Soy Rony Vargas

Rony Vargas

Fragmento

EL MÍO BAMBINO

Tenía ocho años y con una radio a transistores me paseaba muy campante por el centro de Caucete, y nadie entendía nada.

Nadie entendía que esa cajita que llevaba, sin cable ni enchufe, fuese una radio que, como por arte de magia, disparaba voces y música.

Fui el primer niño en mi pueblo que tuvo una radio a modo de juguete. Y esa imagen me acompaña hasta hoy, en que ya convertido en el Rony Vargas que todos conocen, sigo conectado a un micrófono recorriendo calles, caminos, el mundo, aunque quizá no tan ufano como entonces.

Destino en el que mucho tuvo que ver mi nona Ana, que para comprar insumos para su heladería viajaba todas las semanas en ómnibus a la ciudad de San Juan, a sólo veintiocho kilómetros de Caucete. Kilómetros que por entonces no se hacían tan fácilmente, ni tan rápido como pueden hacerse hoy. Pero para mí esos viajes eran maravillosos, porque me llevaba con ella.

Salíamos muy temprano y regresábamos a las siete de la tarde, y mientras la nona hacía las compras, por expreso pedido mío me dejaba en Radio Colón.

La primera vez que me llevó yo tenía diez años, y ella, en su lengua trabada, porque era italiana y hablaba mal el castellano, comenzó a explicarle al director qué era lo que pretendía. Éste le pidió que bajara un poquito la voz porque estaban en plena transmisión. Entonces, en un susurro, le solicitó permiso para dejar allí a su nieto mientras hacía las compras. El director le contestó que no había ningún problema, sorprendido frente a esta abuela que trataba de explicarle cuál era el deseo de su nieto:

—No se imagina usted cuánto le gusta la radio al mío bambino. Más feliz que en un parque de diversiones, yo me quedaba en ese estudio el resto del día, hasta que ella pasaba a buscarme para volver a Caucete.

Llegué a conocer de memoria los nombres de locutores y operadores, y hasta el más mínimo detalle de la tarea que desempeñaba cada uno de ellos en la cabina de control. En la víspera de esos viajes me preparaba junto con la nona, lo que implicaba faltar a la escuela al día siguiente. Papá y mamá estaban de acuerdo y me daban permiso. No tenían más remedio; de lo contrario, yo armaba flor de escándalo, como el que hice la primera vez que se opusieron.

Por lo general, la nona apoyaba todas mis iniciativas, mejor dicho no todas, sólo si éstas eran buenas. No aparentaba tener carácter fuerte, pero cuando se lo proponía era bien brava.

—El niño viene conmigo.

Decía con voz firme, y me llevaba con ella. Por suerte, no era requisito ir disfrazado de Pierino Gamba; pero esto del aprendiz de artista ocurrió en otro momento. Ahora conviene que me remonte al principio, que es por donde se debe comenzar cuando se está en tren de hacer memoria

LA TIERRA DE LOS VARGAS

Para muchos, Caucete es sinónimo del terremoto que nos azotó en 1977; fotografías de un pueblo devastado, cuando la tierra em pezó a moverse y todo se vino abajo.

Para mí, Caucete es otra cosa. Es mi cuna, el país de mi infancia. Es mi abuela, mis padres, mis hermanos. El aroma del mate cocido antes de salir para la escuela; también el frío que me calaba los huesos en invierno, o el calor que en verano me hacía hervir la cabeza.

Mi familia paterna, los Vargas, es tradicional de este pueblo, y el apellido figura en la lista de sus fundadores. Familia numerosísima, de un nivel socioeconómico importante en sus orígenes.

En épocas de Sarmiento, la idea fue convertir al pueblo en una colonia de norteamericanos. Idea de la que participó un tal señor Rawson, emparentado con aquel Guillermo Rawson que registra la historia argentina. Por diversos motivos, la iniciativa no se concretó. Al principio, la cabecera del departamento estaba en Villa Independencia, a pocos kilómetros de lo que hoy es el centro de la ciudad, y que posteriormente se llamó Villa Colón y luego Caucete, fundado por José María de los Ríos el 17 de octubre de 1893. El camino que lo unía a la capital era muy difícil de transitar; había que cruzar el río San Juan, que no tenía puentes, y hacerlo como se pudiera, en carros, autos o a caballo. Al cabo de los años Caucete fue tomando forma, adquirió vida propia y su trazado se fue pareciendo cada vez más a la ciudad de La Plata, un tablero atravesado por la diagonal Sarmiento.

