Los 70, la década que siempre vuelve

Ceferino Reato

Fragmento

Introducción
AÑOS VIVOS

Lo correcto políticamente evita el peligro del descalabro, pero nos inunda de gris. Si todo está marcado por el cálculo, cualquier idea de iluminación es ilusoria.

Héctor Schmucler, semiólogo e intelectual argentino, mayo de 2005.

La Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos.

Aspira a la objetividad y establece los hechos con precisión.

Tzvetan Todorov, semiólogo, filósofo e historiador búlgaro francés, 7 de diciembre de 2010.

Unos y otros, revolucionarios y futuros represores, se parecían en algo: todos salían a la calle con la arruga puesta.

El personaje de la novela Antes del diluvio, de Mario Paoletti, sobre la convulsión social y política antes del golpe de Estado.

¿Por qué a los argentinos nos interesan tanto los 70? ¿Cuál es el atractivo de aquellos años de pasiones enfrentadas que despertaron sueños colectivos que aún hoy siguen provocando admiración y entusiasmo, pero que terminaron consumidos en la sangre, el fracaso y la frustración?

Hay muchas respuestas posibles; en parte, dependen del lado en el que cada uno se ubica en aquella época, ya sea por recuerdos propios o ajenos. Es historia, pero es historia viva porque sigue involucrándonos en el presente, como reflejo y aparente origen de las grietas que hoy nos atraviesan, aunque las divisiones fratricidas vienen desde hace mucho más tiempo, al menos desde nuestras luchas civiles, apenas después de la Revolución de Mayo.

Tanta vivacidad nos enciende, nos seduce. Hay, además, una razón que parece una frivolidad pero no lo es tanto. Nuestra historia no es, ciertamente, una espiral de progreso, un encadenamiento de éxitos, y sin embargo no ha sido nunca una historia gris, de gente aburrida. Aun en ese marco, los 70 se recortan como la época más atractiva, un set por el que desfilan escenas que parecen surgidas de la imaginación de libretistas geniales.

En mi opinión, los 70 nos siguen atrayendo tanto porque fueron una época en la que casi todos los argentinos se sintieron involucrados —algunos más, otros menos— en tres proyectos de país bien definidos, tres patrias como se decía entonces y se recuerda ahora: la Patria Socialista, la Patria Peronista y la Patria Militar.

“Patria” es la palabra precisa para definir los ideales, la entrega sin cálculos, la garra militante con la que esos proyectos fueron encarados, siempre al límite, creyendo que el cielo podía ser tomado por asalto, en una secuencia inevitable de acciones sobre las que ya no había nada para reflexionar porque la verdad había sido revelada y estaba al alcance de los elegidos.

A pesar de hallarse mortalmente enfrentadas, el 25 de mayo de 1973, dos esas tres patrias fueron vivadas en la Plaza de Mayo por centenares de miles de argentinos felices debido a la vuelta del peronismo al gobierno; terminaban casi dieciocho años de proscripción.

—¡Perón, Evita, la Patria Socialista! —cantaban los montoneros, los más barulleros y numerosos.

—¡Perón, Evita, la Patria Peronista! —replicaban las columnas de los sindicatos.

Los partidarios de la Patria Militar no cantaban nada, asistían en silencio a los insultos de la muchedumbre contra todo aquel que tuviera uniforme, pero “si uno verdaderamente tenía oído”, como decía el personaje de la novela de Mario Paoletti, podía detectar que a la par se gestaba otra ola social, la de los contrarrevolucionarios, opuestos tanto a los guerrilleros como a los peronistas “de Perón”.

La Patria Socialista murió antes de nacer y la Patria Peronista se hizo añicos en poco tiempo. La Patria Militar también fracasó: el sueño de los militares que dieron el golpe del 24 de marzo de 1976, encaramados por un consenso social que impresiona tanto que ahora conviene olvidarlo, era disciplinar a la sociedad como si fuera de plastilina; terminó desvaneciéndose no solo por los miles de detenidos-desaparecidos sino también por la crisis económica de principios de los 80 y por la guerra perdida por Malvinas frente a Gran Bretaña y sus aliados.

