Los muchachos peronistas judíos

Raanan Rein

Fragmento

INTRODUCCIÓN
LA DECONSTRUCCIÓN DE UN MITO

A principios de agosto de 2014 fui invitado a participar en un debate que tuvo como eje la figura de Juan Domingo Perón y sus vínculos con la colectividad judeoargentina. La discusión se realizó en el salón principal de Tzavta, el club sionista progresista localizado, precisamente, en la calle Perón al 3.600 de la ciudad de Buenos Aires. Según la nota publicada después por el periódico Nueva Sión, el evento se caracterizó por “una asistencia de público inédita”.1 No era necesariamente mi propia conferencia en esta reunión la que atrajo a tanta gente, sino la posibilidad de un debate acerca de si el fundador del movimiento justicialista y su gobierno eran antisemitas o no, un tema que a casi 70 años de su primera presidencia todavía genera fuertes polémicas dentro y fuera de la comunidad.

Muchos de los asistentes quedaron sorprendidos por los “diez mandamientos” (que en realidad eran once) presentados por mí en aquella oportunidad. Parecía que en su mente estaba grabada aún la propaganda electoral de la Unión Democrática de fines del año 1945 y principios de 1946, según la cual Perón era nazifascista. El régimen que estableció Perón después de su triunfo electoral era supuestamente antisemita y, por lo tanto, los argentinos de origen judío debían ser necesariamente hostiles al justicialismo. Estos mitos están bien arraigados en la conciencia colectiva de amplios sectores de la sociedad argentina. Y son precisamente estos mitos a los que el presente libro viene a desafiar.

En forma telegráfica, los argumentos que expuse fueron los siguientes: primero, que Perón no era nazi. Esta imputación, basada fundamentalmente en la política de neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial seguida por el gobierno que él integró antes de ser presidente, es falsa. En realidad, la tardía declaración de guerra al Eje se relaciona con dos aspectos inherentes a la diplomacia argentina. Por un lado, la tradición de neutralidad en conflictos internacionales, apoyada mayoritariamente por la población de ese país, tal como ya había sucedido durante la Primera Guerra Mundial; y por el otro, que la neutralidad argentina tenía una importancia vital para Gran Bretaña, su principal cliente comercial en esos años, ya que una declaración de guerra a Alemania hubiera puesto en serio peligro el envío de trigo y carne por mar, que fue un aporte vital para la supervivencia de la población británica.

El segundo argumento: que Perón no era fascista. Pasó algún tiempo en Italia a fines de la década de los 30 para especializarse en alpinismo, pero muy alejado de Roma y el centro de los acontecimientos políticos; no se codeaba con jerarcas del régimen. Sin ninguna duda su pensamiento era nacionalista y contenía elementos autoritarios, pero eso no significa que fuera fascista. Además, en el contexto de la posguerra mundial era inviable planificar un régimen fascista. Y llegó entonces el tercer argumento: enfatizando el carácter heterogéneo del peronismo, me referí a la mezcla de influencias políticas e ideológicas en su formación. Si bien el nacionalismo de extrema derecha influyó, no era la única fuente. El pensamiento social de la Iglesia, así como corrientes socialistas de diversos matices, también dejaron su impronta. Al momento de caracterizar al primer peronismo, para ponerlo en alguna categoría teórica, insistí en el concepto de populismo que sigue siendo mucho más relevante que el de fascismo para entender este fenómeno.

La cuarta afirmación fue que Perón no era antisemita. Si uno lee sus numerosos discursos en contra del antisemitismo durante sus dos primeras presidencias se da cuenta de inmediato de que ningún otro presidente antes de la llegada de Perón al poder expresaba de forma tan clara, tajante y contundente, su rechazo a la discriminación contra los judíos. Lo mismo vale para Eva Duarte de Perón. En varios de sus discursos, Evita intentaba plantear la tesis de que de hecho la oligarquía era la que mantenía actitudes antisemitas, pero no el peronismo.

El régimen peronista tampoco fue antisemita. Durante la década peronista se registraron menos incidentes antisemitas que en cualquier otro período de todo el siglo XX. Muchos judíos a finales de los años 40 y principios de los 50 ingresaron a la burocracia estatal, y lograron cargos más importantes que los alcanzados anteriormente. Por lo tanto, el sexto argumento refutaba la idea de que la comunidad judía era en su totalidad hostil al peronismo. Una mirada tajante al respecto enfrenta la falsa imagen de una colectividad homogénea, cuando, por un lado, la mayoría de los judíos nunca se han afiliado a las instituciones comunitarias, y por otro, la comunidad siempre se caracterizó por su posición heterogénea respecto de cualquier tema político, social, económico o cultural.

