El primer emperador

Fragmento

Índice

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Portada

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Introducción

I. El bárbaro hegemónico

II. La inesperada consolidación de un rey

III. Tiempos de batalla

IV. Un país, un emperador

V. Su Majestad y los intelectuales

VI. Cita con la muerte en Xi‘an

Epílogo

Bibliografía

Agradecimientos

Imágenes

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

Dedicatoria

Para Teresa y Valentina, yin y yang de mi vida

Introducción

Introducción

Mensaje del ministro Li Si al soberano primer emperador Qin Shihuang: «Yo, su servidor, con 720.000 trabajadores alcanzamos tal profundidad que ya no se enciende el fuego. Las rocas se oyen huecas. Parece que llegamos hasta el final de la Tierra. Ya no podemos más».

Nuevas órdenes del soberano primer emperador Qin Shihuang a su ministro Li Si, responsable de las obras del mausoleo: «Si habéis llegado hasta el final de la Tierra, entonces, ¿por qué no ampliarla?».

El 29 de marzo de 1974, cuatro campesinos de la comuna popular de Xiyang, en la provincia china de Shaanxi, se afanan en cavar junto a una plantación de caquis. No buscan el final de la Tierra; se conforman con un pozo que les provea de agua ante las sequías que afectarán a su comarca con el inminente inicio de la primavera, y que les ha de permitir aguantar los cultivos hasta la llegada del monzón lluvioso. De repente una de las palas emite un chasquido y el campesino que la porta nota un obstáculo inusualmente duro. Los otros se acercan y observan cómo sobresale un fragmento de cerámica de color rojizo. Separan la tierra a su alrededor y ven dibujarse ante ellos una forma rectangular y henchida con la complexión de un torso humano, y que está cubierta por una especie de armadura. Cavan a su alrededor y encuentran una cabeza, brazos y una ballesta. Alguno de ellos habla de que han desenterrado a un dios, el dios de la Tierra.

Aquellos pacíficos campesinos todavía no saben que acaban de toparse con todo un ejército preparado para la batalla.

El arquero tiene la rodilla derecha clavada en tierra, el cuerpo tenso, decidido a levantarse a la menor orden. Con las dos manos sostiene firmemente una ballesta. Está expectante. Clava los ojos en el horizonte, mira con atención, aguarda acontecimientos. Se ha rasurado la cara y ha recortado cuidadosamente su bigote. Lleva su mejor uniforme: una coraza ligera sobre su túnica, rematada ésta por un faldón que le cubre a la altura de las rodillas. Calza sandalias de punta cuadrada. En la suela del pie derecho, que mantiene en genuflexión, puede distinguirse un relieve punteado. El dibujo del calzado, que le ha de permitir agarrarse mejor a la tierra durante las largas marchas, aún no se ha borrado fruto del uso. Perfectamente ataviado, el arquero se encuentra dispuesto a acompañar a su soberano, el primer emperador, hasta el fin de la Tierra.

Y tendrá que hacerlo. Es uno de los 332 ballesteros esculpidos en terracota rojiza destinados a acompañar a Qin Shihuang a la tumba, miembro del ejército de 7.000 soldados responsable de protegerlo de los peligros que le acechen en la otra vida, continuación de esta que ahora abandona, en el cénit de su poder, cuando le falta muy poco para cumplir 50 años.

Aunque lo escolte una milicia que nunca le desobedecerá, aunque con él sean enterradas vivas decenas de sus concubinas —aquellas que no han tenido hijos— y aunque lo acompañen los arquitectos de su mausoleo y sus más fieles servidores, lo cierto es que el primer emperador no quiere marcharse. Desde que tenía 13 años y accedió al trono en 246 a. de C. lo ha dispuesto todo para esa nueva etapa de la existencia, pero al mismo tiempo se ha aferrado con desesperación a cualquier resquicio de esperanza para eludirla. Sus últimos años los ha destinado a buscar en los confines de su reino el renombrado elixir de la inmortalidad. Tras hacer caso de las ideas peregrinas de magos y charlatanes él mismo dedica parte de su viaje al este a supervisar su búsqueda. A eso ha venido a Langya, una ciudad junto al mar que tanto le fascina.