A comienzos del siglo XX, San Juan fue la provincia que recibió mayor número de inmigrantes españoles, a causa de una peste que afectó los viñedos de su tierra, enfermedad que ataca la raíz de las vides y hace que las cepas se sequen. En San Juan encontraron un lugar ideal para la viticultura.

Después fueron llegando inmigrantes de otras nacionalidades, entre ellos muchos judíos, dueños después de la mayoría de los comercios que se instalaron principalmente en la diagonal Sarmiento, y prosperaron tanto que terminaron trasladándose a la ciudad capital.

Había entonces una sola escuela secundaria, la Escuela Normal de Maestros Regionales, y para los que estábamos en edad de aprender no había más que una posibilidad: recibirnos de maestros rurales. Para ser bachiller había que ir a estudiar a San Juan.

Mi nombre completo es José Gregorio Vargas Bertucci. Nací el 6 de julio de 1942. Día y mes que coinciden con la fecha en que Jerónimo Luis de Cabrera fundó Córdoba. Como la mayoría de los argentinos, soy producto de dos culturas: española, por parte de padre, e italiana, por parte de madre.

Los Vargas eran exactamente lo que se entiende por una familia numerosa. Mi abuela paterna murió a los cuarenta años cuando ya había dado a luz veinte hijos. Tenían viñedos y molinos de trigo. Al poco tiempo murió mi abuelo Gregorio, y los dos hermanos mayores, papá y tío Martín, quedaron a cargo de toda la familia. Otro hermano murió a los veinte años de fiebre tifoidea, una enfermedad muy difícil de curar en aquella época, como tantas otras para las que no existían medicamentos. Murieron también unos mellizos, y así hasta que quedaron sólo cinco hermanos varones, y el resto, todas mujeres que, con el tiempo, consiguieron títulos universitarios.

El hermano varón que le seguía a mi padre se recibió de contador público nacional con mucho sacrificio. Y digo sacrificio porque la familia fue perdiendo capital, mermado por la crianza de tantos hermanos menores. Después, muchos de ellos se radicaron en Buenos Aires, pero mi padre se quedó en Caucete, donde conoció a mi madre. Y aquí es donde aparece Ana Bertucci, la abuela materna que me ayudó a encontrar mi camino.

LA NONA VINO DE ITALIA

Ana Re se vino de Italia a los dieciocho años, soltera. De Argentina sólo había escuchado los comentarios de un señor procedente de La Pampa que se dedicaba a la trilla del trigo.

Fue así. De vez en cuando este hombre viajaba al pueblo de Morrovalle, que queda cerca de Ancona, en la provincia de Macerata. Este señor tenía treinta y cinco años y ella dieciocho cuando se encontraron. Sin mucho preámbulo, él la invitó a venir a Argentina, pero ella dudó. Fue su propia madre la que le pidió que por favor aceptara; que quedarse en ese pueblo, a causa de la guerra y del hambre, era como enterrarse en vida. Y mi abuela aceptó la invitación de Juan Bertucci, con quien se casó y tuvieron tres hijas en La Pampa.

Ana era analfabeta, como casi todos en Morrovalle. Nunca conocieron Roma ni otro lugar más que ese pueblo. Me acuerdo que ella solía contar la historia del caserío en el que nació, de su partida, del puerto y el barco, y yo me montaba en sus palabras para volar hasta aquellos lugares, soñando con hacerlo realidad cuando fuera grande. Tal vez ahí nació mi adicción a los viajes.

Un buen día, su hermano Antonio —al que le decían “Andó”—, también se vino a Argentina en busca de nuevos horizontes, pero más que nada para buscarla a ella. Otro que dejaba a la madre, que finalmente se quedó sola en Morrovalle. Eran tan ignorantes, tan primarios, que creían que venir a Argentina era como hacer tres cuadras. Es decir, hacer tres cuadras y encontrar a su hermana.