No fueron pocos los judíos que apoyaron al naciente peronismo desde las primeras horas. Su número creció a medida que el régimen se afianzaba en el poder, y a raíz de la reelección de Perón en noviembre de 1951. En esos momentos, la Segunda Guerra Mundial empezaba a quedar atrás. Además, estaba bien claro que el peronismo no era un fenómeno pasajero y, sobre todo, que un número nada desdeñable de judíos cambiaban su opinión al ver sus políticas económicas y sociales, que beneficiaban a muchos argentinos judíos de las clases media y media baja. Pero también, la lucha permanente en contra del antisemitismo y el alejamiento de gente de extrema derecha de cargos importantes contribuyeron al creciente apoyo brindado al gobierno.

Luego abordé el rol de la Organización Israelita Argentina (OIA), abiertamente cercana al peronismo. Algunos suelen describirla como un grupo de marginales dentro de la comunidad, buscando una oportunidad para jugar un papel más protagónico. Había entre ellos, obviamente, oportunistas o gente marginal, pero muchos otros entraron en la OIA por distintos motivos: por identificarse con el concepto de justicia social o con las políticas económicas y sociales del peronismo, o por querer integrarse y respaldar a un movimiento que tenía un apoyo mayoritario en la sociedad argentina.

El vínculo del gobierno nacional con el Estado de Israel siempre revestía importancia para muchos de los argentinos judíos. En el caso de Perón, las relaciones entre el gobierno argentino y el nuevo Estado judío fueron excelentes. Si bien Argentina se abstuvo en la votación en la ONU que decidió la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel, pocos meses después fue el primer país latinoamericano en establecer una embajada en Israel y el primer país latinoamericano en firmar un acuerdo comercial con el nuevo Estado. De hecho, una de las mejores décadas de las relaciones bilaterales fue precisamente la de la presidencia de Perón.2

El décimo argumento daba cuenta del intento del establishment judío de borrar de la memoria colectiva el apoyo brindado por muchos judíos al primer peronismo, apenas fue expulsado del poder. La dirigencia de las instituciones judías hizo un esfuerzo en línea con las nuevas circunstancias políticas de ese momento. Y, por último, en el undécimo argumento, sostuve que Perón fue el primer mandatario argentino que legitimó el mosaico de identidades de distintos grupos étnicos en su país. Él no vio ninguna incompatibilidad entre ser un buen argentino, ser un buen judío, y dar apoyo al sionismo o al Estado de Israel. Para él, cualquier argentino de origen español podía apoyar a su madre patria, España, cualquier argentino de origen italiano podía apoyar a Italia, y cual­quier argentino de origen judío podía apoyar al Estado de Israel. En los discursos de Perón en esta etapa no hubo ninguna referencia a una supuesta “doble lealtad”, una acusación muy común desde la extrema derecha en Argentina a lo largo del siglo XX.

Estos argumentos, que voy a presentar en detalle en los siguientes capítulos, provocaron un fuerte debate en aquella noche del invierno argentino. Se trataba de un público variopinto, que incluía tanto a investigadores en la materia, historiadores, estudiantes y personas interesadas en la temática, como a quienes habían vivido aquella época, los que desde su testimonio daban cuenta de sus vivencias personales. En el encuentro también estuvieron presentes militantes y diputados del peronismo, y hasta participaron dos de los hijos de Pablo Manguel (el dirigente de la OIA nombrado primer embajador argentino en Israel), uno de ellos, Juan Domingo, nacido en Tel Aviv. Según una nota publicada al día siguiente, mi conferencia “suscitó contrapuntos interesantes en el intercambio, entre aquellas miradas centradas en lo autobiográfico y las fundadas en investigaciones historiográficas, y no faltó acaloramiento y pasión en el debate, entre quienes veían a un Perón cuasi nazi y fascista y aquellos que coincidían con la mirada de Raanan Rein”.