Allí, a la vista del espectáculo de las aguas de seda y jade, resulta un poco más fácil creer en las leyendas, incluso para un emperador. Hombres de amplios conocimientos le han asegurado que los inmortales existen y que viven en el océano, allá donde nace el sol y habitan los dragones. Le han hablado de unas mágicas hierbas que hacen a quien las toma inasequible a los urgentes requerimientos del más allá. Él llegó a designar a un enviado, Xu Fu, para que encontrase a esos inmortales. Lo envió a internarse en el mar en compañía de una misión formada por chicos y chicas, jóvenes entusiastas y alegres, para encontrar a los envidiados seres eternos. La misión jamás volvió.

El primer emperador se ha cansado de esperar en Langya y ha emprendido el viaje de vuelta hacia su capital, Xianyang. En Pingyan, junto al río Amarillo, la principal fuente de vida en la China que él ha unido, va a sobrevenirle la muerte. Una afección repentina, posiblemente un ataque al corazón, lo ataca sin darle tiempo de poder hablar con el hijo que quiere que le suceda, al que ha castigado en un lejano destino en el norte, donde la Gran Muralla intenta detener a las hordas de bárbaros.

Su tumba, muralla subterránea que ha de guardar el ejército del que forma parte el ballestero, tampoco está acabada. Los hombres de Li Si pueden dejar de perforar la Tierra porque el huésped del mausoleo ya no les va a exigir que sigan cavando.

El bárbaro hegemónico

I

El bárbaro hegemónico

Sería un error decir que el primer emperador de China nació en China. Porque en aquellos días China simplemente no existía.

Zheng es el nombre del primer mes del año lunar en la antigua China, y zheng quiere decir también «correcto». Zheng el Correcto es el nombre que recibe un joven príncipe nacido en el primer mes del año 259 a. de C. en un avispero conocido como los Reinos Combatientes. Siete dinastías feudales se enfrentan en el corazón del continente asiático por dominar lo que llaman zhongghuo, los «principados del centro», un área también conocida por ellos simplemente como «el mundo». Su sinocentrismo es absoluto: para los habitantes de esos siete estados en guerra perpetua no hay otro mundo que valga la pena vivir que no sea el mundo chino.

Los antiguos chinos se consideran el centro de todo lo que campa sobre la tierra, al igual que tantas otras civilizaciones que les son contemporáneas en otras latitudes. Se hayan establecido junto al Nilo o el Tigris, en la península Itálica o en la cuenca del río Amarillo, toda una serie de comunidades sedentarias avanzadas en la agricultura y la tecnología con estructuras políticas sofisticadas y voluntad de expansionismo militar y comercial coinciden en contemplarse a sí mismas como el pueblo elegido por la divinidad. Por el contrario, aquellos que los rodean —nómadas, cazadores y pastores— no son a sus ojos sino bárbaros.

El mundo chino lo constituyen por entonces las regiones bañadas por los caudalosos ríos Amarillo y Yangzi, aunque la mayor parte de la población —algo menos de 57 millones de habitantes— se concentra en el primero de ellos, más al norte. El espacio que ocupan estos hombres y mujeres tiene un carácter totalmente continental y macizo: se inicia en el centro de Asia, limitando en su esquina noroeste con los desiertos de Mongolia y en el centro-sudoeste con las montañas y mesetas del Himalaya. Desde estos límites occidentales el territorio discurre hacia el este en torno a los grandes cursos fluviales y a las llanuras de tierra de loess bañadas por ellos, fértiles y muy aptas para el cultivo agrícola. En su límite oriental se topa con el mar: el litoral habitado por los chinos dibuja su relieve desde el inicio de la península de Corea (en el norte) hasta algo más al sur de la actual Shanghai. En el límite septentrional de este subcontinente quedan las llanuras de Mongolia y Manchuria, controladas por las tribus nómadas de los xiongnu, tradicionales enemigos bárbaros de los chinos y antepasados de los hunos que aterrorizarán medio milenio después el imperio romano. Al sur el área de control rebasa el río Yangzi y también el paralelo 30º, aunque éstas son ya zonas de clima casi ecuatorial cuyos habitantes, poco conocidos para los chinos, son considerados como bárbaros pobladores de la selva por los pueblos prevalentes del entorno del río Amarillo.

