Un beso bajo la lluvia

Violeta Boyd Castillo

Fragmento

 1. LA LLUVIA HACE TODO MÁS DRAMÁTICO

1

LA LLUVIA HACE TODO MÁS DRAMÁTICO

230 días antes del primer sábado de octubre

FLOYD

Llovía.

Lo que en la mañana era una simple llovizna se había convertido en un aguacero que golpeaba con fuerza las baldosas irregulares del parque. El viento arrancaba las hojas de los árboles y el aroma a tierra mojada impregnaba el aire. La gente apresuraba el paso, esquivando charcos y refugiándose bajo sus paraguas.

La tormenta provocaba que todos quisieran huir a sus casas, incluida yo, que me preparaba para una nueva decepción amorosa.

—¿Sabes qué, Floyd? Jódete. Vas a morir virgen.

Con esas palabras Wladimir Huffterminó nuestra relación en plena calle. La lluvia no me importó, tampoco lo empapada que estaba. Solo podía pensar en la frase con la que mi ahora exnovio había apuñalado mi corazón.

¿Qué puedo decir? Creo que algunas personas tienen la habilidad de fijarse en los seres menos indicados y, al parecer, yo era una de ellas, porque Wladimir me había dejado ahí: sola, sin paraguas, con lágrimas que se mezclaban con la lluvia, escalofríos y el corazón hecho añicos.

De pronto, alguien se apiadó de mí. Todo transcurrió como en cámara lenta: la fría mano de un desconocido tomó la mía, obligándome a agarrar el mango de su paraguas para cubrirme. Ni siquiera supe quién era, pues se marchó sin mirar atrás. Solo alcancé a ver su abrigo color marrón perdiéndose por la vereda. Pero su gesto quedó bien guardado en mi corazón.

Luego, como por arte de magia, un rayo de luz se abrió paso entre las oscuras nubes del cielo y dejó de llover, lo que me dio un ápice de esperanza y me hizo volver a la realidad.

Sí, la vida continuaba.

Nunca fui supersticiosa, pero bastó esa maravillosa coincidencia para que creyera en las aventuras que me depararía el destino.

Y con esa idea me fui al trabajo.

Al cruzar la puerta de la florería sonó la campanilla. Tía Sarah, la hermana de mamá y dueña de la tienda, se asomó por detrás del cajero. Estaba despeinada, con el pintalabios corrido y los labios hinchados, la camisa a medio abrochar y los ojos bien abiertos. A su lado, Mark, su novio, lucía igual de desarreglado. Puse una expresión de espanto cuando deduje qué se encontraban haciendo en plena tienda.

—Buenos días —saludé en tono firme, tal como haría papá en una situación como esa.

—¡Floyd! —exclamó ella mientras se arreglaba—. Creí que estarías en una cita con Waldi... Waldo... Eh..., tu novio de nombre raro. ¿Qué te pasó? ¡Estás empapada!

—Es una larga historia —dije bebiendo el trago amargo de la realidad y con el paraguas todavía mojado entre mis manos—. Iré a secarme el pelo...

Si bien no pretendía que mi relación con Wladimir fuera eterna, ese corte tan brutal y frío no me daba muchos ánimos. De forma irracional, conservaba la esperanza de verlo entrar por la puerta de la florería con ojos de cachorro y diciendo palabras de arrepentimiento.

Ridícula, me dije cuando asumí que mi deseo no se cumpliría.

Gruñí, apagué el secador y salí para ocuparme de los clientes o de lo que fuera necesario para distraerme. Existían cosas más importantes que mi ruptura, como contener los estornudos a causa del polen, por ejemplo.

Afuera, los incipientes rayos de sol que había visto dieron paso a un cielo despejado. Mark se percató de ello.

—Adiós a la última lluvia —dijo en un tono nostálgico—. Dicen que no lloverá hasta dentro de un año, pero veo que tú gozaste al máximo del agua, Flo.

—¿Todavía les crees a los sujetos del tiempo, Mark? —interrogó mi tía con una risita burlona a la que su novio respondió con un mal gesto de dedos.

En medio del reclamo que Mark le hacía a tía Sarah, escuché la campanilla de la puerta.

—Bue...

Mi intento de saludo quedó en nada cuando un chico de cabello oscuro, con la cara llena de lunares y un abrigo de color marrón entró a la tienda. Mi interior se hizo una maraña de emociones, pensamientos incongruentes e hipótesis rebuscadas. ¿Era el chico del paraguas? ¿Cuál era la probabilidad de que fuera el mismo?

Palidecí y seguí sus movimientos casi sin parpadear durante los dos minutos y trece segundos que estuvo allí. Compró un ramo de lirios rosados y rosas rojas y luego se marchó.

Apoyada en el mesón recriminé mi actitud.

Tuve frente a mí una persona con abrigo marrón ¡y no hice más que permanecer inmóvil como las plantas que tanto cuidaba en la florería! Pude haberle preguntado si el paraguas —que ahora estaba bien guardado en el baño— era suyo, pero todo lo que hice fue imitar a una estatua.

