Capítulo 1
McKenna no se lo podía creer. Tal vez tuviera problemas de oído. O quizá estuviera sufriendo alucinaciones. Cualquiera de las dos opciones —sordera o enajenación— le parecía preferible a creer las palabras que salían de los labios de su mejor amiga.
—Lo siento —dijo Courtney. Se echó a llorar y apoyó la cabeza en la mesa.
McKenna sabía que era el momento de alargar la mano, acariciarle la cabeza y pronunciar unas palabras de consuelo. Pero no podía. Todavía no. No solo porque Courtney había vuelto con Jay, sino también porque la estaba dejando colgada.
McKenna y Courtney llevaban planeando su viaje más de un año —una travesía de tres mil quinientos kilómetros por el Sendero de los Apalaches— y en teoría se marchaban en menos de una semana. Habían postergado el ingreso en la universidad. Habían invertido los ahorros de toda su vida en equipos de acampada y guías de viaje (o al menos McKenna lo había hecho, porque el padre de Courtney había sufragado el material de su amiga). Y aún más difícil, habían convencido a sus padres para que accediesen al plan: recorrer solas el Sendero de los Apalaches, desde Maine hasta Georgia.
Y de un día para otro Courtney había cambiado de idea. Por la razón más cutre del mundo: un chico. Y no cualquier chico, sino el mismo al que llevaba cuatro meses poniendo de vuelta y media. A decir verdad, McKenna estaba tan harta de hablar de él que no podía ni pronunciar su nombre.
A su alrededor, en el centro estudiantil del Whitworth College, bullían las conversaciones y el tintineo de los cubiertos. Los padres de McKenna eran profesores de la facultad y ella llevaba almorzando en esa misma cafetería desde antes de tener uso de razón. Conocía tan bien las mesas que la rodeaban como el salón de su casa. Hacía un día radiante de principios de junio, el sol entraba a raudales por los ventanales del atrio y McKenna sabía que Courtney tenía que estar sintiendo la misma necesidad que ella de escapar de los lugares que habían visto un millón de veces, de salir al aire libre y vivir bajo el sol.
—Pero, Courtney —dijo McKenna con las manos firmemente pegadas al regazo—. ¿Jay?
—Ya lo sé —musitó su amiga, todavía con la cara enterrada entre los brazos.
Ese viaje, ese plan, era el sueño de McKenna desde antes de lo que podía recordar. Y ahora, tan cerca del día previsto para la partida, Courtney se lo cargaba de un plumazo.
—Courtney —repitió McKenna. Aunque no la hubiera dejado colgada, la noticia sería terrible. No podía soportar la idea de que Jay le rompiera el corazón a su amiga. Otra vez.
—No lo digas —la cortó Courtney, que por fin se incorporó—. Ya lo sé, lo sé todo. Y le perdono. Lo amo, McKenna.
¿Qué podía responder a eso?
—Lo siento —volvió a decir Courtney con un tono de voz más tranquilo tras su declaración de amor—. Sé que te hacía mucha ilusión.
—Pensaba que a ti también.
—Y me hace. O sea, me hacía. Pero ahora mismo no puedo separarme de él tanto tiempo. ¿Lo entiendes?
McKenna no lo entendía, en absoluto. Aun con los ojos enrojecidos y la cara congestionada, Courtney estaba preciosa. Era la última persona del mundo que debería renunciar a sus planes por un chico, y menos por Jay. Courtney tenía una brillante melena rubia que McKenna, la única morena de su familia, envidiaba. Ambas pertenecían al equipo de atletismo, pero Courtney era la estrella, capaz de correr mil seiscientos metros en menos de seis minutos. Y si bien ambas iban a clases de equitación, era Courtney la que solía llevarse los galardones cuando concursaban. Y lo que es más importante, Courtney era una amiga leal. En fin, que valía más que mil Jays, más que diez mil Jays, o más que un millón.
—Courtney —dijo McKenna haciendo esfuerzos para no alzar la voz—, Jay seguirá aquí cuando volvamos. Puedes escribirle mensajes o llamarlo desde el camino, enviarle postales. Solo serán unos pocos meses.
—Unos pocos, no. Cinco meses, puede que seis. La relación es frágil ahora, McKenna. Acabamos de retomarla. No puedo echarme al monte y dejarlo. No en este momento.
