendido las tablas de multiplicar su anfitrión.

Si de mí dependiera, Dylan iría a la escuela primaria del barrio, a una manzana de nuestro piso, y yo dormiría veinticinco minutos más cada mañana. Cuando se lo comenté a Will, mi exmarido, reaccionó como si le hubiera sugerido apartar a Dylan de la educación reglada y obligarle a hacer trabajos forzados en una granja comunitaria durante diez años. Will era un chico St. Angeles e insistió en que Dylan también lo fuera.

—Bueno —dije yo, encogiéndome de hombros—. Tú pagas.

De todos modos, el uniforme es mono.

Cuando llegamos a la verja de la entrada, la subdirectora, una brontosauria anciana llamada señora Schulz, nos ofrece una sonrisa tensa.

—Buenos días, Dylan —dice con delicadeza mientras levanta la vista hacia mí desde debajo de un casco de pelo cano permanentado. Va vestida justo igual que la Señora Doubtfire y huele vagamente a naftalina.

—¡Que te diviertas, nene! —le digo a Dylan mientras cruza la verja y desaparece entre un mar de chicos todos vestidos con la misma americana—. ¡A por ellos!

La señora Schulz hace una mueca.

—Señora Palmer —dice, asintiendo en mi dirección.

—Es Grimes —le recuerdo—. Es Dylan quien es Palmer. Como su padre.

La mujer parpadea bajo sus gafas de ojo de lechuza.

—Desde luego —dice, con la mirada perdida. Como si no me hubiera visto todas las mañanas durante los últimos cinco años—. Discúlpeme. Que tenga un buen día.

Me alejo a toda prisa de la verja, deseando que no aparezca la señora Dobbins. A unos metros, Hope Grüber, la presidenta de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos, entretiene a Farzanah Khan y Cleo Risby con la fascinante historia de que uno de sus trillizos ha obtenido la puntuación perfecta en un simulacro de examen de ingreso a St. Paul’s.

—¡Ni siquiera lo preparó! —grazna Hope, haciendo aletear las extensiones de sus pestañas.

Hope es una pretenciosa trepadora social de Brisbane. Antes de conocer a su marido, un magnate inmobiliario austriaco treinta años mayor que ella, Hope era una modelo de catálogo en apuros que vivía encima de un fish and chips en Goldhawk Road. Cuando dejé Noche de Chicas frecuentamos los mismos círculos durante un tiempo. Nunca fuimos amigas, pero vivíamos vidas paralelas: Primark, de fiesta en Fabric, siempre con un ojo abierto para no perdernos la próxima cosa buena. La diferencia, supongo, es que Hope la encontró.

Hoy por hoy, Hope tiene tres hijos, conduce un Bentley azul celeste con matrícula personalizada B0YMUM y se define en Instagram como #Modelo, #Filántropa y #Jefa. Todavía habla con acento ordinario y lleva demasiado estampado de leopardo como para pasar del todo por miembro del «lujo silencioso», pero ha conseguido congraciarse con las demás madres del St. Angeles siendo aplicada en mayúsculas. ¿Que hay que organizar una gala para la beneficencia o una venta de pasteles? Hope es la indicada. Tampoco hace ningún daño que ella y Karl Theodor tengan un chalet de ocho habitaciones en Verbier que presta a las otras madres, incluso en temporada alta. A cambio, sus horribles trillizos —Trip, Teddy y, no sé, Terco— nunca se quedan fuera de una fiesta de cumpleaños. A diferencia de Dylan.

—¡La señora Dobbins dice que tiene un talento natural! —balbucea Hope. La sola mención de su nombre me produce un pequeño escalofrío. Tengo que salir de ahí.

A su lado, Farzanah levanta una ceja perfectamente arqueada, sin preocuparse por ocultar su escepticismo.

—¿Es eso cierto?

