Hasta que la muerte nos separe

Amanda Quick

Fragmento

Contents
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Para Frank, siempre y eternamente

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—Debo deshacerme de ella, Birch. —Nestor Kettering cogió la botella de brandy y se sirvió otra copa—. Ya no soporto a mi mujer. No tienes ni idea de lo que supone vivir con ella en la misma casa.

Dolan Birch se removió en la silla y estiró las piernas, acercándolas a las llamas de la chimenea.

—No eres el primer hombre que se casa por dinero y descubre que el trato no lo satisface; la mayoría de personas que se encuentran en tu situación hallarían la manera de cohabitar. Es bastante común que las parejas de la buena sociedad lleven vidas separadas.

Nestor contempló las llamas. Dolan lo había invitado a tomar un último brandy tras otra velada jugando a las cartas en el club del que ambos eran miembros, y de resultas los dos estaban sentados en la pequeña pero elegante biblioteca de la casa de Dolan.

«Haría cualquier cosa para no tener que regresar al número cinco de Lark Street», pensó Nestor. Habían considerado la idea de visitar un burdel, pero ello no despertó el entusiasmo de Nestor: en realidad, los burdeles le disgustaban; le preocupaba que las mujeres pudieran transmitirle una enfermedad y, además, no era ningún secreto que las prostitutas a menudo les robaban relojes, alfileres de corbata y dinero a los clientes.

Prefería que las mujeres fueran respetables, virginales y, sobre todo, carentes de familiares cercanos: lo último que quería era enfrentarse a un padre o a un hermano furibundos. Escogía sus amantes entre las solteronas de Londres: mujeres inocentes, educadas y corteses, y agradecidas por las atenciones de un caballero.

Durante el año pasado y gracias a Dolan Birch, había tenido acceso a una serie de institutrices jóvenes y atractivas que cumplían con sus requisitos. Una vez hecha la conquista perdía el interés, pero eso no suponía un problema: resultaba sencillo deshacerse de esas mujeres. Nadie se preocupaba por su destino.

«La residencia urbana de Dolan no es tan grande como la mía —pensó Nestor—, pero es bastante más confortable porque no hay ninguna esposa dando vueltas por ahí.» Dolan había heredado la casa tras la muerte de su mujer, una viuda acaudalada. Esta había fallecido mientras dormía, poco después de la boda... y al poco tiempo de haber modificado su testamento y dejado la casa y su considerable fortuna a su nuevo marido.

«Algunos hombres son muy afortunados», pensó Nestor.

—No sé cuánto tiempo más seré capaz de soportar la presencia de Anna —dijo, bebiendo un sorbo de brandy y dejando la copa en la mesa—. Juro que deambula por la casa como un pálido fantasma. Cree en los espíritus, ¿sabes? Asiste a una sesión espiritista al menos una vez a la semana, con la puntualidad de un reloj. Casi todos los meses busca una nueva médium.

—¿Con quién intenta entrar en contacto?

—Con su padre —contestó Nestor, haciendo una mueca—. El cabrón que me tendió una trampa con las condiciones de su testamento.

—¿Por qué quiere entrar en contacto con él?

—No tengo ni idea y me importa un condenado comino. —Nestor dejó la copa de brandy en la mesa—. Al principio creí que todo sería tan sencillo... Una novia hermosa y, además, una fortuna.

Dolan contemplaba las llamas.

—Siempre hay una pega.

—Tal como acabé por descubrir.

—Tu mujer es muy hermosa, casi todos los hombres dirían que eres muy afortunado por compartir la cama con semejante belleza.

—¡Bah! En la cama Anna guarda un extraordinario parecido con un cadáver. No me he acostado con ella desde que interrumpí nuestra luna de miel.

—A veces las primerizas son bastante frías. Hay que seducirlas.

—Anna no era virgen cuando nos casamos —gruñó Nestor, resoplando—. Supongo que era un motivo más para que su padre estuviese tan ansioso por colocarla.

Dolan dejó la copa a un lado, apoyó los codos en los reposabrazos de su sillón y unió las puntas de los dedos.

—Hay un viejo dicho que afirma que si te casas por dinero tendrás que ganarte cada penique.