Habrán notado dos cosas, una que a algunos les provocará rechazo. La primera —la más inocente— es que no me involucro entre los que vivaron a alguna de esas patrias, pero es solo por una cuestión de edad. Agradezco el detalle y espero que contribuya a mi esfuerzo de abordar esta década tan compleja a través de la precisión en los hechos y el despojo de intereses particulares o de grupo que se espera del periodismo, al menos del periodismo no militante. Aparte de la búsqueda de la objetividad como un propósito que, aunque inalcanzable, se supone guía nuestro trabajo.

Más polémico es el supuesto de que, para mí, no solo los guerrilleros —protagonistas estelares de la época— eran jóvenes idealistas. No: idealistas también eran los militares que, en nombre de conceptos como la Patria y Dios salieron a morir y a matar; como los jóvenes de la vereda de enfrente, aunque con otros sueños, animados por otras pasiones. Y los peronistas, ¿no estaban también impulsados por nobles ideales como la comunidad organizada, el pacto entre el capital y el trabajo, la justicia social y la felicidad del pueblo?

Todos eran idealistas pero eso no puede disimular ni justificar la tragedia a la que tantos de ellos contribuyeron de una manera tan activa. Tzvetan Todorov lo explicó bien en un artículo en el diario español El País: “No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles”.

Salgamos un poco de nuestras pendencias para comprender que la confianza ciega, militante, acrítica en los ideales, resulta muy peligrosa: entre 1975 y 1979, los revolucionarios camboyanos liderados por Pol Pot forzaron a los habitantes de las ciudades a trasladarse al campo para que allí vivieran, trabajaran y se purificaran de los vicios individualistas y capitalistas que habían adquirido durante tanto tiempo. El sueño era un socialismo agrario inspirado en la prédica de Mao Tse-tung, pero pronto derivó en un millón y medio de muertos, el 25 por ciento de la población de Camboya; uno de cada tres hombres si hacemos el cálculo de las víctimas según el género.

Los 70 fueron una época de ideales grandiosos —vinculados nada menos que con la Liberación, la Revolución, Dios, la Patria— pero que, en sintonía con esa efervescencia, desembocaron en que “tanto los hombres de izquierda como de derecha eran capaces de acciones apocalípticas, que implicaban a veces el asesinato masivo”, como indicó el prestigioso periodista Jon Lee Anderson.

Quienes se refugian en los ideales para justificar los errores políticos y los crímenes apelan a una “ética de la convicción”, en la que, como indicó el sociólogo alemán Max Weber, quienes deciden qué hacer y cómo hacerlo se fijan solo en sus principios y objetivos pero no se sienten responsables de las consecuencias que impulsan sus acciones. Y eso ocurre a derecha y a izquierda, no solo con los protagonistas de la violencia del pasado reciente sino también con quienes hoy simpatizan y militan esas causas.

Para evitar eso, para fijar en la memoria todas las acciones que realmente derivaron de esos ideales, incluyo en Los 70, la década que siempre vuelve tres anexos: el primero, sobre cuántas fueron, de verdad, las víctimas de la dictadura según los registros confeccionados por el Estado durante el kirchnerismo; el segundo, acerca de las listas de desaparecidos que elaboró la dictadura de Jorge Rafael Videla, y el tercero, referido a otro tema tabú: el número de víctimas de los grupos guerrilleros, un registro que ningún gobierno de la democracia ha querido realizar, pero que incluyo porque ningún sector debería arrogarse el monopolio del sufrimiento.

En la práctica ese monopolio sí existe, y cómo. En mi opinión, es el resultado de la superioridad moral otorgada a los revolucionarios; a las guerrillas —tanto a las víctimas como a los sobrevivientes— pero también a sus familiares, y a sus simpatizantes y patrocinadores del presente. En primer lugar, por el salvajismo del terrorismo de Estado: durante siete años, la dictadura pisoteó los derechos humanos más elementales, cometió delitos cuyo solo recuerdo aún nos estremece. Pero esa empatía natural con las víctimas fue mucho más allá y derivó en la defensa —o, al menos, la justificación— de la lucha armada en los 70 por parte de los organismos de derechos humanos y de vastos sectores de la coalición ahora gobernante, no solo del kirchnerismo.

Según esta visión, muy extendida también en el periodismo, los guerrilleros tal vez se hayan equivocado en los medios, en el uso de las armas —“era otro contexto histórico”, dicen— pero la lucha en sí era buena, los ideales eran nobles. En todo caso, deben ser imitados aunque con otros instrumentos, adaptados a estos nuevos tiempos.

