NOTA DE LA AUTORA
Esta es la cuarta parte de la serie Dark Verse. Aunque trata la historia de una pareja nueva, hay personajes y acontecimientos de los libros anteriores que tienen gran influencia en la trama de este. Se recomienda leer la serie (El cazador, La tormenta, El emperador) en orden para disfrutar de una experiencia lectora óptima. Este libro NO es autoconclusivo.
Por favor, no olvidéis que esta historia presenta un epílogo abierto y que sirve como final provisional. Esto responde a un motivo cronológico. El gran epílogo de Alfa y Zephyr tiene lugar después de la última entrega de la serie, y se incluirá en una novela corta que se publicará después de que la serie acabe.
Si habéis leído los libros anteriores, os advierto que este es más oscuro. Aquí se incluye violencia explícita, lenguaje malsonante y contenido sexual recomendado solo para mayores de dieciocho años. También os voy a dar una serie de advertencias sobre los temas más oscuros que aborda la historia. Este libro contiene escenas en las que mueren personajes relevantes. Asimismo hay asesinatos, incendios premeditados, torturas, prostitución, episodios depresivos, síndrome de estrés postraumático, tráfico de personas, esclavitud humana, violencia contra menores, agresiones sexuales contra adultos y menores, luchas ilegales de perros. Si leer sobre cualquiera de estos temas afecta de manera negativa a vuestra salud mental, os pido de todo corazón que lo dejéis.
Si decidís seguir leyendo, espero que disfrutéis del viaje.
Gracias.
LISTA DE REPRODUCCIÓN
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PRÓLOGO
Era ya su tercer asesinato en lo que iba de semana.
Había cometido quince en total a lo largo de los años, pero aquel era especial y por eso lo celebraría luego. El cadáver de la mujer yacía abierto en canal en medio del sucio callejón, con los tacones torcidos, el pintalabios corrido y los ojos vacíos. Adoraba esa mirada ciega en sus víctimas, alzada a un cielo abierto hacia el que jamás volarían, porque él era su dios en esos últimos momentos. Lo llamaban «el Vencedor de Fortis», pero él prefería «el Señor de la Muerte», aunque, en realidad, nadie lo llamaba así. De todas maneras, algún día sí que lo conocerían por ese apodo, cuando conectasen con él todos los asesinatos y los policías corruptos dejasen de estar dormidos en los laureles.
De los huecos entre los edificios brotaban zarcillos de humo. En algún lugar se encendió una luz. El carnicero limpió el cuchillo en un jirón arrancado de la falda de la mujer. La sangre manchó la tela blanca que se iba a quedar como recuerdo para su colección. Seguía con el subidón de la caza, de la muerte, ante aquel cadáver profanado, desnudo y a la intemperie. La lluvia borraría todas las pruebas y a las autoridades no les importaría una mierda que hubiese desaparecido otra puta. El verdadero dueño de la ciudad sería inculpado de los crímenes y acabaría cayendo.
Y, entonces, el carnicero… sería el dios de la ciudad. Era un plan perfecto.
Se quedó inmóvil al captar un movimiento al final de la calle. Entrecerró los ojos e intentó ver qué era lo que se había movido en medio del aire turbio. Vio una silueta apoyada contra la pared. La misma que había visto tras cada muerte desde hacía dos semanas. Un sonido atravesó el silencio: un mechero que se encendía. Una llama iluminó tenuemente una mano para luego apagarse.
La misma llama de siempre.
El carnicero no estaba acostumbrado a una emoción como el miedo, pero al ver aquella silueta en la oscuridad, inmóvil, despreocupada…, aquella silueta que lo observaba y lo acechaba desde hacía dos semanas…, un escalofrío le recorrió la columna.