—No puedo escapar de ella. Si muere, el dinero irá a parar a unos parientes lejanos de Canadá y, créeme, estarán impacientes por hacerse con la herencia.

—Hay quien en tu misma situación la ingresaría en un manicomio —comentó Dolan—. Si la declaran loca, perderá el control sobre su fortuna.

Nestor soltó un gemido.

—Su padre tuvo en cuenta dicha posibilidad, por desgracia. Si la ingreso en un manicomio el resultado es el mismo que si falleciera: el dinero irá a parar a Canadá.

—¿Has considerado la posibilidad de alquilar una casa en el campo y enviarla a vivir allí?

—Por supuesto —contestó Nestor—. El problema es que se niega a obedecerme y no hay modo de obligarla a trasladarse. Dice que no quiere vivir en el campo.

—Pero ella no asiste a reuniones de la buena sociedad, ¿verdad?

—No, pero la mayoría de las médiums se encuentran en Londres.

—Puede que una buena paliza la haga cambiar de parecer.

—Lo dudo —gruñó Nestor, apretando los puños—. Tal como te he dicho, ella controla su propia herencia; si me abandona, puede llevarse su fortuna. ¡Tiene que haber una solución, maldita sea!

Dolan guardó silencio durante un buen rato.

—Tal vez la haya —dijo por fin.

Nestor se quedó inmóvil.

—¿Se te ocurre algo?

—Sí, pero hay un precio.

—El dinero no supone un problema —dijo Nestor.

Dolan bebió unos sorbos de brandy y bajó la copa.

—Resulta que lo que exijo a cambio de mis servicios no es dinero.

Inquieto, Nestor se estremeció.

—¿Qué es lo que quieres?

—Como sabes, soy un hombre de negocios. Quiero ampliar una de mis empresas y tú estás en una situación única con la que podrás ayudarme.

—No puedo imaginarme cómo —replicó Nestor—. Los negocios no son lo mío.

—Pero sí lo mío, afortunadamente, así que no te necesito en ese sentido. Lo que quiero aprovechar es tu otro talento.

—¿Cuál?

—El de encantar y seducir —aclaró Dolan—. En ese aspecto eres realmente extraordinario.

Nestor rechazó las palabras con un gesto. Era verdad: seducir se le daba muy bien.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó.

Dolan se lo explicó.

Nestor se relajó y sonrió.

—No debería suponer un problema —dijo—. ¿Y ese es el único pago que exiges para eliminar a Anna de mi vida?

—Sí. Si tienes éxito consideraré que has saldado la cuenta.

—Entonces trato hecho —concluyó Nestor.

Por primera vez desde su noche de bodas vislumbró una chispa de esperanza.

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2

Ella le pertenecía.

Él estaba encerrado en una jaula del tamaño y la forma de un ataúd. Una oscura emoción le calentaba la sangre, como una droga poderosa y embriagadora.

Cuando llegara el momento indicado purificaría a la mujer y se lavaría con su sangre, pero esa noche no era el momento adecuado; el ritual debía ser realizado correctamente. Tenía que obligar a la mujer a comprender y reconocer el enorme daño que había causado. Y el temor era el mejor de los maestros.

Permaneció acurrucado dentro del ascensor oculto, escuchando el sonido de los movimientos en la habitación al otro lado de la pared. Había una estrecha rendija en el panel de madera y, cuando logró echarle un vistazo a la mujer, la excitación se apoderó de él. Estaba sentada ante su tocador, sujetando sus cabellos castaños con horquillas: era como si supiera que él la observaba y se burlara adrede.

Su aspecto era aceptable, pero él la había visto en la calle y su belleza no lo había impresionado. Era demasiado alta y tenía su carácter violento grabado en el rostro. Era peligrosa: su inquietante mirada lo revelaba.

No era de extrañar que lo hubiesen enviado para purificarla. Él la salvaría de sí misma... y de paso él también lo haría.

No era la primera mujer que había salvado. A lo mejor con esta quedaría limpio al fin.