Estornudé a causa de las flores y llamé la atención de tía Sarah.

—Flo, querida, ¿por qué no vas a casa a cambiarte de ropa y vuelves mañana? No queremos que pilles un resfriado.

Entrecerré los ojos sospechando que su sugerencia escondía otra intención, pero acepté sin reclamos.

Volví a casa ensayando la mejor de mis sonrisas. Cutro, el gato que papá había adoptado, me recibió cariñoso. A él no le importaba en absoluto escucharme decir que prefería a los perros. Se paseó entre mis piernas un rato y luego lo aparté.

—¡Ya llegué!

Completo silencio.

—¡Mamá! —grité de nuevo al ver que no estaba en el primer piso.

Estaba subiendo las escaleras cuando la voz de mi santa madre me llamó. Caminé hasta el final del largo pasillo y la encontré barriendo la habitación de invitados.

—¿Por qué barres este cuarto? —pregunté luego de saludarla.

—Los Frederick se quedarán aquí hasta que su casa nueva esté habitable. Todavía tienen filtraciones y problemas en el techo. ¿Lo olvidaste?

—Eh...

—Floyd, lo hablamos esta mañana.

—Tengo mala memoria —me defendí.

—¿O es que estabas tan entusiasmada con la cita con tu novio que lo olvidaste? —Su expresión se volvió sugerente. A mi madre le encantaba ponerme nerviosa haciendo ese tipo de comentarios—. ¿Qué te pasó, Huroncito?

Debí poner ojos de angustia, porque mamá dejó de barrer para enfocarse en mí. Su rostro de preocupación lo decía todo.

—Es una larga historia... ¡Rayos! Si los Frederick se quedarán un tiempo, eso significa que tendré que andar decente por la casa —dije para desviar el tema.

Mamá se echó a reír.

—Hazlo, así nos haces un favor a todos.

—Ja, ja. No eres graciosa. —Le saqué la lengua en un gesto infantil—. Iré a cambiarme.

Mientras me ponía ropa seca recordé a la familia Frederick.

Mis padres y ellos eran amigos de la infancia. Iban todos al mismo colegio aquí, en Hazentown, y esa amistad se mantuvo incluso cuando se separaron para ir la universidad. Años después, mis padres decidieron hacer su vida en Los Ángeles, ciudad a la que pronto también se fueron a vivir los Frederick. Todos los fines de semana se reunían para celebrar, compartir comidas y charlas de adultos. Luego nací yo, y en los meses siguientes nació su hijo Felix. Nos acompañamos durante nuestros primeros años y formamos una amistad, aunque en realidad la mayor parte del tiempo yo lo fastidiaba o lo metía en problemas. Después, mis padres decidieron volver a Hazentown por temas de trabajo cuando yo tenía ocho años, y nunca más nos volvimos a ver. Si no hubiera sido por algunos comentarios sueltos que hacía mi padre, jamás habría sabido de ellos. Y ahora tendríamos que compartir el mismo techo... Vaya vida.

En cuanto terminé de cambiarme, el timbre sonó.

—Iré a abrir —avisó mamá.

La curiosidad me provocó la necesidad de presenciar el reencuentro entre esos viejos amigos, aunque desde la escalera no me daba el ángulo. Solo podía escuchar cómo mamá saludaba a la familia y mi padre empezaba una divertida discusión con tío Chase.

Mi ansiedad subió a tope, pero me armé de valor.

Bajé las escaleras y caminé hasta la entrada de la sala de estar. Me asomé lentamente por el umbral para verlos; ambos estaban igual a como los recordaba, con la excepción de que les había crecido un poco la panza. Más a ella, tía Michi, quien era evidente que se encontraba embarazada.

Ay, amaba cuando me invitaba a ver a través de su telescopio en los paseos familiares.

—Permiso —escuché a mis espaldas.

Ahogué un grito y me giré. Frente a mí estaba nada más que Felix Frederick vistiendo un abrigo marrón.

FELIX

«¡Felix, mira esto! Acércate, ven.»

La niña sin dientes agitó su mano. Hacía un esfuerzo por hablar bien, pero como no tenía los dientes delanteros, las S, C y X sonaban como una F.

Y yo, como el niño crédulo que era, le hice caso. Cuando estuve a su lado, señaló un macetero lleno de barro y gusanos que se retorcían.

«¿Qué?», pregunté asqueado.

«Mira. ¿Lo ves?»

«¿Qué? ¿Los gusanos?»

Un gruñido emanó del interior de la niña. Sus ojos grises se volvieron un poco más oscuros.

«No, tonto. Acércate y lo podrás ver.»

Iluso, me acerqué, sin esperar que al hacerlo mi cabeza quedaría aplastada contra la tierra y los gusanos.

