
Poco después, el gato se dirigió así a Kokoro:
—He sabido que muy pronto el emperador recorrerá los territorios del imperio con su hija. Ha de enterarse bien cuáles pertenecen a mi amo, el señor de Kanazawa. Ese eres tú. ¿Comprendes?
El joven largó una sonora carcajada pues, más allá de un pequeño cuadrado de tierra frente a la casa, nada poseía. Sin embargo, revivieron en su corazón las palabras de su padre: “Ten confianza”.
Por indicación de Maneki Neko, se encaminó entonces hasta un cercano arrozal y lo colocó en la rama de un árbol. El gato se puso blanco como la nieve sin pisar y se dirigió a las campesinas que allí trabajaban, agitando su pata izquierda.
—Cuando el emperador pase por el camino y pregunte a quién pertenecen estas plantaciones, saludadle así y decidle que su dueño es el señor de Kanazawa.
Asombradas de oír hablar a un gato de cerámica, las campesinas asintieron sin oponerse: no dejarían de saludar con esas exactas palabras cuando pasara el emperador. También aceptaron sorprendidos los jóvenes que trabajaban en el siguiente campo, un laberinto de arbustos de té verde. Y los hombres que se internaban en el cañaveral, cortando trozos de bambú que el viento hacía sonar aun antes de que se convirtieran en flautas.