Hablaba como si tuviera ensayados los argumentos, como si hubiera previsto lo que diría su amiga.
Seguramente intuía que Jay se pasaría los seis meses liándose con otras chicas, pensó McKenna.
—Te separarás de él igualmente si vas a Wesleyan —señaló. Jay se había matriculado en Whitworth, allí en Abelard, la más aburrida y predecible de todas las opciones. ¿Qué sentido tenía estudiar en la universidad si no pensabas abandonar tu pueblo natal?
—Wesleyan está a menos de una hora de distancia —arguyó Courtney—. Y, de todas formas, no empezaré hasta el año que viene. He aplazado el ingreso, ¿recuerdas?
—Lo aplazaste para hacer el viaje —replicó McKenna, que por fin se concedió permiso para dar rienda suelta a su irritación—. No para salir con Jay.
—Ya lo sé —reconoció Courtney.
—Bueno, ¿y qué vas a hacer entonces el próximo año? ¿Pasar de tu universidad favorita por un chico? ¿Quedarte aquí y asistir a Whitworth?
McKenna miró de reojo las mesas de alrededor con expresión elocuente. Asistir a Whitworth sería como ir a clase en su propia casa.
—Jay no es un chico cualquiera. Y una acampada tampoco es la universidad.
—¿Una acampada? —¿Cómo podía reducir su plan a esas dos palabras, convertirlo en algo tan trivial? McKenna inspiró hondo para armarse de paciencia y dijo—: Quizá pasar separados una temporada fortalezca la relación. Como Brendan y yo…
—Lo tuyo con Brendan no se puede comparar a lo mío con Jay.
Bueno, eso era verdad. Brendan nunca engañaría a McKenna. Sencillamente, no era de esa clase de personas, no era un ligón empedernido, sino un chico tierno, sincero y serio. Llevaban juntos tres meses y Brendan tenía previsto marcharse a Harvard en otoño. ¿Se le ocurriría a McKenna tratar de impedir que fuera a la universidad de sus sueños para que pudieran estar juntos? Pues claro que no; como tampoco a él se le pasaría por la cabeza impedirle que recorriera el Sendero de los Apalaches. La suya era una relación madura y se apoyaban mutuamente. Se lo dijo a Courtney con esas mismas palabras y su amiga puso los ojos en blanco.
—McKenna —respondió—, lo vuestro es tan romántico como un mapa de ruta.
Ella separó los palillos, que se desprendieron con un chasquido. El sushi permanecía intacto entre las dos. McKenna empujó el rollito de atún especiado, pero no lo cogió. Si ser romántica implicaba renunciar a tus sueños por un chico que no te merecía, no le interesaba.
—Hay distintas maneras de ser romántico —replicó—. Quizá para ti el romanticismo sea una cena a la luz de las velas. Pero para mí… —Dejó la frase en suspenso, temerosa de echarse a llorar si lo decía en voz alta.
Para McKenna, el romanticismo era una noche bajo las estrellas. No necesitaba tener a un chico con ella para que fuera romántica. Solo necesitaba aire puro, la fragancia de los pinos. Ningún sonido, salvo los grillos, el canto de las ranas y el viento entre los árboles.
Courtney tocó la mano de McKenna.
—Ya sé lo mucho que significaba este viaje para ti —le dijo—. Y lo siento. No sé cuántas veces tengo que repetirlo para que entiendas cuánto lo lamento.
Un centenar de argumentos todavía se arremolinaban en la mente de McKenna. Al margen de Jay, podía recordarle a Courtney los impresos para solicitar el diploma que acreditaba que habías completado el sendero, los cuales habían colgado en sus corchos junto a las insignias del club excursionista del colegio privado Ridgefield. También habían pedido sus pasaportes del Sendero de los Apalaches, unos libritos verdes en cuyas páginas les irían estampando sellos de los hostales y puntos emblemáticos, para dejar constancia de los lugares por los que habían pasado. Tenían planeado el itinerario de modo que pudieran llevar consigo a Norton, el enorme y amenazador pastor mestizo de Courtney, por lo que habían escogido los campamentos que admitían perros. Habían pasado horas enteras estudiando mapas y guías. Habían subido al pico de la Bear Mountain con las mochilas llenas para entrenarse cargando un gran peso a la espalda. Estaban listas para partir.