Habían instalado el montacargas en el interior de las gruesas paredes de la vieja mansión con el fin de trasladar a una anciana inválida de una planta a otra, pero la mujer había muerto hacía unos años y les dejó la gran casa a su nieta y a su nieto. Le habían dicho que ninguno de los dos utilizaba el montacargas y, tras permanecer encerrado en la jaula durante lo que le pareció una eternidad, pudo comprender el motivo. El aire era irrespirable y la oscuridad casi tan absoluta como en el interior de una tumba. Casi.

Él podía descender en el montacargas en cualquier momento. Funcionaba mediante una serie de cuerdas, cables y poleas, manipulables tanto desde el interior como del exterior del compartimento. Sabía cómo funcionaba, porque había mantenido una conversación provechosa con uno de los numerosos tenderos que entraban y salían de la mansión en la época en que la mujer celebraba las extravagantes fiestas que a ella le agradaba denominar «reuniones». Pero la verdad es que la única diferencia entre su negocio y un burdel era la pretendida respetabilidad que ella lograba otorgarle a sus reuniones sociales.

El tendero le había informado acerca de lo útil que resultaba el montacargas para transportar objetos pesados de una planta a otra. El hombre también había mencionado que la mujer jamás lo usaba: era evidente que temía quedar atrapada dentro.

La mujer abandonó el tocador y él la perdió de vista. Un momento después oyó el ruido apagado de la puerta de la habitación al cerrarse.

Silencio.

Deslizó la puerta de la jaula a un lado y abrió el panel de madera. La llama del aplique de pared era baja, pero distinguió la cama, el tocador y el ropero.

Abandonó el montacargas. La embriagadora euforia que siempre experimentaba en esos momentos se apoderó de él. Cada paso del ritual significaba que su propia purificación estaba más próxima.

Durante unos segundos preciosos se preguntó dónde depositar su regalo: ¿en la cama o en el tocador?

Optó por la cama: era un tanto más íntimo...

Cruzó la habitación, el sonido apagado de sus pasos no lo inquietó. Los huéspedes habían comenzado a llegar. Había bastante tráfico en el largo camino de entrada que conducía hasta la escalinata de Cranleigh Hall. El traqueteo de las ruedas de los carruajes y el golpe de los cascos de los caballos generaban un estruendo considerable.

Cuando alcanzó la cama extrajo el bolso de terciopelo y el sobre con bordes negros del bolsillo de su abrigo. Del bolso sacó el anillo de marcasita y cristal. En la piedra, un objeto popular de la joyería dedicada a los memento mori, aparecía la imagen de una calavera dorada. Las iniciales de la mujer: C. L. estaban grabadas en oro en la superficie negra y lacada. Cuando llegara el momento introduciría un pequeño mechón de su cabello en el relicario oculto bajo la piedra de la calavera. Lo añadiría a su colección.

Admiró el anillo durante unos momentos y luego volvió a deslizarlo dentro del bolso. Depositó el regalo en la almohada, donde ella no dejaría de notar su presencia.

Satisfecho, permaneció inmóvil unos minutos, saboreando aquella intensa intimidad. Se encontraba en el espacio más privado y personal de ella, la habitación donde dormía... la habitación en la cual se creía a solas, esa en la que indudablemente se sentía a salvo.

Pronto terminaría esa tranquilidad. Ella le pertenecía. Solo que no lo sabía... todavía no.

Empezó a dirigirse al montacargas oculto, pero se detuvo cuando vio la fotografía enmarcada colgada de la pared. En la imagen aparecía ella unos diez años más joven, debía de tener dieciséis o diecisiete. Estaba a punto de convertirse en mujer, aún era inocente e ingenua, pero su mirada ya resultaba inquietante.

Su hermano aparecía junto a ella. Debía de tener unos diez años. No cabía duda de que los dos adultos de la fotografía eran los padres de los muchachos. El niño guardaba cierto parecido con el padre.

Descolgó la fotografía de la pared y se apresuró a dirigirse al montacargas, montó en él, cerró el panel y después la puerta de la jaula. Lo envolvió una oscuridad tan profunda como la negrura del anillo de marcasita. No osó encender una vela.

Tanteó en busca de las cuerdas y los cables y soltó un suspiro de alivio cuando el elevador se puso en movimiento y descendió hasta la planta baja.