«¡Felix comegusanos, Felix comegusanos!», canturreó burlona mientras su trenza castaña se sacudía de un lado a otro.

Esa niña era Floyd McFly, la hija del mejor amigo de mi padre.

Jamás en mi corta vida había odiado tanto a una persona. No al menos durante esa semana en la que me molesté con ella. Ahora que nos volveríamos a ver esperaba que ella no recordara el estúpido apodo que me había puesto.

—¿Recuerdas ese minimarket, cariño?

Decir que mis padres estaban emocionados por el regreso a su ciudad natal era minimizarlo en extremo. En realidad se veían como niños en la fábrica de Willy Wonka por estar después de años en el lugar donde se conocieron y vivieron su melosa historia de amor. Se movían de aquí a allá admirando rincones, personas, casas, edificios, y, para mi mala suerte, ni siquiera la música que tenía puesta a tope en mis audífonos acallaba sus gritos de alegría.

Me pregunté quién de los tres era más maduro, si ellos o yo. Luego recordé que yo no entraba en aquella categoría.

—¿No estás emocionado, Felix?

Mamá apoyó sus manos en la cintura, dejando ver su enorme vientre de embarazada. Me encogí de hombros y fingí interesarme en el paisaje.

No me emocionaba la idea de mudarme. Fue una patada en el estómago saber que me alejaría de mis amistades, de mi casa y del estilo tan especial de Los Ángeles. Dejaría todo atrás para hacer una nueva vida en una ciudad pequeña, gris y en la que Floyd McFly vivía.

Como si eso no fuera suficiente, el sitio donde viviríamos se había inundado por las fuertes lluvias y no nos quedó otra que pasar una temporada en el hogar del mismísimo demonio de chistes aburridos y apodos absurdos. Solo me quedaba esperar que en su casa hubiese buena conexión a internet, porque no podía dejar de lado las aficiones que me distraían del mundo real.

—Ya casi llegamos.

Por el espejo retrovisor vi que papá meneó sus cejas. Tenía una expresión cansada.

—¿Crees que fuimos muy invasivos al pedirle a Mika que nos dejara quedarnos por un tiempo en su casa?

—Tranquila, están felices. Además, no lo amenazamos con una pistola para que aceptara.

—Chase, ¡siempre tan exagerado, por Dios! —dijo mamá al borde de la histeria.

—Terroncito de azúcar, no te alteres o el bebé nacerá más pronto de lo previsto... ¡Auch!

Mamá le había dado un golpe en el brazo.

—Hablando en serio, quizá debimos pedirles a mis padres que nos dieran alojamiento o, no sé, arrendar habitaciones en un hotel.

Ahí dejé de prestar atención.

Lo bueno de vivir bajo el mismo techo que la odiosa niña sin dientes era que su padre era un escritor famoso y tenía muchas obras publicadas. Eso quería decir que podría darme consejos para escribir mis historias o incluso ayudarme a cumplir mi sueño de publicar un libro. La voz de su experiencia sería mi guía ahora que mi interés por la narración estaba en su punto más alto.

Saqué mi teléfono del bolsillo de mi abrigo para cambiar la canción. Una foto con mi mejor amigo, Brand, saltó en la pantalla. Fue la última foto que nos tomamos a modo de despedida en Los Ángeles.

Desde el auto observé la casa. Era de dos pisos, tenía las clásicas ventanas con marco de fierro, un antejardín amplio y árboles. Nada fuera de lo común. Me bajé después de papá, quien corrió para ayudar a mamá. A continuación avanzaron hasta la reja y tocaron el timbre.

Entraron apenas les abrieron, haciendo caso omiso a que yo me había quedado atrás. Algo me había paralizado.

Ordené recuerdos e intenté conservar la calma por unos segundos que se me hicieron eternos.

Cuando recuperé la capacidad de movimiento la esposa de Mika McFly me saludó con un ademán cariñoso y me invitó a pasar. Guiado por las voces de mis padres y de los padres de la única heredera de ese apellido, me metí en la casa. Pero al entrar no solo descubrí que los adultos estaban absortos en su conversación, sino que la niña sin dientes —cuya única razón de vida solía ser molestarme— había crecido.

Bajó las escaleras sin hacer ruido y se dirigió a la sala de estar, el mismo lugar al que yo quería ir. Tenía el cabello castaño largo, tal como lo recordaba, llevaba un vestido de flores y aquel misterioso collar al que nunca pude verle el dije. Me alegró comprobar que yo había crecido más que ella, y no al revés, como todos decían que pasaría.

Pese a que había cambiado en términos físicos, seguía siendo la misma niña metiche. Lo supe al verla asomada por el arco de la sala, espiando a nuestros padres. Caminé lento, a la espera de que mi presencia la inquietara lo suficiente como para demostrarle que las cosas habían cambiado y ya no era el mismo niño sumiso y crédulo.