Sin embargo, en lugar de recordarle a Courtney todo eso, McKenna guardó silencio, porque algo en el tono de voz de su amiga le decía que, por más que suplicase, su respuesta no cambiaría.
—Bueno —dijo, y por fin se llevó el rollito de atún a la boca—, si tú no vienes, iré sola.
Courtney agrandó los ojos. A continuación se echó a reír.
—No, va en serio —insistió McKenna. Se irguió en el asiento. Repetirlo afianzaría su decisión—. Iré sola.
—No puedes pasar seis meses en los bosques sola —objetó Courtney.
—¿Por qué no?
«Seis meses en los bosques sola». Hacía un momento McKenna estaba hundida. De golpe y porrazo una emoción burbujeante se acumulaba bajo cada centímetro de su piel.
—Pues —alegó Courtney—, para empezar, porque no es seguro.
—No hago este viaje para sentirme segura.
Pronunció las últimas palabras con repugnancia. «Seguro» era hacer lo que se esperaba de ti. «Seguro» era seguir las reglas, sacar buenas notas, ir a la universidad. «Seguro», dicho de otro modo, era todo lo que McKenna había hecho cada minuto de su vida.
—En serio, McKenna —prosiguió Courtney, arrugando la cara con expresión preocupada—. No puedes hacerlo sola.
Por supuesto que Courtney no creía que pudiera hacerlo sola; nadie lo creería. Pero las imágenes ya cobraban forma en la mente de McKenna: todos esos kilómetros de maravillosa soledad, su cuerpo cada vez más en forma, su mente cada vez más abierta. Había leído montones de libros como parte de la preparación para el viaje: guías de la naturaleza salvaje, memorias, novelas. Uno de sus favoritos era el de una mujer que recorrió sola el sendero del Macizo del Pacífico sin llevar siquiera una tarjeta de débito y antes de los iPhones y el GPS. Si ella pudo hacerlo, ¿por qué no McKenna?
—Tus padres no te dejarán —señaló Courtney.
McKenna dejó los palillos sobre la mesa.
—Por eso no se lo diremos —respondió.
McKenna recorría las instalaciones del campus con paso saltarín a pesar de las botas de montaña, que llevaba sin complejos, aunque todo el mundo a su alrededor calzara chanclas o zapatillas de lona. Hacía dos meses que se ponía las botas a diario, con la intención de que se hubieran adaptado perfectamente a sus pies cuando iniciara la travesía. Estaba tan acostumbrada al pesado calzado que se apartó con agilidad de un salto cuando un skater estuvo a punto de atropellar al alumno que caminaba a su lado con la nariz hundida en el móvil. McKenna puso los ojos en blanco. En ese día perfecto en que la brisa transportaba el aroma sutil de la madreselva y el sol brillaba radiante, casi todos los estudiantes iban por el campus con los ojos pegados al teléfono.
En casa, entre el montón de material de lectura sobre senderismo que McKenna había acumulado, abundaban los libros de Thoreau y evocó una de sus citas favoritas. De hecho, la había usado como epígrafe de su redacción para la solicitud de ingreso en la universidad: «Tenemos que aprender a despertar y a mantenernos despiertos no mediante ayudas mecánicas, sino a través de una expectativa infinita del alba que no nos abandone durante el sueño más profundo».
McKenna veía gente a diario que había renunciado a la vida real en favor de Instagram y Facebook. De haber salido todo según lo previsto, ni siquiera se habría llevado el teléfono. Ahora que se marchaba sola, sin embargo, sabía que sería una locura renunciar a ese recurso vital. Pero McKenna estaba decidida a guardarlo en la mochila y usarlo únicamente en caso de emergencia. No llamaría ni enviaría mensajes, ni a sus padres ni a Brendan, ni tampoco a su hermana pequeña, Lucy.
Eso sería más complicado, claro, ahora que se marchaba sola.
«Sola». Sabía que la palabra debería asustarla, pero en vez de eso le arrancó una sonrisa. Después de convencer a Courtney de que la decisión estaba tomada, las dos habían discurrido los detalles del plan. Para empezar, Whitworth sería zona vedada, porque no podían arriesgarse a que Courtney se topara con los padres de McKenna mientras se suponía que estaba con ella en el camino. Courtney le dijo que se llevase a Norton, pero McKenna decidió no hacerlo. Quería minimizar las razones para que los padres de su amiga se pusieran en contacto con los suyos. Tenía que parecer que todo discurría según el plan original, al que los padres de McKenna habían accedido a regañadientes.