«No, no puedo estar viendo un mito». Eso se decía a sí mismo cada vez. Para muchos era eso, un mito, aunque para otros que no vivían para contarlo también era muy real. Todo el mundo en los bajos fondos tenía miedo de aquel nombre. ¿Era él? No, era imposible. No existía. Seguramente se trataba de un sintecho que lo había visto todo y tenía miedo de salir. O quizá un agente de paisano. Nada más.
—¡Piérdete antes de que te raje en canal! —exclamó el carnicero. Se alegró de que en su voz no se oyese el temor que sentía por dentro.
No se oyó nada y nada se movió, salvo esos ojos que lo observaban en silencio. El cazador se sentía amedrentado, humillado. Tenía miedo de una silueta en las sombras por culpa de un puto cuento de los bajos fondos. En algún lugar de la ciudad sonaron sirenas lejanas. La puerta de un club de aquella misma manzana se abrió y volvió a cerrarse, y la música reverberó por un momento. Lo único que oía el carnicero era su propia respiración. Odiaba tener miedo, odiaba sentirse acechado. Dio un paso atrás.
La silueta no se movió. Se limitó a mirarlo. «Solo es un vagabundo acojonado, nada más». Se metió el puñal en el bolsillo y salió del callejón, despacio, comprobando que nadie más lo hubiese visto. Una vez fuera, empezó a alejarse a toda prisa de la escena del crimen, pero justo antes de girar la última esquina y perderse, ya paranoico, miró por encima del hombro a la entrada del callejón, como hacía cada vez.
Y, como cada vez, vio a un hombre vestido con ropa negra en medio de las sombras, apoyado en la pared, jugando con un mechero. Un hombre que lo vio huir al abrigo de la noche como un cobarde.
Porque el Hombre Sombra, un monstruo mucho peor que él, era real.
parte i
LA CORTEZA
Pero el amor puede transformar en belleza y dignidad cosas bajas y viles, porque no ve con los ojos, sino con la mente, y por eso pinta ciego a Cupido el alado.
William Shakespeare
Zephyr
10 años
Hace dieciocho años
Los huesos rotos duelen.
Sola en la cama del hospital general, Zephyr hizo un esfuerzo por mantenerse inmóvil. Una enfermera muy amable acababa de decirles a su mamá y su papá que la dejasen allí. Los dos habían prometido regresar por la mañana, pero debían irse a casa a cuidar de su nueva hermanita, Zenith. Zephyr la llamaba Zen. Tenía cinco años y era muy guapa y callada, pero adoraba jugar con Zephyr, que ya la quería con locura.
Quería irse a casa. Sorbió por la nariz y se la limpió con la mano. Hacía frío y le dolía todo por dentro.
—¿Qué hace una chica tan guapa como tú llorando así?
Zephyr alzó la vista, con ojos enrojecidos, al oír la voz de la señora de la cama de al lado. «No quedan plazas en la planta infantil del hospital», les había dicho a sus padres la enfermera, así que la habían puesto junto a una señora mayor durante las dos noches que iba a pasar allí. La señora estaba muy delgada y parecía enferma.
—Quiero irme a casa —dijo Zephyr entre hipidos.
—Y te irás, cariño. —Ella le sonrió. Parecía ser de la edad de su madre, o quizá algo mayor—. Tus padres vendrán a por ti mañana.
Zephyr asintió. Sí, solo tenía que quedarse allí dos noches.
—¿Tus padres también van a venir a por ti?
La sonrisa de la mujer se volvió triste.
—No, yo no me voy a casa, aunque mi hijo quiere que me vaya con él.
—¿Y por qué no vas? —Zephyr se inclinó hacia un lado, con la mente distraída por aquella señora que tenía tubos enganchados en las manos.
Ella se echó a reír, pero se le quebró la voz.
—No me queda mucho tiempo en este mundo, cariño. Me da pena dejar a mi hijo aquí; no tiene a nadie que lo cuide.
Zephyr no entendió esa última parte. Todo el mundo tenía familia, ¿no? Ella tenía muchísimos tíos, tías y primos. Tantos que apenas recordaba sus nombres.