Funcionó de maravilla, porque soltó un grito ahogado. Lo primero que vi fueron sus ojos grises llenos de sorpresa y tal vez ¿miedo? Llevaba maquillaje. Luego me fijé en la forma ovalada de su cara, su tez blanca, sus mejillas rojas. Por último, vi sus labios pintados de rosado y su dentadura ahora completa.

En la infancia, el exceso de efes al hablar se debía a que no tenía los dos dientes de adelante, y recordé cómo fue que los había perdido. Con su inquietud habitual, en un momento en que me vio en cuclillas sobre el piso de cemento aprovechó para subirse en mi espalda y simular que montaba un corcel mientras gritaba «¡Arre, caballito! ¡Arre!». Me levanté rápido con la intención de que se bajara, pero terminé cayendo al suelo con ella encima. A mí me costó un raspón en la rodilla, y a ella le costaron sus dichosos dientes de leche.

Allí, frente a mí, estaba la niña que solía hacer mi vida imposible con todas sus travesuras e intuí algo con claridad: Floyd McFly y yo en una misma casa significaba problemas.

Problemas que seguro me buscarían a mí.

Y, claro, apodos nuevos.

Horribles y nefastos apodos.

FLOYD

No. Puede. Ser. ¡Otro abrigo marrón!, pensé al ver a Felix.

El grito que solté llamó la atención de nuestros padres en la sala.

—Allí están, qué maravilloso reencuentro, ¿no? —dijo tía Michi desde el sofá.

—¿Hace cuánto no se veían? —indagó mamá y buscó una respuesta en papá.

Él achicó sus ojos, calculando el tiempo, y respondió dirigiéndose a su amigo:

—¿Unos ocho años, tal vez?

—No llevo la cuenta, solo recuerdo que pasaban todo el día jugando cuando vivíamos en Los Ángeles.

—Sí, sí —añadió tía Michi—. Tengo muchas fotos de ellos.

Miró a su hijo a la espera de una respuesta. Felix se encogió de hombros ante el silencio que surgió mientras lo observábamos e inspiró fuerte.

—No lo sé —respondió serio y sin ningún ápice de amabilidad—. No lo recuerdo.

Y yo que esperaba una respuesta más interesante...

Fue un nefasto reencuentro, la verdad, sobre todo porque nuestros padres hablaban como cotorras y nosotros estábamos de complemento. Hice un esfuerzo para lograr obtener un espacio en el sofá, mas todo lo que conseguí fue sentarme en el apoyabrazos del sillón donde papá estaba a sus anchas.

Desde ahí me tomé la libertad de estudiar a Felix. Su cabello castaño oscuro y desordenado, sus labios ni muy gruesos ni muy finos que parecían bailar con cada gesto, los hoyuelos que se marcaban cada vez que decía algo con la letra «M». Por último, me fijé en que tenía un tatuaje en el cuello que se asomaba por encima de su camisa.

Insistí en recordar lo que me había pasado durante la tarde, el misterio del paraguas que me había caído como por arte de magia, aunque no valía la pena seguir analizándolo, ya que lo único que había visto de mi salvador era su abrigo marrón, y no podía asegurar que fuera el mismo que llevaba Felix.

De todas formas, no perdí la esperanza de que fuese él. Algo en mí necesitaba ponerle rostro a la persona que me había ayudado.

Como no era buena dejando ir las ideas que se instalaban en mi cabeza, apoyé mi mentón en un puño para analizar los puntos fuertes que confirmaran mi hipótesis, pero tuve que detenerme cuando sus ojos se posaron en mí. Como adolescente que no sabe reaccionar a situaciones que involucran a un chico, giré la cabeza en otra dirección sintiendo todo mi cuerpo consumido por la vergüenza.

—Por cierto, Felix también irá a Jackson —comentó su madre—. ¿Qué tal las clases en el instituto?

—Bien. Muchas pruebas, trabajos innecesarios... y lo de siempre —respondí intentando articular las palabras.

—Tiene muchas cosas nuevas —agregó mamá—. Ahora hay talleres, reforzamiento y...

Me distraje de la charla tras tomar conciencia de la fatídica realidad: en clases me seguiría encontrando con Wladimir.

El amor es como un espectáculo de fuegos artificiales: comienza con una pequeña chispa que despierta tu curiosidad, luego se dispara, asciende y estalla, muestra sus formas y colores, provoca una inquietud casi adictiva... y al final desaparece.

Supongo que eso pasaría con mi sentimiento.

—Por cierto, Hurón...

Volví a la realidad. Papá se giró en mi dirección con expresión interrogante.

—¿No habías salido con esa comadreja de tu novio hoy día? —preguntó en tono despectivo.

¡BAM! Directo al corazón. Si le contaba a papá que Wladimir me había terminado bajo la lluvia y con palabras feas, tendría los minutos contados. Preferí mentir.

—Se murió su tatarabuela.

Hipé.

—¿Su tatarabuela? —cuestionó mamá.

—Sí, tenía un problema en la próstata.