Desbloqueó la portezuela del coche, que emitió un pitido electrónico. Pronto se libraría de esa clase de ruidos; nada salvo pájaros, insectos y el susurro de las hojas. Qué maravilla.
No veía el momento.
Su novio, Brendan, se mostró apenas una pizca más entusiasta respecto al plan en solitario de lo que se habrían mostrado sus padres de haberlo sabido.
—No es como un parque de atracciones, donde todo el peligro es de pega —le advirtió—. Estarás en plena naturaleza. Habrá osos y gatos monteses. Y tíos llamados Cletus que esconden alambiques en el bosque.
—Leones, tigres y panteras, ¡Dios mío! —se burló McKenna.
Iban en coche, de camino al cine, después de comer hamburguesas en el Abelard Diner. Durante la última semana que pasaría en la civilización, McKenna estaba decidida a concederse todos los lujos que pudiera: baños calientes, atracones de tele y, sobre todo, de comida. A pesar de la desmesurada cena, tenía intención de comprarse un cubo de palomitas chorreantes de sucedáneo de mantequilla.
—Lo digo en serio, McKenna —insistió él.
Aun en la penumbra del coche, notaba que su novio la miraba con expresión muy preocupada. Brendan no era el típico chico guapo, como Jay. No era mucho más alto que McKenna y tenía el cabello oscuro y revuelto. Pero a ella le encantaba su cara, esos ojos castaños, los hoyuelos en las mejillas y la inmensa inteligencia que proyectaba. Brendan era muy sensato. Solo dos alumnos del colegio Ridgefield habían sido admitidos en Harvard ese año, y él era uno de ellos. Tenía todo el futuro planeado. Se graduaría en Harvard, haría un posgrado en la Facultad de Derecho y cabildearía en Washington D. C. hasta abrir su propio bufete. Sin duda había una esposa y 2,3 hijos en alguna parte de estos planes, pero McKenna y él nunca habían hablado de eso. No era de los que se casan con su novia del instituto. Hay que ser realistas.
En ese momento, mientras Brendan le recitaba la lista de razones por las que no debería recorrer el sendero en solitario, McKenna se recordaba que solo intentaba desanimarla porque se preocupaba por ella.
—Si la gente lo llama «naturaleza salvaje» es por algo —le dijo—. Nadie va a velar por ti. No es ninguna broma. Una persona puede morir de mil maneras distintas ahí fuera.
—No si esa persona sabe lo que hace —fue la respuesta de McKenna.
—Hay accidentes constantemente. No digo que no estés preparada, pero en el caso de una chica…
—¿Por qué «en el caso de una chica»?
Nada de lo que pudiera haberle dicho habría reforzado más su decisión de seguir adelante con el plan. Brendan debería haber sido más listo. Su madre lo había criado sola y además era una de las mejores cirujanas de Connecticut.
—McKenna —empezó a decir él sin apartar apenas los ojos de la carretera—, no hace falta que te lo deletree.
—Mira —replicó ella—, tampoco es que la facultad sea el sitio más seguro del mundo. Estadísticamente, estaré más segura en el sendero que en Reed. Sin coches. Sin barriles de cerveza. Sin universitarios que te violen en las citas.
Pasaron por debajo de un semáforo y McKenna vio que Brendan estaba frunciendo el ceño.
—Soy lista —prosiguió—. No voy a correr riesgos innecesarios. Acamparé en las zonas designadas, no me apartaré del sendero. No plantaré la tienda en las inmediaciones de un cruce de carreteras. Sé lo que hago, Brendan.
Él le tomó la mano.
—Pero ojalá me dejaras llamarte —dijo—. Va a ser muy raro eso de no hablar contigo.
—Tú piensa en lo mucho que te alegrarás de verme en las vacaciones de Navidad —respondió McKenna—, cuando toda esa ausencia haya centuplicado tu ardor. —Él la miró dubitativo, pero McKenna siguió insistiendo—: Entonces, ¿me ayudarás? ¿No les dirás nada a mis padres?
—No les diré nada a tus padres —accedió Brendan—. Pero eso no significa que me parezca buena idea.