Una semana después me invitaron al Círculo de Legisladores para encontrarme con un grupo de exsenadores y exdiputados peronistas, incluyendo algunos veteranos como Rodolfo Decker, jefe de la mayoría peronista en el congreso nacional a partir de junio de 1946, o Duilio Brunello, que colaboró estrechamente con José Ber Gelbard en la Confederación General Económica (CGE). En esa reunión hablaron también la vicepresidenta del Congreso Metropolitano del Partido Justicialista, Raquel Cecilia Kelly Kismer de Olmos, y la exdiputada Ana Kessler. Ambas se conocieron a mediados de los años ochenta como militantes justicialistas, y contaban cómo la gente, judía o no, reaccionaba con sorpresa al conocer a “una judía peronista”, como si se tratara de un fenómeno insólito.

Efectivamente, según la historiografía tradicional, a lo largo de la década peronista (1946-1955) Juan Perón fracasó en su intento de conseguir el apoyo de sectores significativos de la comunidad judía argentina, pese a sus esfuerzos por erradicar el antisemitismo y a pesar de haber cultivado relaciones estrechas con el Estado de Israel. La mayoría de los argentinos de origen judío, nos dicen los comentaristas e historiadores, continuaron siendo hostiles a Perón. Los numerosos esfuerzos de Perón por conquistar a la colectividad no rindieron, supuestamente, los frutos esperados. A poco tiempo de finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó a conocerse la magnitud de la hecatombe de los judíos en el Viejo Continente, los judíos argentinos, oriundos en su mayoría de las zonas devastadas en Europa Oriental y Central, mostraban una comprensible sensibilidad hacia un gobierno con varias características que recordaban a los recientemente derrotados países del Eje. El apoyo de círculos nacionalistas y antisemitas a Perón en los inicios de su carrera política, especialmente la Alianza Libertadora Nacionalista, y su pacto con la Iglesia Católica en la segunda mitad de los cuarenta, solo contribuían a tal impresión. La identidad política de numerosos judíos (pertenecientes a grupos demócratas liberales o de izquierda), así como su identidad socioeconómica (muchos pertenecían a las capas medias de la sociedad argentina), los llevó a manifestar sus reservas respecto del régimen, que desarrollaba crecientes tendencias autoritarias y se identificaba con la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera argentina. El hecho de que Perón fuera convirtiendo gradualmente la lucha contra el antisemitismo en parte integral de su política no logró modificar la suspicacia de muchos judíos hacia su gobierno.

Este cuadro no es falso, pero es sumamente unidimensional y no refleja correctamente una realidad mucho más compleja. En la inauguración de la sede de la OIA en la avenida Corrientes al 2000, en agosto de 1948, su presidente Sujer Matrajt dijo: “Perón no es solo el celoso gestor de nuestra soberanía política sino también el gobernante que en un mundo dominado por la intolerancia supo levantar en la Argentina la antorcha de la consideración y del respeto hacia todas las colectividades que integran la nación, alejando de esta tierra el fantasma de la persecución y de la intolerancia”. Perón, por su parte, manifestó en ese acto: “¿Cómo podría aceptarse, cómo podría explicarse, que hubiera antisemitismo en la Argentina. En la Argentina no debe haber más que una clase de hombres. Hombres que trabajen por el bien nacional, sin distinciones [...] Por esta razón [...] mientras yo sea presidente de la República, nadie perseguirá a nadie”.3 El diario El Argentino tituló su reseña sobre este acontecimiento: “Quedó incorporada al peronismo la Organización Israelita Argentina”.

Con pocos días de diferencia, Evita expresó conceptos similares: “En nuestro país los únicos que han hecho separatismos de clases y de religiones han sido los representantes de la oligarquía nefasta que han gobernado durante cincuenta años nuestro país. Los causantes del antisemitismo fueron los gobernantes que envenenaron al pueblo con teorías falsas, hasta que llegó con Perón la hora de proclamar que todos somos iguales”.4 Mediante este tipo de muestras de simpatía hacia los judíos, el matrimonio Perón intentaba desafiar a las élites argentinas tradicionales, que no se habían caracterizado por su apertura hacia los judíos.