A diferencia de Hope, Farzanah tiene un trabajo de verdad como «dermatóloga de las estrellas», con una línea de cuidado de la piel en Harrods y sus propias oficinas en Harley Street. Farzanah es sin duda el ser humano más refinado que he visto de cerca en mi vida, de piel luminosa, dientes blancos y relucientes y una cortina de pelo oscuro tan brillante que prácticamente puedes verte reflejada en él. Su padre fue embajador de Pakistán en Londres a finales de los años noventa, y Farzanah asistió a un internado femenino en Berkshire, donde desarrolló la misma dicción nítida que la condesa viuda de Grantham. Por si fuera poco, su hijo Zain es un genio y ha ganado el concurso de ingeniería LEGO de la escuela tres años seguidos. Hope desprecia a Farzanah, pero de un modo completamente diferente a como me odia a mí.

Junto a ellas, Cleo Risby escucha solo a medias mientras rebusca algo en su enorme bolso. Cleo es la más guay de todas las madres del St. Angeles. Es casi un palmo más alta que las demás, tiene el pelo de color rubio hielo y una expresión de constante distracción, como una modelo que acabara de despertar de una ensoñación. Es algo así como una artista, aunque, que yo sepa, su trabajo solo consiste en fumar un cigarrillo tras otro en la puerta de varias galerías y ser fotografiada para Vanity Fair. Su marido es mayor que ella y extraordinariamente rico, heredero de una fortuna de los alimentos congelados.

Cleo no suele llevar a su hijo al colegio (tiene gente para eso), así que esta es una ocasión especial, sobre todo para Hope, que lo que más desea es ser la mejor amiga de Cleo. Por desgracia, Allegra Armstrong-Johnson se le adelantó varias décadas (compartían habitación en el colegio), así que Hope se ve obligada a tolerar a Farzanah y a entretenerse torturándome.

Hope me agarra del brazo cuando paso corriendo a su lado y sus labios de pez componen una expresión de preocupación.

—Ay, Florence. Aquí estás. La señora Dobbins andaba buscándote. Parecía bastante urgente.

—Bien, eh…, gracias —murmuro.

Farzanah chasquea la lengua siniestramente.

—Vaya… ¿Va todo bien con Dylan?

Ella y Hope intercambian miradas cómplices mientras yo acelero el paso. Solo unos metros más hasta la esquina, un giro a la izquierda, y estaré a salvo…, libre de la señora Dobbins, de las miradas sentenciosas de las otras madres y de lo que sea que Dylan haya hecho ahora.

Al final de la acera, justo cuando empiezo a respirar aliviada, noto un toque fuerte justo entre mis hombros.

Mierda.

Cuando me doy la vuelta, resulta que no es la señora Dobbins, sino una mujer asiática de pelo brillante que lleva un móvil en la mano y habla rápido con un marcado acento californiano.

—Así que le dije: hemos de tener cobertura desde Nueva York en esto, no es negociable…

Llevo casi media vida viviendo en este país y a veces se me olvida lo chocante que puede ser un acento norteamericano en todo su esplendor. El mío se ha ido diluyendo con los años, como el café instantáneo mezclado con té suave.

—Mmm, ¿hola? ¿Me has tocado?

La mujer se señala la oreja, indicando que está hablando por teléfono. Como si fuera yo quien acabara de darle un toque en la espalda.

—Claro. Sí. Al cien por cien. Oye, ahora te vuelvo a llamar —dice. Después se quita un auricular y extiende la mano—. Jenny Choi —se presenta, mientras me sacude el brazo arriba y abajo, como si acabáramos de negociar un acuerdo de libre comercio histórico—. Perdona. Intentaba facturar una hora más.

Al percatarse de mi expresión de desconcierto, añade:

—Soy abogada. Supongo que es un riesgo del trabajo.

—Ya… ¿Nos conocemos?

—No, no. Somos nuevos aquí. Pero la señora Schulz me ha dicho que había otra mamá norteamericana. —Jenny sonríe y carga el peso del cuerpo sobre la otra pierna. Es por lo menos diez años mayor que yo, tal vez veinte. No lleva nada de maquillaje y viste un atuendo corporativo andrógino que parece increíblemente caro. Es el tipo de mujer que se siente muy cómoda pidiendo hablar con el director.

—Soy la madre de los gemelos. Max y Charlie. Se suponía que iban a empezar en el Colegio Norteamericano de St. John’s Wood, pero la entrevista…, bueno, los niños tuvieron un mal día. —Jenny se calla y fuerza una sonrisa—. En fin, tanto da. Ahora estamos aquí.