Ella le tomó la mano y se la besó. Puede que no estuviera del todo de acuerdo, pero McKenna sabía que no haría nada para detenerla. De momento era lo único que necesitaba.
Al día siguiente, McKenna volvió a casa tras dar por concluida su última jornada laboral de ese verano. Llevaba tres años sirviendo mesas en el Yankee Clipper, un bar restaurante de desayunos y menús de mediodía. Durante el año escolar solamente trabajaba los fines de semana, pero en vacaciones hacía turnos de seis horas diarias, y ese verano había conservado el empleo hasta tres días antes de la gran partida. No muchos alumnos de Ridgefield tenían trabajillos como ese. Los padres de la mayoría eran abogados de renombre, inversores de renombre o cirujanos de renombre. Los Burney podían permitirse un colegio privado como Ridgefield gracias al programa de intercambio de matrículas de Whitworth. Como la facultad pagaría la matrícula de McKenna en cualquier universidad participante, sus padres no habían tenido que ahorrar para sus estudios, así que habían invertido en Ridgefield. No porque los Burney fueran pobres; ni por asomo. Su madre ganaba dinero extra haciendo consultorías para un estudio de arquitectura, su padre escribía un blog para una revista política de ámbito nacional. (Solo datos objetivos, por Jerry Burney) y ambos ganaban salarios decentes como profesores fijos. McKenna era consciente de la suerte que tenía. No envidiaba a sus compañeras de clase, o no demasiado, por sus viajes a Europa o sus bolsos Marc Jacobs. Para empezar, le gustaba trabajar. Y no concedía demasiada importancia a los bienes materiales. Había subrayado y marcado hasta tal punto el antiguo y ajado ejemplar de Walden que tenía en casa que las páginas estaban hinchadas y deformadas de tanto pasarlas. Igual que Thoreau, sabía que las posesiones solo eran «bonitos juguetes». A McKenna le interesaban las cosas profundas que la vida podía ofrecer.
Salía a caminar casi todas las tardes para ponerse en forma y ese día su padre intentaría llegar a casa a tiempo para acompañarla. Él fue la persona que la inspiró originalmente a recorrer el Sendero de los Apalaches. Le había contado mil veces que su mejor amigo, Krosky, y él atravesaron la ruta del Noroeste del Pacífico después de graduarse en el instituto. Esa fue en parte la razón de que accediera a la idea, claro. ¿Cómo iba a negarse si llevaba toda la vida diciéndole que fue la experiencia más alucinante de su existencia?
—¿Papá? —gritó McKenna, abriendo la puerta principal.
Su hermana, Lucy, estaría en el campamento diurno, pero a las tres y media tanto su padre como su madre ya deberían estar de vuelta; una de las ventajas de ser profesor era que tenías los veranos libres. Tiempo de sobra para pasar con tu hija mayor antes de que emprenda un largo viaje.
—¿Mamá? —llamó McKenna al tiempo que subía las escaleras.
Ya había adivinado que nadie respondería. Su madre seguramente estaría aún en el estudio de arquitectura dando su opinión sobre algún plano nuevo.
Su padre debía de haberse entretenido en su despacho charlando con algún alumno de ciencias políticas. Incluso en verano mantenía las horas de despacho para recibir a sus entusiastas alumnos, y a menudo los invitaba en tropel a cenar en su casa. En ocasiones, McKenna deseaba que su padre no fuera más que un profesor ayudante con tiempo de sobra para salir a caminar por la montaña.
Empujó la puerta de su dormitorio y se desplomó en la cama, donde se quedó mirando al techo. Oyó un tintineo y, apoyándose sobre un codo, vio a Buddy, el artrítico labrador color chocolate, entrar en la habitación con parsimonia. El perro se encaminó hacia McKenna, le lamió la cara y plantó las dos patas delanteras en la cama. Ya solo podía subirse si ella lo ayudaba.
—No se lo digas a nadie —le susurró—, pero voy a hacer el Sendero de los Apalaches yo sola. —Le acarició la cabeza—. Te echaré de menos, Buddy.
Esa misma noche, después de recorrer en solitario el sendero de Flat Rock Brook, McKenna encontró a su padre abriendo una cerveza en la cocina.
—Hola, peque —le dijo—. ¿Has estado caminando por ahí?
—Sí —respondió—. ¿Recuerdas que me dijiste que quizá me acompañarías?