Volví a hipar.

Felix soltó una risa sarcástica. Me atreví a mirarlo recelosa durante un par de segundos y volví a hipar. Su expresión cambió a una seria y se cruzó de brazos.

—Luego hablaremos de eso —sentenció papá señalándome con su dedo. Tragué saliva y por el susto dejé de hipar—. Eres tan mala mentirosa como lo es ella. —Apuntó a tía Michi, quien puso la mano sobre su pecho ofendida por el comentario. A su lado, tío Chase le dio la razón a su amigo, que reía y asentía.

La conversación derivó en una rememoración de vivencias de su juventud y luego les ofrecieron pasar a ver sus habitaciones. Todos tuvimos que ayudar a la embarazada a subir las escaleras cuando insistió en ver el cuarto provisorio para su hijo. Felix, por su parte, no demostró interés en dónde iba a dormir.

Ni en nada.

El chico parecía una estatua, y no lo digo solo por lo pálido. Ni siquiera se unió a las conversaciones o hizo algún comentario; se quedó observando todo en completo silencio. Supuse que estaba en ese periodo de la adolescencia en que todos actuamos como si guardásemos misterios, apegados al enrevesado mundo creado por nuestras cabezas, pero él no lucía pensativo ni mucho menos se veía como un idiota; actuaba como un analista profesional.

O eso creí, hasta que preguntó:

—¿Cuál es la clave del internet?

El resto de la tarde me la pasé mirando mi teléfono, esperando alguna llamada o mensaje de Wladimir que dijera que estaba arrepentido y quería volver, a lo que gustosamente respondería que sí. No obstante, cuando el sol comenzó a esconderse mi ilusión se hizo pequeña. Se avecinó un estado depresivo, quise empezar un concierto de sollozos y... de pronto escuché a Felix.

Llevada por la curiosidad me asomé por la puerta y lo vi en el pasillo siendo acorralado por el gato.

—Sal —le ordenó, pero su voz no era nada autoritaria.

Cutro se sentó frente a un asustado Felix, quien comenzó a buscar una forma de escapar hasta que sus ojos dieron conmigo. Algo mágico ocurrió entonces; llevó una mano a su boca y tosió recuperando la compostura.

—¿Podrías sacar al gato de mi camino?

—¿Por qué? —interrogué saliendo de la habitación.

—Soy alérgico a ellos.

Caminé por el pasillo y tomé a la bola de pelos. Cutro se movió entre mis brazos provocando que Felix se pegara otra vez a la pared. Sonreí cuando una brillante idea se cruzó por mi cabeza. Lo agarré por las axilas y se lo acerqué.

Pues nada... en vez de que estornudara él, lo hice yo.

—No les tienes alergia, ¡les tienes miedo!

—¿Y tú qué sabes?

Dejé a la bola de pelos en el piso, Felix de nuevo se espantó y buscó refugio en la pared. Para su suerte, Cutro ya había perdido el interés en él. Al ver que estaba a salvo pasó por mi lado sin darme siquiera las gracias.

—Espera. —Lo detuve.

—¿Qué? —preguntó con desinterés.

Pensé en exigirle que me diera las gracias, pero mi curiosidad pesó más.

—¿Tú eres el chico del paraguas?

Y se hizo el silencio. Se volvió en mi dirección sin ninguna expresión y capté que necesitaba darle más detalles para que mi pregunta se entendiera.

—Un chico con el mismo abrigo que tú me cedió su paraguas en la calle, bajo la lluvia. ¿Eras tú? Si es así, necesito decirte que...

—¿Por qué le daría mi paraguas a alguien que apenas recuerdo? ¿Y en qué momento?

—Yo...

—Lo siento, McFly, no estoy para hacer caridad —me interrumpió—. La única persona por la que siento compasión es por mí. Todavía no sé qué hago en esta ciudad.

Su respuesta me pareció demasiado a la defensiva, pero su expresión... Su expresión fue como una advertencia que me sugirió que dejara de hablarle.

—Bien, yo solo quería agradecerle —dije fuera de mí—. Hoy en día faltan personas bondadosas, de esas que logran que uno recupere la esperanza en la humanidad gracias a sus pequeños gestos.

—Yo no me adelantaría a decir eso. Un gesto amable no define a una persona.

Directo y frío. Dos palabras que definían bien a Felix Frederick.

2

CUANDO BATMAN CAYÓ DEL CIELO

FLOYD

Al día siguiente de que Wladimir terminara conmigo y de recibir la excelente noticia de que los Frederick se quedarían por un tiempo en casa, desperté con la esperanza de ver el mundo con otros ojos. No quería darle más vueltas al quiebre que ya me había quitado el sueño la noche anterior, aunque aquel momento regresaba a mi mente una y otra vez. Todavía somnolienta busqué bajo mi almohada el teléfono y comprobé si en la plataforma había una actualización de mi novela favorita.