Asiento, tratando de procesar la descarga de información que he recibido a ritmo de ametralladora. A lo lejos, la señora Dobbins asoma por la verja del colegio y empieza a merodear.

—Bueno, bienvenida al St. Angeles —digo, retrocediendo antes de que la señora Dobbins se percate de mi presencia.

Jenny cruza los brazos sobre el pecho.

—Oye, dame tu número. Y quedamos para jugar.

—¿Para jugar? —Observo la cara tersa de Jenny, sus dientes perfectos, su melena lisa hasta la barbilla. Puede que tengamos el mismo pasaporte, pero casi seguro que eso es todo lo que tenemos en común. ¿Cuánto tardará en dejarme de lado al darse cuenta de mi estatus de persona non grata entre las madres del St. Angeles?

—Los niños —aclara Jenny—. Me encantaría que hicieran ­amigos.

La señora Dobbins ya me ha visto y viene hacia mí como un sabueso.

Jenny me pasa su teléfono.

—Toma. Pon tu número y te hago una llamada perdida para que tengas el mío también.

Joder, qué insistente. Escribo mi número lo más rápido que puedo. La señora Dobbins está a unos pocos metros de distancia y avanza con rapidez.

—Bueno, eh…, encantada de conocerte —murmuro, y me giro para marcharme. Pero ya es demasiado tarde. La señora Dobbins me ha puesto la mano en el hombro.

Me ha pillado.

—¡Señora Grimes! —dice en un tono un poco demasiado alto—. ¡Lamento interrumpir! ¿Puedo robarle un momento?

Eliza Dobbins es más joven que yo, de veintitantos, tiene unos grandes ojos redondos y el pelo negro azabache. Podría ser guapa si lo intentara, pero es evidente que no lo hace. Tiene manchas de rímel bajo las cejas y lleva una blusa de rayón monstruosa llena de migas de magdalena. No ayuda el hecho de que esté embarazada de unos ciento cincuenta meses y que su barriga parezca una fruta demasiado madura.

—Debería irme —dice Jenny, retrocediendo—. Encantada de conocerte.

Me vuelvo hacia la señora Dobbins.

—La verdad es que tengo un poco de prisa.

—No hay problema —trina—. ¿Hacia dónde se dirige? La acompaño —anuncia mientras se da unas palmaditas en el vientre—. Será un buen ejercicio. Paseo con charla.

Al cruzar la calle, noto que las otras madres nos observan, con los ojos clavados en mi espalda mientras especulan sobre lo que Dylan habrá hecho esta vez. Me digo que no he de girarme, pero entonces, como la mujer de Lot, no puedo resistirme: miro atrás a la puerta del colegio por última vez. Veo con alivio que Cleo se ha ido, pero Hope, Farzanah y Allegra siguen rondando cerca de la verja y estiran el cuello en dirección a mí.

La señora Dobbins se aclara la garganta.

—Llevo varios días tratando de ponerme en contacto con usted. ¿Va todo bien en casa? —Sus grandes ojos marrones son estanques de empatía líquida, cosa que solo hace que la odie más.

—¿A qué se refiere? —pregunto, inexpresiva.

—Al arrebato de Dylan de la semana pasada —dice, tocándome el brazo con suavidad. La piedra microscópica de su anillo de compromiso capta la luz mortecina y brilla como un botón viejo.

—Ah. Eso. —Intento no soltar una sonrisita—. Tiene que admitir que tuvo su gracia. Es decir, no me diga que nunca ha tenido ganas de vaciar un pupitre sobre el regazo de Teddy Grüber.

La señora Dobbins frunce los labios.

—Nos gustaría que evaluaran a Dylan —dice con una cadencia lenta y mesurada que parece calibrada justamente para no alterarme—. Un profesional externo. El doctor Lieber es un especialista muy cualificado en…

Una oleada de calor me recorre el cuerpo.

—Dylan está bien —le espeto—. No pienso enviarlo a un loquero para que ustedes puedan medicarlo hasta las trancas.