Una sombra nubló el rostro de su padre, que se repuso al instante.
—Lo siento mucho —fue su respuesta—. Un nuevo alumno del máster ha pasado por mi despacho y no he podido escaquearme.
A McKenna le dio rabia que no reconociera lo que le había notado en la cara: había olvidado por completo su promesa.
—No pasa nada —respondió a la vez que se servía un vaso de agua fría.
—Esta mañana he hablado con Al Hill —le dijo su padre—. Está organizando la investigación y está muy emocionado de contar con tu ayuda.
Como parte del trato para que la dejaran hacer la travesía, McKenna había accedido a trabajar para un amigo de su padre indexando su investigación sobre las aves de Cornell. El dinero que McKenna ganaba en el Yankee Clipper había sufragado todo el equipo del viaje. Sin embargo, mientras estuviera en el camino usaría la tarjeta de crédito de sus padres y ese trabajo sería una manera de compensarlos, al menos en parte. Además, le parecía muy emocionante eso de trabajar con uno de los ornitólogos más importantes de los Estados Unidos.
—Genial —dijo—. ¿Cenarás en casa?
—No, tu madre y yo cenaremos con un nuevo profesor. Podrás preparar algo para Lucy y para ti, ¿no?
—Ya te digo —fue la respuesta de McKenna, que le dedicó una pequeña sonrisa, como si nada de lo que su padre había hecho (o no había hecho) le hubiera molestado nunca.
Capítulo 2
La noche antes de la fecha prevista para la partida, Buddy yacía desparramado en el suelo con aire desdichado. Sobre la cama de McKenna, estaba desperdigado todo el material que tenía previsto guardar en la mochila. También estaba Lucy, que examinaba el equipo sentada con las delgaduchas piernas de cría de diez años cruzadas sobre los almohadones.
—No creo que quepa —opinó.
Un par de semanas atrás, Lucy se había cortado esa melena larga y rubia que tenía y McKenna todavía se estaba acostumbrando a su nueva imagen. Era un corte escalado y desigual que le daba aún más aspecto de niña rebelde que cuando llevaba el pelo por media espalda.
—Cabrá —gritó McKenna desde el baño, donde se estaba lavando la cara. Durante los meses siguientes no contaría con nada, salvo jabón natural a la menta Dr. Bronner, así que estaba haciendo cuanto podía por disfrutar del agua caliente y sacar partido al espejo.
Su madre asomó la cabeza por la puerta del dormitorio.
—Papá ha invitado a un par de alumnos a cenar —anunció.
—Mamá —protestó McKenna mientras salía todavía con la cara enjabonada—. Es mi última noche en casa. Esperaba que estuviéramos solos.
—Lo siento, cariño, uno es su nuevo becario. Va a colaborar en la investigación de tu padre y era la única noche que teníamos disponible.
McKenna volvió a entrar en el cuarto de baño. Mientras se enjuagaba la cara, renunció a sus últimas esperanzas de tener a su familia para ella sola y poder despedirse como Dios manda. En parte, mejor, pensó mientras echaba mano de una toalla. La presencia de invitados reducía las posibilidades de que se le escapara algún comentario relativo a su intención de hacer la travesía en solitario, puesto que no tendría la más mínima oportunidad de meter baza.
Su madre se plantó en la entrada del baño.
—Ya sé que te lo digo con poco margen de tiempo, pero ¿quieres invitar a Courtney?
—No —respondió McKenna—. Sus padres le han organizado una cena especial de despedida con sus platos favoritos. Solo para la familia.
—Bueno —dijo su madre con un matiz de disculpa en la voz—. Yo he preparado enchiladas.
—Gracias, mamá.
Cuando la madre de las chicas se marchó, Lucy cogió la gigantesca garrafa plegable.
—Esto te ocupará la mitad de la mochila cuando lo llenes de agua —observó—. ¿Cuánto crees que pesará?
La llenaron hasta el borde en el baño de la habitación y descubrieron que Lucy tenía razón. Pesaba tanto que McKenna apenas podía extraerla del lavamanos agarrándola por el asa.
—No creo que sea buena idea —concluyó Lucy.