—¿No tiene a nadie más?
La mujer negó con la cabeza con aspecto triste. A Zephyr se le rompió el corazón. Todo el mundo debería tener familia. Se bajó de la cama, aunque le dolía un poco el costado, y se acercó a la señora mayor. Extendió el meñique hacia ella.
—Yo lo cuidaré. Prometido. ¿Cómo se llama tu hijo?
La mujer volvió a reírse y le cayó una lágrima por la mejilla. Enganchó su meñique, de piel áspera, al de Zephyr.
—Eres un encanto.
Zephyr asintió. Le gustaba ser encantadora.
—¿Cómo se llama? —repitió, pensando aún en aquel chico que no tenía familia.
—Alessandro. Alessandro Villanova. Alfa.
1
Zephyr
En la actualidad
Le estaba poniendo los cuernos. Zephyr estaba segura al cien por cien (bueno, vale, quizá no al cien por cien; tendía a exagerarlo todo en la cabeza; quizá al noventa por ciento) de que al abrir la puerta de aquel sórdido agujero al que lo había seguido, y encima por una de sus peleas, se lo iba a encontrar con alguna fresca. O quizá ni siquiera sería una fresca. Quizá sería solo una chica increíblemente agradable pero ingenua que había caído en sus garras gracias a lo guapo, encantador e ingenioso que era, sin saber que él ya tenía una relación con una peluquera voluptuosa. Una a la que él le había dicho muchas veces que, si adelgazaba un poco, sería «la hostia de sexy, nena». La peluquera voluptuosa en cuestión, o sea, ella, Zephyr de la Vega, debía de ser la mayor idiota de todo el planeta por imaginar que tenían futuro como pareja, teniendo en cuenta que en realidad ni siquiera estaba enamorada de él. Pero, Dios, a los veintiocho, se había cansado de estar soltera y de que todo el mundo le dijese que debería buscarse pareja. Así que, aunque no lo quería, al menos tenía novio. Pero lo que Zephyr también tenía era su orgullo, y precisamente por eso estaba frente a aquella puerta mientras el pánico, la ira y la certeza aumentaban poco a poco en su vientre.
«Estás buenísima, eres guapísima, eres una diosa», no dejaba de repetirse para sí misma. Sin embargo, ahora se creía bastante menos aquellas palabras, porque ya no era esa misma mañana, cuando se había levantado en una relación pasable con un tipo perfecto. Un tipo perfecto que, estaba segura, estaba empotrando a otra al otro lado de aquella puerta.
—¡Oh, sí! —se oyó un gemido femenino en el interior.
A Zephyr se le frunció todavía más el ceño. Agarró el pomo de la puerta, que tenía un aspecto tan sucio que le dieron ganas de limpiarlo a restregones.
—¡El Vencedor está en la jaula!
El rugido de la multitud resonó desde el cuadrilátero que había al otro lado del sórdido pasillo en el que se encontraba. Allí dentro olía a muerto, y probablemente con razón, quién sabía. Su novio había ido al distrito industrial para ver una pelea turbia, y ella lo había seguido. Lo vio perderse en la multitud junto a dos porteros tamaño gorila de aspecto imponente que la miraron con suspicacia. Zephyr, sin embargo, no se sorprendió ante esas miradas. Con aquel vestido de flores coloridas de aire primaveral, estaba tan fuera de lugar en aquel tugurio como un pulpo en un garaje. Aunque ¿qué se le iba a perder a un pulpo en un garaje? Ni que hubiese dejado allí aparcado el coche. Quizá si supiese conduc…
«Céntrate, Zee».