La señora Dobbins frunce el ceño.

—Le aseguro que no es esa mi intención. Es solo que… —Baja la voz hasta un susurro—. Después del incidente con la… tortuga, nos vemos obligados a tomarnos esos temas muy en serio.

Trago saliva. El Tortugagate. Al final del curso anterior, un grupo de niños, entre ellos Alfie y Dylan, estaban alrededor del estanque de kois, en un extremo del campus del colegio, admirando una tortuga de tierra. Según Dylan, Alfie había estado dando toques a la tortuga con un bate de críquet. Dylan le dijo que parara, que le estaba haciendo daño a la tortuga. Lo que ocurrió justo después es objeto de debate, pero el resultado innegable fue que a Alfie tuvieron que darle cuatro puntos de sutura en el corte que le sangraba por encima de la ceja derecha. A Dylan lo expulsaron tres días y lo pusieron en «libertad condicional por mal comportamiento». Me pareció un castigo excesivamente duro por algo que a todas luces había sido defensa propia. O al menos defensa animal. Así que accedí a que adoptara a la tortuga. Ahora Greta vive feliz en un terrario en su habi­tación.

Al otro lado de la calle, Farzanah y Hope han dejado de fingir que mantienen una conversación y miran sin tapujos, esforzándose por oír cada palabra.

Todo mi cuerpo se tensa.

—Esos otros chicos, Teddy, Alfie y Wolfie, ¡lo están acosando! —Me quito las gafas de sol y golpeo con el dedo índice la suave carne del esternón de la señora Dobbins—. ¿Por qué no va usted a perseguir a sus madres por la calle para organizar evaluaciones psiquiátricas?

La señora Dobbins me mira fijamente, pero no contesta. Abre y cierra la boca como un pez guppy.

—Ya me lo parecía —resoplo, y doy media vuelta.

Me persigue y me grita algo mientras me alejo. Pero, sea lo que sea, se pierde en el viento.

Me largo de Holland Park tan rápido como puedo. Me arden todos los músculos del cuerpo, como si acabara de hacer dos vídeos de entrenamiento de Chloe Ting seguidos. Hundo las manos en los bolsillos más aún y aparto de mi mente la cara de preocupación de la s­eñora Dobbins. ¡Dylan está bien! Esa mujer no sabe nada de mi hijo.

Es cierto que Dylan siempre ha sido un poco… diferente. ­Oficialmente, culpo a Will por abandonarnos cuando él era un bebé, pero las señales estuvieron ahí desde el principio. Nunca balbuceó, ni siquiera un «mamá». Y entonces, un día que estábamos en el supermercado, apuntó con su dedo rollizo a un cartón de la estantería y dijo: «Mamá, ¿me das zumo, por favor?». Así, sin más, con un acento británico bien claro. Por poco no me desmayo en el pasillo.

Así que sí, Dylan no era como otros niños de su edad. Y tampoco es que estos le gustaran demasiado. De pequeño, cuando lo llevaba al parque, rehuía a los demás niños y sus juegos de pelota y prefería entablar conversación con un abuelo que esperaba, una niñera adolescente que estaba aburrida o una madre agotada. De hecho, cualquier adulto le servía. Yo no le culpaba. Los niños son monstruos.

Y sí, mi hijo tiene algo de mal genio. Pero hay que entender que proviene de su sentido absoluto del bien y del mal. Para Dylan todo es blanco o negro. Los buenos contra los malos; Greta contra ExxonMobil. He intentado explicarle que nadie es del todo bueno o del todo malo (salvo tal vez su padre, ja, ja) y que las motivaciones de la gente son complejas. Es inútil. Si Dylan fuera un tribunal, todos los casos acabarían con la pena de muerte o con la absolución total. Para él no hay tonos de gris.

Cuando me acerco a la rotonda de Holland Park, la trampa mortal para peatones que separa el lujoso barrio del colegio de Dylan de la zona humilde donde vivimos, automáticamente empiezo a contener la respiración en un intento inconsciente de evitar el humo del tráfico de los cuatro carriles que avanzan lentamente junto a mí.