Dentro de NovelTap había una variedad inmensa de obras y escritores, pero ninguno me producía tantas cosas como Synapses, quien tenía una habilidad celestial de captar la atención del lector. Sus historias contaban con un toque de humor, giros inesperados y personajes memorables. Como admiradora, leía todo lo que escribía y comentaba siempre que podía. Synapses había sido mi inspiración para pasar de ser una lectora fantasma a escribir mis propias historias.

—¡El desayuno está listo!

Me aventuré a salir de mi habitación, pero recordé que vestía mi pijama de polar rosa con estampado de osos. Habría sido tan humillante que me vieran así, que tuve que buscar ropa y vestirme. Pero cuando puse un pie fuera del cuarto vi mis horribles ojeras en el espejo del pasillo y tuve que tomar una drástica decisión: maquillarlas o usar gafas de sol.

La segunda opción era más rápida.

Con la personalidad característica de un McFly bajé las escaleras y me dirigí a la cocina, donde mamá y los Frederick estaban sentados a la mesa. Los dos puestos vacíos eran de papá y Felix.

—¿Olvidé decirle a tu padre que apagara el calentador solar? —preguntó mamá mofándose.

Blanqueé los ojos detrás de mis lentes de sol y me senté junto a ella.

—Buenos días —saludé.

Los dos Frederick me saludaron con expresiones confusas, como si dudaran de mi salud mental, pero agradecí que no hicieran preguntas.

Cuando casi acababa el desayuno, papá apareció en compañía del hijo de los Frederick charlando como si fueran padre e hijo, felices y distendidos. Al ver a Felix actuando con tanta soltura mi mundo colapsó. Era indignante.

Seguí los movimientos de papá en busca de una explicación. Después miré a Felix, quien ni siquiera saludó. Masticaba un pan sentado frente a mí como si nada le importara. Vestía una camiseta azul desteñida que dejaba casi por completo a la vista su tatuaje misterioso. Era un cuervo negro sobre un corazón rojo.

Raro.

Bueno, no tanto.

Seguí comiendo y la sugerencia que mamá puso sobre la mesa hizo que tragara todo de golpe.

—Floyd podría enseñarle la ciudad a Felix —dijo llena de entusiasmo.

Seis ojos se posaron sobre mí y luego se sumaron dos más.

No, no, ¡definitiva y rotundamente no!, chillé en mi interior.

Pero no pude negarme y asentí esbozando una sonrisa falsa.

Mi tarde ya se había arruinado. Después del almuerzo, Felix y yo nos preparamos para salir a dar un paseo por Hazentown. Resultó que de estudiante en Jackson y ayudante en la florería pasé a ser guía turística.

Cumpliendo mi rol, fui señalando cada uno de los lugares emblemáticos mientras contaba historias y anécdotas y relataba datos curiosos para hacer de la ciudad un lugar más interesante. Pero fue en vano.

—... y en ese sitio hubo un incendio, pero no fue nada grave. ¿Ya te estás ubicando? ¿Qué te parece la ciudad?

Cuando captó que lo miraba se llevó las manos hacia los oídos y se sacó los audífonos que tenía bien ocultos bajo la capucha.

—¿Decías algo? —preguntó serio.

Me eché a reír, por si era una broma.

—He estado todo el camino hablándote y enseñándote la ciudad, ¿es en serio? —pregunté y me detuve.

Hizo un gesto desinteresado y se puso los audífonos otra vez.

—Creo que es más interesante observar que escuchar.

Dio por terminada la discusión y siguió andando por su lado en la acera. Ya casi llegábamos al centro, donde la multitud se metía en sus asuntos sin importarle lo que sucedía alrededor.

Apresuré el paso y llegué junto a él para volver a hablarle.

—Pero ¿así cómo vas a conocer la ciudad o guiarte o algo? —pregunté intentando esquivar a las personas que venían en sentido contrario.

—No te escucho —entonó al notar que seguía hablando.

Gruñí como un perro rabioso.

¿Felix siempre había sido así? Podía no recordarme, pero yo tenía vagos recuerdos de él cuando vivíamos en Los Ángeles. De niño era animoso, algo introvertido y callado, pero siempre estaba dispuesto a jugar o ayudar. Solía correr por todos lados y escuchar con atención mis propuestas de ir a investigar «sectores oscuros», llenos de supuestos espíritus malignos. Ah, y odiaba escuchar los sobrenombres que le inventaba.

La ampolleta sobre mi cabeza se iluminó.

—¿Por qué me ignoras? —insistí—. Eres un infelix... in-felix, ¿entiendes?

No respondió.

—Olvídalo, de nada sirve esforzarme. Eres un poste, alto y muy callado. Hablar conmigo misma es la mejor opción, aunque las personas que pasan a nuestro lado crean que soy una loca. ¿Qué más da? Mejor eso que ser ignorada.

—McFly —me llamó—, ¿quiénes son ellos?