Según la guía para «senderistas de largo recorrido» de McKenna, había tantos refugios a lo largo del Sendero de los Apalaches y estaban tan próximos entre sí que algunas personas ni siquiera se molestaban en llevar consigo una tienda. A ella no le hacía gracia esa idea; prefería la opción de acampar por su cuenta a compartir literas con extraños. No obstante, por lo general, allí donde había refugios había fuentes de agua potable. Y en caso de que no las hubiera, McKenna llevaba también un filtro portátil, además de una inmensa provisión de comprimidos de yodo por si el filtro se rompía.
—Pasando de la garrafa entonces —decidió—. Con las cantimploras pequeñas tendré bastante.
Lucy cogió las dos botellas de litro y las introdujo en los bolsillos exteriores de la mochila.
—Muy práctico —dijo a la vez que se apartaba un mechón de los ojos.
—Muy práctico —asintió McKenna.
Sonó el timbre y la voz entusiasta del padre de las chicas flotó hasta el primer piso. Estaba listo para ser el centro de atención.
Lucy suspiró y dijo:
—Te voy a echar mucho de menos.
McKenna se sentó en la cama. Se moría por contarle a su hermana que Courtney no la acompañaría, que se proponía hacer la travesía en solitario. Pero no podía correr riesgos y, de todos modos, no sería justo pedirle a una niña de diez años que guardara un secreto como ese. Las dos eran chicas obedientes y Lucy tendía a preocuparse más que ella.
—Oye —dijo—. Podrías hacer esta misma travesía cuando te gradúes. A lo mejor podríamos hacerla juntas.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Lucy agrandando sus ojos azules.
—Claro que sí —respondió McKenna—. Para entonces me sabré todos los trucos.
Lucy echó mano del llavero que descansaba junto al cazo y el hornillo plegables de McKenna y tocó el silbato. El llavero también llevaba prendido un pequeño aerosol de pimienta.
—¿Este es uno de los trucos? —preguntó—. ¿Para ahuyentar a los asesinos?
—Bueno, lo llevo por si hay osos —dijo McKenna—. Pero supongo que también funcionará con los asesinos.
Lucy asintió. McKenna pensó que parecía estar conteniendo las lágrimas.
—No me pasará nada —la tranquilizó—. Y estaré de vuelta antes de que te des cuenta.
—Ya lo sé —respondió Lucy a toda prisa—. Es que te voy a echar de menos. Nada más.
McKenna atrajo a su hermana hacia sí levantando sus treinta kilos de peso. Lucy se le antojó ligera como una pluma y dos veces más huesuda.
La voz de su madre ascendió escaleras arriba para pedirles que bajaran a saludar a los invitados, pero McKenna hizo caso omiso, al menos durante un instante. Esperaba que sus padres se acordaran de estar muy pendientes de Lucy durante su ausencia. Podías sentirte muy sola en esa casa con todo el mundo tan ocupado y siempre de camino a otra parte.
El nuevo ayudante de su padre, un tipo flaco que tenía una hija de dos años, no se podía creer que los padres de McKenna le hubieran dado permiso para hacer la travesía acompañada tan solo de una amiga. Si supiera…, pensó la chica sonriendo para sus adentros.
—El verano que cumplí dieciocho años recorrí la ruta del Noroeste del Pacífico —comentó el padre—. Eso sí que es territorio salvaje. Apenas vimos un alma en todo el verano. Nos comimos hasta las piedras. Krosky y yo perdimos más de veinticinco kilos entre los dos.
Los dos estudiantes de doctorado asintieron. McKenna había conocido a millones de ellos, todos pendientes de cada palabra que brotaba de la boca de su padre.
—Comparado con esa ruta, el Sendero de los Apalaches será como recorrer el aparcamiento del supermercado.
McKenna frunció el ceño y pinchó con saña una hoja de lechuga.
—A lo mejor deberíamos poner rumbo al oeste mañana —dijo—. Hacer la ruta del Noroeste del Pacífico en vez de la otra.
—No, no, no —intervino su madre—. En el Sendero de los Apalaches hay naturaleza de sobra. —Se volvió hacia el becario de su padre—. McKenna siempre ha sido así. Ni se te ocurra desafiarla o plantearle un reto. Es valiente como ella sola, ya lo era de niña. Jamás ha tenido ni una sola pesadilla. Vio todos los episodios de Buffy, cazavampiros cuando tenía diez años.