Hoy es un buen día, me recuerdo. Es viernes. La luna está en Júpiter, momento propicio para los nuevos comienzos. Y lo más importante, recuerdo con un chisporroteo de emoción: esta noche voy a ver a Elliott.

Todo está a punto de cambiar.

3

Shepherd’s Bush

Viernes, 8.45

Técnicamente, Uñas Perfectas no abre hasta las diez, pero abro la puerta de todos modos, preparándome para el sonido electrónico del timbre.

—¿Me puedes coger sin cita? —pregunto al salón, que está a oscuras.

Linh está sentada con las piernas cruzadas en un sillón de masaje, vestida con una cazadora que parece hecha de papel de aluminio y viendo vídeos vietnamitas de TikTok sin auriculares.

—Está cerrado —ladra—. Vuelva a las once.

—Soy yo, tonta —digo, y arrojo mi bolso sobre mi silla de siempre.

Linh se levanta y finge desmayarse, un gesto dramático de desfallecimiento que me habría engañado si no lo hiciera semana sí, semana no.

—Nena, pensaba que te habías muerto. ¡Pasa!

La tensión acumulada en mis hombros se derrite. En Uñas Perfectas está todo exactamente como lo dejé: el olor acre, las sillas de plástico pegajoso, las dudosas botellas de crema de manos rellenadas. Es mi lugar feliz.

Me dejo caer en una silla y le muestro a Linh mis uñas descuidadas.

—¡Caray! —exclama Linh con una mueca, y añade—: ¡Al menos sé que no te has ido con otra!

—Es que he estado muy ocupada.

Es mentira, pero por suerte Linh no insiste. En lugar de eso, se pone a trabajar y rocía sus herramientas con desinfectante.

—¿Cómo van los estudios? —le pregunto. Además de ser especialista en manicura artística, Linh estudia segundo curso de diseño de moda en Central Saint Martins. Su madre, propietaria de Uñas Perfectas y de otros catorce salones de manicura en el oeste de Londres, cree que su única hija estudia finanzas internacionales en la London School of Economics y que algún día se hará cargo de su imperio. Es todo un tema.

—¡Shhh! —sisea Linh, señalando hacia el televisor que hay detrás de mi cabeza—. ¡Anoche pilló a otra!

Giro el cuello hacia el televisor. Una reportera de dientes ­torcidos que lleva una americana horrenda de color melocotón deambula por la carretera cerca del estadio Loftus, agarrada a un micrófono con seriedad.

—¿Qué? ¿Quién?

Linh frunce el ceño.

—El estrangulador de Shepherd’s Bush. ¿No ves las noticias?

Lector, no lo hago.

—Y…, eh…, ¿qué ha pasado?

—Una mujer que volvía a casa caminando sola por la noche. Se le acercó sigilosamente por detrás. —Linh hace el gesto de estrangularse y se estremece—. Es la segunda este mes, ¿sabes? El estrangu­lador se está envalentonando.

—Pero ¿cómo es posible que pase eso? —Bajo la voz, aunque el salón de belleza está completamente vacío—. Si Londres está plagado de cámaras de videovigilancia…

—¡Ya! Es de locos, ¿verdad?

No sé si está indignada o emocionada. El entusiasmo de Linh por los crímenes solo tiene rival en su pasión por la moda conceptual. Estoy segura de que los pantalones que lleva fueron un paracaídas en su momento.

—No, en serio, ¿cómo…?

Linh me interrumpe levantando mi mano derecha ante mi cara.

—¿Por qué has hecho esto? —me pregunta. Me está sangrando la piel de alrededor de las uñas; ha sido un intento fallido de cortarme las cutículas—. ¿Sabes? Hay cosas que no puedes hacer tú sola. A veces necesitas ayuda.

Evito su mirada mientras con la mano libre hojeo las muestras de plástico de esmalte de uñas. Me decanto por un tono de rosa tan intenso que haría sonrojar a Barbie.

Linh frunce el ceño.

—¿En serio? ¿Faux Ho? ¿Tienes una cita o algo?

Al ver que no respondo, su voz se vuelve un sonsonete burlón.

—¡Uhhhh! ¡Florence tiene una ciiiiita! ¿Quién es el afortu­nado?