Me detuve a mirar en su dirección. Una pareja me hacía señas. Abrí mis labios como si quisiera decir algo, pero el impacto de los recuerdos me detuvo. Me tembló la barbilla y sentí en los ojos ese fastidioso picor.

—Floyd, ¡mira qué grande estás! —dijo el señor Smith, que se acercaba para saludarme.

—Estás muy linda —añadió la señora Smith—. Y qué novio más guapo tienes.

Enrojecí al instante. Gracias al cielo Felix estaba unos pasos más atrás.

—No es mi novio. Pero gracias. ¿Y ese equipaje? —curioseé al notar que cargaban dos maletas en las que fácil podía meterme.

—Lo acabamos de comprar. Este... nos vamos de la ciudad —respondió la señora Smith mirando su maleta fucsia con algo de inquietud y melancolía—. Creemos que es tiempo de hacer un cambio en nuestras vidas.

—¿Se mudarán? Pero Lena...

—Lo sabemos —intervino el señor Smith—. Amamos a Lena y lo haremos siempre, pero no podemos estancarnos aquí, Floyd.

Intenté esconder mi aflicción.

—A Lena la llevaremos siempre con nosotros, no dudes de eso. De hecho, antes de irnos queríamos pasar a dejarte algo.

—¿Qué cosa?

—El cofre que tenían de niñas. Estoy segura de que a ella le habría encantado que lo tuvieras.

Agradecí que los padres de Lena hubiesen decidido dejarme su cofre, así que cuando me propusieron ir a su casa para buscarlo no me negué. Arrastré al Poste con Patas conmigo, por supuesto.

Ya con el cofre en mis manos fuimos a la parada del bus, donde me tomé el tiempo de examinarlo. Intenté descifrar los extraños dibujos que hicimos, observé las calcomanías ya gastadas de la tapa y olí su particular aroma a madera vieja.

Cerré los ojos y apreté el cofre contra mi pecho, justo donde mi collar se aplastaba contra mi corazón.

—¿Qué haces? —preguntó Felix.

Había arruinado la emotividad del momento.

—Recuerdo cosas.

—¿Con los ojos cerrados? ¿Cómo vas a ver cuando llegue el bus?

Resoplé y abrí los ojos.

—¿Qué tiene de especial ese cofre, McFly?

—Es el cofre que teníamos con Lena. Aquí guardábamos todo lo que nos parecía especial.

—¿Y quién es Lena?

—Mi mejor amiga. Cuando llegué a Hazentown tenía unas enormes ganas de integrarme. Fue así como la conocí. Con Lena las tardes se me hacían mucho más divertidas. Comprábamos helados en una tienda cerca de la carretera y los tomábamos sentadas en la acera. Desde ahí contábamos los autos; yo los rojos y ella los blancos. Se convirtió en mi mejor amiga, una hermana, hasta que un día enfermó.

Felix no dijo nada, así que continué hablando mientras intentaba abrir el cerrojo del cofre.

—Como no le quedaba mucho tiempo, ella y yo decidimos hacer algo especial.

El candado hizo clic y se abrió. En el interior había recortes de revista, fotografías de objetos, conchas marinas, lazos de colores, mechones de cabello envueltos en bolsas, un diente de leche y una hoja de cuaderno doblada.

—¿Qué? —preguntó serio.

Miré hacia los lados antes de tomar la hoja. Por algún extraño motivo sentí que abrirla era un delito que se castigaba con cadena perpetua. Al desdoblarla, mis dedos se volvieron torpes.

—La «Lista de deseos antes de morir» —leí y sentí los ojos llenos de lágrimas—. Una lista que nunca pudimos cumplir.

Sentada junto a Felix empecé a leerla.

Guardé la lista en el cofre y sequé las lágrimas que osaban escurrir por mis enrojecidas mejillas. No quería que Felix me viese así de vulnerable.

Sin embargo, el momento se vio interrumpido con la aparición de un sujeto de mal aspecto que llegó a la parada. Me resultó sospechoso, sobre todo cuando dirigió la mirada al cofre. Lo sujeté con más fuerza, pero en un rápido movimiento me lo arrebató y salió huyendo.

—¡Eh! —grité a todo pulmón sintiendo que mi garganta se desgarraba.

Ni siquiera miré a Felix cuando salí persiguiendo al tipo. Corrí lo más rápido que mi mal estado físico me permitía. Tampoco ayudó mucho mi afición por usar vestidos.

—¡Ayuda, ese hombre me robó! —grité.

Se me nubló la mirada en el instante espectacular en que, del cielo, cayó Batman.

Literalmente, Batman.

Un chico con disfraz saltó de la rama de un enorme árbol junto a la acera y aterrizó justo encima del ladrón, lo que provocó que este cayera al suelo y soltara el cofre.

La escena pareció sacada de una película.

El chico disfrazado se sentó sobre la espalda del ladrón y con sus manos le retuvo los brazos para que no lo atacara. Él, por su parte, no hacía más que forcejear intentando escaparse.

