1
Me sigue a todas partes. Creía que le había dado esquinazo cuando he salido por la ventana de mi habitación y he dado un rodeo por la zona de la piscina hasta llegar al lavadero…, pero allí me ha sorprendido la voz incorpórea de mi padre hablándome sobre el último apuñalamiento cerca de una estación de metro de Londres. A través del altavoz que hay en la encimera, empieza a recitarme las estadísticas de criminalidad desde algún rincón de la casa.
Pero no. No pienso escucharlo. Apago el altavoz mientras saco la ropa de la secadora, y me la llevo a mi habitación, donde una fortaleza considerable de maletas y cajas ocupa la mayor parte del suelo. He tenido semanas para hacer el equipaje. Sin embargo, de alguna forma, me las he arreglado para posponer las tareas más farragosas hasta apenas una hora antes de que llegue el coche que me llevará al aeropuerto.
«Los crímenes con arma blanca ya llegan a los seis mil…».
Apago el altavoz de mi habitación cuando mi padre vuelve a la carga. En cuanto esté a salvo, fuera de este código postal, hablaré con alguien para que le corten internet. Si sigue así, va a darle un infarto.
Mi móvil vibra. Espero ver el nombre de papá en la pantalla, pero es mi mejor amiga, Eliza, así que pongo el manos libres y arrojo el teléfono a la cama.
—Siento no haber podido ir —me dice en lugar de saludar—. Se suponía que ya teníamos que haber vuelto, pero mi madre ha visto que tenía una abolladura en el parachoques y ha tenido que enzarzarse en una pelea de aúpa con el aparcacoches. Estoy convencida de que la hizo ella al chocar una vez más con la camioneta del jardinero, así que todavía seguimos…
—Tranquila. De verdad. No pasa nada.
Empiezo a doblar camisetas y mallas, y las meto a toda prisa en cajas de embalaje en una carrera contra reloj tan frenética que le arrebata todo sentido al esfuerzo de doblar nada. Todo se convierte en un acto desesperado de embutir veinte kilos de ropa en una maleta que ya estaba a punto de estallar.
La visión que tenía hace unos días de una despedida organizada se desvanece ante mí.
—Pero me abandonas —me dice haciendo un puchero, con ese tono de indiferencia fingida que tanto la caracteriza. Para ella es un fastidio levantarse por la mañana y comprobar que el mundo aún no se ha terminado, pero yo soy de las pocas personas que no desprecia por completo. Es entrañable—. Estaré un año entero sin verte. Te echaré de menos.
Suelto una risa.
—Eso ha tenido que dolerte.
—Pues sí —dice en un suspiro. La verdad es que Eliza nunca ha necesitado ni echado de menos a nadie.
—Valoro el esfuerzo. —Sé que esa es su forma de decirme que le importo.
Debo admitir que envidio su independencia. Lo bien que se siente consigo misma y su indiferencia ante cosas como la ansiedad, la duda o el miedo. Podrían dejarla caer en cualquier lugar del mundo sin previo aviso y, mientras pudiera encontrar una taza de café aceptable, estaría contenta.
Mi móvil suena: tengo una llamada entrante. Prometo llamar a Eliza antes de subir al avión y atiendo la otra línea sin mirar la pantalla, convencida de que serán mis futuras compañeras de piso. Con la diferencia horaria y las horas de vuelo que separan Nashville de Londres, es muy probable que esta sea la última oportunidad que tenga de hablar con ellas antes de plantarme en la puerta de mi nuevo apartamento.
—¿Hola?
—En Londres, las mujeres de entre dieciséis y veintinueve años tienen ocho veces más probabilidades de ser víctimas de…
—¿En serio, papá? ¿Le has hablado al doctor Wu de tu paranoia extrema y de tu ansiedad por separación?
—Cariño, escúchame. Londres puede ser un lugar muy peligroso para una chica joven como tú. Yo estuve viviendo allí seis meses, ya lo sabes.
Sí. Todo el mundo lo sabe. Estuvo allí cuando compuso y grabó su tercer álbum en Abbey Road, la calle que dio nombre al undécimo álbum de los Beatles y, treinta y dos años más tarde, a mí.
—Eres consciente de que, en el resto del mundo —le digo, forcejeando con la cremallera de otra maleta—, Estados Unidos se considera una sociedad violenta y bárbara, desbordada por el crimen, ¿verdad?
—Esto no es como ir al cine en el centro de Nashville —insiste, haciendo caso omiso de mi argumentación—. Londres es una gran ciudad a escala internacional. Puedes subirte a un taxi y desaparecer para siempre.
—No creo que el doctor Wu considere que darte un atracón de capítulos de la serie Venganza antes de que tu hija se vaya a estudiar un semestre al extranjero sea un mecanismo de superación saludable.
—Abbey.
—Papá.
—Tienes diecinueve años. A esa edad es legal beber alcohol en el Reino Unido. No puedo evitarlo: no me hace ninguna gracia que mi niña esté en alguna discoteca de otro continente, rodeada de desconocidos, mientras un atajo de memos ingleses le meten bebidas en la boca.
—Nada que ver con los atajos de memos norteamericanos.
—Abbey.
Sé que ahora está a punto de perder los papeles. Mi padre nunca dice palabrotas delante de mí. Ni siquiera se permite un sorbo de vino en la cena si yo estoy presente. Desde el día que dejó las giras cuando yo tenía once años, ha hecho todo lo posible por eliminar cualquier rastro de la estrella de rock Gunner Bly y reinventarse como el padre perfecto. Sigo creyendo que aquellas fotos que se publicaron en las que se le veía bajando del autocar de la gira a las cuatro de la madrugada, con un cigarrillo colgando de los labios, una botella de Jack Daniels en una mano y al bebé que era yo en la otra, lo sacudieron por dentro. Se asustó mucho. Le dio miedo que me convirtiera en una de esas hijas de famosos degeneradas, de vuelta de todo, que alternan temporadas en reality shows con estancias en clínicas de rehabilitación, para acabar llorando en el programa de entrevistas The View y comunicándose con sus padres a través de las páginas de la prensa del corazón.