Cuando emergió volvió a encontrarse en la pequeña antecámara situada detrás de la escalera trasera. El lugar estaba desierto. La vieja ama de llaves y su marido, el mayordomo, tan viejo como ella, estaban ocupados atendiendo a los invitados en la biblioteca.

Antaño, cuando la mansión había albergado a una familia numerosa y a más de una docena de criados, hubiera resultado prácticamente imposible deslizarse dentro y fuera de la casa sin ser visto, pero actualmente los únicos residentes eran la mujer, su hermano, la vieja ama de llaves y el mayordomo.

Se abrió paso hasta la entrada de servicio y salió a los jardines sin que nadie notara su presencia. No habían echado la llave: la puerta seguía abierta, tal como él la había dejado.

Unos minutos después desapareció entre la niebla. Aferraba el marco de la fotografía con la mano enguantada. El peso del cuchillo envainado bajo su abrigo resultaba tranquilizador.

El ritual estaba casi completo.

La mujer de mirada inquietante no tardaría en comprender que le pertenecía a él. Estaba destinada a ser la que lo purificara, estaba convencido de ello. La conexión entre ambos era un vínculo que solo la muerte podía romper.

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—No estarás hablando en serio, ¿verdad? —dijo Nestor Kettering con la fría arrogancia de un hombre acostumbrado a obtener cuanto deseaba—. Sé que en el fondo aún me amas. No puedes haber olvidado la pasión que nos embargaba a ambos. Las emociones tan intensas no mueren.

Calista lo observaba parapetada detrás de su escritorio de caoba, invadida por una mezcla de ira e incredulidad.

—Te equivocas. Destrozaste lo que sentía por ti hace más de un año, cuando pusiste fin a nuestra relación.

—Me vi obligado a romper cuando descubrí que me habías engañado.

—Nunca te mentí, Nestor. Creíste que era una rica heredera y cuando te desengañaste desapareciste de la noche a la mañana.

—Me hiciste creer que gozabas de una situación acomodada. —Nestor hizo un gesto abarcando la gran casa y los jardines que la rodeaban—. No solo me engañaste, sigues engañando a la buena sociedad y a tus clientes. La verdad es que te dedicas al comercio, Calista. No puedes negarlo.

—No es cierto. Y tú tampoco puedes negar que ahora estás casado. Encontraste a tu heredera. Vete a casa con ella, no tengo el menor interés en convertirme en tu amante.

«Haber consentido en hablar con Nestor en privado ha supuesto un error», pensó. Hacía tres semanas le había enviado un ramo de flores y una nota donde le pedía que se encontrara con él. El regalo y la solicitud la desconcertaron, porque hacía casi un año que no se comunicaban. Inmediatamente, ordenó a la señora Sykes que se deshiciera de las flores: agradecer el obsequio floral no se le pasó por la cabeza siquiera un instante.

El segundo ramo llegó unos días después y una vez más le dijo al ama de llaves que lo arrojara a la basura. No había esperado que Nestor apareciera en su casa porque no le había dado ningún motivo para hacerlo. Ya se había convertido en un hombre rico: si lo que quería era una amante, en Londres no escaseaban.

Hacía unos momentos, cuando llegó sin anunciarse, el señor Sykes lo confundió con un cliente en potencia. «La culpa no es solo suya», pensó Calista. Nestor poseía un gran talento: era capaz de hacer creer a los demás lo que él quería que creyeran.

Era un hombre muy apuesto, de perfil elegante, cabello rubio plateado y ojos tan azules y cálidos como el cielo estival. Cuando sonreía era casi imposible desviar la mirada, pero no era su gallardo atractivo lo que lo volvía peligroso: era su talento para mostrarse encantador y para engañar.

«De hecho, es una especie de mago especializado en romper corazones y destrozar los sueños de los demás», pensó Calista.

Sin embargo, el problema con los magos era que una vez que uno descubría el secreto oculto tras sus trucos, el espectáculo jamás volvía a resultar fascinante. Al ver a Nestor después de poco más de un año de su separación, solo podía sentirse agradecida por haber escapado por los pelos. «Pensar que antaño había considerado la posibilidad de casarme con él...»

De momento, debía encontrar el modo de deshacerse de él. Un auténtico cliente en potencia llegaría dentro de unos minutos y Calista no quería que Trent Hastings escuchara la discusión que se desarrollaba en su despacho. Le constaba que el autor era un ermitaño a quien semejante escena podía disgustarle.