Tomé el cofre sin despegar los ojos de la insólita escena. El chico disfrazado sacó de sus calzoncillos negros un teléfono y marcó a la policía.

—De esta no te salvas —lo amenazó. Recién asimilaba lo que había ocurrido cuando el Chico Batman fijó sus ojos en mí—. ¿Estás bien?

Me sobresalté y al mismo tiempo sentí una enorme curiosidad por saber quién se escondía tras la desteñida máscara.

—Sí. Muchas gracias —respondí todavía agitada.

¿Cuántas personas eran ayudadas por alguien disfrazado de Batman? Supuse que pocas, pero ahora formaba parte del selecto grupo que tenía ese curioso privilegio.

Felix llegó con nosotros unos minutos después como si nada, sin un pelo desordenado. El muy perezoso ni siquiera había corrido para ayudarme.

Y así, después de una extraña tarde, regresamos a casa y nos preparamos para dormir. El día siguiente era el apodado «Lunes Desastroso», el inicio del segundo semestre.

3

JACKSON, DULCE JACKSON

227 días antes del primer sábado de octubre

FLOYD

Como buen Lunes Desastroso, aquella primera mañana de escuela resultó un caos total. Parecía que alguien había ocultado las cosas de manera estratégica para que todos se desesperaran buscándolas y el mal humor clásico de los lunes se potenciara por mil. Gritos de un lado a otro, consultas sobre la hora, tía Michi que quería tomarnos una fotografía para recordar el primer día en que su hijo asistiría a Jackson, yo que posaba sin darme cuenta de que la parte trasera de mi falda estaba dentro de mis calzones, papá que me obligaba a cambiarme de ropa, más consultas sobre la hora, tío Chase que se atoraba con el pan, papá que manchaba sus papeles con café.... No hubo un minuto de silencio hasta que mi nuevo compañero de clase y yo salimos de la casa.

Con sus audífonos puestos y su rostro inexpresivo, Felix me siguió hasta la parada del autobús. Vestía su abrigo marrón característico y una bufanda roja que cubría casi por completo su tatuaje del cuello.

—¿Siempre tienes la extraña manía de observar a las personas sin disimulo o solo ocurre conmigo? —dijo.

—Pasa con todos.

Hipé.

La maldición del hipo no me dejaba mentir.

Felix alzó una ceja.

—¿Siempre te da hipo cuando mientes?

—No.

Hipé de nuevo.

—De todas formas, eres pésima mintiendo. Es fácil leerte, eres una persona predecible.

—¿En serio?

—Sí. Por ejemplo, justo ahora tienes unas enormes ganas de preguntar sobre mi tatuaje.

—¿Y qué significa tu tatuaje?

No me resistí.

—Te daré una pista —contestó mirándome—: Edgar Allan Poe.

Abrí mis labios para responder, pero el autobús había llegado.

El Poste con Patas, siempre tan amable y respetuoso, no hizo ni un intento de saludar al chofer, simplemente pasó y se sentó en el tercer asiento junto a la temible Loo.

Pobre de él, me lamenté. Loo tenía fama de hostigar a todo aquel que no le cayera bien, y como Felix no tenía mucho carisma...

—¡Floyd!

Mi nombre resonó dentro del bus. Al fondo, cuatro chicas se encontraban sentadas charlando. Con cierta gracia, papá las había apodado El gallinero por lo habladoras que eran, pero yo prefería llamarlas por sus nombres.

—Hola, hermosa —saludó Nora—. ¿Qué hace una niña tan divina como tú solita en este pasillo?

—Ven con nosotras, te estábamos reservando este caliente asiento —le siguió Fabiola, palpando el asiento junto a ella.

Miré a las dos gemelas con horror.

—Esto es demasiado perturbador para un lunes por la mañana —comenté sentándome entre ellas.

—No tanto como el Poste con Patas del que nos hablaste —pronunció Sherlyn sin quitar la vista de su teléfono.

Suspiré y miré a Felix. Al menos Loo no lo estaba estrangulando.

—Suspiraste... —comentó Eli llena de sospecha—. ¿Será este el inicio de un nuevo romance juvenil para nuestra querida Hurón? Solo piénsenlo: una linda chica que vive bajo el mismo techo con un chico que ni siquiera la toma en cuenta y que, además, parece un experimento alienígena sin expresión. Su madre fue abducida por los extraterrestres una tarde que colgaba ropa en Los Ángeles y tuvo a su primogénito, quien tiene la misión de destruir la Tierra. Sin embargo, no contaba con enamorarse de un tierno Hurón, por lo que su plan se frustra—. Tomó aire y se echó sobre el asiento—. Eso sería genial.

—Creo que alguien está viendo Te X files.

Mientras El gallinero hacía sus teorías sobre lo que podría ocurrir entre Felix y yo, vi en cámara lenta cómo mi lunes s

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