—No es eso.

Linh me da una palmada juguetona en el brazo.

—Ah, ¿así que es una mujer? Me alegro por ti.

—No, no…, no es…

—¡Mete las manos en el agua! —me espeta Linh, haciendo un gesto hacia el plato de agua tibia donde mis cutículas destrozadas deberían estar en remojo.

—Es una reunión. Con un mánager musical que conocía. Elliott. —Permitirme decirlo en voz alta es como reventarme un grano. El alivio es inmediato, puro.

—¡Ahhh! —exclama Lihn—. ¿Vas a volver a ser cantante?

Me estremezco y miro de nuevo las muestras de esmalte.

Linh hace una pausa, como si se diera cuenta de la gravedad de la situación.

—Bueno. —Chasquea la lengua, se agacha y por un momento desaparece tras el mostrador. Cuando reaparece lleva en la mano un frasco de esmalte de uñas rojo como si fuera un preciado rubí.

Ahogo un grito.

—¿Es eso lo que creo que es?

Linh asiente con rostro solemne.

Taco Party. Imposible de encontrar, ni siquiera en eBay. Mi prima lo trajo de Dubái el año pasado.

Taco Party está ampliamente reconocido como el tono más perfecto de esmalte de uñas rojo jamás creado, el color de los caramelos de canela Red Hot mezclado con el de un Ferrari. Se dejó de fabricar cuando se descubrió que el tinte rojo procedía de las mariposas cristal amazónicas en peligro de extinción.

Linh destapa el esmalte con una floritura ceremonial e inhala profundamente.

—Como la leche materna —dice con una sonrisa—. ¡Venga! ¡Cuéntamelo todo!

La llamada había llegado tres días antes, justo después de dejar a Dylan en el colegio. Estaba tirada en el sofá viendo las reposiciones de Polygamy Island y separándome las puntas abiertas.

—¡Grandes noticias! —vibró la voz al otro lado del teléfono—. ¡Enormes!

—¿Quién es? —pregunté.

—Soy Elliott, tonta —dijo la voz—. ¿Te has olvidado de mí?

Habían pasado diez años enteros desde la última vez que había oído la voz de Elliott Rivera. Por aquel entonces, yo formaba parte de una prometedora banda de chicas y Elliott era el segundo ayudante del ejecutivo de una discográfica. Era un luchador de ojos muy abiertos, pelo engominado y zapatos relucientes que aspiraba a un despacho esquinero. Will y las otras chicas se burlaban de él, le llamaban «Elliott el Ansias», y cosas peores. Pero Elliott y yo siempre tuvimos una conexión, el vínculo de los marginados que son capaces de oler la desesperación mutua.

—¿Cómo diablos estás, Florence? —me dijo.

De leer Variety —vale, de ver los tuits de Variety—, sabía que ahora «Elliott el Ansias» era un gran mánager musical de Los Ángeles. Me lo imaginaba con los pies encima de una mesa de caoba, viendo Sunset Boulevard por la ventana y mirando cómo la gente correteaba allá abajo como hormigas. Al menos el sueño se había hecho realidad para uno de nosotros.

—Iré al grano —dijo—. Estoy en la ciudad y quiero comentarte una cosa. Una oportunidad.

Por fin, pensé. Por fin, joder. Era la llamada con la que llevaba diez años fantaseando, la que tenía el poder de volver a poner en marcha mi carrera por arte de magia.

—¿Qué tal la semana que viene? —pregunté, calculando ya cuántas visitas al salón de belleza podría en ese tiempo.

—Ay, no, cariño. Vuelvo a Los Ángeles el sábado por la mañana. Estamos preparando la temporada de premios. ¿Qué tal el viernes?

—¿Este viernes? ¿Quieres decir dentro de tres días? —Desde el punto de vista del tiempo no era ideal. Diez días es lo mínimo que necesito para hacerme chapa y pintura hasta recuperar algo parecido a mi antiguo esplendor. Pero si la única opción era el viernes, me apañaría—. Claro —dije rápidamente—. Pues el viernes.

—Estupendo. Uno de mis ayudantes te enviará los detalles.