Con relación a las víctimas de las guerrillas, uno podría esperar que quienes más sufrieron el terrorismo de Estado fueran los más sensibles frente al dolor de los otros. Pero no suele ser así: la lucha política —la grieta— puede más que la empatía.

Por ejemplo, al momento de escribir este libro, el secretario de Derechos Humanos era Horacio Pietragalla Corti, hijo de víctimas del terrorismo de Estado y él mismo nieto recuperado gracias a la tarea de las Abuelas de Plaza de Mayo. Su papá fue secuestrado, asesinado y desaparecido en 1975 y su mamá murió en un tiroteo con una patrulla militar al año siguiente; ambos eran montoneros.

Horacio Pietragalla padre era “oficial primero” del Ejército Montonero, donde dirigía la Columna 26, que actuaba en el norte de Santa Fe, Chaco y Formosa. Vivía en las afueras de Resistencia con su esposa, Liliana Corti, y alquilaban un local en la capital chaqueña, donde funcionaba un negocio de venta y distribución de máquinas de escribir y artículos de oficina. Pero era una pantalla, la base desde donde se organizó el copamiento del cuartel de Formosa el 5 de octubre de 1975. Luego del ataque, Pietragalla escapó a Córdoba, donde fue capturado y se convirtió, junto con Eduardo Jensen, en la primera víctima del Comando Libertadores de América, un grupo paraestatal local muy activo hasta el golpe de Estado. Su cuerpo recién fue identificado en 2003.

¿Acompañará Pietragalla Corti el dolor y los pedidos de reivindicación de los parientes de las trece víctimas formoseñas —diez soldados, un sargento, un subteniente y un policía— del ataque en el que participaron sus padres en forma tan activa? Su concepción de los derechos humanos no parece incluirlos.

Los 70 son años que se resisten a dejarnos; justifica esa tozudez el hecho de que cumplen varias funciones. Una de ellas es que nos ofrecen respuesta a la pregunta que suele atormentarnos cada tanto, cuando nos descubrimos en el medio de una de esas crisis que se nos han vuelto tan habituales: ¿Por qué estamos así? Es el famoso dilema que se plantea Zavalita, el protagonista de Conversación en La Catedral —de Mario Vargas Llosa— ya en la primera página de la novela: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Investigando para Doce noches, encontré que Néstor Kirchner pensaba que la Argentina se jodió en la dictadura. Que la gran crisis de fines de 2001, que lo condujo desde Santa Cruz a la cima del poder, había sido incubada en aquellos años en que los militares y sus cómplices civiles impulsaron un modelo neoliberal que en esencia era el mismo que había sobrevivido hasta los estertores de aquel diciembre decisivo; el modelo colonial de siempre que ya no daba más, gastado por su lógica de codicia y explotación. De allí, la permanente invocación a los 70 y la promesa de que a partir de 2003 —en su gobierno— la victoria sería de los buenos.

Nuestros periódicos desencantos aseguran la vigencia de aquella década, que fue vertiginosa y larga. Los 70, la década que siempre vuelve comienza en 1970, con la fundación de Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), y dura hasta 1983, cuando los militares son corridos a los cuarteles. Recorre el camino que va desde el masivo vuelco de tantos jóvenes a la lucha armada y la irrupción victoriosa de los grupos guerrilleros hasta su derrota, también sonora, primero en el plano político y luego en las mazmorras de la dictadura. Pasa por los momentos de gloria de los revolucionarios, entre ellos el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973; la disputa mortal entre el general Juan Domingo Perón y su “juventud maravillosa” de Montoneros, y el festival de violencia de izquierda y de derecha en 1975, un año crucial. También abarca la planificación del golpe de Estado más anunciado de la historia, que fue impulsado incluso por Montoneros y el ERP, y la respuesta que los contrarrevolucionarios venían preparando desde hacía tiempo: el plan sistemático para reprimir de manera ilegal a las guerrillas y disciplinar a toda la sociedad.

Esa larga noche terminó con el retorno a la democracia, que al principio parecía tan debilucha como siempre pero que pronto se reveló muy fortalecida por el consenso adquirido luego de tanta violencia política, de la derecha militar pero también de la izquierda guerrillera, como lo indican el triunfo del radical Raúl Alfonsín y su rápida decisión de enjuiciar a los comandantes de las primeras tres juntas militares y a los jefes de Montoneros y del ERP.

Y

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