Dicho esto, quiero mucho a papá, pero se está convirtiendo en un manojo de nervios y su rutina de padre controlador empieza a desgastarme.
—Papá, ya sé que preferirías que me pasara el resto de la carrera encerrada en mi habitación, pero puedo cuidar de mí misma. Es hora de cortar el cordón. Ya me he hecho mayor.
—No lo entiendes. Sé muy bien lo fácil que es que un par de copas se conviertan en un par de rayas de coca…
Oh, por favor…
—Ya, ¿podemos dejarlo? Voy un poco apurada ahora mismo.
Cuelgo sin esperar respuesta. Si le sigo el juego, todavía se alterará más.
Presenté la solicitud para participar en este programa y cursar el segundo de carrera en la Pembridge University de Londres por recomendación de mi profesor de Historia Europea y en un estado de conmoción inducido por Peaky Blinders, La corona y Love Island. Y a pesar de que mis notas de primero eran excelentes y mis profesores estuvieron encantados de escribirme cartas de recomendación, ni por un momento creí que fueran a aceptarme. Al recibir el correo electrónico, toda mi vida se puso patas arriba. De repente, tuve que darle la noticia al superprotector de mi padre: no solo iba a irme de casa, sino del país.
Y ahora que estamos a las puertas del Día D, no se lo está tomando nada bien.
—Quizá haya un programa de estudios online.
Casi pego un salto de un metro cuando vengo del armario cargada con un montón de ropa y me lo encuentro plantado en mitad de mi habitación.
—¡Qué susto, papá! Es inquietante lo sigiloso que eres para un hombre de tu edad.
—¿Qué me dices? —insiste—. Estudiar online sería perfecto para ti.
—No, sería perfecto para ti. Y olvídalo. Eso no va a pasar. El coche llegará en cualquier momento. Y ya les he mandado el primer mes de alquiler a mis compañeras de piso.
Lo que me recuerda que todavía no he sabido nada de ellas. Cojo el teléfono y veo que tengo un par de mensajes de texto de un número muy largo. Me costará un poco acostumbrarme a eso.
Lee: ¡Hola! Me muero por conocerte. Ya tienes la habitación lista y te esperan algunos regalos de bienvenida que Jackie y Jamie creen que te encantarán. Te he mandado un mail con la dirección de casa. No sigas las indicaciones de Google. Son un desastre. Nos vemos mañana. ¿O es hoy? ¡He perdido la cuenta! Bss
—Y ¿por qué no he podido hablar con estas compañeras de piso? —me pregunta papá, con el rostro rebosante de arrugas de preocupación—. No sabemos nada de ellas. Puede que al llegar allí descubras que en realidad el apartamento es uno de esos almacenes del puerto y te encuentres con unos tipos que quieren ponerte una bolsa en la cabeza.
—Buf, eres agotador.
Le escribo una respuesta breve a Lee y me meto el móvil en el bolsillo.
—Las encontré en la misma página donde Gwen buscó casa para compartir cuando se fue a pasar un semestre en el extranjero —le recuerdo a mi padre—. Verifican los antecedentes de todos los usuarios. Incluso la recomienda la propia universidad. Es una página totalmente fiable.
Como no consigo aclararme con las zonas horarias, todavía no hemos hablado por teléfono ni hemos hecho ninguna videoconferencia para presentarnos como es debido. Solo nos hemos mandado correos electrónicos y mensajes de texto, que en su mayoría hemos recibido mientras ellas o yo dormíamos. Pero las conversaciones digitales que he mantenido con Lee a lo largo de las últimas semanas han sido muy alentadoras. Hasta ahora parece muy maja. Está en el último curso, así que debe de ser un par de años mayor que yo. Y ya hay otras dos chicas viviendo allí.
—Estaría más tranquilo si pudiera hablar con ellas —insiste papá—. Quizá incluso tener una conversación con sus padres.
—¿Sus padres? ¿En serio? No voy a una fiesta de pijamas. Somos adultas.
Me mira con los ojos entornados, apretando los labios.
—Esto no me hace sentir mejor.
—Pues te sugiero que lo trabajes con el doctor Wu.
Le ofrezco una sonrisita por encima del hombro, pero, por supuesto, el comentario no le hace ninguna gracia.
Se sienta a los pies de mi cama. Se pasa la mano por el cabello revuelto y se rasca la barba incipiente. En momentos como este —no sé muy bien por qué— me doy cuenta de lo extraño que es ser hija de Gunner Bly. Es una de las razones principales por las que no quería que mis compañeras de piso supieran quién es mi padre antes de que me mudara con ellas. Hace que todo… se complique.
Toda la vida he estado rodeada de personas que fingían ser amigas mías solo para acercarse a él. Sin saber nunca en quién confiar. Siempre decepcionada por las relaciones vacías. Papá decidió que nos mudáramos de Los Ángeles y nos fuéramos a vivir a este rancho a las afueras de Nashville para alejarnos de los cazadores de fama y los aduladores, y poder llevar una vida más tranquila. Y lo ha sido. Casi siempre. Todavía se cuela algún que otro fanático. Un fan o alguien con la esperanza de impulsar su propia carrera. A veces un oportunista en busca de fotos o chismes para vender a la prensa.
Ya de muy pequeña aprendí que hay trampas y víboras por todas partes. Por eso ni siquiera uso las redes sociales. Así que no le reprocho a mi padre sus neurosis. Solo querría que me dejara un poco de espacio para respirar mientras trato de trabajar las mías.