Llegó a Buenos Aires, se alojó en el hotel de los inmigrantes y a los pocos días lo invitaron a retirarse. Qué destino más triste. Sacó un pasaje con los pocos pesos que le quedaban, sin saber muy bien adónde ir, o mejor, hasta donde terminara el tren su recorrido. Y así llegó a San Juan. Pero San Juan le pareció muy grande. Preguntó, y le dijeron que tal vez en Caucete podría encontrarla, y sin pensarlo dos veces se fue a Caucete.

Antonio era colchonero, y comenzó a hacer colchones, y a todos con los que se cruzaba les preguntaba por su hermana. ¿No ha visto a una señorita así y así? Y si se topaba con alguien que hablaba italiano le preguntaba si no la había visto a Conceta, que era el verdadero nombre de mi abuela. Pero como no le gustaba se lo había cambiado por Ana, y fue Ana el resto de su vida. Y no, nadie la había visto. Y así fueron pasando los años, tres años, para ser más preciso, hasta que un día se encontró con un paisano que le contestó:

—¡Sí!, claro que la conozco, tu hermana vive en La Pampa.

Sin dudarlo se fue a La Pampa, y se encontró con que su hermana y el marido estaban en buena posición económica, pero igual los entusiasmó para que se fueran con él a Caucete; les dijo que ahí se daban bien las uvas, que podían tener una bodega, y éstos se entusiasmaron tanto que lo siguieron.

Al principio les fue bien, pero pronto murió Juan Bertucci y Ana quedó sola con tres hijas chiquititas; la mayor tendría diez años. Casi enseguida se fue el hermano y ella quedó más sola todavía; luego se fundió la bodega, entre otras cosas por la tremenda suba de los impuestos que aplicó a los bodegueros el gobierno de Federico Cantoni, con la intención de crear una bodega del Estado, hecho que concretó. Los bodegueros privados ya no recibieron la cantidad necesaria de uvas para elaborar vino.

Para sobrevivir, la nona empezó a vender sus pertenencias, hasta que quedó en la ruina, y la responsabilidad de criar a sus hijas le quitaba el sueño. Su deseo más ferviente era que sus pequeñas no trabajaran, para que pudieran dedicarse de lleno al estudio. Ella, que no sabía leer ni escribir, hablaba del estudio como el mayor tesoro que se puede alcanzar en la vida. Y empezó a hacer helados, tal como los viera hacer alguna vez en su familia, allá en Morrovalle, su pueblo. Y los hizo absolutamente a mano, dando vueltas a la paleta durante horas, y bajando ella misma las bolsas de sal y las barras de hielo que le traían en carretela. Ella sola, porque no quería que sus hijas tocaran nada, salvo los libros.

Estaba en eso de fabricar y vender helados, cuando desde San Juan llegaron unos señores de origen italiano, de apellido Soppelsa, y sólo porque eran paisanos se atrevió a pedirles que la ayudaran. Sin conocerla, inmediatamente aceptaron, e hicieron el siguiente trato: ellos fabricarían helados en San Juan capital, y ella para el resto de la provincia. Le fue tan bien que pronto su fábrica de helados se convirtió en un emporio. Llegó a tener una cantidad impresionante de vendedores. Pero mi padre no quiso trabajar con su suegra, y es comprensible, teniendo en cuenta los valores que dominaban por aquellos años; los Vargas eran gente que tenía algo de abolengo y les pareció vergonzoso que un miembro de la familia trabajara en una fábrica de helados. Él prefirió dedicarse al negocio bodeguero, pero por esas vueltas de la vida acabó dependiendo de la nona, cuando el 15 de enero de 1944 ocurrió aquel terremoto espantoso y se nos derrumbó la casa, sin contar todo lo que acarrea semejante hecatombe.

Con su trabajo, con sus dos manos, la nona no tuvo el menor reparo en mantener a las dos familias. Hasta hoy, ella sigue siendo mi guía, la mujer que me marcó el camino del trabajo, del tesón y la lucha.