Al otro lado de la mesa, Lucy, que sufría pesadillas recurrentes y no soportaba las películas de miedo, se revolvió incómoda en la silla. McKenna puso los ojos en blanco mientras su madre tomaba otro sorbo de vino y se enzarzaba a contar historias que todos habían oído más de cien veces sobre su infancia.
Mientras su madre seguía hablando, McKenna sonrió a Lucy con la intención de transmitirle que no le hacía ninguna falta ser tan valiente como ella. Por otra parte, tenía que reconocerlo, ahora que se acercaba el momento de irse le sentaba bien oír relatos sobre su intrepidez y abundancia de recursos.
No le cabía la menor duda: se las apañaría de maravilla en el sendero.
Al día siguiente, McKenna esperaba a Courtney y a Brendan en el patio de la entrada, acompañada de sus padres y de Lucy. El plan original era que Brendan llevara a las chicas hasta Maine y las dejara en el Baxter State Park y tenían que fingir que nada había cambiado.
—¿Seguro que lo llevas todo? —le preguntó su padre—. ¿Has usado tu lista de verificación para preparar la mochila?
Ella asintió sin mirarlo a los ojos. No tenía que hacer nada más que subir al coche y alejarse. Tan pronto como lo hiciera, lo habría conseguido. Sería libre.
—Oye —dijo entonces su madre—. Estaba pensando que podrías enviarnos un mensaje cada mañana. Solo para informarnos de que todo va bien. Ya sabes: «Buenos días, estoy viva». Algo así. ¿Antes de las nueve?
—Mamá —dijo McKenna—, tengo pensado usar el teléfono solo en caso de emergencia. No quiero enviar mensajes a diario ni consultarlo para mirar la hora. Y, por favor, recuerda no llamarme, porque no contestaré y no comprobaré los mensajes. Quiero que esta experiencia sea auténtica.
—Lo entiendo —intervino su padre en el tono hiperrazonable que por lo general precedía a una objeción—. Pero tú debes comprender que tu madre estará preocupada. —Su mujer le pidió solidaridad con la mirada y él añadió—: Y yo también lo estaré. ¿Qué tal dos veces a la semana? Pongamos los miércoles y los viernes sobre las diez de la mañana.
—No quiero tener que mirar la hora. ¿No dices siempre que esa fue una de las mejores partes del camino, no saber nunca qué hora era? —arguyó McKenna.
—Al anochecer entonces —accedió su madre—. Envíanos un mensaje los miércoles y los viernes antes del ocaso y nos dices dónde estás. Solo como medida de precaución, ¿vale?, para que alguien sepa por dónde andas.
Lo dijo en un tono tan implorante que McKenna sintió remordimientos.
—Vale —consintió.
Y entonces, por fin, ahí estaba el monovolumen de la madre de Brendan, doblando la esquina. McKenna se puso de puntillas e hizo gestos frenéticos, como si fueran a pasar de largo si no les daba el alto.
Su padre recogió la mochila.
—Jolín —exclamó, echándosela al hombro—. ¿Podrás cargar con esto?
—Papá —protestó McKenna a la vez que intentaba arrebatarle la mochila. Lo último que quería era que viera el maletero vacío en lugar de ocupado con las cosas de Courtney.
—No, no —insistió él. Se dirigió a la portezuela trasera del vehículo y la abrió mientras McKenna luchaba para contener un infarto. Pero ahí estaba la mochila de su amiga, que abultaba casi tanto como la suya. Cualquier resto de rencor que McKenna albergase aún contra ella se esfumó en un instante de puro amor.
—¿Todo listo? —le preguntó su madre a Courtney.
—Todo listo —respondió esta. Su voz sonó aguda y nerviosa.
McKenna abrazó a su padre y a Lucy. Su madre la estrechó entre sus brazos un instante demasiado largo y le susurró al oído:
—Sé prudente ahí fuera. Lleva cuidado.
—Lo seré, mamá —dijo McKenna, y le plantó un beso en la mejilla.
A continuación subió al asiento trasero y no se volvió a mirar a sus padres, que se quedaron en la entrada diciendo adiós con la mano.
A McKenna le habría sorprendido saber el rato que permanecieron sus padres allí plantados una vez que el monovolumen se hubo alejado.
—No me lo puedo creer —dijo su madre cuando el vehículo se perdió a lo lejos—. No me puedo creer que la dejemos hacer esto.
—No te preocupes —respondió el pa