Nestor se dio cuenta de que no lograría que se sintiera culpable por la separación y cambió de táctica.

—Separarme de ti es la cosa más difícil que jamás he hecho, Calista —dijo, se pasó la mano por los cabellos y comenzó a recorrer el pequeño despacho con pasos lánguidos y felinos—. Debes comprender mi situación, tuve que casarme con una rica heredera por el bien de mi familia. No tenía elección.

Antaño creía que los gestos dramáticos y los intensos estados de ánimo de Nestor evidenciaban un alma romántica. Pensaba que era un hombre muy apasionado, que ansiaba establecer un auténtico vínculo con ella, tanto metafísico como intelectual, pero ahora estaba claro que lo que en aquel entonces confundió con la pasión y los sentimientos profundos era un mero melodrama superficial. Había mejores actores que él en los teatros de la ciudad.

«¿Qué le habré visto? —se preguntó— ... aparte de su mirada abrasadora y su apostura poética, desde luego.»

—Claro que comprendo la situación en la que te encontrabas —confirmó ella, echó un vistazo al reloj y comprobó que solo faltaban cinco minutos para que llegara su cita. Debía deshacerse de Nestor de inmediato—. Sé perfectamente por qué querías casarte conmigo: creías que mi abuela nos había dejado una fortuna a mi hermano y a mí. Cuando descubriste que lo único que heredamos fue esta monstruosa mansión, no te alejaste de mí: ¡saliste huyendo!

Nestor se detuvo ante la ventana con las manos en la espalda e inclinó la cabeza.

—Reconocerás que esta magnífica mansión causa una impresión de riqueza.

—Esa impresión me resulta útil para mi negocio —contestó ella en tono abrupto.

Él meneó la cabeza.

—No me digas que no has pensado en mí durante este año. Sueño contigo todas las noches.

—No pienso en ti con frecuencia, Nestor, pero cuando lo hago me siento agradecida de que hubieras puesto fin a nuestra relación. No quiero ni imaginar cómo habría sido mi vida si me hubiera casado contigo.

Él se volvió hacia ella con expresión suplicante.

—Puede que tú te sientas conforme con tu soltería, pero yo estoy casado con una perra sin corazón que cree divertido tener aventuras con mis amigos.

—Quizá porque sospecha que tú tienes aventuras con sus amigas.

Nestor soltó un suspiro prolongado.

—No negaré que de vez en cuando he buscado consuelo donde he podido. Me siento solo, Calista; recuerdo cómo nos reíamos juntos y compartíamos nuestras impresiones sobre los libros, el arte y la poesía. Que yo sepa, el único interés intelectual de mi mujer consiste en ir de compras y asistir a sesiones de espiritismo.

—Como es evidente que posee el dinero para hacer ambas cosas no comprendo cuál es el problema.

—He soportado un año atrapado en un matrimonio infernal —masculló Nestor—. Lo mínimo que puedes hacer es ahorrarme tus comentarios sarcásticos.

Ella se puso de pie.

—Esta reunión se ha acabado. Al parecer, te equivocaste al suponer que estaría deseando reanudar nuestra relación... Pues no es así. Hace más de un año que revelaste tu auténtico carácter y ahora que soy consciente de ello no tengo el menor interés en mantener ninguna relación contigo.

—Creo que eso no es verdad. —Él se detuvo ante el escritorio y apoyó las palmas de las manos en el borde—. Temes volver a confiar en tu corazón, lo entiendo. Pero nunca he olvidado tu espíritu apasionado.

—Sea lo que sea que antaño sentía por ti, Nestor, hace tiempo que se ha evaporado por completo.

—Nada puede apagar esas llamas ardientes. Tú y yo no somos como las demás personas, poseemos un profundo aprecio por lo metafísico. Comprendemos el significado de un auténtico vínculo entre dos almas. No necesitamos símbolos legales. Estamos destinados a permanecer juntos hasta que la muerte nos separe.

—Dadas las circunstancias, preferiría que no recitaras los votos matrimoniales. Estás perdiendo el tiempo, Nestor.

—Dame una oportunidad. Me lo debes.