Inspiró hondo para calmar los nervios que sentía por dentro. Tendía a perderse en sus pensamientos. Aquella diarrea mental era muy común en ella, sobre todo cuando se ponía nerviosa. Y ahora estaba muy pero que muy nerviosa en medio de aquel pasillo, dentro del antro. Porque si descubría lo que sabía que iba a descubrir, volvería a estar soltera. Y aún peor: su relación con sus padres se resentiría más, porque su madre ya pensaba en él como su yerno, aunque a su padre le diera del todo igual. Zephyr apretó los dientes e intentó calmarse un poco. Giró el pomo de la puerta y la abrió unos centímetros. Al otro lado vio el culo de un tipo que se estrellaba una y otra vez contra una mujer empotrada contra una pared sucia. El hecho de que le preocupase más la higiene de aquella mujer que haber reconocido el culo fue bastante fuerte.
Bueno, pues así se sentía una cuando le ponían los cuernos.
«Vaya».
La verdad es que resultaba un poco anticlimático.
Zephyr siempre había sentido curiosidad por cómo sería al verlo en películas o leerlo en libros. Al ver el cliché de la mujer que descubre la infidelidad de su amante o el de la novia abandonada en el altar, se preguntaba si esas mujeres lloraban por el dolor, la humillación, la ira o la pérdida de esa idea de perfección. Quizá era por todo, no estaba segura de poder concretarlo.
Por extraño que pareciera, al ver aquel culo precioso bombear contra la chica, lo único que experimentó fue una sensación «te lo dije» hacia sí misma. ¿Quizá parte de ella ya sabía que aquel tío era un pedazo de mierda bajo aquella superficie tan bonita? ¿Habría relegado sus propias inseguridades a algún rincón de su cabeza? Tal vez. Aun así, sorprendentemente, no se sentía tan dolida como pensaba. Estaba cada vez más cabreaba con cada embestida que daba aquel culo, eso sí. Y cabrearse no le sentaba bien, porque tenía un pronto bastante malo y solía hacer todo tipo de estupideces irracionales.
Apretó la mandíbula para intentar contener la ira, pero cada empujón le recordaba todas y cada una de las veces en las que él la había hecho sentirse inadecuada, en las que la había empequeñecido poco a poco. Cada vez que le decía «no te comas eso», cada comentario intencionado sobre lo irresistibles que le parecían los muslos delgados al tiempo que le decía que los suyos siempre se rozarían por dentro, cada suspiro exasperado cuando Zephyr se teñía el pelo de un color extravagante.
Llevaba más de dos años con él y ahora, al volver la vista atrás, lo único que vio fue luz de gas y las manipulaciones de un capullo integral básico. Además, Zephyr siempre se había enorgullecido de ser buena amante, así que ver cómo metía el pene en la vagina de otra mujer resquebrajó esa creencia más de lo que quería admitir.
Quería sentir que era suficiente. Quería sentirse hermosa. Quería sentirse deseada. El último hombre que la había hecho sentirse así había sido…
«No pienses en él».
Quería sentir cualquier cosa menos lo que estaba sintiendo al ver a aquel tío junto al que había pensado que sentaría la cabeza. Y quería que el muy cabrón se sintiese como una mierda. Sí, así de cruel era. Dios, pero qué idiota había sido…, pero al menos era una idiota que se había librado de una buena.
Dio un paso atrás y se apartó de la puerta. Contempló el pomo sucio, no muy segura de qué hacer a continuación.
—¡Alfa! ¡Alfa! ¡Alfa!
Los vítores de la multitud atrajeron su atención. De pronto se le detuvo el corazón; toda su atención se centró en el cuadrilátero.
¿«Alfa»? ¿Estaban diciendo Alfa?
No, no podía ser.
Miró hacia la puerta que daba a la pelea, con las manos sudadas y el corazón al galope. Era un nombre poco habitual; Zephyr solo conocía a un hombre que se llamase así. Él también era luchador, pero no podía ser. Había pasado casi una década…
Se sentía desconcertada. Los cuernos de su novio quedaron olvidados ante el recuerdo más fuerte que despertó aquel nombre. Siguió el ruido que hacían los espectadores y salió de aquel pasillo apestoso hasta un espacio abierto que olía un poco mejor. Olía como si aquel lugar nunca hubiese visto la luz del sol: un poco húmedo, un poco rancio, un poco sudado. No era sitio para una chica como ella, de buena familia, con un vestido de flores y una melena que se había teñido de rosa hacía poco porque su madre pensaba que pronto iba a sucederle algo bueno.