La OIA no logró desafiar el liderazgo de la DAIA, pero sí sirvió como un importante mediador entre las autoridades nacionales y la colectividad, y consiguió gestionar ante el gobierno beneficios colectivos para los argentinos judíos, promoviendo intereses étnicos y religiosos comunitarios. La mayoría de los dirigentes de la OIA pertenecía a la primera generación de inmigrantes judíos de Europa Oriental. Algunos estaban muy involucrados con la colectividad, el sionismo e Israel, pero se identificaban como argentinos y judíos antes que como judíos y argentinos. Abogaban por la integración social a través del peronismo, sin renunciar a los componentes judío y sionista de su identidad. En su mayoría siguieron siendo leales a Perón y al movimiento justicialista, también después de caer su gobierno, lo que constituye una prueba adicional de que la relación que tenían con el justicialismo no fue mero oportunismo. Muchos pagaron durante la Revolución Libertadora un alto precio por dicho apoyo al peronismo.

Es cierto que la mayoría de los dirigentes de las organizaciones judías tenía sus reservas hacia el movimiento y el gobierno justicialistas, pero no todos. Lo interesante, y poco conocido, es el hecho de que el mismo presidente de la DAIA, Ricardo Dubrovsky, llegó a afiliarse al Partido Peronista. A mediados de 1953 Dubrovsky fue designado profesor titular de la cátedra de Obstetricia en la Universidad de Buenos Aires. La dirigencia del Hospital Israelita también apoyaba al gobierno peronista y sus políticas económico-sociales. Dentro de la comunidad judía organizada, pero aún más importante y menos estudiado, entre mucha gente común, no afiliada a las instituciones comunitarias judías (que después de todo representaban a una minoría de los argentinos judíos), había apoyo o identificación con este movimiento social y político cuyo impacto en la sociedad argentina ha sido duradero. El peronismo, que dividió a la sociedad entre sus adherentes y sus oponentes, causó divisiones similares también entre los argentinos de origen judío, aunque entre estos últimos los simpatizantes del gobierno nunca fueron mayoría.

La columna vertebral del peronismo eran los sindicatos, y distintos dirigentes judíos en el movimiento trabajador no solamente se identificaban con el naciente movimiento político sino que también tuvieron un papel importante en la movilización del apoyo popular al peronismo. Ángel Perelman, fundador en 1943 y primer secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, es reconocido por su aporte a las manifestaciones obreras del 17 de octubre de 1945, que dieron origen a la coalición política que ganó las elecciones generales de febrero de 1946. Un aporte similar le correspondió a Ángel Yampolsky, secretario general del Sindicato Autónomo del Frigorífico La Negra de Avellaneda y uno de los fundadores del Partido Laborista. A Rafael Kogan, uno de los fundadores de la Unión Ferroviaria y su secretario gerente, hay que darle mucho crédito por el apoyo que este importante gremio le daba a Perón. Abraham Krislavin, que llegó a ser subsecretario en el Ministerio del Interior, y David Diskin, ambos del Sindicato de Empleados de Comercio, servirían después también como importantes nexos entre el gobierno peronista y varias personas y grupos judíos.

El populismo argentino fue una coalición policlasista que reunía no solamente al movimiento obrero organizado y a sectores de las fuerzas armadas, sino también a nuevos industriales, sobre todo fabricantes de alternativas a los productos importados para el mercado local, junto con élites comerciales provinciales. Entre estos grupos se encontraban también hombres de negocios y empresarios judíos favorecidos por el peronismo y su política proteccionista de la industria nacional. Este fue el caso en las ramas de la industria textil y del vestido, cueros, muebles, alimentos y otros productos de consumo. Un ejemplo claro de movilidad social y económica puede verse en la figura de José Ber Gelbard, que llegó a la Argentina con sus padres desde Polonia, prosperó como comerciante en la provincia de Catamarca y se convirtió luego en la figura dominante de la Confederación General Económica, de tendencia peronista, durante casi dos décadas. Julio Broner e Israel Dujovne son otros ejemplos de argentinos de origen judío que acompañaron a Gelbard en esa trayectoria.

Hablando de gente de negocios y su apoyo al peronismo, habría que mencionar también al magnate de los medios de comunicación, Jaime Yankelevich. Yankelevich jugó un papel central en el surgimiento y desarrollo de la radiofonía comercial en Argentina y fue también el iniciador de la televisión en el país (el “día de la lealtad popular” de 1951 fue también el día de la inauguración de la televisión en Argentina). Su historia es la de un hombre que se hizo a sí mismo pasando rápidamente de humilde inmigrante a rico empresario, dueño de Radio Belgrano, fundador de la primera Cadena Argentina de Broadcasting y director general de la radio del Esta

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