—No te debo nada —dijo ella—. Vete. Insisto. Dentro de unos minutos tengo una cita.

—No me digas que ya no sientes nada por mí. Me niego a creerlo. Tú y yo tuvimos el privilegio de conocer una clase de amor poco frecuente, uno que una vez más volverá a transportarnos a un plano más elevado en las alas de la pasión. Te prometo que volveré a encender las emociones que antaño desperté en ti.

—Lo siento. Es imposible.

Hacía cierto tiempo que Calista se dedicaba al negocio de las presentaciones y si algo había aprendido era que la amistad —no la pasión— proporcionaba la única base firme para mantener una relación duradera. Lo único que les prometía a sus clientes era la oportunidad de conocer a personas de ideas afines y a lo mejor desarrollar una amistad. Si algunas de esas relaciones se convertían en matrimonios, pues tanto mejor, pero su agencia no ofrecía ninguna garantía, y su clientela, formada por solteras y solteros de cierta edad que estaban solos en el mundo, en general tenía una visión tan clara del asunto como ella.

Aunque no estaba dispuesta a decírselo a Nestor, la verdad era que en ese momento, tranquilamente instalada en su soltería, esa que antaño había temido, albergaba serias dudas acerca del valor del matrimonio, al menos en el caso de las mujeres: Calista consideraba que era jugar con una baraja previamente marcada a favor de los hombres.

La Ley de Bienes de las Mujeres Casadas decretada hacía unos años había brindado cierto marco legal a las mujeres: a partir de entonces podían poseer y controlar bienes a su nombre después del matrimonio. Pero dado que para una mujer resultaba muy difícil ganar un sustento decente y adquirir inmuebles, en realidad la ley no supuso una gran ayuda; muchas de ellas seguían atrapadas en matrimonios horrendos. Obtener el divorcio era muy difícil y oneroso, y a menudo significaba que una mujer acabara en la calle.

Calista ya no albergaba ilusiones románticas acerca de la institución matrimonial y quien le ayudó a aprender dicha lección fue Nestor, por lo que era incapaz de perdonárselo.

El golpe de cascos y el traqueteo de las ruedas de un carruaje desviaron su atención a la escena que se desarrollaba al otro lado de la ventana del despacho. Un coche de punto avanzaba por el camino de entrada. No cabía duda: se trataba de su cita. Debía deshacerse de Nestor.

El coche se detuvo ante la puerta de entrada de Cranleigh Hall y un hombre envuelto en un largo abrigo gris se apeó. Tenía el alto cuello del abrigo levantado y ocultaba parcialmente su perfil; el ala del sombrero escondía el resto de sus rasgos. Llevaba un elegante bastón de mango curvo en una mano enguantada, pero no se apoyó en él para remontar los peldaños hasta la puerta principal. Avanzaba con pasos largos y firmes. «Un hombre muy decidido», pensó ella.

La expectativa se adueñó de ella: así que ese era Trent Hastings.

Ignoraba qué había esperado, pero no era ese súbito hormigueo de excitación. «Está aquí por negocios», se dijo. Intentó ver su rostro, pero el hombre ya había desaparecido de su campo visual.

—¿Me estás escuchando, Calista? —preguntó Nestor en tono airado e impaciente.

—¿Eh? No, no te estoy escuchando. Hazme el favor de marcharte. Hoy estoy muy ocupada.

—¡Maldita sea! —exclamó Nestor, visiblemente furioso—. No estoy aquí para convertirme en uno de tus clientes. He venido porque no puedo vivir sin ti.

—Al parecer, te las estás arreglando muy bien sin mí y no tengo el menor deseo de ser tu amante.

—Ahora tengo dinero. Cuidaré de ti. Nos amaremos.

—Lo siento, de momento estoy ocupada en otra cosa. No me amas, jamás lo has hecho, creo que la única persona a la cual eres capaz de amar es a ti mismo. Reconócelo: estás aquí porque te has aburrido de tu matrimonio.

—Tienes razón, lo estoy.

—Ese es tu problema, no el mío. Márchate, Nestor. Ahora mismo.