«Es un presentimiento, cariño», le había dicho con afecto.
Zephyr había estado esperando a que eso bueno ocurriese. ¿Sería esto? ¿Sería que Alfa iba a regresar a su vida? Imposible. Dios, pero cómo podía ser una idiota tan gigantesca. Contempló el espectáculo e intentó ver si se trataba de su Alfa antes de tener que enfrentarse a la vida real.
Aquella pelea era probablemente ilegal, motivo por el que tenía lugar en aquel tugurio parecido a una mazmorra en el distrito industrial, que todo el mundo sabía que era una zona que evitar en la ciudad. Era el sitio adonde venían los jóvenes que querían participar en juegos peligrosos, pero sobre todo era el escenario de todo tipo de actividades criminales siniestras. Zephyr esperaba que no hubiese una redada, porque ir a la cárcel no estaba en su lista de cosas que hacer antes de morir.
La mazmorra, si es que podía llamarse así, era enorme y oscura, bastante parecida a cualquier sótano que Zephyr hubiese visto. Las paredes eran de piedra y el techo era superalto, con unas lámparas enormes que, la verdad, dolía mirar directamente. El espacio central era un cuadrilátero enrejado, rodeado de una multitud compuesta en su mayoría por hombres, y alguna que otra mujer. Junto a las paredes había unos cuantos tipos con aspecto de portero que vigilaban a todo el mundo.
—¡Rómpele el brazo, Alfa! —El tipo justo a la derecha de Zephyr dio un grito lo bastante alto como para despertar a un muerto.
—¡Derrama su puta sangre!
—¡Eres una bestia, Alfa! ¡Si lo dejas fuera de combate, te chupo la polla!
Ese último grito lo soltó una señora particularmente entusiasta desde algún lugar de la estancia. Zephyr se encogió de desagrado. Si no se trataba de su Alfa, aquella señora podía chupar lo que le diera la gana. Siempre había sentido una posesividad irracional hacia él.
El sonido de un cuerpo al estrellarse contra el metal de la jaula interrumpió sus pensamientos. Se fijó en el combate y enarcó las cejas.
Un hombre descamisado…, no, un gigante descamisado aplastaba a otro tipo de menor tamaño (que de por sí habría sido enorme, pero que parecía diminuto en comparación) de cara contra la jaula. Zephyr vio a lo que se refería la señora. Era una bestia, vaya que sí. Le había retorcido al otro tipo el brazo a la espalda en un ángulo extraño mientras lo sujetaba como a un perro. Pero lo que llamó la atención de Zephyr no fue solo la pelea.
Fueron sus ojos. O, más bien, su único ojo. Llevaba un parche sobre el derecho, un parche de verdad, mientras que el izquierdo destellaba con un color suave que ella no llegaba a identificar desde lejos. Para ella, los parches eran algo que se ponían los piratas para parecer más duros cuando abordaban barcos y raptaban a doncellas en las novelas románticas históricas. En tiempos modernos, lo que hacía la gente era ponerse un ojo falso si les hacía falta. El hecho de que aquel gigante llevase un parche en una pelea con un oponente cuya visión parecía perfecta era…
«Joder».
Sin embargo, aquel tipo no se parecía nada al chico de los recuerdos aciagos de Zephyr.
—¡Acaba con él, coño!
Por Dios, el hombre que tenía Zephyr al lado de verdad estaba sediento de sangre.
—¡Es que le tengo unas ganas! —dijo la voz de otra mujer desde alguna parte—. ¿Te puedes creer que lleva más de un año sin follar con nadie? Estoy harta de intentar ligármelo.