Inmediatamente después del terremoto hizo construir un par de casillas dentro de las cuatro hectáreas de su propiedad; se sabe que las viviendas precarias resisten mejor los movimientos sísmicos. Las casas de material habían quedado reducidas a escombros. En una casilla vivimos mamá, papá, mis tres hermanas y yo; mi hermano menor aún no había nacido; y en la otra, la nona, y las dos hermanas de mamá, una casada y otra soltera. De esta manera, nuevamente la nona se convertía en columna y sostén de la familia. Ella luchó para que nosotros nos formáramos, para que tuviéramos un buen trabajo, y para que nuestros padres pudieran dedicarse a lo suyo, tranquilos, sin apremios de ningún tipo.

Mi madre ayudaba a hacer las mezclas para preparar los helados; mi tía, la soltera, se dedicaba a la casa, hacía la comida y la limpieza, y la nona en la fábrica, desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche trabajando codo a codo con sus empleados, o atendiendo fabricantes y proveedores.

Mi padre se ocupó de muchas cosas, su familia tenía una finca muy grande, molinos de harina y otros negocios, pero lamentablemente quedaron en la ruina, y todo el dinero que ganaba junto con su otro hermano era para mantener a las hermanas más chicas. Era un autodidacta; conocía mucho de historia, le gustaba la política, afiliado al Partido Demócrata, perenne candidato a intendente, pero nunca ganó una sola elección. Por fin, logró establecerse en la viticultura, junto con su hermano Martín, contador público que por entonces manejaba los destinos de una empresa en el rubro. Por suerte, entre ellos se dieron una mano y todos pudieron salir adelante.

APRENDIZ DE ARTISTA

De niño me veían como un futuro artista; una de mis tías quería que fuese concertista de piano, motivo por el que me vestían como Pierino Gamba, niño precoz como de diez u once años, que en Italia dirigía una orquesta sinfónica, y no encontraron mejor idea que vestirme como él para llevarme a la maestra de piano: pan taloncito corto ajustado, chaleco y camisa con mangas abullonadas. Los muchachos del barrio me hacían burla cuando me veían pasar así disfrazado por la diagonal Sarmiento.

Todo aquello, junto con las ropas de Pierino, quedó arrumbado en mi infancia.

A mí lo que realmente me gustaba era la locución, y vivía pensando en la radio, a la que comparaba con una caja mágica. Como dije, fui el primer niño en el pueblo que tuvo una; me la trajo mi tío Martín, que estaba al tanto de mi fanatismo y sabía las horas que me pasaba sentado en el estudio de Radio Colón. Me fascinaban las voces de los actores que por esos años hacían el radioteatro, con un éxito descomunal de audiencia en el país ente ro, y que para mí eran más que “grandes figuras”, eran lo máximo, eran próceres, estrellas.

Ahí lo conocí a Buenaventura Luna, y a los de La Tropilla de Huachi Pampa, que hacían unos programas musicales que me ponían la piel de gallina. Pronto los empleados de la radio se acostumbraron a mi presencia, y ya no se asombraban de la cara de embeleso que ponía mientras los escuchaba; hasta empezaron a llamarla “nona” a mi nona.

Terminé la primaria, y comencé la secundaria en la escuela normal, con doble horario, mañana y tarde. A la mañana teníamos que hacer todas las tareas del campo y una materia que se llamaba “industrialización”. Hacíamos dulces, aprendíamos a descargar colmenas, hacíamos horticultura, apicultura, labores de granja, y hasta el día de hoy me acuerdo del nombre de todas las razas de gallinas que existen. Aprendí a podar y a arar la tierra. Por la tarde hacíamos las otras materias, matemática, lengua, geografía y todo eso.

Me recibí de maestro a los diecisiete recién cumplidos. Había empezado la escuela a los cuatro años, cuando la nona me miraba, tan compuesto, vestido con el delantal blanco y decía: es muy chiquito todavía. Cuando me recibí lo festejó como si a ella también le hubieran dado un título.