—Escucha, cariño —me dice tras un suspiro—. Ya sé que he sido un poco pesado, pero ten presente que nunca había pasado por esto. Eres mi niña. Dejar que te vayas y empieces tu propia vida es bastante aterrador para un padre. A tu edad, yo acababa de firmar un contrato discográfico y estaba en una ciudad distinta cada noche, metido en todo tipo de líos.
—Eso he oído —digo con sequedad.
Él sonríe y agacha la cabeza, dándose por aludido.
—Entonces ya sabrás que he visto todas las maneras en las que una chica joven puede acabar teniendo problemas estando sola en una gran ciudad.
—Sí. Supongo que así es como vine yo al mundo.
Mi padre tose, frunciendo el cejo.
—Más o menos.
No es ningún secreto que Nancy era una fan que siguió a papá de ciudad en ciudad hasta que logró colarse en su habitación de hotel. No estuvieron mucho tiempo juntos. El resto es historia del rock and roll. Son muy volubles esas fans.
La verdad es que me merezco cometer alguna locura. Otro de los inconvenientes de ser hija de Gunner Bly es haber crecido escuchando las historias de sus incontables hazañas sin tener ninguna propia, criada entre algodones y protegida bajo el sello hermético de su culpa y sus remordimientos. Valoro que solo quiera lo mejor para mí, pero ahora ya voy a la universidad. Me gustaría experimentar al menos un poco del caos y la vida desenfrenada que correspondería a una chica de mi edad.
—Lo que trato de decir es que me preocupo por ti. Eso es todo. —Se levanta y me coge de la mano—. Eres lo único que he hecho bien en mi vida.
—Me parece que Billboard y esa pared llena de Grammys dicen lo contrario.
—Eso no me importa nada comparado con ser tu padre, ¿me oyes?
Veo asomar una lágrima en uno de sus ojos y me quedo sin habla. Nada me hace llorar más rápido que ver a mi padre emocionado. En eso los dos somos unos blandos.
—Te quiero —le digo—. Y voy a estar bien. Significa mucho para mí que me apoyes en esto, ¿entiendes? Es muy importante.
—Tú solo prométeme que tomarás buenas decisiones. Y recuerda que nunca pasa nada bueno después de medianoche.
—Lo prometo. —Le doy un abrazo y un beso en la mejilla.
—Sabes que siempre puedes regresar a casa, ¿verdad? —Sigue abrazado a mí, así que yo tampoco lo suelto, porque sé que lo necesita—. En cualquier momento. De día o de noche. Tú dímelo y tendrás un billete esperando en el aeropuerto.
—Lo sé.
—Y si te metes en problemas, del tipo que sean, si te encuentras en algún lugar en el que no querrías estar o en la cárcel…
—Papá…
—Lo que sea. Tú me llamas y yo te ayudaré. Sin hacer preguntas. Ni siquiera tendremos que hablar de ello. Te lo prometo.
Me limpio una lágrima con la mano y la seco con su camisa.
—Vale.
Me suena el móvil. Es un mensaje de texto del chófer, que está esperando fuera.
Dejo escapar un suspiro nervioso.
—Tengo que irme.
Sí. Está pasando de verdad.
Hasta ahora, solo había pensado en la libertad y la aventura de cruzar un océano para empezar otra vida, pero, de pronto, me invaden el miedo y la incertidumbre. ¿Y si no soporto a mis compañeras de piso? ¿Y si no me soportan ellas a mí? ¿Y si la comida inglesa es asquerosa? ¿Y si en mi nueva universidad son todos más inteligentes que yo?
Un impulso repentino de esconderme debajo de la cama me atenaza el pecho.
Como si oyera la avalancha de ansiedades que me arrolla de pronto, papá consigue ponerse en modo paternal. De alguna forma, ahora es él quien me tranquiliza a mí.
—No te preocupes —dice, echándose mi mochila al hombro mientras coge mi maleta—. Los vas a dejar a todos sin aliento.
Juntos cargamos el equipaje en la limusina que me llevará al aeropuerto. Lo que queda me lo mandará directamente al apartamento. Ni siquiera estoy segura de estar respirando cuando papá me da un último abrazo y me mete un fajo de billetes en el bolsillo.
—Para emergencias —dice—. Te quiero.
Durante casi toda mi vida, este rancho ha sido una cárcel de lujo diseñada para hacerme olvidar que estaba atrapada en sus confines. Ahora, por fin, los he traspasado. Sin embargo, nunca me había parado a pensar qué haría una vez libre. Ahí fuera hay todo un mundo, inmenso y aterrador, lleno de trampas en las que podría romperme la cabeza.
Y no puedo estar más entusiasmada.
Aterrizamos en Londres después de medianoche, hora local. Las luces de la pista se ven borrosas a través de la ventanilla salpicada por la lluvia, y una voz nos recuerda que adelantemos los relojes.
Después de casi diez horas de vuelo, estoy impaciente por bajarme del avión. Mi vejiga no deja de protestar y tengo los pies hinchados. Una impaciencia delirante se apodera de mí mientras aguardo de pie en el pasillo, ansiosa e inquieta, con las bolsas en la mano, lista para desembarcar. Se abre la compuerta del avión y corro presurosa por la pasarela camino del baño más cercano.
Es más de la una de la madrugada cuando el chófer carga la última de mis maletas en el maletero de la limusina negra. Le ofrezco las indicaciones que me dio Lee, pero me asegura que encontrar Notting Hill no le supondrá ningún problema.
Mi cuerpo sigue convencido de que no son ni las ocho de la noche cuando acerco la cara a la ventanilla trasera para ver desfilar las luces de Londres.
No soy nada viajera, por culpa de un padre sobreprotector que ve asesinatos en cada esquina, así que aún me sorprende que los lugares sean como los he visto en las películas. Los edificios, los monumentos. Esas cabinas telefónicas de color rojo. Casi parece irreal. Devoro la ciudad con los ojos y, cada pocos segundos, me asusto al ver venir el tráfico hasta que recuerdo que aquí conducen por el otro lado de la carretera. El chófer suelta una risa, mirándome por el retrovisor.
Vale, de acuerdo.
Decido soltarme durante el trayecto a mi nueva casa, abrazando sin vergüenza el estereotipo de la americana embobada, mientras contemplo boquiabierta los autobuses de dos pisos y le hago preguntas tontas al conductor solo para oír su acento. Sin embargo, sin el tráfico de hora punta, el viaje termina demasiado pronto, en una pintoresca calle residencial de casitas adosadas de ladrillo pintadas en tonos pastel.
Avanzamos despacio hasta una casa de dos plantas de estilo eduardiano con la fachada de estuco de un color blanco roto. Ambos apartamentos tienen un porche con columnas, y una verja de hierro que rodea un jardín diminuto repleto de macetas. Unos pocos peldaños conducen a las entradas cubiertas. Siento un cosquilleo nervioso en los pies cuando veo el número 42 en la puerta de la casa de la izquierda.
La luz del porche está encendida, esperándome.
—Será mejor que me asegure de que hay alguien despierto —le digo al conductor, más para mí que para él, cuando obligo mi mano a coger la manilla.
En las ventanas delanteras la luz brilla tras las cortinas blancas. Es prueba suficiente de que me están esperando, aunque ahora me pregunto si debería haber reservado un vuelo nocturno para llegar a una hora más razonable. No creo que tenerlas a todas despiertas me ayude a causar una buena impresión.
Allá voy.
Llamo a la puerta conteniendo el aliento. He imaginado un montón de veces lo mal que podría ir todo. Podríamos caernos mal a la primera. Por lo que he podido deducir, todas mis compañeras de piso tienen uno o dos años más que yo. ¿Y si esta americana inútil acaba con su paciencia en una semana?
Vuelvo a estar como un flan cuando percibo movimiento en el interior de la casa. Las cortinas se mecen y la puerta se abre con un chirrido.
Me quedo desconcertada: un chico delgado, de piel negra, con una camiseta de tirantes holgada y unos bohemios pantalones de seda anchos está plantado en el umbral.
—Sabía que serías pelirroja. —Me sonríe de oreja a oreja, con una expresión afable.
—¿Es esta…, mmm, es esta la casa de Lee?
—A veces. Aunque llevo ya dos tercios de una botella de merlot, así que no te prometo nada.
¿Eso era una respuesta? Aún sigo perpleja.
—Soy Abbey. —Me muerdo el labio—. Se suponía que debía mudarme aquí.
—Por supuesto, cariño. —Mira por encima de mi hombro y asiente al chófer.
—Siento que todos hayáis tenido que trasnochar por mi culpa. Debería haber tenido en cuenta la diferencia horaria al reservar el vuelo.
—Tranquila. A los otros dos los conocerás mañana. Esta noche han salido.
Parpadeo como una tonta.
—¿A los otros?
—Jack y Jamie. —Abre la puerta de par en par y me mete dentro de un tirón—. Mejor que no los esperes despierta. Los oirás llegar a trompicones hacia las cuatro. Intenta no juzgarlos hasta que se hayan tomado las tostadas del desayuno.
Deja la puerta entreabierta para el conductor, que ya está amontonando mis maletas en el bordillo.
Poco a poco, mi estado de confusión da paso a una claridad perturbadora.
—¿Tú eres Lee?
—Desde que nací. —Me coge la mochila del hombro y se la cuelga en el suyo, con un aire de modelo de revista—. Lo sé. Soy aún más deslumbrante en persona.
El interior de la casa es alegre y acogedor. Un alivio, considerando el clima gris de la ciudad. Hay un pequeño vestíbulo a los pies de la escalera, seguido de un pasillo estrecho con un salón a un lado y una cocina al fondo. La decoración es un batiburrillo de muebles modernos y elegantes que parecen sacados de una revista de decoración, como si alguien hubiera mezclado las páginas de una revista de interiorismo y hubiera llenado la casa con su contenido.
—Pero Lee es nombre de chica —digo con énfasis.
Me mira enarcando una ceja.
—No te dejes engañar por estos pómulos perfectos.
—No, quiero decir… Se suponía que iba a compartir piso con otras chicas. ¿Me he equivocado de casa?
—No, si eres Abbey Bly. —Me mira con una mezcla de preocupación y escepticismo. Como si fuera la típica mujer histérica peleándose con el carrito de la compra en el pasillo de los cereales—. Soy Lee Clarke. Bienvenida a Londres.
2
Mi padre me va a matar.
Ríete del crimen en Londres. Dentro de unas diez horas, tendré a un asesino de Tennessee en la puerta, listo para estrangularme por este estúpido error. Bueno, en realidad, ha sido un error inocente. Pero los detalles semánticos no van a salvarme de la muerte inminente.
Sigo mirando a Lee con la boca abierta.
—¿Y los demás también son chicos? —musito por lo bajo al fijarme en las zapatillas deportivas que hay tiradas en un rincón y en las chaquetas colgadas detrás de la puerta.
—Me temo que sí, cariño. —Hace una mueca compasiva y añade—: Pero no dejes que su olor te desanime. Aparte de eso son encantadores.
Empiezo a repasar mentalmente correos y mensajes de texto, en busca de pistas. Cuando me inscribí en la web de alquiler compartido, marqué la casilla de compañeras de piso femeninas. Di por sentado que…
—Un momento, ¿por qué pedisteis compartir casa con una chica?
No es que Lee parezca un acosador ni nada de eso, ni mucho menos, pero este es exactamente el tipo de situación que la paranoia desorbitada de mi padre ha insistido siempre en que evitara.
—¿Quieres decir online? A nosotros nos daba lo mismo. Dejé en blanco la preferencia de género.
Genial. Nunca me había sentido tan atacada por nombres andróginos.
Menudo desastre. Todo mi plan se está yendo a la mierda. Cuando papá sepa que comparto casa con tres tíos, no solo se pondrá como una furia, sino que lo verá como una prueba irrefutable de que no sé arreglármelas sola. Solo tenía una tarea y meto la pata hasta el fondo.
—¿Estás bien? —Lee me mira con el ceño fruncido.
Me froto una sien: empiezo a tener dolor de cabeza.
—Me muero de vergüenza.
—Tengo el remedio perfecto para eso.
Se marcha a la cocina y, al cabo de un momento, regresa con una copa de vino que me coloca en la mano.
—Toma. Para los nervios.
Bebo un trago apresurado. No sé si ayuda, pero cuando el chófer deja en la puerta el último cargamento de maletas, acepto que esto no es un delirio causado por el jet lag. No sigo en el avión, atrapada en un sueño febril provocado por el champán y la comida de la compañía aérea.
Mierda.
—Estoy bien —miento, porque sufrir un colapso emocional diez segundos después de cruzar la puerta me parece una grosería—. Solo un poco cansada. Ha sido un vuelo largo. Bueno, estas cosas pasan, ¿no?
—Accidentes felices. —Se encoge de hombros—. Me gusta pensar que soy de los que creen que todo pasa por alguna razón. O sea, en realidad no soy ese tipo de persona, pero me gusta pensar que lo soy. —Sonríe para sí y hace un gesto teatral, como si se echara el pelo para atrás—. Quién sabe, Abbey Bly. Esto podría ser el principio de una hermosa amistad.
Claro, eso si mañana a esta hora no me han metido ya en un avión de vuelta. Lee parece un chico agradable, pero mi padre no me dejará quedar tiempo suficiente para que nuestra amistad quede en algo más que mera anécdota.
Puede que Lee haya captado mi creciente incomodidad, porque su sonrisa flaquea.
—Oye, está todo bien —me asegura—. Esto no es lo que esperabas. Pero te prometo que no somos unos tíos raros. Y estaremos encantados de que te quedes. Pero si esta noche te sientes más cómoda durmiendo en un hotel, lo entenderé perfectamente. ¿Quieres tomarte un respiro y volver mañana, más despejada?
Considero su ofrecimiento. Podría dar media vuelta y regresar al coche. Reflexionar sobre la situación durante la noche y ver cómo la afronto cuando todos mis compañeros de piso estén aquí. Pero entonces tendría que pagar el hotel con la tarjeta de crédito y mi padre lo vería en el extracto bancario. Además, estoy segura de que a estas alturas ya tiene todas las alertas configuradas para que lo avisen de cualquier gasto superior a cincuenta dólares. Antes de poner la cabeza en la almohada, ya me habrá llamado histérico perdido para saber qué narices estoy haciendo.
No. A pesar de este contratiempo, me recuerdo a mí misma que me he pasado las últimas semanas conversando con Lee por correo. Y la web de alquiler compartido lo aprobó como compañero. Además, no me parece que desprenda vibra de asesino en serie ni nada parecido. Me gusta pensar que tengo buen radar para los maniacos homicidas.
—Si te parece bien —le digo—, me gustaría quedarme.
—Genial. —Con una sonrisa radiante, Lee señala las escaleras con un gesto de cabeza—. Dejaremos los formalismos y el tour para mañana. Vamos a llevarte a dormir.
Al llegar al piso de arriba, me informa de que las habitaciones de Jack y de Jamie están al fondo, a la derecha. Nosotros nos dirigimos a la izquierda, donde hay tres puertas.
—El baño está al final del pasillo. Lo compartiremos tú y yo.
No creo haber puesto mala cara, pero Lee se apresura a añadir:
—Créeme, no quieres ver lo que Jamie hace con el suyo.
Nos detenemos ante dos puertas enfrentadas.
—Esta es la mía —me dice mientras señala la de la izquierda. Luego abre la otra—: Y esta es la tuya.
Me quedo sin aliento. Esperaba paredes desnudas y quizá alguna colcha sobre la cama, pero esta habitación es mucho más que eso.
—Espero que te guste. —Se encoge de hombros—. No he podido evitarlo.
Decorada en tonos blancos, grises y cremas, la habitación desprende una atmósfera apacible y acogedora. La cama está vestida con un plumón, algunas mantas y almohadones de terciopelo. Varias alfombras superpuestas arropan la tarima de madera. En el alféizar de la ventana, algunas plantas dejan caer sus zarcillos hacia el suelo. Hay un armario ropero, un escritorio y una cómoda con un televisor pequeño encima.
—¿Has preparado todo esto para mí?
Me vuelvo hacia él, asombrada y agradecida. Es demasiado. Quiero decir que es perfecto. Pero ha puesto mucho esfuerzo.
Lee pone los ojos en blanco.
—La última chica que estuvo aquí tenía un gusto terrible. —Deja mi mochila junto a la cómoda—. A ver, es solo lo imprescindible. No iba a dejar que durmieras en un colchón pelado.
—Gracias. Me encanta.
Suelta una risa ronca y sacude la mano para restarle importancia.
—Y gracias también por estar aquí para recibirme —añado. Porque, a fin de cuentas, dadas las circunstancias, la cosa podría haber ido peor—. Gracias.
—De nada, Abbey Bly. El baño es todo tuyo si quieres ducharte o refrescarte un poco. Voy a subir tu equipaje.
El viaje me ha dejado agotada y con sensación de ir poco aseada, así que acepto su oferta y dejamos el resto de la conversación para mañana. Al cabo de un rato, ya estoy acostada en la cama, con el cabello todavía mojado, escuchando los sonidos nocturnos de la casa. Contemplo el techo. No tengo ni idea de qué voy a decirle a mi padre.
Me encanta este barrio. Me he pasado semanas mirando fotos de sus calles arboladas, sus cafés y sus librerías. Encontrar un lugar lo bastante cerca del campus no ha sido fácil ahora que los precios de los alquileres en Londres están por las nubes. Si no me quedo en esta casa, hay muy pocas probabilidades de que encuentre algo que cumpla todos mis requisitos. Y todavía menos con el semestre a punto de empezar.
Pero papá se subirá por las paredes. Seguro que no dejará que me quede cuando lo sepa.
Y sin un lugar donde vivir, estará encantado de arrastrarme a casa de nuevo.
Adiós, Londres.
Es una sensación extraña. Me despierto con el sonido de coches que circulan por la calle, de bicicletas y de personas que pasean a sus perros. El murmullo de una comunidad que se pone en marcha para empezar el día, algo que hace años que no experimento con regularidad. En el rancho, solo se oyen los pájaros y los pasos pesados de mi padre; no hay casas cerca. Desde que nos mudamos de Los Ángeles, cuando era niña, no había vuelto a oír el ruido de los camiones de la basura o la música de los coches colándose por mi ventana. Todas estas señales me recuerdan lo lejos que estoy de casa y lo cerca que me encuentro de una de las ciudades más geniales del mundo. Empieza a parecerme real este viaje que he emprendido hacia mí misma.
Lo suficiente para despejarme un poco del jet lag. De pronto, el olor a beicon, salchichas, huevos y tostadas llega hasta mi habitación y mi estómago empieza a quejarse. Supongo que los grisines que me guardé del vuelo no contaron como cena.
Bajo las escaleras y me dirijo vacilante a la cocina. Oigo el sonido de cubiertos y sartenes de metal y a alguien trasteando de un armario a otro. Es la misma sensación que tengo en los bed & breakfast, donde te sientes poco acogido, como un intruso. Vivo aquí, pero todavía no del todo.
—Bien —dice Lee, levantando la mirada de los fogones cuando asomo la cabeza por detrás de él—. Te has levantado. No sabía si dormirías todo el día.
—El jet lag suele afectarme el segundo o el tercer día. Es muy probable que esté despierta toda la noche.
Me distrae su apariencia. Se ha transformado. Hoy va vestido para una tarde en la ciudad, como si el chico de anoche hubiera sido una alucinación: unos pantalones azul marino impecables, una camisa bien planchada, americana, y todo ello rematado con una pajarita de seda y un cinturón de cuero marrón. Detrás de sus gafas de montura negra, parece una persona completamente diferente.
—Siéntate, vamos. —Coloca un plato con un tenedor y un cuchillo en la barra de la cocina—. No creo que estés lista para el desayuno inglés completo. Empezaremos por la versión básica.
Procede a llenarme el plato con suficiente colesterol para tumbar a un hipopótamo. No me quejo.
—Huele genial. —Antes de que acabe de servirme, ya tengo la boca llena de huevo. Más que saborearlos, los absorbo.
Lee ríe para sí, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué? —digo cubriéndome la boca con la mano.
—Americanos. Todo es «genial».
—Oh. —Hay una botella de leche con algunos vasos vacíos, así que me sirvo uno para ayudar a bajar los huevos—. Estos huevos están para morirse.
—Mejor.
—¿Qué tal, tío? —Un chico alto, delgado pero ligeramente musculado entra en la cocina. Es castaño, con el cabello corto y revuelto. Va descalzo, con unos tejanos arrugados y una camiseta andrajosa con la que claramente ha dormido—. ¿Y quién es esta de aquí?
—Abby, Jamie. —Lee nos presenta, preparando otro plato para el recién llegado—. Jamie, Abbey.
El típico inglés paliducho de las comedias románticas se dirige al hervidor que hay en los fogones y se prepara una taza de té. Luego se sienta a mi lado y, con una sonrisa coqueta, me roba un pedazo de beicon del plato.
—Hola, Abbey. —Hace batir las pestañas. Estoy convencida de que este numerito, combinado con sus rasgos aristocráticos y su sonrisa de niño bien siempre le funciona—. ¿Has dormido bien?
Asiento con entusiasmo.
—Geni… Estupendamente.
Lee se ríe entre dientes.
Jamie asiente.
—Magnífico.
Lee levanta la bandeja de salchichas, espátula en mano.
—¿Le preparo un plato para ella?
Aunque la pregunta va dirigida a Jamie, él no levanta la mirada de la tostada que está untando con mermelada.
—¿Para quién? —dice con desdén.
—¿Me lo preguntas porque no recuerdas cómo se llama? —replica Lee con ironía.
—¿De quién estáis hablando? —intervengo con curiosidad.
—Esa es la cuestión, ¿no? —Lee ladea la cabeza cuando el suelo cruje sobre nuestras cabezas. Se oyen pasos acelerados seguidos de un portazo—. No me digas que esos son los pasitos de Jackie.
Jamie se encoge de hombros y, como si le hablara a la tostada, dice:
—Habrá sido un ratón.
Unos pasos más lentos y pesados descienden por las escaleras. Pronto descubro que pertenecen a una auténtica montaña humana, un chico rubio y bronceado, con el torso desnudo, barba incipiente y más abdominales que yo pestañas. Jack, deduzco. Aunque podría pasar perfectamente por Thor. Lo único que le falta es el martillo gigante.
«Quizá lo guarde debajo de los pantalones…».
Os juro que oigo la voz de Eliza en mi cabeza.
—¿Sabes que hay una chica medio desnuda correteando por el piso de arriba? —dice arrastrando las palabras con un marcado acento australiano mientras se deja caer en la silla que tengo delante, al otro lado de la barra de la cocina.
Mientras alarga el brazo hacia el plato de huevos, me lanza una sonrisa encantadora que me descoloca.
Madre mía. Nunca había visto a un chico tan atractivo en persona. Mandíbula perfecta y hoyuelos adorables. Y unos bíceps del tamaño de mis muslos.
—El caso es que podría tratarse de varios ratones disfrazados de persona —dice Lee con sarcasmo mirando fijamente a Jamie, que sigue entregado a su desayuno.
Jack me observa con curiosidad.
—Tú no serás también varios ratones disfrazados, ¿verdad?
Niego con la cabeza.
—Yo soy Abbey. Puedes llamarme… Abbey.
Mierda.
¿En serio? ¿Cómo iba a llamarme sino? ¿Susan?
Sus labios se contraen, divertidos.
—Yo soy Jack. —Breve pausa—. Llámame Jack.
Lee se ríe por lo bajo delante de los fogones. Puedo imaginar lo coloradas que deben de estar mis mejillas ahora mismo.
Por suerte, Jack me saca del aprieto callándose todo comentario sobre mi respuesta estúpida.
—Bien. Así que ni Abbey ni yo somos ratones. Me alegro de haberlo aclarado.
Tiene unos ojos de un azul hipnótico, increíble. Son cósmicos y deslumbrantes. No me doy cuenta de que lo estoy mirando fijamente hasta que me sonríe con picardía y me guiña un ojo, a sabiendas de que me ha pillado infraganti.
«Genial, Abbey. Eres todo sutileza».
—Es que la pobre muchacha me tiene preocupado —dice Lee, de pie al otro extremo de la barra, picoteando su desayuno, pero, sobre todo, desafiando a Jamie para que lo mire—. ¿Crees que se habrá perdido?
—No es una niña. —Un Jamie cabezota se echa más sal a los huevos, cada vez más indignado.
Jack tiene la envergadura de un 747. Cuando come, sus codos chocan con los míos, aunque no parece darse cuenta.
—¿Crees que ha salido gateando de su armario? —pregunta.
Jamie se inclina hacia mí para susurrarme algo al oído.
—Sé buena y cambia de tema, ¿vale?
—Abbey… —me advierte Lee, con gravedad—. Recuerda quién te ha preparado el beicon.
Tengo debilidad por los desesperados y los oprimidos, así que le echo un cable a Jamie.
—Vamos, contadme. ¿Cuánto lleváis viviendo juntos?
Lee pone los ojos en blanco.
—Típico.
Jamie se inclina hacia mí y me planta un beso en la mejilla.
—Eres un encanto, Abbs.
—Nos mudamos aquí el otoño pasado —me dice Jack, masticando.
—¿Cómo os conocisteis? ¿Lleváis mucho tiempo siendo amigos? —pregunto.
Jack lanza una mirada a los otros dos.
—Fue en esa fiesta en vacaciones, ¿verdad? En ese sitio español de las cabezas raras en la pared.
Enarco una ceja.
—¿Cabezas?
—No había ninguna cabeza —replica Jamie—. Y fue antes del semestre de primavera. En el apartamento de esa chica, Cara, en Chelsea. Ya sabes a quién me refiero.
Jack apila huevos y salchichas en una tostada, la dobla, y luego se la mete entera en la boca. Se la traga y dice:
—Recuerdo que mangaste un cargamento de patatas fritas de un camión.
—Les dejé cuarenta libras.
—¿Cuánto crees que cuesta una bolsa de patatas fritas?
—Os equivocáis los dos —los interrumpe un Lee exasperado—. El sitio de la pared de las máscaras es donde tocó Nate la noche en que Jack apareció con ese jugador de rugby. El que se enfadó cuando su novia salió del baño con el pintalabios corrido por toda la cara de Jamie.
—¡Es verdad! —Jack descarga la mano sobre la encimera y señala a Jamie—. Te dio una buena paliza.
Se ríe, y al oír ese sonido profundo se me acelera el corazón.
—Oh, vete a la mierda, Campbell —masculla Jamie.
—Oh, no. —Trato de contener una risa nerviosa ante la idea de Jamie metido en una pelea de bar con un amigo de Jack. Porque supongo que todos los tíos con la envergadura de Thor se desplazan en manada—. No me digas que te peleaste con él.
—¡Ja! —se ríe Lee, dándole un mordisco a una tostada.
—No —responde Jamie, tajante—. Sopesé la situación con acierto y decidí que la supervivencia era la opción más prudente.
Ahogo una risa.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que pagó cincuenta libras para que el amigo de Jack no le destrozara su cara bonita —responde Lee—. Lo que en realidad significa que le pagó al tipo ese cincuenta libras para poder besuquear a su novia.
Los tres se enfrascan en una discusión sobre los particulares de la diplomacia financiera de Jamie, en la que Lee acaba contando que su amigo está bastante forrado. Conectado con la aristocracia británica. En casa, eso significaría que es algún tipo de famoso, o quizá el heredero de una fortuna empresarial. Aquí quiere decir que tiene títulos nobiliarios y castillos y cosas por el estilo.
El desayuno me sirve para romper el hielo y empezar a conocerlos. Pero, como no podía ser de otro modo, llega el momento en que ellos quieren saber algo sobre la americana que tienen delante. Y es aquí donde la cosa se complica.
—Bueno, me estoy especializando en Historia Europea. Por eso estoy aquí… obviamente. Nací en Los Ángeles, pero ahora vivo cerca de Nashville. En Tennessee.
—¿Los Ángeles? ¿Donde está Beverly Hills? —Lee está entusiasmado; le brillan los ojos. Conozco muy bien esta expresión—. ¿Eres amiga de algún famoso?
Siempre empieza así. Palabra por palabra. E inevitablemente acaba con horas de admiración y devoción por mi padre hasta que yo dejo de ser una persona real. Y me convierto en un simple canal de acceso. Una forma de llegar a él. Así que miento. Constantemente. Es agotador.
—Pues no, en realidad no. Una vez me pareció ver a Ben Affleck en un Dunkin’Donuts, pero al final resultó ser un tipo con una gorra de los Red Sox.
Lee me saca del apuro cuando empieza a contar que, un día, en Brighton, ligó con un tío de Love Island en un show de drag queens. Estoy convencida de que al final el tema volverá a salir, pero no tengo ninguna prisa para que eso ocurra. Lo cual me recuerda que no solo les estoy ocultando a ellos la identidad de mi padre, sino también a mi padre la situación en la que me encuentro. Porque todavía no he decidido si puedo quedarme.
Lee lleva un buen rato recitando el catálogo de las personas remotamente famosas que ha conocido y todavía no se ha dado cuenta de que los demás hemos desconectado.
—Es feliz entreteniéndose solo —murmura Jack—. Pero yo quiero saber más de ti.
Soy incapaz de ocultar el rubor que me sube por las mejillas cuando me dice eso. Cuando veo que sus labios dibujan una leve sonrisa. Sin siquiera tener que esforzarse, me hace perder toda capacidad de razonamiento. Los hombres atractivos son lo peor.
—¿Vais todos a Pembridge? —Es lo primero que me viene a la cabeza en mi patético intento de mantener una conversación.
—No, solo Lee. Yo estoy en el tercer curso de St. Joseph. Jamie ya está en su último año, en el Imperial College de Londres, con los de alta alcurnia y los futuros primeros ministros.
—La pregunta crucial aquí es… —Lee se reincorpora en la conversación, inclinándose para apoyar ambos codos en la encimera—. ¿Se quedará Abbey con nosotros o regresará a Estados Unidos?
—¿Qué? ¿No vas a quedarte? —Jamie frunce el ceño—. ¿Por qué?
Lee suspira con dramatismo y responde por mí.
—Su queridísimo padre creía que compartiría casa con otras chicas. Pero mira por dónde…
Jamie se encoge de hombros.
—Tu padre está al otro lado del charco, ¿no?
Asiento con la cabeza.
—Bueno, sí.
Vuelve a encogerse de hombros.
—Pues miente.
—Sería una mentira bastante gorda. —Nunca le he mentido a mi padre. Al menos, sobre algo real.
—Solo tienes que evitar el tema…, no sé…, ¿un mes o dos? —señala Jack—. Y entonces se lo cuentas, pero ya será demasiado tarde para dejar la universidad, ¿no?
—Tú no conoces a mi padre. Es patológicamente protector.
Por otro lado, estoy empezando a sentirme cómoda aquí. Los chicos me han acogido bien, como si ya formara parte de la casa. En ningún momento he tenido la sensación de incomodidad que creía que provocaría este malentendido.
Además, llevo meses esperando esta oportunidad. Explorar Londres, con toda su historia y su arquitectura. Tener acceso a una biblioteca de primer orden como la de Pembridge. Y, sobre todo, la posibilidad de existir lejos de la constante mirada vigilante de mi padre. Sé muy bien que sus intenciones son buenas, pero a veces vivir bajo su sombra es muy asfixiante.
Aquí, incluso bajo el cielo gris de un verano inglés tardío, puedo respirar.
Así que cuando los chicos me miran expectantes, hago de tripas corazón y cierro los ojos ante las consecuencias.
—Vale. Me quedo.
A Lee se le ilumina la cara.
—¡Sííí! Estoy tan contento de que…
Se interrumpe en seco cuando unos pasos apresurados bajan las escaleras y recorren el vestíbulo en un borrón multicolor. Cuando la puerta principal se cierra de golpe tras esa figura en fuga, todos miramos a Jamie, que se encoge de hombros una vez más.
—Un ratón enorme.
3
Después de desayunar, le escribo un mensaje de texto a mi padre. El sol apenas debe asomar por detrás de los árboles de Nashville, pero él me responde de inmediato.
Papá: Espera. Te hago una videollamada.
No estoy segura de que pueda seguir con la mentira cara a cara, así que hago oídos sordos.
Yo: Estoy muy liada deshaciendo maletas. Solo quería decirte que estoy bien.
Papá: ¿El vuelo fue bien? ¿Qué tal la casa? ¿Tan bonita como en las fotos? Tienes tu propia habitación, ¿verdad?
Con el porrón de horas que ha tenido para obsesionarse desde nuestra última conversación, ya está en modo histérico. Como siempre.
Yo: Sí, todo bien.
Papá: ¿Qué tal tus compañeras de piso? ¿Son majas?
No soporto esta situación. Se me hace un nudo en el estómago al pensar en lo que estoy a punto de hacer.
Yo: Sí, son geniales. Esta mañana hemos desayunado juntas. Creo que me va a encantar estar aquí.
No me siento muy orgullosa de este momento. Mentir empaña lo que, en otras circunstancias, sería una oportunidad extraordinaria, la posibilidad de ampliar mis horizontes mientras continúo con mis estudios.
Pero contarle ahora la verdad solo agravaría su elevado nivel de ansiedad por separación. Solo unas pocas semanas. Un mes o dos. Para entonces ya se habrá adaptado, habrá aceptado el nido vacío. Se lo diré entonces. Estoy segura de que llegado ese momento entenderá que tuviera que maquillar algunos detalles.
Papá: Bueno, mejor que no te encante demasiado. Estoy contando los días que faltan para que regreses a casa.
Es un blando.
Yo: La Navidad llegará antes de que te des cuenta. No decores el árbol sin mí.
Papá: Vale. Llámame. A la hora que sea. Nunca es demasiado tarde ni temprano.
Quizá debería buscarle un conejo que le diera apoyo emocional o algo parecido.
Yo: Lo haré. Te quiero. Adiós.
Alguien llama a la puerta. Lee la abre lo justo para asomar la cabeza e informarme de que en diez minutos hay reunión de casa. Tengo tiempo suficiente para responder a Eliza, que anoche me mandó algunos mensajes.
Yo: ¿Adivina quién ha acabado en una casa con tres tíos?
Me quedo asombrada al ver que está despierta