—¡Eres demasiado vieja para interpretar el papel de una virgen tonta e ingenua, maldita sea! —siseó él—. ¿Cuántos años tienes ahora? ¿Veintisiete? Seguro que has tenido numerosas aventuras con esos hombres de tu lista de supuestos clientes.

Por primera vez Calista se enfadó.

—¿Cómo te atreves? —espetó.

—Me limito a pronunciar lo obvio —dijo Nestor con una sonrisa irónica, satisfecho de haberse apuntado un tanto—. No es necesario que tu negocio parezca respetable. Una agencia de presentaciones... —añadió, resoplando—. He de confesar que admiro tu ingenio. Has demostrado ser una notable mujer de negocios, Calista, pero seamos sinceros: solo eres la madama de un burdel de primera clase.

La ira y cierto pánico se adueñaron de ella. Manejaba su negocio con mucha precaución. Solo aceptaba clientes con referencias; se aseguraba de que Andrew, su hermano, investigara a todos sus clientes potenciales antes de aceptarlos. Las reuniones y los tés que organizaba eran elegantes y sumamente decorosos.

Pero también tenía muy presente el chismorreo malicioso. Nestor no era el primer hombre que llegaba a la conclusión de que su agencia ofrecía algo más que respetables presentaciones.

—No tengo ganas de escuchar tus insultos —dijo, cogiendo la campanilla—. Márchate ahora mismo o llamaré a mi mayordomo para que te acompañe a la salida.

—¿Ese viejo senil que me abrió la puerta? Apenas es capaz de sostener el sombrero y los guantes de una visita. Si le exiges que me eche a la fuerza, se desmayará del susto.

Ella se recogió las faldas, pasó al otro lado del escritorio, cruzó el despacho y abrió la puerta con gesto violento.

—Lárgate o gritaré.

—¿Te has vuelto loca?

—Pues es muy posible. Últimamente estoy muy nerviosa.

Y eso era nada menos que la verdad. La noche anterior había encontrado el segundo memento mori en su almohada. Tras descubrirlo, ella, Andrew y el señor Sykes habían registrado todas las habitaciones de la mansión y comprobado las cerraduras de puertas y ventanas. Apenas había pegado ojo en toda la noche.

—Debes escucharme, Calista —gruñó Nestor.

—No —contestó ella—. Lo último que necesito es un cazafortunas profesional que intenta convencerme de que aún está enamorado de mí tras abandonarme para casarse con otra mujer. Debo recordarte que no estoy sola en esta casa. Puede que mi ama de llaves y mi mayordomo sean viejos, pero te aseguro que son muy capaces de llamar a un agente de policía si fuese necesario. Sí, Nestor: gritaré como una loca si así logro que te marches.

Al notar la expresión sorprendida del rostro de él se dio cuenta de que ya no estaban solos.

—¿Puedo ayudarla?

La voz profunda y masculina surgía directamente a sus espaldas. Las palabras fueron pronunciadas en un tono gélidamente cortés que uno podría haber confundido con el desinterés si no fuera por el matiz acerado que lo acompañaba.

Calista se volvió y vio que la señora Sykes —con los ojos desorbitados por el susto— se encontraba en el vestíbulo, acompañada por el hombre que acababa de bajar del coche de punto. Descorazonada, pensó que ese no era el inicio auspicioso de lo que había esperado para una excelente relación comercial.

Lo primero que se le ocurrió fue que, aparte de las ropas elegantes, el visitante se parecía a la clase de individuo con el cual uno podría toparse en una oscura callejuela en una noche sin luna.

Lo que le daba un aspecto peligroso no eran las cicatrices que atravesaban su mejilla izquierda, eran sus ojos de un sorprendente color verde y dorado que expresaban una voluntad férrea.

Por fin Nestor guardó silencio.

Quien interrumpió la tensa atmósfera fue la señora Sykes, sin duda recurriendo a años de formación profesional.

—Su cita de las diez se encuentra aquí, señorita Langley —indicó—. Es el señor Hastings. —Y entonces estropeó el efecto de inmediato susurrando—: El autor, señorita.

—Sí, por supuesto. —Calista recuperó el control y ofreció su mejor sonrisa a Trent—. Usted debe de ser el hermano de Eudora Hastings. Encantada de conocerlo, señor.

—Me disculpo por la interrupción

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