Todavía iba al colegio cuando a mi padre lo integraron a la sociedad de la empresa donde trabajaba, y por esta razón tuvo que ir a hacerse cargo de una finca a setenta kilómetros de Caucete, en Media Agua, sitio en el que sólo había tierra y bodegas. La llevó a mi madre con él, y nosotros nos quedamos al cuidado de la nona y de mi tía soltera.

Los fines de semana eran una verdadera fiesta, nos íbamos a visitarlos o ellos venían a estar con nosotros, y después llegaba el verano y allí nos instalábamos todos. Yo feliz, porque junto a mi padre podía realizar tareas en el campo.

A los seis años ya andaba a caballo, y a los doce participaba en carreras de todo tipo. Después empecé a trabajar en la bodega. El sueño de mi padre era que fuese enólogo. Tenía pensado ubicarme como gerente en una de las plantas de la empresa. Mientras tanto, mis hermanos y yo seguíamos al cuidado de la nona; ella se sentía responsable de todos nosotros. Por ahí, yo me le escapaba y me iba a San Juan a ver algún partido de básquet por la noche. De regreso, la encontraba en la parada del colectivo, esperándome. O si había ido a alguna fiesta, me buscaba a la hora convenida. Entre nosotros había una conexión muy fuerte, muy grande, creo que fui su nieto favorito; ella miraba por mí, me cuidaba si estaba enfermo, se afligía mucho si me veía triste.

Cuando murió, a los ochenta y cinco años, afectada de los bronquios, sentí que perdía una parte de mi vida. Yo ya tenía veintisiete, y hasta hoy, mi mujer, Olga, si algo me afecta, sea enfermedad o lo que sea, me dice pedile a tu nona que te ayude, ella es tu intermediara ante Dios, y en este momento sabe muy bien lo que te pasa.

—Pedile a tu nona, Rony.

Murió por la debilidad de sus bronquios, no porque fumara, sino por culpa del frío; había trabajado con hielo toda su vida haciendo helados, y esto le afectó los bronquios y ya estaba grande. Una mujer de ochenta y cinco años era una anciana para la época.

Antes de hacer cualquier otra cosa yo prefería verla a ella. La última vez fui con dos de mis hijos a visitarla, los otros dos aún no habían nacido. Hace ya más de treinta años de esto. Teníamos entradas para el circo; la nona estaba ahí, mirándome, y me preguntó: ¿adónde vas, Rony? Del batón que estaba colgado en un perchero, batón de esos clásicos que usaban las viejitas, sacó unos caramelos y se los dio a mis hijos, al tiempo que les decía:

—Espero que vuelvan, pero si al volver yo ya no estoy, les dejo estos caramelos de recuerdo.

Me abrazó, me dio un beso y nos fuimos. Murió a la madrugada del día siguiente, cuando yo ya me había ido a trabajar a la radio.

Sentí su muerte como sentí la muerte de mi madre; tal vez más, no lo sé. Pero por primera vez sentí que todo lo que tenía se lo debía a esa mujer que acababa de morir.

MAESTRO RURAL

Una infancia feliz te sostiene para siempre. Y mi infancia fue muy feliz en esa ciudad, pueblo entonces, donde me crié jugando al futbol en la esquina de mi casa, en una canchita que se llamaba Las Pencas. Jugábamos hasta que se hacía oscuro, porque antes no existían los peligros que hoy sí existen, y mamá mandaba urgente a mi hermana para que me buscara, porque si papá no me encontraba al regresar del trabajo podía darme un coscorrón. Y mi hermana aparecía gritando: “¡Nene, nenito!”, para que los otros se burlaran de mí.

A los quince años me hice cargo de la propaladora del pueblo. Era como tener hoy una FM. En la plaza transmitía para todo el pueblo por unos parlantes enormes. Después comencé a hacer propalación en el colegio, yo era el locutor. Le animábamos la fiesta a los que se recibían en quinto año, y a los de cuarto también. Me pasaba el santo día en la propaladora.

Al poco tiempo cambié de trabajo. Fui maestro rural.