Cuando colgamos, sentí como si todo mi cuerpo se hubiera llenado de helio. No tenía a nadie con quien compartir la buena noticia, así que hice tres capturas de pantalla de mi historial de llamadas para demostrarme a mí misma que había sucedido de verdad.

Al cabo de cuarenta minutos, el ayudante de Elliott (asst1@elliottrivera.com) me envió un correo electrónico confirmando nuestra reserva para las 19.00 en Mr. Bang-Bang, un restaurante biodinámico de dim sum en Hackney donde se anima a los comensales a llevar sus propios palillos y ayudar al personal a lavar los platos.

Lo que siguieron fueron cuarenta y ocho horas de la preparación cosmética más intensa de mi vida. Empezó en un sótano frío y húmedo de Marylebone, donde una diminuta mujer rusa fue añadiendo uno a uno pelos negros a mis pestañas con la ayuda de unas pinzas. La intervención duró dos horas y me dejó grogui por el olor del pegamento. Lo siguiente fue un salón de belleza de Regent Street, donde agoté mi tarjeta de crédito para pagar a un «estilista de famosos» llamado Markk (con dos kas) que tejió treinta y ocho extensiones de media pulgada Remy platino a mi cuero cabelludo, lo que convirtió mi nubecilla de algodón de azúcar en una elegante cortina rubia. El toque final llegó por cortesía del Sun Express de mi barrio, donde rechacé el tanga de papel y giré como un pollo asado para que el «brillo de St. Tropez» penetrara por todos mis rincones.

El sonido de un silbido mecánico me devuelve al salón de ­belleza. Linh sonríe con picardía mientras sostiene en alto un aerógrafo.

—Tengo una idea —dice—. Nada descabellado, solo para que vean lo que se han estado perdiendo.

Debo de parecer indecisa, porque se apresura a añadir:

—Sin coste adicional.

Linh llena el aerógrafo con unas gotas de esmalte cuidadosamente decantadas y golpea el depósito con el dedo índice. Me invade una sensación de desapego zen. Me reclino en la silla de plástico. Algo cálido y húmedo resbala por mi mejilla. Una lágrima.

«Por Dios, Florence, cálmate».

Linh me pasa un pañuelo antes de bajarse las gafas protectoras.

—Irá bien. Tú confía.

Y por primera vez en mucho tiempo, lo hago.

Los primeros años de la década de 2000 fueron difíciles para Mariah Carey. Hacía poco que había dejado Sony Music tras divorciarse de su director ejecutivo y acababa de firmar un contrato histórico de ochenta millones de dólares con Virgin cuando sufrió una crisis nerviosa muy publicitada y fue hospitalizada por «agotamiento extremo». Pocas semanas después, su película Glitter, diseñada como vehículo para exhibir su fuerza como estrella, fracasó estrepitosamente. Una crítica en The Guardian señaló que Mariah quedaba «superada de largo por la encimera de madera de cerezo de su elegante apartamento de Manhattan». Su actuación fue galardonada con un Razzie. El álbum que acompañó la película tuvo una acogida tan pésima que Virgin puso fin a su contrato.

Su siguiente trabajo, Charmbracelet, publicado con Island Records, recibió duras críticas. En una de ellas se decía: «Toda la cruda integridad emocional de una tarjeta de: “Que te recuperes pronto”». Era el fin de la Reina de la Navidad. Estaba acabada. Era otra estrella del pop cuyo mejor momento había pasado.

Y luego se fue y lanzó The Emancipation of Mimi, un álbum tan perfecto que sus críticos más acérrimos se vieron obligados a arrepentirse públicamente de haberla despachado. No fue solo el regreso de la diva del siglo; fue una auténtica resurrección. Mimi redefinió a Mariah, como artista y como persona.

El encuentro de esta noche con Elliott va a ser mi momento de «Emancipación de Mimi». Pero antes me queda un recado humillante que tachar de mi lista.

Mi verdadero trabajo.

4

Shepherd’s Bush

Viernes, 10.01

Cierro la mano en un puño y golpeo la puerta metálica.

—¡Adam! —grito—. ¡Te necesito!

Silencio.

Doy un paso atrás hacia el

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos