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Sabes lo que significa eso, Massimo?
Giré la cabeza hacia la ventana para observar el cielo despejado y después dirigí la mirada hacia mi interlocutor.
—Me haré cargo de esa empresa, tanto si le gusta a la familia Manente como si no.
Me levanté de la silla; Mario y Domenico hicieron lo mismo y, pausadamente, se colocaron detrás de mí. Había sido una reunión agradable, pero demasiado larga, sin duda. Les di la mano a los hombres allí presentes y me encaminé hacia la puerta.
—Compréndelo, será lo mejor para todos.
Levanté el dedo índice.
—Un día me lo agradecerás.
Me quité la chaqueta y me fui desabrochando los botones de la camisa negra. Ya me encontraba en el asiento trasero del coche, disfrutando del silencio y el frescor del aire acondicionado.
—A casa —ordené entre dientes, y me puse a revisar los mensajes del móvil.
La mayoría eran de trabajo, pero también había un SMS de Anna: «Estoy chorreando, necesito que me des mi merecido». Mi pene se movió dentro del pantalón. Suspiré, me lo coloqué y lo apreté con fuerza. Mi chica había intuido que estaría de mal humor. Sabía que la reunión iba a ser larga y que me pondría nervioso. También sabía qué cosas me relajaban. «Estate preparada para las doce», contesté y me senté cómodamente mientras observaba cómo el mundo desaparecía al otro lado de la ventanilla del coche. Cerré los ojos.
Volvió a escribirme. La polla se me puso como una barra de acero inmediatamente. «Dios, si no la encuentro, me volveré loco.» Habían pasado cinco años desde el accidente, cinco años desde mi muerte y posterior resurrección —«el milagro», como lo llamó el médico—, durante la que soñé con una mujer a la que aún no he visto jamás en mi vida consciente. La conocí en las visiones que tuve durante el coma. El olor de su pelo, la suavidad de su piel…; la acariciaba y todo parecía real. Cada vez que hacía el amor con Anna o con cualquier otra mujer, lo hacía con ella. La llamaba «Mi Reina». Era mi maldición, mi locura y, al parecer, también mi salvación.
El coche se detuvo. Cogí la chaqueta y salí. En la pista del aeropuerto me esperaban Domenico, Mario y los hombres que me habían acompañado. Quizá había exagerado un poco, pero a veces es necesario hacer una demostración de fuerza para desorientar al oponente.
Saludé al piloto, me senté en mi cómoda butaca y la azafata me sirvió un whisky con hielo. La contemplé fijamente; ella conocía mis necesidades. La observé con la mirada vacía, ella se sonrojó y sonrió coqueta. «¿Por qué no?», pensé, y me levanté decidido.
La chica pareció sorprendida. La agarré de la mano y me la llevé al gabinete privado del avión.
—¡Despega! —le grité al piloto y cerré la puerta.
La agarré del cuello y, con un movimiento rápido, la puse contra la pared. La miré a los ojos; estaba asustada. Acerqué mi boca a la suya, atrapé con mis labios su labio inferior y gimió. Los brazos le colgaban junto al cuerpo y clavó su mirada en mis ojos. La agarré por el pelo para que echara la cabeza hacia atrás, cerró los párpados y volvió a lanzar un gemido. Era preciosa, muy femenina. «Todo mi personal tendría que ser como ella.» Me gustaba todo lo hermoso.
—Arrodíllate —dije entre dientes empujándola hacia abajo.
Hizo lo que le ordenaba sin titubear. Susurré unas palabras para elogiarla por ser tan sumisa y, cuando abrió la boca, acaricié sus labios con el pulgar. No nos conocíamos, pero la chica sabía bien lo que tenía que hacer. Apoyé su cabeza contra la pared y empecé a desabotonarme la bragueta. La azafata tragó saliva ruidosamente, con sus grandes ojos fijos en mí.
—Ciérralos —le dije despacio mientras le pasaba el pulgar por los párpados—. Los abrirás cuando yo te lo permita.
Mi polla salió de golpe del pantalón, tan dura e hinchada que casi me dolía. Se la puse en los labios y la chica abrió mucho la boca, tal y como yo deseaba. «No sabes lo que te espera», pensé, y se la metí entera, sujetándole la cabeza para que no pudiera apartarla. Noté cómo se atragantaba y empujé aún más. Me encantaba verlas abrir los ojos llenas de temor, como si realmente creyeran que pretendía ahogarlas. La saqué poco a poco y le acaricié la mejilla, con delicadeza, casi con ternura. Vi cómo se tranquilizaba y lamía de sus labios la espesa saliva que había salido de su garganta.
—Quiero follarte la boca. —La chica tembló ligeramente—. ¿Puedo?
En mi cara no había ni pizca de emoción, ni rastro de sonrisa. Me miró un momento con sus enormes ojos y, tras unos segundos, asintió.
—Gracias —susurré acariciando sus mejillas con mis manos.
La apoyé contra la pared y volví a deslizarme por su lengua hasta llegar a la garganta. Apretó sus labios alrededor de mi miembro. «¡Así, así!» Mi cadera empezó a empujarla con fuerza. Noté que no podía respirar y enseguida comenzó a revolverse, así que la agarré con más firmeza. «¡Muy bien!» Hundió las uñas en mis piernas; primero trató de apartarme, después quiso herirme con sus arañazos. Cómo me gustaba…, me encantaba que lucharan, que se sintieran impotentes ante mi fuerza. Cerré los ojos y vi a Mi Reina arrodillada frente a mí; su mirada casi negra me atravesaba. Le gustaba que la poseyera de ese modo. La agarré del pelo con más fuerza, sus ojos desprendían deseo. No pude contenerme más, di otros dos fuertes empujones y me quedé extasiado mientras mi esperma salía y ella se atragantaba más aún. Abrí los ojos y vi que se le había corrido el maquillaje. Me aparté un poco para hacerle sitio.
—Trágatelo —le ordené, y volví a tirarle del pelo para que levantara la cabeza.
Cayeron lágrimas por sus mejillas, pero hizo lo que le había pedido sin rechistar. Saqué la polla de su boca y la chica resbaló por la pared hasta sentarse sobre sus talones.
—Lame. —Se quedó de piedra—. Hasta la última gota.
Apoyé las manos en la pared y la miré con enfado. Volvió a incorporarse y agarró mi pene con su pequeña mano. Empezó a sorber los restos de semen. Sonreí al ver cómo se esforzaba por obedecerme. Cuando me pareció que ya era suficiente, me separé de ella y cerré la bragueta.
—Gracias. —Le ofrecí mi mano y, cuando se levantó, le temblaban un poco las piernas—. Ahí está el lavabo —dije señalando con el dedo, a pesar de que ella conocía el avión a la perfección. Asintió y se dirigió a la puerta.
Volví con mis compañeros y ocupé mi asiento. Di un trago al magnífico licor, que ya no conservaba la temperatura idónea. Mario dejó el periódico y me miró.
—En tiempos de tu padre nos habrían matado a todos a tiros.
Suspiré, levanté la vista y golpeé la mesa con el vaso.
—En tiempos de mi padre traficaríamos con alcohol y drogas, no dirigiríamos las empresas más importantes de Europa. —Me recosté en mi butaca y dirigí una mirada furiosa a mi consigliere—. No soy el cabeza de la familia Torricelli por casualidad; fue una decisión muy meditada por mi padre. Desde pequeño se me preparó para que la familia entrara en una nueva era cuando yo tomara el poder. —Suspiré y me relajé un poco cuando la azafata pasó por nuestro lado sin hacer apenas ruido—. Sé que te gustaba pegar tiros, Mario. —Mi consejero, un hombre mayor, sonrió ligeramente—. Pronto usaremos las armas. —Lo miré con seriedad—. Domenico —dije dirigiéndome a mi hermano, que me estaba observando—, que tu gente empiece a buscar a esa puta de Alfredo. —Volví a mirar a Mario—. ¿Quieres tiroteos? Pues este no podrás evitarlo.
Di otro trago.
El sol empezaba a ocultarse cuando por fin aterrizamos en el aeropuerto de Catania. Me puse la chaqueta y caminamos hacia la salida de la terminal. Saqué mis gafas de sol y noté una bofetada de aire caliente. Miré hacia el Etna; aquel día se veía en todo su esplendor. «Los malditos turistas están de enhorabuena», pensé mientras entraba en el edificio climatizado.
—La gente de Aruba quiere una reunión para comentar el tema del que hemos hablado antes —me dijo Domenico, que iba a mi lado—. También tenemos que encargarnos de los clubes de Palermo.
Lo escuché atentamente e hice una lista mental de los asuntos que tenía que solucionar ese mismo día. De repente, a pesar de que tenía los ojos abiertos, todo se oscureció y entonces la vi. Parpadeé nervioso varias veces. Solo veía a Mi Reina cuando yo quería. Abrí mucho los ojos y desapareció. ¿Mi estado había empeorado y las alucinaciones se habían intensificado? Tenía que visitar al imbécil ese para que me hiciera un chequeo. Pero ya habría tiempo para eso; en ese momento tocaba solucionar de una vez por todas el tema del contenedor de cocaína que se había perdido. Aunque la palabra «perdido» no era la más adecuada en aquel caso. Ya estábamos llegando al coche cuando volví a verla. «Hostia puta, es imposible.» Me subí al coche y tiré de Domenico para que entrara por la otra puerta.
—Es ella —susurré con un nudo en la garganta mientras señalaba la espalda de una chica que caminaba por la acera alejándose de nosotros—. Es esa chica.