Los siete territorios son estados feudales dominados desde hace más de doscientos años por caudillos militares. Se trata de reinos que se castigan mutuamente con continuos enfrentamientos que los dejan exhaustos tanto en términos humanos como materiales. Los objetivos políticos de los señores de la guerra que los dominan van poco más allá de la pura rapacidad conquistadora, desencadenante de una dinámica de aniquilamiento en virtud de la cual un país es capaz de destruir las esclusas de las presas en las que canaliza el agua de un río sólo con la intención de que el violento desbordamiento subsiguiente anegue las tierras de su infortunado vecino. Ningún poder claro emerge de esta etapa de guerras sin fin.

Los siete Reinos Combatientes que protagonizan esta convulsa época son, de este a oeste:

— Yan, situado en el nordeste junto a Manchuria y la península de Corea. Su capital, Ji, será la ciudad sobre la que siglos después se levantará Pekín.

— Qi, algo más al sur en la desembocadura del río Amarillo. Aquí había nacido trescientos años antes un filósofo llamado Confucio.

— Chu, el gran estado del sur y el mayor en extensión de todos los Reinos Combatientes, que señorea sobre la cuenca baja y media del Yangzi.

— Zhao, el principal reino del norte, limítrofe con los xiongnu y curtido en las guerras contra ellos.

— Wei, dominador de las fértiles llanuras centrales del curso del río Amarillo.

— Han, un estado pequeño pero estratégicamente situado en el corazón cultural y simbólico del país. Como Wei y Zhao, ha surgido doscientos años antes fruto de la partición entre familias nobles de un reino mayor llamado Jin.

— Qin (pronúnciese chin) es el más occidental de todos, separado de las llanuras centrales por dos grandes pasos montañosos: los desfiladeros de Hangu y Wu. Un reino considerado bárbaro por los otros seis, que desprecian a su pueblo iletrado y belicoso. Un reino que, más protegido de las guerras centrales que el resto por infranqueables cordilleras, ha crecido desde el siglo IV conquistando la rica región del sur, el Sichuan, casi desconocida para los otros pueblos chinos.

A Qin se traslada a vivir a los 8 años un joven vástago de la familia real llamado Zheng, que ha nacido en cautividad en Zhao fruto de la complicada diplomacia de la época.

En un tiempo no tan lejano una sola dinastía había gobernado sobre todos estos reyezuelos, y en cierta forma lo hace todavía al nacer Zheng. Se trata de los Zhou, familia que mantiene a principios del siglo III a. de C. una autoridad más simbólica que efectiva sobre el mundo chino. Su ciudad capital, Luoyang, engastada entre Wei y Han, se mantiene como un minúsculo estado imperial respetado por todos los reinos rivales.

La mermada estirpe ha conocido tiempos mejores. Instaurada en el 1025 a. de C., los primeros reyes Zhou provienen precisamente del territorio que ahora ocupa Qin. Su gobierno de más de trescientos años acabó de quebrarse en el 771 a. de C., cuando estallaron con toda su fuerza los conflictos con los señores feudales a los que habían concedido principados en el centro del país. El desencadenante fue la decisión de uno de los reyes, enamorado de una concubina, de apartar a su legítima esposa de la corte, y con ella a sus nobles parientes. Lo que el enamorado rey Zhou no esperaba es que estos aristócratas que habían perdido sus privilegios se aliasen con las tribus del norte, los «bárbaros», para recuperar sus prebendas. El monarca fue asesinado y la capital del reino, Hao, saqueada. Así se puso fin al dominio de los Zhou Occidentales y la dinastía tuvo que trasladarse a un lugar más seguro, en Luoyang, en las llanuras del centro de China, donde también se hallarían más tutelados por los pujantes señores feudales. Comenzaba así el periodo conocido como Primaveras y Otoños, nombre que deriva del título de la principal crónica escrita que nos informa de los acontecimientos de esta época. Con el traslado el dominio de los desde entonces llamados Zhou Orientales va decreciendo en autoridad efectiva.

A partir de entonces y hasta mediados del siglo V a. de C. surgió una miríada de principados y ducados controlados por señores de la guerra. Unos y otros se disputaban la hegemonía y en sus enfrentamientos intestinos fueron apareciendo y desapareciendo nuevos principados. En el 453 a. de C. la división de Jin dio origen propiamente al periodo de los Reinos Combatientes, con los siete estados citados como actores principales.