—Tía, a mí me pone los pelos de punta, joder. No me acerco a ese ni de coña.
—Pero imagínate cómo será en la cama. Me han dicho que te hace ver a Dios.
Zephyr puso toda su concentración en escucharlas para entender si hablaban de él. Intentó que la multitud no la arrastrase, con su complexión más menuda, mientras contemplaba desde atrás la pelea. De momento tenía la mente ocupada, aunque también sentía un peso en el pecho.
La bestia se apartó del tipo de menor tamaño y lo dejó libre. Por primera vez, todo su cuerpo entró en la línea de visión de Zephyr. Una larga cicatriz le bajaba desde el nacimiento del pelo, descendía bajo el parche y llegaba a la comisura de su boca; le infundía un permanente aspecto enfadado, al menos de lado. Daba bastante miedo. Un millón de pequeñas cicatrices le salpicaban el torso, y tenía tatuajes cubriéndole otro millón de músculos que Zephyr no tenía ni idea de que un humano pudiera poseer. Para ser un tipo tan grande, se movía con una fluidez que contradecía su tamaño.
Era fuerza en estado puro, descarnada y brutal. Eso era aquel hombre.
Alfa. Así lo llamaba la multitud, y Zephyr entendía por qué. Cuanto más lo contemplaba, más fascinada se sentía y más calaba en ella el impulso de confirmar su identidad.
El bajito se volvió hacia él y le lanzó un gancho dirigido al parche negro. Zephyr sintió que se le atascaba el aliento en la garganta. De pronto la embargaron las ganas de que no le hiciesen daño a la bestia. Sin embargo, antes de que pudiera parpadear, con un movimiento del que no lo habría creído capaz debido a su limitada visión periférica, él bloqueó a Bajito y le lanzó un gancho ascendente al costado con tanta fuerza que probablemente le rompió una costilla. «Uf».
Bajito se agarró el costado y soltó un aullido. La multitud se volvió loca. Sí, eso debía de haberle dolido. Zephyr se encogió por pura compasión y Bajito se quedó doblado, agachado en medio de la jaula.
Alfa se crujió el cuello y miró por primera vez hacia la muchedumbre. Esa mirada singular recorrió a la gente allí reunida y se detuvo sobre Zephyr. Puede que lo que captó su atención fuera la mata de pelo rosa o el vestido floral. Ella no lo sabía, pero tampoco estaba pensando en ello.
No podía pensar.
Era la misma… gravedad. Siempre había sentido una especie de… intensidad cuando él la miraba. Algo tan pesado que lo notaba en el pecho, que le aceleraba el corazón y hacía que le sudaran las manos. Una gota de humedad le corrió por el cuello hasta el escote y, por Dios, recordó lo que había sentido cada vez que él la había mirado con ambos ojos.
Sintió que era él. Lágrimas le asomaron a los ojos.
«Ha pasado una puta eternidad».
Tras unos segundos, él volvió a girarse hacia su oponente.
—¿Zee? ¿Qué demonios haces aquí?
Las palabras consiguieron que apartase los ojos un segundo. La realidad chocó contra ella. Había tenido la esperanza de contar con algo más de tiempo antes del enfrentamiento. Por más extrovertida y eufórica que fuese, no se le daban bien los conflictos. Los odiaba. Siempre intentaba evitarlos cuando surgían.
No se había imaginado que fuese a pasar así. Habría preferido irse a casa y haberle dejado con un mensaje. Pero ahora tenía que pasar por aquel trance que no le interesaba lo más mínimo. Toda su atención estaba centrada en el tipo de la jaula. Dejó escapar el aire de los pulmones y se dio la vuelta poco a poco hacia el hombre que, dentro de tres segundos, iba a ser su ex.
—Hemos terminado, Alec —le dijo, contemplando su hermoso perfil. Estaba bueno, no se podía negar. Y, además, lo sabía.