Sentí un zumbido en la cabeza, no me lo podía creer. ¿O quizá solo me lo había parecido? Me estaba volviendo loco. Los coches arrancaron.
—Frena un poco —dijo mi hermano cuando nos acercamos a ella—. ¡Joder, es cierto! —gritó cuando la alcanzamos.
Por un momento se me paró el corazón. La chica miraba hacia mí, aunque a través del cristal tintado no podía ver nada. Sus ojos, su nariz, su boca, todo era exactamente igual a como había imaginado.
Quise abrir la puerta, pero mi hermano me detuvo. Un hombre fornido de cabeza rapada llamó a Mi Reina y ella se dirigió hacia él.
—Ahora no, Massimo.
Me quedé paralizado. Estaba allí, viva; existía. Podía tenerla, tocarla, llevármela y estar siempre con ella.
—¡¿Qué coño haces?! —bramé.
—Está con alguien; no sabemos quién es.
El coche aceleró, pero yo no podía apartar la mirada de la figura de Mi Reina mientras se alejaba.
—Ahora mismo envío a mi gente para que la investigue. En cuanto lleguemos a casa, sabrás quién es. ¡Massimo! —Alzó la voz al ver que yo no reaccionaba—. Has esperado muchos años, puedes esperar unas horas más.
Lo miré lleno de ira y odio, como si quisiera matarlo en ese momento. La parte sensata de mi mente le daba la razón, pero el resto, que era mucho mayor, se negaba a hacerle caso.
—Te doy una hora —murmuré mirando fijamente el asiento que había delante de mí—. Tienes sesenta putos minutos para decirme quién es.
Aparcamos en el camino de acceso y, cuando me bajé del coche, se nos acercaron los hombres de Domenico y le entregaron un sobre. Él me lo dio a mí y, sin decir una palabra, me dirigí a la biblioteca. Quería estar solo para tener la posibilidad de creer que todo aquello era verdad.
Me senté al escritorio y, con las manos temblorosas, abrí el sobre por la parte superior y vacié su contenido sobre la mesa.
—¡Hostia puta! —Me llevé las manos a la cabeza cuando vi que las fotos, ya no retratos pintados por artistas sino auténticas fotografías, mostraban el rostro de Mi Reina. Tenía nombre, apellido, un pasado y un futuro que ni ella misma se esperaba. Llamaron a la puerta—. ¡Ahora no! —grité sin apartar la vista de las fotos y las notas—. Laura Biel —susurré mientras acariciaba su rostro en el papel cuché.
Tras media hora analizando el material que me habían entregado, me recosté en la silla y me quedé mirando fijamente la pared.
—¿Se puede? —preguntó Domenico asomando la cabeza por la puerta.
Como no reaccioné, entró y se sentó delante de mí.
—¿Y ahora qué?
—La traemos aquí —contesté sin cambiar de expresión, pero dirigiendo la mirada hacia Domenico, quien asintió.
—Pero ¿cómo piensas hacerlo? —Me miró como si yo fuera idiota, cosa que me irritó un poco—. ¿Irás a su hotel y le contarás que, cuando moriste, tuviste una visión en la que…? —Observó las notas que había delante de mí.
«Y en ellas estás tú, Laura Biel, que ahora serás mía», me dije.
—La secuestraré —decidí sin dudarlo—. Manda a tus hombres al piso de ese tal… —busqué el nombre de su novio en las notas—, Martin. Que se enteren de quién es.
—Quizá sea mejor decírselo a Carlo. Él vive allí —comentó Domenico.
—Bien, que la gente de Carlo reúna toda la información que pueda. Tengo que encontrar la manera de que esa chica se presente aquí cuanto antes.
—No te va a hacer falta. —Miré hacia la puerta, de donde procedía la voz de mujer. Domenico también se volvió—. Aquí estoy. —Anna se acercó a nosotros sonriente. Sus largas piernas llegaban al cielo sobre aquellos altísimos tacones.
«Joder, me había olvidado completamente de ella», me recriminé.
—Bueno, os dejo solos. —Domenico se levantó con una sonrisa estúpida en los labios y se dirigió hacia la puerta—. Me ocuparé de lo que hemos hablado y mañana lo solucionamos definitivamente —añadió.
La rubia vino hasta mí. Separó mis rodillas con su pierna. Olía divinamente, como siempre, una mezcla de sexo y poder. Se levantó el vestido de cóctel de seda negra, se sentó a horcajadas sobre mí y me metió la lengua en la boca sin avisar.
—Pégame —suplicó mordiéndome el labio y restregando su coño contra la bragueta de mi pantalón—. ¡Fuerte!
Lamió y mordió mi oreja y, mientras, yo miraba las fotos esparcidas sobre el escritorio. Me quité la corbata, que antes ya había aflojado, me levanté y llevé a Anna al suelo. Le di la vuelta y le vendé los ojos con la corbata. Sonrió y se lamió el labio inferior. Tanteó con la mano hasta encontrar la mesa, abrió mucho las piernas y se tumbó sobre el tablero de roble. Alzó el culo cuanto pudo. No llevaba bragas. Me acerqué a ella y le di un fuerte azote. Gritó y abrió la boca. La visión de las fotografías sobre la mesa y pensar en el hecho de que Mi Reina estuviera en la isla hicieron que mi polla se pusiera dura como una roca.
—Eso es —murmuré frotando su raja húmeda sin desviar la vista de las fotos de Laura. La levanté del cuello y aparté todos los papeles que había bajo su cuerpo; a continuación, volví a dejarla sobre el tablero y alcé sus brazos por encima de su cabeza. Coloqué las fotos de manera que me miraran. Poseer a la mujer de las fotografías, eso era lo que más deseaba en aquel instante.
Estaba listo para correrme en cualquier momento. Me quité rápidamente el pantalón. Metí dos dedos en Anna y ella gimió y se retorció debajo de mí. Estaba húmeda y muy excitada. Empecé a hacer círculos con la mano en su clítoris y se agarró con más fuerza al escritorio sobre el que estaba tumbada. Con la mano izquierda la sujeté del pescuezo y con la derecha la azoté; sentí un alivio inexplicable. Miré otra vez la foto y la golpeé más fuerte. Mi chica gritaba y yo le pegaba como si así fuera a transformarse en Laura. Su culo estaba casi violeta. Me incliné y empecé a lamerlo, estaba caliente y palpitaba. Separé sus nalgas y comencé a pasar mi lengua por su dulce agujero, pero yo seguía viendo a Mi Reina.
—Sí… —gimió en voz baja.
«Necesito tener a Laura, necesito tenerla toda para mí», pensé levantándome y ensartando a Anna. Arqueó la espalda y un momento después se dejó caer sobre la madera, empapada en sudor. La follé con todas mis fuerzas, sin dejar de mirar a Laura. «Muy pronto, dentro de nada, esos ojos negros me mirarán cuando esté arrodillada ante mí.»
—¡Zorra! —Apreté los dientes al notar que el cuerpo de Anna se ponía rígido.
La penetré violentamente sin parar y sin importarme que una ola de orgasmo la estuviera alcanzando. Me daba igual. Los ojos de Laura hacían que no tuviera bastante, pero al mismo tiempo ya no podía contenerme. Necesitaba más, lo más intenso posible. Saqué mi polla de Anna y, con un rápido movimiento, la introduje en el agujerito de su culo. De su garganta surgió un grito salvaje de dolor y placer y noté cómo apretaba mi miembro. Mi polla estaba a punto de explotar, pero yo solo tenía ojos para Mi Reina.
8 horas antes
La alarma del despertador se me clavó literalmente en el cerebro.
—Levántate, querida. Ya son las nueve. En una hora tenemos que estar en el aeropuerto para empezar nuestras vacaciones sicilianas esta tarde. ¡Arriba! —Martin estaba en la puerta del dormitorio con una amplia sonrisa.
Abrí los ojos de mala gana. «Pero si aún es de noche… Lo de volar a esta hora ha sido mala idea», pensé. Desde que unas semanas antes había dejado mi trabajo, el día había perdido sus proporciones. Me iba a dormir demasiado tarde y me despertaba demasiado tarde, pero lo peor era que no tenía nada que hacer, aunque pudiera dedicarme a cualquier cosa. Había pasado mucho tiempo hundida en el cenagal de la hostelería y, cuando por fin conseguí el puesto que tanto anhelaba, directora de ventas, lo dejé todo porque había perdido el interés por el trabajo. Jamás hubiera pensado que a los veintinueve diría que estaba quemada, pero así fue.
El trabajo en el hotel me satisfacía y me sentía realizada, permitía que creciera mi ego exacerbado. Siempre que me enfrentaba a contratos importantes sentía un escalofrío de excitación, pero cuando los negociaba con personas mayores y más diestras en el arte de la manipulación, me volvía loca de alegría, sobre todo si yo salía ganando. Cada victoria en las luchas financieras me transmitía un sentimiento de superioridad y saciaba la parte vanidosa de mi carácter. Alguien podría decir que era una estupidez, pero para una chica de una ciudad pequeña que no había terminado la universidad, demostrar lo que vale a quienes la rodean es prioritario.
—Laura, ¿quieres cacao o té con leche?
—¡Martin, por favor! ¡Que es de noche! —Me di la vuelta y me tapé la cabeza con la almohada.