Muchos padres cometen el error de trazar el camino de sus hijos sin preguntarles qué es lo que pretenden para sus propias vidas, cuál es su vocación. A mí me gustaba el magisterio, a pesar de no haber tenido otra opción, ya que en Caucete no había más que una escuela normal. Me sacaba diez de promedio en las prácticas, y eso sumaba el buen concepto y el puntaje. En resumen, yo estaba conforme con trabajar de maestro.

Tenía diecisiete años cuando se lo dije a mi padre. Y mi padre me dijo:

—De ninguna manera, vos no vas a trabajar de maestro, vas a estudiar enología, vas a trabajar conmigo en una oficina, vas a ser gerente de una planta, o si querés podés estudiar abogacía, trabajar en la planta y estudiar abogacía al mismo tiempo.

En definitiva, tenía ya planificado mi futuro. De todos modos, me fui a San Juan, al Ministerio de Educación de la Nación, y con mis diecisiete años pedí una audiencia para hablar con el director. Me la otorgaron, pero estuve como tres horas esperándolo.

Apenas entré en su despacho lo primero que me preguntó fue: “¿Qué querés estudiar, hijo?”. “Yo no quiero estudiar, le respondí, yo quiero trabajar de maestro.” “Pero sos muy chico para empezar a trabajar de maestro.” Insistí:

—Le digo que soy maestro, tengo el título.

—¿Y tus padres qué dicen?

—Ah, están muy contentos —le mentí.

Más tranquilo, el director exclamó:

—Hay una escuela a la que nadie quiere ir, el único personal que había, la directora y maestra, se ha enfermado y no podemos conseguir que vaya nadie a reemplazarlo. Queda en un lugar llamado Divisadero, en el departamento Sarmiento, ¿lo has escuchado nombrar?

Volví a mentir:

—Sí, sí, lo he escuchado.

—¿Te animás a ir?

Rápidamente me firmó el nombramiento. Llegue a mi casa y me hicieron un escándalo. Pero pocos días después mis padres me llevaron en la camioneta, y yo me quedé ahí, casi en medio de la nada, y ¿por qué no decirlo?, con un miedo tremendo.

HACIENDO PATRIA

Divisadero no era un pueblo, sólo un caserío, y la escuela era un rancho hecho con varillas y barro. La casa para el maestro era la propia escuela, ahí tenía que vivir y dormir; no había baño, sino una letrina que quedaba como a media cuadra de distancia, y para bañarme una acequia con agua de deshielo, con temperaturas bajo cero en invierno. Al llegar encontré todo abandonado, hacía seis meses que la escuela no se abría: dos habitaciones llenas de vinchucas, una para el dormitorio del maestro y la otra el aula.

La primera noche casi me muero de miedo. Para comer tenía que caminar como diez cuadras, hasta la casa de doña María, la mujer más importante de Divisadero, pero era sólo un ranchito, apenas un poco mejor que el de la escuela.

Esa primera noche, como casi todas las que le siguieron, dormí con una escopeta sobre el pecho. En cuanto oscurecía empezaba a escuchar ruidos, pasos, aullidos de animales, quejidos.

Me alumbraba con un candil. Tuve doce alumnos, chicas y varones, algunos mayores que yo. Me dejé los bigotes para parecer más grande y, de ser posible, un poco malo.

Doña María sufría del corazón. Tenía dos hijos trabajando en las canteras. Un día, comenzó a quejarse muy fuerte y me asusté. Dominada por un gran dolor, decía: “¡Ay, vida, ay, vida!”, y a mí no se me ocurrió mejor idea que masajearle el pecho; le pasaba las manos por el pecho y ella parecía que se aliviaba.

—Gracias, maestro, gracias.

De ella heredé ese dicho, y es lo primero que me viene a la boca cuando me asalta algún problema: “¡Ay, vida!”. Y era como si expirara, y yo le seguía pasando la mano por el pecho.

Me prestó un caballo con montura y todo. Lo ensillaba y me iba a buscar a los maestros de otros pueblos. Me enamoré tanto del lugar que dejé de ir a mi casa.

A mis padres les entró una preocupación muy grande, sabían de las penurias que pasaban los jóvenes por esos lugares tan alejados. La única compensación fue que ahí los maestros eran personajes, las figuras del pueblo. Yo, como muchos otros maestros, con dieciocho años parecía como de veintitrés o veinticuatro. A veces ensillaba el caballo y me iba a Cienaguita, un sitio al que para llegar tenía que pasar por un cementerio; todavía me acuerdo del frío que me corría por la espalda cuando veía las cruces en medio de esas soledades. Después me acostumbré y ya no me inquietó más.

Me aquerencié de tal forma, les tomé tanto afecto a los niños que hasta me puse a enseñarles a jugar al futbol. Muchos se preguntarán: “¿Cómo, jugar al futbol entre los cerros?”. Es lógico, todo era pura montaña, y el único espacio posible para hacerlo era la escuela, que tenía un patio de tierra.

Les enseñé a jugar al fútbol en los recreos. Igual me criticaron. Algunos vecinos dijeron que un maestro no debía distraer a los chicos con juegos, sino enseñarles a leer y escribir. También me las arreglé para llevarlos de picnic. Conmigo conocieron lo que es un picnic. Se divertían que daba gusto. Los llevaba adonde había agua, árboles. Ver árboles allí era un verdadero milagro. Pura roca y cielo era el paisaje. Hoy, hay infinidad de viñedos, ha cambiado tanto la zona que casi no la reconozco.

Fue una experiencia inolvidable. Yo mismo aprendía al tiempo que enseñaba a esos doce chicos de seis grados distintos. Un trabajo duro y, lamentablemente, todavía muchos no dimensionan lo que significa para un maestro rural asumir la responsabilidad de tener a su cargo un puñado de niños en diferentes etapas de crecimiento y asimilación.

Por lo general, las meras pretensiones son que aprendan a leer y a escribir, a multiplicar, sumar y dividir. El resto, uno se lo va entregando con la lectura, algo de historia, geografía, instrucción cívica. Fue un año en que por un momento quise quedarme ahí. Si me hubiera quedado, seguramente hoy no estaría contando esta historia; tal vez estaría contando otra. Me habría jubilado de maestro rural como tantos otros que se quedaron para enseñar en medio de la montaña, y que son los que en verdad hacen patria, o mejor, son los que hacen patria con mayor sacrificio.

SIEMPRE SE VUELVE AL PRIMER AMOR

De Divisadero me mandaron como maestro a Río Negro, a Allen. Des conforme con la designación, fui a hablar con el mismo director del ministerio, y le dije:

—En vez de mandarme a alguna frontera, me han enviado a Allen, que es un lugar fabuloso, pero en el que pagan una miseria y no me alcanza para vivir.

Y era cierto, por eso duré muy poco. Después, me fui a otra zona y finalmente regresé a San Juan; le di a mi padre el gusto de trabajar en la oficina de las bodegas y estudiar enología. En los entretiempos, nunca dejaba de escuchar radio; mejor dicho, la radio era mi telón de fondo a toda hora del día.

Así me enteré que en Radio Sarmiento necesitaban locutores porque habían empezado a transmitir las veinticuatro horas. Me presenté al concurso y lo gané, pero no me enteré que lo había ganado porque nunca me llamaron.

Seguí estudiando enología y trabajando con mi padre, cuando una tarde sonó el teléfono en mi casa y una voz se presentó como el señor Ciallella, jefe de locutores de Radio Colón.

—¿Usted, Vargas, se presentó a un concurso en Radio Sarmiento hace como dos años?

“Efectivamente”, le contesté. “Pues usted ganó ese concurso”, me dijo. “¿Cómo?”, alcancé a balbucear. “¿No lo sabía?” “No, nunca me enteré.” “Lo sé —dijo Ciallella—, nunca lo llamaron porque en su lugar entró a trabajar otra persona.” Y agregó: “Quisiera saber si usted está dispuesto a venir a dar una prueba a nuestra radio”.

Lo que sentí en aquel momento es muy difícil de expresar. Basta decir que me estaban llamando para dar una prueba en la misma radio a la que iba cuando era chiquito, de la mano de mi nona.

Fui, y al día siguiente ya estaba trabajando en Radio Colón. Emp

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