Alec frunció las cejas como siempre hacía cuando estaba a punto de hacerle mansplaining.
—¿Qué dices?
—Que te follen; eso es lo que digo. O que te folle otra chica como la que te estaba follando ahí atrás. Hemos terminado.
—Zee…
Ella alzó la mano.
—Ahórratelo.
La multitud enloqueció por algo que había sucedido en la jaula. Zephyr sintió que sus emociones la desbordaban. No quería tener que lidiar con Alec, que sabía que lo habían pillado y no había forma de librarse, lo cual significaba que iba a pasar a la ofensiva. Instantes después, una predecible mueca de desdén asomó a sus labios. Zephyr se preparó para lo que venía.
—Se te acaba el tiempo, Zee —le recordó, como si le hiciera falta el recordatorio—. Dentro de un mes cumples veintinueve. El fideicomiso de tu abuela quedará congelado si no te casas conmigo. Te lo iba a pedir en tu cumpleaños. No lo mandes todo a la mierda por un polvo.
Ella sintió un nudo en la garganta. La rabia se extendió por sus venas. Sí, el fideicomiso. Su encantadora abuela no se había casado nunca y lo había lamentado toda la vida, así que quiso asegurarse de que su nieta no cometiese el mismo error. Quería que se buscase un compañero. Le había legado varias reliquias familiares bajo la condición de que, si quería disfrutarlas, tenía que haberse casado al cumplir los veintinueve.
Lo cierto es que Zephyr no era nada interesada y no ansiaba tanto el dinero como para casarse. Pero las reliquias llevaban cinco generaciones en la familia de su padre y aquella anciana astuta sabía que la madre de Zephyr preferiría verla casada aunque fuese a punta de pistola que tener que dar algo tan valioso a la beneficencia. Alec había sido un buen candidato. Zephyr era una chica de clase media, él era un tipo atractivo de familia adinerada con cierta influencia en la ciudad. Zephyr adoraba a sus padres, y ellos la adoraban a su vez. No podía negar que, cuando vieron de dónde procedía Alec, se sintieron más que satisfechos con su relación. Tener acceso al fideicomiso de la abuela era un efecto secundario positivo. Probablemente era el único motivo por el que se había planteado sentar la cabeza con él.
—Además, Zee, admitámoslo —prosiguió él con una sonrisa suave, casi apaciguadora, que le habría sentado muy bien si Zephyr no hubiese tenido ganas de borrársela de un puñetazo—, no vas a encontrar nada mejor. No eres una belleza como tu hermana. Encontrar un marido rico y poderoso como yo es toda una oportunidad para ti.
Los cojones que tenía aquel tío la dejaban sin palabras. Nada de pedir perdón; en su cara no se apreciaba ni un gramo de remordimiento o vergüenza. Como buen narcisista, le había dado la vuelta a la situación para culparla a ella, a su supuesta insuficiencia. Estaba utilizando a su hermana para que Zephyr se sintiese insegura. Aquella era probablemente la artimaña más torpe que había intentado con ella. Su hermana era su mejor amiga, y por fuera no era ni la mitad de hermosa que por dentro. Adoraba a Zee y se enorgullecía de ella a diario. Intentar enfrentarlas era una idiotez.
Resonó una campana detrás de ella. Zephyr se dio la vuelta y vio que la lucha había concluido. La bestia, que claramente había ganado, se acercó a una esquina de la sala y se puso a hablar con un tipo calvo. Zephyr contempló su espalda, cubierta por completo de cicatrices, y se preguntó qué le habría pasado. Luego se giró para mirar de frente al que ahora era su ex, dio un paso adelante y le dio una palmadita en el pecho.
—Que hemos terminado, Alec —anunció, al tiempo que la multitud se dirigía con lentitud al extremo opuesto de la sala—. Preferiría casarme con cualquiera antes que contigo.
Él soltó