El reluciente sol de agosto entró en el dormitorio. A Martin no le gustaba la oscuridad, por eso no teníamos persianas en las ventanas. Decía que la oscuridad le deprimía y que para él era más fácil caer en una de esas depresiones que pedir un café en el Starbucks. Las ventanas daban al este y, para mi desgracia, el sol me molestaba cada mañana mientras aún dormía.
—He preparado cacao y té con leche. —Martin estaba en la puerta del dormitorio muy contento, con un vaso de bebida fría en una mano y una taza caliente en la otra—. Fuera hay como cien grados, así que supongo que elegirás la fría —dijo, y me ofreció el vaso al tiempo que levantaba el edredón.
Salí cabreada de mi madriguera. Sabía que el enfado no se me iba a pasar. Martin me miraba sonriendo. Por las mañanas, siempre rebosaba energía. Era un hombre con un físico poderoso, con la cabeza rapada, como esos a los que en mi ciudad se les llamaba «gorilas». Pero, aparte de la imagen, Martin no tenía nada que ver con esos tíos. Era la mejor persona que había conocido jamás, dirigía su propia empresa y, cuando ganaba mucho, donaba una buena suma a un orfanato, diciendo: «Dios me lo ha dado, así que lo comparto».
Tenía los ojos azules, con una mirada cálida y bondadosa; una nariz grande que le partieron una vez (no siempre había sido un chico bueno y sensato, qué le vamos a hacer); una boca carnosa, que era lo que más me gustaba de él, y una sonrisa encantadora capaz de desarmarme en un instante cuando yo tenía un arranque de furia.
Sus enormes antebrazos estaban adornados con tatuajes, aunque en realidad tenía tatuado todo el cuerpo, a excepción de los pies. Era inmenso, pesaba más de cien kilos y, cuando estaba con él, me sentía segura. A su lado, mi imagen resultaba grotesca: un metro sesenta y cinco y cincuenta kilos. Durante toda mi vida, mi madre me había dicho que practicara deporte, así que entrenaba en lo que fuera. Pero como enseguida me cansaba de lo que elegía, llegué a practicar todas las disciplinas posibles, desde la marcha atlética hasta el kárate. Gracias a ello, al contrario que mi chico, tenía un cuerpo fitness, un vientre plano y duro, piernas musculosas y nalgas firmes y bien esculpidas, como resultado de los millones de sentadillas que había realizado.
—Ya me levanto —dije, y me bebí de un trago el delicioso cacao frío.
Dejé el vaso y me fui al baño. Frente al espejo, me di cuenta de lo mucho que necesitaba unas vacaciones. Mis ojos casi negros estaban tristes y resignados: la falta de ocupación me había provocado apatía. Mis cabellos castaños caían por mi cara delgada y se posaban sobre los hombros. En mi caso, aquella longitud era todo un éxito, ya que no solían superar los quince centímetros. En circunstancias normales, habría opinado que estaba muy buena, pero no entonces. Me agobiaba mi conducta, mi aversión al trabajo, el no tener ni idea de lo que iba a hacer a partir de entonces. Mi vida profesional siempre ha influido en cómo me valoro. Sin tarjetas de visita en la cartera y sin un móvil de empresa, me daba la sensación de no existir.
Me lavé los dientes, me sujeté el pelo con horquillas, me di rímel en las pestañas y consideré que en aquel momento era todo lo que podía permitirme. Tampoco necesitaba más, ya que, debido a mi vagancia, meses atrás me había hecho el maquillaje permanente en las cejas, los ojos y la boca, lo cual me dejaba mucho más tiempo para dormir y reducía al mínimo las visitas matutinas al baño.
Fui al armario a coger la ropa que había dejado preparada el día anterior. Independientemente de mi humor y de los asuntos que tuviera que tratar —todo lo cual no podía dominar—, siempre tenía que vestirme de la forma más perfecta posible. Con la ropa adecuada, enseguida me sentía mejor y me daba la impresión de que los demás lo notaban.
Mi madre me repetía que una mujer, aunque sufriera, tenía que estar guapa, y como mi rostro no podía ser tan atractivo como de costumbre, debía evitar que se fijaran en él. Para el viaje elegí un short vaquero claro, una camisa blanca amplia y una chaqueta de algodón de grises mezclados, a pesar de que a las nueve de la mañana ya había treinta grados en la calle. En los aviones siempre me congelaba, y aunque antes del viaje tuviera que asarme, al menos durante el vuelo iba a gusto o todo lo a gusto que puede viajar alguien a quien le da pánico volar. Me calcé mis zapatillas de lona con cuña marca Isabel Marant. Ya estaba lista.
Entré en la cocina americana. El interior era moderno, frío y austero. Las paredes estaban cubiertas de vidrio negro; la barra, iluminada con leds y, en lugar de mesa —como en las casas normales—, había una encimera con dos taburetes forrados en piel. El enorme sofá esquinero situado en medio daba a entender que el dueño no era precisamente enclenque. El dormitorio estaba separado del salón por un gran acuario. Era inútil buscar un toque femenino en aquel apartamento. Se ajustaba al eterno soltero que era el amo y señor de la casa.
Como siempre, Martin estaba pegado al ordenador. Daba igual lo que hiciera, ya fuera trabajar, recibir visitas o ver una película en la televisión; su ordenador —su mejor amigo— formaba parte inseparable de su persona. Era algo que me sacaba de quicio, pero, por desgracia, había sido así desde el principio, por tanto no me consideraba con derecho a cambiarlo. También yo había aparecido en su vida gracias a ese aparato hacía más de un año, por lo que habría sido hipócrita por mi parte pedirle de repente que renunciara a él.
Aquello había sido en febrero. Sorprendentemente, llevaba más de medio año sin pareja. Ya estaba un poco aburrida de aquella situación, o quizá la soledad me empezaba a molestar más de la cuenta. El caso es que decidí crear un perfil en una página de citas que me daba muchas alegrías y elevó mi ya de por sí alta autoestima. Durante una de aquellas noches de insomnio, mientras visitaba los perfiles de cientos de hombres, me topé con Martin, que buscaba a otra mujer que llenara una vez más su mundo. Me sorprendió y así fue como una chica menudita domó a un monstruo tatuado. Nuestra relación era atípica, porque ambos teníamos caracteres muy fuertes y explosivos; además, ambos disponíamos de intelecto y amplios conocimientos en el campo de nuestras profesiones. Esto nos atraía mutuamente, nos intrigaba y nos impresionaba. Lo único que faltaba en esta relación era atracción animal, pasión y deseo; nunca se produjo entre nosotros. Como lo definió una vez Martin de manera eufemística: «Mi amiguito ya ha tenido suficiente juerga en su vida». Pero yo era un volcán de energía sexual en erupción a la que daba salida gracias a la masturbación casi diaria. A pesar de ello, me sentía bien a su lado, segura y tranquila, y esto tenía para mí mucho más valor que el sexo. Al menos eso creía.
—Ya estoy lista, querido, solo necesito una ayuda divina para cerrar la maleta y podemos irnos.
Martin se apartó sonriendo del ordenador, lo guardó en la bolsa y se acercó a echarme una mano.
—Creo que podré apañármelas, mi niña —dijo estrujando una maleta en la que yo cabría entera—. Siempre la misma historia: exceso de equipaje, treinta pares de zapatos y a cargar inútilmente con medio armario, para que luego uses, como mucho, un diez por ciento de lo que te llevas.
Hice una mueca y crucé los brazos sobre el pecho.
—¡Pero así puedo elegir! —le recordé, y me puse las gafas.
Como de costumbre, en el aeropuerto experimenté una excitación malsana, o más bien miedo, porque, debido a mi claustrofobia, odiaba volar. Además, había heredado el pesimismo de mi madre, así que en todas partes presentía que me acechaba la muerte y una lata voladora con motores no me daba demasiada confianza.
En el luminoso vestíbulo de la terminal de salidas nos esperaban unos amigos de Martin que habían elegido el mismo destino que nosotros para pasar sus vacaciones. Karolina y Michał llevaban muchos años juntos; en algún momento se plantearon casarse, pero aún no lo habían hecho. Él era del tipo ligón charlatán, con el pelo corto, bronceado, un hombre bastante atractivo de ojos azules y pelo rubio claro. Solo le interesaban los pechos de las mujeres, algo que no se molestaba en ocultar. Ella, en cambio, era una morena alta de largas piernas y rasgos delicados. A primera vista no parecía gran cosa, pero, si se la observaba con atención, resultaba muy interesante. Ignoraba los arrebatos de macho de Michał de una forma sorprendente. Me preguntaba cómo lo hacía. Con lo posesiva que soy, yo no aguantaría con un hombre cuya cabeza se convertía en el periscopio de un submarino a la caza del enemigo cada vez que veía a una mujer. Me tomé dos tranquilizantes para no entrar en pánico a bordo ni ponerme en ridículo.
Hacíamos escala en Roma. Parábamos una hora y después, gracias a Dios, solo faltarían sesenta minutos de vuelo directo a Sicilia. La última vez que había estado en Italia tenía dieciséis años y, desde entonces, no guardaba muy buena opinión de sus habitantes. Los italianos eran ruidosos, muy pesados y no hablaban inglés. Para mí, el inglés era mi segunda lengua. Tras tantos años en las cadenas hoteleras, incluso a veces pensaba en inglés.