El equilibrio de poder existente en esa parte de Asia es singularmente distinto del que se da en las otras grandes regiones desarrolladas del mundo conocido en los mismos años. En Occidente el poder romano empieza su decisiva expansión por el Mediterráneo, durante la cual se enfrentará a la competencia en el oeste de la ciudad-estado de Cartago, en el norte de África. Es en el año 218 a. de C. cuando Roma se apodera de su primer enclave portuario en la península Ibérica, Emporion (hoy Empúries, colonia de origen griego). En el este del Mare Nostrum —Grecia, Asia Menor y Egipto— Roma se las tendrá que ver más adelante con dinastías acuñadas por los generales que se repartieron el imperio de Alejandro Magno a finales del siglo IV a. de C.

El legado del emperador griego aparece como la referencia fundamental de los estadistas del mundo mediterráneo: de su proyecto unificador se proclamará heredera intelectual Roma en su futura trayectoria imperial. Alejandro, menos de cien años antes de que naciera Zheng en Qin, había llevado a término su plan de ser el rey de «un solo mundo» sin sufrir una sola derrota militar y amasando inusitadas posesiones en sus conquistas hacia Oriente —llegó desde su Macedonia natal hasta la orilla del río Indo—. Curiosamente, una extendida leyenda asiática afirma que Alejandro llegó a enfrentarse al rey de China, algo que nunca ocurrió y que tampoco hubiera tenido demasiado mérito para el invicto ejército macedonio, ya que, como se ha dicho, desde el año 453 a. de C. el emperador Zhou era apenas un títere de los señores feudales. Más incierto hubiera sido ver el resultado de la lucha entre las cansadas falanges del rey sol de la antigüedad contra alguno de los siete ejércitos de los estados guerreros, cuyas bien pertrechadas infanterías contaban con miles de soldados habituados a hacer frente a las invasiones hunas.

LA MACEDONIA DEL ESTE

El universo chino va a adelantar al mundo mediterráneo de la época en la tendencia a polarizarse en torno a un poder dominante. Existe una semejanza que hay que tener en cuenta entre dos de los estados que ejercieron mayor influencia sobre el curso de los acontecimientos en ambos espacios: hay notables paralelismos entre la Macedonia de la que surgen los reyes conquistadores Filipo y su hijo Alejandro y el reino de Qin, que dará al mundo otro gran unificador, el rey Zheng, luego convertido en Qin Shihuang, el primer emperador de China.

Qin es a China lo que Macedonia ha sido cien años antes a Grecia, Egipto y Oriente Próximo. Parcialmente aislada del centro cultural de los Zhou y expuesta a los ataques de pueblos bárbaros, la montañosa y occidental Qin se dibuja como un territorio periférico, alejado de los grandes ejes culturales chinos. Éstos se sitúan más al este, en las llanuras centrales del río Amarillo y en su desembocadura, una zona particularmente fértil para la política y el pensamiento en la que había surgido la decisiva figura de Confucio en el siglo VI a. de C., cuya filosofía enseguida había gozado de gran predicamento. Macedonia, por su parte, había sido también un reino de montañas, encastillado al norte de las ciudades-estado griegas, más abiertas al mar y a las influencias civilizadoras que el transporte marítimo ofrecía.

Para sorpresa de los aparentes dominadores de estos entornos geopolíticos, Qin, como Macedonia, va a convertir su aislamiento geográfico en una ventaja estratégica: para ambos las montañas suponen una protección natural frente a guerras e invasiones, una circunstancia favorable con la que no contaban ni los territorios de las llanuras centrales de China ni las polis costeras. Al mismo tiempo, sus posiciones geográficas son características de territorios de frontera: Qin debe pugnar con los nómadas del centro de Asia mientras que Macedonia había hecho lo propio con las civilizaciones de su frontera norte —tracios en las orillas del mar Negro, habitantes de los Balcanes y pueblos nómadas eslavos—. Esta situación, aunque obliga a ambos reinos a un esfuerzo suplementario de vigilancia de sus límites territoriales, también les permite gozar de una menor competencia por el territorio de la que existe entre los reinos centrales de China o entre Atenas y Esparta. De esta forma pueden desarrollar opciones políticas que apenas concitan interés entre sus rivales, como la expansión en el remoto territorio de Sichuan, al sur de Qin. Al mismo tiempo la necesidad de protegerse de los nómadas obliga a ambos a tener ejércitos altamente capaces. Por último, conscientes de su retraso cultural, Qin y Macedonia se muestran siempre abiertos a integrar influencias. Qin brillará de manera singular en su sistemática vocación de captar el talento de políticos y militares errantes dispuestos a ofrecer sus servicios al señor que mejor los pague. El re

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