Cuando por fin aterrizamos en el aeropuerto de Catania, ya estaba atardeciendo. El tipo de la empresa de alquiler de coches tardaba demasiado en atender a los clientes y pasamos una hora en la cola. Me di cuenta de que Martin se estaba poniendo nervioso porque tenía hambre, así que decidí echar un vistazo a los alrededores, pero no había mucho que ver. Salí del edificio climatizado y sentí una bofetada de calor. A lo lejos se veía el Etna, humeante. Aquella imagen me sorprendió, a pesar de que sabía que era un volcán activo. Anduve mirando al frente, sin fijarme en que se acababa la acera y, antes de darme cuenta, tenía delante a un enorme italiano con el que casi choqué. Me detuve en seco a cinco centímetros de la espalda del hombre, pero este ni se movió, como si no se hubiera enterado de que casi aterrizo encima de él. Del edificio del aeropuerto salieron aprisa unos tipos con trajes negros y aquel otro parecía su escolta. No esperé a que pasaran, sino que me di la vuelta y me dirigí de nuevo al mostrador de alquiler de coches, rezando para que el nuestro ya estuviera preparado. Cuando estaba a punto de llegar, pasaron a mi lado tres SUV negros; el del medio aminoró al llegar a mi altura, pero no pude ver quién lo ocupaba porque tenía las lunas tintadas.
—¡Laura! —Oí el grito de Martin, que sujetaba en la mano las llaves del coche—. ¿Dónde te habías metido? ¡Nos vamos!
El Hilton Giardini Naxos nos recibió con un gran jarrón en forma de cabeza en el que había enormes lilas blancas y rosas. Su aroma se extendía por el impresionante vestíbulo del hotel, ricamente adornado con motivos dorados.
—Qué pasada, querido. —Me giré hacia Martin sonriendo—. Un poco estilo Luis XVI. No me extrañaría que en el baño de la habitación hubiera una bañera con patas de león.
Todos nos echamos a reír porque a los cuatro nos había dado la misma impresión. El hotel no era tan lujoso como debería, a pesar de pertenecer a la cadena Hilton. Tenía muchas deficiencias que mi experta mirada de especialista detectó enseguida.
—Lo importante es que la cama sea cómoda, que haya vodka y que el tiempo acompañe —comentó Michał—. Lo demás da igual.
—Es verdad, me olvidaba de que se trata de un nuevo viaje patológico; me siento agraviada por no ser una alcohólica como vosotros —dije haciendo un mohín forzado con los labios—. Tengo hambre; la última vez que comí fue en Varsovia. ¿Podemos darnos prisa e ir a cenar a la ciudad? Ya noto en la boca el sabor de la pizza y el vino.
—Lo dice una no alcohólica enganchada al vino y al champán —replicó Martin mordazmente mientras me pasaba el brazo por los hombros.
Como todos estábamos hambrientos, tardamos muy poco en deshacer las maletas y, quince minutos después, ya estábamos en formación de combate en el pasillo, delante de nuestras respectivas habitaciones.
Por desgracia, con tan poco tiempo no pude prepararme adecuadamente para salir, aunque mientras me dirigía a la habitación repasé mentalmente el contenido de mi maleta. Mis pensamientos se centraron en las prendas que se habrían arrugado menos tras el viaje. Me decidí por un vestido negro largo con una cruz metálica en la espalda, unas chancletas negras, un bolso de piel con flecos también negro, un reloj dorado y unos enormes aros dorados como pendientes. Me pinté a toda prisa la raya del ojo con lápiz negro, añadí algo de rímel a las pestañas para arreglar lo que quedaba tras el viaje y me empolvé un poco la cara. Al salir, cogí el brillo de labios con pintitas doradas y, con un movimiento «de memoria sin espejo», me los pinté.
Karolina y Michał me miraron extrañados en el pasillo. Llevaban exactamente la misma ropa con la que habían viajado.
—Laura, dime, ¿cómo es posible que te haya dado tiempo de cambiarte y maquillarte y que parezca que te hayas pasado todo el día preparándote para salir a cenar? —comentó entre dientes Karolina de camino al ascensor.
—Ya ves. —Me encogí de hombros—. Vosotros tenéis talento para beber vodka y yo soy capaz de preparar mentalmente todo el día para estar lista en quince minutos.
—Bueno, dejaos de tonterías y vamos a tomar algo —dijo Martin con tono decidido.
Los cuatro atravesamos el vestíbulo del hotel y salimos.
De noche, Giardini Naxos era hermoso y pintoresco. Las calles estrechas se llenaban de vida y de música, había gente joven y madres con sus hijos. Hasta que anochecía, Sicilia no empezaba a vivir, porque el intenso calor era insoportable durante el día. Llegamos a la zona del puerto, la parte más bulliciosa de la ciudad a esa hora. A lo largo del paseo marítimo había decenas de restaurantes, bares y cafeterías.
—Me moriré de hambre, me caeré redonda y ya no me levantaré —dijo Karolina.
—A mí lo que me mata es la falta de alcohol en sangre. Mirad ese sitio, es ideal para nosotros. —Michał señaló un restaurante de la playa.
Tortuga era un elegante restaurante con sillas blancas, sofás del mismo color y mesas de cristal. Por todas partes había velas encendidas y el tejado lo formaban unas enormes lonas de tela que se agitaban con el viento y daban la impresión de que todo el local se elevaba en el aire. Los reservados estaban separados por gruesas vigas de madera a las que se enganchaba la estructura desmontable del tejado de lona. Un lugar ameno, original y mágico. Había mucha gente, a pesar de que era un local caro. Martin hizo una señal al camarero y un rato después, gracias a unos cuantos euros, ya estábamos cómodamente sentados en unos sofás y hojeábamos el menú. Mi vestido y yo no encajábamos en el ambiente. Tuve la impresión de que todo el mundo me miraba, porque, entre tanto blanco, brillaba como una bombilla negra.
—Me siento observada, pero quién iba a pensar que íbamos a cenar en una jarra de leche —le susurré a Martin con una tonta sonrisa de disculpa.
Echó un vistazo alrededor, se inclinó hacia mí y susurró:
—Sufres manía persecutoria, niña. Pero como estás deslumbrante, que miren, si quieren.
Volví a echar una ojeada; parecía que nadie se fijaba en mí, pero notaba como si alguien me observara constantemente. Aparté de mí esa nueva enfermedad mental heredada de mi madre, busqué en la carta el pulpo a la parrilla que tanto me gustaba, escogí un prosecco rosado y ya estaba lista para pedir. El camarero era siciliano, por tanto, italiano, así que no podíamos esperar que fuera un as de la velocidad y tuvimos que armarnos de paciencia un rato antes de que se decidiera a acercarse a nosotros y tomar nota.
—Tengo que ir al lavabo —dije mirando a los lados.
En una esquina, junto a la hermosa barra de madera, había una pequeña puerta y me dirigí hacia allí. La crucé, pero por desgracia tras ella solo estaba el lavaplatos. Giré sobre mis pasos para volver y de repente choqué con un cuerpo que apareció delante de mí. Solté un quejido cuando mi cabeza se golpeó contra un sólido torso masculino. Dolorida, alcé la vista mientras me frotaba la frente. Ante mí había un italiano alto y atractivo. ¿No lo había visto antes, en alguna parte? Su gélida mirada me traspasó. No fui capaz de moverme mientras me miraba con aquellos ojos casi completamente negros. Había algo en él que me asustó de tal forma que me quedé paralizada.
—¿Te has perdido? —me preguntó en un inglés elegante y fluido, con acento británico—. Si me dices qué buscas, puedo ayudarte.
Me sonrió mostrando una fila de dientes blancos perfectos, me puso la mano entre los omoplatos, tocando mi piel, y me condujo a la puerta por la que había llegado hasta allí. Cuando noté su tacto, un escalofrío atravesó mi cuerpo, lo cual dificultó que caminara recta. Estaba tan turbada que, a pesar de mis esfuerzos, no conseguía pronunciar ni una palabra en inglés. Solo pude sonreír, o más bien hacer una mueca, y dirigirme hacia Martin; con tantas emociones, había olvidado por completo para qué me había levantado del sofá. Cuando llegué a la mesa, mis amigos ya se habían pimplado la primera ronda de bebidas y habían pedido una segunda. Me dejé caer en el sofá, cogí la copa de prosecco y me la bebí de un trago, mientras le hacía una clara señal al camarero de que necesitaba rellenarla enseguida.
Martin me miró con expresión divertida.
—¡Borrachuza! ¿No era yo el que tenía problemas con el alcohol?
—Me apetece beber, aunque no suele ocurrirme —contesté, un poco aturdida por haberme bebido el vino tan rápido.
—En el lavabo debe de haber algún tipo de encantamiento para que la visita te haya afectado de este modo, tesorito.
Al oír sus palabras me giré nerviosa buscando al italiano que había hecho que mis rodillas temblaran, como cuando conduje una moto por primera vez tras recoger el carnet de categoría A. No resultaría difícil encontrarlo entre tanta blancura, porque vestía como yo; no encajaba en el entorno. Pantalón negro amplio, camisa negra de la que sobresalía un rosario de madera y unos mocasines del mismo color. A pesar de que lo había visto solo durante un instante, recordaba perfectamente su imagen.
—¡Laura! —La voz de Michał me arrancó de mi búsqueda—. Deja de examinar a la gente y bebe.
Ni siquiera me había dado cuenta de que, sobre la mesa, habían dejado otra copa de vino espumoso. Decidí sorber poco a poco el líquido rosado, aunque tenía ganas de ventilármelo igual que la copa anterior, pues las piernas no dejaban de temblarme. Nos trajeron la comida y nos lanzamos sobre ella con voracidad. El pulpo estaba en su punto, acompañado solo con tomates dulces. Martin se zampó
